Homilía en la clausura del 525 aniversario de la Hdad. de la Santa Caridad y Misericordia de Arahal (27-06-2026)
Iglesia del Santo Cristo de la Misericordia.
Domingo XIII del T.O. Ciclo A.
Queridos hermanos y hermanas: Nos congregamos en esta Iglesia del Santo Cristo de la Misericordia para dar gracias a Dios por los 525 años de la Hermandad de la Santa Caridad y Misericordia de Arahal. No estamos aquí simplemente para recordar un origen remoto y cerrar solemnemente un año de celebraciones. Estamos aquí para bendecir al Señor por una historia concreta de fe, de culto y de misericordia; una historia que comenzó el 29 de junio de 1501, cuando surgió esta cofradía en torno a una imagen de gran devoción, el Santo Cristo de la Misericordia, venerado en una pequeña ermita del centro de la población. Aquella fundación fue una respuesta cristiana ante las catástrofes y necesidades de aquel tiempo. No nació del lujo, sino de la necesidad, y, sobre todo, de la fe que sabe ver a Cristo en el sufrimiento humano.
La Palabra de Dios de este domingo ilumina admirablemente cuanto celebramos. En la primera lectura, una mujer sencilla reconoce en Eliseo a un hombre de Dios y le abre su casa. En el Evangelio, el Señor nos dice: “El que os recibe a vosotros, me recibe a mí”, y añade que ni siquiera quedará sin recompensa un vaso de agua dado en su nombre. Y san Pablo, en la carta a los Romanos, nos recuerda que por el bautismo hemos sido incorporados a Cristo para vivir una vida nueva. He aquí, hermanos, el programa de toda auténtica hermandad cristiana: acoger a Cristo, seguir a Cristo y servir a Cristo.
Eso hizo desde el principio esta Hermandad. Quince años después de su fundación, en 1516, erigió el Hospital de la Santa Caridad y Misericordia. Y en sus primeros estatutos quedaron expresadas con claridad sus tres grandes funciones: cuidar de los pobres de Jesucristo, elogiar y venerar la santísima imagen del Señor de la Misericordia y curar a los pobres enfermos de esta villa y de fuera de ella. Es difícil encontrar una síntesis más hermosa de la espiritualidad cristiana: culto al Señor, amor a los pobres y atención a los enfermos. Ahí está el nervio evangélico de esta corporación.
Por eso, al celebrar este aniversario, no recordamos solamente una antigüedad venerable. Recordamos una vocación. La Santa Caridad y Misericordia de Arahal ha sido, desde sus orígenes, un exponente de la caridad cristiana entendida de manera concreta, operativa, sacrificada. Durante el siglo XVI y buena parte del XVII, el hospital fue lugar de acogida de transeúntes y necesitados. Eran los propios hermanos y algunos santeros quienes sostenían aquella labor. Más tarde, ante epidemias, hambrunas y el aumento de enfermos, la Hermandad comprendió que debía dar un paso más. Y lo dio. No se encerró en sí misma ni se resignó. Buscó ayuda para servir mejor.
Así llegaron primero los hermanos del hábito de San Pablo, y después, en 1664, los Hermanos Obregones, una congregación especialmente dedicada a la asistencia sanitaria, fundada por Bernardino de Obregón. Las notas históricas dicen algo verdaderamente conmovedor: para solucionar el grave problema de tantos enfermos, la Hermandad llegó a donar en usufructo a esta institución todas sus propiedades e incluso el edificio. Se deshizo de todo para favorecer al necesitado. Los Obregones durante cerca de dos siglos, hasta 1835, atendieron en ese hospital a millares de enfermos, en una doble vertiente física y espiritual: curaban y ayudaban a bien morir. Aquí se practicó misericordia encarnada, paciente, sacrificada, silenciosa. Aquí se entendió bien que el rostro sufriente del hermano remite siempre al rostro de Cristo.
Después de la desamortización y de tantas dificultades, la Hermandad siguió adelante. Recuperó el hospital en circunstancias muy adversas. Y, de nuevo, supo buscar caminos de servicio. En 1860 asumieron la dirección las Hermanas del Pozo Santo, que ampliaron la atención también a las mujeres. Y en 1897 llegaron las Hermanas Franciscanas Terciarias del Rebaño de María, cuya labor fue inmensa y prolongada hasta 1993. Ellas continuaron la función sanitaria y se adaptaron a nuevas necesidades: la docencia, la atención en tiempos de guerra y posguerra, y más tarde la acogida y ayuda de pobres mediante el asilo. Durante muchos años mantuvieron una atención continua a decenas de personas. Todo esto forma parte de la historia santa de la misericordia en Arahal.
Y junto a las instituciones religiosas, no podemos olvidar la fidelidad de los hermanos de la propia Hermandad. La corporación fue siempre colaboradora activa, no sólo en lo económico, sino también con la presencia de sus hermanos, haciendo más llevadera la vida de enfermos y asilados. Y, desde el origen, mantuvo una bolsa de caridad destinada a transeúntes y pobres, ayudándoles con transporte, manutención, vestido y lo más necesario, adaptándose en cada época a las necesidades del momento. Esto es muy importante. Porque nos enseña que la verdadera tradición cristiana no consiste en repetir externamente lo antiguo, sino en conservar viva la caridad de siempre, aplicada a las necesidades de hoy.
Por eso esta celebración no se reduce a mirar atrás con legítima satisfacción. Nos impulsa hacia adelante. Las mismas notas históricas hablan del nuevo proyecto en marcha: una residencia de mayores en esas instalaciones, en colaboración con la Fundación Gerón. Ahí hay una llamada providencial. Una hermandad con esta historia no puede conformarse con conservar la memoria. Tiene que convertir la memoria en misión, seguir siendo casa de misericordia, seguir haciendo visible que la piedad popular, cuando es auténtica, desemboca siempre en obras de caridad.
El Evangelio de hoy, además, nos pone delante una exigencia muy seria: “El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí”. Son palabras fuertes. Pero una hermandad como ésta las entiende bien. Porque cinco siglos largos de historia no se sostienen sólo con entusiasmo, ni con sentimientos, ni con actos conmemorativos. Se sostienen con sacrificio, con perseverancia, con renuncia, con fidelidad en tiempos buenos y malos. La misericordia de verdad cuesta. Cuesta tiempo, cuesta bienes, comodidad, prestigio, cansancio. Pero precisamente por eso es fecunda.
Hoy damos gracias por todos los que nos precedieron: los fundadores, los hermanos antiguos, los que sostuvieron el hospital, los bienhechores, los sacerdotes, las religiosas, los que sirvieron sin nombre y sin aplauso. Y al mismo tiempo pedimos al Señor que no permita que esta herencia se vuelva estéril en nuestras manos. Una hermandad no recibe un legado así para administrarlo con tibieza, sino para acrecentarlo con fe. Quisiera añadir una palabra muy oportuna en esta celebración, porque al término de la Santa Misa tendrá lugar el acto por el que el Excelentísimo Ayuntamiento de Arahal hará público el nombramiento del Santo Cristo de la Misericordia como Protector de la Corporación Municipal, con la entrega del bastón de mando del señor alcalde, que quedará a los pies del Santo Cristo.
Es un gesto hermoso y elocuente. Expresa públicamente algo que el pueblo cristiano sabe desde hace siglos: que la autoridad humana necesita ponerse bajo la mirada de Dios, que el gobierno de la ciudad debe ejercerse con espíritu de servicio, y que Cristo, rey desde la cruz, es la medida más alta de toda justicia y de toda misericordia. Depositar el bastón de mando a los pies del Santo Cristo significa reconocer que por encima de nuestros cargos, honores y responsabilidades está siempre el Señor, juez justo y fuente de toda compasión.
Pidamos hoy tres gracias. Primero, una memoria agradecida, para no olvidar lo que Dios ha hecho en Arahal por medio de esta Hermandad. Segundo, una conversión sincera, para que cada hermano, cada devoto y cada fiel renueve hoy su seguimiento de Cristo. Y tercero, una caridad perseverante, para que la Santa Caridad y Misericordia siga honrando al Santo Cristo no sólo con cultos solemnes, sino también con una entrega real a los pobres, a los enfermos, a los mayores y a quienes más necesitan consuelo. Que María Santísima de los Dolores acompañe a esta Hermandad. Y que el Santo Cristo de la Misericordia bendiga a Arahal, proteja a su pueblo y haga de todos nosotros verdaderos discípulos suyos, firmes en la fe, constantes en la esperanza y generosos en la caridad. Amén.
Monseñor José Ángel Saiz Meneses
Arzobispo de Sevilla

