Visita apostólica del papa León XIV a España (II)

Visita Apostólica del Papa León XIV a España (I): Confirmar en la fe, mantener la unidad y tender puentes con la sociedad

El Viaje Apostólico del Papa León XIV a España ha sido, verdaderamente, un acontecimiento apasionante. No sólo por la intensidad de los días vividos, sino, sobre todo, por la hondura evangélica de sus palabras y de sus gestos. Madrid, Barcelona y Canarias han sido tres estaciones de un mismo camino espiritual y pastoral. Tres lugares distintos, tres acentos diversos, pero un mismo mensaje: alzar la mirada a Cristo para mirar de nuevo al hombre, a la Iglesia y al mundo. El lema del viaje, —«Alzad la mirada» (Jn 4,35)—, ha ofrecido la clave de lectura de todos estos días. El Papa nos ha invitado a no vivir encerrados en la inmediatez, en el cansancio, en la confrontación o en la indiferencia. Alzar la mirada no significa evadirse de la realidad, sino mirarla desde Dios, con la claridad del Evangelio y con la valentía de quien sabe que la fe cristiana no es un adorno del pasado, sino una luz para el presente y una esperanza para el futuro.

En Madrid vivimos, ante todo, el encuentro con la Iglesia y con la sociedad española. Fue el encuentro con la Conferencia Episcopal, con los obispos, sacerdotes, religiosos, consagrados, jóvenes, voluntarios y fieles laicos; pero también con las instituciones políticas, las autoridades, el mundo de la cultura, de la economía, del deporte y los agentes sociales. León XIV no vino a España para hablar sólo a los católicos. Lo dijo con claridad durante el vuelo: una visita apostólica es venir a encontrar a los fieles, celebrar la fe y anunciar a Jesucristo, pero también saludar a toda la sociedad, porque la Iglesia tiene un mensaje para todos.

Ese mensaje fue particularmente claro en el Palacio Real, ante las autoridades y el Cuerpo Diplomático. El Papa recordó el vínculo profundo entre la fe cristiana y la historia de España, no como nostalgia ni como privilegio, sino como fuente de esperanza y orientación. Habló de la piedad popular, del arte, de la música, de las cofradías y de tantas asociaciones caritativas como expresión fecunda del encuentro entre Jesucristo y nuestro pueblo. Y, con una lucidez muy necesaria, afirmó que no es la cultura del enfrentamiento, sino la cultura del encuentro, la que genera estabilidad y prosperidad. España necesita escuchar esta llamada. La polarización, la crispación, la tentación de reducir la realidad a consignas y bandos, empobrecen la vida pública y oscurecen la dignidad de las personas. El Papa no ofreció una palabra cómoda ni complaciente, sino evangélicamente valiente: pidió abandonar narrativas divisivas y polarizantes, apreciar la complejidad, defender la dignidad humana, la vida desde la concepción a la muerte natural, proteger la libertad religiosa y de conciencia, y apostar por la educación, la cultura, la verdad y la paz. En Madrid, el encuentro fue una llamada a redescubrir la vocación pública de la fe: una fe que no se impone, pero que tampoco se esconde; una fe que sirve, ilumina y propone.

El segundo gran encuentro tuvo lugar en Barcelona, y alcanzó una particular intensidad espiritual en la Basílica de la Sagrada Familia. Allí experimentamos la vía de la belleza, la via pulchritudinis, como camino privilegiado hacia Dios. La celebración en aquel templo admirable, con la inauguración de la torre de Jesucristo, fue mucho más que un acto religioso o cultural. Fue una catequesis viva de piedra, luz y fe; una proclamación silenciosa y elocuente de que la belleza auténtica no distrae de Dios, sino que conduce a Él. La Sagrada Familia expresa, como pocas obras en el mundo, la capacidad evangelizadora del arte cuando nace de la fe. En la figura del venerable Antoni Gaudí contemplamos la vida de un arquitecto santo, de un creyente que no separó talento y oración, creatividad y obediencia, belleza y Evangelio. Su obra no busca simplemente impresionar, sino elevar. No pretende únicamente ser admirada, sino conducir al encuentro con Cristo nacido, muerto y resucitado por nosotros. En este tiempo dominado por la imagen, el Papa recordó que el arte y la belleza son canales eminentes de evangelización.

Barcelona nos ha recordado algo fundamental: el cristianismo no es enemigo del arte y la belleza; al contrario, la ha custodiado, inspirado y elevado durante siglos. Las catedrales, los retablos, la música sagrada, la liturgia celebrada con dignidad, la arquitectura al servicio del Misterio, todo ello forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia. Cuando la belleza es verdadera, abre una herida de eternidad en el corazón humano. Por eso, la Sagrada Familia no es sólo un monumento excepcional; es un signo. Nos dice que la fe puede dar forma a la cultura, que la piedra puede convertirse en alabanza, que una ciudad puede ser iluminada por la cruz de Cristo.

El tercer encuentro, en Canarias, nos situó ante una de las heridas más hondas de nuestro tiempo: el drama de las migraciones. Allí, junto al mar, en Arguineguín, en Las Raíces, en Tenerife y Gran Canaria, el Papa no habló de cifras, sino de personas. No habló de un problema lejano, sino de hermanos y hermanas concretos, heridos por la miseria, el hambre, la violencia, la persecución o los conflictos políticos. El Evangelio de Mateo 25 volvió a resonar con toda su fuerza: Cristo sale a nuestro encuentro en el hambriento, en el sediento, en el forastero, en el desnudo, en el enfermo, en el preso. Canarias se convirtió así en un altar de la dignidad humana. Allí el Papa nos recordó que la Iglesia no puede desentenderse de esas aguas, ni de ningún lugar donde el hambre, la violencia, el miedo o el exilio sigan hiriendo al ser humano. Hay cuestiones que admiten análisis políticos, jurídicos y sociales, ciertamente; pero para un cristiano nunca pueden quedar reducidas a cálculo, sospecha o indiferencia. El migrante no es una amenaza abstracta: es una persona cuya historia debe ser escuchada y cuya dignidad debe ser protegida.

También aquí León XIV ofreció una respuesta valiente y comprometida desde el Evangelio. Ni ingenuidad ni dureza de corazón. Ni buenismo vacío ni cerrazón egoísta. Acogida, responsabilidad, integración, cooperación internacional, defensa de la vida, promoción de la justicia, atención a las causas profundas de las migraciones. La caridad cristiana no sustituye a la política, pero la purifica; no elimina la prudencia, pero impide que la prudencia se convierta en excusa para no amar. Madrid, Barcelona y Canarias han sido tres encuentros y una sola llamada. En Madrid, encuentro con la Iglesia y la sociedad para construir diálogo, paz y bien común. En Barcelona, encuentro con Dios a través de la belleza que evangeliza y eleva el alma. En Canarias, encuentro con Cristo sufriente en los migrantes y en todos los descartados de la tierra. En los tres lugares, el Papa nos ha pedido alzar la mirada, no para dejar de ver la tierra, sino para verla con los ojos de Dios.

Regresamos de este viaje con gratitud y responsabilidad. Gratitud por la presencia del Sucesor de Pedro entre nosotros, por su palabra luminosa y por su testimonio sereno. Responsabilidad porque ahora nos corresponde acoger lo que hemos escuchado y traducirlo en vida. La Iglesia en España está llamada a ser más evangélica, más misionera, más unida, más cercana a los pobres, más capaz de dialogar sin renunciar a la verdad, más consciente de la belleza de la fe recibida. Que este Viaje Apostólico no quede como un hermoso recuerdo. Que sea semilla. Que nos ayude a renovar nuestra fidelidad a Jesucristo, nuestra comunión eclesial y nuestro servicio a la sociedad. Alzar la mirada es mirar a Cristo; y mirando a Cristo, aprender de nuevo a mirar a cada persona con respeto, misericordia y esperanza.

+ José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla

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