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Apuntes de Vida Espiritual | La oración, escuchar a Dios en el silencio (Por monseñor León)

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Apuntes de Vida Espiritual | La oración, escuchar a Dios en el silencio (Por monseñor León)

La oración cristiana es, ante todo, una experiencia de encuentro. No comienza con nuestras palabras, sino con la iniciativa de Dios que sale a nuestro encuentro y desea hablarnos. En un mundo lleno de ruido, de prisas y de estímulos constantes, la Cuaresma —y, en general, toda la vida espiritual— nos invita a redescubrir el valor del silencio como espacio privilegiado para escuchar a Dios.

Orar es, ante todo, escuchar. Vivimos en una cultura que teme el silencio. Lo llenamos de sonidos, de pantallas, de actividad constante. También podemos llenar así nuestra vida cristiana. Sin embargo, la Cuaresma nos recuerda que el desierto no es vacío, sino encuentro. Es el lugar donde el Señor habla al corazón y lo atrae con lazos de ternura.

El silencio verdadero no es ausencia de ruido exterior solamente; es una decisión interior de abrir espacio. Es hacer sitio al Tú de Dios. Cuando el creyente se coloca ante Él sin máscaras, sin discursos preparados, sin pretensiones, comienza algo nuevo. La oración se vuelve simple. Ya no es acumulación de palabras, sino presencia. Permanecer. Dejarse mirar.

Hay un momento en que el yo, tan acostumbrado a afirmarse, se descubre necesitado. Y en ese reconocimiento se produce un giro decisivo: comprendemos que la vida no se sostiene por nuestras fuerzas, sino por un Amor que nos precede. La oración silenciosa nos devuelve a esa verdad esencial: somos amados.

A veces el Señor no responde con ideas claras ni con emociones intensas. Responde con paz. Con una certeza suave que se instala en el alma. Es como si, en lo más hondo, alguien pronunciara nuestro nombre con delicadeza. Esa experiencia, aunque discreta, transforma la existencia. Porque quien se sabe llamado por su nombre ya no camina solo.

Escuchar a Dios en el silencio es aceptar que la vida entera puede resumirse en un abrazo. No un abrazo sentimental, sino el abrazo firme y misericordioso del Padre que sostiene, corrige, levanta y envía. En la oración aprendemos que no estamos frente a una idea, sino ante un Dios vivo que nos sale al encuentro.

Escuchar a Dios transforma la vida. La oración auténtica no nos aleja del mundo, sino que nos devuelve a él con una mirada nueva. Quien escucha a Dios aprende a escuchar también a los demás, a vivir con mayor paciencia, a discernir mejor sus decisiones. La Palabra acogida en el silencio se convierte en luz para el camino y en criterio para la vida.

Desde una sensibilidad abierta al Espíritu, sabemos que ese silencio no es pasividad. Es disponibilidad. Es dejar que el Espíritu Santo ore en nosotros con gemidos inefables. Es permitir que el corazón de piedra se ablande y vuelva a latir al ritmo de Dios. Cuando el alma se rinde a ese movimiento interior, algo se enciende. No hace ruido, pero ilumina.

La auténtica oración nunca nos encierra en nosotros mismos. Al contrario, ensancha el corazón. Quien ha estado en silencio ante Dios aprende a mirar a los demás con más compasión. Porque ha experimentado primero la compasión divina sobre su propia fragilidad.

En la Cuaresma, el silencio orante nos prepara para reconocer la voz de Dios que nos llama a la conversión y a la vida nueva. No es un silencio estéril, sino fecundo. En él se gestan las decisiones importantes, se curan las heridas interiores y se renueva la confianza.

Escuchar a Dios en el silencio es, en definitiva, un acto de amor. Es creer que Dios tiene algo que decirnos, que su Palabra es vida y verdad. Cuando aprendemos a callar para escuchar, la oración se convierte en encuentro transformador, y el corazón descubre que Dios ha estado siempre hablando, esperando que le diéramos espacio.

Que el Espíritu Santo nos conceda el don de esa escucha profunda. Que aprendamos a callar para que Dios hable. Y que, abrazados por Él, caminemos hacia la Pascua con el corazón encendido y la vida transformada.

+ Monseñor Teodoro León Muñoz

Obispo Auxiliar de Sevilla

 

 

 

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Encuentro de Monseñor José Rico Pavés junto a los pregoneros de la Diócesis de Asidonia-Jerez

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Encuentro de Monseñor José Rico Pavés junto a los pregoneros de la Diócesis de Asidonia-Jerez

El Obispado de Asidonia-Jerez acogió el pasado viernes el encuentro de Monseñor José Rico Pavés, Obispo de Asidonia-Jerez junto a los pregoneros de los Consejos locales de Hermandades y Cofradías de la Diócesis, una iniciativa que reunió a quienes este año tienen la misión de anunciar y exaltar la Semana Santa en distintas localidades del territorio diocesano. Siendo esta jornada organizada por la Delegada Diocesana de Hermandades y Cofradías, Elena Gómez, y el Subdelegado, Orlando Lucena, quienes también acompañaron a los pregoneros de las diversas localidades de la Diócesis.

Los participantes en este primer encuentro fueron Juan Mera García, pregonero de Jerez de la Frontera; Óscar Díaz Fernández, de Sanlúcar de Barrameda; Luis Miguel Quintana Sánchez-Romero, de Rota; José Raúl Zarzuela Delgado, de Arcos de la Frontera; Antonio Borrego Rivas, de El Puerto de Santa María; y Enrique Sánchez Moreno, de Villamartín.

La jornada comenzó con un momento de convivencia en torno a un café, donde los pregoneros pudieron compartir experiencias y dialogar sobre la responsabilidad de anunciar la Semana Santa desde la fe y la tradición de cada localidad. Posteriormente, tuvo lugar un encuentro con el pastor diocesano, en el que los participantes compartieron un tiempo de reflexión y cercanía con el Obispo.

Como recuerdo de este encuentro, se hizo entrega a cada pregonero de una cruz, bendecida por Mons. Rico Pavés, como signo de la misión que realizan al anunciar el misterio de la pasión, muerte y resurrección del Señor en sus respectivos pregones.

Detalle que se entregó a los pregoneros

El encuentro concluyó con un momento de oración en la capilla del Obispado, donde todos los presentes pudieron rezar juntos, encomendando al Señor el fruto de los pregones que en los próximos días resonarán en distintos lugares de la Diócesis anunciando la llegada de la Semana Santa

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El arzobispo preside el cierre del septenario en honor a la Macarena

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El arzobispo preside el cierre del septenario en honor a la Macarena

“La hermandad es una escuela donde se aprende a caminar juntos, con una misma esperanza”. De esta manera ha comenzado el arzobispo de Sevilla, monseñor José Ángel Saiz Meneses, su homilía en la función solemne de clausura del septenario que se ha celebrado durante esta semana en la basílica de la Esperanza Macarena.

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Mons. Saiz Meneses: “La devoción a la Macarena es un tesoro inmenso”

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Mons. Saiz Meneses: “La devoción a la Macarena es un tesoro inmenso”

“La hermandad es una escuela donde se aprende a caminar juntos, con una misma esperanza”. De esta manera ha comenzado el arzobispo de Sevilla, monseñor José Ángel Saiz Meneses, su homilía en la función solemne de clausura del septenario que se ha celebrado durante esta semana en la basílica de la Esperanza Macarena.

El arzobispo ha advertido que corremos el riesgo de “quedarnos en lo que se ve: el brillo, lo que emociona, lo que impresiona, lo que siempre se ha hecho, lo espectacular”. “Todo eso -ha añadido- puede ser bello, y en Sevilla sabemos custodiar la belleza, pero Dios va más adentro: busca un corazón disponible, un corazón humilde, un corazón que se deje ungir”. A continuación, ha afirmado que “el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón”.

“María Santísima de la Esperanza nos quiere unidos»

Seguidamente se ha detenido en la vida de hermandad, y se ha preguntado si construimos comunión o alimentamos división. Como respuesta, ha señalado que “María Santísima de la Esperanza nos quiere unidos, como hijos, como hermanos”, con una unidad que “no se improvisa” y que “nace de la humildad, de la verdad, del perdón, de la oración compartida, del servicio”.

A continuación, ha afirmado que, en Cuaresma, “la Virgen nos enseña a no huir del combate, sino a vivirlo con sentido: con oración, con penitencia, con obras de misericordia, con caridad real”. Llevando esto al día a día de Sevilla, monseñor Saiz Meneses ha afirmado que la devoción a la Macarena es “un tesoro inmenso” que hay que compartir para “convertirlo en luz para el mundo”. ¿Cómo?… “Con hermanos que no solo son portadores de un nombre, sino que portan una vida coherente”.

Tras recordar el magisterio del papa León XIV en su mensaje para la Cuaresma de este año, el arzobispo ha pedido “menos juicio, más compasión; menos división, más comunión; menos ruido, más oración”.

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“Triana necesita luz, Sevilla necesita luz, el mundo necesita luz. Y esa luz tiene un nombre: Jesucristo”

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“Triana necesita luz, Sevilla necesita luz, el mundo necesita luz. Y esa luz tiene un nombre: Jesucristo”

Como marca la tradición, la Real Parroquia de Señora Santa Ana ha acogido esta mañana la función principal de instituto de la Hermandad de la Esperanza de Triana, cuya titular mariana presidió el presbiterio de la ‘Catedral de Triana’.

La función ha sido presidida por el arzobispo de Sevilla, monseñor José Ángel Saiz Meneses, que ha comenzado su homilía advirtiendo que “una hermandad puede ser tentada a medir su vitalidad por lo externo: por lo que se ve, por lo que brilla, por lo que sale bien”. Don José Ángel ha apuntado que “todo eso puede ser bueno”, pero ha lanzado varias preguntas que el Señor nos hace esta mañana: “¿Dónde está el corazón? ¿Qué corazón late debajo del palio, debajo de la túnica, debajo de la medalla, debajo de la responsabilidad y del servicio?”. En este punto ha pedido que la devoción a la Esperanza “no sea costumbre ni refugio, sino camino de conversión; que lo nuestro no sea fachada, sino vida; no sea apariencia, sino corazón entregado”.

La Cuaresma es “un caminar”

Ha señalado que la Cuaresma es “un caminar”. Y ha desarrollado esta idea afirmando que no es una estación para contemplarnos a nosotros mismos con complacencia, sino para “dejarnos conducir por Dios hacia la Pascua”.

En referencia a la protestación de fe que a continuación harían los hermanos de la corporación de la calle Pureza, el arzobispo ha afirmado que no se hace “para quedar bien”, sino “para vivir más y mejor nuestro compromiso cristiano y cofrade”. “La fe no es un adorno, es una luz que ordena la vida. Y si la fe se reduce a palabras, se apaga; en cambio, si se traduce en obras, resplandece”, ha añadido.

Dirigiéndose a los hermanos que llenaban el templo trianero, monseñor Saiz Meneses ha destacado que “como cristianos y como cofrades hemos de pedir a Dios el don de la humildad”. Y ha añadido: “Nuestra Señora de la Esperanza nos educa en esta humildad, nos enseña a reconocer que necesitamos luz, que necesitamos perdón, que necesitamos volver a empezar”.

«Esa esperanza se traduce en caridad concreta»

Seguidamente ha recordado que “cuando miramos a Nuestra Señora de la Esperanza, no miramos una idea; miramos un camino: esperar no es cruzarse de brazos; esperar es mantenerse fiel, trabajar, servir, amar. Esperar no equivale a resignarse, sino a comprometerse. Y esa esperanza cristiana tiene una consecuencia práctica: cambia la vida”. “Hoy, en Triana, esa esperanza se traduce en caridad concreta, en misericordia, en cercanía a los pobres y descartados”, ha añadido.

En la parte final de su alocución, el arzobispo ha apuntado que “Triana necesita luz, Sevilla necesita luz, el mundo necesita luz. Y esa luz tiene un nombre: Jesucristo”.

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Función principal de la Esperanza de Triana en Santa Ana

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Función principal de la Esperanza de Triana en Santa Ana

Como marca la tradición, la Real Parroquia de Señora Santa Ana ha acogido esta mañana la función principal de instituto de la Hermandad de la Esperanza de Triana, cuya titular mariana presidió el presbiterio de la ‘Catedral de Triana’. La función ha sido presidida por el arzobispo de Sevilla, monseñor José Ángel Saiz Meneses.

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Piadosa, Humilde y Fervorosa Hermandad y Cofradía del Santísimo Cristo del Amor, Ntro. Padre Jesús de la Crucifixión y María Santísima de la Paz “Campanitas”

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En la actualidad la Hermandad sigue manteniendo ese espíritu joven con una potente vocalía de juventud que hace que el relevo generacional esté garantizado

En 1969 se fundó en Lucena la Cofradía del Santísimo Cristo del Amor, de marcado carácter juvenil y vinculada a la Organización Juvenil Española (O.J.E.). Inicialmente conocida como Cofradía de la Juventud, fue una hermandad nacida del entusiasmo de sus primeros miembros, quienes en votación interna decidieron conferir a la imagen titular la advocación del “Amor”.

La imagen elegida como titular fue el Nazareno de San Mateo, ubicado en el camarín del retablo de la Madre de Dios, frente al Sagrario. Esta figura representaba profundamente la devoción popular y fue escogida no sólo por su valor estético, sino por el simbolismo que encarnaba para la juventud lucentina.

El Nazareno del Amor destaca por su riqueza artística: la cabeza fue tallada por Alonso Cano a finales del siglo XVII, reflejando el estilo del barroco granadino, y el cuerpo fue obra de los escultores lucentinos Luis Tibao y Andrés Cordón en 1808. El Martes Santo de 1970, el Cristo del Amor procesionó por primera vez por las calles de la ciudad.

En 1973, la Hermandad incorporó al cortejo procesional el misterio de la Crucifixión, pero debido al estado de conservación de las imágenes, sólo salió ese año. No fue hasta 2014 cuando volvió a procesionar de forma definitiva y continúa haciéndolo hasta hoy con un magnífico paso de misterio.

En 1983, la Hermandad adquirió la imagen de María Santísima de la Paz, obra del imaginero cordobés Martínez Cerrillo. Conocida popularmente como la Virgen de las Campanitas, su paso se distingue por el tintineo de pequeñas campanas colgadas de sus varales, que evocan promesas cumplidas y el recuerdo de los hermanos difuntos.

El cortejo penitencial lo componen tres pasos en el siguiente orden: Stmo. Cristo del Amor, Ntro. Padre Jesús de la Crucifixión y María Stma. de la Paz que cierra el cortejo. Los acompañan los hermanos vistiendo con túnica sobria de color rojo con antifaz blanco.

En la actualidad la Hermandad sigue manteniendo ese espíritu joven con una potente vocalía de juventud que hace que el relevo generacional esté garantizado para el futuro.

 

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Ha fallecido D. Emilio Fernández Domenech, padre del sacerdote Emilio José Fernández Valenzuela

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En la imagen, el sacerdote Emilio José Fernández, hijo del fallecido

 

El cuerpo está siendo velado en el tanatorio de Villanueva de las Torres y las exequias serán el lunes 16 de marzo, en esa localidad, a las 5 de la tarde

En la mañana del domingo 15 de marzo ha fallecido D. Emilio Fernández Domenech, padre del sacerdote Emilio José Fernández Valenzuela, que es el párroco de Santiago, en la ciudad de Guadix. Las exequias serán mañana lunes 16 de marzo, a las 5 de la tarde, en la parroquia de Villanueva de las Torres, de donde era natural.

D. Emilio Fernández Domenech tenía 92 años y toda la vida la ha pasado en Villanueva de las Torres, donde se dedicó al sector de la hostelería. Casado con Dolores, era padre de dos hijas, además del sacerdote Emilio José.

El cuerpo está siendo velado en el tanatorio de Villanueva de las Torres.

Emilio José Fernández Valenzuela, el hijo del difunto, es el párroco de Santiago y rector de la iglesia de la Virgen de las Angustias, en la ciudad accitana. También es canónigo y delegado para la Vida Consagrada en la diócesis de Guadix.

Descanse en paz, D. Emilio Fernández Domenech, padre del sacerdote Emilio José Fernández Valenzuela

Antonio Gómez

Delegado diocesano de MCS. Guadix

 

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SAN FRANCISCO Y SAN EULOGIO CELEBRA LAS «24 HORAS PARA EL SEÑOR»

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La parroquia de San Francisco y San Eulogio de Córdoba se unirá los próximos 13 y 14 de marzo a la jornada «24 horas para el Señor», una iniciativa cuaresmal de oración y reconciliación convocada por el papa León XIV. La diócesis de Córdoba, a través de la Vicaría General, ha animado a sacerdotes y comunidades a sumarse a esta convocatoria y a promover momentos de adoración y confesión en las parroquias.

Además, este año la jornada se vive con una intención especial de oración por el desarme y la paz, en sintonía con la petición del Santo Padre para este mes de marzo.

En nuestra parroquia, el Santísimo Sacramento estará expuesto el viernes de 19:00 a 20:00 horas y el sábado de 12:00 a 13:00 horas. Todos estamos invitados a acompañar al Señor en este tiempo de adoración, silencio y oración.

Los sacerdotes estaremos disponibles para la Confesión .

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“El cristiano es un ser iluminado por la fe”

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Homilía del arzobispo D. José María Gil Tamayo, en la Eucaristía del IV Domingo de Cuaresma, en la Catedral, el 15 de marzo de 2026.

Querido diácono,

Queridos seminaristas,

Queridos hermanos y hermanas, también los que nos seguís a través de la televisión y de las redes sociales,

Estamos ya en el IV domingo de Cuaresma, en el domingo Laetare, como os decía. En el domingo en el que se nos invita al gozo y alegría entre las fiestas pascuales. Venimos haciendo un recorrido. Ese es la Cuaresma. Y en este año, un recorrido cuaresmal, pero un recorrido bautismal.

El recorrido, acompasado por las lecturas de la palabra de Dios. Que eran las que escuchaban los catecúmenos que se preparaban para el bautismo en la Vigilia Pascual. Y ha tenido como esas etapas el primer domingo con las tentaciones del Señor, para recordarles a los catecúmenos, a los nuevos, a los que iban a ser los nuevos cristianos y de paso a nosotros, que el cristianismo es lucha.

Hay que luchar. Y que tenemos tentaciones, pero que el Señor ha vencido y nos da esa confianza. El segundo domingo veíamos también como no todo es lucha, sino que también hay un anticipo y hay una confirmación. Un anticipo del cielo, de la gloria de la Resurrección, que se manifiesta en la Transfiguración del Señor y una confirmación de que en Jesús se cumple la ley y los profetas. Él es el Mesías.

En el tercer domingo, el domingo pasado, veíamos ese diálogo también del Evangelio de Juan con la samaritana, en que Jesús se muestra como el agua viva y tiene sed. Pero tiene sobretodo sed de la fe de esa mujer. Que va suscitando progresivamente con el reconocimiento de sus propias culpas en esta mujer, y después la lleva a la confesión de que Cristo es el profeta, es el Mesías esperado. Y esta mujer se convierte, al mismo tiempo, en anunciadora de Jesús para con sus paisanos, a los que lleva a Jesús.

La fe es apostólica, no solo por su origen y su fundamento es la revelación del Señor a través de los apóstoles en su Iglesia, sino porque también es evangelizadora. No podemos tener una fe… Y así se enseñaba a los nuevos cristianos, los que iban a ser nuevos cristianos, que la fe hay que difundirla, que la fe hay que expandirla con el testimonio y con nuestras palabras.

Y hoy, en este IV domingo, ¿qué nos quiere enseñar la Palabra de Dios a los catecúmenos, y a nosotros, cristianos viejos, en el decir clásico de nuestro siglo de oro? Pues nos quiere decir la importancia de la fe y de creer en Jesucristo. San Juan hace todo su evangelio para llevarnos a esto, a creer en Jesús. A confesar a Jesús como nuestro Dios y como nuestro Señor.

Por eso, este domingo, el que viene, en el VI domingo, en que la resurrección de Lázaro, al mismo tiempo que nos da una enseñanza, nos lleva a un acto de fe. Hoy, a creer en Jesucristo como la luz del mundo. En Cristo, como esa luz que nos hace salir de nuestras tinieblas, de las tinieblas del error, de las tinieblas del pecado.

Somos hijos de la luz, como nos ha recordado san Pablo en la lectura de la Carta a los Efesios. El cristiano es un ser iluminado por la fe. La fe, se le representa muchas veces con los ojos cerrados, para expresar la confianza en el Señor. Pero el Papa Juan Pablo I, en su corto pontificado, pero también en un libro, nos dejó escrito que la fe no es ir a ciegas, fiándose solo del Señor.

No es problemas indescifrables. Sino que la fe es la luz del Señor sobre nuestra vida, es la visión sobrenatural. Es descubrir realidades nuevas en nuestro alrededor, viendo a los demás no solo como compañeros de la existencia, sino también como hijos de Dios, como nosotros y hermanos nuestros. Es mirar la vida con la mirada de Dios. La fe nos lleva sobre todo el reconocimiento de Jesucristo y a encontrarnos con Él.

Como este proceso que se da en este diálogo maravilloso que hemos escuchado, que he querido que se lea entero, en vez de la versión breve. ¿Por qué? Porque tiene un gran dramatismo y vemos como Jesús primero dice que está ciego para que se muestren las obras de Dios. San Juan dirá también, el evangelista, en otra diatriba con los judíos, ¿cuáles son las obras que Dios quiere? Le preguntan a Jesús. Las obras que Dios quiere es que creáis en el Hijo del hombre, en quien Dios ha enviado.

Esa es la finalidad a la que quiere llevarnos Jesús. Y nosotros, cristianos del siglo XX, podríamos preguntarnos, ¿estamos ciegos como los judíos, como los fariseos? ¿No somos capaces de reconocer a Jesús, a ese Jesús de Nazaret? ¿Nos hemos encontrado realmente con Él como en el centro de nuestra vida? Ese Jesús en nuestra vida de recorrido cristiano, ¿hemos ido difuminando su imagen en nosotros, su importancia?

¿La fe para nosotros se queda en algo teórico, en algo solo de cabeza, en unas preguntas y respuestas del catecismo o empapa nuestra vida? Nos hace tener una visión nueva sobre Dios, el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Dios que se revela en Jesucristo, el Dios que confiesa. El ciego de nacimiento, ya con la vista recuperada, física, pero sobre todo con esa visión y con esa luz de la fe. De ese Jesús que ha venido para que todos veamos. “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue a mí no camina en las tinieblas, sino que tendrá la luz verdadera.”

Y los catecúmenos que se preparaban para el bautismo, iban a recibir en la Vigilia pascual, con la liturgia del fuego bendecido y del cirio pascual y de la luz que se le entrega, reciben la luz de Cristo. A vosotros, padres y padrinos, se os confía acrecentar esta luz que vuestro hijo, iluminado por Cristo, camine siempre como hijo de la luz.

¿Somos realmente nosotros hijos de la luz? ¿O en nosotros pesa más las tinieblas, pesan más los criterios humanos, pesa más esa mundanidad de la que habla el Papa Francisco? ¿Nos dejamos llevar por la luz de Cristo, por su doctrina, por la fe, en definitiva? Pues, es a eso a lo que quiere invitarnos. Para que, como el ciego de nacimiento, que va mostrando progresivamente que defiende a Cristo, que va mostrando cómo él estaba ciego y eso era imposible humanamente salir de ello… Alguien le ha curado.

Y ese alguien tiene que ser especial. Y se encuentra con Jesús. Y Jesús le pregunta, después de ese proceso que se ha dado en él, de defenderlo, le dice, “¿Tú crees en el Hijo del Hombre? ¿Quién es, Señor, para que crea en Él? Lo estás viendo. Creo, Señor.” Y nos dice algo el Evangelio: Se arrodilla ante Jesús. Lo adora.

Es la confesión de la fe. Es llevarnos al encuentro con Cristo. Ojalá esta Cuaresma, ojalá esta próxima Semana Santa también nosotros nos encontremos con el Señor. Y no sea una Semana Santa más, no sea ver pasar unas imágenes que nos aflore el sentimiento religioso, que es importante, y nos volvamos igual que estamos.

Vamos a pedirle al Señor: Señor, yo quiero encontrarme contigo. Yo quiero decirte que tú eres el Dios y el Señor de mi vida. Yo quiero vivir conforme a esa fe en mi vida de cada día, aunque me cueste. Yo quiero vivir, en definitiva, como cristiano.

Que la Virgen, la Santísima Virgen de la Luz, nos ayude. Ella nos ha dado a luz a quien es la Luz misma. Jesucristo, la luz del mundo. Sigámosle y no caminaremos en las tinieblas.

Así sea.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

15 de marzo de 2026
S.A.I Catedral de Granada

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