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Inicio Blog

Homilía en la Misa Crismal

Por
Obispo de Almeria
-
2 Abr 2026
0

Querida comunidad: laicado y vida consagrada, seminaristas, servidores del altar de distintas parroquias, pero especialmente hoy, queridos hermanos sacerdotes y diáconos, que celebramos como una familia de hermanos la MISA CRISMAL.

Antes de escribir una homilía, doy vueltas, medito, escribo y borro, pienso y contemplo a los que debo dirigirme, pero sobre todo le digo al Señor, ilumina mi corazón y mi pensamiento para que seas tú y no yo quien se comunique. Y creo que este es el camino, muchas veces costoso, de la homilía, para que no sean palabras huecas e intranscendentes. Y esto el Pueblo Santo de Dios lo intuye. Las palabras que os trasmito también van dirigidas a mí, no puede ser de otra manera.

La verdadera sabiduría
Este año hemos vivido, con intensidad espiritual, la beatificación de nuestro Cura Valera, que debe suponer un antes y un después en nuestra vida de clero diocesano. Para ello debemos marcar un camino pautado y revisable que nos lleve a vivir la comunión sacerdotal, entre unos y otros, poniendo al servicio de todos nuestra vida y nuestra misión. Este año celebramos el 11 de mayo en Huércal-Overa el día de nuestro patrón, con los sacerdotes de Cartagena y Guadix, que desean unirse a nosotros. Vendrá a acompañarnos el cardenal François-Xavier Bustillo, de Ajaccio, en Córcega.

Cuando contemplo la vida del beato Salvador Valera Parra, releo lo que nos dice San Pablo, que nadie ande presumiendo, pues no pasamos de ser seres humanos. No nos engañemos, si alguno de vosotros presume de ser un sabio, según los criterios de este mundo, que se convierta en necio para alcanzar la verdadera sabiduría. Dios sabe qué vacíos son los pensamientos de los sabios, -y continúa con fuerza- a nosotros la gente nos ha de considerar como lo que somos: servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Y a un administrador lo único que se le pide es que sea fiel. Cfr. 1Cor 3,18-4,2. Esta es nuestra primera tarea apostólica, buscar e integrar en nuestra vida la verdadera sabiduría de Dios. Y esto nos exige, a todos, una conversión del corazón.

Vivir como ungidos
En lo que llevamos de este curso hemos tenido la gozosa bendición de tres nuevos presbíteros y un diácono, para nuestra Iglesia Diocesana.

Durante la homilía de la ordenación de los presbíteros, recordaba cómo podemos ser otros Cristo: reiterando lo que significa ser ungidos.

¡Cuántas veces hemos reflexionado sobre la caridad pastoral! Nuestra ganancia está sólo en ser otros Cristo. Porque ser ungidos como Cristo, no como los poderosos de este mundo, significa asumir un servicio para los demás y este servicio de donación, nos expropia de nosotros mismos y nos pone de por vida a la disposición del otro, especialmente de aquel que más necesidad tenga: ya sea espiritual, corporal o del tipo que sea. Recordad las obras de misericordia.

Jesús, el Mesías, el Ungido, en los evangelios aparece cómo le ungen los pies, con perfume y con lágrimas Lc 7, 36-50 / Jn 12, 1-8. He dado muchas vueltas a este doble pasaje. ¿Tendrá que ver esta unción con el tipo de mesianismo elegido por el Señor? Como un cordero llevado al matadero, no desde el poder sino desde la humildad y la misericordia. En el salmo 88 vemos como David era ungido con aceite sagrado para darle la fuerza. Pero Jesús es ungido por los pies, Jesús el que lava los pies como un siervo, Jesús y los pies del mensajero que por los montes anuncia la paz.

A nosotros nos han ungido las manos: manos de bautismo, de eucaristía, de perdón, de ayuda, de gestos de ternura. ‘Haced esto en memoria mía’ engloba el lavatorio de los pies, la institución de la eucaristía (cuerpo y sangre entregados) y el mandamiento del amor. Son caminos de misericordia.

Estos caminos de misericordia, en este mundo, no son más convulsos que los de la primera predicación evangélica, son los únicos que nos pueden llevar a Cristo y llevar a Cristo a los demás. Las diatribas en la familia, en la calle, en las redes sociales e incluso en las parroquias y en nuestros grupos y hermandades, entre nosotros mismos, en la Iglesia, nos llevarán al enfrentamiento, pero nunca a la conversión del corazón, pues estos enfrentamientos nacen del orgullo y de posicionamientos ideológicos, no solo políticos sino incluso religiosos, que nos conducirán a la destrucción y al sectarismo más radicalizado. Qué tienes que decir contra los cargos que presentan contra ti, -le preguntaba Pilatos- pero Jesús callaba. Mt 26, 62-63. Como cordero llevado al matadero no abría la boca, profetizó Isaías. Del Cura Valera, no recordamos sus palabras, pero permanece viva su vida entregada.

Y continué diciendo en el día de la ordenación de los nuevos presbíteros. Para empezar, nosotros no somos los puros, y el que diga lo contrario o intente disimularlo, se desliza por sendas farisaicas. Para nosotros es un peligro andar por estas sendas de la autocomplacencia, la falsa sabiduría, o la connivencia con los poderes de este mundo buscando nuestro propio prestigio. Nosotros, somos los humildes amigos del Señor, sus hermanos, con nuestras carencias y nuestros pecados y un mandato, que lavemos los pies, que nos partamos y repartamos, como su Cuerpo, que nos amemos, como él nos ha amado, que seamos uno, para eso hemos sido elegidos. He descubierto que los grandes maestros espirituales fueron misericordiosos con los demás y muy exigentes consigo mismos. Que todos se convenzan por vuestra vida, ahí radica la verdadera autoridad. Una buena conducta –y lo vemos en el Cura Valera- vale más, y permanece en la historia, más que un gran sermón.

Alimentados de la Palabra
El día 28 de febrero, los seminarios de Almería y Cartagena, con otros tantos, pudimos visitar al Papa, convocados por él. Sus palabras dedicadas a los seminaristas, y también a los sacerdotes, nos llegaron al corazón. Lo comentaban los seminaristas cuando salimos. Nos decía: podemos hacer prácticas intrínsecamente buenas, la oración, el estudio, las celebraciones, la vida comunitaria… pero interiormente pueden estar vacías, pues las desnaturalizamos convirtiéndolas en un mero cumplimiento. Y citando el Papa a Alejandro Casona, añadió: se dice que los árboles mueren de pie, erguidos, conservan la apariencia, pero por dentro ya están secos. Algo semejante puede ocurrir en la vida de un seminarista —y más tarde también en la de un sacerdote— cuando se confunde la fecundidad con la intensidad de muchas actividades, o con el cuidado meramente exterior de las formas. La vida espiritual no da fruto por lo que se ve, sino por lo que está profundamente arraigado en Dios. Cuando esa raíz se descuida, todo acaba secándose por dentro, hasta que, silenciosamente, se termina por morir de pie. Quizás eso nos puede ocurrir a todos a base de repeticiones, como árboles muertos al lado del arroyo de agua viva, conservando, tan solo, la apariencia.

Cuando pensamos en claves mundanas, el ministerio se confunde con un derecho personal, un cargo distribuible, una función burocrática, una justificación para mí mismo, no para el servicio a la comunidad. Y nos olvidamos que el maestro llamó a los que él quiso para que estuvieran con él Mc 3,13-14. No nos creamos que somos importantes si no servimos de corazón.

Padre, que todos sean uno
La Carta Apostólica de nuestro Papa León XIV “Una fidelidad que genera futuro”, un título cargado de esperanza, con motivo el 60 aniversario de los decretos conciliares sobre el sacerdocio: Optatan Totius y Presbyterorum Ordinis, nos puede ayudar a trazar un camino juntos. Os invito a leerla o releerla, si ya lo habéis hecho, y refrescar nuestros compromisos.

Es una pequeña y profunda carta de tan solo 29 párrafos numerados. El párrafo 14, el eje de la carta, es en el que me voy a parar, porque nos invita a custodiar y hacer crecer la vocación. Una tarea que nunca se acaba, custodiar y hacer crecer. El mismo texto nos dice que es un camino y un recorrido ¡os dáis cuenta, otra vez la unción de los pies! Camino y recorrido de conversión y de fidelidad, pero no es una peregrinación individual, pues la misma ordenación nos compromete a trabajar juntos y a cuidarnos unos a otros, si no fuera así nos llevaría al narcisismo y al egocentrismo. Si actuamos solos, individuamente, la comunión, la sinodalidad y la misión, no podrían realizarse, pues el ensimismamiento, que es como un fuego fatuo, nos impediría la escucha y el servicio a los demás.

Todo nuestro servicio está enraizado en Cristo, por Cristo y con Cristo. Por favor, si alguna vez notáis que yo mismo, o alguno de nosotros, nos salimos de este camino, que me busco solo a mi mismo y mi prestigio, que me mundanizo con los poderes de este mundo que tiene tantos rostros, tantos como la pobreza, si veis que no hablo con la unción del servidor fiel y prudente, que me predico a mí mismo, que huyo del servicio callado y humilde, que busco halagos y vanaglorias, que me enredo con mis propios intereses del tipo que sean, que he olvidado mis compromisos de sacerdote de Cristo, por favor avisadme, corrijámonos unos a otros con caridad fraterna, por nuestro bien y por el bien de nuestra Iglesia, que camina peregrina por estas tierras de Almería.

Que Nuestra Señora, en cada una de nuestras queridas advocaciones, Madre de Dios y Madre nuestra, interceda por todos y cada uno de nosotros para que crezcamos todos juntos en el amor de Dios y nos esforcemos por irradiarlo a los demás. Amén.

+ Antonio Gómez Cantero, vuestro obispo

Mons. José Mazuelos preside la Misa de la Cena del Señor en la Catedral

Por
Diócesis de Canarias
-
2 Abr 2026
0

La Catedral de Canarias acogió este Jueves Santo la celebración de la Eucaristía de la Cena del Señor, presidida por el obispo de la diócesis, Mons. José Mazuelos, dando inicio al Triduo Pascual, el núcleo central de la fe cristiana.

Durante la celebración, Mons. Mazuelos profundizó en el significado de la Eucaristía como expresión del sacrificio de Cristo, presentado como el camino hacia la salvación. En su homilía, subrayó que “la verdadera fe no se fundamenta en el poder, sino en la humildad y en la disposición al servicio, siguiendo el ejemplo de Jesús en el lavatorio de los pies a sus discípulos.”

El obispo invitó a los fieles a “redescubrir la adoración eucarística como un espacio privilegiado para reconocer la presencia real del Señor, así como para acoger su perdón redentor, incluso en medio de las debilidades humanas.”

Asimismo, animó a “contemplar la realidad desde la perspectiva del sufrimiento y la pobreza, señalando que es en la entrega desinteresada donde se manifiesta la plenitud del Reino de Dios.”

La celebración incluyó el rito del lavatorio de los pies, uno de los momentos más significativos de esta liturgia, que recuerda el mandamiento del amor fraterno.

Finalmente, Mons. Mazuelos exhortó a la comunidad cristiana a permanecer unida en la oración durante estos días santos, integrando también a quienes no pueden participar físicamente, en una vivencia común del amor de Dios que marca el inicio del Triduo Pascual.

El Papa espera encontrar «fe, mucho amor, hospitalidad y acogida» en su visita a España

Por
Diócesis de Tenerife
-
2 Abr 2026
0

El papa León XIV, afirmó este pasado martes 31 de marzo, a la salida de su residencia en Castel Gandolfo, que espera encontrar «fe, mucho amor, hospitalidad y acogida» en su próxima visita a España, un país donde asegura haber encontrado siempre un pueblo de muy buena voluntad. “Desde hace más de 40 años he visitado España, y siempre he encontrado un pueblo de mucha fe y de muy buena voluntad. Que lo celebremos también en esta visita.”

El obispo de Roma añadió que espera que su visita a nuestro país sea también una «oportunidad para proclamar el Evangelio, el amor de Dios y la cercanía de Cristo a todos sus pueblos».

La reflexión diaria de Mons. Satué en Cope Málaga: Jueves Santo

Por
Diócesis de Málaga
-
2 Abr 2026
0

El obispo de Málaga, José Antonio Satué, ofrece cada día de la Semana Santa una reflexión previa a la retransmisión diaria de las procesiones por parte de la Cadena COPE.

En el acto de liberación del preso de la cofradía de El Rico

Por
Obispo de Málaga
-
2 Abr 2026
0

Queridos hermanos y hermanas, queridos miembros de la Hermandad de Jesús El Rico, autoridades, y especialmente tú, hermano, que hoy recobras la libertad:

Al preparar estas palabras, me venía a la memoria la historia de una niña nacida en una familia pobre. No podía viajar como sus amigas, ni tener los juguetes o los vestidos que ellas disfrutaban. Y se sentía desdichada por ser pobre.

Pero, al crecer, aquella niña descubrió que en su familia pobre había una riqueza inmensa: el amor. El amor entre su madre y su padre, el amor hacia ella y hacia sus hermanos. Un amor real, que no excluía momentos de incomprensión o dificultad, pero que la ayudó a crecer en confianza, en libertad interior, en inteligencia y en capacidad de esfuerzo; pues en esa casa sabían que las cosas importantes se alcanzan con trabajo y perseverancia.

Cuando la joven comprendió esto, dejó de verse pobre. Se descubrió rica, muy rica; afortunada, profundamente afortunada.

Comparto esta historia porque ilumina de manera preciosa los dos mensajes que deseo transmitir esta tarde.

Primer mensaje: la mayor riqueza de una persona es el amor.

El amor que recibe y el amor que da. Por eso podemos llamar “El Rico” a este Cristo sufriente, pobre hasta el extremo, casi sin fuerzas para seguir adelante porque lo ha entregado todo. Tenía razón El Principito: «Solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos.» Con los ojos del corazón comprendemos que este Cristo pobre y sufriente es, en realidad, El Rico, con mayúsculas.

Segundo mensaje: el amor es fuente de libertad.

El amor de nuestros padres, de nuestros amigos, de la pareja, nos da alas para volar libres. Y el amor de Dios —un amor que no se detiene ante nuestros errores y que atraviesa incluso la muerte— nos concede la libertad más grande. No la libertad para destruir nuestro futuro, sino la libertad para vivir de verdad, para entregarnos, para amar como Jesús y con Jesús.

Por eso, querido hermano, te felicito de corazón. Hoy recuperas la libertad exterior. Y nos hacemos idea de lo que supone para ti y para tu familia. Pero deseo para ti también la libertad interior: la que nace de saberte amado por tu gente y por Dios, que nunca te ha soltado de la mano. Que esta oportunidad sea un comienzo, no un final. Que puedas reconstruir tu vida desde la dignidad que siempre has tenido y que nadie te puede arrebatar.

Y a todos los presentes, os recuerdo que la tradición de Jesús El Rico, que libera a un preso, nos habla de un Dios que no se resigna a que nadie quede encerrado en su pasado, en sus errores o en sus sufrimientos. Y si somos sinceros, reconoceremos que todos los tenemos. Dios siempre abre una puerta.

Os invito a seguir construyendo —cada uno desde su credo o su ideología— una sociedad donde el valor más importante sea el amor; un mundo donde la justicia y la compasión caminen juntas.

Muchas gracias.

+ José Antonio Satué
Obispo de Málaga

Homilía en la Misa Crismal

Por
Obispo de Málaga
-
2 Abr 2026
0

Queridos hermanos obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, diáconos y seminaristas, laicas y laicos:

La Misa Crismal es, para mí, una de las celebraciones más intensas de todo el año litúrgico. Me gusta prepararla despacio: con la lista de sacerdotes y diáconos delante, rezando por cada uno, y con el Misal abierto, releyendo sus comentarios y oraciones. «El obispo –dice el Misal– ha de ser tenido como el gran sacerdote de su grey, del cual se deriva y depende, en cierto modo, la vida de sus fieles en Cristo. La Misa Crismal… ha de ser tenida como una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del obispo y como un signo de la unión estrecha de los presbíteros con él».

Me sobrecogen estas palabras al recordar la grandeza de la misión que Dios me ha confiado, que contrasta con mis muchas limitaciones y pecados. Me consuela, sin embargo, saber y experimentar que el Espíritu de Dios guía a esta Iglesia particular de Málaga más allá de mis pobrezas. Me conforta también sentir vuestra acogida, cercanía y disponibilidad, queridos sacerdotes, laicos y consagrados. Porque, aunque a veces me sienta desubicado, cuando os miro percibo, cada vez con más fuerza, que sois mi familia, mi pueblo; un gran presbiterio, una gran Diócesis, con un precioso patrimonio espiritual, a la que deseo entregar lo mejor de mí.

Y después de la confesión personal, quisiera dirigirme especialmente a vosotros, mis hermanos sacerdotes, que hoy vais a renovar vuestras promesas, respaldados por esta amplia representación de fieles, que hacen presentes a las comunidades donde vivís la fe y ejercéis el ministerio. Os invito, queridos hermanos, a acoger la Palabra de Dios que hemos proclamado. Al meditarla, me venían al corazón las tres actitudes con las que comencé mi ministerio episcopal entre vosotros el pasado 13 de septiembre.

Primera actitud: humildad.

Queridos hermanos, Cristo es el “testigo fiel”, el “Alfa y la Omega”, como afirma el libro del Apocalipsis. Nosotros, en cambio, no somos otra cosa que mensajeros vacilantes, letras diminutas en el alfabeto de la historia de la salvación; letras pequeñas, sí, pero que pueden ser preciosas. Haber sido redimidos no nos libra de nuestra pequeñez; más bien nos permite reconocerla con lucidez e integrarla con acierto en nuestra vida.

Con la sabiduría popular que lo caracterizaba, san Manuel González decía a los sacerdotes: “El cura, como el hombre, está hecho del mismo barro de que se han hecho los hijos de Adán. Y una larga y triste experiencia demuestra que es un barro bastante frágil y quebradizo” (Lo que puede un cura, 1629)

Por su parte, el papa León XIV nos ha recordado recientemente la importancia de acoger y nombrar nuestra vulnerabilidad. Decía a los sacerdotes el pasado 27 de junio: «No le teman a su fragilidad: el Señor no busca sacerdotes perfectos, sino corazones humildes, disponibles a la conversión y dispuestos a amar como Él mismo nos ha amado» (Mensaje con motivo de la Jornada de Santificación Sacerdotal, 2025). Y el 24 de junio exhortaba a los seminaristas: «Es necesario apostar mucho por la madurez humana, rechazando todo disfraz e hipocresía. Con la mirada puesta en Jesús, hay que aprender a dar nombre y voz también a la tristeza, al miedo, a la angustia, a la indignación, llevando todo a la relación con Dios. Las crisis, los límites, las fragilidades no deben ocultarse, sino que son ocasiones de gracia y de experiencia pascual» (Meditación en el Jubileo de los seminaristas, 2025).

Por estas y por tantas otras razones, debemos resistir –con la ayuda de Dios– la tentación de negar la verdad de nuestra fragilidad, de enseñar el Evangelio como si no fuéramos torpes discípulos, de ejercer el ministerio desde la superioridad frente a laicas y laicos, o de menospreciar en la tarea evangelizadora a la gente sencilla, a las realidades pequeñas y a los medios humildes. Sí, hermanos sacerdotes, somos y estamos llamados a ser, cada día con mayor autenticidad, transparencia sacramental de Cristo, humilde de corazón (cf. Mt 11,29).

Segunda actitud: misión

Hoy resuenan en nosotros las palabras del profeta Isaías, que Jesucristo pronunció con emoción en la sinagoga de su pueblo: «Me ha enviado a llevar la Buena Noticia a los pobres, a vendar corazones rotos, a liberar a los cautivos…» (cf. Is 61, 1-3; Lc 4,17-19). Así pues, no podemos permitirnos ser una Iglesia autorreferencial, encerrada en sí misma y preocupada únicamente por sus propias necesidades. Tampoco podemos reducir el sacerdocio a un camino para buscar nuestra felicidad o autorrealización personal.

Alentados por las palabras y el testimonio del recordado papa Francisco, hagamos de nuestras comunidades “hospitales de campaña” donde acoger, liberar y sanar a quienes son descartados; y anunciemos el Evangelio «no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable» (EG 14). ¡Ojalá que nuestras preocupaciones, conversaciones y ocupaciones se centren en la preciosa misión a la que somos convocados!

Pidamos a Dios que el proceso sinodal que hemos emprendido con esperanza, nos ayude a concretar un plan pastoral que permita a los creyentes vivir la fe con mayor hondura y nos impulse a llegar a quienes se han alejado de la Iglesia o nunca han conocido a Jesucristo.

Así, “todos, todos, todos”, también quienes habitan nuestras periferias concretas –Melilla, los pueblos más pequeños y alejados de la capital, o la misión en Caicara del Orinoco– podrán experimentar con más fuerza la ternura y la salvación de Dios.

Tercera actitud: coherencia

Necesitamos crecer en coherencia para asumir con verdad nuestra fragilidad y la misión que el Señor nos confía: una misión preciosa, pero marcada en muchos momentos por la cruz. No tendría sentido reconocer que la misión es exigente y que cada día pecamos “de pensamiento, palabra, obra y omisión”, y luego vivir como si fuéramos superhombres, cerrados a la luz y a la fuerza del Espíritu, y de espaldas a la ayuda de nuestros hermanos y hermanas.

Abramos, por tanto, el corazón a Dios. Su Espíritu es el verdadero protagonista de la vida cristiana y del ministerio sacerdotal. Hasta el mismo Hijo de Dios proclama: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido» (Lc 4,18). Y la segunda lectura nos recuerda que Él «nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios su Padre» (Ap 1,6). Es el Espíritu quien hace posible que seamos buenos sacerdotes, buenos laicos y laicas, buenos religiosos y religiosas.

No basta con anunciar su palabra y actuar en su nombre; es necesario abrirle cada día nuestro corazón y permitirle transformar desde nuestra sensibilidad más profunda hasta la manera en que nos relacionamos con los hermanos sacerdotes, con la feligresía y con quienes no participan en nuestras actividades, sin descuidar la relación con nosotros mismos.

El Señor, con su gracia, es el principal actor de nuestra vida y de nuestro ministerio porque —como dice el Salmo— «si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas» (Sal 127,1).

En lugar de resignarnos al “soy así y no puedo cambiar”, abramos también el corazón a la ayuda de la Iglesia y de tantas personas que nos quieren, nos acompañan y nos sostienen. Permitidme descender a algunos ejemplos concretos:

Si sufrimos problemas de salud, si el desánimo nos atenaza o si no logramos superar dificultades que nos pesan, ¿no sería mejor buscar ayuda profesional?
Si deseamos crecer en nuestra relación con Dios —fundamento de toda nuestra vida— y tropezamos una y otra vez, ¿no deberíamos asegurar un acompañamiento personal serio y continuado?
Si constatamos que prácticas pastorales que fueron fecundas durante años ya casi no dan fruto, ¿no deberíamos discernir juntos los caminos que el Espíritu señala hoy a la Iglesia?
Y, finalmente, si somos frágiles y se nos ha confiado una misión que nos sobrepasa, ¿no deberíamos dedicar en la Diócesis más recursos al cuidado y acompañamiento de los pastores? Sería una inversión que redundaría a favor de todo el Pueblo de Dios.
Conclusión

Queridos laicos y laicas, pedid al “Señor de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9,38) y rezad por los sacerdotes y por mí, para que nunca nos apartemos del camino de Jesús: humilde, misionero y coherente.

Y nosotros, queridos hermanos sacerdotes, renovemos las promesas que hicimos el día de nuestra ordenación con la confianza de María, nuestra Madre, inspirados por las palabras de San Manuel González, dirigidas al presbiterio de su tiempo: “Confiad, sí, porque Él lo quiere. Confiad, porque su victoria es prenda de nuestra victoria. Confiad, porque si es mucho lo que no podéis, es mucho, muchísimo más, lo que podéis” (Lo que puede un cura, 1630).

Amén.

+ José Antonio Satué
Obispo de Málaga

Jueves Santo, la cena

Por
Diócesis de Málaga
-
2 Abr 2026
0

Cada día de la Semana Santa en diálogo con María, a través de la obra del sacerdote Alfonso Crespo “La Pasión desde una mirada femenina”.

-Madre, permíteme que siga preguntándote. Dime, ¿qué recuerdo de aquella tarde de Jueves Santo está más vivo en tu corazón? ¿Fuiste tú quien dispuso la mesa, con las otras mujeres, prendidas en el amor del perdón y discípulas de tu Hijo? ¿Cómo dispusiste para tanto comensal una mesa tan estrecha? Abriste los ojos de sorpresa, cuando al levantarse tu Hijo, le dirigiste la mirada suplicante: ¿qué falta en la mesa? Nada… respondería Jesús, estrechando tus manos. Y cogiéndote la toalla se la ciñe, y pide una palangana con agua… Y se inclina a lavar los pies de sus discípulos, y se los seca y los besa… Pero aún el Maestro nos sorprende. Después de hablar de traición, de mirar a Judas cara a cara… toma el pan y lo bendice, y lo ofrece siempre multiplicado, repartido para todos, Pan de Vida: «¡Tomad y comed, esto es mi Cuerpo!». Y estrechando el cáliz, con las manos y la fe en Dios Padre, saborea el vino y susurra, como una súplica: «¡Tomad y bebed, es mi Sangre, que será derramada por vosotros!».

Homilía de Mons. Satué en la Misa Crismal

Por
Diócesis de Málaga
-
2 Abr 2026
0

Queridos hermanos obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, diáconos y seminaristas, laicas y laicos:

La Misa Crismal es, para mí, una de las celebraciones más intensas de todo el año litúrgico. Me gusta prepararla despacio: con la lista de sacerdotes y diáconos delante, rezando por cada uno, y con el Misal abierto, releyendo sus comentarios y oraciones. «El obispo –dice el Misal– ha de ser tenido como el gran sacerdote de su grey, del cual se deriva y depende, en cierto modo, la vida de sus fieles en Cristo. La Misa Crismal… ha de ser tenida como una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del obispo y como un signo de la unión estrecha de los presbíteros con él».

Me sobrecogen estas palabras al recordar la grandeza de la misión que Dios me ha confiado, que contrasta con mis muchas limitaciones y pecados. Me consuela, sin embargo, saber y experimentar que el Espíritu de Dios guía a esta Iglesia particular de Málaga más allá de mis pobrezas. Me conforta también sentir vuestra acogida, cercanía y disponibilidad, queridos sacerdotes, laicos y consagrados. Porque, aunque a veces me sienta desubicado, cuando os miro percibo, cada vez con más fuerza, que sois mi familia, mi pueblo; un gran presbiterio, una gran Diócesis, con un precioso patrimonio espiritual, a la que deseo entregar lo mejor de mí.

Y después de la confesión personal, quisiera dirigirme especialmente a vosotros, mis hermanos sacerdotes, que hoy vais a renovar vuestras promesas, respaldados por esta amplia representación de fieles, que hacen presentes a las comunidades donde vivís la fe y ejercéis el ministerio. Os invito, queridos hermanos, a acoger la Palabra de Dios que hemos proclamado. Al meditarla, me venían al corazón las tres actitudes con las que comencé mi ministerio episcopal entre vosotros el pasado 13 de septiembre.

Primera actitud: humildad.

Queridos hermanos, Cristo es el “testigo fiel”, el “Alfa y la Omega”, como afirma el libro del Apocalipsis. Nosotros, en cambio, no somos otra cosa que mensajeros vacilantes, letras diminutas en el alfabeto de la historia de la salvación; letras pequeñas, sí, pero que pueden ser preciosas. Haber sido redimidos no nos libra de nuestra pequeñez; más bien nos permite reconocerla con lucidez e integrarla con acierto en nuestra vida.

Con la sabiduría popular que lo caracterizaba, san Manuel González decía a los sacerdotes: “El cura, como el hombre, está hecho del mismo barro de que se han hecho los hijos de Adán. Y una larga y triste experiencia demuestra que es un barro bastante frágil y quebradizo” (Lo que puede un cura, 1629)

Por su parte, el papa León XIV nos ha recordado recientemente la importancia de acoger y nombrar nuestra vulnerabilidad. Decía a los sacerdotes el pasado 27 de junio: «No le teman a su fragilidad: el Señor no busca sacerdotes perfectos, sino corazones humildes, disponibles a la conversión y dispuestos a amar como Él mismo nos ha amado» (Mensaje con motivo de la Jornada de Santificación Sacerdotal, 2025). Y el 24 de junio exhortaba a los seminaristas: «Es necesario apostar mucho por la madurez humana, rechazando todo disfraz e hipocresía. Con la mirada puesta en Jesús, hay que aprender a dar nombre y voz también a la tristeza, al miedo, a la angustia, a la indignación, llevando todo a la relación con Dios. Las crisis, los límites, las fragilidades no deben ocultarse, sino que son ocasiones de gracia y de experiencia pascual» (Meditación en el Jubileo de los seminaristas, 2025).

Por estas y por tantas otras razones, debemos resistir –con la ayuda de Dios– la tentación de negar la verdad de nuestra fragilidad, de enseñar el Evangelio como si no fuéramos torpes discípulos, de ejercer el ministerio desde la superioridad frente a laicas y laicos, o de menospreciar en la tarea evangelizadora a la gente sencilla, a las realidades pequeñas y a los medios humildes. Sí, hermanos sacerdotes, somos y estamos llamados a ser, cada día con mayor autenticidad, transparencia sacramental de Cristo, humilde de corazón (cf. Mt 11,29).

Segunda actitud: misión

Hoy resuenan en nosotros las palabras del profeta Isaías, que Jesucristo pronunció con emoción en la sinagoga de su pueblo: «Me ha enviado a llevar la Buena Noticia a los pobres, a vendar corazones rotos, a liberar a los cautivos…» (cf. Is 61, 1-3; Lc 4,17-19). Así pues, no podemos permitirnos ser una Iglesia autorreferencial, encerrada en sí misma y preocupada únicamente por sus propias necesidades. Tampoco podemos reducir el sacerdocio a un camino para buscar nuestra felicidad o autorrealización personal.

Alentados por las palabras y el testimonio del recordado papa Francisco, hagamos de nuestras comunidades “hospitales de campaña” donde acoger, liberar y sanar a quienes son descartados; y anunciemos el Evangelio «no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable» (EG 14). ¡Ojalá que nuestras preocupaciones, conversaciones y ocupaciones se centren en la preciosa misión a la que somos convocados!

Pidamos a Dios que el proceso sinodal que hemos emprendido con esperanza, nos ayude a concretar un plan pastoral que permita a los creyentes vivir la fe con mayor hondura y nos impulse a llegar a quienes se han alejado de la Iglesia o nunca han conocido a Jesucristo.

Así, “todos, todos, todos”, también quienes habitan nuestras periferias concretas –Melilla, los pueblos más pequeños y alejados de la capital, o la misión en Caicara del Orinoco– podrán experimentar con más fuerza la ternura y la salvación de Dios.

Tercera actitud: coherencia

Necesitamos crecer en coherencia para asumir con verdad nuestra fragilidad y la misión que el Señor nos confía: una misión preciosa, pero marcada en muchos momentos por la cruz. No tendría sentido reconocer que la misión es exigente y que cada día pecamos “de pensamiento, palabra, obra y omisión”, y luego vivir como si fuéramos superhombres, cerrados a la luz y a la fuerza del Espíritu, y de espaldas a la ayuda de nuestros hermanos y hermanas.

Abramos, por tanto, el corazón a Dios. Su Espíritu es el verdadero protagonista de la vida cristiana y del ministerio sacerdotal. Hasta el mismo Hijo de Dios proclama: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido» (Lc 4,18). Y la segunda lectura nos recuerda que Él «nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios su Padre» (Ap 1,6). Es el Espíritu quien hace posible que seamos buenos sacerdotes, buenos laicos y laicas, buenos religiosos y religiosas.

No basta con anunciar su palabra y actuar en su nombre; es necesario abrirle cada día nuestro corazón y permitirle transformar desde nuestra sensibilidad más profunda hasta la manera en que nos relacionamos con los hermanos sacerdotes, con la feligresía y con quienes no participan en nuestras actividades, sin descuidar la relación con nosotros mismos.

El Señor, con su gracia, es el principal actor de nuestra vida y de nuestro ministerio porque —como dice el Salmo— «si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas» (Sal 127,1).

En lugar de resignarnos al “soy así y no puedo cambiar”, abramos también el corazón a la ayuda de la Iglesia y de tantas personas que nos quieren, nos acompañan y nos sostienen. Permitidme descender a algunos ejemplos concretos:

Si sufrimos problemas de salud, si el desánimo nos atenaza o si no logramos superar dificultades que nos pesan, ¿no sería mejor buscar ayuda profesional?
Si deseamos crecer en nuestra relación con Dios —fundamento de toda nuestra vida— y tropezamos una y otra vez, ¿no deberíamos asegurar un acompañamiento personal serio y continuado?
Si constatamos que prácticas pastorales que fueron fecundas durante años ya casi no dan fruto, ¿no deberíamos discernir juntos los caminos que el Espíritu señala hoy a la Iglesia?
Y, finalmente, si somos frágiles y se nos ha confiado una misión que nos sobrepasa, ¿no deberíamos dedicar en la Diócesis más recursos al cuidado y acompañamiento de los pastores? Sería una inversión que redundaría a favor de todo el Pueblo de Dios.
Conclusión

Queridos laicos y laicas, pedid al “Señor de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9,38) y rezad por los sacerdotes y por mí, para que nunca nos apartemos del camino de Jesús: humilde, misionero y coherente.

Y nosotros, queridos hermanos sacerdotes, renovemos las promesas que hicimos el día de nuestra ordenación con la confianza de María, nuestra Madre, inspirados por las palabras de San Manuel González, dirigidas al presbiterio de su tiempo: “Confiad, sí, porque Él lo quiere. Confiad, porque su victoria es prenda de nuestra victoria. Confiad, porque si es mucho lo que no podéis, es mucho, muchísimo más, lo que podéis” (Lo que puede un cura, 1630).

Amén.

+ José Antonio Satué
Obispo de Málaga

«Me gusta preparar la Misa Crismal con la lista de sacerdotes y diáconos delante, rezando por cada uno»

Por
Diócesis de Málaga
-
2 Abr 2026
0

En la mañana del Miércoles Santo, la Catedral de Málaga acogió la celebración de la Misa Crismal, la primera que preside D. José Antonio Satué como obispo de Málaga.

Una Eucaristía concelebrada por el obispo emérito de Pamplona Tudela, Francisco Pérez, y numerosos sacerdotes y religiosos llegados de todos los puntos de la diócesis de Málaga.

Los sacerdotes, religiosos y diáconos se reunieron en el trascoro del primer templo malagueño para revestirse y compartir una celebración con dos momentos muy especiales: la renovación de sus promesas sacerdotales y diaconales, y la bendición de los santos óleos. Desde la sacristía se les unían, en procesión, el Obispo, los vicarios, los formadores del Seminario y el Cabildo Catedral.

En su homilía (que pueden leer completa aquí), Mons. Satué hacía una confesión: «La Misa Crismal es, para mí, una de las celebraciones más intensas de todo el año litúrgico. Me gusta prepararla despacio: con la lista de sacerdotes y diáconos delante, rezando por cada uno, y con el Misal abierto, releyendo sus comentarios y oraciones».

Y recordaba las tres actitudes con las que comenzó su ministerio episcopal el pasado 13 de septiembre: humildad, misión y coherencia.

D. José Antonio animaba a los sacerdotes y diáconos a «resistir –con la ayuda de Dios– la tentación de negar la verdad de nuestra fragilidad, de enseñar el Evangelio como si no fuéramos torpes discípulos, de ejercer el ministerio desde la superioridad frente a laicas y laicos, o de menospreciar en la tarea evangelizadora a la gente sencilla, a las realidades pequeñas y a los medios humildes. Sí, hermanos sacerdotes, somos y estamos llamados a ser, cada día con mayor autenticidad, transparencia sacramental de Cristo, humilde de corazón».

Y los alentaba a la misión para que así «“todos, todos, todos”, también quienes habitan nuestras periferias concretas –Melilla, los pueblos más pequeños y alejados de la capital, o la misión en Caicara del Orinoco– podrán experimentar con más fuerza la ternura y la salvación de Dios».

Recordando también la actitud de la coherencia porque «no basta con anunciar su palabra y actuar en su nombre; es necesario abrirle cada día nuestro corazón y permitirle transformar desde nuestra sensibilidad más profunda hasta la manera en que nos relacionamos con los hermanos sacerdotes, con la feligresía y con quienes no participan en nuestras actividades, sin descuidar la relación con nosotros mismos».

También tuvo palabras para los cientos de seglares que acompañaban a sus sacerdotes en la celebración a quienes invito a pedir al «Señor de la mies que envíe obreros a su mies y rezad por los sacerdotes y por mí, para que nunca nos apartemos del camino de Jesús: humilde, misionero y coherente».

Santos Óleos

Mons. Satué bendijo los Santos Óleos y consagró el Santo Crisma, cuyas ánforas portaron los arciprestes Manuel Jiménez y Wilfer Darío Alzate; y los diáconos José Antonio Aguilar, José Francisco Fernández, Julio Morales y Salvador Martín.

El óleo de los catecúmenos se usa para ungir a los que están preparándose para el bautismo; el óleo de los enfermos, en el sacramento de la unción de los enfermos; y el santo crisma, en ordenaciones, confirmaciones, bautizos y consagraciones de altares e iglesias.

Para preparar el Santo Crisma, el Obispo mezcla una porción de perfume con el aceite, con lo que se expresa que el aceite es fecundado por la gracia del Espíritu Santo simbolizado en el perfume; también recuerda el buen olor a Cristo que deben propagar los que son ungidos con él.

Al concluir la celebración, los arciprestes se acercaron al trascoro de la Catedral para recoger los óleos y entregarlos en los próximos días a los sacerdotes de su zona.

Santo Crisma y Santos Óleos no son lo mismo

El Santo Crisma proviene de la palabra latina “chrisma”, que significa “unción”. El Crisma es el aceite con el cual son ungidos los nuevos bautizados, son signados los que reciben la confirmación y son ordenados los obispos y sacerdotes. También se emplea en la dedicación de las nuevas iglesias, la consagración de los nuevos altares o la consagración de campanas.

El Santo Crisma representa la gracia del Espíritu Santo, y está compuesto por una mezcla de aceite de oliva y de perfumes, por lo que, como dice san Pablo en su Segunda Carta a los Corintios, nos ayuda a “desprender el buen olor de Cristo”. El Santo Crisma no se bendice, sino que se consagra, por lo que lleva el sello del don del Espíritu Santo.

Los Santos Óleos son dos: el de los catecúmenos y el de los enfermos. Ambos se bendicen, no se consagran como ocurre con el Santo Crisma. El de los catecúmenos se impone justo antes del bautismo y el de los enfermos, en la Unción.

Jueves Santo, la cena

Por
Diócesis de Málaga
-
2 Abr 2026
0

Cada día de la Semana Santa en diálogo con María, a través de la obra del sacerdote Alfonso Crespo “La Pasión desde una mirada femenina”.

-Madre, permíteme que siga preguntándote. Dime, ¿qué recuerdo de aquella tarde de Jueves Santo está más vivo en tu corazón? ¿Fuiste tú quien dispuso la mesa, con las otras mujeres, prendidas en el amor del perdón y discípulas de tu Hijo? ¿Cómo dispusiste para tanto comensal una mesa tan estrecha? Abriste los ojos de sorpresa, cuando al levantarse tu Hijo, le dirigiste la mirada suplicante: ¿qué falta en la mesa? Nada… respondería Jesús, estrechando tus manos. Y cogiéndote la toalla se la ciñe, y pide una palangana con agua… Y se inclina a lavar los pies de sus discípulos, y se los seca y los besa… Pero aún el Maestro nos sorprende. Después de hablar de traición, de mirar a Judas cara a cara… toma el pan y lo bendice, y lo ofrece siempre multiplicado, repartido para todos, Pan de Vida: «¡Tomad y comed, esto es mi Cuerpo!». Y estrechando el cáliz, con las manos y la fe en Dios Padre, saborea el vino y susurra, como una súplica: «¡Tomad y bebed, es mi Sangre, que será derramada por vosotros!».

Diócesis Málaga

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