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La Diócesis de Jaén instituye la Medalla Diocesana «Pro Ecclesia Giennensi»

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El Obispo de Jaén, Monseñor Chico Martínez, ha firmado el decreto que establece esta distinción honorífica para reconocer servicios de especial relevancia a la Iglesia diocesana

La Diócesis de Jaén cuenta desde hoy con una regulación formal para una distinción que quiere reconocer, de manera excepcional, el servicio fiel y generoso prestado a la Iglesia diocesana. Don Sebastián Chico Martínez ha firmado este 11 de septiembre de 2026 el decreto por el que queda instituida oficialmente la Medalla Diocesana «Pro Ecclesia Giennensi», distinción honorífica propia de la Diócesis de Jaén.

La nueva regulación nace con el propósito de reconocer públicamente a personas cuya trayectoria o servicio hayan supuesto una aportación especialmente significativa a la misión de la Iglesia en Jaén. La Medalla pretende ser, en palabras del propio decreto, una expresión de gratitud hacia quienes entregan sus capacidades y buena parte de su vida a la evangelización, la celebración de la fe, la caridad, la formación cristiana, el sostenimiento de las comunidades y las distintas tareas que hacen posible la misión diocesana.

La distinción conservará un carácter exclusivamente honorífico y testimonial. Su concesión no implicará derechos canónicos, precedencia, privilegios litúrgicos, remuneración ni ninguna otra ventaja jurídica o económica.

Un reconocimiento al servicio excepcional

Las normas aprobadas subrayan, expresamente, el carácter excepcional de la Medalla. No habrá obligación de concederla cada año ni existirá un número mínimo de personas galardonadas.

Entre los criterios que deberán valorarse se encuentran una trayectoria prolongada y acreditada de servicio a la Iglesia o la realización de un servicio singular de extraordinaria relevancia; la dedicación a ámbitos como la evangelización, la pastoral, la liturgia, la catequesis, la formación, la caridad, la educación, la acción social, el patrimonio o el sostenimiento de la misión; así como la disponibilidad, la generosidad, la gratuidad y el espíritu de servicio. También, se tendrán en cuenta la comunión eclesial, el testimonio cristiano, la ejemplaridad y los frutos pastorales, comunitarios o institucionales que puedan acreditarse.

La normativa establece, además, una distinción importante: la antigüedad, la jubilación o el mero desempeño de un cargo no serán suficientes por sí solos para recibir la Medalla, como tampoco la notoriedad pública o profesional, las donaciones o aportaciones económicas, o el simple cumplimiento de las obligaciones laborales, ministeriales o estatutarias.

En el caso de los sacerdotes, deberá acreditarse que el mérito supera el cumplimiento ordinario y fiel del ministerio encomendado. Para quienes desarrollen servicios profesionales remunerados en instituciones eclesiales, será necesaria una aportación extraordinaria que trascienda claramente el cumplimiento contractual. En cofradías, hermandades, asociaciones y movimientos, tampoco serán suficientes la antigüedad o la ocupación de cargos directivos: deberá acreditarse un servicio eclesial especialmente significativo, realizado en comunión con los pastores y con fruto para la comunidad.

Una medalla con símbolos de la tradición cristiana de Jaén

La Medalla Diocesana «Pro Ecclesia Giennensi» adopta como modelo oficial la pieza que ya había sido diseñada para la Diócesis de Jaén. Se trata de una medalla de 70 milímetros de diámetro, realizada en metal con baño de plata.

En su anverso aparece el crismón visigodo de La Guardia, como evocación de las antiguas raíces cristianas de Jaén, acompañado por la leyenda evangélica: «Al que me sirva mi Padre lo honrará». En el reverso figuran el Santo Rostro, el alfa y la omega y el triple arco de inspiración vandelviriana, vinculado a la Santa Iglesia Catedral de Jaén. El diseño original es obra del presbítero D. Pedro José Martínez Robles. La medalla estará acompañada además de una pequeña insignia. Junto a la medalla, la persona distinguida recibirá un diploma acreditativo, de carácter institucional y protocolario.

Un procedimiento reservado y con decisión exclusiva del Obispo

La concesión corresponderá exclusivamente al Obispo diocesano. Las candidaturas podrán ser promovidas por el propio obispo o presentadas por responsables pastorales o institucionales, consejos diocesanos, arciprestales o parroquiales y, en determinados supuestos, por asociaciones, movimientos, cofradías y hermandades. Las normas descartan expresamente las autopropuestas, las campañas públicas y las recogidas de firmas.

Las propuestas deberán presentarse en la Secretaría General-Cancillería durante el mes de junio e incluir una exposición razonada de los méritos, una reseña o currículo eclesial, documentación que permita comprobar los hechos alegados y una propuesta breve de motivación. A partir de ahí se abrirá un expediente reservado y se recabarán los informes necesarios antes de elevarlo al Obispo.

El procedimiento incorpora, también, medidas destinadas a preservar la buena fama y la intimidad de las personas candidatas. Los expedientes tendrán acceso restringido y la existencia de una candidatura no se hará pública antes de la decisión episcopal. El Consejo Episcopal será oído ordinariamente por el Obispo, aunque su valoración no tendrá carácter vinculante.

Cada concesión se formalizará mediante un decreto episcopal en el que constarán el nombre de la persona distinguida y, al menos de forma resumida, los méritos que fundamentan el reconocimiento. La concesión quedará además inscrita en un registro permanente gestionado por la Secretaría General-Cancillería.

La entrega de la Medalla será ordinariamente realizada por el Obispo y tendrá carácter público, preferentemente en un acto diocesano o en el lugar con el que la persona distinguida haya mantenido una vinculación especialmente significativa.

Continuidad con las medallas concedidas anteriormente

El decreto firmado por Mons. Sebastián Chico Martínez contempla también la continuidad histórica con las medallas concedidas por la Diócesis de Jaén con anterioridad a la entrada en vigor de esta regulación, siempre que puedan acreditarse documentalmente. Estas concesiones quedarán integradas en la nueva Medalla Diocesana «Pro Ecclesia Giennensi» y serán inscritas de oficio en el Registro, conservando su fecha originaria de concesión.

Con la entrada en vigor de este decreto, la Diócesis dota así de un marco estable a una distinción destinada a reconocer trayectorias y servicios que, por su especial relevancia, hayan contribuido de manera singular a la vida y misión de la Iglesia de Jaén.

Decreto Medalla Diocesana «Pro Ecclesia Giennensi»

“El perdón no es una señal de debilidad, es una señal de amar con el amor de Cristo”

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Homilía de D. José María Gil Tamayo, arzobispo de Granada, en el XXIV Domingo del Tiempo Ordinario, en la S.A.I Catedral, el 13 de septiembre de 2026.

Queridos sacerdotes celebrantes,

Queridos hermanos y hermanas, también quienes nos seguís a través de la televisión.

Acabamos de escuchar la Palabra de Dios, que nos habla de amor, del amor al prójimo, del amor a Dios. Llevamos varios domingos insistiendo en este mandamiento que es el principal de los cristianos, el mandamiento principal. Las preguntas en el Evangelio son esenciales. Los evangelistas se sirven del género de las preguntas para mostrar los mensajes esenciales de Jesús.

¿Acordaros, ya hace unos domingos que la pregunta era “Maestro, cuál es el mandamiento principal de la ley”? Incluso insiste ¿Quién es mi prójimo? Ahora, el Señor se sirve de esa pregunta de Pedro: ¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano? ¿Siete veces? Siete veces, en el mundo judío es el número de la plenitud. Siete son los sacramentos. Y esta pregunta arranca de Cristo una respuesta esencial para el cristiano, que es consecuencia del amor a Dios y del amor al prójimo.

Dios es compasivo y misericordioso, hemos repetido. El Señor es compasivo y misericordioso. Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz, aquí, también representado por el Cristo de San Agustín. En la Cruz, precisamente en la cátedra de la Cruz, donde nos da la muestra mayor de amor. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos”.

Jesús, una de sus últimas palabras son “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”. Y el Señor nos dice en el Evangelio que cuando oremos, digamos esa oración del Padre Nuestro, donde están contenidos todos los deseos, todos los anhelos que podamos, toda la alabanza, todas las peticiones al Señor, toda la acción de gracias. Que, amando a Dios y decimos que nos atrevemos, Padre, perdona nuestras ofensas y ponemos a continuación, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

Y el Señor nos muestra esto claramente en el Evangelio. No es un añadido, no es algo opcional. El amor cristiano que hemos ido desgranando estos domingos… Cordaros el domingo pasado nos hablaba el Señor de la corrección fraterna que lleva consigo esa obra de misericordia de corregir al que yerra, de que hemos de buscar la santidad de los demás, ayudándoles a ser mejores.

Que no podemos dejarnos llevar de la crítica, de la murmuración, del chisme. Hoy el Señor es todavía más exigente. Perdonemos a los demás. Claro que el perdón es algo que nos cuesta, que nos la hacen, nos la paga. Ojo por ojo, diente por diente. Y vivimos en un mundo también, queridos hermanos, donde el perdón está como infravalorado, como muestras de debilidad.

Ciertamente hay clases de perdón, hay un perdón ante circunstancias. Una vez que estuve en Colombia y estuve en un curso para obispos que había sobre comunicación y una de las conferencias la daba un sacerdote que hablaba de la reconciliación, del perdón en un país que todavía está sumido en el terrorismo. Donde hay muertes, donde una parte importante de la población ha sufrido esa lacra inhumana del terrorismo.

Y hay procesos para que esas personas, que han sido heridas, que han visto morir a sus seres inocentes, pues vayan también rehabilitándose y curando esa herida. Y eso no se hace de la noche a la mañana, eso no se hace. Bueno, voy a perdonar sin más. Eso es un proceso que cuesta, es un proceso que pasa por la memoria. Es un proceso que va en la hondura de la herida, poniendo el bálsamo del amor y de la misericordia.

Pero eso solo podemos hacerlo con el tiempo. Pero hay muchas clases de perdones. Hay el perdón ante una falta de educación ayer, perdón ante un desaire. Pero, queridos amigos, no estamos hechos para albergar en el corazón el rencor, el desamor. No podemos estar permanentemente con las heridas abiertas, no podemos estar esperando una revancha. Quien me la hace, me la paga.

No podemos estar con esa precaución que nos impide amar plenamente porque hemos sufrido un desaire, porque hemos sufrido un desamor. Tenemos que perdonar. El perdón, a quien primero beneficia es a quien lo ejerce. El perdón no es una señal de debilidad, es una señal de amar con el amor de Cristo, que nos ha amado hasta el extremo. El amor nos ha de llevar al perdón.

Claro que el Señor pone cosas en el Evangelio difíciles para los cristianos, cosas que superan la pura justicia humana. El Señor nos exige a los cristianos más. Sabéis que se dijo a los antiguos: Ojo por ojo, diente por diente. Pero yo os digo. No así entre vosotros, y eso no es para unos pocos. Esa es la condición, queridos amigos, en una sociedad herida como la nuestra, para que tanto en la familia a la primera de cambio se rompe. ¿Pero qué clase de amor se rompe? O en un matrimonio se van acumulando desaires, reproches, se van guardando hasta que un día explosiona y salen todos en fila ante una cosa que colma el vaso.

No podemos ser, gente, que llevemos el corazón cargado de resentimiento. Estamos hechos para amar. Lo cual no quiere decir que vayamos por la vida de bobos. Tenemos que ir con la verdad, tenemos que ir con la sinceridad, tenemos que ir con la corrección, tenemos que saber decir las cosas sin humillar. Tenemos que hacer ejercicio del respeto a nuestros derechos para exigir y vivir también el respeto a los derechos de los demás, mutuamente.

Pero el amor cristiano, que es el amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones, nos lleva a otra medida. La medida de Cristo. Que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Y, ¿cómo nos ha amado Cristo? ¿Cómo nos ama Dios? Como un Padre. La parábola del hijo pródigo que sale el padre a buscar al hijo que le ha traicionado, que ha vendido toda su herencia y que viene buscando su perdón.

Nos dice el Evangelio que lo cubre de besos. Se lo come a besos. Así es Dios. Y estamos hechos para vivir conforme al amor de Dios. Instaurar en nuestro mundo el amor de Cristo, que no significa ser bobos, vuelvo a repetir. A veces hay que hacer el tonto, hay que hacer el tonto, pero el tonto en Cristo. No porque lo seamos.

Y entonces nuestro mundo cambia, ha hecho más para nuestro mundo san Juan de Dios, la Madre Teresa de Calcuta, san Vicente de Paúl y tantos y tantos santos gigantes de la caridad, que otros. Y vuelvo a repetir, vivimos en un mundo crispado. Crispado a nivel internacional, por mucho que nos divirtamos… Los noticieros y empezando por nuestro país, ahí tenemos Ceuta.

Empezando por tantos y tantos escenarios abiertos con guerra. Pensemos en Ucrania, con una guerra de cuatro años. Entre eslavos. Cristianos, pensemos en tantos escenarios donde se pisotean los derechos humanos, pensemos en tantos escenarios donde la libertad está ausente. Pensemos en Nicaragua, pensemos en Cuba, pensemos en tantos escenarios donde la trata de blancas está a la orden del día, o donde las mafias trafican con seres humanos ofreciéndoles unas mejores condiciones de vida.

Pero pensemos también en el escenario social y político. ¿Cómo son las sesiones de nuestro Parlamento? No van a jugar al parchís, ciertamente. ¿Cómo son? ¿Y si son el reflejo de una sociedad como la nuestra que se contagia? ¿Qué pasa, que el otro no es el adversario en su derecho a discrepar, sino que es el enemigo a abatir? Queridos hermanos, esta es nuestra sociedad. Pero eso produce un acumular de resentimiento, del que tenemos triste recuerdo en nuestra historia.

Recuperemos la paz, la serenidad, la concordia. Es lo que nos ha dicho el Papa León en su visita a España reciente. Y lo ha dicho a nuestros políticos en el Parlamento, que aplaudían más que en tiempos de Franco.

Pero, ¿en qué ha quedado? Nos lo dice a todos los católicos. Sembremos paz, concordia, busquemos el bien de los otros, unámonos para hacer cosas juntas, no solo cuando ocurran las catástrofes. Pongamos el perdón y empecemos por nuestras propias familias. ¿Cuántas familias divididas? ¿En qué se convierte un proceso de divorcio, de acusaciones mutuas, cuando antes ha habido declaraciones de amor?

Es lo más duro leer unas testificación de los procesos matrimoniales o de los procesos de los divorcios, como enemigos. Y entonces, ante esto, queridos amigos, necesitamos recuperar, no solo las siete veces, las 70 veces siete, como dice el Señor. Como Dios nos perdona a nosotros en el sacramento de la penitencia. Cada vez que acudimos, el Señor nos perdona, abrimos nuestro corazón y nos devuelve la paz y la alegría con su perdón.

Y el sacerdote no nos dice: te quedan tres perdones, como los puntos del carnet. Sino que el Señor está siempre dispuesto a perdonarnos. Ten paciencia conmigo. Pues esa es la paciencia de Dios. Fijaros que había una distancia infinita entre lo que debía al primer amo, aquel siervo y lo que le debía un compañero a él.

Lo que le debía a su Señor era infinito, lo que le debía su compañero era poco. Luego, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, Señor, aunque nos cueste. Pero vamos a intentarlo. Y yo os digo, hay clases de perdón. Pero no vayamos a la tumba cargados de perdón, cuando el examen va a ser de amor.

Acudamos a la Virgen. Ella nos acoge como hijos, sabiendo lo que hemos hecho. Ella, como Madre intercede por nosotros. Por eso les decimos “Ruega por nosotros” y ¿quiénes somos? Pecadores. Ahora y en la hora de nuestra muerte.

Amén.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

S.A.I Catedral de Granada
13 de septiembre de 2026

«SE ACERCÓ Y SE PUSO A CAMINAR CON ELLOS». Encuentro en el camino (Lc 24, 15)

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Identificados con el Señor, y cargando en la mochila la Palabra de Dios que es luz y guía, nos echaremos al camino para caminar cerca de los que no conocen a Jesucristo o lo tienen olvidado, para acompañarlos y abrirlos a la verdad del Evangelio, para tratar de insertarlos en procesos de formación y, finalmente, para dotarlos de las herramientas suficientes para ser luz en medio del mundo

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Dos seminaristas acompañan a los sacerdotes mayores durante el verano: “Esta experiencia me ha aportado grandes deseos de ser fiel al Señor en la vocación, hasta el final”

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Dos seminaristas acompañan a los sacerdotes mayores durante el verano: “Esta experiencia me ha aportado grandes deseos de ser fiel al Señor en la vocación, hasta el final”

Dos seminaristas acompañan a los sacerdotes mayores durante el verano: “Esta experiencia me ha aportado grandes deseos de ser fiel al Señor en la vocación, hasta el final”

Javier Garrido, a punto de ordenarse diácono, y Juan Nazario Balón, seminarista de segundo curso, han vivido este verano una experiencia que -confiesan- jamás olvidarán.

Durante unas semanas han acompañado a los sacerdotes mayores de nuestra Archidiócesis en la Casa Sacerdotal ‘Santa Clara’, colaborando con los auxiliares en la preparación y el servicio de sus comidas y acompañando a los presbíteros. Juan Nazario describe su quehacer diario en esta casa diocesana como “esencialmente estar, acompañar, asistir y escuchar”. Sin embargo, pese a la sencillez de sus tareas, este seminarista asegura que la experiencia le ha impactado muy positivamente. Recuerda cómo al ingresar en el Seminario entregan una cruz grabada con la inscripción ‘Sé fiel’. “Esta inscripción -explica- está grabada en el corazón de cada sacerdote de la Casa Santa Clara, pero quizás ligeramente modificada: ‘He sido fiel’, y completada con aquello de San Pablo: “He combatido el noble combate, he completado mi carrera, he conservado la fe”. Por eso, lo que me ha aportado esta experiencia es, sobre todo, grandes deseos de ser fiel al Señor en la vocación sacerdotal, hasta el final”.

Por su parte, Javier Garrido asegura que “han sido días muy buenos. Me faltan adjetivos para poder expresar lo que llevo en el corazón”. Si bien, de entre todo lo vivido, destaca la celebración diaria de la misa. “A las doce estaban la mayoría en la capilla. Los sacerdotes con sus estolas, hasta los más mayores. Juntos rezábamos el Ángelus y comenzaba la Eucaristía. Todos concelebran y uno presidía. Una de las mujeres leía las lecturas, otro sacerdote proclamaba el Evangelio y otro las peticiones. Nosotros amenizábamos la celebración con cantos”.

El valor del cuidado

Este servicio ha ayudado también a los seminaristas a acercarse a la realidad del cuidado, especialmente del enfermo y de las personas que están al final de su vida.

Al respecto, Javier Garrido opina que su apostolado en la Casa Sacerdotal le ha reafirmado en la enseñanza de la Iglesia: “La vida tiene un valor incalculable desde la concepción hasta la muerte natural, porque algunos de los sacerdotes están apagándose lentamente, a veces hasta con dolor o molestia, pero su vida sigue teniendo sentido. Ver un sacerdote que prácticamente no habla mucho ni come solo, pero reza contigo, vive la comunión espiritual y te da la bendición… No es solo lo que hace y da, sino lo que es”.

En esta línea se expresa Juan Nazario quien señala que “el sacerdote está crucificado con Cristo, y el ministerio sacerdotal es inseparable al misterio de la Cruz. En estos sacerdotes, esta unión se significa de una manera muy concreta y profunda. A ojos utilitaristas y materialistas, podría parecer que estos sacerdotes ya no ejercen su ministerio, son inservibles y no dan frutos. Sin embargo, a ojos de la fe, ¿cuánto vale la oración de un sacerdote que sufre? ¿Cuánto fruto pastoral hay tras el dolor de un sacerdote? ¿Cuánto bien para la Iglesia”, se pregunta.

Humildad y fidelidad

Son dos valores que ambos seminaristas han encontrado en los sacerdotes mayores que residen en la Casa Sacerdotal. Al respecto, el seminarista de segundo curso argumenta que le ha edificado el testimonio de humildad de estos sacerdotes. “Entre ellos había profesores de teología, doctores, antiguos rectores del seminario… Sin embargo, eso ahora no parece importarles, parecería haber quedado atrás, quedando ahora, sin embargo, la alegría humilde del sólo hecho de ser sacerdotes de Cristo”. A lo que el futuro diácono añade que conocer sus testimonios le ha hecho profundizar en la certeza de que Dios está con nosotros hasta el final y en la fidelidad de su promesa. “Poder conocer, ayudar y servir a sacerdotes que han dado su vida por el Señor en esta tierra, y ver cómo acaban sus días siendo fieles -muchos de ellos muy desgastados pero fieles-, me ha dado fortaleza y esperanza en que es posible y gratificante dar la vida por Cristo y en su Iglesia”.

Finalmente, ambos agradecen al Seminario la oportunidad de vivir esta experiencia durante el verano y reconocen que cada pastoral a la que son enviados “nos enriquece y nos ayuda en nuestro discernimiento vocacional”, en palabras de Javier Garrido.

“Nuestro mundo actual desconfía del compromiso. No cree en la posibilidad de comprometerse para siempre, de entregarse de manera definitiva, de apostar por decisiones que comporten toda la vida, y los seminaristas y sacerdotes podemos ser tentados en estas convicciones. La Casa Sacerdotal muestra con fuerza lo contrario: Es posible ser fiel hasta el final, es posible la fidelidad al Señor y a la vocación, es posible entregar la vida, y no solo es posible, sino que vale la pena y, además, es hermoso”, concluye Juan Nazario.

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José Miguel Verdugo jura su cargo como vicario de la zona Sevilla 2

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José Miguel Verdugo jura su cargo como vicario de la zona Sevilla 2

José Miguel Verdugo jura su cargo como vicario de la zona Sevilla 2

Esta mañana se ha celebrado la primera sesión del Consejo Episcopal de la Archidiócesis de Sevilla correspondiente al curso pastoral 2026-2027. Ha sido presidida por el arzobispo de Sevilla, monseñor José Ángel Saiz Meneses, y a su inicio ha jurado su cargo, como vicario de la zona Sevilla 2, el sacerdote José Miguel Verdugo.

Nacido en Sevilla el 21 de abril de 1970, fue ordenado presbítero en septiembre de 2001, de manos de monseñor Carlos Amigo. Entre sus destinos pastorales figuran las parroquias de Santiago el mayor, en Villanueva del Río y Minas; San Juan Bautista, en Alcolea del Río; Nuestra Señora de la Estrella, en Valencina; Nuestra Señora de Guadajoz, en Guadajoz; y el arciprestazgo de San Bernardo. Miembro del Consejo Presbiteral, su nombramiento como vicario de la zona Sevilla 2, de la capital hispalense, fue publicado el pasado mes de junio.

El Consejo Episcopal es el órgano de gobierno de la Archidiócesis de Sevilla, encargado de asistir de forma directa al arzobispo en la dirección y administración general de la diócesis. Este órgano se reúne las mañanas de los martes en el Arzobispado, balo la presidencia del arzobispo.

GALERÍA fotográfica del acto

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La Diócesis de Huelva convoca a los adultos que desean recibir los sacramentos de la Iniciación Cristiana

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La Diócesis de Huelva convoca a los adultos que desean recibir los sacramentos de la Iniciación Cristiana

La Diócesis de Huelva convoca a los adultos que desean recibir los sacramentos de la Iniciación Cristiana

El encuentro tendrá lugar el jueves 24 de septiembre, a las 17.00 horas, en el Seminario Diocesano de Huelva, situado en la avenida Santa Marta, 82.

La convocatoria está dirigida a todas aquellas personas adultas que desean comenzar un camino de preparación para recibir los sacramentos de la iniciación cristiana, bautismo, confirmación y eucaristía, así como a quienes estén interesadas en conocer el proceso de acompañamiento y formación que la Iglesia ofrece para este itinerario de fe.

La reunión está organizada por la Delegación Diocesana para la Catequesis de Iniciación Cristiana y Catecumenado de Adultos, desde la que se impulsa y acompaña este proceso en la Diócesis de Huelva.

Este camino pretende ofrecer a los adultos que se acercan a la fe un espacio de encuentro, formación y acompañamiento, ayudándoles a descubrir y profundizar en la vida cristiana y a prepararse para el proceso de la celebración de los sacramentos de la iniciación cristiana.

La Diócesis de Huelva invita a las personas interesadas a participar en este encuentro y a dar este primer paso en un camino de fe y de incorporación a la vida de la Iglesia.

Lugar: Seminario Diocesano de Huelva, avenida Santa Marta, 82.
Fecha: jueves, 24 de septiembre.
Hora: 17.00 horas.

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María Santísima de la Sangre. Iglesia de San Benito Abad (Gerena)

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María Santísima de la Sangre. Iglesia de San Benito Abad (Gerena)

María Santísima de la Sangre. Iglesia de San Benito Abad (Gerena)

El 12 de septiembre, memoria del Dulce Nombre de María, fue coronada canónicamente la venerada imagen de la Virgen de la Sangre, titular de la Hermandad de la Vera Cruz de la localidad de Gerena.

Los orígenes de esta Hermandad se remontan según la tradición a 1258, año en el que el rey Alfonso X hizo donación a los benedictinos que acompañaban a los conquistadores de Gerena, los caballeros de la Orden de Alcántara, de unas tierras donde se establecieron para comenzar su labor evangelizadora y asistencial, fomentando la devoción a San Benito Abad. Así, fundan un Hospital, que ya existía en 1308 según Ortiz de Zúñiga, en cuya iglesia surgirán las hermandades de la Santa Vera Cruz, cuyas reglas se aprobarán en 1389, y la del Señor San Benito Abad, las cuales se fusionarán alrededor del año 1598.

La comunidad benedictina, junto con el Hospital, desapareció debido a la desamortización de Mendizábal, conservándose en la actualidad la iglesia, sede de la Hermandad que venera con especial devoción al Santísimo Cristo de la Vera Cruz, de finales del siglo XIV, y a la Virgen de la Sangre, recibiendo culto ambos en el retablo mayor, interesante obra del siglo XVIII rematado por un relieve que representa la coronación de espinas del Señor.

María Santísima de la Sangre es una bella imagen de candelero, obra anónima del siglo XVIII, en la que se destaca la delicadeza de sus facciones, subrayada por la policromía que presenta. Presenta su cabeza una ligera inclinación a su derecha, lo que le añade una nota de dulzura y humildad.

Esta advocación mariana no hace referencia a la sangre de la Virgen, sino a la de su Hijo, y está muy vinculada a la devoción a la Vera Cruz de Cristo y a la preciosa Sangre que el Redentor derramó en el madero por nuestra salvación, poniendo de relieve así la participación de la Madre al pie de la cruz en el sacrificio de su Hijo. Históricamente el nombre puede derivar del hecho de que esta hermandad se encontraba radicada, como ya hemos comentado, en un hospital de sangre, así como que era venerada esta imagen mariana por una hermandad “de sangre”, es decir, que contaba con disciplinantes en su estación de penitencia.

En cualquier caso, esta bella y sugestiva advocación mariana pone de relieve la relación íntima y estrecha entre la Virgen y Jesús, ya que como afirmaba San Juan Pablo II en su encíclica Redemptoris Mater, gracias a su maternidad, “Jesús, Hijo del Altísimo, (…) es carne y sangre de María”.

No podemos olvidar igualmente que para la cultura judía la sangre es símbolo de la vida (Dt 12, 23), por lo que se presenta así a María como la Madre de la Vida, al habernos dado al que es la Vida, Cristo (Jn 14,6).

Antonio Rodríguez Babío, delegado diocesano de Patrimonio Cultural

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