Ponencia ‘Relación entre moderadores y obispos’ (Vaticano, 22-05-2026)
RELACIÓN ENTRE MODERADORES Y OBISPOS[1]
Mons. José Ángel Saiz Meneses
Arzobispo de Sevilla (España)
Saludos
Introducción
Permítanme comenzar mis palabras con una experiencia personal. En diciembre de 1973, a los diecisiete años, participé en un Cursillo de Cristiandad, en Barcelona, y me incorporé al Movimiento Cursillos de Cristiandad. Fue para mí una experiencia de triple encuentro: con Cristo, con la Iglesia y conmigo mismo. Desde entonces siempre he estado vinculado a este Nuevo Movimiento de Iglesia, primero como miembro y dirigente laico; después, como asistente espiritual de diferentes comunidades, de la diócesis de Barcelona, y, posteriormente de España, del Grupo Europeo, y actualmente, del Organismo Mundial.
Aquella experiencia ha acompañado toda mi vida laical, sacerdotal y episcopal como un verdadero criterio hermenéutico. Cuando hoy, como arzobispo de Sevilla, recibo a los moderadores de asociaciones internacionales de fieles, movimientos eclesiales y nuevas comunidades, y tengo ocasión de contemplar la riqueza y variedad de sus carismas, se actualiza y se refuerza en mí el convencimiento de que dichos movimientos, asociaciones y comunidades son, para la Iglesia diocesana, una forma privilegiada mediante la cual el Espíritu Santo renueva, una y otra vez, la vida de la Iglesia. Nacen en la entraña de una Iglesia particular concreta, en el corazón de hombres y mujeres que están a la escucha, con disponibilidad, en la presencia del Señor.
El Movimiento Cursillos de Cristiandad se fue gestando entre un grupo de sacerdotes y de jóvenes de Acción Católica de la diócesis de Mallorca (España), en la década de los años 40 del pasado siglo. La forma en la que este grupo preparó la célebre peregrinación a Santiago de Compostela que tendría lugar en agosto de 1948, fue perfilando un ideal y un estilo evangelizador, y sembró en el corazón de aquellos jóvenes una profunda inquietud apostólica.
El estatuto del Organismo Mundial del Movimiento de Cursillos de Cristiandad recoge que «de este grupo de iniciadores tuvieron parte muy importante sobre todo laicos guiados por Eduardo Bonnín Aguiló, además de varios pastores, entre los que se encontraban el entonces obispo de Mallorca, monseñor Juan Hervás Benet, y el sacerdote Sebastián Gayá Riera»[2]. Lo significativo para nuestra reflexión es subrayar que nació en el seno de la vida diocesana, en relación orgánica con el obispo, en respuesta a una necesidad pastoral concreta. Romano Guardini, en su célebre ensayo El sentido de la Iglesia, escribía que la Iglesia no es una institución que se añade al Evangelio desde fuera, sino el espacio vivo en el que el Evangelio toma cuerpo histórico[3].
Las asociaciones de fieles, movimientos eclesiales y nuevas comunidades son una de las formas concretas en que ese cuerpo respira y se renueva. Son la Iglesia particular que se hace, por su medio, más ella misma. Más adelante, los Cursillos fueron acogidos en otras diócesis porque los obispos reconocieron en ellos un don del Espíritu Santo. Esa doble dinámica –el brote carismático en la Iglesia particular y el reconocimiento episcopal que lo propaga– es el modelo que hemos de contemplar con atención.
- Fundamentos eclesiológicos
El 30 de mayo de 1998, en la Vigilia de Pentecostés, el entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Joseph Ratzinger, dirigió a los miembros de las asociaciones de fieles, movimientos eclesiales y nuevas comunidades un discurso que debe considerarse un texto fundamental del magisterio teológico contemporáneo sobre este tema[4]. En él, comenzó recordando que la Iglesia nació precisamente en Pentecostés, en la efusión del Espíritu, y que ese primer Pentecostés fue, en un sentido muy preciso, un evento carismático: el Espíritu distribuyó sus dones «a cada uno como quería» (1Co 12, 11). Desde el principio, la Iglesia es carismática en su estructura más profunda, no sólo en sus manifestaciones extraordinarias. Pero Ratzinger dio un paso decisivo al articular la relación entre la dimensión institucional y la dimensión carismática de la Iglesia. No las presentó como polos en tensión, sino como dos dimensiones co-esenciales de un único misterio.
Unas décadas antes, en sus obras El complejo antirromano y en Sponsa Verbi, el teólogo Hans Urs von Balthasar había propuesto que en la Iglesia existen dos principios constitutivos que él denominó «el principio petrino» y «el principio mariano». El primero representa la estructura ministerial, la sucesión apostólica, la garantía institucional de la continuidad del depósito de la fe. El segundo representa la dimensión contemplativa y nupcial, la Iglesia como esposa, como respuesta de amor que desborda toda estructura pero que la habita desde dentro[5]. Para Balthasar, el principio mariano –y, añadiríamos nosotros, sus expresiones históricas en los movimientos, asociaciones y nuevas comunidades– no es un fenómeno marginal ni anómalo en la vida de Iglesia. Es el corazón vivo que impide que la estructura se anquilose. Sin Pedro, la Iglesia carece de memoria objetiva y de unidad visible. Sin la Virgen María, la Iglesia carece de la interioridad nupcial que le otorga su verdadera identidad.
Ratzinger asumió esta visión y la llevó al plano pastoral. Sus palabras en 1998 merecen ser recibidas en todo su alcance: los movimientos son «una respuesta suscitada por el Espíritu Santo a los desafíos del presente»; su aparición en la historia de la Iglesia no es fruto de planificaciones humanas, sino el signo de que el Espíritu sigue siendo el protagonista de la misión. Y a la vez señaló que todo carisma auténtico necesita purificarse, necesita la mediación del discernimiento eclesial, necesita dejarse integrar en la comunión más amplia de la Iglesia universal y de la Iglesia particular. Esta doble afirmación: la gratuidad del don y la necesidad de su integración eclesial, es la clave que debemos profundizar juntos, obispos y moderadores, en este Encuentro.
Mi experiencia como pastor me va enseñando que esta integración no siempre resulta fácil. La diversidad de espiritualidades, de pedagogías, de métodos, de culturas internas, de lenguajes simbólicos, etc., puede crear problemas y malentendidos. A veces, el movimiento puede caer en la tentación de cerrarse sobre sí mismo. A veces, la estructura diocesana no sabe cómo acoger una realidad nueva que le desborda. Pero precisamente en la superación de esas dificultades se comprueba la madurez eclesial: tanto de los moderadores —en su disposición a integrarse en la misión diocesana—, como de los obispos —en su disponibilidad a reconocer el don que viene a renovar y dinamizar lo que de otra manera podría volverse rutinario.
- El obispo diocesano y los movimientos eclesiales
Romano Guardini, en la célebre conferencia que dictó en el castillo de Rothenfels en 1922, pronunció una frase que ha recorrido el pensamiento teológico posterior como una consigna y como una promesa: «la Iglesia despierta en las almas»[6]. Lo que Guardini veía nacer en torno suyo era el signo de que el Espíritu estaba haciendo surgir en la Iglesia una nueva conciencia de sí misma: la Iglesia como comunidad viva que el creyente descubre como propia, como su comunidad. Esta intuición de Guardini tiene una vigencia extraordinaria para entender los movimientos, asociaciones y comunidades de hoy.
Un joven que ingresa en un movimiento eclesial no está «inscribiéndose en una organización». Está descubriendo que la Iglesia es el lugar en el que la vida de fe alcanza su verdadera consistencia y madurez. La Iglesia despierta en él. Y cuando la Iglesia despierta en las almas, despierta también, a través de ellas, en la comunidad diocesana entera. Esta es la razón profunda por la que el obispo debe contemplar a los movimientos no con la sospecha del administrador ante algo que no controla, sino con la admiración y gratitud del pastor ante lo que el Espíritu suscita. El obispo no es el propietario del Espíritu en su diócesis; al contrario, es su primer servidor y primer garante de discernimiento.
Quisiera destacar lo que a mi entender son tres tareas fundamentales del obispo en su relación con las asociaciones, movimientos y comunidades. No como programa abstracto, sino como descripción de lo que he podido aprender en el servicio de la Diócesis de Tarrasa y, actualmente, en la Archidiócesis de Sevilla.
La primera es el discernimiento. No todo lo que se presenta como movimiento eclesial lo es en sentido teológico pleno. El discernimiento episcopal no significa censura ni desconfianza sistemática; es, más bien, el ejercicio de la responsabilidad apostólica que compete al sucesor de los Apóstoles. El discernimiento requiere tiempo, humildad y también coraje. A veces hay que decir que algo no es lo que parece. Pero con mucha más frecuencia, el discernimiento concluye en el reconocimiento agradecido de un don que el Espíritu ha puesto en el corazón de personas concretas para bien de toda la Iglesia.
La integración es la segunda tarea. Un movimiento que se convierte en gueto espiritual, no está cumpliendo su vocación eclesial. El carisma fundacional no es un fin en sí mismo, es una gracia para la misión de la Iglesia entera. El obispo debe promover, con paciencia y también con autoridad, que los movimientos se sientan responsables de la vida diocesana en su conjunto: del primer anuncio, la catequesis, la liturgia, la caridad, del diálogo ecuménico e interreligioso. Esto exige también que la estructura diocesana aprenda a dar espacio a los movimientos, a escucharlos, a integrar sus carismas en la planificación pastoral. No es un proceso sencillo. Pero es el signo de que la Iglesia local va madurando hacia la catolicidad que le es propia.
La misión es la tercera y más exigente tarea. Los movimientos nacen, en última instancia, para la misión. Cada época histórica presenta nuevos desafíos a la evangelización, y el Espíritu suscita carismas que responden, desde su originalidad, a esos desafíos. En la Europa secularizada de hoy, en el mundo digital que recompone las identidades y las pertenencias, en la cultura del individualismo que hace cada vez más difícil la experiencia de la comunidad, los movimientos son una forma eficaz para presentar la fe como encuentro, como belleza, como comunidad de vida. No sustituyendo a la estructura territorial de la Iglesia, sino revitalizándola desde dentro y creando nuevos espacios de encuentro con Dios.
- Conciliación, comunión y sinodalidad
Hay una palabra que en la lengua italiana posee una densidad semántica y una resonancia histórica profundas: conciliazione. En el horizonte cultural que forjó el pensamiento romano y cristiano, no designa simplemente un acuerdo alcanzado tras una negociación, ni tampoco la mera disolución de una tensión preexistente. Evoca algo cualitativamente distinto: el acto por el que dos realidades, sin perder su propia identidad, son llevadas a una unidad superior que las asume, las purifica y, en una forma de abrazo, las hace fructíferas la una para la otra. En su raíz etimológica late el concilium, esto es, la asamblea convocada, el lugar de la escucha común, y, más allá todavía, la forma verbal conciliare, que en Cicerón y en la tradición posterior significa “ganar para sí”, “atraer hacia una misma causa”. Hay en ello una dinámica de conversión, es decir, la transformación interior de dos voluntades diversas en virtud de un bien que las trasciende.
Esta riqueza semántica puede iluminar la naturaleza de la relación que el obispo está llamado a mantener con los responsables de las asociaciones, movimientos y comunidades. Esa relación tiene un nombre teológico preciso: comunión. San Juan Pablo II, en el número cuarenta y tres de su carta apostólica Novo Millennio Ineunte (2001), después de invocar la comunión como el gran programa que la Iglesia tiene ante sí en el tercer milenio, añadió una precisión fundamental: “Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades”[7].
San Juan Pablo II no estaba hablando de una estructura organizativa, sino más bien de la forma de la mirada: “La espiritualidad de la comunión implica ante todo la mirada del corazón hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz hay que saber descubrir también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado”[8]. La comunión no es, por tanto, el resultado de un proceso de negociación entre instancias diversas; es, en su raíz, un modo de percibir la realidad: ver en el otro –en el moderador del movimiento, en el obispo– el rostro en el que resplandece el mismo misterio trinitario que me constituye a mí. Lo que san Juan Pablo II propone es, en última instancia, una ontología de la relacionalidad: el ser humano no existe primero como individuo y luego entra en relación; existe en relación, a imagen del Dios que es en sí mismo comunión de personas.
Esta visión de la comunión se inspira en la constitución dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II. El Concilio subrayó que la Iglesia es, en su raíz, communio; de manera que el ministerio episcopal existe dentro de la comunión y está al servicio de ella. El Espíritu Santo habita en la Iglesia y en los corazones de los fieles “como en un templo”, “los conduce hacia toda verdad” y “los unifica en comunión y ministerio”. El Espíritu es, pues, el sujeto activo de la comunión; la jerarquía es su servidora; y los carismas son sus expresiones históricas. De aquí se sigue una consecuencia decisiva para nuestra reflexión: la conciliación entre el obispo y los moderadores de movimientos no consiste en un ejercicio de habilidad diplomática ni un equilibrio de fuerzas en tensión; es el reconocimiento mutuo, anclado en la fe, de que ambos son servidores de un mismo Espíritu que los precede a ambos y que actúa de un modo incesante[9].
Pero la comunión, en su forma histórica, tiene hoy un nombre: sinodalidad. El papa Francisco, en su discurso con ocasión del quincuagésimo aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos (2015), afirmó que la sinodalidad es “la dimensión constitutiva de la Iglesia”. El mismo encuentro del obispo con los moderadores de movimientos es un acto sinodal: ambos escuchan juntos al Espíritu; ambos ofrecen y reciben; ambos son interpelados y enriquecidos. El obispo es el garante de que la escucha sea verdadera, de que ningún carisma se cierre sobre sí mismo y de que todos los dones confluyan hacia la única misión.
El pontificado del papa León XIV ha enriquecido esta reflexión con una perspectiva que merece especial atención. Desde su elección, el Papa ha insistido en que la sinodalidad es una categoría espiritual y misionera: la Iglesia que camina unida no lo hace en primer lugar para encontrarse a sí misma, sino para salir con el Evangelio al encuentro del mundo. En este marco, la relación entre el obispo y los movimientos adquiere una dimensión nueva: no basta con que coexistan en paz, ni siquiera con que colaboren en proyectos comunes. Es preciso que sean capaces de engendrarse mutuamente en la fe, de corregirse con caridad, de interpelarse con la verdad. La conciliación auténtica no ignora las tensiones, sino que las asume y las transfigura en energía para la misión de la Iglesia. En esa línea, León XIV ha recordado que la sinodalidad requiere lo que él ha llamado “la gramática de la escucha”: la disposición a ser sorprendido, a descubrir que el Espíritu habla también —quizás especialmente— por las voces que no habíamos previsto[10].
Quisiera concluir este punto con una observación que toca de cerca mi experiencia como pastor. La conciliación entre el obispo y los movimientos no es un estado que se alcanza de una vez y para siempre; es un proceso dinámico que necesita ser renovado con realismo continuamente, en la misma medida en que la comunión no es un logro definitivo, sino una forma de vida que hay que volver a elegir cada día. La constitución dogmática Lumen Gentium describe la Iglesia como la que “tiende hacia la perfección consumada” y que, mientras tanto, “lleva en sus propios miembros los signos de la fragilidad”: la Iglesia es en el tiempo sancta et semper purificanda[11]. Esta sobriedad realista se erige en la condición de posibilidad de una comunión que no se apoye en la ilusión, sino en la gracia. Cuando el obispo y los responsables de un movimiento se sientan a la misma mesa, conscientes de sus límites y abiertos al don del otro, están practicando, quizás sin saberlo, la más alta forma de teología: aquella que se hace vida por el pensamiento. Y en esa experiencia la Iglesia descubre que es el lugar donde el Espíritu sigue conciliando lo que la fragilidad humana puede separar, es decir, donde la gracia sigue haciendo posible lo que la naturaleza sola no podría construir.
Conclusión: El don que se entrega
La Iglesia que peregrina en Sevilla, a la que sirvo, es una Archidiócesis antigua, de tradición profunda, marcada por siglos de historia religiosa y también por la respuesta a los desafíos de una modernidad que ha llegado, como en toda Europa occidental, con una fuerza secularizadora que no podemos ignorar. En nuestra Iglesia particular conviven asociaciones, movimientos y comunidades de orígenes y espiritualidades muy diversos junto con las hermandades y cofradías, las cuales constituyen un tejido de pertenencia religiosa que no puede ser ignorada y que reclama, también ella, un discernimiento pastoral permanente.
Mi tarea como arzobispo es la del pastor que acoge y discierne; que procura reconocer los dones e integrarlos en un proyecto común de evangelización; que no teme la diversidad, porque confía en que el Espíritu que distribuye los carismas es el mismo que construye la unidad. La unidad no es uniformidad; es la comunión de lo diverso en la caridad, una armonía de voces diversas. Y cuando se producen tensiones, recuerdo al joven de diecisiete años que entró en aquel cursillo y salió con un horizonte mucho más amplio. No más seguro de sí mismo, sino más consciente de que pertenecía a algo grande, que lo desbordaba por todos lados. Eso es la Iglesia. Eso es lo que las asociaciones, movimientos y comunidades hacen presente, cuando son fieles a su carisma.
Permítanme terminar con una imagen que resuma lo que he querido decir. La Iglesia no es una realidad que se tiene —como se tiene una propiedad—, sino una realidad que se recibe y que, al recibirla, se vive, se dona, se entrega. La Iglesia es un don que se da. Las asociaciones, movimientos y comunidades son la memoria viva de que la Iglesia es un don. Cada vez que introducen a alguien en la fe, no están «ofreciéndole un servicio» ni «vendiéndole un producto espiritual». Están entregando un don que recibieron gratuitamente (cf. Mt 10, 8).
El obispo que acoge a las asociaciones, movimientos y comunidades en su Diócesis, no está «gestionando recursos pastorales». Está reconociendo que el don del Espíritu es más grande que cualquier programa diocesano; que la Iglesia que él preside no es suya, sino de Cristo; y que su tarea no es limitar la acción del Espíritu, sino servirle con todo el amor y toda la lucidez de que es capaz. Y es verdad que el obispo no puede hacer que el Espíritu sople donde quiera, pero puede siempre preparar el terreno para que cuando sople, encuentre corazones dispuestos a acogerlo. Esa es nuestra tarea. Que este Encuentro nos ayude a cumplirla con mayor fidelidad, con mayor alegría y con mayor conciencia de que somos, todos —obispos, moderadores, fieles laicos—, servidores de un mismo Señor que viene a nosotros, y que siempre hace nuevas todas las cosas. A nosotros nos corresponde acoger sus dones, servir, acompañar y guiar. Muchas gracias.
[1] Testimonianze. Relazione tra Moderatori e Vescovi. DICASTERIUM PRO LAICIS, FAMILIA ET VITA. Servire, accompagnare, guidare. Fondamento e prassi del governo nelle associazioni. Incontro annuale con i moderatori delle associazioni internazionali di fedeli, dei movimenti ecclesiali e delle nuove comunità, 22 Maggio 2026 – Aula Nuova del Sinodo (Città del Vaticano).
[2] Estatuto del Organismo Mundial del Movimiento de Cursillos de Cristiandad, n 3.
[3] Cf. ROMANO GUARDINI, El sentido de la Iglesia (Edibesa, Salamanca, 2011 [orig. 1922]), 17-42. La célebre formulación «Die Kirche erwacht in den Seelen» aparece en su ensayo de 1922 “Vom Sinn der Kirche”, pronunciado en Rothenfels am Main.
[4] JOSEPH RATZINGER, Los movimientos eclesiales y su lugar teológico, en Communio (Es) 21 (1999), 87-108.
[5] Cf. HANS URS VON BALTHASAR, El complejo antirromano. Cómo integrar el papado en la Iglesia universal (BAC, Madrid, 1981 [orig. 1974]); Id., Sponsa Verbi. Ensayos teológicos II (Encuentro, Madrid, 2001 [orig. 1961]). La distinción entre principio petrino y principio mariano ocupa el centro de la reflexión eclesiológica de Balthasar. Véase también su estudio, publicado con Joseph Ratzinger, sobre la figura de María como tipo de la Iglesia en María, Iglesia naciente (Encuentro, Madrid, 2006).
[6] La formulación «Die Kirche erwacht in den Seelen» aparece en su ensayo de 1922 “Vom Sinn der Kirche”.
[7] SAN JUAN PABLO II, Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, n. 43.
[8] Ibidem.
[9] Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitución dogmática Lumen Gentium, nn. 4 y 12. Para una lectura sistemática de la categoría de comunión en Lumen Gentium, cf. la Nota explicativa de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Communionis notio (1992), que ofrece una lectura autorizada del alcance del concepto conciliar: la comunión es a la vez communio sanctorum y communio ecclesiarum, y su realización histórica requiere tanto la unidad de la fe como la diversidad de los carismas.
[10] La expresión “gramática de la escucha” recoge el espíritu de las intervenciones del papa León XIV en los primeros meses de su pontificado, en las que ha retomado y desarrollado el impulso sinodal del papa Francisco orientándolo explícitamente hacia la misión. En su programa León XIV ha insistido en que la sinodalidad no agota su sentido en los procesos de consulta eclesial, sino que tiene su verificación en la capacidad de la Iglesia de salir al encuentro del mundo con el Evangelio, siendo fiel a la tradición recibida. En este marco, la relación entre el obispo y los movimientos se convierte en un laboratorio privilegiado de sinodalidad misionera.
[11] Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitución dogmática Lumen Gentium, n. 8.

