Ha llegado el verano, con sus “olas de calor”, como tiempo de vacaciones, ofreciéndonos “7 descansos” acaso “desconocidos”
El descanso de la “lectura”, que no es sólo una “afición”, sino un deber. Los libros, en vacaciones, tienen su “marca”. No se trata de “leer” para “saber”, sino para “disfrutar”, recordando aquella interrogante de un arzobispo, monseñor Cerro, metido a poeta: “¿Por qué empeñarse en saber, cuando es tan fácil amar?”.
El descanso del “silencio”, definido hermosamente por un monje del Monasterio de Silos, el padre Bernardo, fallecido hace dos meses: “El silencio es la actividad intensa del amor que escucha”.
El descanso de la “escucha”, que el espíritu sinodal ha decidido convertirla en “ministerio”. Todo “encuentro”, sin escucha, no dará fruto.
El descanso de los nuevos “paisajes”, bien sean, “naturales, históricos o artísticos”. ¡La naturaleza es la parte más increíble de la vida!
El descanso de los “tiempos para Dios”: “Retiros, congresos, encuentros, ejercicios espirituales…”. ¡Dios no tiene vacaciones!
El descanso “familiar”, importantísimo: «Revitalizar afectos, estrechar vínculos, fortalecer la unidad».
El descanso de la “oración”, contemplada como “instantes sublimes”, según la definió Jacques Philippe, en su libro “Tiempo para Dios”: “Orar es sentir que Dios está a nuestro lado, que nos mira, que nos ama”.

