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San Pedro Damián

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San Pedro Damián

Dante Alighieri, en el canto XXI del Paraíso, coloca a San Pedro Damián en el cielo de Saturno, destinado en su Comedia a los espíritus contemplativos. El poeta pone en los labios del santo una breve y eficaz narración autobiográfica: la predilección por los alimentos frugales y la vida contemplativa, y el abandono de la tranquila vida de convento por el cargo episcopal y cardenalicio.

Pedro nació en Rávena en 1007; fue el último hijo de una numerosa familia, y como quedó huérfano de padre en temprana edad, fue ayudado por su hermano mayor, Damiano, y esto explica el apelativo de “Damián”.

Después de haber estudiado en Ravena, Faenza y Padua, fue profesor de la universidad de Parma, pero pronto abandonó el cargo y entró en el monasterio calandulense de Fonte Avellana, de cuyo monasterio fue elegido prior. En ese tiempo la Iglesia estaba destrozada por las discordias y los cismas, consecuencia de ese grave perjuicio que se llama simonía, compraventa de puestos eclesiásticos, y también de la ligereza con que el clero resolvía el problema del celibato. Entonces la Iglesia necesitaba hombres íntegros y preparados como el culto y austero Pedro Damián.

Estuvo al lado de seis Papas como “enviado mensajero de la paz”, y sobre todo colaboró con Hildebrando, el gran reformador que llegó a ser Papa con el nombre de Gregorio VII. Pedro Damián, después de varias peregrinaciones en la diócesis de Milán, en Francia y en Alemania, fue nombrado por Esteban IX cardenal y obispo de Ostia. Ya anciano, fue llamado por Ravena, su ciudad natal, para poner orden en el conflicto suscitado por los seguidores de un antipapa.

Murió en Faenza (Favencia), en 1072, cuando regresaba de la última misión de paz. Fue venerado inmediatamente como santo y su culto oficial fue reconocido en 1828 por el Papa León XII, que también lo proclamó doctor de la Iglesia por sus numerosos escritos de contenido teológico.

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LA VOZ de Rafael López, seminarista

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Podcast de la sección LA VOZ DEL SEMINARIO emitida en el programa IGLESIA NOTICIA en COPE MÁLAGA el domingo 21 de febrero de 2021. El seminarista Rafael López nos cuenta cómo llegó al Seminario de Málaga
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Rito de Elección de los Catecúmenos (Catedral-Málaga)

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Homilía del Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en el Rito de Elección de los Catecúmenos celebrado en la Catedral de Málaga el 21 de febrero de 2021.

RITO DE ELECCIÓN DE LOS CATECÚMENOS

(Catedral-Málaga, 21 febrero 2021)

Lecturas: Gn 9, 8-15; Sal 24, 4-9; 1 Pe 3, 18-22; Mc 1, 12-15.

(Domingo Cuaresma I -B)

1.- En este primer domingo de Cuaresma celebramos el rito de la «elección» o «inscripción del nombre» de los catecúmenos, a quienes hemos recibido en la puerta del templo al comenzar la celebración (cf. Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos [RICA], n. 133-142).

Oído el testimonio de los padrinos y de los catequistas, los catecúmenos reafirman su voluntad libre de prepararse de manera más inmediata durante la cuaresma para recibir los sacramentos pascuales de la iniciación cristiana.

Con esta ceremonia concluís el catecumenado, caracterizado por un largo aprendizaje y conversión de la mente y del corazón a Jesucristo y os comprometéis a seguirle con mayor empeño.

Los padrinos comenzáis a ejercitar públicamente vuestro oficio y los acompañaréis en la Vigilia pascual, quedando unidos con ellos para siempre por un vínculo de fraternidad; entre vosotros habrá una relación espiritual especial.

El obispo, en nombre de Cristo y de la Iglesia, admite a los «elegidos» y os exhorta a responder gozosamente a la llamada de la Iglesia y a vivir este camino cuaresmal como preparación inmediata de las solemnidades pascuales.

2.- Hemos escuchado en el libro del Génesis que Dios hizo un pacto con Noé, a quien salvó del diluvio (cf. Gn 9, 9.11). Ser salvado de las aguas significa la salvación por el bautismo, como recuerda san Pedro: aquello «era también un símbolo del bautismo que actualmente os está salvando» (1 Pe 3, 21). Al igual que el agua tiene la virtud de limpiar, las aguas bautismales limpian y purifican; pero no de manera física, sino espiritual.

El bautismo es el comienzo de una vida nueva, que implica un proceso de conversión y conduce a la salvación. Jesús dijo a sus discípulos: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará» (Mc 16,15-16).

Queridos catecúmenos, habéis sido llamados por el Señor a la vida nueva que os proporcionará el bautismo; os convertiréis en hijos adoptivos de Dios; seréis purificados y sanados por las aguas bautismales.

El Señor hará una alianza de amor con vosotros, que responderéis con un compromiso de fidelidad. Dios es siempre fiel a sus promesas, a su palabra, a su amor y a su alianza; a nosotros nos toca corresponder gozosa y libremente a su amor. Estáis llamados a vivir un proceso de amor esponsal con Dios. Por todo ello damos gracias.

3.- El evangelista Marcos nos dice que Jesús fue al desierto empujado por el Espíritu; y allí soportó las tentaciones (cf. Mc 1, 12-13); pero no las describe.

Tres palabras nos ayudan ayudar a entender el texto evangélico de hoy: desierto, tentación y llamada. El desierto implica apartarse de la vida cotidiana, retirarse de la actividad social, desprenderse de muchas cosas que no son necesarias, vivir con lo esencial renunciando a lo superfluo, entrar en la propia intimidad, hacer silencio y estar a la escucha de Dios.

El desierto fue la experiencia del antiguo pueblo de Israel al salir de Egipto, donde Dios fue purificando su corazón y su fe para que viviera dependiente solo de Él. Es la experiencia profundamente humana de Jesús, que vive solo del diálogo con su Padre.

El Señor nos invita a hacer “desierto” para disponer nuestro corazón a su Palabra, para purificar nuestra alma de las adherencias y del lastre que nos impide seguir a Jesús.

En este camino la Iglesia nos invita a renunciar a muchas cosas, que no son necesarias o que van en contra de lo que nos pide el Señor; no se trata de una renuncia negativa, sino desprenderse de algo por un bien mayor. Todo el mundo es capaz de renunciar a ciertos alimentos por cuidar su salud.

4.- Retirado Jesús en el desierto sufrió las tentaciones del diablo. El poder, la gloria y las necesidades básicas son tentaciones que acechan siempre al hombre; los pecados capitales son siempre una tentación. Jesús sufrió las tentaciones y las venció. La culminación de estas tentaciones vendría al final de su vida en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27, 46); ésta fue la tentación más fuerte que tuvo que sufrir Jesús.

Nosotros somos invitados a vivir nuestro desierto unidos al de Jesucristo y combatir con él las tentaciones, que siempre tienen la misma raíz: buscar el bien propio descartando a los demás, optar por lo fácil y con el menor esfuerzo, huir de lo que nos pesa, desear el goce personal a cualquier precio, buscar el goce inmediato, aunque después uno se quede más vacío que antes.

Unidos al Señor, que venció todas las tentaciones, también nosotros podemos vencer la tentación sin sucumbir al pecado con su fuerza y con su presencia. En la oración del “Padrenuestro” le pedimos a Dios que “no nos deje caer en la tentación”.

5. Después que Jesús fue tentado «marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios» (Mc 1, 14). Comienza su vida pública anunciando la buena nueva del Reino: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios» (Mc 1, 15). La misión por la que Jesús ha venido al mundo es anunciar la salvación al hombre e invitarlo a participar del reino del cielo, que se manifiesta en su persona; es el reino del amor de Dios entre los hombres.

Caminando con Jesús en esta cuaresma podemos oír su llamada: «Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1, 15). Merece la pena creer en esta gran noticia; vale la pena convertirse a Dios abandonando los ídolos; merece la pena cambiar el modo de pensar, para ser más felices; vale la pena cambiar la manera de vivir, uniéndonos a Jesús que nos llama.

Queridos catecúmenos, estáis llamados por el Señor que os ha invitado a seguirle. Vuestro corazón ha sido iluminado por su presencia y por su amor. Hoy manifestáis ante la Iglesia vuestra voluntad de seguir a Cristo, como Dios y Señor.

¡Que el Espíritu, que empujó a Jesús al desierto, y estuvo con Él para vencer las tentaciones, os acompañe en el proceso personal de conversión y en el camino cuaresmal hacia la Pascua! Y a todos nosotros, que hemos iniciado la Cuaresma, nos prepare para renovar las promesas bautismales.

Pedimos al Señor que nos mantenga unidos a Él; y a la Santísima Virgen María que nos acompañe en este camino cuaresmal. Amén.

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COPE. Los 4 Jinetes de la Cuaresma nos llevan al desierto

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IGLESIA NOTICIA. COPE MÁLAGA

La sección Los 4 Jinetes regresa esta Cuaresma a COPE Málaga con Francisco Guzmán, presidente diocesano de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC); Soledad Meliveo, Bachiller en Ciencias Religiosas; Juan Baena, sacerdote diocesano y párroco de La Cala de Mijas; y Mª Carmen Martín, Misionera Idente y científica. 

Aquí puedes escuchar el programa Iglesia Noticia de este domingo, 21 de febrero

Es la sección con la que concluirá el programa «Iglesia Noticia» cada domingo de Cuaresma. En este primer domingo, la propuesta de los 4 jinetes es redescubrir el desierto en el tiempo cuaresmal. 

Ángel Antonio Fuentes Hervías, director del CRA Guadalmedina (Colegio Diocesano Los Gámez y Colegio Diocesano Estación de Salinas), presentó la Escuela Rural de los Gámez, uno de los centros educativos de Fundación Victoria y una de las 250 escuelas capilla que proyectó el cardenal Ángel Herrera Oria en la diócesis de Málaga durante su episcopado (1947-1966). Es la última escuela capilla que sigue abierta en Málaga capital y un centro que se adapta día a día para seguir ofreciendo una educación personalizada, innovadora, familiar y cercana a la naturaleza, desde un ideario cristiano.

Mariló Guantes, profesora en el Colegio San Manuel, presentó un libro que vio la luz fruto del confinamiento, «A mi manera», en el que valora el trabajo en comunión de toda la familia educativa. 

Otra mujer puso voz al porograma, Inmaculada Lorenzo, voluntaria de Manos Unidas en Málaga desde hace más de 20 años y visitadora de los proyectos de esta ONG católica para el desarrollo en Sudán. 

La Voz del Seminario fue esta semana Rafael López, seminarista que sintió con más fuerza su vocación tras un accidente. 

Escucha Iglesia Noticia cada domingo, a las 9.45 horas, en COPE Málaga: (97,1 / 89,8 Málaga / 89,8 Antequera / 882 OM y en la APP COPE).

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CUARESMA, CAMINO HACIA LOS SACRAMENTOS PASCUALES

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Queridos hermanos y hermanas:

Como todos los años quiero dirigir unas reflexiones al comienzo de la Cuaresma, exhortando a todos los fieles a fortalecer la vida cristiana. Este fortalecimiento bien sabéis todos que acontece en nuestra vida mediante el progreso en la conversión a Cristo, con el propósito de que todos los bautizados lleguemos a la celebración del Misterio Pascual habiendo progresado en la configuración con el Señor. La Cuaresma abre el camino hacia los sacramentos pascuales.

  1. Los sacramentos pascuales, meta de la Cuaresma

Esta es la meta del ejercicio de la Cuaresma, un tiempo de gracia y salvación, que, como canta el prefacio propio del tiempo, el Señor nos lo concede para que suscite en nosotros «anhelar año tras año, con el gozo de habernos purificado, los sacramentos pascuales»[1], meta de este tiempo oportuno.        Es de gran provecho espiritual detenernos en este sustancioso prefacio que nos señala la meta de la Cuaresma con claridad: los sacramentos pascuales. La instrucción cristiana transmitía este mandamiento de la Iglesia, que mediante el anuncio de la salvación ha recibido la misión de llevar a cuantos creen en él a la plena identificación con Cristo en la recepción de los sacramentos pascuales: el bautismo y la Eucaristía, que Cristo confió a los Apóstoles. Éstos y sus colaboradores desde el comienzo de la Iglesia «ofrecen el bautismo a quien crea en Jesús: judíos, hombres temerosos de Dios, paganos»[2]. Al bautizar a los que vienen a la fe, los Apóstoles siguieron a Cristo, que quiso someterse al bautismo de Juan y en él prefiguró el bautismo de los cristianos (cf. Mt 3,13)[3]. Jesús resucitado mandó a los Apóstoles a bautizar, diciéndoles: «Id, pues, y haced discípulos de todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28,19-20).

El bautismo es apostólico porque por voluntad de Cristo lo hemos recibido de los Apóstoles, como es tradición apostólica la celebración de la Eucaristía, razón por la que ningún bautizado debe dejar de participar en su celebración dominical ni dejar de comulgar, siempre que no se lo impida la conciencia de hallarse en pecado mortal, que aparta de la comunión con Dios y de la comunión eclesial. La Eucaristía es institución de Cristo y al mismo tiempo confesamos que, al igual que el bautismo, es de origen apostólico. Lo recordó san Juan Pablo II al decir: «También los apóstoles están en el fundamento de la Eucaristía, no porque el sacramento no se remonte a Cristo mismo, sino porque ha sido confiado a los Apóstoles, obedientes al mandato del Señor»[4]; y además, continúa diciendo en el mismo lugar el santo papa siguiendo el Catecismo de la Iglesia Católica, «porque se celebra en conformidad con la fe de los Apóstoles»[5].

Precisamente para que todos los fieles se integren en la comunión eclesial en fidelidad a los dones de gracia que Cristo encomendó administrar y distribuir a los Apóstoles, la tradición disciplinar de la Iglesia ha establecido secularmente la obligación de confesar y comulgar al menos una vez año. Esta obligación ayuda a los fieles a no dejar de lado la práctica sacramental, porque sin ella no se puede vivir como cristianos. La Iglesia recomienda recibir la santa Eucaristía los domingos y los días de fiesta, al tomar parte en la misa dominical y en las solemnidades y fiestas de precepto; y cuando no es así, al menos una vez al año y, siempre que sea posible, esta comunión anual se debe hacer en tiempo pascual[6]. Sin embargo, la mayoría de los bautizados no practican la fe que profesan, aun cuando respondan a las encuestas estadísticas que se consideran cristianos y católicos. De ahí la importancia de servirse de la Cuaresma, al tiempo que para preparar a los catecúmenos en la etapa final antes de la Pascua y disponerlos a recibir los sacramentos pascuales, también para devolver a la práctica sacramental en modo propio a los cristianos alejados que mantienen aún viva su condición de cristianos.

Porque la Cuaresma es preparación a la Pascua, ciertamente, pero es asimismo «iniciación sacramental verdadera y propia para la misma, es decir, un camino de fe fundado sobre la audición de la palabra de Dios y de sus signos sacramentales cumplidos en la asamblea litúrgica, que se articula en etapas o grados de penetración y progresiva profundización en el misterio celebrado»[7]. Se ha observado ateniéndose a la historia de la liturgia sacramental del rito romano que, en esta tradición litúrgica, además de la Eucaristía, el sacramento pascual por excelencia es el bautismo. Así, si en la liturgia romana el Triduo y el tiempo pascuales tienen un carácter sacramental que tiene en la Eucaristía su cúspide o cima, «la Cuaresma tiene un carácter exquisitamente sacramental que tiene como meta no sólo la eucaristía pascual, sino también la renovación de las promesas bautismales en la Vigilia pascual (…) El camino cuaresmal desemboca, por tanto, en la celebración de la Pascua»[8].

El tiempo pascual es el tiempo bautismal por excelencia precedido por la preparación cuaresmal, igual que el momento propicio para recibir la sagrada Comunión, después de haber hecho el esfuerzo espiritual de conversión al que nos invita la Cuaresma. El Triduo pascual es el corazón del año litúrgico: los tres días en que se celebran los misterios de la muerte y resurrección de Cristo, en el atardecer del Jueves Santo, en la Misa «en la Cena del Señor»; celebrada en la tarde del Viernes Santo, día de hondo significado religioso ante el acontecimiento que conmovió la creación, la muerte del Salvador y Redentor de la humanidad, cuya conmemoración tiene su expresión litúrgica en los santos oficios vespertinos; y en la celebración de la Vigilia pascual en la noche del Sábado Santo al Domingo de Resurrección. Es ésta la noche dichosa en la cual se rememoran en las lecturas que jalonan la liturgia de la Palabra los acontecimientos de la historia de la salvación que conducen al Misterio pascual, lo prefiguran y, aunque fragmentariamente, lo anticipan bajo la forma profética de la figura. El Misterio pascual proféticamente anunciado, una vez acontecido es irrepetible: «pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él» (Rm 6,9). El sacrificio redentor, contenido del Misterio pascual, Cristo lo ha realizado «de una vez para siempre ofreciéndose a sí mismo» (Hb 7,27), y ahora, en el tiempo de la Iglesia este sacrificio se hace presente y su eficacia perdura en la celebración de los sacramentos pascuales.

A estos sacramentos llegan los catecúmenos, concluido el catecumenado, instruidos en la historia de la salvación e introducidos en aquello que los ritos significan sacramentales significan y contienen. Éstos se desarrollan en torno a la fuente bautismal a la que se acercan los catecúmenos, para recibir el Bautismo, que místicamente los configura con la muerte y resurrección del Señor. Una vez bautizados y convertidos ya en cristianos, cual “nuevas plantas” o neófitos, los catecúmenos reciben la Confirmación, que les otorga el sello del don del Espíritu Santo, antes de acercarse a mesa de la Eucaristía. A continuación, toda la asamblea de bautizados renueva las promesas del bautismo y recibe la aspersión del agua lustral que evoca el bautismo que un día los hizo cristianos. Secuencias todas ellas de la sagrada Liturgia del Sábado Santo, que conducen finalmente a la celebración de la Eucaristía pascual, en la cual participan por primera vez también los recién bautizados.

  1. Los medios cuaresmales para alcanzar los sacramentos pascuales

Si transitamos por la Cuaresma camino de estos sacramentos pascuales, habremos alcanzado la meta de este tiempo santo. El mencionado prefacio continúa dando cuenta de la finalidad del camino cuaresmal diciendo: para recorriéndolo con espíritu de penitencia quienes transitan por él en este tiempo de gracia, «dedicados con mayor entrega a la oración y a la caridad fraterna, por la celebración de los misterios que nos dieron nueva vida lleguemos a ser en plenitud hijos de Dios».

La Cuaresma no deja de ser el tiempo que ninguna pandemia impide que sea. Nadie puede apartarnos de la oración, a la que va unida la caridad fraterna. Tradicionalmente la Cuaresma se recorre de tramo en tramo, que son las cinco semanas cuaresmales, con el ayuno, la oración y la limosna. El Mensaje del Papa Francisco para esta Cuaresma es una reflexión de alcance moral que nos ayuda a caer en la cuenta de que sin ese trípode (tres pies) que sostiene este tiempo de penitencia y salvación, no se alcanzan los sacramentos pascuales con fruto, porque son los tres elementos determinantes de la Cuaresma, «las condiciones y la expresión de nuestra conversión. La vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una cariada operante»[9].

El ayuno ha de tener una clara motivación religiosa, se hace para poner de manifiesto que sólo Dios es el valor primero, que nada hay más determinante, porque sólo Él es el Creador y el Redentor del hombre, como anunciaron los profetas con el objetivo de purificar un ayuno meramente ritual. La conversión del pecador ha de ser conversión a Dios y eso es lo que expresa el imperativo divino del ayuno: «Convertíos a mí de todo corazón con ayunos, llantos y lamentos; rasgad vuestros corazones, no vuestros vestidos, y convertíos al Señor vuestro Dios, un Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en amor, que se arrepiente del castigo» (Jl 2,12-13). El ayuno manifiesta la vuelta por entero a Dios, con espíritu de penitencia, expresión del dolor que siente el pecador por causa del pecado que cometió, mientras espera confiado en la misericordia de Dios. El ayuno es así privación de sí mismo, de la identidad pecadora de quien sabe que es pecador y siente el fuego del amor a Dios que quema el corazón y lo purifica.

Dice el Papa que el ayuno «vivido como experiencia de privación, para quienes lo viven con sencillez de corazón lleva a descubrir de nuevo el don de Dios y a comprender nuestra realidad de criaturas que, a su imagen y semejanza, encuentran en Él su cumplimiento». Esto supuesto, el ayuno tiene de manera inseparable una dimensión caritativa y social, de alcance solidariamente fraterno, y en este sentido es renuncia a todo lo que de pasión concupiscente y posesiva tiene el acaparar, acumular y almacenar, mientras los hermanos necesitados poco o nada tienen, unos lo pasan mal y otros enferman o mueren. Isaías clama contra un ayuno falto de sinceridad religiosa, que utiliza el que ayuna para encubrir sus injusticias, un ayuno que Dios rechaza y no quiere ver, porque Dios se complace en el ayuno que es ante todo ayuno de la injusticia, un ayuno que Dios describe por boca del profeta: «Este es el ayuno que yo quiero: soltarlas cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas, ante ti marchará la justicia, detrás de ti la gloria del Señor» (Is 58,6-8).

Está bien ayunar por higiene, y hoy las dietas higiénicas se han convertido en las sociedades más prósperas en una obsesión que a veces desemboca en la enfermedad, pero ciertamente el ayuno purifica el cuerpo de la gula que engorda y destruye la salud. Con todo, el ayuno higiénico no define el carácter religioso del ayuno, que lo adquiere cuando el que ayuna lo hace para poner en primer lugar como criterio de vida la voluntad de Dios. La Cuaresma, además de un tiempo de preparación sacramental, que el Vaticano II orientó de manera especial a la renovación del compromiso bautismal de los fieles y a la preparación de los catecúmenos para recibir los sacramentos pascuales, es asimismo desde su estructura más antigua un tiempo penitencial y de clara dimensión ética[10]. Los ayunos preparatorios a la Pascua están en el origen de la Cuaresma y la penitencia pública que tenía en el Jueves Santo los ritos tanto de entrada en el orden de los penitentes, en el que ingresaban los pecadores públicos, como los ritos de reconciliación de quienes alcanzaban el perdón después de haber pasado por la penitencia pública[11].

Justamente la dimensión ética de la Cuaresma resulta de la conversión y regeneración sacramental de la vida cristiana. Al proponer el ayuno y darle norma canónica, la Iglesia orienta al pecador a la conversión a Dios como lo único necesario (cf. Lc 10,42), a la consiguiente relativización de todo lo terreno o creatural y al cultivo del desprendimiento del mundo, para que el corazón del hombre se afiance en la esperanza de la vida duradera que la fe le promete.  Lo que Dios quiere es que caminemos en la pobreza evangélica que es renuncia para compartir, para comulgar con el hermano necesitado, y así por el ayuno alcanzar la caridad, que es intenso amor entre hermanos, porque «la caridad cubre la muchedumbre de los pecados» (1Pe 4,8). El Papa añade en su Mensaje: «Haciendo experiencia de una pobreza aceptada, quien ayuna se hace pobre con los pobres y “acumula” la riqueza del amor recibido y compartido».

Hoy el ayuno está reducido al mínimo en la Iglesia Católica no alcanzándose siquiera lo que exige la normativa de su práctica, ya que el ayuno eucarístico, previo a la recepción de la sagrada Comunión es poco y con frecuencia mal observado. Queda el ayuno del Miércoles de Ceniza y el del Viernes Santo, más observado el primero que el último ya que, entre nosotros, el carácter que la Semana Santa tiene entre nosotros obliga a con frecuencia a su dispensa y los pastores a aconsejar paliar esta dispensa con la limosna penitencial. Debemos recobrar el ayuno, que práctica de origen apostólico, yen en la Semana Santa extenderlo al Sábado Santo, como lo prescribió el Vaticano II, que aun considerando las circunstancias que en algunos casos permitirían su dispensa, no debe por ello obviarse el precepto que reza con toda claridad: debe observarse el ayuno pascual del Viernes Santo y «extenderse al sábado»[12]. Entre nosotros y, por haber gozado en el pasado del privilegio de la bula cuaresmal, la abstinencia ha decaído sin suplencia. Se viene recuperando en parte, pero a veces ni siquiera se contempla como ordinario lo que debería serlo todos los viernes del año en las casas y centros católicos, mientras se entusiasman algunos con muy livianos “ayunos solidarios”, que a veces han perdido la referencia a la conversión a Dios, para ganar terreno la causa humanitaria por sí sola que sustituye la razón teológica del ayuno. No son excluyentes, sino que muy por el contrario debe tenerse presente siempre que el amor a Dios da fundamento teológico al amor al hombre, y así resulta en palabra de Jesús que el mandamiento del amor a Dios lleva aparejado el mandamiento del amor al prójimo, de modo que son inseparables el mayor y el primer mandamiento y el segundo semejante al primero, y así concluye Jesús: «De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas» (Mt 22,40).

  1. Para lograr frutos de conversión hay que vivir de la Palabra de Dios dando razón de la verdad que hemos conocido, fundamento de la esperanza cristiana

¿Cómo podemos alcanzar los frutos de la conversión a Dios que pide la Cuaresma de cada uno de nosotros? ¿Cómo podremos alcanzar purificados la meta pascual de la Cuaresma? Hemos mencionado el trípode cuaresmal que nos invita a la práctica del ayuno, oración y la limosna, pero la fuerza para transitar por el camino cuaresmal y llegar a esa deseada meta se sostiene alimenta y estimula en la audición constante de la Palabra de Dios, como el Señor responde a la tentación del diablo recordándole las Escrituras: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boda de Dios» (Mt 4,4). Estaba ya escrito en el Deuteronomio, que da la razón del hambre que Dios hizo pasar a su pueblo en el desierto con fin bien preciso: que la Palabra de Dios es el alimento más fundamental del hombre, y con ella viene todo lo demás. Jesucristo, Palabra hecha carne en el seno de María Virgen, se hace alimento de vida eterna y se entrega a cuantos creen en él en los sacramentos pascuales, que no son meros símbolos compuestos por realidades humanas, sino que en ellas es Dios mismo con su gracia redentora quien da vida al hombre, alimentándolo de la misma vida divina.

Por eso, toda la práctica religiosa de la Cuaresma y de la Semana Santa tiene en la liturgia de la Iglesia el primer y principal ámbito de expresión de la fe que es preciso conocer y amar. Esto no es posible sin la audición y la lectura permanente de la Sagrada Escritura. El papa Francisco ha establecido la Jornada de la Palabra de Dios en el domingo tercero del tiempo ordinario para instruir y animar a la lectura continuada de la Biblia y alcanzar un conocimiento e interpretación recta de su contenido. Es la Iglesia la que lee la Escritura y la interpreta.

La Cuaresma es un tiempo para la lectio divina, para la lectura continuada de la Escritura al ritmo de las lecturas de la misa dominical y el oficio de la liturgia llamada “de las horas”. La Iglesia ha encomendado este rezo a los ministros ordenados y las personas de vida consagrada, que han de orar por toda la Iglesia y por el mundo sin interrupción, y recomienda que se asocien a esta oración los laicos en la medida que ellos puedan, en pequeños grupos apostólicos con su párroco en algunos momentos de la vida parroquial, al ritmo de las celebraciones litúrgicas, como también en las reuniones que comparten de los diversos apostolados y, asimismo, en familia, que es como un santuario doméstico[13]. Los laicos se han de incorporar al rezo de las horas en estas ocasiones para alimentar su fe en la oración pública de la Iglesia, de la que son parte esencial y no de mera adhesión, y alcanzar la experiencia honda del misterio cristiano en la plegaria que fortalecerá el testimonio de Cristo, al que ellos están llamados tanto en la vida ordinaria como en los distintas compromisos y realidades temporales del mundo, que ellos iluminan con su vida y apostolado.

  1. Para llegar al conocimiento de la verdad que nos libera y es Cristo mismo, camino, verdad y vida para el hombre

La Cuaresma ayuda a rehacer así la fe profesada como afirmación de Dios y de Cristo, recomposición de la conciencia de que somos morada del Espíritu Santo, autor de nuestra profesión de fe recta, no domeñable a capricho, por una convencional acomodación al mundo que a nadie atrae, porque el que se aleja de Dios con la culpa que sólo Dios conoce, se aleja de la profesión de fe sin mitigaciones y no vuelve si Dios no lo atrae, porque por sí solo nadie puede llegar a la fe por encontrarla acomodada a  la mentalidad de época. La Cuaresma implica también el compromiso de un testimonio fidedigno, sinceramente dado a quien pregunta por la fe que un cristiano profesa, con humildad y con convicción, siguiendo la máxima de san Pedro, es decir: «siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza; pero hacedlo con dulzura y respeto» (1Pe 3,15). El testimonio acumula en sí la caridad fraterna y ésta se torna lenguaje de convicción atrayendo a la verdad que es Cristo mismo, como lo afirma Santiago en su carta, al decir: «sepa que el que convierte a un pecador de su camino desviado, salvará su alma de la muerte y cubrirá multitud de pecados» (Sant 5,20). Atraer al pecador y al alejado a Cristo es llevarlo al Salvador y alcanzar uno mismo a salvarse.

La Cuaresma nos lleva los sacramentos pascuales si purificamos el corazón en la misericordia de Dios e, instruidos por su Palabra y hechos conocedores de sus mandatos nos abrimos a la esperanza que se fundamenta en la fe que creemos. No hay contraposición entre la fidelidad al hombre, a su progreso y completa promoción humana y la fidelidad a la verdad de cuanto Dios nos ha revelado y mandado. Es un gran error, como pretenden aquellos grupos de cristianos siempre enquistados con la verdad profesada por la Iglesia, que ven una y otra vez la confesión de fe como corsé de atenaza la libertad del hombre. Grupos y sectores en el interior de la Iglesia que no cesan de presionar para que la Iglesia, amoldándose a la mentalidad de la época, silencie o ponga sordina a determinadas afirmaciones de la fe creída o, incluso, ignore o deje de tener en consideración —si es que no se atreve a modificarlos— principios morales y valoraciones de los actos humanos que son contenido de la revelación divina o se derivan de ella según la tradición de fe, pero son dificilmente homologables con el modo de pensar y vivir del hombre contemporáneo. El Señor ha advertido con claridad a quienes quieran seguirle que a loa impostores los cristianos «por sus frutos los conoceréis» (cf. Mt 7,15); de suerte que es un error pensar que la acomodación al espíritu del mundo pueda dar frutos de conversión. En la misma medida en que en los cristianos dejamos de iluminar la vida del hombre con la luz del Evangelio en esa misma medida nos alejamos de Dios, desorientamos a los que se nos acercan y esperan de nosotros la purificación que la verdad realiza liberando al hombre de sus propios fantasmas y tinieblas. Sucede entonces lo que advierte el Señor a los que le siguen: «Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente» (Mt 5,13).

Así, pues, la Cuaresma es un tiempo para pensar en que la devaluación de la fe a la que nos estamos acostumbrando, porque no producirá más cristianos, ya que los cristianos llegan a ser tales mediante la conversión a Dios y a su designio de salvación. La verdad de nuestra fe no está en almoneda, porque «la fidelidad a la verdad es la única garantía de libertad», dice Benedicto XVI, que continúa afirmando que «sólo con la caridad, iluminada por la luz de la razón y de la fe, es posible conseguir objetivos de desarrollo humano y humanizador»[14]; incluso para llevar a buen término los efectos de una caridad para con los pobres y marginados de la tierra, caridad sin la cual nuestro testimonio no será eficaz. Ni tampoco es barata la gracia, como decía en un texto muy conocido el pastor y teólogo luterano Dietrich Bonhoeffer (1906-1945), que sucumbió víctima del totalitarismo nacionalsocialista poco antes del final de la devastadora segunda guerra mundial: «La gracia barata es la gracia considerada como una mercancía que hay que liquidar, es el perdón malbaratado, el consuelo malbaratado, el sacramento malbaratado, es la gracia como almacén inagotable de la Iglesia, de donde la cogen unas manos desconsideradas para distribuirla sin vacilación ni límites; es la gracia sin precio, que no cuesta nada»[15].

Se apela, continuaba diciendo el teólogo alemán en el mismo lugar, a que la factura de la gracia ya se ha pagado con validez para todo tiempo, así que es gratis. Concluía, no sin ironía para los que todo lo relativo a la salvación lo dan por hecho, que los gastos que esta gracia tan fácil cubre son infinitamente grandes, pero también lo son las posibilidades de utilización y de dilapidación, porque al fin y al cabo se pregunta crítico con quienes así malbaratan la sangre de Cristo: «¿qué sería una gracia que no fuese gracia barata?». Ocurre que quienes así piensan nada parece importarles la cruz del Redentor ahora, en su vida, en el asunto más importante de su vida como es su salvación eterna. Lo que caracteriza a este cristianismo barato es que ha dejado de ser cristiano. Sin la gracia, empero, el hombre no tendrá futuro trascendente, no podrá alcanzar la vida eterna, y para que lleguemos a recibirla como don, siendo así que «por pura gracia estamos salvados» (Ef 2,5), hemos de sentir el fuego que nos quemará por dentro al haber conocido el precio que Cristo ha pagado por nosotros: el costoso precio de su sangre. Hemos sido rescatados «no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo» (1Pe 1,19). Mas por esto, malbaratar la gracia y dilapidar el precio real de la preciosa sangre del Redentor es causa de eterna condenación por mediocre frivolidad con la obra de Dios, «porque tanto amó Dio sal mundo que le dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).

Sólo confesando la fe y retomando su práctica coherente, si nos esforzamos por tomar en serio a Dios y la verdad que siempre pide la confesión humilde de la fe, seremos testigos de la misericordia que en Cristo se nos ha manifestado para nuestra salvación. No podemos evitar el contenido objetivamente ofrecido por la predicación y el magisterio de la Iglesia, que hemos de hacer nuestro, porque es aquello mismo que confesamos como revelado por Dios: que hemos sido encontrados por el amor con que hemos sido amados por Cristo Jesús, que por nuestra salvación «no dudó en entregarse a los verdugos y padecer el tormento de la cruz»[16].

El rescate de los pecadores al precio pagado por el Señor tiene un objetivo que recita el prefacio de Cuaresma que nos guía en estas reflexiones: este tiempo de gracia nos dispone a la celebración de la obra redentora de Cristo en el memorial anual de su pasión y muerte con el propósito de que «por la celebración de los misterios que nos dieron nueva vida lleguemos a ser con plenitud hijos de Dios». Ciertamente somos en verdad hijos de Dios, como dice la primera carta de san Juan, pero lo hemos de ser de una forma consumada hacia la cual caminamos en la fe esperanzada: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (1Jn 3,1). Mas, aun así, la realidad de la filiación adquiere por la celebración de los misterios de la fe aquella maduración que nos acerca a su acabamiento final, porque «ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es» (1Jn 3,2b).

  1. Exhortación final

A todos los diocesanos deseo una fervorosa vivencia de la Cuaresma, durante la cual deben tomarse muy en cuenta la exhortación de la Iglesia a tomar parte presencial en el culto en las iglesias, respetando siempre las normas sanitarias. Del mismo modo, haciendo propias las prescripciones de la Iglesia, con relación al ayuno y la abstinencia, la práctica generosa de la limosna penitencial y los donativos a los pobres a través de los medios orgánicos de que dispone la Iglesia diocesana, de manera particular mediante donativos a Cáritas diocesana y a las delegaciones parroquiales.

Quiera el Señor aliviar la presión de la pandemia mediante la curación de los enfermos y el resultado eficaz de las vacunas y los tratamientos que se están poniendo en práctica por los sanitarios, encomendándoles con gratitud por su sacrificado servicio a la intercesión de la Santísima Virgen, que con nosotros ora para implorar del Señor la bendición con la oración que sobre el pueblo se pronuncia al final de la Misa del domingo I de Cuaresma:

Te pedimos, Señor,
que descienda sobre tu pueblo la bendición copiosa,
para que la esperanza brote en la tribulación,
la virtud se afiance en la dificultad
y se obtenga la redención eterna.
Por Jesucristo nuestro Señor.

Dado en Almería, a 17 de febrero de 2021, en la inauguración el Miércoles de Ceniza de la santa Cuaresma.

+ Adolfo González Montes, Obispo de Almería

[1] Misal Romano: Prefacio I de Cuaresma.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica [Catecismo], n. 1226.

[3] Catecismo, n. 1223.

[4] San Juan Pablo II, Carta encíclica sobre la Eucaristía en su relación con la Iglesia Ecclesia de Eucharistia (17 abril 2003), n. 27.

[5] Catecismo, n. 857.

[6] Catecismo, n. 1389.

[7] M. Augé, L’anno liturgico. É Cristo stesso presente nella sua Chiesa (Ciudad del Vaticano 2011) 166.

[8] Ibid., 166-167.

[9] Francisco, «Mirad, estamos subiendo a Jerusalén…» (Mt 20,18). Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma de 2021 (11 noviembre 2020).

[10] M. Augé, L’anno liturgico, 167.

[11] Cf. J. López Martín, El año litúrgico. Historia y teología de los tiempos festivos cristianos (Madrid 1984) 156-158.

[12] Vaticano II, Constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium, n. 110.

[13] Cf. Ordenación general de la Liturgia de las Horas, n. 27.

[14] Benedicto XVI, Carta encíclica sobre el desarrollo humano integral Caritas in veritate (29 junio 2009), n. 9.

[15] D. Bonhoeffer, El precio de la gracia (Salamanca 21968) 17.

[16] Misal Romano: Oración sobre el pueblo de la Misa del Domingo de Ramos.

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“Sólo podemos vivir plenamente si vivimos de Ti, en Ti y para Ti”

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Homilía en la Misa del sábado de la VI semana del Tiempo Ordinario, el 20 de febrero de 2021.

Ha fallecido el sacerdote diocesano Miguel Ángel Gil López

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Beata Jacinta Marto

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Beata Jacinta Marto

escanear0005Nació en Aljustrel, Fátima, el 11 de Marzo de 1910. Fue bautizada el 19 de Marzo de 1910. Víctima de la neumonía cayó enferma en Diciembre de 1918. Estuvo internada en el Hospital de Villa Nueva de Ourém y por fin en Lisboa, en el hospital de D. Estefanía donde murió a las 22.30 horas del día 20 de Febrero de 1920.

Del 21 de Enero al 2 de Febrero de 1920, estuvo en el Orfanato de Nuestra Señora de los Milagros, en la Calle de Estrella, en Lisboa, casa fundada por la D. María Godinho, a quien Jacinta llamaba «Madrina». Fue celebrada la Misa de cuerpo presente en la Iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, en Lisboa, donde su cuerpo estuvo depositado hasta el día 24, día en que fue transportada a una urna para el cementerio de Villa Nueva de Ourém. Fue trasladada para el cementerio de Fátima el 12 de Septiembre de 1935, fecha en que la urna fue abierta.

El 1 de Mayo de 1951 fue finalmente trasladada a la Basílica del Santuario.

Más allá de las 5 Apariciones de la Cova de Iría y 1 de los Ángeles, Nuestra Señora se le apareció a Jacinta 4 veces más en casa durante la enfermedad, 1 en la Iglesia Parroquial en un jueves de la Ascensión, y aún en Lisboa en el Orfanato y en el hospital.

Su vida fue caracterizada por el Espíritu de sacrificio, el amor al Corazón de María, al Santo Padre y a los pecadores.

Llevada por la preocupación de la salvación de los pecadores y del desagravio al Corazón Inmaculado de María, de todo ofrecía un sacrificio a Dios, como les recomendará el Ángel, diciendo siempre la oración que Nuestra Señora les enseñará: “Oh Jesús, es por nuestro amor, por la conversión de los pecadores (y acrecentada, por el Santo Padre) y en reparación por los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María».

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Visita pastoral a la parroquia de San José (Vélez Málaga)

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Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la Eucaristía celebrada con motivo de la Visita Pastoral a la parroquia de San José (Vélez-Málaga), el 20 de febrero de 2021.

VISITA PASTORAL

A LA PARROQUIA DE SAN JOSÉ

(Vélez Málaga, 20 febrero 2021)

Lecturas: Gn 9, 8-15; Sal 24, 4-9; 1 Pe 3, 18-22; Mc 1, 12-15. (Domingo Cuaresma I-B).

1.- Hemos escuchado en el libro del Génesis que Dios hizo un pacto con Noé, a quien salvó del diluvio (cf. Gn 9, 9.11). Ser salvado de las aguas significa la salvación por el bautismo para nosotros.

El bautismo es el comienzo de una vida nueva, que implica un proceso de conversión y conduce a la salvación. Jesús les dijo a sus discípulos: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará» (Mc 16,15-16).

Esta misma tarea nos la encomienda a los cristianos del siglo XXI. Hoy pide a los cristianos de Vélez-Málaga que proclaméis a los veleños la muerte y resurrección del Señor. El que crea y acepte a Dios en su vida se salvará y vivirá feliz.

2.- Como hemos comentado antes en la Asamblea parroquial, la imagen que se tiene de la Iglesia no es la real: se la critica por ser una estructura humana y por otras razones; pero la Iglesia es otra cosa. La Iglesia es Cristo con todos los que creen en Él y son salvados por Él. Vivir la fe, el amor y la esperanza cristianas en este mundo es ya vida eterna incoada en este mundo; iniciada de alguna manera, que después de la muerte temporal será disfrutada de manera plena.

Los cristianos no deberíamos temer tanto la muerte temporal, porque todos estamos destinados a pasar por la muerte temporal, más pronto o más tarde, sea por la pandemia de la Covid-19 o sea por otra causa. El Señor nos invita a participar de su vida, que va mucho más allá de la temporalidad.

3.- Queridos fieles, hemos sido llamados por el Señor a la vida nueva en el bautismo; hemos sido re-generados; somos hijos adoptivos de Dios; hemos sido purificados y sanados en las aguas bautismales.

El Señor hizo una alianza de amor con nosotros, como hizo una alianza con Noé. Estamos llamados a vivir un proceso de amor esponsal con Dios; y por todo ello damos gracias.

La visita pastoral quiere ayudar a renovar la alianza de amor que el Señor ha hecho con la comunidad parroquial y con cada uno de nosotros. La imagen del amor esponsal es preciosa. ¡Lástima que la palabra “amor” sea tan mal usada en nuestra sociedad! ¡Y que la institución matrimonial sea constantemente atacada y vituperada! Cristo es el “Esposo” de la Iglesia, a quien ama y por quien ha dado la vida; a quien ha purificado y adornado y ha puesto a su lado como esposa amada.

No se puede amar a Cristo despreciando a su Iglesia. Quien diga que ama a Cristo y desprecia a su Iglesia, en realidad no ama ni a Cristo ni a su Iglesia. Porque Cristo es la Cabeza de la Iglesia; si se corta la cabeza de un cuerpo, se mata el cuerpo. A veces nos traiciona nuestro vocabulario y hablamos como si la Iglesia no tuviera nada que ver con Cristo. La Iglesia es obra de Cristo, que la instituyó; no es invento de los apóstoles, ni de los sacerdotes. La Iglesia es de Cristo, de la cual Él es la Cabeza y no se pueden separar ambas realidades.

4.- El evangelista Marcos nos dice que Jesús fue al desierto empujado por el Espíritu; y allí soportó las tentaciones (cf. Mc 1, 12-13); pero no las describe.

Tres palabras nos ayudan a entender el texto evangélico de hoy: desierto, tentación y llamada. El desierto implica apartarse de la vida cotidiana, retirarse de la actividad social, desprenderse de muchas cosas que no son necesarias, vivir con lo esencial renunciando a lo superfluo, entrar en la propia intimidad, hacer silencio, estar a la escucha de la Palabra de Dios.

El desierto fue la experiencia del antiguo pueblo de Israel, al salir de Egipto, donde Dios fue purificando su corazón y su fe, para que poco a poco se fiara de Dios y viviera dependiente solo de Él. Es la experiencia profundamente humana de Jesús, que vive solo del diálogo con su Padre.

El Señor nos invita en esta cuaresma a hacer “desierto” para disponer nuestro corazón a su Palabra, para purificar nuestra alma de las adherencias y del lastre que nos impide caminar y seguir a Jesús.

Hemos de aprovechar la visita pastoral para revisar nuestra vida cristiana y purificarla de todo aquello que nos aparta de Dios y de su Iglesia.

5.- Retirado Jesús en el desierto sufrió las tentaciones del diablo. El poder, la gloria y las necesidades básicas son tentaciones que acechan siempre al hombre. Jesús las sufrió y las venció.

Nosotros somos invitados a vivir nuestro desierto unidos al de Jesucristo y combatir con él las tentaciones, que siempre tienen la misma raíz: buscar el bien propio descartando a los demás, optar por lo fácil y con el menor esfuerzo, desear el goce personal a cualquier precio, huir de lo que nos pesa. La gran tentación de Jesús fue en el huerto de Getsemaní, cuando le pide al Padre que aparte el cáliz de la pasión; pero acepta la voluntad del Padre y vence la tentación (cf. Mt 26, 39).

Unidos al Señor, que venció todas las tentaciones, también nosotros podemos vencer la tentación, sin sucumbir al pecado. En la oración del “Padrenuestro” le pedimos a Dios que “no nos deje caer en la tentación”.

6. Después que Jesús fue tentado «marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios» (Mc 1, 14). Comienza su vida pública anunciando la buena nueva del Reino: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios» (Mc 1, 15).

La misión por la que Jesús ha venido al mundo es anunciar la salvación al hombre e invitarlo a participar del reino del cielo, que se manifiesta en su persona. Cristo es la presencia de Dios entre los hombres, la presencia del reino del amor de Dios, la presencia de lo eterno en lo temporal, la presencia del omnipotente en lo finito y limitado, la presencia del inmortal en lo mortal.

No estamos solos ni abandonados a nuestras limitaciones, ni a nuestro pecado, ni a nuestra debilidad; porque está el Señor, que ha vencido.

7.- Caminando con Jesús en esta cuaresma podemos oír su llamada: «Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1, 15). Es como decir: Convertíos y creed en mí, porque yo soy la Buena Nueva. Merece la pena creer en esta gran noticia; vale la pena convertirse a Dios abandonando los ídolos; merece la pena cambiar el modo de pensar, para ser más felices; vale la pena cambiar la manera de vivir, uniéndonos a Jesús que nos llama.

La visita pastoral pretende animarnos a ser valientes testigos del Evangelio en nuestra sociedad, tan alejada de Dios.

Si la gente supiera de verdad lo que es ser cristiano y la riqueza que supone vivir la fe, se pegaría por entrar en los templos y vivir la fe cristiana. Pero mucha gente tiene vendas en los ojos y no descubre la verdad. Es como si alguien quisiera comerse una nuez, sin quitarle las cáscaras; nadie se mete en la boca una nuez, tal como se encuentra en el árbol. Hay gente que piensa que ser cristiano es la cáscara externa que ven sus ojos; pero hay que descubrir lo de dentro, que es lo bueno.

8.- Hoy celebramos el 50 Aniversario del Decreto de erección de esta parroquia (16.07.1971). Es una hermosa ocasión para hacer memoria agradecida. Os invito a que, en este verano, esperando que la pandemia lo permita, podáis hacer alguna actividad parroquial celebrativa y festiva.

Damos gracias a Dios que nos ha permitido vivir estos cincuenta años en comunidad parroquial. Agradecemos a quienes iniciaron la parroquia y la han sostenido durante este largo tiempo con su colaboración; a la generación que construyó el templo parroquial; a los sacerdotes que han regentado la parroquia y al actual párroco, D. Wilfer, que viene de otro país y ha dejado su familia para estar con vosotros.

Felicitamos a todos los feligreses, que formáis esta comunidad parroquial, por vuestra fe y vuestro testimonio cristiano.

Hoy otorgamos la Medalla “Pro Ecclesia Malacitana” a D. Francisco-Luis García Caro por su entrega y colaboración a esta comunidad parroquial. Lo hacemos también en nombre de tantos feligreses, que por su entrega podrían recibir también esta medalla.

Queridos fieles, el Señor nos invita a seguirle y amarle; Él ha iluminado nuestro corazón con su palabra y su presencia. La fe y el amor van unidos; es vivir la presencia de otra persona en la vida propia. Hoy manifestamos nuestra voluntad de seguir a Cristo, como nuestro Dios y Señor.

Pedimos al Señor que nos mantenga unidos a Él; y pedimos la intercesión de la Santísima Virgen María y de san José, titular de esta parroquia, que nos acompañen en este camino cuaresmal y en la renovación de esta comunidad cristiana con motivo de la Visita pastoral. Amén.

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COPE. Este domingo vente al colegio con COPE MÁLAGA

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IGLESIA NOTICIA. COPE MÁLAGA

Ángel Antonio Fuentes Hervías, director del CRA Guadalmedina (Colegio Diocesano Los Gámez y Colegio Diocesano Estación de Salinas), y Mariló Guantes, profesora del Colegio San Manuel, nos invitan este domingo a ir al cole. La cita, a las 9.45 horas, en COPE Málaga.

Ángel presentará la Escuela Rural de los Gámez, uno de los centros educativos de Fundación Victoria y una de las 250 escuelas capilla que proyectó el cardenal Ángel Herrera Oria en la diócesis de Málaga durante su episcopado (1947-1966). Es la última escuela capilla que sigue abierta en Málaga capital y un centro que se adapta día a día para seguir ofreciendo una educación personalizada, innovadora, familiar y cercana a la naturaleza, desde un ideario cristiano.

Mariló, por su parte, presentará un libro que vio la luz fruto del confinamiento, «A mi manera».

Otra mujer pondrá voz al porograma, Inmaculada Lorenzo, voluntaria de Manos Unidas en Málaga desde hace más de 20 años y visitadora de los proyectos de esta ONG católica para el desarrollo en Sudán. 

La Voz del Seminario será esta semana Rafael López, seminarista que sintió con más fuerza su vocación tras un accidente. 

Y el broche final del programa lo pondrán Los 4 Jinetes de la Cuaresma, quienes hablarán del desierto: Francisco Guzmán, presidente diocesano de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC); Soledad Meliveo, Bachiller en Ciencias Religiosas; Juan Baena, sacerdote diocesano y párroco de La Cala de Mijas; y Mª Carmen Martín, Misionera Idente y científica. 

La cita, el domingo 21 de febrero, a las 9.45 horas, en COPE Málaga: (97,1 / 89,8 Málaga / 89,8 Antequera / 882 OM y en la APP COPE).

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