La Ascensión del Señor

En este VII Domingo de Pascua celebramos con alegría la solemnidad de la Ascensión del Señor, uno de los grandes misterios de la vida de Cristo y una fiesta litúrgica que llena de esperanza a la Iglesia. La Ascensión no significa la ausencia de Jesús ni una despedida definitiva de sus discípulos. Al contrario, el Señor resucitado entra en la gloria del Padre y permanece para siempre vivo y cercano a nosotros. Así lo recuerda san León Magno, «la gloria de la Cabeza» se convirtió en «la esperanza del cuerpo» (cf. Sermón sobre la Ascensión del Señor). Como recuerdan las reflexiones sobre este misterio, antes de subir al cielo “Jesús les dio instrucciones” a sus apóstoles y luego “ocupó su puesto” junto al Padre. Con ello, Cristo confía a la Iglesia la misión de anunciar el Evangelio hasta los confines de la tierra y promete el don del Espíritu Santo, fuerza y guía del pueblo cristiano. La Ascensión nos recuerda que nuestra vida tiene una meta eterna y que Jesús intercede continuamente por nosotros. Además, este misterio fortalece nuestra esperanza: aunque el mundo atraviese dificultades y la fe encuentre obstáculos, Cristo glorificado sostiene siempre a su Iglesia. Por eso, la Ascensión es también una invitación a vivir mirando al cielo, pero con los pies firmemente puestos en la misión cotidiana de anunciar el Reino de Dios con fidelidad y alegría.

Coincidiendo con esta celebración, la Iglesia conmemora la LX Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales con el lema “Custodiar voces y rostros humanos”. En su mensaje, el Papa recuerda que el rostro y la voz son rasgos únicos de cada persona y expresan su identidad irrepetible. En un tiempo marcado por el desarrollo acelerado de la inteligencia artificial, las redes sociales y los sistemas digitales, el Santo Padre nos invita a reflexionar sobre la importancia de una comunicación verdaderamente humana. El desafío actual no es solamente tecnológico, sino profundamente antropológico: se trata de cuidar la dignidad de las personas, evitar la manipulación de la verdad y no reducir al ser humano a un simple dato o algoritmo. El Papa advierte también del peligro de una comunicación superficial, agresiva o manipulada, que puede erosionar nuestra capacidad de pensar críticamente y de relacionarnos auténticamente con los demás. Frente a ello, propone una comunicación basada en la responsabilidad, la cooperación y la educación. Custodiar voces y rostros humanos significa aprender a escuchar, respetar y reconocer al otro como un hermano. También significa defender la verdad y promover una cultura del encuentro frente a la polarización y la indiferencia. Como discípulos de Cristo, estamos llamados a comunicar esperanza, misericordia y fraternidad, utilizando los medios de comunicación como instrumentos al servicio del bien común y nunca como armas que hieren o dividen.

En este contexto comunicativo adquieren especial importancia las recientes palabras del Papa con motivo del centenario de la creación de la Librería Editora Vaticana. El Santo Padre ha querido recordar el valor permanente del libro en la vida de la Iglesia y de la sociedad. El libro —afirma— es una oportunidad para pensar, encontrarnos y anunciar a Cristo. En una cultura marcada muchas veces por la rapidez y la superficialidad, la lectura sigue siendo un camino privilegiado para profundizar, reflexionar y formar un pensamiento crítico. Leer ayuda a abrir la mente, a evitar visiones reducidas de la realidad y a cultivar la interioridad. Además, los libros son puentes que favorecen el encuentro entre las personas, creando diálogo y comunión. Pero, para los cristianos, el libro tiene todavía un valor más profundo: es instrumento de evangelización y ocasión para acercarse a Cristo. La lectura de la Sagrada Escritura, de la vida de los santos o de buenos textos espirituales puede transformar el corazón y renovar la fe.

Pidamos al Señor que nuestras palabras y nuestras formas de comunicar custodien siempre voces y rostros humanos, promoviendo el respeto, la verdad y la fraternidad. Y mientras nos acercamos a la solemnidad de Pentecostés, preparémonos con la oración y la esperanza para recibir al Espíritu Santo, que fortalece nuestra fe y nos impulsa a ser testigos alegres del Evangelio en el mundo de hoy.

+ José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla

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