Nos ha dejado el cura Diego, una persona que nos asombró a todos por su sencillez, su coherencia evangélica, su estilo pastoral, su capacidad de trabajo apostólico. Nuestro obispo Jesús en su mensaje navideño nos invitaba a asombrarnos ante el misterio de Belén. El asombro nos espera en cada esquina. Pero para asombrarse hemos de cultivar la atención y la capacidad de silencio. Para poder conectar con el mundo, lleno de detalles asombrosos, hemos de detenernos. Como el niño pequeño que va a la escuela de la mano del padre y se para en toadas partes porque siempre hay algo que le asombra, que asalta su curiosidad. Los padres tienen que tirar de él y le van obligando poco a poco a dejar atrás las maravillas de un trayecto que hace cada día. Pero «quien es incapaz de maravillarse y de sentir el encanto y el asombro está prácticamente muerto» (Einstein).