“Mi relación con Jesucristo sigue creciendo gracias a la misión”
11 febrero, 2021
El seminarista Pedro del Pino cuenta su experiencia de voluntariado en Picota, Perú
¿Cómo surgió la idea de realizar un tiempo de voluntariado en Picota?
En mi caso surgió de forma muy providencial, en el seminario nos invitaron a ir a la Misión Diocesana de Picota, yo fui a preguntarle al rector, por aquel entonces D. Antonio Prieto, si veía bien que le preguntara al Señor si Él quería que fuera ese verano a la misión, ya que tenía un verano bastante complicado, su respuesta en aquel momento fue que no, por lo que desistí en aquella primera intención de ir. Cual fue mi sorpresa que una noche estando la comunidad del Seminario reunida, D. Antonio empezó a decir los nombres de los que iban a Perú y entre esos nombres estaba el mío. Para mi fue una señal clara de Dios, de que era Él quien quería que yo fuera a Picota y no yo el que quería ir. Para mi la misión no fue ir a misiones, sino que Dios me llevo al Perú. Una vez más pude experimentar que no era yo, sino Él quien lleva mis pasos.
¿Qué recuerdas de aquella experiencia misionera?
Recuerdo un montón de momentos que el Señor nos regaló poder vivir en aquellas tierras del Perú, desde cruzar un río con los “carros” montados en las balsas, ir más de 20 personas subidas a una camioneta, los ratos de fraternidad entre nosotros y con los “padresitos” de Córdoba (en ese momento estaban Paco Granados y Paco Delgado, junto con su mono Pipo), hasta ir de poblado en poblado diciendo a diestro y siniestro lo grande que es el amor de Dios. Son muchos los momentos que recuerdo de aquellos días, pero si me tuviera que quedar con algunos serían tres. Uno de ellos es poder ver que Dios hace milagros, en una de las visitas a selva alta pudimos celebrar la Eucaristía en un poblado en el que nunca antes se había celebrado, Jesucristo llegó por primera vez a encontrarse con sus hijos. Otro de los momentos, que más me impresionaron fue convivir con aquella buena gente del Perú, especialmente con los niños, recuerdo en Shamboyacu cuando en la siesta nos íbamos a jugar con ellos a un río al que ellos llaman “la playa”, sin duda, tanto allí como aquí lo mejor de la Iglesia son las “piedras vivas”, testimonios vivos de Jesucristo. Pero creo que el mejor de todos los momentos era llegar agotado a casa después de un día de misión, sentarse en el sagrario y sin decir nada, abrir el corazón ante Dios, lleno de nombres.
¿Qué te enseñó la gente que te encontraste allí?
Me enseñó que la fe es capaz de mover montañas, que la fe en Jesucristo es capaz de todo, que nada es imposible para Dios. Me enseñó a amar mi vocación, en aquel momento me encontraba pasando por un momento de discernimiento fuerte y recuerdo como aquella humilde gente me enseñó a amar el regalo que Dios me había hecho llamándome a seguirle de cerca. Me enseñó a descubrir que la vida está para entregarla, para gastarla, para servir y dar la vida. Me enseñaron que estamos hechos para amar, pero no de cualquier manera, ¡que si el que ama es Pedro, ama muy poco!, me enseñaron que hay que amar a la manera de Jesucristo. Me enseñaron a amar la Eucaristía, a amar a Jesucristo en los sacramentos y a vivir con alegría, venga lo que venga.
¿Cómo cambió tu vida al volver a tu vida cotidiana?
Creo que la misión es como una semilla, una semilla que Dios siembra y que va haciendo crecer. Es como ese grano de mostaza del que nos habla el Señor, el grano no se convierte en un árbol gigante de la noche a la mañana, la misión es parecida a ese granito. Mi vida sigue cambiando desde aquellos días, mi relación con Jesucristo sigue creciendo gracias a la misión, mi amor por aquel que cautivó mi vida y guía mis pasos va como ese pequeño granito aumentando, quizás sigue siendo muy pequeño, quizás aún no es un lugar donde otros puedan cobijarse, pero está sembrado y Dios ha prometido que el grano crecerá. Para mi la misión fue una llamada a vivir más austeramente, a vivir con una mayor entrega, a vivir gastando la vida por los demás y dando gracias a Dios por todo lo que me da, pero sin duda hay una cosa que casi cuatro años después no he podido olvidar, hay una cosa que cambió mi vida de verdad. En la casa de los misioneros en Picota, había escrita una frase que decía: “Christi sumus in aeternum”, y es que para mi la semilla que sembró en mi corazón la misión fue un deseo, el deseo de ser de Cristo para siempre, creo que esa frase marcó aquellos días de misión y marcó mi vida para siempre, la vida tiene sentido si es para Él, si es para aquel que nos la ha dado, pues “para qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si pierde su alma” (Mt 16, 26)
¿Mantienes todavía vinculación con la misión diocesana?
No toda la que me gustaría, pero gracias a las redes sociales aún mantengo relación con alguna de las personas que tuve la suerte de conocer allí, lo que si mantengo con la Misión Diocesana es una preciosa unión espiritual. Durante los días de la misión en mi cuaderno de oración fui escribiendo los nombres de todas las personas con las que me iba encontrando cada día, de vez en cuando lo ojeo y voy recordando aquellos rostros, pido por ellos, para que el Señor les ayude y les conserve en la fe, pienso qué será de sus vidas, recuerdo aún algunos de aquellos niños: Marlon, Romeito y Julieta, Rosita, Miguel, Joel… Estoy seguro de que Dios volverá a llevarme por aquellas tierras, que Dios me concederá el regalo de volver al Perú, de poder volver a compartir la fe con estos hermanitos nuestros, pero seguro, una vez más, que no como yo planee, sino como Él quiera.








“Si conocieras el don de Dios” (Jn 4, 10). La oración la contemplamos como un don de Dios, como una alianza entre Dios y los seres humanos en Cristo. La oración es cristiana en tanto en cuanto es comunión con Cristo y camino de santidad. El Papa Francisco subraya en Gaudete et exultate (n.147) que no cree “en la santidad sin oración, aunque no se trate necesariamente de largos momentos o de sentimientos intensos”.
A lo largo de los siglos la oración ha estado muy presente en la Iglesia, desde las primeras comunidades a Santa Teresa de Jesús. Ella nos recuerda, con gran acierto, que orar es “tratar con amistad” con Dios. Hoy son muchas y diversas las formas de oración (tanto personal como comunitaria) que encontramos en las Escrituras y en la tradición litúrgica de la Iglesia, y que expresan las diversas actitudes del orante en su relación con Dios: adoración, petición, intercesión, acción de gracias, bendición y alabanza.
Debemos de repensar como es nuestra vida de oración, de trato con el Señor. Hemos de vivir cada día profundamente la llamada de Dios en nuestra vida, para ello, tenemos que acostumbrarnos a mirar la vida con ojos de fe. Reflexionando sobre cómo está nuestra vida de oración, hoy, aquí y ahora.
Hemos de amar la oración y practicarla constantemente. Por eso hemos de pasar de las palabras a las obras. Aquí es cuando entra en juego la voluntad, de quien se decide libremente a actuar. Ejercitamos la esperanza, por lo que confiamos en que, si hacemos lo que podemos, Dios nunca falla. El camino de oración es un camino de amistad con Dios. La oración nos lleva a una vida nueva, que nos anima en cada momento a seguir caminando.








