
“Entrado el siglo quinze de la Encarnación del Verbo Eterno, un hombre que, o apacentaba ganado, o había salido a cazar, hallándose en el término de la Villa de Almonte, en el sitio que llamaban de La Rocina (…) miró una Imagen de la Reyna de los Ángeles de estatura natural, colocada sobre el tronco de un árbol. Era de talla, y su belleza peregrina…”




















