
La situación que sufren miles de refugiados sirios, que llegan a Europa huyendo de un país sumido en una guerra cuyo final no se atisba, ha provocado la reacción de instituciones internacionales y países sensibles a este drama humanitario. A la escalofriante fotografía del policía turco recogiendo el cadáver del pequeño Aylan Kurdi le han seguido las escenas de miles de personas hacinadas en las fronteras de Hungría, estaciones ferroviarias y playas del sureste de Europa, como una evidencia palmaria de la lentitud, cuando no fracaso, de la diplomacia occidental.






