Homilía en la misa conclusiva de la visita pastoral al arciprestazgo de Utrera (28-06-2026)
Santuario de Nuestra Señora de Consolación de Utrera.
Domingo XIII Tiempo Ordinario, Ciclo A.
Queridos hermanos y hermanas que participáis en esta celebración: hermano en el episcopado, sacerdotes y diáconos, miembros de la vida consagrada, consejos pastorales, representantes de las parroquias y comunidades del arciprestazgo; queridos hermanos todos en el Señor: Nos hemos congregado esta tarde en este Santuario de Nuestra Señora de Consolación para dar gracias a Dios al concluir la Visita Pastoral al Arciprestazgo de Utrera. Y no podíamos terminarla en un lugar mejor. Venimos a la casa de la Madre, venimos a la Virgen de Consolación, para poner en sus manos lo vivido, lo escuchado, lo sembrado, lo compartido y también lo esperado.
La Visita Pastoral es un tiempo de gracia. Durante estos meses, por medio de Mons. Teodoro León, Obispo Auxiliar de Sevilla, se han visitado con profundidad las parroquias y las diversas realidades eclesiales del arciprestazgo. El jueves pasado, en el encuentro con los sacerdotes y diáconos, hemos podido compartir también impresiones, preocupaciones, luces y desafíos. Todo ello forma parte de una misma experiencia: dejarnos mirar por el Señor para renovar nuestra vida cristiana y nuestra misión evangelizadora.
La Palabra de Dios que se ha proclamado hoy ilumina admirablemente este momento. En la primera lectura hemos escuchado aquel episodio tan bello de la mujer de Sunén, que acoge al profeta Eliseo y le prepara un pequeño aposento para que pueda descansar cuando pase por allí (cf. 2 Re 4, 8-11.14-16a). Es una escena de hospitalidad, de delicadeza, de fe concreta. También la Visita Pastoral tiene algo de eso. Las parroquias, las comunidades, los sacerdotes, los consagrados y los laicos han abierto las puertas. Han mostrado la realidad, han acogido, han compartido vida, alegrías y dificultades. Cuando una comunidad cristiana no se encierra en sí misma, cuando vive en verdad, entonces el Señor puede obrar maravillas.
La parroquia no es principalmente una estructura, un territorio o un edificio, sino «la familia de Dios, como una fraternidad animada por el espíritu de unidad» (San Juan Pablo II, Christifideles laici, 26). Esta afirmación es muy oportuna para nosotros hoy. La Visita Pastoral sirve precisamente para redescubrir que la Iglesia no es una suma de iniciativas dispersas, ni una yuxtaposición de sensibilidades, ni una organización humana sin más. La Iglesia es comunión. Y un arciprestazgo debe ser también comunión viva entre parroquias, entre sacerdotes, entre carismas y movimientos, entre generaciones distintas.
Por eso, uno de los frutos que hemos de pedir al concluir esta Visita es precisamente éste: crecer en unidad. Una unidad nacida de Cristo, sostenida por la caridad y expresada en la colaboración fraterna. Cuando cada parroquia camina sola, cuando cada grupo vive aislado, cuando cada uno se preocupa sólo de lo suyo, la evangelización se resiente. En cambio, cuando nos sabemos corresponsables de la misión, cuando compartimos, cuando nos ayudamos, cuando rezamos unos por otros, entonces la Iglesia aparece con un rostro más evangélico y más creíble.
La segunda lectura, tomada de la carta a los Romanos, nos lleva aún más al centro. San Pablo nos recuerda que por el bautismo hemos sido incorporados a la muerte y resurrección de Cristo, para que caminemos en una vida nueva (cf. Rom 6, 3-4). Aquí está la raíz de toda Visita Pastoral y de toda renovación eclesial: volver al bautismo, volver a Cristo, volver a la gracia. A veces pensamos que la renovación de una parroquia depende sólo de nuevos métodos, de más actividades, de mejores programaciones. Todo eso puede ayudar, sin duda. Pero la verdadera renovación comienza cuando hay cristianos que viven de verdad como bautizados; cuando sacerdotes, diáconos, consagrados y laicos toman en serio su unión con Cristo; cuando se confiesan, oran, adoran, sirven, evangelizan y viven en coherencia. Una Visita Pastoral dará fruto verdadero si suscita conversión. Si nos ayuda a salir de la rutina. Si nos lleva a revisar nuestra vida. Si nos hace recuperar el amor primero. Si despierta el deseo de santidad.
El Evangelio que hemos escuchado es particularmente exigente. El Señor nos dice que quien ama a padre o madre, a hijo o hija más que a Él, no es digno de Él; y añade que quien no toma su cruz y lo sigue, no es digno de Él (cf. Mt 10, 37-38). Son palabras fuertes. Pero son palabras verdaderas. Jesús ha de ocupar el centro de nuestra vida. Esto vale para todos. Vale para los sacerdotes y diáconos, para los miembros de la vida consagrada, para los laicos. Si Cristo no es el centro, terminamos cansándonos, dividiéndonos o mundanizándonos. Si Cristo no es el centro, nuestras parroquias pueden mantener cierta actividad exterior, pero pierden alma. Si Cristo no es el centro, la pastoral se convierte en administración y la misión en costumbre. Por eso nos hemos de hacer hoy una pregunta muy concreta: en nuestras parroquias del arciprestazgo de Utrera, ¿está realmente Cristo en el centro? ¿Es Él el corazón de la predicación, de la catequesis, de la liturgia, de la caridad, de la vida comunitaria?
Queridos hermanos: demos gracias por los frutos recibidos, por la fe sencilla de nuestro pueblo, por tantos sacerdotes y diáconos, religiosos y religiosas, que sirven con generosidad. Demos gracias por los catequistas, los voluntarios de cáritas, los visitadores de enfermos, los colaboradores parroquiales, los jóvenes, las familias, las hermandades y asociaciones, y tantos fieles que sostienen la vida de la Iglesia con frecuencia en silencio. La Visita Pastoral ayuda también a reconocer tanto bien que está presente en nuestras comunidades. Pero, al mismo tiempo, vamos a asumir también las llamadas que el Señor nos hace. Donde haya cansancio, hay que reavivar; donde haya división, hay que reconciliar; donde haya rutina, hay que despertar; donde haya ausencia de formación, hay que formar; donde haya enfriamiento espiritual, hay que volver a la oración y a los sacramentos. Donde falte impulso misionero, hay que salir de nuevo al encuentro de los alejados. La Visita Pastoral no se clausura para guardar un acta; se clausura para abrir una etapa nueva.
Y todo esto lo ponemos en manos de la Santísima Virgen. Venimos a Nuestra Señora de Consolación. Su nombre es ya todo un programa. La Iglesia necesita consuelo; nuestras parroquias necesitan consuelo; tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo necesitan consuelo. Pero el consuelo cristiano no es blandura ni evasión. Es la fortaleza de Dios en medio del camino. Es la paz que nace de saber que el Señor está con nosotros. San Ambrosio decía que María es “tipo de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo” (Expositio in Lucam, II, 7). Miremos, pues, a María. Ella nos enseña a escuchar, a guardar, a perseverar, a servir y a esperar.
Que esta Visita Pastoral deje en el arciprestazgo de Utrera un renovado amor a la Iglesia, una comunión más fuerte entre todos, un impulso misionero más decidido, una vida sacramental más intensa y una caridad más visible. Que nadie vuelva hoy a su casa pensando que todo ha terminado. No. Hoy, en cierto modo, todo comienza de nuevo. El Señor nos envía otra vez. Nos llama a seguir trabajando en su viña. Nos pide fidelidad, humildad, perseverancia y alegría. Bajo la mirada maternal de Nuestra Señora de Consolación, pidamos esa gracia. Que ella acompañe a los sacerdotes y diáconos, a los miembros de la vida consagrada; que sostenga a los laicos, fortalezca a las familias, anime a los jóvenes, consuele a los enfermos y ancianos, y haga de este arciprestazgo una porción viva, unida y fervorosa de la Archidiócesis de Sevilla. Así sea.
Monseñor José Ángel Saiz Meneses
Arzobispo de Sevilla

