El 15 de junio, a las 18.00 horas, el Salón de Actos de Unicaja de Plaza de la Marina será escenario de la charla-coloquio que el P. Patricio Larrosa, recién nombrado obispo en Honduras por el papa León XIV, ofrece sobre la labor que realiza en este país desde hace décadas.
Patricio Larrosa es natural de Huéneja (Guadix) y sacerdote diocesano de Guadix, aunque desde 1992 lleva la fe y la esperanza cristiana al pueblo hondureño, como fundador de ACOES (Asociación Colaboración y Esfuerzo), que sostiene la educaciuón de más de diez mil estudiantes y moviliza a cientos de voluntarios y socios dentro y fuera del país., En 2020, fue reconocido con el Premio de Derechos Humanos Rey de España.
El 25 de julio, a las 10 de la mañana, en la Universidad Católica de la ciudad de Danlí será ordenado obispo de esta ciudad de El Paraíso, en Honduras. ¿Cómo ha recibido el nombramiento?
Fue para mí una sorpresa, porque todo el tiempo que llevo en Honduras me he dedicado a servir a la Iglesia, pero no en sus necesidades de gobierno, sino más bien las necesidades de muchas personas, sobre todo niños y jóvenes estudiantes, a quienes he intentado, con ayuda de muchas personas, favorecer en su formación y ayudarles a conseguir sus metas de futuro.
Por eso, este nombramiento me sorprende y creo que voy a tardar un poquito de tiempo en darme cuenta de lo que significa, las responsabilidades y la tarea que se me encomienda. Pero encuentro a muchas buenas personas en Honduras, muy buenos sacerdotes, y creo que, con la ayuda de Dios, podremos hacer un buen equipo para ayudar a la Iglesia y seguir el camino del Evangelio.
En 1992, llegó a Honduras con la intención de quedarse solo unos años. ¿Qué encontró para entregar toda su vida a esta tierra?
Lo que más me llamó la atención fue que encontré muchas personas que querían ayudar a los demás y que, desde su necesidad, también querían aportar su vida y su tiempo para remediar las necesidades de otros. Empecé viendo cómo un grupo de niños de 10 o 12 años estaban dispuestos a trabajar para ayudar a los demás. Y también encontré a otras personas de Honduras, ya adultos, y de otros países, que querían unir esfuerzos para remediar los dolores, los sufrimientos y las dificultades de otras personas. Y poco a poco, en estos 34 años, hemos ido sumando esfuerzos de un sitio y de otro, de una manera y de otra, de muchas personas. Y se ha logrado que muchos jóvenes y niños logren sus metas, cambien su vida, mejoren sus historias y puedan hacer un mundo mejor. Los niños que conocí al llegar hoy tienen ya cuarenta y tantos años y todos han dejado de vivir en la pobreza, todos al estudiar y prepararse, viven con dignidad, colaboran en la sociedad, tienen buenos trabajos y hacen que el mundo sea mejor. Y esto da mucha alegría y mucha satisfacción.
Lo que hicieron, de algún modo, nuestros padres con nosotros, hay familias que no tienen la oportunidad de hacerlo, y que también lo reciban y lo hagan, es devolver a la sociedad y al mundo lo que nosotros sí hemos recibido.
Los niños que conocí al llegar hoy tienen ya cuarenta y tantos años y todos han dejado de vivir en la pobreza, todos al estudiar y prepararse, viven con dignidad, colaboran en la sociedad, tienen buenos trabajos y hacen que el mundo sea mejor. Y esto da mucha alegría y mucha satisfacción.
¿Cuáles son las principales necesidades de este pueblo a las que se necesita dar respuesta?
La mayoría de las personas que viven en Honduras no tienen cubiertas las necesidades más básicas. Al ser una población muy joven -el porcentaje mayor tiene menos de 18 años-, están en etapa de formarse, de prepararse. Mejorar el sistema de educación
es una de las primeras necesidades. Y con la educación de calidad, que hace que las personas sean mejores, ya se resuelven todos los demás problemas que hay en la sociedad. Una sociedad de personas preparadas ayuda para vivir con dignidad, para vivir con justicia y para hacer una sociedad mejor. La educación, la salud, los servicios públicos… son necesidades de primer orden.
La alimentación, que falta mucho en este mundo, es otra. En estos temas, principalmente, nos centramos.
¿Qué lazos ha creado entre España y Honduras? ¿Cómo lo ha logrado?
Desde que vine, he tenido la suerte de que muchos amigos y personas que han conocido esta misión se han interesado en venir. Y unos a otros, poco a poco, se han ido compartiendo el proyecto de esta misión. Hemos tenido la suerte de que muchísimas personas nos han visitado. Personas de distintas maneras de pensar, de ser, de distintas edades… Por ejemplo, una gran colaboradora, que se llama Maya, lleva desde que cumplió 70 años ayudando a Honduras. Ahora, que tiene 90, todavía sigue viendo las convocatorias que hay en el Ayuntamiento de su pueblo, presenta proyectos para que puedan ejecutarse aquí, y se encarga de todo lo que puede. El año pasado vino con una sobrina a pasar aquí 20 días. Hay también mucha gente joven que ha venido desde su Universidad, desde sus pueblos, madres de familia, esposos, familias completas, profesores… Esto ha sido un regalo de Dios y el fruto del compartir de unas personas con otras. Vienen de otros países también, pero principalmente de España, donde encontramos mejor comunicación porque la lengua, la cultura y la religión hace que estemos en nuestra casa.
¿Quiénes participan en esta red de hermanamiento?
La misión en Honduras está abierta para todas las personas que quieran participar, tengan la mentalidad, la manera de ser, la religión, la opción política que tengan. Aquí recibimos a todo el mundo. Solo hay una condición que le ponemos: que quieran trabajar y que quieran ayudar a la gente más necesitada. Cualquier edad, cualquier oficio, cualquier condición… es bienvenida. Los recibimos en esta familia. Hay una habitación con una litera y un espacio para poder hacerse la comida o también compartirla con algunos, algunas casas de estudiantes. Así vamos compartiendo la tarea y la misión.
¿Cómo invita a sentir la misión, que es parte esencial de nuestro ser cristiano?
Desde el Evangelio vemos cómo Jesús nos manda al mundo, cómo Jesús nos invita a llevar lo que Él nos ha dejado, ese proyecto de amor, de fraternidad… Esa invitación de Jesús es fundamental para la vida del cristiano, que es compartir lo que ha recibido, el descubrir que somos hijos de Dios, que estamos llamados a vivir como verdaderos hijos, con alguien que nos ama totalmente, hasta el extremo. Estamos llamados a invitar a los demás a formar parte de esta familia, a esta hermandad.

