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Hermanos sacerdotes: “Con vosotros hermano, para vosotros padre”

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Carta a los sacerdotes del presbiterio de la Diócesis de Asidonia-Jerez.

Queridos hermanos sacerdotes:

Después de haberme reunido por primera vez con el presbiterio, quiero poner por escrito, en forma de carta, lo que os he querido transmitir. Ante todo, con palabras de san Pablo, os digo de corazón: no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mis oraciones (Ef 1, 16). Gracias por vuestras oraciones, antes incluso de que se hiciera público mi nombramiento como obispo de Asidonia-Jerez. Gracias por vuestra presencia numerosa en la celebración solemne del pasado 31 de julio, al entrar en la diócesis. Gracias por vuestra acogida cordial y amable en los ya numerosos momentos en que he tenido la oportunidad de encontrarme con algunos de vosotros, bien al visitar los conventos de clausura, bien al presidir alguna fiesta patronal, bien al celebrar las confirmaciones, bien al sentarnos a hablar en el obispado. Gracias, en fin, por haber respondido a esta primera convocatoria del presbiterio, por vuestra buena disposición y escucha.

Agradezco también de corazón la asistencia a nuestra primera reunión del presbiterio de los diáconos permanentes. Aunque ahora no he dirigido mi palabra a ellos, agradezco que nos hayan acompañado, a la espera de reunirme próximamente con ellos y sus esposas.

Considero providencial que el primer encuentro del presbiterio con su nuevo obispo tenga lugar en la semana en que la Iglesia nos invita a través de la Liturgia a volver a meditar el Sermón sobre los pastores (Serm. 46) de san Agustín. Al comienzo del mismo, el obispo de Hipona recuerda su doble condición de cristiano y obispo. Lo primero, consciente de que debe rendir cuentas a Dios de su propia vida; lo segundo, consciente de que, además, debe rendir cuentas a Dios del servicio que le ha sido encomendado. Teniendo en cuenta esta distinción, quiero recuperar las primeras palabras que os dirigí el día en que se hizo público mi nombramiento: «Dirijo mi saludo -dije el pasado 9 de junio- lleno de afecto a mis hermanos sacerdotes, colaboradores inmediatos del ministerio episcopal. Con ellos, saludo también a diáconos y seminaristas. Nada puede el obispo sin su presbiterio. Os pido que me recibáis con paciencia, que me ayudéis a ser vuestro obispo, de modo que, juntos, en la familia del presbiterio, seamos amor del Corazón de Cristo para nuestro pueblo».

Os saludé entonces como “hermanos sacerdotes” y “colaboradores inmediatos del ministerio episcopal” recordando las palabras del Decreto conciliar Christus Dominus (n.28): «todos los presbíteros, sean diocesanos, sean religiosos, participan y ejercen con el Obispo el único sacerdocio de Cristo; por consiguiente, quedan constituidos en asiduos cooperadores (providi cooperatores) del orden episcopal». Recuerda el Concilio a continuación que, en la cura de las almas, los sacerdotes diocesanos en virtud de la incardinación «constituyen un presbiterio y una familia, cuyo padre es el Obispo» (Ibidem). En la familia del presbiterio, con vosotros soy hermano, para vosotros estoy llamado a ser padre. Por eso, vuelvo a las primeras palabras que os dirigí: os pido que me recibáis con paciencia, como habéis hecho hasta ahora, y que me ayudéis a ser para vosotros un padre en la sombra, al estilo de san José.

Posteriormente, en la Misa de entrada en la Diócesis, volví a dirigirme a vosotros con estas palabras: «Cuento con los sacerdotes, para llevar el amor del Corazón de Cristo a todos, a los de dentro y a los de fuera de la Iglesia, al estilo del Buen Pastor, contemplando por dentro los misterios divinos, sosteniendo por fuera las cargas de nuestro pueblo fiel». De nuevo, el Decreto Christus Dominus explica con palabras certeras cómo podremos llevar a cabo la tarea insuperable de llevar a todos el amor del Corazón de Cristo: «Las relaciones entre el Obispo y los sacerdotes diocesanos deben fundamentarse en la caridad, de manera que la unión de la voluntad de los sacerdotes con la del Obispo haga más provechosa la acción pastoral de todos. Por lo cual, para promover más y más el servicio de las almas, sírvase el Obispo entablar diálogo con los sacerdotes, aun en común, no sólo cuando se presente la ocasión, sino también en tiempos establecidos, en cuanto sea posible. Estén, por lo demás, unidos entre sí todos los sacerdotes diocesanos y estimúlense por el celo del bien espiritual de toda la diócesis» (n.28).

Cuando la Iglesia nos está llamando por la voz del Sucesor de Pedro a fortalecer los vínculos de comunión para caminar juntos -en eso consiste la sinodalidad- permitidme compartir con vosotros una reflexión sencilla sobre lo que debemos cuidar en nuestro presbiterio para que seamos una verdadera familia que camina junta. Desarrollo esta reflexión tomando como referencia una carta de San Juan de Ávila dirigida al recién elegido arzobispo de Granada, don Pedro Guerrero (cf. Carta 177: BAC maior 74, 587-590). En ella le da tres consejos, válidos para todo pastor (obispo o sacerdote), sobre tres puntos determinantes de la vida sacerdotal: conversión, predicación y amistades.

El presbiterio será verdadera familia si cada sacerdote vela por su propia conversión y por la conversión de sus hermanos sacerdotes. Así lo afirma el santo doctor de la Iglesia: «Lo primero, que vuestra señoría se convierta de todo su corazón al Señor, frecuentando el ejercicio de la oración, encomendando a la misericordia divina el buen suceso del bien de sus ovejas y pidiendo sustento del cielo, para que tenga qué darles». Debemos recordarnos continuamente la necesidad de cuidarnos fraternalmente en el presbiterio dando prioridad a la vida interior de cada sacerdote, lo cual pasa necesariamente por pedir al Señor todos los días la gracia de la conversión, para cada uno y para todos los miembros del presbiterio. ¡Cuánto cambia un presbiterio si en el centro de sus preocupaciones está siempre el celo por la santidad de sus miembros! Pero ¡atención!, este “vivir vueltos hacia el Señor” del sacerdote no es un ejercicio individualista que nos aparta del pueblo fiel, sino un compromiso por el bien de quienes nos han sido confiados. Nuestra alegría más profunda nace al ver el crecimiento en santidad de nuestros fieles. En nuestra oración, en nuestra penitencia, en nuestras renuncias y cruces, llevamos siempre a nuestro pueblo. Otro santo, gigante de la santidad sacerdotal, san Gregorio Magno, resume con palabras certeras la identidad singular del sacerdote, cuando afirma en su Regla pastoral: «por dentro contempla los misterios escondidos de Dios, por fuera soporta las pesadas cargas de los carnales» (intus Dei arcana considerat, foris onera carnalium portat: Reg. Past. II, 5 [SCh 381, 198; BPa 22, 84]). Volviendo a san Juan de Ávila, descubrimos todavía algo de gran importancia para el cuidado de la vida interior del sacerdote: su oración debe ser como la de quien se sabe mendigo que pide bienes para sus fieles y como la de la viuda de Naín que llora para alcanzar misericordia en favor de su hijo muerto: «Aprenda vuestra señoría a ser mendigo delante del Señor y a importunarle mucho, presentándole su peligro y de sus ovejas; y, si verdaderamente se supiere llorar a sí y a ellas, el Señor, que es piadoso –No llores (Lc 7, 13)-, le resucitará su hijo muerto, porque como a Cristo costaron sangre las almas, han de costar al prelado lágrimas. Y será bien que cada día vuestra señoría diga misa, si muy legítimo impedimento no hubiere». Mi primera encomienda para el presbiterio es esta: que pongamos en el centro de nuestra vida la conversión propia y de nuestros fieles, que no olvidemos cuidarnos fraternalmente dando prioridad al bien espiritual y a la santificación de nuestros hermanos sacerdotes. La conversión pastoral a la que nos está llamando el Papa Francisco pasa necesariamente por la conversión de los pastores, personalmente y como presbiterio.

El segundo consejo de san Juan de Ávila toca otra dimensión fundamental de la vida sacerdotal: lo que hoy llamamos “formación permanente” y cuidado del oficio de enseñar (munus docendi). Así lo explica el Doctor de la Iglesia: «Lo segundo sea el ejercicio de predicar, el cual ha de ser muy continuo, como san Pablo dice: con ocasión y sin ella (2 Tim 4, 2), que pues los lobos no dejan de morder y matar, no debe el prelado ni dormir ni callar». Tan importante en el sacerdote es la oración como el estudio. Este forma parte imprescindible de la conversión y del amor auténtico a nuestros fieles. No estudiamos para colmar aspiraciones mundanas de reconocimiento, sino para servir mejor a nuestro pueblo. Desde la Delegación del Clero, debemos seguir impulsando iniciativas y encuentros que nos ayuden a mantener encendida la llama de la formación. Tenemos que seguir potenciando los centros académicos de nuestra diócesis en sus diferentes modalidades y niveles, desde el Instituto teológico y el de Ciencias Religiosas a las escuelas de catequistas o de formación cofrade. Pido al Señor que podamos seguir favoreciendo la formación académica más especializada de muchos miembros de nuestro presbiterio, de modo que podamos contar también con sacerdotes que puedan dedicarse con preferencia a la misión pastoral del estudio y docencia. Gracias a Dios, en nuestra Diócesis existen iniciativas de formación sacerdotal surgidas desde diferentes realidades eclesiales. Es mi deseo que estas iniciativas sean conocidas por todos los sacerdotes y, en la medida de sus posibilidades, puedan participar en ellas. También debemos dar gracias a Dios por el enriquecimiento que supone para nuestra Diócesis la presencia de comunidades de religiosos, de diferentes carismas, que pueden aportar mucho a la formación permanente de nuestro presbiterio. La segunda encomienda que traslado al presbiterio para este curso es que hagamos llegar al Delegado del Clero iniciativas y sugerencias que permitan consolidar la propuesta formativa para los sacerdotes, cuidando de forma especial a los sacerdotes del quinquenio y del decenio.

El tercer consejo que propone san Juan de Ávila pienso que se puede formular hoy así: que no olvide nunca el sacerdote a Quién pertenece su corazón. La vocación sacerdotal es vocación de amor, que requiere respuesta de amor dada con el corazón íntegro. Hasta tal punto el Señor nos llama a vivir en intimidad con Él, que a los sacerdotes nos pide la voz y las manos para seguir haciéndose sacramentalmente presente en nuestro mundo. Produce profundo dolor y tristeza escuchar noticias sobre el abandono del ministerio por parte de hermanos nuestros sacerdotes que justifican su abandono -según dicen- “por amor”, como si los seminaristas o los sacerdotes ya ordenados que viven en silenciosa fidelidad no respondieran a la llamada del Señor por amor. Cuando el Señor llama, colma los anhelos del corazón y capacita para responderle con amor pleno y verdadero. Por eso, el sacerdote no debe olvidar a Quien pertenece su corazón. Se entiende así que san Juan de Ávila considere muy importante para el pastor cuidar sus amistades: «Particulares amistades de caballeros ni de otras personas excuse vuestra señoría, porque son dañosas, y quieren hoy los amigos de los prelados que lo que piden se les conceda, por injusto que sea. Mejor es estar sin ellos». En un presbiterio cuyos miembros se cuidan como familia surgirá como un bien precioso la verdadera amistad sacerdotal, aquella que, teniendo su fundamento en la común configuración a Cristo Sacerdote, es estímulo continuo para fortalecer cada día más la propia vocación. La amistad, como los bienes más preciosos de la vida humana, nace del ejercicio sano de la libertad fundada en la verdad, por eso, no se impone ni se manda, se recibe en la gratuidad de un encuentro imprevisto y no calculado. Sería absurdo mandar por decreto que en el presbiterio seamos todos amigos. Pero sí es responsabilidad de todos crear el clima de cordialidad y concordia que permita el cultivo de amistades sacerdotales auténticas. Reconoceremos la autenticidad de nuestra amistad sacerdotal si somos capaces de ayudarnos a vencer tres peligros que dañan el corazón del sacerdote: el aislamiento, la murmuración y el desánimo. Mi tercera encomienda al presbiterio tiene que ver precisamente con esto: desterremos de nuestro presbiterio todo lo que puede dañar nuestra amistad.

Por último, reitero mi deseo de encontrarme con cada uno de vosotros. Si Dios quiere, espero dedicar una parte importante del tiempo en este curso a visitaros uno a uno. Considero que esto es fundamental para conoceros y para que me conozcáis. Mi propuesta es sencilla: visitaros en vuestro lugar de destino, compartir la Eucaristía y, antes o después, encontrarnos de manera distendida. Muchos de vosotros ya habéis venido a verme al Obispado. Permitidme ahora que os visite yo. Entiendo que, de esa forma, me ayudaréis a ser hermano con vosotros y padre para vosotros.

Que María Santísima, Madre de los Sacerdotes, y su Esposo San José nos alcancen de su Hijo la dicha inmensa de ser para nuestro pueblo amor del Corazón de Cristo. Nada sin María, todo con Ella.

Con mi bendición y afecto,

En Jerez de la Frontera, a 16 de septiembre de 2021
(Memoria litúrgica de los Santos Cornelio y Cipriano, mártires)

+ José Rico Pavés
Obispo de Asidonia-Jerez

Testigos de lo que hemos visto y oído

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Carta Pastoral Jornada Mundial de las Misiones

Queridos hermanos y hermanas:

El mes de octubre ha sido desde siempre para los cristianos el mes misionero por excelencia, además de ser también el mes del Rosario. Unir a María con la evangelización es un buen acuerdo; Ella es la Estrella de la Evangelización.

El carácter misionero del mes se lo ha ido dando lo que antes llamábamos el Domund, esa marca que a todos nos hacía identificar la misión ad gentes con naturalidad y, por eso, la Iglesia universal, en todas sus comunidades, se volcaba con ese horizonte de la misión de la Iglesia. Con la labor de nuestros amigos más querido y entrañables, los misioneros y misioneras, recordábamos, con un especial sentido de responsabilidad, las palabras de Jesús a sus apóstoles: “Id al mundo entero y anunciad el Evangelio” (Mc 16,15-18). Unas campañas, muy bien organizadas, con medios muy sencillos, pero también muy expresivos, nos hacían recordar y hasta ilusionarnos con una empresa de especial valor en la vida de la Iglesia, la que conocíamos como las misiones.

Este año la Jornada Mundial de las Misiones se celebra el día 24 de octubre. Es, por tanto, un mes con una cita concreta en la que la Iglesia, cada Iglesia diocesana, reza y colabora con las misiones y su inmenso servicio espiritual, pastoral, humano y social. En esta ocasión lo hace con un lema muy propio de la vida y misión de los cristianos: “Cuenta lo que has visto y oído”. Se recoge así una experiencia normal de la vida de un cristiano, de quien vive del amor de Dios y del encuentro personal con Jesucristo, acontecimiento que le transforma la vida. Eso, evidentemente, no se puede dejar de anunciar y compartir. La misión es siempre compartir lo que se ha visto y oído. Por eso, todo cristiano es una misión en el mundo.

Pero el lema recoge también una cita bíblica del Libro de los Hechos de los Apóstoles, 4,20. Pedro y Juan, en nombre de la pequeña Iglesia que ya vivía de la fe en Jesucristo, lo anunciaba con libertad y valentía: “Por nuestra parte no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído”. Pues eso es justamente lo que hace la Iglesia en su misión con mirada universal, esa que se hace abriendo caminos en el mundo para el conocimiento del amor de Dios, el anuncio de la salvación en Cristo y la construcción del Reino. La misión no es otra cosa que ofrecer a los hombres, a la sociedad, a las culturas, el encuentro con el Señor de la historia y con el que es para todos… ¡amor!

Esto no se hace sin que en nuestras comunidades esté vivo un profundo sentido misionero, que cada día deberíamos de fomentar con más intensidad. No olvidemos que la misión ad gentes, o la misión inter gentes, es la fuente más auténtica, del sentido misionero que cada cristiano ha de llevar impreso en su fe. No podemos olvidar que la misión empieza siempre por escuchar y acoger el “Id” misionero.

Pero también es necesario, y va unido al “id”, que acojamos otra recomendación del Señor: “Haced esto…”. Se refiere a la Eucaristía, que es fuente y vida para el cristiano; sobre todo para su misericordia y consuelo en el mundo. La Eucaristía se expande en los actos de amor y de servicio.

Por eso, el lema del Domund de este año nos recuerda, con palabras del Papa, que “la amistad con el Señor, verlo curar a los enfermos, comer con los pecadores, alimentar a los hambrientos, acercarse a los excluidos, tocar a los impuros, identificarse con los necesitados, invitar a las bienaventuranzas, enseñar de una manera nueva y llena de autoridad, deja una huella imborrable, capaz de sus citar el asombro, y una alegría expansiva y gratuita que no se puede contener.

Así lo intentan hacer los misioneros; y sólo lo pueden hacer con  nuestra ayuda muy generosa. Es admirable, en la Iglesia y fuera de ella, la labor de estos pioneros de una fe en Cristo, soldada con entrega y generosidad, en el corazón de los que hacen misión donde aún el evangelio ha de traspasar las fronteras de otros lugares y culturas. Ayudemos en su misión a tantos jienenses, que nos representan en tantos lugares del mundo.

Os invito, por tanto, a prestar mucha atención a la Jornada mundial de las misiones y dejemos que consolide en nuestra vida cristiana lo que en ella se pretende:

  • Explicar la labor evangelizadora que la Iglesia realiza en los territorios de misión.
  • Dar a conocer la vida de las comunidades que constituyen ls Iglesias jóvenes.
  • Fomentar las vocaciones misioneras, así como la formación y la oración de todo el pueblo de Dios.
  • Buscar la ayuda económica que permita sostener a las Iglesias más pobres.
  • Dar a conocer las Obras Misionales Pontificias como instrumento del Papa para la misión.
  • Os animo, por tanto, a crecer en este espíritu misionero que nos lleve a hacer de nuestra vida un testimonio permanente de lo que “hemos visto y oído”.

Con mi afecto y bendición.

Jaén, 24 de octubre de 2021

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

Homilía del Domingo del XXIX T. O. Misa de apertura del Sínodo de los Obispos Fase diocesana

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Lecturas bíblicas: Is 53,10-11; Sal 32,4-5.18-20.22 (R/. «Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros…»); Hb 4,14-16; Aleluya: Mc 10,45 («El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida por muchos»); Mc 10,35-45.

Queridos hermanos y hermanas:

Con esta misa estacional del domingo XXIX del T. O. del año abrimos en todas las diócesis del mundo la que, por voluntad del Santo Padre Francisco, se puede considerar la primera fase de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, cuyo tema es «Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión». Nos detenemos brevemente en esta propuesta temática, en la cual se condensa la realidad misma de la Iglesia.

Comunión porque formamos un solo cuerpo en Cristo, cuya rexpresión sacramental nos dejó el Señor en la Eucaristía, sacramento que realiza y consuma la unidad de la Iglesia, fuente y cima de la vida cristiana según afirmación del Concilio, porque el anuncio y los sacramentos se ordenan a la Eucaristía[1]. Somos integrados en la comunión eclesial, a la cual tiende el anuncio de Cristo, y esta integración acontece para el que cree por la fe, el bautismo y la confirmación[2]. La participación sigue a la integración en la comunión eclesial, porque todos los bautizados en Cristo forman en él un solo cuerpo, del cual el mismo Cristo es la cabeza, conformándose por esta unión mística y sacramental el Christus totus, el Cristo total, según expresión de san Agustín, en el cual nos insertamos en la comunión de los santos. La Iglesia peregrinante, como asimismo dice el Vaticano II, «es por su misma naturaleza misionera, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo según el plan de Dios Padre»[3]. Por nuestra participación en la vida eclesial la acción del Espíritu Santo nos habilita para la misión como cometido de la Iglesia, que existe y vive para la misión, para anunciar a Cristo y llevar la vida divina al mundo.

Todos somos corresponsables en la misión, no de la misma forma, pero sí como receptores un mismo mandato: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado» (Mc 16,15-16; cf. Mt 28,19-20). En el mandato de Cristo se funda la necesidad de la fe y el bautismo para la salvación como misión de la Iglesia, mas no sólo en virtud del mandato que los obispos, con el sucesor de Pedro han recibido de los Apóstoles, sino «también en virtud de la vida que Cristo infunde a sus miembros, «de quien todo el cuerpo… crece y se fortalece en la caridad (Ef 4,16)»[4]. El Plan pastoral en vigor para cuatro años fue aprobado como impulso a esta concepción de la misión como cometido de todos los miembros de la Iglesia diocesana.

La asamblea sinodal será de obispos y se celebrará en octubre de 2023, pero para que los obispos que se reúnen con el sucesor de Pedro lleven consigo a la muchedumbre de su Iglesia, el Papa Francisco ha querido que a la próxima asamblea sinodal tenga un largo recorrido en tres fases: una primera fase diocesana que comenzamos hoy, domingo XXIX del tiempo ordinario, que coincide con la memoria de san Ignacio de Antioquía. Este padre apostólico y mártir de cartas encendidas por el deseo del martirio, después de haber dicho «que nadie, sin contar con el obispo, haga nada de cuanto atañe a la Iglesia»[5], añade: «Donde aparece el obispo, allí esté la muchedumbre [de su Iglesia], al modo como donde estuviere Jesucristo, allí está la Iglesia universal»[6]. De forma que el gran padre apostólico del siglo II sostiene que «sólo ha de tenerse por válida aquella Eucaristía que se celebre por el obispo o por quien de él tenga autorización»[7], razón por la cual sólo se nombra en la misa con carácter obligatorio al Obispo diocesano juntamente con el Papa. Queda de este modo afirmada la condición de ministro de la unidad de la Iglesia aquel que es la fuente visible de la unidad sacramental de la Iglesia.

Por esto mismo en esta fase diocesana, se trata de llevar a cabo una consulta que ayude a desarrollar lo mejor posible el carácter sinodal de la Iglesia, y de hacerlo siguiendo el método que exige la sinodalidad; es decir, “caminando unidos”, para afrontar los tres elementos determinantes de la misma: comunión, participación y misión como un todo que ponemos en marcha juntos y que juntos lo llevamos a cabo. Lo cual no significa que todos tengamos la misma función en este desarrollo ni tampoco la misma habilitación sacramental ni tampoco por esto mismo la misma autoridad eclesial. Sinodalidad no es asambleísmo y libre opinión. Se trata de «un proceso que implica en sinergia al Pueblo de Dios, al Colegio episcopal y al Obispo de Roma, cada uno según su función»[8].

No me detengo en las tres fases previstas, las dos fases pre-sinodales y la asamblea de los obispos, en octubre de 2023, auxiliados por expertos y representantes de diversas realidades eclesiales. No podemos en una homilía dejar de considerar las lecturas del domingo, que hoy iluminan la tarea sinodal que tenemos delante, al proyectar su luz sobre el misterio y misión de la Iglesia. En el evangelio de hoy san Marcos nos transmite el tercer anuncio de la pasión que hace Jesús a sus apóstoles. En domingos anteriores hemos tenido la lectura de los dos primeros anuncios de la pasión. En el primero, anterior al acontecimiento de la transfiguración, Jesús reprende a Pedro, porque con su mentalidad triunfalista pretendía apartar a Jesús del camino de la cruz. En la transfiguración el Señor manifiesta a sus discípulos más cercanos la condición divina del Mesías, alentando a los discípulos a seguirle sin desanimarse.

En el segundo anuncio, después de haber curado al endemoniado epiléptico, cuando llegaron a Cafarnaún, sabiendo Jesús que por el camino habían discutido quién sería el mayor en el reino de Dios, les mostró el camino de llegar a él haciéndose como un niño. En el evangelio de hoy, anunciándoles su muerte y resurrección por tercera vez, Jesús los instruye deshaciendo su expectativa de ocupar los primeros puestos en su reino, como pretendían Santiago y Juan, hijos de Zebedeo. Después de descalificar el proceder de los grandes de este mundo, Jesús les dice: «Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10,45).

La sinodalidad de la Iglesia no está contra su estructura jerárquica, que ha sido querida por Dios para su Iglesia. La igualdad en la disposición a servir se diversifica en la multiplicidad de carismas y ministerios, y por eso mismo una Iglesia es sinodal si hay en ella aquella libertad o parresía que no es ahogada por el autoritarismo de quienes tienen el gobierno pastoral; si bien al que gobierna le corresponde el discernimiento de los carismas, ejerciendo con autoridad moderada el gobierno, que es servicio al bien común de la comunidad reunida en nombre de Cristo, diácono del Padre. Por eso, refiriéndose a los diáconos dice san Ignacio de Antioquía que los diáconos son imagen viva del ministerio de la diaconía que ejerce el mismo Cristo, porque los diáconos «tienen confiado el servicio de Jesucristo, quien estaba con el Padre desde antes de los siglos, y se manifestó al fin de los tiempos»[9].

Para mejor ejercer el gobierno, recuerda el Papa, que todos han de dar valor al cometido de los consejos consultivos, expresión e instrumento del procedimiento sinodal de la Iglesia diocesana; y a su vez los consejos han de ser instrumentos de escucha y contacto, ejercitando y estimulando la comunión y participación. El servicio hasta la entrega de la vida no se compadece con el afán de medrar de quienes se sirven de los cargos de gobierno más en provecho propio que para servicio del bien común que puedan prestar a la comunidad y colaboración con los pastores. El clericalismo en la Iglesia, tal como viene reiterando el Papa, valora más la apariencia que el servicio en sí mismo, convirtiendo los compromisos de servicio en ocasión de autopromoción, que dejan de ser manifestación de la diaconía de Cristo. Jesús responde a la petición de los hijos de Zebedeo, aun reconociendo el Señor que darán la vida por él bebiendo el cáliz de su pasión, con palabras calaras y desconcertantes para los apóstoles: «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis… pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quien está reservado» (Mc 10,40). Eran todos de la misma pasta, porque añade el evangelista: «Los otros diez al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan» (v. 10,41). San Juan Crisóstomo comenta lo imperfectos que eran todos: los dos que pretendían la precedencia y los diez que los envidiaban[10]. Por eso, Jesús les advierte: «Sabéis que los que son reconocidos como jefe de los pueblos los tiranizan, y los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser el primero que sea esclavo de todos» (Mc 10,43-44).

Jesús es el paradigma, el modelo del abajamiento, condición del servicio generoso que han de seguir los Doce y todos los discípulos. Como profetizó Isaías en el cuarto cántico del Siervo: aceptando el designio de salvación de Dios para los hombres, Jesús aceptó ser triturado con el sufrimiento, entregando su vida como expiación (cf. Is 53,10). Esta reparación vicaria del Siervo, que carga sobre sí las dolencias del mundo es el camino de la obediencia del Hijo de Dios que se abajó sin aferrarse como a un botín codiciable el mantenerse igual a Dios, haciéndose hombre, como canta el himno de la carta de san Pablo a los Filipenses (cf. Flp 2,6-7); y el autor de la carta a los Hebreos, que dice: «Y aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer» (Hb 5,8), y de este modo ejercicio el sumo sacerdocio, experimentando en sí mismo el sufrimiento redentor, «siendo probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado» (Hb 4,15).

La comunión eclesial es antes que ninguna otra cosa comunión personal de cada bautizado en Cristo y, es como tal presupuesto de nuestra comunión como cuerpo místico del Señor. El alcance social de la comunión, para ser participación en la vida de la Iglesia, exige la vida sobrenatural que dimana de nuestra inserción sacramental en Cristo. La Iglesia no se reforma con sólo sentimientos devotos, ni tampoco con la pretensión de inventarla de nuevo, sino en la medida que nuestra mente y corazón sean regenerados por la conversión permanente a Dios y a Cristo de quien vive de la fe y de la gracia sacramental. La conversión no es ingreso en la élite que comanda la vida eclesial, sino obediencia de fe a la palabra de Dios poniéndola por obra. La comunión sinodal no es sólo socialmente transversal con nuestros hermanos hoy, aquí y ahora, sino transversal en el tiempo como comunión de las generaciones en Cristo. Estamos insertos en la tradición de fe eclesial, y sólo podemos edificar sobre lo que han hecho los que nos preceden, aunque la realidad humana de la Iglesia esté siempre necesitada de reforma y sus miembros de conformación con Cristo. La Iglesia es santa, porque es el cuerpo social de Cristo y, aunque en “vasijas de barro” (cf. 2Cor 4,7), es dispensadora del tesoro de la gracia y portadora de la sangre vivificadora del Señor. Ella administra y dispensa la salvación por la acción del Espíritu Santo que hace la fe de los creyentes, opera en los sacramentos y da articulación a la Iglesia.

De aquí que se nos pida que «mantengamos la confesión de la fe» (Hb 4,14), como Cristo lo hizo y, como testigo de la verdad, sufrió en su cuerpo de carne ejerciendo el sumo sacerdocio. Hoy estamos en una situación semejante a la del siglo II, ante la disolución de la doctrina de la fe y la tentación de acomodación a la mentalidad del mundo. Por eso nos recuerda la Comisión Teológica Internacional la necesidad de mantener los rasgos distintivos de la verdadera Iglesia: «la fidelidad a la doctrina apostólica y la celebración de la Eucaristía bajo la guía del Obispo, sucesor de los Apóstoles, el ejercicio ordenado de los ministerios y el primado de la comunión en el recíproco servicio para alabanza y gloria del Padre, Hijo y Espíritu Santo»[11].

Que María, Madre de la Iglesia, que permanecía en oración con los apóstoles y los discípulos y las santas mujeres en espera de la visita del Espíritu que impulsó la misión de la Iglesia, nos ayude a participar en las tareas de preparación del Sínodo y acreciente nuestra comunión eclesial.

  1. A. I. Catedral de la Encarnación
    17 de octubre de 2021

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

[1] Vaticano II, Constitución sobre la Iglesia Lumen Gentium [LG], n. 11a.

[2] LG, n. 11; y Vaticano II, Decreto el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, n. 5, y Decreto sobre el ecumenismo Unitatis redintegratio, n. 22.

[3] Vaticano II, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes divinitus [AG], n. 2.

[4] AG, n. 5b.

[5] San Ignacio de Antioquía, Carta a los Esmirniotas 8,1.

[6] Ibid., 8,2.

[7] Ibid., 8,1.

[8] Alocución del Cardenal Mario Grech al Santo Padre en el Consistorio para la creación de nuevos cardenales (28 de noviembre de 2020).

[9] San Ignacio de Antioquía, Carta a los Magnesios, 6-7.

[10] San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el evangelio de san Mateo 65, 2-4: PG 58,619; BAC Normal 140 (1956) 345-346.

[11] Comisión Teológica Internacional, Sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia, 2 de marzo de 2018), n. 25.

Mons. Zornoza presidirá una vigilia de oración por los migrantes fallecidos frente a la costa de Barbate

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El Secretariado de Migraciones de la Diócesis de Cádiz y Ceuta manifiesta su honda preocupación y profundo dolor ante uno de los más graves dramas humanos de la inmigración ocurridos en las costas del litoral gaditano, a treinta millas de la costa de Barbate, y que ha desembocado en la muerte de más de veinte inmigrantes que se dirigían a las costas de la provincia de Cádiz en una patera.

De esta manera, aseguran que «siguen las muertes y sigue la ‘globalización de la indiferencia’. Año tras otro, desde la impotencia y la rebeldía interior, se nos sigue helando el corazón con cada rescate o desaparición de un inmigrante fallecido. Sucede todos los años. Unas veces en esta orilla y otras en la de enfrente. Los cadáveres ya forman parte de este paisaje. A veces, nos toca enterrar a los muertos con la mayor dignidad posible. Otras veces, el mar se los traga y sólo el cielo y las estrellas acompañan a estos muertos. Y todos los que tienen algo que ver en este asunto, miran para otro lado, porque la culpa de los fallecidos en las dos orillas del Estrecho siempre la tienen los muertos».

Según las últimas noticias hay 3 supervivientes, 10 cuerpos recuperados y se sigue buscando a otras 15 personas.

El Secretariado de Migraciones quiere expresar su solidaridad con las familias de todos estos inmigrantes, al tiempo que denunciar la muerte de todas estas personas inocentes y las causas que las originan.

Así, demandan de los Gobiernos de todos los países afectados en estos graves sucesos, generados por una inmigración que vive una situación muy desesperada, que se aborden las políticas y los medios necesarios para evitar que se repitan estos dramas y tragedias.

De la misma manera, encomiendan en sus oraciones a todos estos hermanos fallecidos y a sus familias. «Desde el silencio de nuestra oración queremos hacer llegar hasta la otra orilla nuestro dolor y nuestra solidaridad y afecto, al tiempo que expresamos nuestro deseo de que este paso fronterizo en las aguas que separan las dos orillas dejen de ser espacios de dolor, sufrimiento, dramas y muertes, y se conviertan en lugares de encuentro, amistad e intercambio entre los pueblos de los dos continentes».

Por este motivo, el Secretariado de Migraciones de la Diócesis de Cádiz y Ceuta ha organizado el jueves 21 de octubre, a las 18.30 horas, en la playa del Carmen de Barbate, una Vigilia de Oración en memoria de estas personas y de sus familiares, que estará presidida por el obispo diocesano, Mons. Rafael Zornoza.

El Secretariado pondrá un autobús para todo aquel que quiera asistir al acto.

Para más información: Fundación Centro TIERRA DE TODOS. Tlf. 956290714.

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Conferencia “la corrección política como desafío y negación del cristianismo” este jueves en el auditorio San Juan Pablo II

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Asociación Católica de Propagandistas de Jerez de la Frontera organizan este jueves 21 de octubre a las 20hrs la conferencia de Rafael Sánchez Saus “la corrección política como desafío y negación del cristianismo”.

La Casa de la Iglesia de Asidonia-Jerez acogerá el próximo 21 de octubre a las 20hrs la conferencia, organizada por la Asociación Católica de Propagandistas de Jerez de la Frontera, “la corrección política como desafío y negación del cristianismo” cuyo ponente es Rafael Sánchez Saus, Director del Congreso Católicos y Vida Pública. Siguiendo las medidas higiénico-sanitarias, el lugar elegido para poder profundizar en la formación que nos plantea esta realidad eclesial asidonense, es el auditorio San Juan Pablo II.

Esta conferencia, junto a la reciente reunión mantenida con Monseñor José Rico Pavés, Obispo de Asidonia-Jerez abren el curso de ACdP en nuestra Diócesis. Asimismo, están preparando distintas actividades para llevar a cabo durante este primer trimestre del curso 2021-2022.

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Constituida la Comisión Tesoro de la Santa Iglesia Catedral para la puesta en valor de su patrimonio

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La puesta en valor, mediante una exposición permanente en la Catedral del patrimonio catedralicio, de la parroquia de Ntra. Sra. de la Merced y de la Real, Ilustre, Venerable y Capitular Hermandad Sacramental de Ntra. Sra. de la Merced y Cofradía de Nazarenos de Ntro. Padre Jesús de las Cadenas, Stmo. Cristo de Jerusalén y Buen Viaje y María Stma. de los Dolores, con sede canónica en el mismo templo, es la labor de la Comisión Tesoro de la S. I. Catedral de Huelva, constituida el pasado viernes, 15 de octubre.

Los miembros de la Comisión son Manuel Jesús Carrasco Terriza, canónigo archivero y conservador del Patrimonio Cultural y secretario del Cabildo, delegado diocesano para el Patrimonio Cultural y para el Clero, capellán de la Iglesia de Santa María de Gracia (MM. Agustinas) y académico de Número de la Academia de Artes, Ciencias y Letras de Huelva; Jaime Jesús Cano Gamero, vicario episcopal para la Administración de los Bienes Diocesanos y Relaciones Institucionales, canónigo Mayordomo del Excmo. Cabildo Catedral y párroco de la de Nuestra Señora de la Merced; Francisco José Feria Reviriego, delegado diocesano de Liturgia; Manuel Jesús Domínguez Silgado, mayordomo de la Hermandad de la Merced; Manuel Galán Cruz, director del Secretariado Diocesano de Pastoral de Turismo y director del Tesoro del Santuario de Nuestra Señora del Rocío; Juan Manuel Moreno Orta, conservador del Monasterio de Santa Clara de Moguer y colaborador de la Delegación Diocesana para el Patrimonio Cultural; y Juan Bautista Quintero Cartes, secretario canciller del Obispado de Huelva y subdirector del departamento de la Delegación Diocesana para el Patrimonio Cultural.

En los próximos días, el obispo de Huelva, Santiago Gómez, que conoce la iniciativa, recibirá el proyecto de la Comisión, de la que por unanimidad ha sido designado presidente, Manuel Jesús Carrasco Terriza. A continuación se procederá a realizar todas las gestiones oportunas para que este proyecto inicie su andadura. La exposición permanente Tesoro de la Catedral, tiene como objetivo mostrar obras de arte relacionadas con la Catedral (Domus Artis), la parroquia y la hermandad, mediante una exposición catequética que integrará la visita a la Catedral como Casa de Dios (Domus Dei), lugar de reunión litúrgica de la Iglesia (Domus Ecclesiae), sede de la cátedra del Obispo (Domus Episcopi) y del Cabildo Catedral (Domus Capituli). Se quiere resaltar en ella el vínculo esponsal del Obispo con su Diócesis, por lo que en la muestra se podrán observar tanto obras de arte, como objetos personales y litúrgicos de todos los obispos de la Diócesis de Huelva, desde el primer Obispo, Pedro Cantero Cuadrado, al actual, Santiago Gómez Sierra.

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“En las cárceles brasileñas descubrí que la Iglesia no es solo la parroquia sino esa iglesia en salida que va a visitar a todos”

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¿Quien es Ivanildo?

Soy un misionero Javeriano, de Brasil. Concretamente de la zona del Amazonas. Llevo en España poco tiempo y vine a ayudar en la animación misionera. Actualmente vivo en un pueblo de Murcia. Allí intentamos ser una presencia de lo que es la iglesia misionera con el deseo de acompañar y ayudar a los creyentes a descubrir que todos somos misioneros

El lema de este año del DOMUND es “Cuenta los que has visto y oído”. ¿Qué has visto y oído tú para llegar a dejar tu vida y hacerte misionero?

El mayor impacto ha sido el testimonio de los misioneros. Recuerdo de adolescente que me encantaba ver a ese misionero joven entusiasta y el tiempo que dedicaba a los jóvenes, a los ancianos… Hablaba de Jesús con una pasión muy grande. íbamos con el jeep tres días de largo viaje a las comunidades más remotas y al tercer día tenía el mismo ánimo y la misma ilusión. “Este hombre no es normal”, me decía. “Ha encontrado en Jesús TODO y él lo ha dejado TODO por Él”.

Una zona que recibió la misión (el Amazonas) se convierte ahora en fuente de misioneros para otros sitios 

Como brasileños hemos recibido mucho de la Iglesia europea y puedo decir que yo soy fruto de este testimonio. Ahora nosotros queremos colaborar y contribuir.

En tu formación como misionero has vivido ya muchas experiencias como llevar el evangelio a una cárcel de Brasil…

Es una realidad muy dura. He descubierto un Jesucristo que sufre, que acompaña y da la esperanza a esta gente. Sobre todo lo que necesitaba era ser escuchados. Allí descubrí un nuevo rostro de Jesucristo. La Iglesia no es solo la iglesia parroquial sino esa iglesia en salida que va a visitar a todos. Ese fue el estilo de Jesús.

El próximo destino… INDONESIA

Si. El carisma de los javerianos es seguir los pasos que San Francisco Javier no pudo acabar. Y con mucha ilusión ya me estoy preparando para compartir mi fe en el país con más musulmanes del mundo. Pero los católicos de Indonesia son una minoría, pero con una fe joven y que está dando muchas vocaciones.

Estas unos días en Almería. ¿Qué les dirías a los cristianos de esta tierra?

Todos estamos llamados a la misión. La oración es el secreto de todo misionero. Además, tenemos que tomar conciencia de lo que pasa en el mundo con un corazón universal. Y, por último, la ayuda económica. Yo soy misionero (no me cabe duda) por la generosa ayuda de tanta gente buena que ayudó a mi formación.

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Hacia una convivencia solidaria y compasiva

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Noreena Hertz

El siglo de la soledad

Barcelona, Paidós, 2021

En la actualidad, la complejidad creciente de la sociedad y el ritmo trepidante de la sucesión de los episodios hacen que aumente el número de ciudadanos que se sienten solos. Mientras que algunos están aislados, casi sin contactos con la familia y con la sociedad, otros están aturdidos por los ruidos y por el ensordecedor alboroto de la muchedumbre circundante. Crece el número de los que sufren la soledad de una manera callada porque no entienden el sentido de la vida actual, se sienten marginados y ajenos a los problemas de los que escuchan hablar a las personas de su entorno y en los medios de comunicación. Ese corte de los hilos que los vinculaban a su mundo les causa un desamparo similar al de los enfermos abandonados.

A mi juicio, esta obra es importante, oportuna e imprescindible por la exhaustiva serie de datos, por los agudos análisis y por las acertadas propuestas que nos proporciona. Su autora, Noreena Hertz, intelectual, profesora y periodista, nos explica cómo la soledad es uno de los rasgos que definen este siglo XXI debido a los graves daños que origina en la riqueza, en la salud, en el bienestar individual, familiar, social y político. Explica y justifica cómo la soledad es ese profundo sentimiento de desamparo que sienten quienes están abandonados por las personas y desamparados de las instituciones administrativas, sociales, económicas y políticas. Sufren un distanciamiento que les genera sensaciones hondas de invisibilidad, de impotencia, de inutilidad y, en consecuencia, de exclusión.

Lo seres humanos, todos -los de cualquier edad, sexo, condición social o nivel económico- necesitamos sentirnos conocidos, reconocidos y cerca de los demás para que nos escuchen, para que nos vean y para que nos presten atención. Todos requerimos tener cierto protagonismo y, además, que nos traten con justicia, con amabilidad y con respeto.

Las propuestas de estos acertados análisis son orientadoras, concretas y esperanzadoras partiendo del supuesto de que somos cada vez más conscientes de que nuestra vida está entrelazada con las de los convecinos, con las de los paisanos y con las de millones de personas de todo el planeta. A juicio de Noreena Herz, vivimos en una era en la que es posible y urgente reforzar las comunidades locales y construir nuevos puentes para unirlas entre sí. Nos muestra, nos explica y nos demuestra cómo en esta era de tantos retos y contradicciones tiene cabida la esperanza porque, según ella, tenemos la oportunidad de unirnos para crear, entre todos, un futuro en el que sea posible compaginar el trabajo para ganar dinero,  con las conductas generosas, solidarias y compasivas, para favorecer “un futuro en el que se escuche y se dé la voz a todas las personas con independencia de su origen, en el que podamos convivir de manera tolerante e inclusiva, en el que ya no tendremos que sentirnos tan solos y atomizados”.

Esta obra, clara y profunda, actual y enraizada en las entrañas de la actual sociedad, identifica la senda que hemos de seguir para plantear adecuadamente los graves problemas planteados, y aplica los principios, los criterios y las pautas para que, unidos, reemprendamos las sendas de una nueva humanidad.

José Antonio Hernández Guerrero

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Mumbiela, misionero en Kazajistán: «La Iglesia debe ser la primera en lanzarse la misión, la gente nos espera»

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El obispo de Almaty ha estado presente en la presentación de la campaña del DOMUND 2021 que ha tenido lugar en la sede de Obras Misionales Pontificias (OMP). En su intervención, José Luis Mumbiela ha agradecido la ayuda “a todos aquellos que colaboráis con las misiones a través de la OMP”.

“Nosotros, aunque somos una Iglesia pobre, tenemos que ser generosos y organizamos las coletas. Colaboran con la Iglesia Universal pese a su pobreza, para formar parte de la Iglesia en lugares de Asia o América latina, sentirse familia y ayudar todos a todos. Hacemos caja común con la Iglesia”, asegura el misionero.

Mumbiela ha relatado cómo fueron sus primeros años en Kazajistán, donde fue destinado hace 23 años, en un momento en el que el Papa Juan Pablo II tenía interés en que los sacerdotes evangelizaran en aquel territorio que se independizó en 1991 de la URSS: “Lo que he visto y oído en estos años me lleva a la convicción de que valió la pena dejarse llevar por esta locura de juventud e ingenuidad, porque Dios lo que me quería mostrar es que el mismo Espíritu Santo que actúa en los países donde la Iglesia está muy desarrollada es la misma que actúa allí antes de nosotros llegar”.

En el país de Asia Central, la Iglesia Católica está presente desde el siglo XIII. Durante el periodo soviético, recuerda José Luis Mumbiela, fue una Iglesia perseguida pero que dio muchos frutos: “Una Iglesia que ha sabido mantener la fe en condiciones muy difíciles”.

Prueba de ello, explica en la presentación del DOMUND, ha sido en plena pandemia, cuando buena parte de las parroquias cerraron sus puertas: “Una madre con su hija me llamaron para decirme que habían recorrido en autobús 700 kilómetros hasta Almaty para recibir la Eucaristía. Yo les comenté que aquí tampoco había Misa, pero en mi capilla les pude meter para celebrarla. Incluso nos dio un donativo pese al viaje y no ser ricos”.

El misionero aragonés recordaba también que, al llegar a Kazajistán en 1998, una señora le preguntaba por qué la Iglesia Católica había sido la última en llegar al país, pese a que desde 1991 era un país con libertad. Mumbiela no supo muy bien qué responderle en aquel momento, pero aquella reflexión de la señora le lleva acompañando desde hace más de dos décadas.

Por ello, ha reclamado que la Iglesia, “si hay realmente amor a Dios”,  no puede ser la última en llegar: “Tenemos que ser los primeros y lanzarnos a la misión, porque la gente está esperando. No podemos llegar al final de una pandemia, sino antes de que comience, porque siempre hay virus”.

Mónica Marín: «Tenemos que contagiar a los jóvenes»

En la presentación ha estado también presente Mónica Marín, una joven licenciada en Logopedia, que a lo largo de su vida ha tenido varias experiencias misioneras en los meses de verano, como Rumanía o Perú. Tras uno de sus viajes al país latinoamericano, puso en marcha la Asociación Jatari, con la finalidad de levantar a los jóvenes y animarles a actuar en la misión.

“Está la misión de las personas que van a los países, y otra que es propia del cristiano, como es moverse y actuar. El Papa Francisco no deja de repetir que nos levantemos. Dios nos elige y te hace parte de su Iglesia.Cuando tomamos conciencia de ello te sale levantarte y actuar”, precisa.

Su primer experiencia misionera tuvo lugar con 18 años en Rumanía, junto con las misioneras de la Caridad. Allí, Mónica descubrió una “realidad inmensa”, y es ver cómo la gente daba su vida por los demás.

“He tenido experiencias de misión y para mi fue como un máster en mi vida, son momentos en el que reseteo, ordeno mi vida, priorizo y es una maravilla ver cómo el Señor actúa a través de estos misioneros. Luego me fui a Perú y vería cómo los misioneros te cambia la mirada. Se me caía la baba al ver al Padre Alfonso en Perú, que es mi padre en la Tierra. Dios me regaló un segundo padre por esa apertura de corazón que nunca había visto”.

En 2018 fue a Perú y, tras su regreso, puso en marcha junto a una amiga la Fundación Jatari: “Buscamos contagiar, ser como ese levántate y ponernos en acción. Hay maneras en la que intentamos que eso suceda con eventos donde recaudamos fondos para las misiones. Es una manera de invitar a gente que no están muy metida en la misión”, explica.

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La Fundación Santos Mártires celebrará la fiesta de sus titulares

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San Acisclo y Santa Victoria procesionarán desde la Catedral de Córdoba a la ermita del Socorro el 17 de noviembre

La Fundación Diocesana de Enseñanza Santos Mártires de Córdoba ha preparado un amplio programa de actos para celebrar la festividad de sus titulares, bajo el lema “Mes de los Mártires: dejando huella”.

El programa comenzará el día 24 de octubre, festividad de San Rafael, y a partir de entonces tendrán lugar diversas gymkanas y actividades, en las que los alumnos aprenderán de manera divertida y didáctica, la historia de los mártires en los lugares de referencia de la ciudad. Paralelo a estas actividades, en los centros se trabajará en torno a la figura histórica de los Santos Mártires, con materiales y actividades creadas por los propios docentes de la Fundación.

Asimismo, en noviembre, concretamente el sábado día 13, se celebrará el primer Ciclo de Conferencias “Santos Mártires de Córdoba”, en el que participarán estudiosos como Fernando Santos, Antonio Varo, Alberto Villar y Miguel Varona.

El culmen de la programación será el 17 de noviembre, festividad de San Acisclo y Santa Victoria, cuando se desarrolle una peregrinación de todo el personal de la Fundación desde la Santa Iglesia Catedral hasta la ermita del Socorro junto a las imágenes de San Acisclo y Santa Victoria.

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