Reflexión para el Domingo de Ramos:
Reflexión para el Lunes Santo:
Reflexión para el Martes Santo:
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En su alocución en el tradicional acto de la Cofradía de los Estudiantes ante la fachada de la Catedral, el obispo de Málaga ha animado al mundo universitario a buscar la verdad sin miedo y sin ataduras, con la valentía de quien no se deja comprar y con la humildad de quien reconoce que siempre queda algo por aprender.
Texto íntegro del discurso de D. José Antonio Satué
COFRADÍA DE ESTUDIANTES
Junto al Cristo Coronado de Espinas, viva representación de la humildad, me dirijo a vosotros, hombres y mujeres de esta Hermandad vinculada a la Universidad de Málaga y a diversas instituciones estudiantiles, una Hermandad en la que tantos jóvenes encontráis un espacio de fe y compromiso. Quisiera invitaros, en estas breves palabras, a unir verdad y humildad.
No dejemos nunca de buscar la verdad. No permitamos que intereses económicos, ideológicos o incluso religiosos nos compren o condicionen. Ninguna multinacional, ningún partido político y ninguna confesión de fe merecen que les entreguemos nuestro tiempo y nuestra vida si pretenden apartarnos de la verdad.
Esta llamada es especialmente urgente en la cultura actual, que con frecuencia prioriza el sentimiento sobre el conocimiento y ha dado carta de ciudadanía a la llamada post‑verdad, expresión que, a mi modo de ver, no es más que una forma elegante de referirse a la mentira menos piadosa.
Fiódor Dostoyevski describió con lucidez la degradación moral a la que conduce la mentira continuada. En Los hermanos Karamazov escribió: «Quien se miente a sí mismo y escucha sus propias mentiras, llega al punto de no poder distinguir la verdad, ni dentro de sí mismo ni en torno a sí, y de este modo comienza a perder el respeto a sí mismo y a los demás».
Por eso, queridos hermanos y hermanas, no os canséis de buscar la verdad, aunque sacuda vuestros planteamientos o incomode intereses poderosos. Nuestra sociedad necesita estudiantes, profesores y universidades que busquen incansable e insobornablemente la verdad.
Pero no olvidemos buscar la verdad con humildad. El verdadero sabio es humilde, porque, como afirma la cita atribuida a Albert Einstein, «a medida que nuestro círculo de conocimiento se expande, también lo hace la circunferencia de oscuridad que lo rodea». O, dicho de otro modo, «la realidad es superior a la idea», como repetía con frecuencia el papa Francisco.
Quien busca la verdad ha de ser consciente del valor y también de los límites de su propio método para acercarse a la realidad. En este sentido, es justo reconocer la grandeza de la razón científica: gracias a su capacidad para medir, analizar y organizar el mundo, ha ampliado extraordinariamente nuestra posibilidad de transformarlo. Sin embargo, también debemos admitir que esta razón, por sí sola, resulta insuficiente para orientar nuestra existencia y marcar el rumbo de la historia hacia la paz y la fraternidad..
Es, por tanto, el momento de abrirnos con humildad a otras formas de sabiduría: la del filósofo que cuestiona sin descanso su propio conocimiento, la del pastor que contempla la creación mientras guarda y conduce a las ovejas, la del místico que bucea desde el silencio en las profundidades el alma humana, la de la Virgen de Gracia y Esperanza que acompaña el dolor de sus hijos, y la del Cristo coronado de espinas, que entregó su vida para desvelarnos el misterio de Dios y la vocación al amor más grande que habita en todo hombre y mujer.
Queridos amigos y amigas, concluyo ya. Busquemos la verdad sin miedo y sin ataduras, con la valentía de quien no se deja comprar y con la humildad de quien reconoce que siempre queda algo por aprender. Así evitaremos caer tanto en el relativismo como en el fundamentalismo. De este modo podremos construir una sociedad más justa y vivir una fe más auténtica.
+ José Antonio Satué
Obispo de Málaga
El 6 de abril, a las 19:30 horas, y a continuación el primer concierto.
El próximo lunes 6 de abril, Lunes de Pascua, será bendecido el órgano de la Epístola de la Catedral de Granada, obra del organero Leonardo Fernández Dávila, construido en el siglo XVIII, y cuya restauración ha concluido.
Tras esta nueva bendición con motivo de la restauración, se celebrará el primer concierto con dicho órgano, a cargo de la organista titular Concepción Fernández Vivas. Este concierto en la propia Catedral se celebrará ese día 6, a las 19:30 horas.
Los medios que lo deseen están invitados a esta cobertura.
La entrada al público es libre hasta completar aforo.
Granada, 31 de marzo de 2026
Ha fallecido el sacerdote diocesano Francisco Javier Pérez Mantero, a los 92 años de edad.
Canónigo emérito de la Catedral de Sevilla, nació el 18 de julio de 1933 en Higuera de la Sierra (Huelva).
Ordenado el 13 de abril de 1958 en Sevilla, inició su servicio pastoral como vicario parroquial de San Miguel y capellán de las clarisas del convento de Santa Clara, en Morón de la Frontera.
En 1960 es designado párroco de San Joaquín, en Sevilla, cargo que ostentó hasta 2011. En 2004 fue nombrado canónigo del Cabildo Catedral de Sevilla.
La Archidiócesis de Sevilla ruega al Señor por su eterno descanso, agradeciendo su servicio y su testimonio de entrega a la Iglesia durante tantos años
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La Diócesis de Cartagena celebra cada año en Martes Santo la Misa Crismal en la Catedral.
El repique de las campanas de la Catedral anunciaba esta mañana la celebración de la Misa Crismal, en la que el presbiterio diocesano renueva sus promesas sacerdotales, y el obispo consagra el Santo Crisma y bendice los óleos con los que se ungirá a catecúmenos y enfermos.
Como cada año, la procesión de entrada se iniciaba en el patio del Palacio Episcopal y el obispo de la Diócesis de Cartagena, Mons. José Manuel Lorca Planes, presidía la celebración, acompañado por el Cabildo Catedralicio, los vicarios episcopales y gran número de sacerdotes.
El obispo ha querido que sus primeras palabras hablaran de paz: «Paz es la palabra que más deseo en este momento para todos los pueblos de la tierra, la paz que quiere nuestro Señor Jesucristo».
Como es tradición, la homilía ha estado dirigida especialmente a los sacerdotes a los que el obispo ha animado a dar gracias a Dios por la vocación recibida y a renunciar a lo que les separe de la voluntad de Dios: «Hermanos sacerdotes, tenemos por delante mucha tarea, una tarea de servicio que dé sentido al sí que le hemos dado al Señor y eso supone aceptar el sacrificio de la renuncia, sí, renuncia a todo lo que nos estorbe para cumplir la voluntad de Dios. ¿Estamos dispuestos a ello?».
Al terminar la homilía, los presbíteros, junto al obispo, han renovado sus promesas sacerdotales. Después, durante la plegaria eucarística, Mons. Lorca Planes ha bendecido el óleo de los enfermos y al finalizar la oración de después de la comunión ha bendecido el óleo de los catecúmenos y ha consagrado el Santo Crisma, derramando aromas sobre el aceite. Con este Crisma serán ungidos los bautizados, confirmados y los ordenados para el ministerio sacerdotal; y también se consagrarán con él los altares y las iglesias.
El obispo de Cartagena ha pedido a los fieles presentes en la celebración, y a quienes han podido seguirla a través de TRECE y Popular Televisión, que recen por los sacerdotes, especialmente por los enfermos y ancianos, y por los cuatro que han fallecido este curso, además de Mons. Francisco Gil Hellín. También ha tenido un recuerdo especial para los seis presbíteros que se ordenaron el pasado año y participaban hoy por primera vez en esta Misa Crismal.
Homilía del obispo de Cartagena
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El obispo de Córdoba, monseñor Jesús Fernández, ha presidido en la Catedral de Córdoba la misa crismal como cada Martes Santo. Una solemne celebración litúrgica, manifestación de comunión de los presbíteros con el Obispo, en la que monseñor Jesús Fernández ha consagrado el Santo Crisma y bendecido los demás óleos. Con el Santo Crisma consagrado por el Obispo se ungen los recién bautizados, los confirmados son sellados, y se ungen las manos de los presbíteros y la iglesia y los altares en su dedicación. Con el óleo de los catecúmenos estos se preparan para el bautismo y con el de los enfermos, reciben alivio en su debilidad.
En esta celebración solemne, la primera presidida por monseñor Jesús Fernández desde su toma de posesión el pasado 24 de mayo, en la que también ha participado el obispo emérito de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández, el Obispo ha pronunciado una homilía dedicada al presbiterio cordobés con acento en la labor pastoral de cada sacerdote para ser “los evangelizadores con espíritu que la Iglesia necesita hoy” y porque “la misión es una pasión por Jesús, pero al mismo tiempo una pasión por el pueblo”.
El Obispo ha considerado ante el clero cordobés la espiritualidad presbiteral como una espiritualidad “discipular, de escucha, discernimiento y fidelidad” porque hoy los sacerdotes están urgidos a dar una respuesta a multitud de personas que carecen de lo necesario para vivir dignamente y para ello necesitan seguir ejerciendo de discípulos y discernir la voluntad de Dios “expresada también a través de los signos de los tiempos”. Monseñor Jesús Fernández les ha propuesto “vivir con fidelidad, en pugna constante contra la mundanidad” y llamados a realizar una “espiritualidad de la comunión.
La plenitud sacerdotal se realiza en la comunión, ha confirmado el Obispo en su alocución, una comunión que “esencial a la vida cristiana y nota fundamental de la Iglesia”, aunque puede verse amenazada ante “el individualismo, la división y el enfrentamiento”. Monseñor Jesús Fernández ha señalado la disponibilidad y obediencia como condiciones para llevar a cabo la obra de Dios y ha presentado a los sacerdotes la necesidad de un nuevo impulso evangelizador a la tarea pastoral de cada uno, “contando con la participación de todos los miembros de la Iglesia, caminando en sinodalidad al encuentro del mundo de hoy”, ha dicho.
El Obispo ha instado a los sacerdotes a recuperar el entusiasmo en el anuncio de Jesucristo, solo posible en la medida en que “descubramos que el Evangelio es la respuesta a lo que el mundo espera como solución a los graves problemas que lo afligen” y buscar una verdadera evangelización por la que “estar cerca de la vida de la gente”.
A continuación , el enlace con el Canal de Youtube de Catedral TV con la grabación de la misa crismal completa:
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Una representación importante del clero diocesano se ha dado cita esta mañana en la Catedral de Sevilla en torno al arzobispo, monseñor José Ángel Saiz Meneses, para celebrar la misa crismal, una de las citas destacadas en el calendario diocesano. Por este motivo, el arzobispo ha interrumpido hoy su recorrido habitual de todas las mañanas de Semana Santa por los templos cuyas hermandades realizan estación de penitencia.
La liturgia reserva para esta misa una marcada riqueza simbólica, con momentos especiales. Entre ellos, la consagración del santo crisma y la bendición de los oleos que se usarán en las parroquias de la Archidiócesis durante todo el año. Además, esta misa supone la visibilización de la comunión del presbiterio con su pastor, así como la oración del pueblo fiel por sus sacerdotes. En su homilía, el arzobispo ha destacado que esta mañana se renueva “el sí que pronunciamos el día de nuestra ordenación sacerdotal como respuesta a la llamada de Dios”.
“No celebramos una identidad sociológica”
A continuación, ha afirmado que la misa crismal sólo se entiende desde la convicción de que se celebra “la obra de Cristo, la unción de Cristo; no celebramos una identidad sociológica, sino una configuración sacramental con Cristo Sacerdote, Profeta y Rey”.
En referencia a la bendición de los óleos y el crisma, don osé Ángel ha precisado “no se trata de un rito accesorio o meramente simbólico”. Al contrario, en estos signos la Iglesia reconoce “instrumentos escogidos por Dios para comunicar la gracia de Cristo”. En este punto, ha explicado que “el óleo de los enfermos llevará el consuelo del Señor a quienes padecen la enfermedad, la debilidad o la ancianidad”. El óleo de los catecúmenos, por su parte, “fortalecerá a quienes se preparan para el combate espiritual y para nacer a la vida nueva”. Y el santo crisma “quedará vinculado de modo especial a los sacramentos que imprimen carácter y consagran para siempre: el Bautismo, la Confirmación, el Orden sagrado”.
Ha subrayado una lección fundamental: “La gracia de Dios no actúa al margen de lo visible, de lo concreto, de lo eclesial, de lo litúrgico. Dios no nos salva de manera desencarnada. Nos salva por la humanidad santísima de Jesucristo, y prolonga esa economía de la salvación mediante signos sacramentales confiados a la Iglesia”. Por eso “la liturgia es acción de Cristo y de la Iglesia, es el ámbito en que la obra de la redención se hace presente y operante”.
“No somos funcionarios de lo sagrado, ni gestores religiosos”
Tras detallar el rito de bendición, ha dado las gracias a Dios porque “Cristo no sólo ha conferido a todo el pueblo santo la dignidad del sacerdocio real, sino que también elige a hombres de este pueblo para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión”. “Ahí está la identidad del presbítero”, ha añadido, antes de puntualizar que “no somos funcionarios de lo sagrado, ni gestores religiosos, ni animadores de una comunidad meramente humana. Somos, por pura gracia, ministros de Cristo para el servicio del pueblo santo de Dios”.
“Lo decisivo es la fidelidad de Cristo”
En referencia a la comunión entre el obispo y el presbiterio diocesano, monseñor Saiz Meneses ha señalado que se manifiesta de modo eminente en la renovación de las promesas sacerdotales: “En esta mañana, el clero de Sevilla se pone ante el Señor con el corazón abierto. Traemos nuestras fatigas y nuestras alegrías, nuestras pobrezas y nuestras esperanzas, los frutos apostólicos y también las heridas del camino. Pero lo decisivo es la fidelidad de Cristo, que no retira sus dones y que sostiene a sus ministros con la gracia del Espíritu Santo. En esta línea, se ha dirigido a los sacerdotes para afirmar que “al renovar nuestras promesas comprendemos que el sacerdocio sólo se mantiene firme cuando vive de la adoración, de la obediencia de la fe, de la caridad pastoral y de la comunión eclesial”. Así, “un sacerdote separado interiormente de la liturgia viva de la Iglesia termina vaciándose. Un sacerdote separado de la oración, de la Eucaristía celebrada con fe, de la Liturgia de las Horas rezada con amor, del sacramento de la Penitencia recibido con humildad, de la piedad sacerdotal seria y sobria, termina debilitando también su ministerio”. “La Misa Crismal nos llama a volver a las fuentes”, ha precisado.
Rezar por los sacerdotes
Dirigiéndose a los fieles laicos presentes en la misa, el arzobispo les ha pedido que recen por los sacerdotes -“queredlos con realismo y con fe”- y ha subrayado la importancia de acompañar con la oración a los sacerdotes en esta jornada en que renuevan los compromisos de su ordenación, así como tenerlos presentes en la oración todo el año. “Una diócesis florece cuando ora por sus sacerdotes, cuando cuida sus vocaciones y cuando valora el don inmenso del ministerio ordenado”, ha apuntado.
En la parte final de la homilía, el arzobispo ha pedido los sacerdotes que permanezcan en la unidad, y que “cuidemos los unos de los otros”. En este apartado ha precisado que “nada puede dañar tanto el alma del sacerdote como el aislamiento orgulloso, la autosuficiencia, la crítica amarga, la rutina sin vida interior o la pérdida del fervor litúrgico”. Además, les ha agradecido su labor pastoral, “la ofrenda generosa de vuestra vida al servicio de Dios y de los hermanos, en estos tiempos plagados de nuevos desafíos, que requieren fidelidad creativa y una entrega sin límites”.
La misa ha sido concelebrada por los obispos auxiliares, mons. Teodoro León y mons. Ramón Valdivia; el deán del Cabildo Catedral, Francisco J. Ortiz; el secretario general de la Archidiócesis, Isacio Siguero; el rector del Seminario Metropolitano, Andrés Ybarra, y el del Redemptoris Mater, Antonio Escribano, además de los sacerdotes participantes.
GALERÍA fotográfica del acto
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Las obras de restauración y adecuación de las torres y espacios complementarios de la Catedral Nueva de Cádiz han dado un nuevo e importante paso, tras la reunión de la Mesa de Contratación para la apertura del sobre B, con la propuesta económica y técnica por parte de las empresas en licitación. Como recordamos, la anterior fase se cerró con la conformación de siete empresas presentadas, cuatro de las cuales han presentado ofertas en esta segunda fase.
Tras el análisis de la documentación presentada se han baremado distintos aspectos, no sólo la oferta económica, sino también cuestiones relacionadas con la experiencia en proyectos similares, en trabajos de cantería, recursos humanos presentes en la empresa, etc. Finalmente la adjudicataria provisional ha sido la empresa Proyectos y Rehabilitaciones Kalam, S.A., que ha obtenido la máxima puntuación, y que cuenta en su curriculum con diversas obras en Madrid, Sevilla, Carmona, Zaragoza, Almería, Barcelona, Lisboa, etc., destacando diversas intervenciones en Catedral de Sevilla, Catedral de Toledo, Basílica del Pilar y Catedral de Almería. Hay que recordar que esta empresa ya participó hace años en fases anteriores de la restauración de nuestra Catedral. Una vez firmado el contrato, y obtenidos los correspondientes trámites administrativos, se espera que las obras puedan iniciarse lo antes posible.
Querido Don Demetrio, queridos sacerdotes, diáconos, seminaristas, queridas personas consagradas, fieles, laicos.
En este día eminentemente sacerdotal, permitidme que me dirija especialmente a los sacerdotes y a los que Dios mediante algún día lo serán. Quiero comenzar mis palabras alabando aquel que movido por el amor con su sangre nos ha liberado de nuestros pecados, nos ha convertido en un reino y nos ha hecho sacerdotes de Dios su Padre. A él, la gloria y el honor por los siglos de los siglos. Cada año, la celebración de la Misa Crismal no sólo nos ofrece la oportunidad de alabar al Señor, sino también de renovar el “sí” que un día más o menos lejano le dimos al que nos llamaba a compartir su misión, evangelizar a los pobres, proclamar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista, poner en libertad a los cautivos.
En el Evangelio que acabamos de proclamar, Jesucristo se nos presenta como el ungido por Dios y lleno del Espíritu Santo. El Espíritu del Señor está sobre mí, dice. Se trata del mismo Espíritu que vino también sobre nosotros el día de la ordenación presbiteral haciéndonos partícipes del carisma de Cristo buen pastor. Él es el protagonista de nuestra vida y de nuestra tarea. Él nos configura con el Señor y nos sostiene en la misión encomendada. Su obra, sin embargo, está condicionada por nuestra disponibilidad y obediencia.
Evidentemente, si estas disposiciones objetivas faltan, no seremos los evangelizadores que el Señor espera que seamos. Nos seremos los evangelizadores con espíritu que la Iglesia necesita hoy.
A Jesús le faltaba tiempo para atender a los innumerables enfermos, impedidos, abandonados, hambrientos que se encontraban en el camino, pero su corazón compasivo nunca le permitió pasar de largo. Sobre todo, le preocupaba la ignorancia religiosa, la esclavitud de una ley y inmisericorde, el pecado destructor. Por eso, su prioridad era proclamar el mensaje de un Dios amoroso y perdonador, misericordioso y fiel. También hoy los pastores nos vemos ungidos por la situación de multitud de personas, carecen de lo necesario para vivir dignamente. Nuestro corazón también se compadece y trata de encontrar y ofrecer las respuestas más adecuadas y posibles a sus situaciones concretas. Identificados con el corazón del Señor, nos hacemos cargo del vacío de Dios que experimentan muchos de nuestros hermanos. Por ello, unidos a la propuesta de los últimos papas, queremos dar un nuevo impulso evangelizador a nuestra tarea pastoral, contando con la participación de todos los miembros de la Iglesia, caminando en sinodalidad al encuentro del mundo de hoy.
La creación y el trabajo de los grupos sinodales en estos últimos años, y particularmente sus aportaciones de cara a la elaboración del próximo Plan Pastoral diocesano, expresan este compromiso. Para que esta renovación sea sólida y evangélica, ha de afectar al estilo, incluso a las estructuras pastorales, pero sobre todo se ha de cimentar en una profunda renovación espiritual de los evangelizadores, puesto que, como decía el Papa Francisco, un cambio en las estructuras sin generar nuevas convicciones y actitudes dará lugar a que estas mismas estructuras, tarde o temprano, se vuelvan corruptas, pesadas e ineficaces. Así pues, la renovación pastoral comenzará por un encuentro personal con Jesucristo cada día, sin obstáculos.
De este encuentro con el Señor y gracias a la acción transformadora del Espíritu Santo recibido en el bautismo, irá tomando forma en nosotros la espiritualidad propia de los hijos de Dios. Enriquecidos también por la presencia del Espíritu que vino a nosotros, merced a la unción con el Santo Cristo del día de la ordenación presbiteral, se desarrollará en nosotros la espiritualidad propia del presbítero.
Ciertamente, la clave de una evangelización renovada dependerá de la acogida dócil del Espíritu de Dios. Así ocurrió con los primeros discípulos, miedosos, desfondados y mudos tras la muerte de su Maestro, fue este mismo Espíritu el que los lanzó a la misión y a una entrega total al servicio del Evangelio. El Padre que me envió es el que me ha ordenado y me lleva a una espiritualidad discipular. Los textos evangélicos dejan constancia de la actitud permanente de escucha que Jesús manifiesta respecto al Padre. Una escucha seguida siempre por una costosa obediencia. Para mantenerse fiel a la misión que el Padre le había encomendado y no convertirse en un adorador de ídolos, hubo de vencer las tentaciones del maligno. Por eso utilizó su poder no en provecho propio, sino en bien de sus hermanos a los que salvó muriendo en la cruz. Es verdad, Jesucristo, como dice San Pablo, aprendió sufriendo a obedecer.
La primera nota de la espiritualidad presbiteral que deseo destacar es la discipular, una espiritualidad de la escucha, el discernimiento y la fidelidad. Antes de enviar a sus discípulos a predicar, el Señor los invitó a ir con él.
Deseaba que de forma progresiva, en la proximidad, hicieran suyas su forma de pensar, de sentir, de decidir. Quería que fueran asimilando la verdad que habrían de anunciar, el amor que habrían de sentir, el bien que deberían hacer. Por lo que sabemos, los tres años se les hicieron cortos.
De hecho, suspendieron el examen final cuando le negaron próximo a la cruz. Aunque, eso sí, gracias a Dios, lo recuperaron en el momento decisivo. También nosotros hemos sido llamados al discipulado, a estar cerca del Señor. Nos ha ayudado a ello la familia, la parroquia, en algún caso la escuela, el seminario. Hoy, una vez más, damos gracias a Dios porque nos ha elegido a pesar de nuestra fragilidad y pobreza, porque ha sido paciente con nosotros, lentos y torpes en el aprendizaje, porque nos ha consagrado para ser sacramentos vivos de su amor y porque nos ha enviado a continuar su misión. Pero necesitamos seguir alimentando, fortaleciendo nuestra espiritualidad. Necesitamos seguir ejerciendo de discípulos, escuchando su voz, discerniendo su voluntad expresada también a través de los signos de los tiempos e incluso de nuestras propias mociones interiores. Viviendo la fidelidad, en pugna constante contra la mundanidad que nos acosa.
El Señor se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo. Una espiritualidad humilde y alegre. Dice el Papa León que el sacerdote debe desaparecer para que permanezca Cristo, hacerse pequeño para que él sea conocido y glorificado. Pero el reto de la autosuficiencia, la tentación de la soberbia nos asaltan también cada día.
Podemos llegar a creer que nos bastamos a nosotros mismos, incluso que no necesitamos a Dios y que por tanto es innecesaria la oración y el cultivo de la espiritualidad para ser sus discípulos y sus apóstoles. Entonces nos invade de lleno la herejía del pelagianismo, cuyas consecuencias son nefastas. En efecto, él deriva en primer lugar la acedia egoísta, es decir, la indiferencia; la falta de gozo en el Señor. Se trata de una frialdad o aspereza que nos quita las ganas de rezar y nos roba la alegría del encuentro con el Señor. Además, la acedia viene acompañada de la desilusión, la tristeza y el pesimismo, males que por desgracia dominan a muchos evangelizadores que hoy repiten con frecuencia, “para estos resultados no merece la pena tantos esfuerzos”.
¿Qué hacer, pues, para contrarrestar estos peligros? En primer lugar, poner en el centro de nuestra vida a Jesucristo. Fue el encuentro con el Señor Resucitado, el que hizo virar la vida de los discípulos de Emaús, pasando de la desilusión, la tristeza y el pesimismo a la alegría y la esperanza, también al anuncio.
En segundo lugar, recuperar el entusiasmo en el anuncio. Esto será posible en la medida en que descubramos que el Evangelio es la respuesta a lo que el mundo espera como solución a los graves problemas que lo aflijan. Efectivamente, la propia experiencia nos dice, y nos lo recuerda el Papa Francisco, que no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo. No es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas. No es lo mismo poder escucharlo que ignorar su palabra. No es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en él que no poder hacerlo. No es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo con la propia razón. Y en fin, no olvidemos que Cristo ha resucitado, que el Espíritu Santo sigue activo en la Iglesia y que nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios.
Él me ha enviado a evangelizar a los pobres, una espiritualidad encarnada. Jesucristo centró su misión sobre todo en los pobres, los enfermos, los excluidos. Consciente de que estamos llamados a seguir sus huellas, el Papa Francisco dice que Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. No quiere príncipes que miran despectivamente, sino hombres y mujeres del pueblo.
El mismo Papa nos advierte sobre el peligro del gnosticismo, una herejía de gran actualidad que obstaculiza el caminar humano hacia la santidad y la misma tarea evangelizadora, puesto que en lugar de evangelizar lo que se hace es analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan las energías en controlar. En el gnosticismo, ni Jesucristo ni los demás interesan verdaderamente.
Equivocadamente, esta corriente herética mide la calidad de la vida espiritual por el conocimiento, no por la caridad. Para contrarrestar la fuerza de esta tentación y ser evangelizadores de verdad, también hace falta desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de gozo superior.
La misión es una pasión por Jesús, pero al mismo tiempo una pasión por el pueblo. No olvidemos tampoco lo que decía el Papa Benedicto XVI. El amor a la gente nos facilita el encuentro con Dios y cerrar los ojos ante el Prójimo nos convierte en ciegos ante él.
Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros. Una espiritualidad sinodal. Creados a imagen y semejanza de Dios, nuestra plenitud solo se realiza en la comunión. Por ella oró Jesucristo al Padre y con ella se comprometió formando un nuevo pueblo. La comunión es esencial a la vida cristiana y es nota fundamental de la Iglesia.
“Permaneced en mí, dice Jesús, como yo en vosotros. Yo soy la vid y vosotros los sarmientos” (Juan 15:4). Esta comunión no debe quedarse en un don espiritual. Ha de llevarnos a caminar juntos, a evangelizar juntos. Como dice el Papa León XIII, en una iglesia cada vez más sinodal y misionera, el ministerio sacerdotal no pierde nada de su importancia y actualidad, sino que, por el contrario, podrá centrarse más en sus tareas propias y específicas. Por desgracia, también la comunión se encuentra con retos importantes como el individualismo, la división y el enfrentamiento. La mayor autonomía personal hace posible que el individualismo avance y se manifieste incluso en la acción pastoral. Este individualismo a veces es también grupal.
Efectivamente, muchos cristianos se identifican con sus grupos pero no al mismo nivel, al menos con la Iglesia diocesana en este caso. Nos encontramos también con el reto de la división, verdadero escándalo para los no creyentes y con el del enfrentamiento. Dice también el Papa Francisco que a veces consentimos diversas formas de odio, divisiones, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer nuestras propias ideas, ¿a quién vamos a evangelizar con estos comportamientos?
La respuesta a esta situación no puede ser otra que la del cultivo de una espiritualidad de la comunión. A ello nos invitaba con fuerza el Papa San Juan Pablo II a hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión.
Pidámosle al Señor la gracia de descubrir en el hermano el rostro de la Trinidad, la gracia de verle como un regalo de Dios y de alegrarnos por sus logros. La Eucaristía, Sacramento del Amor, nos ayudará a ello. Nos ayudará también la intercesión de nuestra Madre, la Virgen María y de San Juan de Ávila, nuestro Patrono. Amén.
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La ciudad de Ceuta ha contado desde el viernes 27 de marzo con la presencia del administrador apostólico de la diócesis de Cádiz y Ceuta, Mons. Ramón Valdivia, que ha querido acompañar a la comunidad cristiana ceutí en los primeros días de la Semana Santa 2026 con una intensa agenda pastoral, institucional y cofrade. La visita arrancó con un encuentro con los sacerdotes de la Vicaría General de Ceuta, marcando el tono cercano y pastoral de su estancia. Esa misma tarde, Mons. Valdivia presidió la Santa Misa en la parroquia de Nuestra Señora de los Remedios con motivo de la función en honor a la Virgen del Mayor Dolor. Posteriormente, participó en el tradicional Vía Crucis oficial de la Semana Santa, presidido por la imagen de Jesús Cautivo y Rescatado (Medinaceli), que partió desde el Santuario de Santa María de África y recorrió diversas calles de la ciudad en un ambiente de recogimiento.
La jornada del sábado estuvo centrada en la visita a distintas hermandades y parroquias. Por la tarde, el administrador apostólico presidió las vísperas del Domingo de Ramos en la parroquia de Santa Beatriz de Silva. El día concluyó en la capilla de Manzanera, donde mantuvo un encuentro con los miembros de la Hermandad de la Pollinica.
El domingo 29 de marzo, Mons. Valdivia presidió la bendición de Palmas, Olivos y Ramos en la Plaza de África, acto que dio inicio a la procesión del Domingo de Ramos. A continuación, celebró la Eucaristía en el Santuario de Santa María de África. Ya por la tarde, mantuvo un encuentro institucional con el presidente de la ciudad autónoma y asistió desde el palco de autoridades al paso de la procesión de la Pollinica.
La agenda continuó el Lunes Santo con una audiencia al director de Cáritas Diocesana de Ceuta, Fernando Sotomayor, en la que se puso de relieve la dimensión social y caritativa de estas fechas. Ese mismo día, presidió la Misa Crismal en el Santuario de Santa María de África, una de las celebraciones más relevantes para el presbiterio diocesano, en la que se consagró el Santo Crisma y se bendijeron los óleos.
Durante su homilía, Mons. Valdivia subrayó la importancia de la renovación espiritual en el tiempo pascual al afirmar que «le pedimos al Espíritu Santo una actitud nueva para esta Pascua, para que determine de manera efectiva nuestro modo de pensar la vida, el regalo que Dios nos concede, y que, como a Jesús, nos pide ahora entregar».
El prelado profundizó en el sentido teológico de la celebración, destacando que «la Misa crismal tiene que ver, en primer lugar, con la efusión de un Espíritu, que pasa a través de una materia concreta», en alusión a los óleos que son bendecidos, y explicó que «requiere el don del Espíritu Santo, para que haga de la materia una sustancia nueva, llamada a portar en sí la alegría del servicio a los más pobres».
Asimismo, puso en valor el papel de la comunidad cristiana reunida y la dimensión sacramental de la Iglesia, señalando que es el Espíritu quien «transforma nuestro presente» y hace posible transmitir «el don de la unción del Señor, lo que no pueden hacer nuestras manos ni nuestra inteligencia».
Mons. Valdivia también recordó el significado sacerdotal de esta celebración, en la que los presbíteros renuevan sus promesas, destacando la profundidad de este momento al expresar que se trata de «un entrañable diálogo, que no nace de un mero compromiso formal, sino de una verdadera historia de amor de Dios».
En un tono cercano, invitó a los sacerdotes a renovar su fidelidad en medio de las dificultades, recordando que «en los momentos de nuestros aprietos humanos (…) tendríamos que disponer nuestras pobres manos en las manos de Dios, para que nos las purifique y renueve nuestra disponibilidad».
Finalmente, subrayó la dimensión testimonial de la vida cristiana y sacerdotal, poniendo la mirada en quienes son testigos de la entrega cotidiana y de la acción de Dios en el mundo.
Por otro lado, durante esta celebración, Mons. Valdivia hizo entrega de la Medalla Pro Ecclesia Gadicense et Septense a María Jesús González Ramírez, en reconocimiento a toda una vida de servicio a la Iglesia diocesana con motivo de su jubilación.
La visita concluyó con un encuentro en la casa de hermandad del Medinaceli y una comida fraterna con los sacerdotes de la ciudad y del obispado en Ceuta, poniendo el broche final a unos días marcados por la cercanía, el acompañamiento pastoral y el compromiso con la comunidad cristiana ceutí en el inicio de su Semana Santa.
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