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‘Duc in altum’, lema del nuevo Arzobispo de Sevilla

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‘Duc in altum’, lema del nuevo Arzobispo de Sevilla

El escudo episcopal de monseñor José Ángel Saiz Meneses contiene en la parte superior izquierda el signo de la cruz de la Catedral de Barcelona, ya que él recibió la ordenación episcopal en aquel templo dedicado a la Santa Cruz y Santa Eulalia, y en la parte derecha el anagrama de la Virgen para simbolizar su devoción a María, que bajo la advocación de la Salud es la patrona de la diócesis que tiene encomendada.

En la parte inferior se distinguen tres estrellas que representan las virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, y debajo la representación de la montaña de Montjuich y el mar, y que expresa el lema episcopal que escogió: “Duc in altum“, extraído de vocación de los discípulos (Lc 5,4), un texto que el papa San Juan Pablo II recogió en su exhortación Novo Millennio ineunte el año 2000 indicando el camino de la Iglesia ante el nuevo milenio.

Lema episcopal

El lema episcopal de mons. Saiz Meneses  es ‘Duc in altum’, ‘Mar adentro’. Está extraído del texto evangélico de la vocación de los discípulos (Lc 5,4). Se trata de un texto que el papa San Juan Pablo II recogió en su exhortación Novo Millennio ineunte el año 2000 indicando el camino de la Iglesia ante el nuevo milenio.

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Mons. Javier Martínez acompaña a Mons. Asenjo en su despedida de la sede hispalense

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En la Catedral, en la Eucaristía de despedida de Mons. Asenjo en la Diócesis.

El administrador diocesano de Sevilla, hasta la toma de posesión del nuevo pastor el sábado 12 de junio, se despedía de los fieles en la Catedral, con agradecimiento a Dios por sostenerle en sus años de sacerdocio y obispo.

Hace unos días, Granada vivía en comunión con la Iglesia de Sevilla la despedida como pastor de esta Diócesis de Mons. Juan José Asenjo Pelegrina, donde ha estado doce años y tres meses, primero como arzobispo coadjutor y después como arzobispo.

Junto él y otros cuarenta y dos obispos de toda España, ha estado nuestro arzobispo D. Javier Martínez, acompañando a su hermano en el episcopado con quien ha trabajado por la Iglesia en España y en Andalucía, en la Conferencia Episcopal Española y en la Asamblea de los Obispos del Sur de España, respectivamente.

Mons. Asenjó llegó a Sevilla en el año 2009, procedente de la sede de Córdoba, donde a su vez tuvo como predecesor a nuestro arzobispo D. Javier, que fue pastor de Córdoba hasta el año 2003 cuando llegó a Granada.

“Mi primer sentimiento de gratitud es a Dios nuestro Señor que me ha sostenido y acompañado a través de 52 años de sacerdote y 24 años de obispo que se cumplen el próximo martes. Todo lo que somos y tenemos tanto en el orden natural como sobrenatural es obra de Dios, quien nos da a través de su Espíritu, el querer y obrar”, señaló D. Juan José Asenjo cuando se dio a conocer el nombre del nuevo arzobispo de Sevilla, Mons. Saiz Meneses.

TOMA POSESIÓN NUEVO ARZOBISPO
De nuevo, este sábado 12 de junio, nuestro arzobispo, que es también arzobispo Metropolitano de la Provincia Eclesiástica de Granada, estará en la Catedral de Sevilla, para acompañar a otro hermano en el episcopado, Mons. José Ángel Saiz Meneses, en su nueva sede, encomendada por el Señor como pastor y guía de esa porción de Iglesia universal. Y junto a nuestro arzobispo, de nuevo, la Iglesia en Granada se unirá a esta celebración en la comunión eclesial.

 

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Nuestro arzobispo D. Javier acompañará a Mons. Saiz Meneses en su entrada como nuevo pastor en Sevilla

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Nuestro arzobispo D. Javier acompañará a Mons. Saiz Meneses en su entrada como nuevo pastor en Sevilla

Asistirá a la toma de posesión que tendrá lugar el sábado 12 de junio en la Catedral hispalense.

Una semana después de la despedida en la diócesis como arzobispo de Sevilla de Mons. Juan José Asenjo, nuestro arzobispo D. Javier Martínez volverá a la Catedral hispalense para acompañar a otro hermano en el episcopado. Mons. José Ángel Meneses iniciará a partir de este sábado 12 de junio su nueva tarea ministerial como pastor de esta sede episcopal, en la celebración que dará comienzo a las 11 horas.

D. Javier Martínez le acompañará como hermano en el ministerio episcopal, siendo arzobispo de Granada y arzobispo metropolitano de la Provincia Eclesiástica de Granada. Además de en la Conferencia Episcopal Española, nuestro arzobispo trabajará con el nuevo arzobispo por la Iglesia en Andalucía, de manera más cercana, en la Asamblea de los Obispos del Sur de España, en la que Mons. Saiz Meneses será su homólogo como arzobispo metropolitano de la Provincia Eclesiástica en Sevilla.

Junto a D. Javier, estarán también cerca de 40 obispos de toda España, así como el nuncio apostólico, Mons. Bernardito Auza, junto al pueblo cristiano de Sevilla, que asistirá de manera presencial con aforo reducido, así como distintas autoridades civiles y militares de la ciudad.

CEREMONIA DE BIENVENIDA Y TOMA DE POSESIÓN
La ceremonia de bienvenida y toma de posesión dará comienzo en la puerta principal de la catedral, donde su deán dará a besar el Lignum Crucis al nuncio de Su Santidad y al arzobispo electo Mons. Saiz Meneses. En la ceremonia, el que será arzobispo emérito Mons. Asenjo presentará al nuevo pastor de esta sede y se leerán las letras apostólicas, con el nombramiento del arzobispo, firmadas por el Papa Francisco, informó la Archidiócesis de Sevilla.

Tras esta lectura, Mons. Saiz ocupará la cátedra y recibirá el báculo, momento en el que se formalizará el relevo en la sede episcopal hispalense. A partir de ese momento, la Eucaristía, que comenzó presidiendo el nuncio de Su Santidad en España, pasa a ser oficiada por el nuevo pastor D. José Ángel Saiz Meneses.

Paqui Pallarés
Delegada de Medios de Comunicación Social
Arzobispado de Granada

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Abierto el plazo para el Campamento Juvenil Diocesano 2021

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Abierto el plazo para el Campamento Juvenil Diocesano 2021

La Delegación de Juventud de Granada convoca su campamento diocesano de verano. Tendrá lugar del 6 al 16 de julio en la Casa Trayamar, ubicada en la localidad de Albarrobo, Málaga. El periodo de inscripción estará abierto hasta el 20 de junio y puede hacerse desde la dirección delegacion@pastoraljuvenilgranada.es.

Tras dos años de parón por el Covid, regresa esta propuesta de campamento estival para los jóvenes granadinos. Los chicos y chicas de 2º de la ESO a 2º de bachillerato están invitados a pasar unos días de descanso y diversión cerca de la costa malagueña.

La Pastoral de los Jóvenes ha elegido la Casa Trayamar por estar especialmente acondicionada a todas las medidas de seguridad y prevención frente a la Covid-19. “Es seguro porque tiene capacidad para 200 personas y nosotros vamos solo 50”, asegura el delegado de la Pastoral de Jóvenes, D. Javier Ortega. “Resulta muy adecuada porque cuenta con amplios jardines llenos de árboles y vegetación. Está además a cinco minutos de la playa”.

CAMPAMENTO INSPIRADO EN LA “LAUDATO SI’”

Serán 10 días de campamento, en los que los chicos intercalarán tiempo de catequesis y oración con largos ratos de ocio y juego entre ellos. “La experiencia de otros años ha sido genial. Han hecho mucha comunión entre ellos. Dos años después del último campamento, los chicos siguen en contacto entre ellos. Allí se forjan amistades”, dice Ortega.

Este año la Delegación de Juventud inspirará su campamento en el contenido de la “Laudato Si’”, en este Año Internacional dedicado a la encíclica. El plazo de inscripción estará abierto hasta el domingo que 20 de junio.

Para inscribirse u obtener más información se puede visitar la página web de la Delegación, www.pastorajuvenilgranada.es , o bien escribir un correo al mail delegacion@pastoraljuvenilgranada.es.

Ignacio Álvarez
Secretariado de Medios de Comunicación Social
Arzobispado de Granada

 

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La Universidad Loyola y la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios firman un convenio de colaboración

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La Universidad Loyola y la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios han firmado un convenio marco por el cual ambas instituciones van a iniciar su colaboración en en actividades de formación e investigación en el área de ciencias de la salud -psicología o neurociencias, entre otras disciplinas.

En este sentido, en el ámbito de la investigación, realizarán trabajos conjuntos en las citadas áreas, y los profesionales de la Orden participarán en las actividades vinculadas a los programas de Doctorado de la Universidad Loyola, así como en proyectos de I+D+i financiados por cualquier tipo de institución pública o privada.

Asimismo, ambas entidades han acordado la puesta en marcha del Máster en Atención Temprana, que se incorporará a la oferta de postgrado de la Universidad Loyola en el Área de Psicología, que ya cuenta con programas de Psicología General Sanitaria, Neuropsicología, Intervención Psicológica en Adicciones e Intervención Psicológica en Infancia y Adolescencia.

Este nuevo máster, que también contará con profesorado experto de la Orden Hospitalaria, pretende formar a profesionales especializados en Atención Temprana, especialidad en la que la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios posee una amplia trayectoria en sus centros de Córdoba, Granada, Jerez de la Frontera (Cádiz), Sevilla y en Las Palmas de Gran Canaria. En 2020, los equipos multidisciplinares de los Centros de Atención Infantil Temprana San Juan de Dios, formados por psicólogos, neuropsicólogos, logopedas, fisioterapeutas y terapeutas ocupacionales, atendieron a más 1.500 niños y niñas.

La Atención Temprana se dirige a la población infantil de 0 a 6 años, su familia y su entorno, para atender a aquellos niños que padecen algún trastorno de desarrollo (cognitivo, del lenguaje, de la expresión somática, emocionales o del comportamiento, entre otros), o con riesgo de padecerlos.

Sobre la Universidad Loyola

La Universidad Loyola, promovida por la Compañía de Jesús, es la undécima que se incorporó al sistema universitario andaluz y la primera privada de iniciativa social de la comunidad autónoma. Reconocida por el Parlamento Andaluz, el 23 de noviembre de 2011, el actual curso 2020/2021 es el octavo de la Universidad Loyola, que comenzó su andadura en el año académico 2012/2013. Cuenta ya con cuatro promociones de egresados y un volumen actual de unos 4.700 estudiantes en sus dos Campus en Córdoba y Sevilla.

La Universidad Loyola ofrece la posibilidad de estudiar en sus campus más de 60 itinerarios diferentes de grado, (simples, dobles y plus), en las áreas de Administración y Dirección de Empresas (ADE), Economía, Comunicación, Criminología, Derecho, Educación, Ingeniería, Psicología, Relaciones Internacionales, Teología y Artes. Asimismo, cuenta con una amplia oferta formativa de postgrado, programas de doctorado y formación executive. La Universidad Loyola es, además, Centro Examinador Oficial de los Exámenes de la Universidad de Cambridge, así como de los exámenes de lengua española SIELE.

Sobre la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios

 La Orden Hospitalaria de San Juan de Dios es una organización perteneciente a la Iglesía Católica, sin ánimo de lucro y dedicada a la atención sanitaria, sociosanitaria y social a través de diversos dispositivos, entre los que se incluyen hospitales y centros de salud mental, para personas con discapacidad, para personas mayores y para personas en situación de vulnerabilidad y exclusión social.

Además, mantiene un compromiso con la sociedad actual, al impulsar la investigación y formación de nuevos profesionales en las áreas social y sanitaria.

En España, dispone de una red de 75 centros y dispositivos sociosanitarios que cuentan con más de 15.000 trabajadores y que presta atención a más de 1.500.000 de personas al año.

 

“Formamos a los alumnos desde un punto de vista integral, los preparamos para afrontar los retos del futuro”

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La formación profesional se ha situado como una de las opciones preferidas por los jóvenes para prepararse de cara a su incorporación al mercado laboral. Por ello, desde CEU Andalucía -a través de Centro de Estudios Profesionales– se hace una firme apuesta por esta modalidad formativa, ampliando cada año su oferta académica y alcanzando acuerdos con empresas e instituciones punteras del sector, en las que los estudiantes podrán realizar sus primeras prácticas.

Como explica la profesora Rosario Bracho -que imparte clases en el Ciclo Superior en Educación Infantil, el Ciclo Superior en Integración Social, el Ciclo Superior en Enseñanza y Animación Sociodeportiva y el Ciclo Superior en Acondicionamiento Físico-, “concebimos la FP como un puente hacia el empleo, por lo que -a través de ella- pretendemos la mejor cualificación y especialización de futuros profesionales en diferentes sectores productivos. Nuestros alumnos, en su mayoría jóvenes, al finalizar sus estudios con nosotros, demostrarán ser capaces de encajar y adaptarse a un mercado laboral competitivo y exigente como el que nos rodea”.

No obstante, son conscientes de que “de igual modo se contempla esta como una vía de acceso a la Universidad muy interesante y útil para todas aquellas personas que desean continuar y completar su itinerario formativo con enseñanzas de nivel superior, para lo cual, a lo largo de estos dos años, les proporcionamos las competencias y herramientas que les servirán de base para concretar y definir su vocación y su futura profesión”.

Formación práctica

Tal y como apunta la docente “nuestra preparación es eminentemente práctica, vivencial y aplicada a la realidad laboral, sin menospreciar, en ningún momento toda aquella formación teórica indispensable y útil para conocer una profesión y un sector productivo. Así, se trabaja semanalmente de manera simulada y experimental, a través del desarrollo de numerosas actividades, ejemplos y talleres prácticos que completan cada módulo, siempre haciendo uso de los recursos, instalaciones, materiales, etc. que se precisen para ello. Por otro lado, contamos con la colaboración de muchos profesionales, procedentes de diferentes sectores, que nos permiten acercarnos a la realidad laboral de sus empresas a través de visitas, ponencias, exposiciones…. Todo ello contribuye a generar programas formativos muy atractivos, de gran calidad y claves para completar el perfil profesional de nuestros alumnos”.

Otro punto importante de la formación que se imparte en el CEP es la transmisión de valores, que ayudarán a los alumnos a desarrollar aptitudes muy importantes para el desempeño profesional y que, a la vez, son muy valoradas por las empresas. “Creemos que la profesionalidad va mucho más allá de las competencias teórico-prácticas que muestra una persona a la hora de desarrollar su actividad laboral. Por ello, de forma paralela e inherente a la formación académica, trabajamos y potenciamos en nuestro alumnado, a lo largo de estos dos años, el desarrollo de hábitos, valores y habilidades” apunta Rosario Bracho.

En este sentido, recalca que “hablamos de disciplina, responsabilidad, esfuerzo personal, motivación, capacidad de autoaprendizaje, capacidad crítica, creatividad, innovación, iniciativa… Destacan en este conjunto, las habilidades de carácter más social/relacional, las cuales, pienso, son fundamentales a la hora de desarrollar todo tipo de actividad profesional que conlleve la relación con personas, me refiero a habilidades tales como la resolución de conflictos, el respeto, la empatía, la asertividad, las habilidades comunicativas, la solidaridad… En definitiva, pretendemos formar a futuros profesionales desde un punto de vista integral, completo, con capacidades suficientes para afrontar los retos que el mercado de trabajo les planteará con toda seguridad”.

“Dios es Amor”

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Homilía en el último día de las celebraciones de la Octava del Corpus y víspera de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, en el pueblo de Santa Fe (Granada), en la iglesia del Colegio Carmen Sallés, el 10 de junio de 2021.

Muy querida Iglesia del Señor, Esposa amada del Señor;

muy querido D. Eduardo;

queridos sacerdotes concelebrantes;

saludo a las hermanas (no sólo las Misioneras Concepcionistas, sino alguna hermana más que hay aquí);

queridos todos:

Celebrar la fiesta del Sagrado Corazón tiene en el fondo un significado muy sencillo pero que es como un resumen, al igual que de la otra manera lo es la del Corpus. Es un resumen de todo el Misterio que celebramos en torno a la Pascua, de todo el Misterio Pascual. Si queréis, un resumen del Acontecimiento cristiano, del que fundamenta nuestra fe y nuestra vida. Que fundamenta la vida nueva que Cristo nos da de fe, de esperanza y de caridad, que el encuentro y el conocimiento de Cristo hace posible. ¿Cuál es ese resumen? “Dios es Amor”. Es la única definición de Dios. Hay otra, que se da en el Nuevo Testamento: “Dios es luz”. Pero es casi lo mismo, porque es verdad que, en nuestra experiencia humana, ilumina la vida y la hace no sólo vivible, sino bella y agradecida. Y la definición esa está en la Primera Carta de San Juan. Porque es como si San Juan mirara en esa Carta todo lo que ha sucedido con Jesús y luego, el Misterio de su muerte y Resurrección, y lo que eso nos descubre del Misterio del Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Dios Trino, el Dios verdadero.

Cuando nace la fiesta del Sagrado Corazón era necesario recordar que Dios es Amor. Y no sólo que Dios es Amor, sino que Dios nos ama en Cristo con un corazón humano y, por lo tanto, hace verdad este precioso fragmento del profeta Oseas: “Con lazos humanos los atraje, con vínculos de amor”. El profeta Oseas es una de las cimas del Dios del Antiguo Testamento, de la experiencia que Israel tiene de Dios en la larga historia que va desde Abraham hasta Jesús. Israel vivió por muchos momentos diferentes y Dios iba, a través del Antiguo Testamento, educando a Su pueblo. Alguna persona yo le he leído decir que Oseas y el “Cantar de los Cantares” son justamente los dos textos del Antiguo Testamento donde más se aproxima a la experiencia de Jesucristo, al Ministerio de Jesucristo, a la Encarnación del Hijo de Dios, que es Encarnación del Dios que es Amor, del Dios que nos entrega a Su Hijo. Dios envió a Su Hijo al mundo no para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo”.

En Cristo se realiza, por lo tanto, la culminación de todas las esperanzas de Israel y de la experiencia de Israel por amor. Pero, ¿por qué nace la fiesta del Sagrado Corazón? Pues, porque después, sobre todo de una cosa que se llama jansenismo que floreció en Francia en torno al siglo XVII y XVIII, pero que tuvo muchísima influencia, se percibía a Dios más como alguien justiciero, muy exigente con los hombres y muy duro. Preocupado siempre por el castigo que podría dar y la expresión del temor de Dios que se usa en la Escritura se había convertido en miedo de Dios. Hasta tal punto llegó a influir eso que la gente se retraía de comulgar, y se retraía durante mucho tiempo. La Santa Sede tuvo que hacer durante generaciones campañas en favor de la Comunión frecuente, de que la Comunión era la culminación de la Misa y que era deseable el poder comulgar con frecuencia. Eso todavía, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, se daba.

Y la fiesta del Sagrado Corazón, la devoción al Sagrado Corazón, nos recuerda que Dios no es ese Dios lejano y justiciero que está detrás de nosotros para ver qué es lo que hacemos mal, que imaginaban los jansenistas en la versión más popular y más vulgar, sino que Dios es Amor y que Dios nos ama en Su Hijo Jesucristo con un corazón humano. Esa es una manera de decir que el cristianismo es el Misterio de la Encarnación: que Dios se haya hecho hombre, que el Hijo de Dios haya querido vivir una vida de hombre. Por obediencia al Padre y por amor a nosotros, “porque la Voluntad de Dios es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad”. Que por amor a nosotros haya querido asumir nuestra condición humana, vivir una vida de hombre y entregarse a nosotros: “Nadie me quita la vida. Yo la doy porque quiero” y “no hay mayor amor que dar la vida por aquellos a los que uno ama”.

Por lo tanto, la historia del amor de Dios con los hombres se consuma en Jesucristo, se consuma en la Pasión, en el pasaje que acabamos de leer, cuando Cristo entrega Su vida. Pero no se queda ahí, porque el Señor prometió el envío del Espíritu Santo y lo que se nos da con el Espíritu Santo es la vida de hijos de Dios, es la vida misma del Hijo de Dios, sólo que Él la tiene por regalo, por adopción. Solemos decir que somos hijos adoptivos, pero hemos sido llamados a vivir la vida del Hijo de Dios, la libertad gloriosa de los hijos de Dios y la certeza esperanzada de la participación de su Reino, de su herencia. Nuestro destino no es la muerte, nuestro destino no es el tanatorio, ni el cementerio. Pasaremos por la muerte, claro que sí, como ha pasado el Hijo de Dios para asumir, y no de manera teatral, sino para asumir verdaderamente la condición humana. Pero la muerte no es nada más que el último episodio, el paso de nuestra vida a nuestro destino eterno, a la vida eterna, que es la vida glorificada, divina.

El amor, en la historia de Dios con nosotros, se consuma en la Pasión de Cristo. Me parece que es providencial que coincida esta celebración del Sagrado Corazón de Jesús con la Octava del Corpus, justamente porque ese “yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”, esa promesa de Jesús, nunca sería lo mismo si recordásemos sólo lo que sucedió hace 2000 años, porque sólo lo que es presente tiene el poder de mover nuestro corazón y abrir nuestro corazón, y el Señor se ha quedado con nosotros en los Sacramentos de la Iglesia y en ese Sacramento central de la vida de la Iglesia que es la Eucaristía, donde se realiza misteriosamente, sacramentalmente, todo el Misterio de la Encarnación y todo el Misterio Pascual. Y se cumple en el don que Jesús hace a nosotros y que estaba simbolizado en el agua. La Iglesia ha visto siempre que en el agua y la sangre que brotan del costado de Jesús hay un símbolo de la Eucaristía. Es decir, donde se prolonga en los siglos, de una manera siempre actual, siempre fresca, siempre nueva… tan nueva como en la misma mañana de Pascua, el amor de Cristo por ti, por mí, por cada uno de nosotros. Pues, en los Sacramentos de la Iglesia, en el Bautismo que nos hace hijos de Dios, y en la Eucaristía, y en el perdón de los pecados, en todos los Sacramentos, también en el matrimonio, que hace carne el amor de Dios esponsal por su Iglesia, por la humanidad… pero, en la Eucaristía, el Señor Se nos da y Se hace uno con nosotros de una manera verdaderamente única, inefable, de tal manera que podemos decir todos “no soy yo quien vivo, es Cristo quien vive en mí”.

Tenemos un nuevo “yo”, un nuevo sujeto, comunicado por el Espíritu Santo. Y ese nuevo sujeto es Cristo, que quiere crecer en nosotros hasta llegar a la plenitud. Curiosamente, ese don de Cristo es la realización plena de nuestra humanidad. Nuestra vocación humana se llama Jesucristo y se realiza en la Comunión y en la participación de la vida de Cristo. Eso significa que vivimos del amor de Dios y que no determina nuestra vida ya las circunstancias que haya en ella, de más juventud o de más edad, o de salud o de enfermedad, de pobreza o de riqueza, de unas circunstancias de un tipo favorables o de otras más difíciles, como hemos estado viviendo por ejemplo en todo este periodo. En medio de esa dificultad, Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre. Jesucristo Se nos sigue dando y su amor llega a nosotros.

Yo lo decía el día del Corpus: “Cristo no ha venido para que lo adoremos. Cristo ha venido para transformar nuestra vida, para llenar nuestro corazón, para llenar nuestra vida, para conmovernos y permitirnos vivir en la libertad gloriosa de los hijos de Dios y en la esperanza de la promesa de la vida eterna”. Y eso cambia nuestra manera de vivir, nuestra manera de tratarnos unos a otros, nuestra manera de construir una familia, de relacionarnos en el ámbito del trabajo. Hasta podría generar nuevas formas de relación humana, de sociedad, trabajo y vida comunitaria en la calle. No hablo de la Iglesia, hablo de la vida. Podría, si Cristo llena de verdad nuestros corazones y nuestras vidas, nacer verdaderamente una humanidad nueva.

Yo creo que las circunstancias que vivimos nos piden, de alguna manera, o nos impelen a que Le pidamos al Señor: Señor, que nazca de entre nosotros, que escojas de entre nosotros a jóvenes, a personas que tengan la capacidad de mostrar, aunque sea de manera embrionaria, pequeñita, como cuando empezó la Iglesia, esa humanidad nueva que necesitamos, donde todos nos vemos como hermanos, miembros de la misma familia y no sólo miembros de la misma familia, sino miembros del mismo cuerpo. San Pablo dirá “sois miembros los unos de los otros”.

Dios es Amor y nos ama con un corazón humano. El corazón de Jesucristo es un corazón humano y ese amor llega a nosotros en la vida sacramental de la Iglesia. Y llega a nosotros en la vida sacramental de la Iglesia, para que ese amor transforme también nuestras vidas, permita que cumplamos nuestra vocación, que es siempre una vocación al amor, porque somos imagen y semejanza de Dios. Y sólo con la vida de Dios en nosotros nuestras vidas verdaderamente se cumplen.

Termino contándoos una anécdota que me pasó a mí cuando, siendo obispo auxiliar de Madrid, yo me ocupaba de los universitarios. Me acuerdo que había un chico que vino a verme, al despacho de la capilla de Derecho, y me contó una historia muy dramática de una familia totalmente desestructurada, rota y lo que a mí me salió espontáneamente fue animarle, alentarle y decirle “Dios te quiere a pesar de todo lo que pueda parecer que hay en tu vida de dolor y de heridas, Dios te quiere”. Pero no se me olvida lo que el chico dijo. Reacciono rápidamente y me contestó a mí: “¿Pero cómo sé yo que eso es verdad si no tengo cerca de mí a nadie que me quiera?”. Y le dije “tienes razón”. Y tienes tanta razón que, aunque te acabo de conocer, yo te ofrezco el que podamos caminar como amigos y ser amigos si tú quieres. Y efectivamente, ese chico comenzó después un camino. De esto hace muchos años.

¿Por qué cuento esto? Porque si nosotros nos alimentamos de Jesucristo y del amor de Dios hecho en Jesucristo, el mundo no va a encontrar a Dios porque nosotros le sermoneemos, o le regañemos, o nos parezca muy mal cómo marcha el mundo, y nos enfademos y estemos llenos de irritación porque es un desastre el mundo en el que vivimos. El mundo sólo renacerá cuando en nosotros puedan reconocer un eco, un reflejo, como se refleja el sol en el mar; que se pueda ver en nuestro afecto el amor con que Dios ama a cada uno.

También lo dije el día del Corpus en la Catedral cuando San Juan Pablo II decía qué es lo que tenía la Iglesia que proclamar y gritar a cada hombre y cada mujer, como resumen del cristianismo: “La Iglesia quiere decirle a cada hombre y cada mujer ‘Dios te ama, Cristo ha venido por ti’”. No se trata de que repitamos esa frase. Se trata de que, efectivamente, en nuestra manera de estar con nuestros prójimos, con las personas que tenemos cerca, se pueda ver en la alegría, en el afecto, en la paciencia, en el perdón, tantas maneras de las que se pone de manifiesto el amor en nuestra vida.

Que nuestras vidas reflejen, que sean como una prolongación de la Eucaristía. Que seamos el Cuerpo de Cristo. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo también. Alimentados por el Cuerpo sacramental de Cristo, el Cuerpo de Cristo que anda por las calles sois vosotros.

Que la gente pueda ver en nosotros ese reflejo del amor de Dios. Yo lo pido para mí, con todos mis defectos y todas mis limitaciones. Pero el mundo sería un lugar mucho más bello con que los cristianos nos dejásemos sencillamente que el amor de Dios calase en nuestras vidas y nuestras vidas fuesen, aunque fuera muy pequeñita, una manifestación del amor de Dios.

Si Dios es Amor, no hay amor verdadero en este mundo -verdadero, que amores falsos hay muchos y la palabra “amor” se usa mucho para cosas que tienen poco que ver con el amor- que no sea una participación en el Ser de Dios. Un don de Dios.

Que el Señor haga crecer ese amor en la vida de todos los que estamos celebrando esta tarde la Eucaristía y, quiera Dios, en toda la Iglesia.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

10 de junio de 2021

Iglesia del Colegio Carmen Sallés (Santa Fe, Granada)

Escuchar homilía

Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío

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Todo el mes de junio está dedicado especialmente al Corazón de Jesús, porque en junio suele celebrarse la fiesta solemne del Sagrado Corazón de Jesús. Este viernes día 11 celebramos esta fiesta que viene a resumir todos los misterios de la vida cristiana.

El Corazón de Jesús es como el núcleo de todo el Evangelio: Jesús que vive, que habla, que enseña, que sana y devuelve esperanza, que perdona, que llama a seguirle. Con un corazón humano como el nuestro, que siente y padece, que se alegra y se conmueve, que ha experimentado la angustia del abandono y el consuelo hondo de Dios y de los hombres.

Jesús plenamente hombre, en todo semejante a nosotros sin pecado. Su persona es divina y, sin dejar de ser Dios, se ha hecho hombre como nosotros para caminar cerca de nosotros, junto a nosotros. Para hacernos hijos de Dios, partícipes de su herencia que es el cielo, ya adelantado en la tierra.

El Corazón de Cristo nos recuerda contantemente que Dios nos ama, que el único motor de su vida es el amor, nunca la venganza justiciera. El Corazón de Cristo nos está diciendo continuamente que Dios tiene corazón, que es sensible a nuestros sentimientos, que se emociona, se alegra, sufre, nos ama apasionadamente. Y en ese desbordamiento de amor, Dios ha encontrado rechazos, olvidos, ofensas por parte de los hombres. El Amor no es amado!, decía con gemidos san Francisco de Asís.

San Juan de Ávila anunciaba: sepan todos que nuestro Dios es amor, en un contexto luterano en el que a Dios se le aplicaba la justicia vengativa. El Maestro Ávila nos invita a la contemplación de la pasión de Cristo, porque amó más que padeció y por la contemplación de la pasión llegamos a descubrir el calibre de su amor.

Cuando las personas más cercanas a Dios, los santos, se han dado cuenta de que el Amor no es amado y, a pesar de todo, continúa amándonos más todavía; que ese Amor está continuamente perdonándonos y continuamente reciclando nuestras ofensas, devolviéndonos más amor, brota en el corazón humano un deseo grande de reparar tantas ofensas, incluidas las propias, y de colaborar en la redención del mundo. Es lo que llamamos reparación. Se trata de devolver todo el amor que podamos a tanto amor como se nos ha dado, y al que muchas veces respondemos remolonamente. Se trata de restaurar con amor lo que con tanto pecado ha sido destruido o deteriorado.

Llegada la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, es momento de revisar nuestra actitud de reparación. Cómo devolver amor por nuestra parte al amor que nos tiene Jesús. Se trata de un compromiso de amar y de entregarnos más y más a ese Divino Corazón. Las prácticas de piedad en torno al Corazón de Jesús ayudan a mantener vivo ese fuego de amor: los primeros viernes con confesión sacramental y comunión reparadora; la adoración eucarística, donde el Corazón de Cristo está vivo y palpitante; las letanías del Corazón de Jesús; el fomento del apostolado de la oración, con el ofrecimiento de obras al comienzo de la jornada; la consagración al Corazón de Jesús, etc.

Las apariciones privadas a santa Margarita María de Alacoque (1675) en Paray-le-Monial impulsaron una gran devoción al Sagrado Corazón de Jesús: “He aquí este corazón que tanto ha amado a los hombres… y en reconocimiento no recibe de la mayoría sino ingratitud”. El Magisterio de la Iglesia y la Compañía de Jesús han explicado y ampliado esta devoción, que nunca pasará de moda, porque nos acerca el corazón de Dios en el corazón de Cristo y nos toca de lleno nuestro corazón humano. Junto al Corazón de Cristo está siempre su Madre santísima. Por eso, al día siguiente celebramos el inmaculado Corazón de María, que ha latido continuamente al ritmo del Corazón de su hijo Jesucristo.

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández

Obispo de Córdoba

Clausura del mes de mayo con motivo del centenario de la Agrupación de Cofradías de Semana Santa (Santuario de la Virgen de la Victoria-Málaga)

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Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la clausura del mes de mayo con motivo del centenario de la Agrupación de Cofradías de Semana Santa celebrado en el Santuario de la Virgen de la Victoria en Málaga el 31 de mayo de 2021.

CLAUSURA DEL MES DE MAYO

CON MOTIVO DEL CENTENARIO

DE LA AGRUPACIÓN DE COFRADÍAS DE SEMANA SANTA

(Santuario Virgen Victoria-Málaga, 31 mayo 2021)

Lecturas: So 3, 14-18 Sal (Is 12, 2-6); Lc 1, 39-56.

(Visitación de la Virgen María)

1.- María y la Trinidad

En los dos últimos domingos, hemos celebrado dos fiestas entrañables y profundas en su significado: Pentecostés y la Santísima Trinidad; ambas tienen mucho que ver con la figura de la Virgen María.

Respecto a la Santa Trinidad, María es Hija del Padre, Madre del Hijo de Dios y Esposa del Espíritu Santo.

Nos recordaba el papa Benedicto XVI: “La gran fiesta de Pentecostés nos invita a meditar en la relación entre el Espíritu Santo y María, una relación muy íntima, privilegiada e indisoluble. La Virgen de Nazaret fue elegida para convertirse en la Madre del Redentor por obra del Espíritu Santo: en su humildad halló gracia a los ojos de Dios (cf. Lc 1, 30)” (Discurso de conclusión del mes de mayo. Vaticano, 30.05.2009).

El corazón de María, en perfecta sintonía con su Hijo divino, es templo del Espíritu Santo, donde cada palabra y cada acontecimiento son conservados en la fe, en la esperanza y en la caridad (cf. Lc 2, 19.51).

Jesús encontró en su Madre María, tanto en la vida oculta en Nazaret como durante su vida pública, hasta el final de su vida en la cruz, el amor maternal y el hogar encendido, que lo acogía.

Esta vinculación de la Virgen María con la Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu, es un modelo para nuestra relación con la Trinidad.

2.- Concepción de la Virgen María

Celebramos hoy fiesta litúrgica de la Visitación de María a su prima Isabel. Después del anuncio del ángel y una vez que María comenzó a ser la Madre de Jesús, se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel (cf. Lc 1, 39-40).

Hay una diligencia y prontitud de la Virgen María, para ayudar a su prima, que también está embarazada. Hay un doble embarazo motivado por una intervención especial de Dios. Por una parte, una mujer anciana y estéril; y por otra, una doncella virgen, no casada que concibe sin concurso de varón.

Hoy venimos a honrar a nuestra Madre, nuestra Patrona; y a dar gracias a Dios por la maravilla que la Trinidad ha obrado en María.

3.- María, la “Llena de gracia”, aporta gracia

La Llena de gracia desde su concepción va aportando alegría y gracia por donde pasa, porque está llena del Espíritu.

«Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Y se llenó Isabel de Espíritu Santo» (Lc 1, 41). Las dos personas se transforman con la presencia del Hijo de Dios en el seno de María. La madre de Juan Bautista se llena del Espíritu y su hijo salta de alegría en el vientre materno.

Podemos preguntarnos si nosotros aportamos alegría, o tal vez lo contrario. Le pedimos a la Virgen que nos ayude a ser portadores de Dios, de paz, de alegría, de comunión.

4.- Bienaventurada la que ha creído

María ha sido bienaventurada porque ha creído. Isabel, levantando la voz, exclamó: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!» (Lc 1, 42). «Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1, 45).

¡Ojalá nos pudieran decir a nosotros: “Bienaventurados porque creéis”! Los cristianos somos necesario en nuestra sociedad para que haya más paz, más humanidad, más fraternidad en nuestra sociedad. Nuestra presencia debe ser transformante y reconfortante desde la luz del Espíritu.

5.- “Magnificat” de la Virgen María

En la escena de la Visitación María exclama en un himno de alabanza, que llamamos “Magnificat”.

María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador» (Lc 1, 46-47). Y va desgranando los motivos por los cuales alaba a Dios: «porque ha mirado la humildad de su esclava» (Lc 1, 48); «porque el Poderoso ha hecho obras grandes» (Lc 1, 49); porque «su misericordia llega a sus fieles» (Lc 1,50); porque «hace proezas con su brazo» (Lc 1, 51); porque «derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes» (Lc 1, 52); porque «a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos» (Lc 1, 53).

¿Cuáles son nuestros motivos de alabanza a Dios, unidos a los de María? Podríamos ahora repasar cada uno en nuestro interior los motivos de gloria a Dios. ¿Qué ha hecho el Señor en mí? ¿Qué transformación se ha realizado en mi por obra del Espíritu Santo?

Hemos sido hechos hijos adoptivos de Dios por el bautismo. El Señor nos ha convertidos en cristianos. ¡Qué maravillas ha hecho Dios en ti? ¡Da gracias al Señor con la Virgen y proclama la alabanza a Dios con María! Este final de mayo es un buen momento para reconocer las obras de Dios en cada uno de nosotros.

6.- Fraternidad entre la Hermandad de la Victoria y la Agrupación de Cofradías.

Me alegro de la fraternidad entre dos hermanas. La hermana mayor se llama “Hermandad de Santa María de la Victoria” de Málaga; y la hermana menor “Agrupación de Cofradías de la Semana Santa de Málaga”. La Hermandad existía antes y se alegró del nacimiento de la Agrupación; y como no podía ser miembro de la Agrupación por no ser cofradía de pasión, se unió a ella fraternalmente para acompañarla. Esta fraternidad es hermosa y me encanta. Os doy la enhorabuena por haberlo hecho así.

Hoy, cien años después, la hermana pequeña (Agrupación), con motivo de su centenario, acompaña a la hermana mayor (Hermandad) en su fiesta de final de mayo. Es un gesto de fraternidad entre ambas hermandades, expresando vuestro amor filial a María: la Hija predilecta del Padre, la Madre del Señor y la Esposa del Espíritu Santo. ¡Gracias por este gesto y enhorabuena!

Pedimos a la Santísima Virgen María que, siguiendo su ejemplo, aprendamos a reconocer la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida, a escuchar sus inspiraciones y a seguirlas de manera dócil y gozosa. Amén.

Corpus Christi

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Lecturas bíblicas: Ex 24,3-8; Sal 115,12-13.15-18 (R/. «Alzaré la copa de la salvación invocando tu nombre»); Hb 9,11-15; Aleluya: Jn 6,51-52; Mc 14,12-16.

Queridos hermanos y hermanas:

La Fiesta del Cuerpo y Sangre del Señor nos devuelve a la institución de la Eucaristía, que contemplábamos el pasado Jueves Santo. La Eucaristía es sacramento de nuestra fe que contiene el misterio pascual de Cristo, la muerte y resurrección del Señor que nos han redimido. En el sacrificio eucarístico de la Misa, Cristo resucitado y glorificado junto al Padre se hace presente con su sacrificio pascual de la cruz, que sustituyó definitivamente los sacrificios de comunión de la antigua alianza. Estos sacrificios sirvieron de figura de este sacrificio definitivo que había de acontecer con la entrega de Jesús a la muerte por nosotros y por nuestra salvación.

La lectura del libro del Éxodo que hemos escuchado dice que, después que Moisés contó al pueblo todo lo que había dicho el Señor y le transmitió sus mandatos, que el pueblo recibió aceptando cuanto el Señor mandaba, Moisés puso por escrito cuanto el Señor mandaba cumplir al pueblo elegido y tras edificar un altar, se sacrificaron reses mayores. Moisés vertió la sangre sobre el altar y con ella asperjó también al pueblo, y así quedó ratificado el documento de la alianza que todos prometieron cumplir (cf. Ex 24,3-8). Después, como parece que se sigue del relato que precede a lo que hemos escuchado sobre los sacrificios y holocaustos celebrados ante el becerro de oro (cf. Ex 32,1-6), se celebró un banquete de comunión con la carne sacrificada. La sangre de esta alianza antigua, renovada en diversas ocasiones, como vemos por la historia sagrada, no era sino figura de la alianza en la sangre de Jesús.

La narración del evangelio de san Marcos nos coloca ante la institución de la pascua de la nueva alianza, cuyo contenido expone la carta a los Hebreos, donde Cristo es presentado como Sumo Sacerdote de los bienes definitivos, porque «ha penetrado “de una vez para siempre” en el santuario del cielo no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una liberación definitiva» (Hb 9,11-12). Lo que no podían obtener los sacrificios antiguos, lo obtiene de una vez para siempre y de forma definitiva la sangre de Cristo.

Esta ofrenda de sí mismo de Cristo se expresa en el sacrificio eucarístico mediante la consagración del pan y del vino que hacen presente el cuerpo y la sangre del Señor con su sacrificio definitivo, tal como narra el evangelio de san Marcos la institución de la Eucaristía en la última Cena, donde Jesús anticipa sacramentalmente el sacrificio del Calvario que había de acontecer el Viernes Santo. Siguiendo el mandato de Jesús, en la celebración de la Eucaristía el sacerdote pronuncia las palabras de Jesús sobre los signos del pan y del vino, pidiendo que el Espíritu Santo descienda sobre las ofrendas, para que vengan a ser el cuerpo y sangre del Señor, para que en ellas se haga presente Cristo Señor con la divinidad que el Hijo de Dios recibe de Dios Padre, y con su humanidad glorificada, que incluye el cuerpo y alma del Señor.

El Catecismo de la Iglesia Católica recoge la enseñanza de la Iglesia sobre la Eucaristía y expone que la ofrenda del pan y del vino eucarísticos tiene sus antecedentes en las figuras de la alianza antigua de Israel desde la salida de Egipto, noche en la que los israelitas comieron los panes ázimos antes de emprender el camino a la Tierra prometida. Con la institución de la Pascua Dios mandó a Israel comer panes ázimos durante siete días y así durante la peregrinación de cuarenta años por el desierto, uso litúrgico que pasaría a la tradición litúrgica de Israel, un símbolo eficaz de la salida apresurada de los hebreos hacia el Mar Rojo por el camino del desierto. Ya antes de la salida de Egipto la tradición religiosa de Israel recoge el hermoso precedente histórico de la ofrenda de pan y vino de Melquisedec, rey de Salén, al patriarca Abrahán, al cual bendijo, respondiendo Abrahán con el pago del diezmo de todo cuando regresaba del combate en el que había vencido la coalición de los reyes enemigos (cf. Gn 14,18-20)[1].

Esta prefiguración de la Eucaristía se prolongará en la ofrenda de las primicias de los frutos de las cosechas como acción de gracias al Creador, ofrenda que se incorpora de modo perpetuo a la tradición litúrgica judía una vez establecidos los hebreos en la Tierra santa. El Catecismo enseña cómo el pan de cada día, y el vino ““fruto de la tierra” “de la vid y del trabajo del hombre” que se ofrecen en la Eucaristía eran ya en la ofrenda de las cosechas un sacrificio de alabanza[2]. el “cáliz de salvación” que se pasa al final de la cena pascual judía son también figuras que apuntan al significado de salvación que contiene el sacramento de la Eucaristía. Jesús cuando enseña a rezar a los discípulos recita el Padrenuestro que contiene la petición del pan cotidiano, aludiendo tanto a la palabra de Dios de la cual ha de vivir el hombre como el pan de la Eucaristía, donde él mismo se nos da como alimento de vida eterna y de resurrección. Después de haber multiplicado los panes y los peces, Jesús pronuncia en la sinagoga de Cafarnaún el discurso sobre el pan de vida, advirtiendo a los que le siguen que no han de buscar tan sólo el pan perecedero, sino el que da vida eterna, pan que sólo Él puede darles; y provocará el rechazo y la incredulidad de muchos, al decirles: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo le daré es mi carne por la vida del mundo… El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo le resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida» (Jn 6,51.54-55).

¿Cómo podríamos vivir la fe sin la Eucaristía, que es el sacramento augusto y admirable de la nuestra fe, como proclamamos cada vez que la celebramos? Nuestra incorporación a Cristo por el bautismo se consolida mediante la Eucaristía, porque mediante nuestra unión con Cristo adquirimos la figura propia de la Iglesia, sacramento para el mundo; y porque es en Cristo donde la Iglesia se hace partícipe de la vida divina que vivifica el cuerpo social de la Iglesia. Jesús confía a la Iglesia la misión de anunciar el Evangelio y entregarle el pan de la vida, para que el mundo se salve. Lo resume san Juan Pablo II en la encíclica sobre la Iglesia que vive de la Eucaristía: «Al unirse a Cristo, en vez de encerrarse en sí mismo, el pueblo de la nueva Alianza se convierte en “sacramento” para la humanidad, signo e instrumento de salvación, en obra de Cristo, en luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt 5,13-16), para la redención de todos»[3]. Como el santo papa dice, la Iglesia recibe de la Eucaristía su fuerza para llevar adelante su misión evangelizadora, porque en la Eucaristía tiene la Iglesia la fuente y el culmen de la vida cristiana, como declara el Concilio[4]. Por eso la Eucaristía no puede ser el punto de partida de la comunión eclesial, sino que la supone y la lleva a su consolidación y perfeccionamiento[5].

La Eucaristía consuma la comunión eclesial, y mediante la comunión eucarística se consolida la unidad del cuerpo eclesial como cuerpo de Cristo, cuya eficacia unidora es virtud del pan único y del único cáliz del Señor: «La argumentación es terminante: nuestra unión con Cristo que es don y gracia para cada uno, hace que en él estemos asociados también a la unidad de su cuerpo que es la Iglesia»[6]. Esta unidad en Cristo es obra del Espíritu Santo, por medio del cual acontece la acción de santificación de las ofrendas que son consagradas en el cuerpo y sangre de Cristo por medio del sacerdote. La Eucaristía es sacramento de la unidad y sacramento unificador. No es posible participar en la Eucaristía sin que cedan las tensiones y enfrentamientos entre quienes son miembros de un único cuerpo. El dinamismo de amor que desencadena la Eucaristía en quienes participan dignamente de ella, con sincera voluntad de concordia y paz cristiana, parten del principio paulino según el cual el cumplimiento de los mandamientos de Dios, que es preciso guardar para permanecer en Cristo, alcanza su plenitud en el amor al prójimo como recapitulación de la ley divina y testimonio veraz del que amamos a Dios. Por eso, advierte el apóstol san Pablo a los Gálatas: «si os mordéis y os devoráis unos a otros, ¡miras no vayáis a destruiros mutuamente!» (Gál 5,15). ¿Cómo se puede entonces participar en la Eucaristía haciendo de ella un culto de parte?

Si la Eucaristía es el verdadero banquete de comunión de vida con Dios y sacramento definitivo de la unidad de la Iglesia, el ministerio que la confecciona en la persona de Cristo cabeza (in persona Christi capitis) es un ministerio de unidad y consolidación de la fraternidad y de la comunión eclesial. Razón por la cual el ministro por excelencia de la Eucaristía es el Obispo que la celebra y preside como sucesor de los Apóstoles, como sumo sacerdote de su pueblo, y manda celebrar a los presbíteros, realizándose así sacramentalmente la unidad del cuerpo de Cristo en la unicidad del único pan y del único cáliz. Es así, porque «la comunión eclesial de la asamblea eucarística es comunión con el propio Obispo y con el Romano Pontífice»[7], enseña san Juan Pablo II, fundamentando su enseñanza en la declaración del Concilio: «Cada uno de los obispos, por su parte, es el principio y fundamento visible de la unidad en sus Iglesias particulares, formadas a imagen de la Iglesia universal»[8]. Por eso mismo sólo el obispo diocesano representa a su Iglesia, según las enseñanzas del Concilio.

La Eucaristía es sacramento de amor y de unidad y se consolida en ella la comunión de todos los fieles en Cristo. Necesitamos fortalecer la fe en la Eucaristía, amar la presencia misteriosa y real de Jesucristo entre nosotros, corazón de la fe y lugar de encuentro con Dios. La pérdida de fe en la Eucaristía refleja la crisis de fe de una Iglesia tentada por el secularismo de nuestro tiempo. No podemos recibir indignamente el Cuerpo del Señor, sin hacernos reos de condena eterna (cf. 1Cor 11,28-29).

Al venerar hoy el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, contemplemos este amor encarnado que nos transfigura y nos cambia en el mismo Cristo y reafirmemos la fe que profesamos en este misterio de amor, porque si la Eucaristía deja de ser amada y adorada, la fe de la Iglesia se pierde y se disuelve la misma Iglesia, dejando de celebrar el amor crucificado de Cristo para celebrarnos a nosotros mismos, convirtiendo la Eucaristía en un reflejo de nuestras construcciones humanas y no de Cristo y de la santa Trinidad de Dios, cuya unidad indivisible es el fundamento de nuestra comunión.

Queridos diocesanos, pidamos a la Santísima Virgen María, de quien Jesucristo Señor recibió nuestra carne y sangre, que no nos apartemos jamás de Él y de vivir en la plena comunión de su Iglesia. No dejéis unos por otros y de rezar por mí, a quien el Espíritu Santo puso al frente de esta Iglesia, que pasa ahora momentos de especial dificultad, para que no dejemos nunca de encontrar el alimento de la vida cristiana. Recemos todos para que sea preservada la unidad de nuestra Iglesia particular por medio de la Eucaristía, que Cristo ha confiado al ministerio del Obispo y de sus sacerdotes.

Almería, a 6 de mayo de 2021

X Adolfo González Montes

Obispo de Almería

[1] Catecismo de la Iglesia Católica / Catechismus Catholicae Ecclesiae [CCE], n. 1333.

[2] CCE, n. 1334

[3] San Juan Pablo II, Carta encíclica Ecclesia de Eucharistia [EE] (17 abril 2003), n. 22.

[4] Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, n. 11.

[5] EE, n. 35.

[6] EE, n. 23.

[7] EE, n. 39.

[8] LG, n. 23.

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