
Cuando Cicerón y Quintiliano, en aquella lejana Roma clásica, revisaban los escritos de los sofistas y de Aristóteles sobre el arte de la retórica, coincidieron en afirmar que, lo más importante, la característica diferencial que transformaba a una persona en un buen orador, no tenía tanto que ver con su formación académica. El buen orador, nos dejaron escrito, es aquel “bueno y justo moralmente hablando”, la buena persona.











