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Ponencia ‘Relación entre moderadores y obispos’ (Vaticano, 22-05-2026)

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Ponencia ‘Relación entre moderadores y obispos’ (Vaticano, 22-05-2026)

RELACIÓN ENTRE MODERADORES Y OBISPOS[1]

Mons. José Ángel Saiz Meneses

                                                         Arzobispo de Sevilla (España)

Saludos

Introducción

Permítanme comenzar mis palabras con una experiencia personal. En diciembre de 1973, a los diecisiete años, participé en un Cursillo de Cristiandad, en Barcelona, y me incorporé al Movimiento Cursillos de Cristiandad. Fue para mí una experiencia de triple encuentro: con Cristo, con la Iglesia y conmigo mismo. Desde entonces siempre he estado vinculado a este Nuevo Movimiento de Iglesia, primero como miembro y dirigente laico; después, como asistente espiritual de diferentes comunidades, de la diócesis de Barcelona, y, posteriormente de España, del Grupo Europeo, y actualmente, del Organismo Mundial.

Aquella experiencia ha acompañado toda mi vida laical, sacerdotal y episcopal como un verdadero criterio hermenéutico. Cuando hoy, como arzobispo de Sevilla, recibo a los moderadores de asociaciones internacionales de fieles, movimientos eclesiales y nuevas comunidades, y tengo ocasión de contemplar la riqueza y variedad de sus carismas, se actualiza y se refuerza en mí el convencimiento de que dichos movimientos, asociaciones y comunidades son, para la Iglesia diocesana, una forma privilegiada mediante la cual el Espíritu Santo renueva, una y otra vez, la vida de la Iglesia. Nacen en la entraña de una Iglesia particular concreta, en el corazón de hombres y mujeres que están a la escucha, con disponibilidad, en la presencia del Señor.

El Movimiento Cursillos de Cristiandad se fue gestando entre un grupo de sacerdotes y de jóvenes de Acción Católica de la diócesis de Mallorca (España), en la década de los años 40 del pasado siglo. La forma en la que este grupo preparó la célebre peregrinación a Santiago de Compostela que tendría lugar en agosto de 1948, fue perfilando un ideal y un estilo evangelizador, y sembró en el corazón de aquellos jóvenes una profunda inquietud apostólica.

El estatuto del Organismo Mundial del Movimiento de Cursillos de Cristiandad recoge que «de este grupo de iniciadores tuvieron parte muy importante sobre todo laicos guiados por Eduardo Bonnín Aguiló, además de varios pastores, entre los que se encontraban el entonces obispo de Mallorca, monseñor Juan Hervás Benet, y el sacerdote Sebastián Gayá Riera»[2]. Lo significativo para nuestra reflexión es subrayar que nació en el seno de la vida diocesana, en relación orgánica con el obispo, en respuesta a una necesidad pastoral concreta. Romano Guardini, en su célebre ensayo El sentido de la Iglesia, escribía que la Iglesia no es una institución que se añade al Evangelio desde fuera, sino el espacio vivo en el que el Evangelio toma cuerpo histórico[3].

Las asociaciones de fieles, movimientos eclesiales y nuevas comunidades son una de las formas concretas en que ese cuerpo respira y se renueva. Son la Iglesia particular que se hace, por su medio, más ella misma. Más adelante, los Cursillos fueron acogidos en otras diócesis porque los obispos reconocieron en ellos un don del Espíritu Santo. Esa doble dinámica –el brote carismático en la Iglesia particular y el reconocimiento episcopal que lo propaga– es el modelo que hemos de contemplar con atención.

 

  1. Fundamentos eclesiológicos

El 30 de mayo de 1998, en la Vigilia de Pentecostés, el entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Joseph Ratzinger, dirigió a los miembros de las asociaciones de fieles, movimientos eclesiales y nuevas comunidades un discurso que debe considerarse un texto fundamental del magisterio teológico contemporáneo sobre este tema[4]. En él, comenzó recordando que la Iglesia nació precisamente en Pentecostés, en la efusión del Espíritu, y que ese primer Pentecostés fue, en un sentido muy preciso, un evento carismático: el Espíritu distribuyó sus dones «a cada uno como quería» (1Co 12, 11). Desde el principio, la Iglesia es carismática en su estructura más profunda, no sólo en sus manifestaciones extraordinarias. Pero Ratzinger dio un paso decisivo al articular la relación entre la dimensión institucional y la dimensión carismática de la Iglesia. No las presentó como polos en tensión, sino como dos dimensiones co-esenciales de un único misterio.

Unas décadas antes, en sus obras El complejo antirromano y en Sponsa Verbi, el teólogo Hans Urs von Balthasar había propuesto que en la Iglesia existen dos principios constitutivos que él denominó «el principio petrino» y «el principio mariano». El primero representa la estructura ministerial, la sucesión apostólica, la garantía institucional de la continuidad del depósito de la fe. El segundo representa la dimensión contemplativa y nupcial, la Iglesia como esposa, como respuesta de amor que desborda toda estructura pero que la habita desde dentro[5]. Para Balthasar, el principio mariano –y, añadiríamos nosotros, sus expresiones históricas en los movimientos, asociaciones y nuevas comunidades– no es un fenómeno marginal ni anómalo en la vida de Iglesia. Es el corazón vivo que impide que la estructura se anquilose. Sin Pedro, la Iglesia carece de memoria objetiva y de unidad visible. Sin la Virgen María, la Iglesia carece de la interioridad nupcial que le otorga su verdadera identidad.

Ratzinger asumió esta visión y la llevó al plano pastoral. Sus palabras en 1998 merecen ser recibidas en todo su alcance: los movimientos son «una respuesta suscitada por el Espíritu Santo a los desafíos del presente»; su aparición en la historia de la Iglesia no es fruto de planificaciones humanas, sino el signo de que el Espíritu sigue siendo el protagonista de la misión. Y a la vez señaló que todo carisma auténtico necesita purificarse, necesita la mediación del discernimiento eclesial, necesita dejarse integrar en la comunión más amplia de la Iglesia universal y de la Iglesia particular. Esta doble afirmación: la gratuidad del don y la necesidad de su integración eclesial, es la clave que debemos profundizar juntos, obispos y moderadores, en este Encuentro.

Mi experiencia como pastor me va enseñando que esta integración no siempre resulta fácil. La diversidad de espiritualidades, de pedagogías, de métodos, de culturas internas, de lenguajes simbólicos, etc., puede crear problemas y malentendidos. A veces, el movimiento puede caer en la tentación de cerrarse sobre sí mismo. A veces, la estructura diocesana no sabe cómo acoger una realidad nueva que le desborda. Pero precisamente en la superación de esas dificultades se comprueba la madurez eclesial: tanto de los moderadores —en su disposición a integrarse en la misión diocesana—, como de los obispos —en su disponibilidad a reconocer el don que viene a renovar y dinamizar lo que de otra manera podría volverse rutinario.

 

  1. El obispo diocesano y los movimientos eclesiales

Romano Guardini, en la célebre conferencia que dictó en el castillo de Rothenfels en 1922, pronunció una frase que ha recorrido el pensamiento teológico posterior como una consigna y como una promesa: «la Iglesia despierta en las almas»[6]. Lo que Guardini veía nacer en torno suyo era el signo de que el Espíritu estaba haciendo surgir en la Iglesia una nueva conciencia de sí misma: la Iglesia como comunidad viva que el creyente descubre como propia, como su comunidad. Esta intuición de Guardini tiene una vigencia extraordinaria para entender los movimientos, asociaciones y comunidades de hoy.

Un joven que ingresa en un movimiento eclesial no está «inscribiéndose en una organización». Está descubriendo que la Iglesia es el lugar en el que la vida de fe alcanza su verdadera consistencia y madurez. La Iglesia despierta en él. Y cuando la Iglesia despierta en las almas, despierta también, a través de ellas, en la comunidad diocesana entera. Esta es la razón profunda por la que el obispo debe contemplar a los movimientos no con la sospecha del administrador ante algo que no controla, sino con la admiración y gratitud del pastor ante lo que el Espíritu suscita. El obispo no es el propietario del Espíritu en su diócesis; al contrario, es su primer servidor y primer garante de discernimiento.

Quisiera destacar lo que a mi entender son tres tareas fundamentales del obispo en su relación con las asociaciones, movimientos y comunidades. No como programa abstracto, sino como descripción de lo que he podido aprender en el servicio de la Diócesis de Tarrasa y, actualmente, en la Archidiócesis de Sevilla.

La primera es el discernimiento. No todo lo que se presenta como movimiento eclesial lo es en sentido teológico pleno. El discernimiento episcopal no significa censura ni desconfianza sistemática; es, más bien, el ejercicio de la responsabilidad apostólica que compete al sucesor de los Apóstoles. El discernimiento requiere tiempo, humildad y también coraje. A veces hay que decir que algo no es lo que parece. Pero con mucha más frecuencia, el discernimiento concluye en el reconocimiento agradecido de un don que el Espíritu ha puesto en el corazón de personas concretas para bien de toda la Iglesia.

La integración es la segunda tarea. Un movimiento que se convierte en gueto espiritual, no está cumpliendo su vocación eclesial. El carisma fundacional no es un fin en sí mismo, es una gracia para la misión de la Iglesia entera. El obispo debe promover, con paciencia y también con autoridad, que los movimientos se sientan responsables de la vida diocesana en su conjunto: del primer anuncio, la catequesis, la liturgia, la caridad, del diálogo ecuménico e interreligioso. Esto exige también que la estructura diocesana aprenda a dar espacio a los movimientos, a escucharlos, a integrar sus carismas en la planificación pastoral. No es un proceso sencillo. Pero es el signo de que la Iglesia local va madurando hacia la catolicidad que le es propia.

La misión es la tercera y más exigente tarea. Los movimientos nacen, en última instancia, para la misión. Cada época histórica presenta nuevos desafíos a la evangelización, y el Espíritu suscita carismas que responden, desde su originalidad, a esos desafíos. En la Europa secularizada de hoy, en el mundo digital que recompone las identidades y las pertenencias, en la cultura del individualismo que hace cada vez más difícil la experiencia de la comunidad, los movimientos son una forma eficaz para presentar la fe como encuentro, como belleza, como comunidad de vida. No sustituyendo a la estructura territorial de la Iglesia, sino revitalizándola desde dentro y creando nuevos espacios de encuentro con Dios.

 

  1. Conciliación, comunión y sinodalidad

Hay una palabra que en la lengua italiana posee una densidad semántica y una resonancia histórica profundas: conciliazione. En el horizonte cultural que forjó el pensamiento romano y cristiano, no designa simplemente un acuerdo alcanzado tras una negociación, ni tampoco la mera disolución de una tensión preexistente. Evoca algo cualitativamente distinto: el acto por el que dos realidades, sin perder su propia identidad, son llevadas a una unidad superior que las asume, las purifica y, en una forma de abrazo, las hace fructíferas la una para la otra. En su raíz etimológica late el concilium, esto es, la asamblea convocada, el lugar de la escucha común, y, más allá todavía, la forma verbal conciliare, que en Cicerón y en la tradición posterior significa “ganar para sí”, “atraer hacia una misma causa”. Hay en ello una dinámica de conversión, es decir, la transformación interior de dos voluntades diversas en virtud de un bien que las trasciende.

Esta riqueza semántica puede iluminar la naturaleza de la relación que el obispo está llamado a mantener con los responsables de las asociaciones, movimientos y comunidades. Esa relación tiene un nombre teológico preciso: comunión. San Juan Pablo II, en el número cuarenta y tres de su carta apostólica Novo Millennio Ineunte (2001), después de invocar la comunión como el gran programa que la Iglesia tiene ante sí en el tercer milenio, añadió una precisión fundamental: “Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades”[7].

San Juan Pablo II no estaba hablando de una estructura organizativa, sino más bien de la forma de la mirada: “La espiritualidad de la comunión implica ante todo la mirada del corazón hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz hay que saber descubrir también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado”[8]. La comunión no es, por tanto, el resultado de un proceso de negociación entre instancias diversas; es, en su raíz, un modo de percibir la realidad: ver en el otro –en el moderador del movimiento, en el obispo– el rostro en el que resplandece el mismo misterio trinitario que me constituye a mí. Lo que san Juan Pablo II propone es, en última instancia, una ontología de la relacionalidad: el ser humano no existe primero como individuo y luego entra en relación; existe en relación, a imagen del Dios que es en sí mismo comunión de personas.

Esta visión de la comunión se inspira en la constitución dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II. El Concilio subrayó que la Iglesia es, en su raíz, communio; de manera que el ministerio episcopal existe dentro de la comunión y está al servicio de ella. El Espíritu Santo habita en la Iglesia y en los corazones de los fieles “como en un templo”, “los conduce hacia toda verdad” y “los unifica en comunión y ministerio”. El Espíritu es, pues, el sujeto activo de la comunión; la jerarquía es su servidora; y los carismas son sus expresiones históricas. De aquí se sigue una consecuencia decisiva para nuestra reflexión: la conciliación entre el obispo y los moderadores de movimientos no consiste en un ejercicio de habilidad diplomática ni un equilibrio de fuerzas en tensión; es el reconocimiento mutuo, anclado en la fe, de que ambos son servidores de un mismo Espíritu que los precede a ambos y que actúa de un modo incesante[9].

Pero la comunión, en su forma histórica, tiene hoy un nombre: sinodalidad. El papa Francisco, en su discurso con ocasión del quincuagésimo aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos (2015), afirmó que la sinodalidad es “la dimensión constitutiva de la Iglesia”. El mismo encuentro del obispo con los moderadores de movimientos es un acto sinodal: ambos escuchan juntos al Espíritu; ambos ofrecen y reciben; ambos son interpelados y enriquecidos. El obispo es el garante de que la escucha sea verdadera, de que ningún carisma se cierre sobre sí mismo y de que todos los dones confluyan hacia la única misión.

El pontificado del papa León XIV ha enriquecido esta reflexión con una perspectiva que merece especial atención. Desde su elección, el Papa ha insistido en que la sinodalidad es una categoría espiritual y misionera: la Iglesia que camina unida no lo hace en primer lugar para encontrarse a sí misma, sino para salir con el Evangelio al encuentro del mundo. En este marco, la relación entre el obispo y los movimientos adquiere una dimensión nueva: no basta con que coexistan en paz, ni siquiera con que colaboren en proyectos comunes. Es preciso que sean capaces de engendrarse mutuamente en la fe, de corregirse con caridad, de interpelarse con la verdad. La conciliación auténtica no ignora las tensiones, sino que las asume y las transfigura en energía para la misión de la Iglesia. En esa línea, León XIV ha recordado que la sinodalidad requiere lo que él ha llamado “la gramática de la escucha”: la disposición a ser sorprendido, a descubrir que el Espíritu habla también —quizás especialmente— por las voces que no habíamos previsto[10].

Quisiera concluir este punto con una observación que toca de cerca mi experiencia como pastor. La conciliación entre el obispo y los movimientos no es un estado que se alcanza de una vez y para siempre; es un proceso dinámico que necesita ser renovado con realismo continuamente, en la misma medida en que la comunión no es un logro definitivo, sino una forma de vida que hay que volver a elegir cada día. La constitución dogmática Lumen Gentium describe la Iglesia como la que “tiende hacia la perfección consumada” y que, mientras tanto, “lleva en sus propios miembros los signos de la fragilidad”: la Iglesia es en el tiempo sancta et semper purificanda[11]. Esta sobriedad realista se erige en la condición de posibilidad de una comunión que no se apoye en la ilusión, sino en la gracia. Cuando el obispo y los responsables de un movimiento se sientan a la misma mesa, conscientes de sus límites y abiertos al don del otro, están practicando, quizás sin saberlo, la más alta forma de teología: aquella que se hace vida por el pensamiento. Y en esa experiencia la Iglesia descubre que es el lugar donde el Espíritu sigue conciliando lo que la fragilidad humana puede separar, es decir, donde la gracia sigue haciendo posible lo que la naturaleza sola no podría construir.

 

Conclusión: El don que se entrega

La Iglesia que peregrina en Sevilla, a la que sirvo, es una Archidiócesis antigua, de tradición profunda, marcada por siglos de historia religiosa y también por la respuesta a los desafíos de una modernidad que ha llegado, como en toda Europa occidental, con una fuerza secularizadora que no podemos ignorar. En nuestra Iglesia particular conviven asociaciones, movimientos y comunidades de orígenes y espiritualidades muy diversos junto con las hermandades y cofradías, las cuales constituyen un tejido de pertenencia religiosa que no puede ser ignorada y que reclama, también ella, un discernimiento pastoral permanente.

Mi tarea como arzobispo es la del pastor que acoge y discierne; que procura reconocer los dones e integrarlos en un proyecto común de evangelización; que no teme la diversidad, porque confía en que el Espíritu que distribuye los carismas es el mismo que construye la unidad. La unidad no es uniformidad; es la comunión de lo diverso en la caridad, una armonía de voces diversas. Y cuando se producen tensiones, recuerdo al joven de diecisiete años que entró en aquel cursillo y salió con un horizonte mucho más amplio. No más seguro de sí mismo, sino más consciente de que pertenecía a algo grande, que lo desbordaba por todos lados. Eso es la Iglesia. Eso es lo que las asociaciones, movimientos y comunidades hacen presente, cuando son fieles a su carisma.

Permítanme terminar con una imagen que resuma lo que he querido decir. La Iglesia no es una realidad que se tiene —como se tiene una propiedad—, sino una realidad que se recibe y que, al recibirla, se vive, se dona, se entrega. La Iglesia es un don que se da. Las asociaciones, movimientos y comunidades son la memoria viva de que la Iglesia es un don. Cada vez que introducen a alguien en la fe, no están «ofreciéndole un servicio» ni «vendiéndole un producto espiritual». Están entregando un don que recibieron gratuitamente (cf. Mt 10, 8).

El obispo que acoge a las asociaciones, movimientos y comunidades en su Diócesis, no está «gestionando recursos pastorales». Está reconociendo que el don del Espíritu es más grande que cualquier programa diocesano; que la Iglesia que él preside no es suya, sino de Cristo; y que su tarea no es limitar la acción del Espíritu, sino servirle con todo el amor y toda la lucidez de que es capaz. Y es verdad que el obispo no puede hacer que el Espíritu sople donde quiera, pero puede siempre preparar el terreno para que cuando sople, encuentre corazones dispuestos a acogerlo. Esa es nuestra tarea. Que este Encuentro nos ayude a cumplirla con mayor fidelidad, con mayor alegría y con mayor conciencia de que somos, todos —obispos, moderadores, fieles laicos—, servidores de un mismo Señor que viene a nosotros, y que siempre hace nuevas todas las cosas. A nosotros nos corresponde acoger sus dones, servir, acompañar y guiar. Muchas gracias.

[1] TestimonianzeRelazione tra Moderatori e Vescovi. DICASTERIUM PRO LAICIS, FAMILIA ET VITA. Servire, accompagnare, guidare. Fondamento e prassi del governo nelle associazioni. Incontro annuale con i moderatori delle associazioni internazionali di fedeli, dei movimenti ecclesiali e delle nuove comunità, 22 Maggio 2026 – Aula Nuova del Sinodo (Città del Vaticano).

[2] Estatuto del Organismo Mundial del Movimiento de Cursillos de Cristiandad, n 3.

[3] Cf. ROMANO GUARDINI, El sentido de la Iglesia (Edibesa, Salamanca, 2011 [orig. 1922]), 17-42. La célebre formulación «Die Kirche erwacht in den Seelen» aparece en su ensayo de 1922 “Vom Sinn der Kirche”, pronunciado en Rothenfels am Main.

[4] JOSEPH RATZINGER, Los movimientos eclesiales y su lugar teológico, en Communio (Es) 21 (1999), 87-108.

[5] Cf. HANS URS VON BALTHASAR, El complejo antirromanoCómo integrar el papado en la Iglesia universal (BAC, Madrid, 1981 [orig. 1974]); Id., Sponsa Verbi. Ensayos teológicos II (Encuentro, Madrid, 2001 [orig. 1961]). La distinción entre principio petrino y principio mariano ocupa el centro de la reflexión eclesiológica de Balthasar. Véase también su estudio, publicado con Joseph Ratzinger, sobre la figura de María como tipo de la Iglesia en María, Iglesia naciente (Encuentro, Madrid, 2006).

[6] La formulación «Die Kirche erwacht in den Seelen» aparece en su ensayo de 1922 “Vom Sinn der Kirche”.

[7] SAN JUAN PABLO II, Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, n. 43.

[8] Ibidem.

[9] Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitución dogmática Lumen Gentium, nn. 4 y 12. Para una lectura sistemática de la categoría de comunión en Lumen Gentium, cf. la Nota explicativa de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Communionis notio (1992), que ofrece una lectura autorizada del alcance del concepto conciliar: la comunión es a la vez communio sanctorum y communio ecclesiarum, y su realización histórica requiere tanto la unidad de la fe como la diversidad de los carismas.

[10] La expresión “gramática de la escucha” recoge el espíritu de las intervenciones del papa León XIV en los primeros meses de su pontificado, en las que ha retomado y desarrollado el impulso sinodal del papa Francisco orientándolo explícitamente hacia la misión. En su programa León XIV ha insistido en que la sinodalidad no agota su sentido en los procesos de consulta eclesial, sino que tiene su verificación en la capacidad de la Iglesia de salir al encuentro del mundo con el Evangelio, siendo fiel a la tradición recibida. En este marco, la relación entre el obispo y los movimientos se convierte en un laboratorio privilegiado de sinodalidad misionera.

[11] Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitución dogmática Lumen Gentium, n. 8.

 

 

El Obispado y la Ciudad Autónoma impulsan un plan de rehabilitación integral para la Catedral de Ceuta

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La Catedral de Nuestra Señora de la Asunción afrontará en los próximos años un ambicioso proceso de rehabilitación para garantizar la conservación de uno de los edificios históricos y religiosos más representativos de Ceuta.

El proyecto, que se desarrollará a lo largo de aproximadamente dos años y medio, ha sido diseñado tras la finalización de un exhaustivo estudio técnico que ha puesto de manifiesto los importantes problemas de conservación que presenta el templo. La intervención se ejecutará en cinco fases con el objetivo de compatibilizar la complejidad de los trabajos con la disponibilidad presupuestaria necesaria para llevarlos a cabo.

Las conclusiones del informe fueron presentadas la semana pasada durante una reunión mantenida entre el administrador apostólico de la Diócesis de Cádiz y Ceuta, Mons. Ramón Valdivia; el vicario general de Ceuta, Francisco Jesús Fernández Alcedo; y el presidente de la Ciudad Autónoma, Juan Vivas. En el encuentro también participaron representantes del Gobierno local y técnicos responsables del proyecto.

Los especialistas han detectado numerosas patologías derivadas, principalmente, de los problemas de humedad que afectan al edificio desde hace años. Filtraciones procedentes de las cubiertas, condensaciones y fenómenos de capilaridad han provocado un progresivo deterioro tanto en elementos decorativos como en revestimientos, pavimentos y zonas estructurales del inmueble.

Según recoge el diagnóstico técnico, varias áreas del interior presentan daños visibles en molduras, acabados ornamentales y revestimientos, algunos de los cuales han llegado a sufrir desprendimientos. Ante esta situación, los expertos consideran urgente actuar para evitar que el deterioro continúe avanzando y comprometa elementos patrimoniales de especial valor.

La primera fase de las obras se centrará precisamente en las zonas que requieren una intervención más inmediata. Con una inversión estimada de 750.000 euros, los trabajos incluirán la restauración interior del crucero, la retirada de materiales degradados y diversas actuaciones estructurales destinadas a garantizar la seguridad y estabilidad de determinados espacios.

Posteriormente, una segunda etapa abordará la recuperación exterior del edificio. Esta actuación, valorada en más de 650.000 euros, permitirá intervenir sobre cubiertas, fachadas y distintos elementos constructivos afectados por las filtraciones de agua. El informe técnico advierte de la necesidad de renovar tejas, impermeabilizaciones y sistemas de protección que han perdido eficacia con el paso de los años.

Uno de los desafíos más importantes del proyecto llegará durante la tercera fase. Los técnicos proponen levantar parte de la solería actual para actuar directamente sobre los problemas de humedad existentes en el subsuelo. Esta intervención incluirá nuevas capas aislantes e impermeabilizantes, además de sistemas de ventilación y control térmico destinados a mejorar las condiciones ambientales del templo. A ello se sumará la modernización de instalaciones eléctricas, climatización y protección contra incendios. El presupuesto previsto para esta etapa ronda el millón de euros.

Las dos últimas fases estarán orientadas a la recuperación integral de los espacios interiores. Entre las actuaciones previstas figuran la restauración de techos y bóvedas, la sustitución de carpinterías deterioradas, la renovación de la iluminación y la implantación de nuevos sistemas de seguridad, vigilancia y megafonía. Estas intervenciones supondrán una inversión superior a los dos millones de euros.

Además de solucionar los problemas actuales, el proyecto busca dotar a la Catedral de herramientas que permitan controlar de forma permanente factores como la humedad, la ventilación y la temperatura interior, minimizando así el riesgo de futuras patologías.

Tanto la Ciudad Autónoma como el Obispado han subrayado la importancia de mantener una estrecha colaboración durante todo el proceso para garantizar la viabilidad de una actuación considerada imprescindible para preservar el principal templo de Ceuta y asegurar su conservación para las próximas generaciones.

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Día de la Caridad 2026: alzar la mirada para encontrarse con la paz de Cristo

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Los obispos de la Subcomisión Episcopal para la Acción Caritativa y Social publican un nuevo mensaje

La Iglesia celebra el Día de la Caridad 2026 el próximo domingo 7 de junio. Como es costumbre, la celebración coincide con la Solemnidad del Corpus Christi y la Subcomisión Episcopal para la Acción Caritativa y Social ha publicado el mensaje de los obispos miembros de esta Subcomisión, con el título ‘Alzar la mirada para encontrarse con la paz de Cristo’. Como indica, la jornada de este año está marcada por la presencia del Papa León XIV en España con motivo de su visita apostólica.

El Santo Padre ha querido que uno de los actos centrales de su estancia sea la celebración de la Eucaristía y la posterior procesión del Corpus por las calles de Madrid. El Papa nos anima, durante estos días, a alzar la mirada.

“Esta mirada a lo alto solo es posible en Cristo resucitado. Él es quien abre las puertas y ventanas de la casa donde estaban los discípulos encerrados por miedo, para salir al mundo con una mirada renovada. «Paz a vosotros» fueron las primeras palabras del resucitado, al igual que han sido las primeras con las que el papa León saludaba a la humanidad entera en el comienzo de su pontificado”, indican desde la Subcomisión Episcopal para la Acción Caritativa y Social.

Hace más de 20 años, San Juan Pablo II, con la carta apostólica Mane nobiscum Domine presentó al mundo «la Eucaristía como una gran escuela de paz». La celebración del Corpus es una invitación para el mundo entero a profundizar en esta escuela.

Adjuntamos el mensaje completo: MENSAJE-OBISPOS-CORPUS-2026

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Entre libros y memoria: el legado del marqués de Morante en la Biblioteca del Arzobispado de Sevilla

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En la Biblioteca del Arzobispado de Sevilla se conservan aproximadamente 200 libros que pertenecieron a Joaquín Gómez de la Cortina, primer marqués de Morante y uno de los grandes bibliófilos españoles del siglo XIX. Nacido en México en 1808, fue diplomático, erudito y miembro activo de la vida intelectual española. Pero, sobre todo, fue un apasionado coleccionista de libros.

A lo largo de su vida reunió una biblioteca extraordinaria, formada por decenas de miles de volúmenes cuidadosamente seleccionados. Tras su muerte, aquella gran biblioteca privada se dispersó, y hoy sus libros se conservan repartidos entre distintas instituciones y colecciones.

Para Gómez de la Cortina, los libros no eran solo textos que leer: eran también objetos culturales y artísticos. Por eso prestó una atención especial a sus encuadernaciones. Muchas fueron realizadas en prestigiosos talleres europeos, especialmente franceses, y se caracterizan por el uso de piel de gran calidad, a veces teñida en tonos sobrios, elaborados dorados y una decoración muy cuidada. En el siglo XIX, este tipo de encuadernaciones reflejaban el gusto refinado del coleccionista y su voluntad de crear una biblioteca distinguida.

Uno de los rasgos más reconocibles de estos ejemplares es el superlibris, o supralibros, es decir, la marca de propiedad estampada en la cubierta del libro, normalmente en oro. En los libros del marqués de Morante aparece con frecuencia su escudo heráldico. No era solo un elemento decorativo, sino que funcionaba como una auténtica firma visual que identificaba el libro como parte de su biblioteca.

Al abrir el volumen encontramos otro elemento característico, el exlibris, que se coloca normalmente en el interior del libro, en forma de estampa o etiqueta. El nombre del propietario aparece acompañado de símbolos o lemas que reflejan su identidad intelectual.

En muchos de los libros de Gómez de la Cortina aparece la fórmula latina “J. Gómez de la Cortina et amicorum”, es decir, “de Joaquín Gómez de la Cortina y de sus amigos”. Con esta expresión seguía una tradición humanista que concebía la biblioteca como un espacio de lectura y estudio compartido.

Junto a ella encontramos también su divisa personal: “Fallitur hora legendo”, que podría traducirse como “la hora pasa sin sentir mientras leemos”, una frase que resumen bien el espíritu de un gran bibliófilo.

Cada uno de estos libros es mucho más que un texto antiguo, es también la huella de un lector, de un coleccionista y de una historia que continúa hoy en la Biblioteca del Arzobispado de Sevilla.

Virtudes de la Riva Pérez

Técnico Superior de Bibliotecas Capitular Colombina y Arzobispal de Sevilla

 

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Sevilla celebra la solemnidad del Corpus Christi el jueves 4 de junio

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Sevilla celebra la solemnidad del Corpus Christi el jueves 4 de junio

El próximo jueves, 4 de junio, la Archidiócesis de Sevilla vivirá una de las citas más importantes de nuestra Iglesia local: la solemnidad del Corpus Christi.

Como es habitual, la jornada comenzará a las ocho de la mañana con el rezo de Laudes en la Capilla Real. Poco después, se iniciará la procesión del Corpus desde la Puerta de San Miguel, con la participación de una amplia representación de las hermandades de la ciudad. A las ocho y media está prevista la Eucaristía presidida por el arzobispo de Sevilla, monseñor José Ángel Saiz Meneses, y tras la comunión se expondrá el Santísimo Sacramento ante el que -como es tradición- bailarán los niños seises. Posteriormente, el Señor Sacramentado será trasladado a la Custodia de Arfe, que se unirá al cortejo procesional por las calles aledañas a la Catedral hispalense.

La celebración concluirá con el regreso de la custodia a la Catedral, en torno a las doce y media de la tarde, y la conclusión del rito eucarístico.

 

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Concierto de Corpus Christi, este jueves en la Catedral

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A las 19:30 horas.

Dentro del Ciclo Música y Tiempo Litúrgico, la Catedral acoge un nuevo concierto con motivo del Corpus Christi, que en Granada celebramos el jueves día 4 y con la Iglesia Universal en su Solemnidad el domingo día 7. Un concierto con el que se clausura dicho Ciclo musical.

El concierto de Corpus Christi en la Catedral será el jueves día 4, a las 19:30 horas, a cargo del Coro Tomás Luis de Victoria, de la soprano Gohar Vahanyan, al violín Juan Salvador Raya, en la percusión Pedro Berbel y Víctor López, y al órgano Concepción Fernández Vivas.

El concierto, organizado por la Catedral, que cumple su V centenario de construcción, y el Centro Cultural del Arzobispado, cuenta con el patrocinio de la Fundación Caja Rural de Granada.  

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Más de 200 representantes de las parroquias de Huelva se reúnen para fortalecer la misión de los Consejos Pastorales y de Asuntos Económicos

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Más de 200 representantes de las parroquias de Huelva se reúnen para fortalecer la misión de los Consejos Pastorales y de Asuntos Económicos

El pasado sábado, 30 de mayo, tuvo lugar, de manera simultánea en las cuatro Vicarías territoriales de la Diócesis de Huelva (Huelva-Ciudad, Costa-Andévalo, Sierra-Minas y Condado), el encuentro de Consejos Pastorales y de Asuntos Económicos Parroquiales, una convocatoria diocesana orientada a fortalecer los órganos de participación, corresponsabilidad y comunión en la vida de las parroquias.

La jornada reunió a más de 200 personas, representantes de consejos parroquiales y de asuntos económicos, así como a fieles que colaboran estrechamente en la vida pastoral y económica de sus comunidades. El encuentro fue impulsado por los vicarios territoriales, con la colaboración de la Delegación Diocesana para el Apostolado del Laicado, que contó con el servicio de más de 20 personas en la facilitación de los grupos de trabajo.

Bajo el título “Consejos Pastorales: tejiendo comunión en nuestras parroquias”, los participantes profundizaron en algunos aspectos esenciales del Documento Final del Sínodo sobre la Sinodalidad, especialmente en la llamada a vivir una Iglesia de comunión, participación y misión. La propuesta formativa quiso ayudar a redescubrir los Consejos Pastorales no como meras estructuras organizativas, sino como verdaderos espacios de escucha del Espíritu, discernimiento comunitario y corresponsabilidad evangelizadora.

Tras la oración inicial y la presentación del tema, los participantes se distribuyeron en 18 grupos de Conversación en el Espíritu. Esta metodología, propia del camino sinodal, favoreció un clima de escucha, silencio, resonancia interior y diálogo compartido, permitiendo que las distintas realidades parroquiales pudieran expresar sus luces, dificultades y propuestas de futuro.

Las aportaciones recogidas en los grupos pusieron de manifiesto una convicción compartida: los Consejos Pastorales Parroquiales necesitan ser revitalizados para convertirse en espacios vivos de comunión, escucha y misión. Entre las principales conclusiones se subrayó la necesidad de una conversión permanente de laicos y pastores, una formación continua sobre sinodalidad y Consejos Pastorales, una mayor participación de todos los grupos parroquiales, la incorporación de jóvenes y nuevas personas, así como una orientación más claramente evangelizadora y misionera de la vida parroquial.

Asimismo, se destacó la importancia de que los Consejos Pastorales sean más visibles en la comunidad, que se conozca mejor quiénes los integran, qué trabajo realizan y qué propuestas impulsan. También se insistió en la conveniencia de constituirlos allí donde aún no existan y de revisar su funcionamiento en aquellas parroquias donde ya están presentes, para que no queden reducidos a órganos formales o meramente consultivos.

De manera especial, las conclusiones apuntan a la necesidad de pasar de una pastoral de mantenimiento a una pastoral misionera, capaz de escuchar la realidad, integrar los distintos carismas y abrir cauces para que el anuncio del Evangelio llegue a todas las personas. En este sentido, la vida espiritual, la oración compartida, la comunión fraterna y el discernimiento comunitario aparecen como elementos imprescindibles para renovar la vida de las comunidades.

Por su parte, los Consejos de Asuntos Económicos reflexionaron sobre el sostenimiento de la Iglesia diocesana, acompañados por representantes de la Administración Diocesana. En este ámbito se subrayó que la corresponsabilidad económica no puede entenderse únicamente como una cuestión técnica o administrativa, sino como una expresión concreta del compromiso eclesial de todo el Pueblo de Dios. La aportación del laicado, su implicación responsable y su colaboración en el sostenimiento de la Iglesia son también una forma de participación en la misión evangelizadora y en el cuidado de la vida ordinaria de las comunidades.

Este encuentro se sitúa en un momento especialmente significativo para la Iglesia universal, inmersa en la fase de implementación del Sínodo de la Sinodalidad. La Diócesis de Huelva quiere asumir este tiempo como una oportunidad para traducir el discernimiento sinodal en procesos concretos, fortaleciendo los órganos de participación y promoviendo una cultura pastoral marcada por la escucha, la transparencia, la corresponsabilidad y la misión compartida.

Las Orientaciones Pastorales Diocesanas, “Él va por delante de vosotros” (Mc 16,7), contemplan precisamente la puesta en funcionamiento y revitalización de estos Consejos como cauces necesarios para impulsar comunidades más participativas, evangelizadoras y corresponsables. En continuidad con este horizonte, la jornada celebrada en las cuatro vicarías constituye un paso significativo para seguir renovando la vida parroquial y avanzar juntos como Iglesia diocesana.

Como fruto de los encuentros, se propuso impulsar en los próximos meses procesos de formación sobre el Documento Final del Sínodo, promover nuevas Conversaciones en el Espíritu en los propios Consejos Parroquiales, clarificar sus funciones y objetivos, establecer reuniones periódicas con seguimiento de acuerdos y favorecer dinámicas de colaboración entre parroquias, grupos y movimientos.

La jornada concluyó con un sentimiento común de gratitud y esperanza, conscientes de que la renovación de los Consejos Pastorales y de Asuntos Económicos no es solo una tarea organizativa, sino un verdadero proceso espiritual de conversión pastoral. En palabras que resumen el espíritu de lo vivido, se trata de seguir tejiendo comunión en nuestras parroquias para que la Iglesia en Huelva sea cada vez más sinodal, corresponsable y misionera.

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7 JUNIO: La Eucaristía sale a las calles de Almería en la solemnidad del Corpus Christi

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La Iglesia de Almería celebrará el próximo domingo 7 de junio la solemnidad del Corpus Christi, una de las fiestas más significativas del calendario litúrgico, que pone en el centro el misterio de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía.

La jornada comenzará a las 11:00 horas en la S.A.I. Catedral de la Encarnación con la celebración de la Santa Misa y una procesión claustral. Al término de la celebración, el Santísimo Sacramento permanecerá expuesto para la adoración de los fieles durante toda la tarde.

Ya por la tarde, a las 18:00 horas, tendrá lugar la misa estacional, tras la cual dará comienzo la tradicional procesión eucarística por las calles del centro de la capital. El recorrido partirá desde la Plaza de la Catedral y continuará por las calles Eduardo Pérez, Trajano, San Pedro, Padre Luque, Gómez Ulla, Ricardos, Paseo de Almería, Plaza Manuel Pérez García, Tiendas, Mariana y Cervantes, para regresar finalmente al templo catedralicio.

Con motivo de esta celebración, y siguiendo la indicación de la diócesis, se suspenderán las eucaristías vespertinas en la ciudad a partir de las 17:00 horas para facilitar la participación de fieles, sacerdotes, hermandades, cofradías, movimientos y asociaciones eucarísticas en esta manifestación pública de fe. La celebración de la tarde estará presidida por el Sr. Deán de la Catedral, al encontrarse nuestro obispo D. Antonio Gómez Cantero acompañando al Santo Padre en Madrid.

Además, la Catedral celebrará la tradicional Octava del Corpus el viernes 13 de junio a las 19:30 horas, con una nueva eucaristía y procesión por las calles del casco histórico.

La solemnidad del Corpus Christi recuerda que la Iglesia nace y se alimenta de la Eucaristía. Por ello, esta celebración constituye una invitación a renovar la fe en la presencia del Señor y a expresar públicamente la comunión de todo el Pueblo de Dios en torno al Sacramento del Altar.

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La Diócesis celebrará el próximo 3 de junio a su patrón, San Juan Grande

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La Diócesis celebrará el próximo 3 de junio a su patrón, San Juan Grande

La Diócesis de Asidonia-Jerez conmemorará el próximo martes 3 de junio la festividad de su patrón, San Juan Grande, con una Eucaristía presidida por Monseñor José Rico Pavés, Obispo de Asidonia-Jerez.

La celebración tendrá lugar a las 12hrs en el Santuario de San Juan Grande, situado en Jerez de la Frontera, junto al Hospital de la Orden de San Juan de Dios y lugar donde reposan las reliquias del santo patrono de nuestra Iglesia local.

San Juan Grande Román nació el 6 de marzo de 1546 en Carmona, Sevilla. Tras una juventud dedicada al comercio, vivió una profunda conversión espiritual que transformó completamente su vida y lo llevó a entregarse al servicio de los más necesitados. En Jerez de la Frontera fundó el Hospital de Nuestra Señora de la Candelaria y se incorporó a la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, dedicándose al cuidado de enfermos y marginados.

Su entrega alcanzó su expresión más heroica durante una epidemia de peste, al contraer la enfermedad mientras asistía a los afectados, falleciendo el 3 de junio de 1600.

La Iglesia reconoció pronto la santidad de su vida. Fue beatificado en 1853 por el Papa Pío IX y canonizado por San Juan Pablo II el 2 de junio de 1996. Años antes, concretamente el 10 de diciembre de 1986, había sido proclamado patrón de la Diócesis de Asidonia-Jerez.

La festividad de San Juan Grande constituye cada año una ocasión especial para que los fieles contemplen su ejemplo de caridad, servicio y entrega generosa, renovando el compromiso cristiano con quienes más sufren.

La Eucaristía del próximo 3 de junio será así un momento de especial recogimiento y oración, en el que la comunidad diocesana se reunirá para honrar a su patrón y pedir su intercesión.

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