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José Luis Graus Pina da claves sobre el momento en que vivimos y lo que engancha en el voluntariado

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Ayer comenzó  la décimo quinta edición de la Semana de la Pobreza y Exclusión organizada por Cáritas Diocesana de Asidonia-Jerez. José Luis Graus Pina, técnico de desarrollo organizativo y responsable de Voluntariado en Cáritas Española, ha reflexionado en su ponencia sobre que debemos aprovechar del tiempo de policrisis que vivimos. 

Ayer comenzó este ciclo de conferencias que este año se enmarca con el lema “NUEVAS ESTRATEGIAS DEL VOLUNTARIADO” y que se centra en reflexionar sobre los retos a los que se enfrenta Cáritas para atraer al voluntariado.

Mons. José Rico Pavés, Obispo de Asidonia-Jerez, y Eugenio Sánchez Salas, Director de Cáritas Diocesana, han presentado a José Luis Graus Pina, técnico de desarrollo organizativo y responsable de Voluntariado en Cáritas Española, que ha sido el responsable de abrir esta décimo quinta edición. Comenzó su intervención “La nueva hora del voluntariado” diciendo que “estamos viviendo un momento de encrucijada, de cambios y de novedades inesperadas. Esto genera un clima de incertidumbre y de desconcierto, en unos casos de desconfianza, en otros de oportunidad”. “En este momento es fundamental la revolución reflexiva y abordar las actitudes necesarias que nos posibilitan vivir en este momento”, dijo.

Graus Pina continuó su exposición asegurando que “es importante tomar conciencia de aquellas cuestiones que generan estancamiento y que nos impiden avanzar y, por otro lado, tomar conciencia y promover todo aquello que nos encanta y que genera vida y dinamismo”. Del mismo modo, dijo que “otra aproximación viene de la relación que existe entre lo que ya se nos ha quedado viejo y nos invita a pensar y lo nuevo que se va acercando”.

Finalmente, dio claves sobre cuestiones que deben ser pensadas y que nos van a ayudar mucho para saber qué engancha en el voluntariado, como son el trabajo desde el vínculo permanente y no solo desde la tarea, crear comunidad desde la ausencia de comunidad, tomar conciencia de la mucha gente que hace mucho bien y asumir que lo complejo ha llegado para quedarse.

Hoy, martes 19 de marzo, contaremos con Clara Sánchez Canas, técnica de desarrollo organizativo y responsable de Voluntariado Joven en Cáritas Española, que nos hablará sobre “Cáritas, lugar de llamada para los jóvenes”. 

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«Padre, envíanos pastores», Carta Pastoral en el Día del Seminario

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«Padre, envíanos pastores»

Día del Seminario 2024

 

Queridos hermanos, sacerdotes, consagrados y fieles laicos,

Con el lema “Padre, envíanos pastores”, el próximo domingo 17 de marzo, cercana la solemnidad de San José, custodio de las vocaciones sacerdotales, la Iglesia nos invita a dar gracias por nuestro Seminario de San Torcuato y a celebrar el don de la Vocación al Ministerio Ordenado. El lema es una súplica confiada que se enraíza en la exhortación del Señor: “orad al dueño de la mies, que envíe obreros a su mies” (Lc 10,2). Es la solicitud del Buen Pastor que ama y atiende las necesidades de sus ovejas para que «tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10, 10). Tras la experiencia Pascual, el Señor confía a sus discípulos continuar con la misión que le ha confiado el Padre, anunciar el Evangelio a los hombres de todos los tiempos.

Son muchos los que le han respondido a lo largo de la historia. La vocación sacerdotal no es algo del pasado. El Padre sigue enviando pastores para que nos cuiden según su Corazón. En nuestros días, muchos siguen comprometiendo sus vidas con el “sí” que se forja en la entrega de la propia existencia, en la fidelidad, en la generosidad de corazón a su constante invitación: «Sígueme» (Jn 21, 22), en el servicio de la construcción de su Reino en el mundo, en la entrega a los hombres, cuidando especialmente a los más necesitados,

  1. Juan Pablo II decía que «a pesar de los vastos procesos de secularización que se dan en el mundo, se detecta una exigencia generalizada de espiritualidad, que en gran parte se manifiesta precisamente en una renovada necesidad de oración» (NMI 33). En esta «necesidad de oración» se inserta nuestra petición común al Señor para que «envíe obreros a su mies«. Nuestro primer deber es implorar con insistencia, confianza y humildad; pedir y dar gracias al «Dueño de la mies» por los que ya siguen más de cerca a Cristo en la vida sacerdotal y por los que Él, en su misericordia, no cesa de llamar para estas importantes tareas eclesiales, por nuestros seminaristas.

Conscientes del poder de la oración, os invito a todos a unirnos en una ferviente súplica para que no falten vocaciones al sacerdocio. Esta es la Iglesia sinodal que vive la comunión en la oración, una Iglesia en salida que, con corazón misionero, piensa en la necesidad que tiene nuestro mundo de presbíteros santos. Nos concierne a todos los bautizados fomentar, acompañar y sostener las vocaciones que tenemos y las que puedan surgir. Invitemos a los jóvenes, a los adolescentes y a los niños a participar en las actividades diocesanas preparadas por nuestro Seminario diocesano de San Torcuato y el equipo de pastoral juvenil y vocacional. Recemos para que las familias cristianas acojan con alegría el regalo de una vocación. Muchas de ellas se convierten en pequeños «cenáculos» de oración, ayudando a los jóvenes a responder con valentía y generosidad a la llamada de Jesucristo.

Es fundamental la labor de cada parroquia y comunidad cristiana en favor de las vocaciones como fuente de alegría y esperanza para nuestro Presbiterio, orando en la Eucaristía por esta necesidad. El Sacramento del altar tiene un valor decisivo para el nacimiento de las vocaciones y para su perseverancia, porque en el sacrificio redentor de Cristo aquellos que han sido bendecidos con el don de la vocación sacerdotal, encuentran la fuerza para dedicarse totalmente al anuncio del Evangelio. Conviene que se una la adoración del santísimo Sacramento, prologando así, en cierto modo, el misterio de la santa misa. Contemplar a Cristo, presente real y sustancialmente bajo las especies del pan y el vino, puede suscitar en el corazón de quienes están llamados al sacerdocio o a una misión particular en la Iglesia, el mismo entusiasmo que, en el monte de la Transfiguración, impulsó a Pedro a exclamar: «Señor, que bien se está aquí» (Mt 17, 4; cf. Mc 9, 5; Lc 9, 33). Se trata de un modo privilegiado de contemplar el rostro de Cristo.

Animo a mis hermanos sacerdotes a cuidar esta tarea prioritaria de nuestro ministerio, insertando el matiz vocacional en todas nuestras tareas pastorales. Su testimonio de vida y su entrega fiel, es un gozoso ejemplo y estímulo para el resurgir de nuevos discípulos del Señor, que quieran vivir exclusivamente para Cristo en su Iglesia, siendo sacerdotes. A través del sacerdocio, hemos sido llamados a reavivar el carisma de Dios por la imposición de las manos (cf. 2 Tim 1, 6), y gustar con renovado fervor el gozo de haberse entregado totalmente al Señor.

A nosotros nos corresponde colaborar, con todos los medios posibles, para que -en aquellos que Él ha elegido- la llamada de Dios no quede frustrada y podamos contar con muchos, buenos y santos sacerdotes, que puedan ayudar al Pueblo de Dios a ejercitar con fidelidad y plenitud su vida cristiana, constituyendo así una Iglesia viva y misionera. Agradezco la generosidad, oración y mimo de los sacerdotes, consagrados y muchos laicos por el Seminario, así como la generosidad económica- que os pido sea muy generosa en la colecta del Día del Seminario-, pues nos permite ofrecer los medios adecuados para una formación integral de nuestros Seminaristas. Gracias al Rector, formadores, confesores y bienhechores de nuestro Seminario por su trabajo y constante entrega por el bien de nuestra Diócesis.

Padre, envíanos pastores”. Que el semillero, que el Pastor bueno cultiva en nuestra Diócesis, siga dando buenos frutos según el corazón de Cristo.Con mi afecto y bendición.

+Francisco Jesús Orozco Mengíbar

Obispo de Guadix

Homilía en el Miércoles de Ceniza

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MIÉRCOLES DE CENIZA

(Catedral-Málaga, 14 febrero 2024)

Lecturas: Jl 2, 12-18; Sal 50, 3-6.12-14.17; 2 Co 5, 20 − 6, 2; Mt 6, 1-6.16-18.

La Cuaresma, tiempo de libertad

1.- Saludo a mi hermano Francisco, arzobispo emérito de Pamplona, que ha venido a quedarse con nosotros al dejar el gobierno de su Diócesis. ¡Bienvenido, D. Francisco!

La Cuaresma es el tiempo que precede y dispone a la celebración de la Pascua, que es la fiesta central de la fe cristiana. Cuaresma es tiempo para una escucha y meditación más frecuente de la Palabra de Dios. Es tiempo para renovar nuestro bautismo y el compromiso adquirido; es tiempo de conversión y de reconciliación con Dios y con los hermanos; es tiempo de recurrir más frecuente a la oración, al ayuno y a la limosna, como hemos escuchado en el evangelio (cf. Mt 6, 1-6.16-18).

La Cuaresma tiene un sentido mistérico, que debemos redescubrir y profundizar, y que está relacionado con los sacramentos de la iniciación cristiana. Podríamos decir que se trata del misterio del «éxodo», presente a lo largo de todo el itinerario cuaresmal; es decir, de la salida de la esclavitud a la libertad, de la salida de uno mismo hacia Dios, que nos espera con los brazos abiertos, como Padre bueno.

La Cuaresma nos lleva a la contemplación del misterio pascual del Señor: su Pasión, Muerte y Resurrección. La Iglesia nos concede cincuenta días para prepararnos a esta magna celebración pascual; para meditar el amor que Dios nos tiene, manifestado en Cristo Jesús (cf. Rm 9, 39).

2.- El comienzo de la cuarentena penitencial se caracteriza por el austero rito de la imposición de la ceniza, propia de la liturgia de este día: Miércoles de Ceniza.

Se usaba ya en los antiguos ritos con los que los pecadores convertidos se sometían a la penitencia. El gesto de la ceniza significa reconocer la propia fragilidad moral, la mortalidad y el pecado, que necesita ser redimido por la misericordia de Dios.

No se trata de un gesto puramente exterior. La Iglesia lo ha conservado como signo de la actitud del corazón penitente de cada bautizado, que está llamado a asumir en el itinerario cuaresmal. Este gesto abre a la conversión y a la renovación pascual.

3.- La Cuaresma tiene un sentido y un contenido gozoso; no es triste el tiempo cuaresmal, porque invita a crecer en libertad, abandonando las cadenas que nos atan, siguiendo con alegría a Jesucristo. Con Él salimos de la mediocridad de nuestra vida hacia la novedad creativa, recuperando y profundizando nuestro bautismo, abriendo nuestros brazos a Dios, que nos transforma. Permitamos al Señor que haga esa transformación en nosotros; y que podamos celebrar la Pascua siendo mejores, más humanos y más divinizados a la vez.

Es tiempo de acortar nuestra lejanía de Dios, rompiendo las ataduras, sutiles o grandes, que nos retienen y nos impiden mirar con libertad a lo alto, reconociendo que Dios nos ama y nos perdona. Por eso la Cuaresma no puede ser triste.

Con ello tomamos conciencia de la misericordia infinita de Dios, que nos regala la libertad y nos brinda su amor paterno.

4.- El papa Francisco nos ha ofrecido en su Mensaje para la Cuaresma de este año el tema de la libertad y nos ha dicho: “La Cuaresma es el tiempo de gracia en el que el desierto vuelve a ser -como anuncia el profeta Oseas- el lugar del primer amor (cf. Os 2, 16-1 7). Dios educa a su pueblo para que abandone sus esclavitudes y experimente el paso de la muerte a la vida”. Podemos disfrutar del amor de Dios y de la libertad que nos concede.

La Cuaresma es el tiempo fuerte en el que su Palabra se dirige de nuevo a nosotros: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te hice salir de Egipto, de un lugar de esclavitud» (Ex 20,2). Por ello, la Cuaresma es tiempo de libertad. ¡Vivamos con la libertad de los hijos de Dios (cf. Rm 8, 21)! ¡Salgamos de nuestras esclavitudes!

Jesús mismo, como recordamos en el primer domingo de Cuaresma, fue conducido por el Espíritu al desierto para ser probado en su libertad. Como dice el papa Francisco: “El desierto es el espacio en el que nuestra libertad puede madurar en una decisión personal de no volver a caer en la esclavitud. En Cuaresma, encontramos nuevos criterios de juicio y una comunidad con la cual emprender un camino que nunca antes habíamos recorrido” (Mensaje para la Cuaresma de 2024).

5.- En tiempo cuaresmal hemos de recurrir más frecuentemente a las «armas de la penitencia cristiana», que son: la oración, el ayuno y la limosna (cf. Mt 6, 1-6.16-18).

Jesús exhorta a sus discípulos a vivir con rectitud ante la mirada del Padre celestial, sin presumir ante los hombres: «Cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti» (Mt 6, 2); «cuando oréis, no seáis como los hipócritas» (Mt 6, 5); «Cuando ayunéis, no pongáis cara triste» (Mt6, 16).

Esto hay que hacerlo en el interior de cada uno, privadamente; que no se entere nadie, más que el Señor y él nos recompensará (cf. Mt 6, 4.6.17-18).

Se trata «de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial» (Mt 6, 1). Más bien hay que vivir el amorde nuestro Padre-Dios, que nos ama y tiene misericordia de nosotros.

Pidamos al Señor que nos conceda un corazón limpio y convertido a su amor, para gozar de la libertad de los hijos de Dios.

Y que la Santísima Virgen nos acompañe en esta Cuaresma, para hacer un buen camino hacia la Pascua de resurrección. Amén.

Homilía en el Encuentro de Formadores de Seminario del Sur de España

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ENCUENTRO DE FORMADORES DE SEMINARIO DEL SUR DE ESPAÑA

(Seminario-Málaga, 28 enero 2024)

Lecturas: Dt 18, 15-20; Sal 94, 1-9; 1 Co 7, 32-35; Mc 1, 21-28.

(Domingo Ordinario IV- B)

1.- Ser profeta

Las lecturas de este domingo ofrecen varios temas, entre los cuales escogemos tres, que considero vinculados de manera especial a vuestra tarea como formadores de seminario y que también sirven para los seminaristas: ser profeta, escuchar la voz del Señor y enseñar con autoridad.

El libro del Deuteronomio dice: «El Señor, tu Dios, te suscitará de entre los tuyos, de entre tus hermanos, un profeta como yo. A él lo escucharéis» (Dt 18, 15).

Dios escoge a alguien de entre sus hermanos para enviarlo a una misión. A nosotros nos ha escogido para ser profetas. A ese elegido hay que escuchar, como si fuera al mismo Dios. El pueblo pidió al Señor: «No quiero volver a escuchar la voz del Señor mi Dios, ni quiero ver más ese gran fuego, para no morir» (Dt 18, 16).

El profeta es un mediador, para que el pueblo no escuche en directo la voz del Señor: «Pondré mis palabras en su boca, y les dirá todo lo que yo le mande» (Dt 18, 18). Pero ¿qué palabras decimos? Una cosa son las palabras que dicta el Señor para proferirlas o profetizarlas; y otra cosa son las palabras que podamos poner de cosecha propia, que no son las que quiere el Señor.

«Profeta» es aquel que habla en nombre de Dios. Naturalmente, quien contempla la vida desde Dios tiene una visión especial; es decir, se sitúa en una atalaya privilegiada; y por eso es capaz también de anunciar el futuro. Cuando las cosas se ven desde Dios, se perciben desde una perspectiva diferente a la mirada miope del ser humano. ¡Cómo nos situamos nosotros para proferir las palabras que Dios nos manda decir?

La providencia tiene su propio plan y su estilo, como dice el profeta Isaías: «Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos» (Is 55, 8). Dios inspira y anima; y los hombres deben interpretar los «signos de los tiempos» como lenguaje de Dios; y a través de los avatares de la historia interpretar la verdad que viene revelada desde lo alto. Y puede haber una diferencia entre lo que Dios revela y habla y lo que dice su profeta.

El carisma profético no ha desaparecido de la Iglesia, porque nadie ha coartado la acción del Espíritu Santo. Por tanto, hoy sigue habiendo profetismo, aunque de modo diverso a los profetas del Antiguo Testamento y respecto al único Profeta, Jesús. Ahora bien, ¿todos son profetas, o lo son todos por igual? ¿Todos dicen lo que Dios quiere que digan? Es necesario hacer un riguroso discernimiento de espíritus para ver quiénes vienen de Dios. El primer criterio dado por el mismo Jesús es el de los frutos producidos: «Por sus frutos los conoceréis» (Mt 7, 16).

Los formadores de seminario tenéis una doble tarea: En primer lugar, ser profetas, que Dios ha elegido para realizar una misión eclesial a través de vuestro ministerio. Y, en segundo lugar, discernir los espíritus para saber a quiénes elige el Señor para el ministerio sacerdotal. Dios os exigirá cómo habéis realizado vuestra misión profética y de discernimiento; porque los criterios han de ser desde Dios y no desde simples visiones humanas.

2.- Escuchar la voz del Señor

La segunda actitud consiste en escuchar la voz del Señor, como dice el Salmo: «El Señor es un Dios grande, soberano de todos los dioses» (Sal 94, 3); como solemos rezar en el Salmo matutino: «Ojalá escuchéis hoy su voz» (Sal 94, 7).

En los últimos domingos hemos visto constantes referencias a la llamada del Señor. En el Bautismo de Jesús: «Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado» (Is 42, 6). En el segundo domingo: «El Señor llamó a Samuel» (1 Sam 3, 3) y a los primeros discípulos: «Maestro, ¿dónde vives? Venid y lo veréis» (Jn 1, 38-39). En el domingo tercero, Jesús se dirige a los hijos de Zebedeo: «Venid conmigo» (Mc 1, 17).

Y en este cuarto domingo ordinario el salmista nos sitúa ante la intervención de Dios en nuestras vidas: «Ojalá escuchéis hoy su voz» (Sal 94, 7). Es importante el tiempo; se dice “hoy”, porque Dios quiere que le escuchemos todos los días y en todo momento; nuestra respuesta al Señor debe ser cada día, permanente, constante.

La escucha se hace para conocer la voluntad de Dios, quien nos invita a prestar atención: «Escucha, pueblo mío, mi enseñanza; inclina el oído a las palabras de mi boca» (Sal 77, 1); el Señor nos enseña y nos amaestra: «Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los discípulos» (Is 50, 4); Jesús nos invita a ser sus discípulos.

La voz, escuchada por el oído, debe pasar al corazón: «No endurezcáis el corazón como en Meribá, (…) cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras» (Sal 94, 8-9).

Aquí tenéis también los formadores de seminario una doble tarea: la escucha personal como creyentes, que debéis responder cada día a la voz de Dios; y, en segundo lugar, la misión como sacerdotes de afinar el oído para discernir si hay llamada de Dios o si se trata de un capricho del candidato. No es fácil esa tarea; porque algún candidato puede presentar una fachada, que no responda a su interior.

El arzobispo que me ordenó de presbítero y me encargó trabajar en tarea vocacional, nos decía al equipo de formadores del seminario y lo he transmitido a los formadores colaboradores míos: “Tenéis que llegar a conocer hasta la primera papilla que tomó el candidato”. Con eso ya me entendéis lo que quiero decir; no es necesario explicar más.

Los seminaristas no debéis engañar, porque os engañáis a vosotros y a Dios; esto es importante en el discernimiento de espíritus y en el discernimiento vocacional. De lo contrario, hay después “sorpresas” desagradables; y hay que decir que en todas las diócesis las hay.

3.- Enseñar con autoridad.

Y, en tercer lugar, nos fijamos en la escena del evangelio, en la que Jesús entra la sinagoga de Cafarnaún a enseñar (cf. Mc 1, 21): «Estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas» (Mc 1, 22).

Al ver la curación de un hombre que tenía un espíritu inmundo (cf. Mc 1, 23), los presentes se preguntaban estupefactos. «¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad» (Mc 1, 27). Estaban ya cansados de los fariseos leguleyos y de los saduceos.

Jesús habla y enseña con autoridad, fundamentalmente por dos razones: porque lo hace con verdad, con sinceridad, sencillez y cercanía. Y además de enseñar, cura y salva; su actuar va en favor de sus interlocutores. La palabra de Dios es reveladora que enseña, pero es también dinámica, que cura y transforma. San Pedro dirá en un discurso: «Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hch 10, 38).

Queridos formadores de seminario, os corresponde “enseñar con autoridad”. En primer lugar, siendo veraces y transparentes, porque no cabe la mentira, ni la doblez, ni la ambigüedad en un educador; y si cabe, no debería caber. Y, en segundo lugar, enseñáis con autoridad curando y sanando heridas. Nuestros seminaristas provienen de su mundo y de su generación, que no es la nuestra; ayer comentábamos los formadores que existe diferencia generacional ya con diez años. A veces llegan rotos por dentro, o con heridas afectivas, psicológicas, incluso morales. Vuestra tarea es preciosa; pero muy delicada.

Hoy celebramos la fiesta litúrgica de santo Tomás de Aquino, patrono de nuestro Seminario, junto con San Sebastián. Le pedimos que interceda por nosotros para que seamos buenos teólogos y escrutadores de la Palabra de Dios.

Pidamos a Dios que nos haga profetas veraces, que escuchan la voz del Señor y que enseñan con autoridad.

Que la Virgen María, la Madre de Jesús y madre nuestra, nos acompañe y nos ayude en la misión que el Señor nos ha confiado. Amén.

Alrededor de 400 catequistas se reúnen, en su encuentro diocesano, buscando al Señor

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Alrededor de 370 catequistas y acompañantes, llegados desde todos los puntos de la geografía diocesana, se dieron cita, el pasado sábado, 16 de marzo, en la Casa de la Iglesia, para celebrar el encuentro diocesano, en torno al nuevo Catecismo de Adultos «Buscad al Señor».

Tras la acogida por los miembros de la Delegación de Primer Anuncio, Catequesis y Catecumenado, que dirige el sacerdote diocesano, D. Julio Segurado Cobos, los catequistas pasaron al salón de actos para iniciar la jornada con la invocación al Espíritu Santo.

Posteriormente, tomó la palabra nuestro Obispo de Jaén, Don Sebastián Chico Martínez, para comenzar agradeciendo al ponente su presencia y felicitando, tanto a la Delegación, como a los catequistas, todo el bien que hacen a nuestra Iglesia. Del mismo modo, quiso animarlos en su tarea evangelizadora y les deseó, a todos, una feliz jornada. “Esta jornada es una buena ocasión para vernos, para encontrarnos, para compartir nuestros retos, para formarnos… Pero, sobre todo, para fortalecernos. Hoy más que nunca se nos pide que estemos unidos, unidos en Cristo, pero unidos, también como una gran familia. Que disfrutemos, todos juntos de este día y dejemos que el Espíritu Santo nos regale toda la sabiduría y todos los frutos que él esté dispuesto a ofrecernos, que estoy seguro de que serán abundantes”.

Más tarde, el Delegado de Catequesis, D. Julio Segurado, fue el encargado de presentar al ponente, D. Francisco Julián Romero Galván, director de la comisión para la evangelización, catequesis y catecumenado de la CEE.

En su conferencia “Presentación del nuevo Catecismo de Adultos «Buscad al Señor»”, D. Francisco Julián explicó que estamos viviendo nuevos tiempos. “Estamos en una cultura y una sociedad secularizada ha desaparecido el régimen de cristiandad se ha roto, la cadena de la transmisión de la fe y las comunidades están envejecidas y muchas veces cansadas. Por eso si estamos llamados a una renovación pastoral, que comienza por una conversión personal”. Además, subrayó que ante estos nuevos tiempos debemos redescubrir el mandato misionero de Jesús, debemos tomar conciencia de que la Iglesia existe para evangelizar; construir comunidades en salida misionera: discípulos misioneros; renovar nuestras comunidades; y debemos de ser evangelizadores con espíritu y con una sólida vida espiritual. “Nosotros como catequistas debe ser fundamentalmente personas con una sólida vida espiritual. Si nosotros no vivimos esa experiencia de fe como algo gozoso, no podemos dar lo que no tenemos. El catequista de hoy está llamado, especialmente, a ser una persona espiritual, de oración, de lectura de la palabra de Dios, de la celebración de los Sacramentos, que la Eucaristía sea el centro de su viada…”.

Romero Galván explicó que el nuevo Catecismo de adultos «Buscad al Señor» para el catecumenado de adultos y la revitalización de la vida cristiana, recoge la fe de la Iglesia. Consta de cuarenta y nueve temas, divididos en cuatro partes, siguiendo el proceso catecumenal que no señala el ritual de la iniciación cristiana de adultos (RICA). Cada parte finaliza con un rito, el cual abre a la gracia de Dios para vivir la siguiente etapa. Las etapas son cuatro: precatecumenado, catecumenado, purificación e iluminación, y, por último, mistagogia.

Tras un pequeño descanso, la jornada continuaba con una pequeña dinámica sobre las etapas del catecumenado. Y tres charlas TED (Tecnología, Entretenimiento y Diseño) sobre temas de actualidad:

  • TED sobre el ministerio instituido de catequista, a cargo de Luis María Salazar García, subdelegado de catequesis.
  • TED sobre el congreso de laicos, a cargo de Antonio José Campos Martínez, delegado episcopal de apostolado seglar.
  • TED sobre el Jubileo 2025, a cargo Julio Segurado Cobos, delegado de primer anuncio y catequesis.

La mañana culminaba en el Capilla Mayor de la Casa de la Iglesia con la exposición del Santísimo y la vigilia de adoración eucarística presida, también, por Don Sebastián que ante Jesús Eucaristía apuntaba: “Hoy nuestra Diócesis, representada en sus catequistas, en sus acompañantes y en sus pastores, nos postramos ante tu divina presencia con reverencia y gratitud, reconociendo tu inmenso amor que se hace entrega en este admirable sacramento con el que nutres nuestra alma”.

Asimismo, Monseñor Chico Martínez afirmaba que el mensaje de Jesús sigue resonando hoy con la misma fuerza que entonces. “La misión de la Iglesia es repetir a cada hombre y a cada mujer: «Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día, para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte» (EG 164). Dejemos que este kerigma resuene en nosotros para refrescar la sed de la faz de la tierra”. Y en este sentido, el Obispo añadió: “Gritemos a nuestros niños, jóvenes y adultos: «¡buscad al Señor!», como reza el título del nuevo catecismo de adultos, sobre el que esta mañana hemos disertado. Pero solo conseguiremos hacerlo de modo eficaz si el mensaje de que “Cristo vive por mí y para mí” resuena con nitidez, no a través de nuestras palabras, sino con el ejemplo y el testimonio de nuestras buenas obras y de una vida apasionada por Cristo, en lucha constante contra el pecado”.

Y concluía: “Señor, haz de esta Iglesia de Jaén que peregrina ente olivares, de sus catequistas y acompañantes, una auténtica Iglesia en salida empeñada en un anuncio misionero que lleve a todos el agua fresca de tu amor por los hombres”.

Finalmente, la vigilia culminaba con la bendición con el Santísimo Sacramento. Posteriormente, los catequistas pudieron compartir una comida fraterna.

Galería fotográfica: “Encuentro de Catequistas”

Fotos Delegación de Catequesis

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Homilía en la concesión de la medalla de oro de la Agrupación de Cofradías de Semana Santa

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CONCESIÓN DE LA MEDALLA DE ORO DE LA AGRUPACIÓN DE COFRADÍAS DE SEMANA SANTA A D. PABLO ATENCIA ROBLEDO, ANTERIOR PRESIDENTE DE LA AGRUPACIÓN

(Iglesia San Julián-Málaga, 20 enero 2024)

Lecturas: 2 Sam 1, 1-4.11-12.19.23-27; Sal 79, 2-7; Mc 3, 20-21.

1.- La concesión de la Medalla de Oro de la Agrupación de Cofradías de Semana Santa de Málaga a D. Pablo Atencia Robledo, su anterior Presidente, es ocasión propicia para dar gracias a Dios por el regalo que ha supuesto para el mundo cofrade malagueño la persona y el quehacer de nuestro hermano.

Varias son las facetas que se podrían comentar como homenaje a Pablo: su fe cristiana, su “iter” como cofrade, que inicia desde su bautismo; sus responsabilidades asumidas en el seno de la Cofradía de Estudiantes o vinculadas a otras cofradías; y, finalmente, su responsabilidad al frente de la Agrupación; cabría hablar también de Pablo “abogado” o de Pablo como posible político (Risas). Pero de ello no me toca hablar ahora; lo harán otros en su momento.

Hoy también es momento para reflexionar sobre la misión del cofrade en la Iglesia y en la sociedad. Vamos a centrar nuestra exposición en tres puntos: celebrar, evangelizar y vivir la fraternidad.

I.- Celebrar el misterio pascual

2.- La principal misión de los cofrades es celebrar el misterio pascual de Jesús de Nazaret; representado en los momentos de su Pasión, propios de la Semana Santa. La Pascua del Señor es la fiesta litúrgica más importante de la fe cristiana, centro y culmen del año litúrgico.

Cuando voy por las parroquias o los colegios, al preguntar a los niños cuál es la fiesta cristiana más importante, suelen responder que es la Navidad. Les respondo que es la Pascua. La Navidad mira a la Pascua; Jesús nace para salvarnos; y si no hubiera habido resurrección no habría salvación. La Pascua es el “paso” de la muerte a la vida.

La figura central es Jesucristo, el Hijo de Dios, que se ofrece libremente a su Padre por la salvación de todos los hombres, aceptando la pasión y el sacrificio cruento de su vida. Los evangelios son el testimonio más claro e histórico de los hechos que van desde el Domingo de Ramos hasta el día de Pascua de Resurrección, que es lo que celebráis los cofrades.

Recordemos, pues, queridos fieles, que ésta es la finalidad primordial de la Semana Santa.

3.- Junto al protagonista, Jesucristo, aparecen en nuestra Semana Santa otros personajes secundarios históricos, que la piedad cofradiera ha popularizado: los apóstoles, María la Madre del Señor y otras mujeres, el rey Herodes, el sumo sacerdote, el procurador Romano Pilato, la soldadesca, los seguidores y discípulos del Señor, la plebe y otros personajes. También hay algún personaje inventado por la imaginería religiosa.

Los pasos de nuestra Semana Santa ofrecen a la piedad popular toda esa riqueza de rostros, personajes, actitudes y situaciones. Todos ellos participan activamente en el relato de la pasión de Jesús. Nosotros, a ejemplo suyo, debemos participar también de modo activo, puesto que no somos meros espectadores.

Os invito para la Semana Santa a que asumáis algún personaje, que puede ser distinto cada día: cómo vive la Virgen María la pasión del Señor, cómo la vive Pedro, Pilato, los apóstoles; y, naturalmente, cómo la vive Jesús. Esa riqueza artística debe ayudarnos a vivir mejor la Semana Santa y a celebrar el Misterio pascual.

Nadie puede encontrarse con Jesús y quedar indiferente. En los evangelios vemos que cualquier personaje que se encuentra con Jesús cambia de vida. Porque Cristo es el centro de historia, fundamento y piedra angular, como dice san Pablo: «Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular» (Ef 2, 20). Nadie puede construir fuera de ese fundamento.

Como fundamento de nuestra fe debemos celebrar el Misterio Pascual o la Pascua del Señor.

II.- Evangelizar

4.- Una segunda tarea que asumís los cofrades es evangelizar, a través de su testimonio personal y comunitario mediante la piedad popular.

Jesucristo es el primer evangelizador, enviado por el Padre. Evangelizar significa anunciar la Buena Nueva. Jesús marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios y decía: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1, 15). La gran tarea del cofrade es anunciar la Buena Nueva de la salvación.

Evangelizar significa que Dios habla; nos ha hablado a través de los profetas y, en la etapa final, a través de Jesucristo, que es el Verbo o Palabra definitiva de Dios (cf. Concilio Vaticano II, Dei Verbum, 4); ya no hay más revelación, porque ha dicho todo lo que tenía que decir para nuestra salvación.

Evangelizar significa que Dios tiene poder, da alegría, abre las rejas de la esclavitud; su luz ofrece al pueblo exiliado la posibilidad de regresar a casa; su alianza renueva la historia de su amor al hombre. La acción evangelizadora divina comprende tres palabras: justicia (dikaiosyne), paz (eirene) y salvación (soteria) (cf. Benedicto XVI, Meditación durante la primera Congregación general de la XIII Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos, Vaticano, 8.10.2012).

Jesús retomó en la sinagoga de Nazaret las palabras de Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4, 18-19). La buena nueva de este «Evangelio» va destinada precisamente a los excluidos, a los exiliados, a los encarcelados, a los que sufren y a los pobres.

Esa es la Buena noticia que tenéis que proclamar en nuestra sociedad; porque sigue habiendo esclavizados, que no son conscientes de ello, pero son esclavos de sus propios deseos, de las modas, de las ideologías.

5.- Queridos cofrades, vosotros sois los discípulos evangelizadores en nuestro mundo actual, que debéis ofrecer al hombre de hoy la salvación de Dios y la felicidad que el ser humano busca; porque mucha gente persigue la felicidad, pero le resulta difícil encontrarla porque la busca donde no está. Todos vamos buscando la felicidad, pero no todos aciertan a encontrarla; porque está en Jesucristo que es quien nos salva y da sentido a nuestra vida. Hemos de distinguir entre “felicidad” y “placer”; éste último se encuentra en muchos sitios, pero la felicidad profunda y auténtica a la que está llamado el ser humano, solo se encuentra en Cristo. De esto debéis ser testigos.

La Iglesia lleva a cabo su misión en el mundo obedeciendo el mandato del Señor: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28, 19-20). La Iglesia está convocada por Dios para ser enviada a la humanidad. La palabra griega “ekklesia” y la palaba hebrea “kahal” tienen el mismo sentido de “convocación”; hemos sido convocados, llamados por el Señor. La evangelización es la vocación propia de la Iglesia; ser Iglesia es ser misión, es decir, evangelizar. Vuestra tarea es evangelizar nuestro mundo, que falta le hace.

Cada cristiano debe ser oyente de la Palabra de Dios, meditarla en su corazón, cumplirla en su vida y anunciarla (cf. Lc 11, 28). El cristiano y, por tanto, el cofrade, debe ser misionero y apóstol. Tomamos el relevo y pasamos el testigo al transmitir la fe; somos como eslabones de una cadena, dentro de la cual somos evangelizados y evangelizadores.

Y no os preocupéis de hacer el ridículo; a Jesús lo tomaron por “loco”, como hemos escuchado en el evangelio; su familia fue a llevárselo, porque decían que estaba fuera de sí (cf. Mc 3, 21). A nosotros aún nos ha dicho nadie que estamos locos por evangelizar o por ser testigos de la fe. Hasta llegar ahí, a todos nos queda un buen trecho.

III.- Vivir la fraternidad

6.- El tercer punto de nuestra reflexión es la necesidad de vivir la fraternidad. Las dos primeras reflexiones sobre celebrar el Misterio pascual y evangelizar son propias de todo cristiano; ésta última es específica del cofrade.

Hermandad o Cofradía significa vivir la comunión entre hermanos, cuyo fundamento es Jesucristo. Los amigos se eligen, pero los hermanos se nos regalan. No hemos elegido a nuestros hermanos, ni a los de sangre, ni a los de cofradía, ni a los de la parroquia, ni a los de la comunidad cristiana. No os habéis elegido como cofrades, sino que sois un regalo para el otro hermano. Ser hermano es mucho más que ser amigo.

La unidad de la comunidad eclesial no es de orden sociológico, ni psicológico, ni cultural. Los lazos que la estrechan proceden del amor de Dios, «derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5, 4) en el Bautismo, que nos ha hecho hijos del Padre, convirtiéndonos a su vez en hermanos. Vuestras relaciones cofrades son, ante todo, de fraternidad; ni siquiera de amistad o familiaridad. Es bueno distinguir esta diferencia.

La unión con Jesucristo fomenta la unión con quienes encontramos en el camino de la vida y, de modo particular, con quienes estamos unidos por vínculos de la comunidad cofrade. Para ser verdaderamente hermanos o cofrades es necesario estar unidos en el Señor, quien nos dejó el distintivo del amor: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13, 35).

Desde esta perspectiva están fuera de lugar en toda cofradía: las batallas internas por el poder, las rencillas, las denuncias y las tensiones inútiles que no llevan a ninguna. Os lo he dicho otras veces y lo repito hoy con cariño: me daríais una gran alegría, si el Obispo de Málaga no tuviera que intervenir nunca para pacificar tensiones internas de las cofradías. Veo que estáis muy serios; no nos pongamos tan serios (Risas).

7.- Aunque parezca que la Iglesia y la vida cofradiera vayan a menguar, como dicen los detractores de la Iglesia y del mundo cofrade: esto va a pique, la Iglesia se hunde, vienen la debacle; hay indicadores que apuntan a un nuevo resurgimiento. Como sucede en toda época de crisis, los implicados asumen mejor sus compromisos.

En época de persecuciones religiosas incluso los fieles que parecen más miedosos, son animados por el Espíritu y son capaces de dar la propia vida con alegría. Vivimos un cambio de época, que es difícil, pero precisamente por eso el Espíritu nos da su fuerza para cumplir nuestra misión en este momento y en esta sociedad, que espera una palabra y un ejemplo vuestro. Esto nos anima a avivar nuestra responsabilidad y nuestro compromiso cristiano y cofrade.

8.- Hemos dado gracias a Dios y ahora deseo agradecer vuestra misión, entrega y generosidad como cofrades. La presencia de las cofradías en nuestra querida Málaga la enriquecen; dejando aparte los criterios socio-políticos, consideramos que la presencia de los cristianos y, por tanto, de los cofrades, da mayor calidad a nuestra ciudad.

Muchas gracias por lo que sois y por lo que ofrecéis de manera desinteresada, aportando la Luz de Cristo a esta sociedad que necesita un sentido a su vida.

Recordemos nuestras tres tareas: Celebrar el misterio pascual; evangelizar y vivir la fraternidad. Para ello contamos con la presencia y la ayuda del Señor, que nos ha dicho: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 20). ¿Qué miedo podemos tener, si Él está con nosotros?

Y contamos con la protección maternal de la Santísima Virgen María, bajo las distintas advocaciones marianas de nuestras cofradías y devociones, siendo la Reina de los Cielos la titular de la Agrupación. A ella nos encomendamos y le pedimos que nos lleve de mano en este tiempo que nos toca vivir. Amén.

Homilía en la clausura del centenario del nacimiento de Fernando Rielo, fundador de las Misioneras Identes

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CLAUSURA DEL CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE FERNANDO RIELO, FUNDADOR DE LAS MISIONERAS IDENTES

(Catedral-Málaga, 14 enero 2024)

Lecturas: 1 Sam 3, 3-10.19; Sal 39, 2-10; 1 Co 6, 13-15.17-20; Jn 1, 35-42. (Domingo Ordinario II-B)

1.- Actitud de escucha de Samuel

Hemos escuchado el relato de la vocación de Samuel, que vivía en el templo del Señor, donde se encontraba el Arca de Dios (cf. 1 Sam 3, 3). La palabra “Samuel” significa “el que escucha a Dios”.

El Señor llamó al joven Samuel, pero éste aun no conocía la voz de Dios y pensó que le llamaba el sacerdote Elí: «Corrió adonde estaba Elí y dijo: Aquí estoy, porque me has llamado. Respondió: No te he llamado. Vuelve a acostarte. Fue y se acostó» (1 Sam 3, 5).

Cuando el anciano sacerdote de Silo comprendió que era el Señor el que llamaba al joven, le dijo que, si volvía a ser llamado, respondiera: «Habla Señor, que tu siervo escucha» (1 Sam 3, 9).

El Señor volvió a llamar a Samuel como las veces anteriores éste respondió: «Habla, que tu siervo escucha» (1 Sam 3, 10).

2.- Nuestra escucha

Al igual que Samuel hemos de estar atentos a la voz del Señor, que nos habla de muchos modos: a través de su Sagrada Escritura, de las personas, de los acontecimientos, de ciertos signos providenciales. Hemos de responder como Samuel: «Aquí estoy» (1 Sam 3, 4).

Hemos comenzado un nuevo tiempo litúrgico, llamado “Tiempo ordinario”. La liturgia de la Palabra nos invita a situarnos ante la llamada del Señor, para seguirle, para tomar una opción de vida, para afianzar nuestra identidad cristiana, para abrirse a las sugerencias del Espíritu, que constantemente habla al corazón.

La respuesta que el sacerdote Elí aconsejó a Samuel fue que dijera a Dios “Aquí estoy”. También nosotros decimos hoy al Señor con el salmo interleccional: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. El mismo Jesús vino al mundo para hacer la voluntad de su Padre: «He aquí que vengo (…) para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad» (Heb 10, 5.7). Jesús oraba cada día a su Padre para descubrir su voluntad y realizarla.

En recompensa por su actitud obediente, Samuel creció y «el Señor estaba con él, y no dejó que se frustrara ninguna de sus palabras» (1 Sam 3, 19).

También Jesucristo, el Hijo de Dios, que obedeció en todo al Padre, resucitó de entre los muertos.

3.- Llamamiento de los discípulos

El evangelio narra la llamada de los primeros discípulos de Jesús. Juan el Bautista les señala al «Cordero de Dios» (Jn 1, 36); y «los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús» (Jn 1, 37).

«Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: ¿Qué buscáis?» (Jn 1, 38). Jesús hace esa pregunta porque los ve hambrientos de felicidad, de sentido de su vida, de orientación, de armonía interior, de un proyecto de vida.

Cristo hace la pregunta “¿a quién buscáis?”, porque quiere averiguar la recta intención de sus primeros seguidores. Durante su vida pública Jesús hizo tres veces la misma pregunta: la primera vez fue a los discípulos, al inicio de su ministerio apostólico; la segunda fue en el huerto de Getsemaní (cf. Jn 18, 4-5); y la tercera, después de su resurrección, a María Magdalena en la mañana de Pascua (cf. Jn 20, 15-16).

Hoy el Señor nos lo pregunta a cada uno de nosotros; y podemos escucharla en momentos de oración, de silencio, de desierto del alma, de ejercicios espirituales, de retiros, de adoración eucarística; también de fracasos aparentes, de éxitos, de enfermedad. A su pregunta, ¿qué respondemos?

Cuando Jesús nos hace esa pregunta es porque nos ve hambrientos de felicidad, de sentido de vida, de orientación, de armonía interior. Algunos buscan la armonía interior en ejercicios físicos y mentales, pero la verdadera armonía interior se encuentra en el encuentro personal con el Señor. Los cristianos, si queremos paz interior, la obtenemos al encontrarnos con el Señor. Él nos hace esa pregunta porque nos ama, y porque la iniciativa parte siempre de Él y que espera una respuesta libre, consciente, amorosa y sincera.

4.- Clausura del Centenario del nacimiento de Fernando Rielo

Hoy damos gracias a Dios por la clausura del Centenario del nacimiento de Fernando Rielo Pardal, fundador de los Misioneros y Misioneras Identes.

Nacido en Madrid en 1923 en una familia religiosa, donde vivió la fe católica, tuvo en su juventud una experiencia espiritual que le marcó en su vida y donde sintió la llamada a ser santo. Al igual que Samuel escuchó la llamada del Señor y prometió vivir y transmitir el Evangelio con la ofrenda de la propia vida, ingresando en la congregación del Santísimo Redentor.

Fundó en 1959 la institución “Id de Cristo Redentor de Misioneras y Misioneros Identes”, reconocida en la diócesis de Madrid en 1994, como Asociación Pública de Fieles y que pasaría a ser “Instituto de vida consagrada” de derecho pontificio en el año 2009.

El carisma “Idente” tiene como objetivo vivir la filiación divina, siguiendo a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo, fundamentándose en tres principios evangélicos: 1) la vocación a la santidad (cf. Mt 5, 48); 2) la promoción de la vida comunitaria y el espíritu de familia (cf. Mt 18, 20); 3) y la dedicación prioritaria a la misión evangelizadora de ir por todo el mundo para proclamar la buena nueva (cf. Mc 16, 15).

La vida de Fernando Rielo y la Institución “Idente” se centra en la tarea de ser “discípulos misioneros” a la que nos ha llamado el papa Francisco (cf. Evangelii gaudium, 120). La institución “Idente” lleva a cabo su misión sobre todo en el campo cultural y literario, promoviendo cursos de literatura y concursos literarios.

Damos gracias a Dios por este carisma eclesial y pedimos al Señor que mantenga en la fidelidad a sus miembros, para llevar a cabo la misión que les ha confiado.

Hoy celebra la Iglesia la Jornada de la Infancia Misionera, cuyo lema es: “Comparto lo que soy”. Rezamos por todos los niños y jóvenes cristianos, para que sean verdaderos discípulos misioneros, que anuncien la Buena Nueva de Jesús.

Que el Señor nos conceda escuchar si voz y llevarla a la práctica.

Pedimos a la Santísima Virgen María que nos proteja y nos acompañe en la tarea de la evangelización, tan importante y urgente en nuestros días. Amén.

Homilía en la ordenación de un presbítero

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ORDENACIÓN DE PRESBÍTERO

(Catedral-Málaga, 13 enero 2024)

Lecturas: 1 Sam 9, 1-4.17-19; 10, 1; Sal 20, 2-7; Mc 2, 13-17.

1.- Las lecturas de hoy nos presentan dos términos, sobre los que vamos a reflexionar, que corresponden a dos acciones de Dios: la llamada y la unción. Dios llama para servirle y después la Iglesia unge al candidato.

El profeta Samuel, inspirado por Dios, fue a la familia de Benjamín para ungir rey de Israel a Saúl (cf. 1 Sam 9, 17): «Tomó entonces Samuel el frasco del óleo, lo derramó sobre su cabeza y le besó, diciendo: El Señor te unge como jefe sobre su heredad» (1 Sam 10, 1).

La elección es de Dios, que llama al elegido; y éste debe responder con obediencia y generosidad. Así sucede también hoy para la ordenación sacerdotal. Dios llama a quien ha elegido, para enviarlo a realizar la misión que le confía; el sacerdocio ministerial no se lo puede arrogar nadie, ni siquiera con buenas intenciones de hacer el bien.

Querido Daniel, el Señor te ha elegido para desempeñar el ministerio sacerdotal y hoy la Iglesia te confirma esa llamada y te unge para conferirte el sacerdocio.

2.- Recientemente has dicho en los medios de comunicación que el Señor siempre te ha ido llamando desde tu infancia, para conocerle, amarle y seguirle. Comenzaste por el ejemplo de tu abuela, pasando por la catequesis y la vida parroquial en San Juan en Vélez-Málaga, donde descubriste la verdadera imagen de la Iglesia y la figura del sacerdote en la persona de tu párroco.

Posteriormente, otras personas y circunstancias te han ayudado a descubrir que el Señor te llamaba al ministerio sacerdotal. No has sido tú quien le has dicho al Señor que te llamara, ni le has dicho “aquí estoy” antes de que te llamara como a Samuel.

Ahora serás ungido con el crisma, quedando consagrado sacerdote para siempre. Damos gracias a Dios por el regalo de un nuevo sacerdote; y agradecemos tu respuesta al Señor.

3.- Cuando el llamado responde con prontitud y generosidad a la elección divina y realiza la misión encomendada, entonces su trabajo es fecundo y tiene éxito, como dice el Salmo: «Te adelantaste a bendecirlo con el éxito» (Sal 20, 4).

El Señor realiza maravillas a través del ministerio sacerdotal de sus elegidos; estas obras son de Dios y no éxitos del sacerdote; la fuerza y los resultados fecundos provienen de Dios: «Señor, el rey se alegra por tu fuerza, ¡y cuánto goza con tu victoria!» (Sal 20, 2). El Señor concede a su siervo bendiciones incesantes y lo colma de gozo (cf. Sal 20, 7). ¡Ojalá te llene de gozo el ejercicio del ministerio sacerdotal!

Queridos sacerdotes, no nos gloriemos de nuestro trabajo pastoral ni de los logros que pueda traer. Todo depende de Dios y de su magnificencia. Somos pobres siervos suyos, que hacemos lo que nos pide (cf. Lc 17, 10); aunque no siempre.

4.- El evangelio de hoy narra la vocación de Leví, el cobrador de impuestos de los romanos: «Al pasar vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dice: «Sígueme». Se levantó y lo siguió» (Mc 2, 14).

Leví le sigue sin titubeos y con prontitud e invita al Maestro a comer a su casa, donde había también muchos publicanos y pecadores (cf. Mc 2, 15) como él. Ante la crítica por parte de los fariseos (cf. Mc 2, 16), que se creían los más buenos, sabios e intérpretes de la Ley, Jesús responde: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mc 2, 17).

Leví se siente un pecador perdonado por Jesús y se alegra de la gracia recibida; el pecador Leví se convierte en el apóstol Mateo, porque el encuentro con Jesús cambia la vida. Esto mismo debe suceder con nosotros; los encuentros con Jesús deben transformarnos en mejores hijos de Dios.

También los sacerdotes somos pecadores perdonados por el Señor; no somos ángeles. A veces arrecian las críticas contra la Iglesia a causa del pecado de los sacerdotes; pero hemos de dar gracias a Jesucristo, que ha venido a sanar a los pecadores, porque todos estamos necesitados de la gracia de Dios.

5.- El papa Benedicto XVI propuso un Año Jubilar con motivo del 150 Aniversario de la muerte del Cura de Ars (2009), san Juan Bautista María Vianney, a quien comparaba con san Pablo; aunque los dos santos se diferenciaban mucho por sus trayectorias de vida. San Pablo recorrió las regiones de Asia menor, Grecia y Roma para anunciar el Evangelio, siendo el gran evangelizador de los gentiles; el Cura de Ars, acogió a miles de fieles de toda Francia permaneciendo siempre en su pequeña parroquia.

El ministerio del sacerdote no depende de que la parroquia sea grande o pequeña; de que esté en una gran ciudad o en un ambiente rural. El Señor nos llama para evangelizar y para santificar a los fieles y santificarnos nosotros; sean pocos o muchos, ricos o pobres, bien formados o ignorantes, cercanos o alejados de la Iglesia. El Cura de Ars y san Pablo nos enseñan una gran lección de cómo ejercer el ministerio sacerdotal.

A san Pablo y al Cura de Ars les unía lo fundamental: su identificación total con su propio ministerio y su comunión con Cristo, como decía san Pablo: «Estoy crucificado con Cristo. Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 19-20). San Juan María Vianney solía repetir: «Si tuviésemos fe, veríamos a Dios escondido en el sacerdote como una luz tras el cristal» (Benedicto XVI, Audiencia general, Vaticano, 24.06.2009).

6.- Querido Daniel, últimamente has vivido un período intenso y de ejercicio del diaconado, como hablamos personalmente anteayer, y bien reconoces, dando gracias a Dios por ello. Comenzaste con la aventura en el Sáhara, acompañado del Rector y de otros compañeros; después participaste en la Jornada Mundial de la Juventud en Lisboa; más tarde tuviste la experiencia en las parroquias de Nuestra Señora de los Dolores en el Puerto de la Torre (Málaga) y en Álora, al tiempo que colaborabas como capellán en el colegio Santa Rosa de Lima.

Todas estas experiencias te han ayudado a asumir mejor el ministerio; porque, al final, lo más importante no son las cosas que “hacemos”. Como dice el papa Juan Pablo II: “El principio interior, la virtud que anima y guía la vida espiritual del presbítero en cuanto configurado con Cristo Cabeza y Pastor es la caridad pastoral” (Pastores dabo vobis, 23).

Damos gracias a Dios por este proceso de crecimiento y de maduración en el camino hacia el sacerdocio ministerial. Todo ello te ha ido madurando y preparándote para recibir hoy el orden sacerdotal. Pedimos al Señor que lo ejerzas con dedicación, entrega y gran gozo. Si un cristiano no debe ser “triste”, menos aún un sacerdote. El papa Francisco dice que no debemos poner “cara de vinagre”.

7.- Amados sacerdotes, el ministerio sacerdotal nos impele a identificarnos con Cristo Sacerdote, a tener los mismos sentimientos que Él (cf. Rm 15, 5; Flp 2, 5), a imitarlo en todo, a hacerlo presente en cada momento de nuestra vida. No somos “funcionarios”, que dedicamos unas pocas horas el trabajo, como tantas veces dice el papa Francisco.

Hoy damos gracias por el regalo del presbiterado y le pedimos al Señor que nos llene de su gracia, nos conceda un corazón sacerdotal capaz de amar a todos, de manera especial a los más necesitados, y nos otorgue un fecundo ministerio sacerdotal.

Queridos fieles, la identificación con Cristo también os toca a vosotros. Os pido, como otras veces, que améis a vuestros sacerdotes; no los critiquéis poniéndolos “verdes”; ponedlos más bien “rojos” de amor. ¡Amadlos, estad con ellos, compartid con ellos la misión eclesial!

Pedimos a la Santísima Virgen María su poderosa intercesión, para que acompañe a Daniel en el nuevo camino sacerdotal que hoy comienza. Amén.

Homilía en el Centenario de la aprobación pontificia de la Institución Teresiana

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CENTENARIO DE LA APROBACIÓN PONTIFICIA DE LA INSTITUCIÓN TERESIANA

(Catedral-Málaga, 12 enero 2024)

Lecturas: Hch 2, 1-4.22-24.42-47; Mt 5, 13-17).

1.- El motivo que nos reúne hoy es la celebración del Centenario de la Aprobación pontificia de la Institución Teresiana, que vio la luz en Asturias en 1911 bajo la mirada de la Virgen de Covadonga. Recibió del espíritu de su Fundador, San Pedro Poveda Castroverde (1874-1936), una conciencia eclesial de valiente compromiso laical en la misión de la Iglesia.

Pedro Poveda inició sus trabajos en el barrio de las cuevas de Guadix, población compuesta por braceros y gitanos, a los que proporcionó ayuda material y, sobre todo, formación humana y religiosa a través de las Escuelas del Sagrado Corazón con el fin de sacarlos de la ignorancia y de la situación de relegación social.

2.- En esa época dominaba en el campo educativo la Institución Libre de Enseñanza con una visión laicista y contraria a los valores católicos, conquistando puestos clave en la sociedad y en la educación y defendiendo la “escuela neutra”, inadmisible desde el punto de vista católico; como decía el P. Poveda nunca un maestro es «neutro» (cf. Pedro Poveda, “Estudio y presupuesto para la fundación de una residencia de estudiantes», en Itinerario Pedagógico, Madrid, 1964: CSIC, 220).

San Pedro Poveda supo analizar las características de su tiempo y aplicar en cristiano el estilo de otras instituciones civiles en varios aspectos esenciales del último tercio del siglo XIX. Uno de ellos era el interés por la “educación”. En ese tiempo nacieron muchas congregaciones religiosas e instituciones dedicadas a la educación de jóvenes e inspiradas en los principios cristianos.

Otros aspectos de esa época fueron el derecho a asociarse, que permitía la libertad de cátedra; y en el campo social se comenzaba a valorar la “promoción de la mujer” en un nuevo estatus social.

Los defensores de la sociedad laicista de la época usaban para su provecho la Constitución de 1869 y otras leyes, que proclamaban en teoría la libertad de educación y de educación; pero, en realidad, los gobiernos no la protegían. Al final, la libertad de enseñanza fue para los católicos españoles anuncio de persecución.

3.- El evangelio de hoy nos ha recordado las palabras de Jesús: «Vosotros sois la sal de la tierra» (Mt 5, 13). «Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5, 14). Pedro Poveda asumió esta misión, iluminando la realidad socio-cultural con la luz de Cristo y convirtiendo en retos los problemas de su tiempo y los transformó en proyectos cristianos y evangelizadores.

La Institución Teresiana, ahora centenaria, asumió el carisma de su fundador, dando respuesta a estos temas, como se ha comprobado a lo largo de su historia. Queridas Teresianas del padre Poveda, estáis llamadas desde vuestra condición laical a transformar la sociedad actual, a la luz del evangelio, como nos pide Jesús. ¡Sed luz! Cambiad los problemas actuales de nuestra sociedad en retos con identidad cristiana.

4.- En su época el P. Poveda planteó un carisma nuevo en la Iglesia desde su sensibilidad por la situación que atravesaba la sociedad y la propia Iglesia. Ofreció los valores evangélicos y propuso una llamada a la acción y a la colaboración, poniendo como cimiento de esta obra a Cristo, que es la “Piedra angular”. Como suele suceder a los fundadores, su tarea le acarreó grandes sufrimientos, incomprensiones y ataques.

El proceso de crecimiento de un carisma necesita tiempo hasta que la Iglesia lo reconozca. La aprobación diocesana de la Institución Teresiana tuvo lugar en Jaén, en 1917; y la aprobación pontificia en 1924. Aun así, la asociación necesitaba su tiempo para asentarse y consolidar la obra a lo largo de la década de los años treinta y posteriormente.

A partir de la inspiración de su Fundador la andadura siguió su proceso y se fue a enriqueciendo progresivamente como una Obra de Iglesia compuesta por seglares.

5.- En la década de 1920 la Institución Teresiana entró en una nueva etapa dentro de un nuevo contexto político, con nuevas expectativas. En ese momento se celebró el Primer Congreso Nacional de Educación Católica (1924), en el que participó de modo especial la Institución Teresiana.

Se fue consolidando la Obra de Poveda apoyando los valores católicos frente al fuerte laicismo en la escuela. Se crearon en ese momento Academias y otros centros educativos; Residencias femeninas de estudiantes y se realizan Estudios de las Academias Teresianas.

Con la llegada de la Segunda República en España se publican numerosas medidas en el campo educativo y se cierran los colegios confesionales; esto hace que se promoviera aún más la acción evangelizadora en el campo de la enseñanza, dada la descristianización por “decreto” de las escuelas estatales.

Queridos hermanos, parece que esto es lo que está ocurriendo hoy día. Tal vez nos encontramos hoy en una situación similar, que debe empujarnos a buscar con creatividad nuevas soluciones.

6.- En la época en que vivió vuestro Fundador había otro frente abierto: el económico-social. La encíclica del papa León XIII, Rerum novarum (1891), había sacudido las conciencias sobre el problema de las desigualdades sociales y económicas, que daban paso a las ideologías de izquierda.

En España nacieron, a principios del siglo XX, las Obras de los Congresos, los Círculos Católicos, los sindicatos obreros, los sindicatos agrícolas, las cooperativas, las cajas rurales, donde los católicos planteaban los principales problemas sociales, económicos y políticos.

Hoy tenemos la posibilidad de crear o de mantener otras instituciones, adaptadas más a nuestro tiempo, como los colegios, las universidades, las instituciones culturales, las residencias; y ofertar otras actividades para contrarrestar también hoy el laicismo imperante.

Queridas miembros de la Institución Teresiana, continuad asumiendo el carisma de Pedro Poveda, que sigue siendo necesario; es un gran servicio que hacéis a nuestra sociedad.

7.- Queridos padres, seguid confiando la educación de vuestros hijos a las instituciones educativas que tienen como criterio los valores evangélicos y están iluminadas por esa Luz, que tienen identidad cristiana.

Desde mi experiencia defiendo que la calidad de la enseñanza no se basa tanto en lo técnico o en la enseñanza “neutra” de las materias; la calidad de la enseñanza se fundamenta sobre todo en los valores cristianos. Es una oferta que hacemos a la sociedad.

Queridos profesores, formadores y personal de servicios que trabajáis en los centros educativos, asumid el carisma povediano; si alguien no quiere hacerlo, es preferible que vaya a otro tipo de centros.

Y queridos educandos, que acudís a formaros en centros de ideario cristiano, aprovechad al máximo este tiempo de formación. Tenéis una gran oportunidad, que no debéis desaprovechar; podéis salir con unos criterios válidos para toda vuestra vida. Y no os dejéis engañar por otros modos de ver la sociedad ni por ideologías, que no aportan nada, sino que más bien “des-educan” o “de-forman”.

A todos animo a seguir en la línea en la que estáis, cada cual en su misión propia.

8.- Junto al Fundador estuvo la figura de una gran mujer, María-Josefa Segovia Morón (1891-1957), que encarnó el carisma y el estilo povediano, con una fuerte dimensión educadora y una extraordinaria capacidad de comunicación.

Dirigió con tesón la Institución Teresiana desde 1919 hasta su muerte. Ella pedía coherencia de vida, formación sólida, responsabilidad social y fe formada y vivida, porque no debe haber separación entre lo que uno cree y lo que vive. Su personalidad atraía y dejaba huella profunda, que siempre favorecía el encuentro con Dios.

Las iniciativas de la Institución Teresiana se dirigían a mujeres que deseaban orientar sus vidas desde perspectivas más amplias que las ofrecidas por el entorno socio-cultural de su época, con una mirada amplia y abierta a otras culturas, razas y pueblos, y con un espíritu de diálogo.

Como decía el Padre Poveda el secreto está en poner a Dios en el corazón. Hemos escuchado en el evangelio la curación de un paralítico por Jesús (Mt 5, 13-17); el enfermo pasa de una situación de pasividad a una actividad vital. Cristo es capaz de transformarnos.

9.- Damos gracias a Dios por la presencia en la Iglesia y concretamente en nuestra diócesis del carisma povediano, encarnado en la Institución Teresiana y auguramos que sea una presencia viva y transformadora en el campo educativo y social.

También hoy existe una gran lucha por los derechos de la mujer en nuestra sociedad; pero esta exigencia de derechos sin más, no parece el camino adecuado; sino que es necesario un proceso de crecimiento, maduración y asunción paulatina de responsabilidades por parte de la mujer. Todo tiene su proceso.

Como dice Jesús en el evangelio: «Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5, 16). Ese debe ser nuestro estilo y nuestra misión en esta sociedad.

Pedimos a la Virgen Santísima, mujer creyente y Madre solícita que nos acompañe, y de modo especial a la Institución Teresiana en su Centenario. Amén.

Homilía en la Solemnidad del Bautismo del Señor

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BAUTISMO DEL SEÑOR

(Catedral-Málaga, 7 enero 2024)

Lecturas: Is 55, 1-11; Sal (Is 12, 2-6); 1 Jn 5, 1-9; Mc 1, 7-11.

Bautismo, incorporación a Cristo

1.- Celebramos hoy la fiesta del Bautismo de Jesús. Él comienza su vida pública después de hacerse bautizar por Juan el Bautista en el río Jordán (cf. Mt 3, 13). El bautismo de Juan era de penitencia y de perdón de los pecados; sin embargo, el Señor Jesús se sometió voluntariamente al Bautismo de Juan destinado a los pecadores. Se acerca a ese bautismo por voluntad propia, sin tener necesidad de ser perdonado y le dice a Juan que conviene cumplir la voluntad de Dios (cf. Mt 3, 15), porque Juan se resistía a bautizarlo.

Según el apóstol Pablo el creyente participa en la muerte de Cristo por el bautismo; es sepultado y resucita con él: «¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rm 6, 3-4; cf. Col 2, 12). Nuestro bautismo, unido al misterio pascual de Jesús significa muerte al pecado y resurrección a una nueva vida.

2.- El bautismo de Jesús es una manifestación de su divinidad; y en este sentido con la fiesta del bautismo culmina el ciclo navideño. La Navidad es la manifestación de Cristo en el ámbito humilde de Belén; la fiesta de la Epifanía es la manifestación universal de Jesús a todos los pueblos; y el bautismo de Jesús es la revelación de la divinidad de Cristo. Podríamos afirmar que el bautismo es un eco o continuación de la fiesta de Epifanía, ya que completa su sentido con otra escena.

Hay varios signos epifánicos, que muestran la divinidad de Jesús: el cielo, que estaba cerrado para la humanidad por su pecado, se abre cuando se posa sobre Jesús el Espíritu, ungiéndolo como Mesías. La voz del Padre manifiesta que aquel hombre, aparentemente pecador, es su Hijo predilecto (prefacio). Se abrieron los cielos y se oyó una voz que venía del cielo que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17). Otro signo es el agua, que simboliza vida y muerte a la vez.

El bautismo de Jesús es la revelación solemne, la manifestación o epifanía esplendorosa del Hijo de Dios.

3.- Después de su Resurrección Jesús confiere a sus apóstoles la siguiente misión: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28, 19-20; cf. Mc 16, 15-16). Este mandato de Jesús lo ha cumplido la Iglesia desde su inicio; y hoy damos gracias a Dios por el regalo de la fe en el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo; y vamos a cumplir el mandato del Señor de hacer discípulos y de bautizar.

San Juan, en su primera carta, nos ha dicho: «Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama al que da el ser ama también al que ha nacido de él» (1 Jn 5, 1). Como vemos, fe y amor se complementan.

Los bautizados nos incorporamos a la muerte y a la resurrección de Jesucristo. San Ambrosio nos anima a considerar el origen de nuestro bautismo, que nace de la muerte y de la resurrección de Cristo. “Ahí está todo el misterio: Él padeció por ti. En él eres rescatado, en él eres salvado” (De sacramentis, 2, 6).

El profeta Isaías nos exhorta a buscar al Señor y a invocarlo (cf. Is 55, 6). El bautizado debe vivir al estilo de Jesús, abandonando el mal camino y convirtiéndose al Señor, que es rico en misericordia y perdón (cf. Is 55, 7).

En el bautismo hemos sido «revestidos de Cristo» (Gal 3, 27). Los sacerdotes nos “revestimos” para la liturgia, porque previamente vamos vestidos. Al nuevo bautizando lo revestiremos con una vestidura blanca, que simboliza la nueva vida de los hijos de Dios. Hoy es el día de su “renacimiento”; va ya vestido de su naturaleza humana y será revestido significando que es transformado y divinizado. El Espíritu Santo en el baño del bautismo nos purifica, santifica y justifica (cf. 1 Co 6, 11; 12, 13).

Hoy renovaremos todos nosotros las promesas bautismales.

4.- El Hijo de Dios, bautizado en el Jordán, nos regala el bautismo y nos hace “hijos adoptivos” de Dios. Hoy la Iglesia, a petición de sus padres, bautizará a este niño.

La comunidad cristiana os felicita, queridos padres y padrinos, por haber pedido el bautismo para vuestro hijo. Con la fuerza del Espíritu podrá llevar una vida más humana y de mayor riqueza espiritual.

Hoy le regalamos el gran tesoro de la fe, de la esperanza y del amor, las tres virtudes teologales, pidiendo a Dios que viva de su amor y que ame a los demás; porque siendo amado por Dios y por vosotros, será capaz de amar.

En la celebración veremos diversos signos: la luz, el agua, el vestido blanco y el crisma, con el que es ungido como hijo de Dios, como sacerdote, profeta y rey. Todos ellos tienen un significado especial y concreto.

5.- Queridos padres y padrinos, el Señor ofrece a vuestro hijo en el bautismo el mejor regalo de su vida: hacerlo hijo adoptivo de Dios y hermano de Jesucristo; y, por ende, partícipe de la fraternidad humana, como nos recuerda san Pablo: «Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo. No hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3, 27-28).

Queridas familias, os animo a que eduquéis a vuestros hijos en el aprecio del bautismo y que festejéis en casa su aniversario. Enseñadles el amor a Dios y el amor a la Virgen. Nuestra Patrona es la Virgen de la Victoria.

Al final de la celebración ofreceremos al recién bautizado a la Santísima Virgen María, para que lo proteja con su amor maternal y le ayude a ser un buen cristiano. Amén.

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