El Espejo de este viernes ha acercado a los oyentes de COPE Málaga el trabajo que realiza la Iglesia en favor de los enfermos. El delegado de Pastoral de la Salud, Francisco Rosas, y el capellán del Clínico Guillermo González, han explicado cómo llevan consuelo y esperanza a las personas que sufren y a sus familiares.
¡Bendita la Trinidad Santa que nos ha congregado en su Santa Iglesia para cantar la maravillas del que nos llamó a salir de las tinieblas, para gustar de su vida y camina con nosotros, para conducirnos a la meta de la gloria que es contemplarlo a Él, el Dios vivo y verdadero!.
En esta mañana con San Pablo podemos repetir, “Doy gracias a nuestro Señor Jesucristo, que me ha fortalecido, porque me ha juzgado digno de confianza al encomendarme el ministerio” (1Tim 1,12).
Sí, mis queridos hermanos, el Señor nos bendice con el don del ministerio presbiteral con el que va a enriquecer a estos dos hermanos nuestros: Pablo y Valeriano, que escuchando la llamada del Maestro han querido, en libertad, ser configurados con Cristo y seguirlo hasta la muerte. Gracias a Dios por el don de la llamada y gracias por la generosidad de la respuesta.
1. Queridos hermanos sacerdotes todos;
Ilmos. Sres Vicarios; Excmo. Cabildo de la S.A.I. Catedral;
Sr. Rector del Seminario y equipo de formadores;
Queridos Diáconos y seminaristas;
Saludos también con gran afecto a los miembros de los institutos de Vida consagrada;
Queridos padres y familiares de los ordenandos,
Queridos hermanos y hermanas en el Señor.
Queridos Pablo y Valeriano.
En esta mañana, quiero hacer especialmente presente al Sr. Obispo Emérito, nuestro querido D. Juan, que se une en la oración y en afecto a esta celebración de ordenación de dos nuevos presbíteros.
Hoy es un día gran para esta iglesia particular de Guadix; nuestra Diócesis se viste de fiesta porque su Presbiterio se ve enriquecido con la incorporación de dos nuevos hermanos que quiere servir al Señor con su vida, para la salvación del mundo y en comunión con la Iglesia.
La ordenación sacerdotal de estos dos hermanos nuestros nos muestra la juventud de la Iglesia que se ve cada día enriquecida por el Sí de aquellos que quieren seguir al Señor a través de una vida de especial consagración. Han descubierto que Cristo es con mucho lo mejor, y que merece la pena dejar todo –con minúsculas- para ganar al que es Todo –con mayúscula-. La entrega de la propia vida en el seguimiento de Cristo es garantía de felicidad, de sentido y de plenitud.
. Lo que celebramos hoy es un signo de esperanza, no sólo para la Iglesia sino también para el mundo. La apuesta decidida de dos jóvenes, tomados de entre los jóvenes de esta generación, nos muestra que la vida tiene sentido cuando se entrega a Dios en favor de los demás, algo que no ha pasado de moda, a pesar de la insistencia de una cultura que predica un individualismo que vacía al hombre y lo aboca a una vida sin aliciente, sólo basada en el disfrute momentáneo y en la conquista de bienes materiales que embotan el corazón humano pero no lo llenan; por el contrario, una vida hecha entrega adquiere un significado y una fuerza singular en este momento de la historia. Es verdad que para dar este paso no es suficiente la voluntad humana por firme que sea, sino que hasta aquí nos trae la gracia de Dios, que mediante el sello indeleble de la unción del Espíritu Santo va a constituir a Valeriano y a Pablo en sacerdotes de la nueva alianza sellada en la sangre del Cordero..
La historia de los que hoy van a recibir el sacramento de orden sacerdotal, como la historia de todos los que estamos aquí muestra que Dios sigue llamando, que Dios no se cansa nunca de llamar; somos nosotros los que no oímos la llamada del Señor, u oyéndola no respondemos con generosidad. Sí, mis queridos jóvenes, Dios sigue llamando, no tienes más que entrar dentro de ti, hacer silencio en tu corazón y reconocer la voz de Dios que te llama; no hagas ruido, no te hagas el sordo, no vuelvas la cabeza porque en la respuesta a esa llamada está tu felicidad para siempre. Claro que como el profeta Jeremías tenemos miedo ante empresa tan grande; cuando sólo eres un muchacho, cuando no sabes lo que dirás ni como lo dirás. Entonces la voz de Dios suena más fuerte. “a donde yo te envíe, irás, y lo que yo te mande lo dirás”. Es Él quien viene contigo, el protagonista absoluto de esta preciosa aventura de ser Sacramento de su presencia en el mundo y entre los hombres.
2. “Yo soy el Buen Pastor” (Jn. 10,11)
La imagen del Buen Pastor con la que Cristo se identifica en el Evangelio tiene una rica historia en la tradición bíblica; ya en el AT Dios aparece como el pastor que preocupado por la suerte de su pueblo, lo reúne y protege para llevarlo a verdes pastos y a fuentes tranquilas donde calmará su hambre y su sed, preparándole el gran Banquete donde Dios lo será todo. Es el pastor solícito al que le importa la suerte de su pueblo y con mano firme lo libera de la esclavitud a la que lo ha abocado la infidelidad, esclavitud interior que es más dura que la puramente externa. Es el pastor fiel que no abandona a su rebaño sino que lo protege de las asechanzas del mal y de la muerte.
El Señor Jesús toma para sí esta imagen cargada de simbolismo, una imagen llena de ternura que nos muestra la preocupación que Dios tiene por nosotros, la predilección por cada una de sus ovejas que somos nosotros: nos conoce, nos reúne, nos cuida, sale a buscarnos, nos carga sobre sus hombros, hasta da su vida. La imagen de Buen Pastor nos introduce en el Misterio del amor de Dios que se realiza a lo largo de la historia en cada uno de nosotros que hemos sido redimidos en la sangre de Cristo. Al Pastor le preocupan sus ovejas, por eso no las deja a su suerte para que no se pierdan, sino que las atrae al rebaño, para que sean uno como el Pastor es uno.
Cristo da la vida porque es pastor, no es asalariado; el pastor no es un mero profesional, sino que en la preocupación por cada una de las ovejas del rebaño le va la vida. Ante el peligro no huye, sino que permaneces, tantas veces en silencio sin que se note, pero está; protege, abraza con ternura, salva.
“Escucharán mi voz”, dice el Señor. La voz del Pastor verdadero es única; no puede haber muchas voces porque no hay mas que un pastor. Las ovejas quieren oír la voz del pastor porque es la única que trae la salvación. Cuando oyen otra voz, no la reconoce el corazón; el corazón del hombre que tiene hambre de la voz del pastor no se conforma con otras voces por melodiosas que sean o porque prometan cosas grandes. Sólo llena el corazón humano la palabra de Dios.
3. “Sed pastores del rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo” (1Pe 5,2)
Para perpetuar su misión pastoral en la Iglesia, Cristo eligió a hombres entre los hombres. Los llamó para estar con él y para enviarlos a anunciar el Evangelio.
El apóstol San Pedro, en la segunda lectura, trazaba el estilo del gobierno pastoral en la Iglesia. El servidor del Evangelio nunca se impone, ni impone el mensaje que transmite; lleva la Buena Noticia que ha recibido y a la que quiere servir porque ha sido tomado por ella, y lo hace convencido, porque la evangelización es un acto de amor, ya que da a los hermanos lo mejor que tiene, a Cristo.
El Sacerdote no busca ganancia en la predicación, ni su propio interés o la conquista de la fama y el bienestar personal; sólo busca el bien de los demás, el que Cristo sea conocido y amado, y lo hace con generosidad, negándose a sí mismo, gastando y desgastando la propia vida.
En definitiva, el pastor al estilo de Cristo, ha de ser modelo del rebaño. Las virtudes de un sacerdote son un ejemplo para el pueblo; los pecados, motivos de perdición. El pueblo quiere y necesita sacerdotes santos; un sacerdote no se puede conformar con menos de aspirar a ser santo.
El sacerdote ha sido llamado y consagrado para ser “administrador de los misterios de Dios” (1Cor 4,1); esto quiere decir, que el sacerdote se define “como testigo de la verdad de Dios y como ministro de la gracia de Cristo, como anunciador y como santificador” (cfr. Cantalamessa. El alma de todo sacerdocio, p. 59). El anuncio del Evangelio y la celebración de los sacramentos define la misión del ministerio sacerdotal en la Iglesia. Ambas expresiones de la misma misión no se contradicen, todo lo contrario, son la realización del ministerio pastoral; no hay contradicción entre el ministerio profético y el sacerdotal.
4. Queridos hijos, Pablo y Valeriano, dentro de unos instantes vais a recibir la gracia del sacramento del orden sacerdotal por la imposición de mis manos y la oración consagratoria.
Es conveniente que consideréis la grandeza del don que recibís y que os configura con Cristo, Cabeza y Pastor de la comunidad, llamados a hacerlo presente en medio de los hermanos. Esto tiene que despertar en vosotros el agradecimiento por tanta gracia en medio de vuestra debilidad personal. Habéis de identificaros con Cristo de tal manera que toda vuestra persona y vuestra vida se conviertan en transparencia de Cristo para aquellos que se acerquen a vosotros; no caigáis en la estéril vanidad de pensar que la gente os busca a vosotros; no, queridos hermanos, el pueblo busca a Cristo en vosotros y quiere encontrar a Cristo en vosotros. Dad gracias al Señor, cada día, por el sacerdocio; renovad constantemente vuestro Sí; ofreceros al Señor por el bien del pueblo que os ha sido confiado.
Queridos hijos, el alma del sacerdocio está en la relación personal, llena de confianza y amistad, con la persona de Jesús. El ministerio sacerdotal no es, no puede ser fecundo, sin una relación personal e íntima como el Señor. Necesitáis orar cada día, pasar tiempo delante del Señor que está en nuestros Sagrarios para hablarle de vosotros y de vuestra gente, de vuestra vida y de la comunidad a la que servir. No olvidéis nunca que más importante que hablar de Él es hablar con Él. Los proyectos pastorales desde la oración constante y prolongada adquieren valor y sentido nuevos; lo demás será puro activismo, infecundo siempre.
Nos somos funcionarios o ejecutivos de una gran empresa; somos siervos de Cristo, pero lo que marca la diferencia entre ambos es el amor. El Señor sigue preguntándonos como a Pedro: ¿me ama, y espera la respuesta de mis labios y de mi corazón: “Señor, sabes que te amo”. El pastoreo en la Iglesia es consecuencia del amor a Cristo.
Permitidme mis queridos hermanos que vais a recibir el orden de los presbíteros que como hermanos os recuerde.
- La necesidad de ser, y el peligro de poner todas las fuerzas en lo que hacemos, pues impide mostrar lo más importante, nuestro ser, nuestra identidad. Lo que realizamos si no lo hacemos desde lo más profundo de lo que somos, se quedará en actos vacíos, quizás recogerán algún aplauso que se olvidará enseguida. Lo único que permanece es la huella de la santidad, no se quedan en la memoria de las comunidades los curas simpáticos, quedan los santos. Redescubrir cada día, delante de Dios, lo que somos, profundizar en el don recibido y responder con generosidad hacen que se muestre la verdadera esencia del sacerdocio. Dios y no las cosas de Dios, como recordaba el Cardenal Van Thuan; las cosas pasan, también las realizadas como un bien, lo único que permanece es Dios. Nosotros somos testigos de Dios, las cosas son instrumentos para acercar a los hombres a Dios y Dios a los hombres; pero los instrumentos siempre tienen caducidad, Dios es eterno
- Buscar siempre lo esencial, mostrad el ideal. Un sacerdote siempre tiene cosas que hacer, el trabajo pastoral nos exige más tiempo del que nos da el día. Una tentación sería atender siempre a lo urgente, dejando para después lo importante que nunca llega; así quedan para otro momento: la oración, la Eucaristía celebrada con paz y fervor, atender a los hermanos en el sacramento de la penitencia, visitar a los enfermos, dedicar tiempo a escuchar como Padre a los que vienen a mi; estudiar y preparar la predicación de la Palabra de Dios. Dejemos lo urgente, volvamos a lo importante.
- Vivir de acuerdo con lo que sois. El testimonio diario de nuestra vida y ministerio es un medio indispensable de nuestra evangelización. Nuestro modo de vida tiene una fuerza incomparable para nuestros fieles; nuestra vida se convertirá también en un gran interrogante frente a una cultura que ha olvidado, y ya desconoce, el estilo evangélico de vida. Hemos de ser, pobres y austeros, mostrando donde está la verdadera riqueza, amigos y hermanos de los pobres que han de encontrar en nosotros el amor de un Dios que se preocupa de ellos. Obedientes a la voluntad de Dios, en la comunión de la Iglesia y con sus Pastores. Célibes por el Reino que es “tener un corazón de acero para la castidad y un corazón de carne para la caridad” (L. Lacordaire, citado por R. Canatalamessa, El alma de todo sacerdocio, p. 54).
5. Queridos hermanos, pidamos al Señor por estos hermanos nuestros que hoy se consagran al Señor en el Orden sacerdotal, para que sean fieles a la llamada, y sean luz y testimonio en medio del mundo.
Pidamos para que Dios siga bendiciendo a nuestra Diócesis y a la Iglesia entera con santas y numerosas vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada; que sean cada vez más lo que se deciden a seguir al Señor y servirle en los hermanos.
Pidamos la perseverancia de todos los que han sido llamados, que con el testimonio de sus vidas hagan más hermoso y fecundo el rostro de la Iglesia.
Volvemos la mirada a Santa María, la Virgen, Madre de la Iglesia, Madre de los sacerdotes, que veneramos como Virgen de las Angustias, que nos enseñe, como ella lo hace, a llevar a Cristo a los hombres, y nos recoja entre sus brazos, para con Cristo llegar a la gloria eterna.
Que los Santos Ángeles custodios, cuya memoria celebramos hoy, nos guarden en el camino de la fidelidad a Cristo, Buen Pastor de nuestras almas.
+ Ginés García Beltrán
Obispo de Guadix





