
Si hace algún tiempo aparecía en nuestras vidas la expresión “FOMO” (fear of Missing Out), como sinónimo del miedo a perderse algo, ahora ha llegado hasta nosotros la expresión “JOMO” (Joy of Missing out), la alegría de perderse cosas.
Porque estar en todo, conocer todas las novedades, vivir todas las experiencias responder a todas las invitaciones, al final, cansa. Por ello es necesario aprender a elegir aquello que corresponde con nuestra vocación. Perderse algo no es quedarse fuera de la vida, sino que puede ser estar exactamente donde Dios quiere que estemos.
Quizá esta nueva tendencia es una manera de vivir el desprendimiento. Decir no a planes, contenidos, compras, modas no porque sean malos, sino porque, en palabras del Apóstol, todo me es lícito, pero no todo me conviene (1 Cor 10, 23). Como veíamos hace unos meses, en el fondo late nuestra obsesión por controlarlo todo mientras estamos ausentes.
Frente a esta ansiedad podemos cultivar la confianza que nos hace entender que el mundo no depende de nuestra vigilancia permanente. Debemos focalizarnos, porque, aunque estamos más conectados que nunca, también estamos más ausentes, especialmente con quien tenemos delante.
Asumamos el reto de ganar en presencia, recuperar la capacidad de estar por completo con una persona, en una tarea, durante la comida o la oración. En este sentido, también deberíamos recuperar el domingo como un día para centrarnos en lo esencial.
Alguien que mira desde fuera puede pensar que la misa te quita el tiempo, pero quien la vive desde dentro descubre que también te ayuda a ordenar el tiempo al recordarnos para qué vivimos. Acudir a misa nos hace entender que hay presencias que merecen que todo lo demás espere.
Jesús Martin Gómez
Párroco de Vera

