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El próximo 5 de junio, Eucaristía con la HOAC Granada en el 75º aniversario de su fundación

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El próximo 5 de junio, Eucaristía con la HOAC Granada en el 75º aniversario de su fundación

La Misa será a las 11 horas en la parroquia del Buen Pastor, en el Polígono de la Cartuja. Habrá aforo presencial limitado y también podrá seguirse a través de la aplicación Meet.

La HOAC Granada invita en el marco del 75º aniversario de su fundación en este año a la celebración de una Eucaristía que tendrá lugar el próximo sábado, 5 de junio, a las 11 horas en la parroquia del Buen Pastor.

“El lema de este 75º aniversario en la HOAC es: 75 años derribando muros y teniendo puentes. Vivimos en un mundo que ha puesto en el centro de la vida como ídolo al dinero, por ello vemos en nuestra sociedad la cantidad de personas que están sin trabajo, especialmente en este tiempo de pandemia. Nuestra misión es tender puentes para que la realidad profesional pueda cambiar y también derribar los muros de la injusticia y desigualdad actual ya que para vivir la verdadera fraternidad y comunión Dios tiene que estar en el centro” afirma María José Rodríguez, responsable de la HOAC en Granada.

La celebración, que estará abierta a todas las personas que quieran unirse para acompañar a la Hermandad Obrera de Acción Católica de Granada en este conmemoración, se desarrollará siguiendo las medidas sanitarias establecidas y con aforo limitado. Por ello, también se podrá seguir la Eucaristía a través de la aplicación Meet en este enlace: meet.jit.si/hoacgr

María José Aguilar
Secretariado de Medios de Comunicación Social

 

 

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La S.I. Catedral alberga las confirmaciones de San Ildefonso, San Justo y Pastor y Santa María Magdalena

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Uno de los grupos de Confirmación, junto su párroco y al Arzobispo de Granada, tras la celebración.

El viernes 28 de mayo se celebró el Sacramento de la Confirmación en la Catedral de las parroquias de San Ildefonso, Santos Justo y Pastor y de Santa María Magdalena. Un total de 32 confirmandos recibieron este sello del Espíritu Santo por manos del Arzobispo, Mons. Javier Martínez.

Estas tres parroquias del centro de Granada llevaron a sus grupos de confirmandos al templo catedralicio el pasado viernes por la tarde. Todos con sus mascarillas y guardando las distancias de seguridad, ocuparon los primeros bancos de la iglesia para recibir el último de los sacramentos de iniciación cristiana.

Acompañados de sus párrocos, padrinos y catequistas, este grupo de 32 confirmandos llevó a cabo esta celebración que presidió el Arzobispo de Granada, D. Javier Martínez. Antes de recibir el sacramento, el prelado quiso dirigirse a cada uno de ellos para recordarles el valor y el sentido del signo de la Confirmación.

UN DIOS QUE ES AMOR

Ni como el relojero del universo, ni como una energía que lo mueve todo, el Dios de la fe que profesaron este grupo de jóvenes es el Dios que es amor. La experiencia del Dios cristiano sobrepasa “todas nuestras imaginaciones, que están basadas en experiencias nuestras, de los sentidos, no son capaces de representarse a Dios”, dijo Martínez.

Aun así, es nuestra experiencia la que nos hace entrever quién es ese Dios, que cada uno de los confirmandos ya ha podido conocer. “Tenemos una imagen de lo que es la felicidad y esa imagen está conectada de algún modo con una experiencia de amor, de un amor muy singular, un amor que no se acabe. Ese es el Dios verdadero. Ese es el Dios verdadero. Como decía San Agustín: ‘nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti’”.

EL SELLO DE LA ALIANZA ETERNA

La Confirmación es la verificación que la recepción de una alianza de Dios con el hombre, que se ha concretado en Jesucristo. A través del Espíritu Santo, el Arzobispo insistió en que los confirmandos entendiesen en que el signo de este sacramento es análogo al de unos esponsales.

“Hablar de Alianza es hablar de una especie de matrimonio. De hecho, los matrimonios han sido. El Señor ha creado el matrimonio y al hombre y la mujer para que podamos entender algo de su Alianza de amor con nosotros”, explicó. “Y en el matrimonio pues los dos son uno, vosotros, al acoger la alianza, os hacéis del Señor, pero también el Señor se hace vuestro, es vuestra posesión”.

Lo importante en adelante, es entender que esa alianza de amor se da desde la libertad, pero en una posesión cierta. ”Vosotros sois posesión del Señor. Una posesión que no es como la de Gollum que dice ‘mi tesoro’. Eso empequeñece al que tiene un amor posesivo de ese tipo. No. Es un amor que os hace ser, que os hace florecer, que os hace crecer, que ensancha vuestro corazón, que llena la vida de oxígeno fresco y de gusto por la vida”.

Con el deseo de que todos puedan disfrutar de esa alegría plena y sin límites del amor del Señor con cada uno de ellos en sus vidas, el Arzobispo ungió a cada uno con el óleo sagrado de la Confirmación. Al final de la celebración, cada grupo tuvo ocasión de acercarse para guardar una fotografía de recuerdo junto al prelado y al párroco de su comunidad.

Ignacio Álvarez
Secretariado de Medios de Comunicación Social
Arzobispado de Granada

 

 

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Ampliación del horario de apertura de los monumentos de la Archidiócesis

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Ampliación del horario de apertura de los monumentos de la Archidiócesis

Desde el 1 de junio. Comprende la Catedral, Capilla Real, Monasterio de La Cartuja, Abadía del Sacromonte, Monasterio de San Jerónimo y Torre de San Nicolás.

CATEDRAL
Lunes a sábados de 10:00 a 14:00 y 15:00 a 19:00

CAPILLA REAL
Lunes a sábado de 10:00 a 14:00 y de 15:00 a 19:00.
Domingos de 11:00 a 14:00 y 15:00 a 19:00

MONASTERIO DE LA CARTUJA
Lunes a domingos de 10:00 a 14:00

ABADÍA DEL SACROMONTE
De lunes a domingo de 10:30 a 14:00 y de 16:00 a 19:30

MONASTERIO DE SAN JERÓNIMO
Lunes a Domingo: 10:00 a 13:30 y de 16:00 a 19:30

TORRE DE SAN NICOLÁS
Lunes a domingo de 11:00 a 14:00 y de 17:30 a 22:00.

Estos horarios estarán vigentes hasta nuevo aviso.

Medidas higiénicas:
Instalación de dispensadores automáticos de gel en diferentes puntos del recorrido.
Uso obligatorio de mascarilla.
Carteles con normas y recomendaciones específicas, recordando la necesidad de mantener la distancia interpersonal a lo largo del recorrido.

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«De la Eucaristía a los pobres, de los pobres a la Eucaristía»

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¡Qué acontecimiento tan enorme! Aunque todo suceda en algo tan básico y natural para la alimentación humana, en un trozo de pan y una copa de vino, lo que celebramos en la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor es tan asombroso, que tendríamos que evitar a toda costa usarlo mal y, por supuesto, reducirlo en su valor y en su significado. En realidad, si hablamos del Corpus y sólo nos referimos tangencialmente a sus consecuencias y no decimos por qué ese misterio asombroso lleva a la caridad, correríamos el riesgo de estar invitando a vivir la solidaridad humana sin situarla en su radical impulso.

Por eso, lo primero y fundamental en esta celebración del Corpus Christi es centrar adecuadamente ese gran misterio de nuestra fe. Si no lo hacemos, no veremos las consecuencias de bien que nos trae para nuestra vida y nuestra convivencia. ¿Qué es la Eucaristía? Empezaré por la afirmación más verdadera y más simple: es la presencia del Hijo de Dios en una Hostia. Es justamente esto lo que adoramos en esta celebración tan pública y callejera, aunque este año no nos sea posible por la pandemia. Lo más destacable de esta Solemnidad Altísima del Corpus Christi es que el Cuerpo de Cristo sale a la calle con todo esplendor, aunque su verdadera belleza está en que se acerca al pueblo cristiano y este le encuentra; porque en la Eucaristía Jesucristo se hace cercano, a nuestro lado y metido en nuestras vidas.

Si esto lo entendiéramos de verdad, el estupor humano sería tan tremendo que, a partir de ahí, el encuentro con Jesucristo tendría unas consecuencias tan grandes, que incluso nos harían capaces de renovar el mundo en el amor, la vida del hombre sería Reino de Dios. Hace unos días leí una cita sobre la Eucaristía, en la que se exponía el punto de vista de un ateo, que me impresionó sobremanera: “Si yo pudiera creer que en la Hostia esta verdaderamente el Hijo de Dios, como dicen los católicos, estoy convencido de que caería de rodillas, y ya no me levantaría y lo adoraría para siempre”. Exagerando o no, refleja muy bien lo que debería de ser para nosotros este admirable sacramento. El problema es que a veces estamos demasiado acostumbrados a tratar con Él.

Todo en la Eucaristía es un acto de amor; es el misterio que actualiza la muerte y la resurrección del Señor, que se realiza en el amor. Jesús cuidó en todos sus detalles cuando celebró la Eucaristía la primera vez con sus discípulos. Todo lo hizo para que los apóstoles vieran en el corazón de Dios y comprendieran lo que desea de nosotros a partir de esa muestra de amor.

Jesús, en la Eucaristía, hace de nosotros una estancia deseada, para comer la Pascua. Cuando Jesús se nos da, no sólo nos da a comer su cuerpo, sino que nos hace participar de ese acontecimiento suyo. En realidad, como dicen muy bien algunos autores, la Eucaristía tiene su punto de partida en la Encarnación. El Verbo se hace materia en el Pan y multiplica la encarnación, se hace “presencia física, histórica, corporal de Cristo en el mundo.” Se podría muy bien decir que la Eucaristía es un ulterior nacimiento de Jesucristo, que así se convierte en Dios con nosotros y en nosotros. Cuando en la comunión comemos ese cuerpo, todo el misterio de Cristo penetra en nosotros, de tal modo, que Dios y hombre, Dios y mundo, se convierten en uno.

Cuando el Verbo de Dios nos ofrece su Cuerpo y su Sangre, toda la vida de Jesús fluye por el mundo y se convierte en vida del hombre. En la Eucaristía Cristo quiere la perenne comunión con todo el dolor, con todo pecado, con todo deseo de eternidad de la carne y del alma del hombre. Descubrir esa presencia de Cristo con nosotros es lo primero que hemos de valorar en este día eucarístico del Corpus Christi. Vivir la comunión con Cristo es la clave esencial para descubrir y vivir la caridad cristiana.

Lo que os estoy queriendo decir lo afirma muy bien San Manuel González, el obispo de los Sagrarios abandonados, en esta cita que recogen los obispos para invitarnos a la caridad en este día del Corpus, en su espléndida reflexión: “Conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40). “En la Eucaristía está el corazón incansablemente misericordioso, que a cada quejido de nuestros labios y a cada lágrima de nuestros ojos… responde -estad ciertos – con un latido de infinita compasión (Un corazón hecho Eucaristía, n 107).

Si recordáis bien, al finalizar la cena eucarística de Jesús con sus discípulos en aquella pascua nueva en que todo comenzó para nosotros, el Maestro les dice a los Apóstoles: “Haced esto en conmemoración mía”. Y lo que les está diciendo es que se hagan sacramento de comunión: haceos pan partido y vino de la nueva alianza.

En la Eucaristía, Cristo nos recuerda que la enormidad del don que recibimos, se tiene que convertir en una enormidad de donación y de generosidad. Jesucristo Eucaristía nos recuerda que no vivimos solos en la historia, sino que hay un amor en nosotros, que es el que crea comunión. Ese amor está en el pan y está en el pobre: Esto es mi cuerpo”, “Conmigo lo hicisteis”. Dos claves perfectas para encontrar a Cristo en la comunión eucarística, para encontrarnos con Jesús Sacramentado. “De la Eucaristía a los pobres y de los pobres a la Eucaristía”, decía una sencilla mujer de la Vera, en Extremadura, que descubrió que la vida eucarística tiene esa ida y vuelta permanente. (Beata Matilde del Sagrado Corazón).

Y concluyo con la recomendación que nos hacen los Obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral Social para el Día de la Caridad 2021: nos invitan a celebrar el Misterio de la Presencia en el Pan y en el vino del Hijo de Dios, con tres actitudes esenciales: La adoración de Cristo, en el que se ve una nueva humanidad; la entrega para estar cerca de los más vulnerables, en los que está Cristo; y, por último, la fraternidad para soñar junto un mundo de hermanos.

Esto lo celebramos este año en nuestras comunidades parroquiales, aún privándonos de la manifestación pública de Cristo Eucaristía. Afortunadamente ya podremos celebrar (respetando el aforo) la Eucaristía en nuestros templos. Habitualmente, la procesión del Santísimo Sacramento concentraba a más Pueblo de Dios; pero, por ahora, lo hacemos participando en la Eucaristía.

Recomiendo, no obstante, como ya hice el año pasado, que, tras la Misa, se exponga el Santísimo Sacramento para la adoración de los fieles, que se mantenga expuesto hasta media tarde y que entes de la reserva se recen las Vísperas.

Que Jesucristo Sacramentado, nos santifique y nos haga crecer en la caridad

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

Carta pastoral Mons. Zornoza

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La fiesta de la Trinidad que celebramos este domingo nos lleva a contemplar el misterio de Dios y alabarle, pues es un misterio de cercanía entrañable con nosotros y así se ha manifestado. La acción de las tres Personas divinas – Padre, Hijo y Espíritu Santo – es todo un plan de amor, un diseño de salvación para nosotros. Es una fiesta que nos invita a dejarnos fascinar por la belleza de Dios; belleza, bondad e inagotable verdad (cf. Francisco, 7 junio 2020).

En este domingo recordamos a los que oran con la Jornada ‘Pro Orantibus’, un día dedicado a los monjes y monjas de vida contemplativa. La Iglesia agradece el don de la vida contemplativa y ora por esta vocación específica que embellece el rostro de la Iglesia

Nuestra Diócesis de Cádiz y Ceuta cuenta con siete monasterios de monjas de vida contemplativa, que oran por nosotros todos los días del año. En este día les queremos mostrar nuestra gratitud y reconocimiento por lo que son y representan para la Iglesia y para la sociedad. La vida contemplativa es, dentro de la Iglesia “el corazón orante, guardián de gratuidad, riqueza de fecundidad apostólica y de una misteriosa y multiforme santidad» (Instrucción Cor Orans).

Los monasterios y los conventos son escuelas de fe en el corazón de la Iglesia y del mundo. Aquí radica su valor inestimable para la Iglesia y para la sociedad. Los monasterios son “faros luminosos” en medio de un mundo que ha perdido la luz de Dios; nos hacen presente a Aquel que siempre nos acompaña, y, a su vez, acompañan con amor a Quien se ha hecho nuestra mejor compañía.

Los monjes y monjas nos recuerdan que hay una Palabra por antonomasia –la de Dios- que es preciso escuchar, y que hay una presencia por excelencia –la de Dios-con-nosotros, sobre todo en la Eucaristía-, que debemos siempre acoger, contemplar y adorar. Esa Palabra ha llenado su silencio con una voz inconfundible, y esa Presencia ha colmado su soledad con una plenitud inmerecida. Los monjes y monjas no se desentienden ni de la Iglesia ni del mundo. Aunque separados de todo están unidos a todo porque nada humano ni eclesial les es ajeno. Los contemplativos rehúyen el activismo frenético de nuestras sociedades y eligen una vía de intimidad orante y fraterna que no les aleja del dolor del mundo, sino que los convierte en faro luminoso y un refugio en momento de dolor. El ser humano sufriente, como ahora en este tiempo dramático de la pandemia, sabe que quienes contemplan y alaban y ruegan a Dios cada jornada, asomados a su entraña misericordiosa, pueden acercarse con Él a enjugar nuestras lágrimas y vendar nuestras heridas.

El Papa Francisco les ha dicho: «La oración es el núcleo de vuestra vida consagrada, vuestra vida contemplativa, y es el modo de cultivar la experiencia de amor que sostiene nuestra fe». Hemos de reconocer la importancia de la vida contemplativa «que sufre cuando el mundo sufre porque su apartarse del mundo para buscar a Dios es una de las formas más bellas de acercarse a él a través de Él». «La vida contemplativa, cerca de Dios y del dolor del mundo», dice el lema de este año. Interceden por nosotros y oran por los que sufren. El fruto de su oración es inmenso, pues sabemos que nada de cuanto vivimos, sufrimos, gozamos y ofrecemos se pierde. Dios lo recoge todo y va dando a cada uno lo que necesita; en el Corazón de Dios nuestras vidas hechas oración se transforman en Gracia que Dios va derramando en el mundo.

Pedimos al Señor que los custodie en su amor, los bendiga con nuevas vocaciones, los aliente en la fidelidad cotidiana y les mantenga la alegría de la fe.

+ Rafael Zornoza
Obispo de Cádiz y Ceuta

En la Solemnidad de la Santísima Trinidad

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Lecturas bíblicas: Dt 4,32-34.39-40; Sal 32,4-5.39-40 (R/. «Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad»); Rm 8,14-17; Versículo: Ap 1,8 («Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo…»); Evangelio: Mt28,16-20.

 

Queridos hermanos y hermanas:

Pasada la fiesta grande de Pentecostés, celebramos hoy la solemnidad de la Santísima Trinidad, cumpliéndose así el ciclo litúrgico que nos devuelve al Tiempo ordinario del año. La imagen de Dios revelada en Cristo alcanza en la liturgia de este día la luz esplendorosa que se desprende de la belleza del Dios que es Amor (cf. 1Jn 4,8). El amor divino se ha revelado en la entrega que el Padre hace de su Hijo para salvación del mundo. En su muerte y resurrección Dios ha revelado su amor por la humanidad que creo en Cristo y que en Cristo la redimió.

Dios nos creó a su imagen y semejanza (cf. Gn 1,26-27) y, aunque Dios no es una ninguna de las realidades que están en el mundo, animadas e inanimadas, Dios ha dejado en el mundo creado la huella de su existencia y de su presencia misteriosa y real en el mundo, tal como dice el apóstol san Pablo en la carta a los Romanos, afirmando que «lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad…» (Rm 1,20). Tenemos, pues, capacidad natural para conocer a Dios en aquello que podemos conocerlo. A esto hemos de añadir que Dios ha tenido en cuenta nuestra situación en el mundo marcada por nuestra debilidad y el pecado que acompaña la historia de la humanidad desde el principio, situación que nos impide un conocimiento de Dios libre de todo ofuscamiento y prejuicio, ha querido manifestarse en la historia de nuestra salvación, llegando a su culmen en la persona y misión de Jesucristo. La carta a los Hebreos dice cómo Dios se reveló a lo largo de los tiempos por medio de los profetas; y añade que «en estos tiempos últimos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo el universo; siendo el Hijo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, llevada a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas…» (Hb 1,3).

Según la Escritura, Dios no sólo existe y está presente en su creación, además se ha manifestado por medio de una historia de salvación que le ha mantenido en permanente relación con la humanidad perdida por el pecado, a la que Dios ha buscado desde el origen recuperar y salvarla de su perdición. Esta experiencia de Dios como creador y redentor de la humanidad se ha dado de manera propia en la historia particular de la relación de Dios con el pueblo elegido, al cual constituyó en su principal interlocutor. Consciente de su relación singular con Dios, el pueblo de Israel se ha gozado siempre en esta divina presencia que constituye su mayor privilegio, a pesar de sus muchos sufrimientos. Por eso, hemos escuchado este discurso de Moisés, , en el que se recogen estas preguntas del gran caudillo de Israel: «¿Hay algún pueblo que haya oído la voz del Dios vivo… y haya sobrevivido? ¿Algún Dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre otras, por medio de pruebas, signos, prodigios y guerra… como todo lo que el Señor vuestro Dios hizo con vosotros en Egipto?» (Dt 4,32-34). La liberación de Israel de la esclavitud egipcia revela la compasión de Dios por la humanidad oprimida y, al mismo tiempo, anuncia la misericordia de Dios con los que son esclavizados por el pecado. Toda la historia de la salvación revela progresivamente el fin al que tiende: la redención de la humanidad pecadora liberada del pecado y de la muerte en Jesucristo. En el Hijo de Dios se manifiesta el Padre como aquel en quien todo tiene su origen, porque sólo Dios es Creador del mundo universo, y al mismo tiempo se manifiesta que todo ha sido creado por Dios Padre por medio de Jesucristo su Hijo, que es la palabra poderosa de Dios, mediante la cual todo fue creado «por él y para él, y él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia» (Col 1,16-17).

Jesús vino para abrir a la humanidad el acceso a Dios y descubrir a los hombres que Dios es Padre universal, lleno de misericordia, que sus entrañas maternales son inmensas. Dios habla por medio del profeta y pregunta al pueblo elegido si acaso «puede una mujer no compadecerse del hijo de sus entrañas», para responder: «Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré» (Is 49,15). Alejados de Dios por el pecado, en Jesús entregado por nosotros a la muerte, hemos sido perdonados y reconciliados con Dios (cf. Col 1,21-22); y glorificado Cristo Jesús por su resurrección de entre los muertos, «nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en los cielos con él» (Ef 2,6); y «ha derramado el Espíritu Santo prometido» (Hch 2,33), el Espíritu que, como rezamos en el Credo procede del Padre y del Hijo y, recibiendo una misma adoración y gloria, nos ayuda a invocar a Dios como Padre. El Espíritu Santo es quien infunde la fe por medio de la cual obtenemos la condición de «hijos adoptivos de Dios» (Rm 8,15). Es lo que expone san Pablo en la carta a los Romanos, tal como hemos escuchado en la segunda lectura del día: el Espíritu que todo el que cree recibe en nombre de Jesús «se une a nuestro espíritu para dar testimonio concorde de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo» (Rm 8,16-17).

La experiencia de la fe en Dios como Padre es inseparable para el cristiano de la fe en la divinidad de Jesús como Hijo de Dios hecho hombre. Esta experiencia se convierte en la oración en diálogo confiado con Dios gracias a la moción interior en nosotros del Espíritu Santo que nos lleva a invocar a Dios con la libertad de loa hijos que se dirigen a él como ¡Abbá, Padre! (Rm 8,15).         Alcanzamos en esta experiencia aquel conocimiento de Dios que es revelación del misterio de amor que es la vida de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, porque en Dios hay tres personas, unidad en Dios en cuanto las tres personas distintas de única naturaleza, como canta el prefacio de esta solemnidad. Invocamos, bendecimos y alabamos a aquel que es «un solo Dios, un solo Señor: / no en la singularidad de una sola Persona, / sino en la Trinidad de una sola naturaleza. // Y lo que creemos de tu gloria / porque tú lo revelaste, / lo afirmamos sin diferencia / del Hijo y del Espíritu Santo» (Misal Romano: Prefacio de la Trinidad).

Existe la tentación de separar a las personas divinas (Padre, Hijo y Espíritu Santo) cayendo en la tentación de imaginar tres dioses, pero la fe cristiana afirma un solo Dios que es comunión de amor interpersonal, relación de personas en tal manera unidas por su misma naturaleza divina que no son tres dioses, sino un solo Dios, un solo Señor. Esta es la imagen trinitaria de Dios, la imagen cristiana que nos diferencia de otras religiones monoteístas como el judaísmo o el islam. Por eso, siendo mucho lo que tenemos en común somos en verdad religiones distintas. Tenemos que potenciar en un diálogo amistoso y sincero fundado en la común la fe en un Dios Padre común, sin caer en la confusión de la identidad de nuestra fe en la Santa Trinidad de Dios. Tenemos la misión de anunciar al mundo al Dios que hemos conocido en Cristo Jesús como misterio trinitario de amor que Dios mismo es, a cuya imagen el hombre ha sido creado como un ser de relaciones personales. No estamos solos ni nos bastamos a nosotros mismos, el hombre que Dios ha creado es comunidad de amor y no puede caer en el individualismo egoísta y autosuficiente, porque hemos sido creados para Dios y para los demás.

Por eso el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer revela este misterio interpersonal del Dios que es amor y ha creado al hombre a su imagen y semejanza; y del mismo modo la condición comunitaria y social del hombre que da fundamento a la amistad y a la fraterna solidaridad de los grupos humanos se fundamenta en el origen común en Dios fundamento de la concordia y la paz social. Jesús resucitado no sólo lleva a plenitud nuestro destino en Dios al elevar nuestra naturaleza hasta la glorificación en Dios, sino que envía a sus discípulos a anunciar el misterio de Dios revelado en su muerte y resurrección. Toda la historia de salvación que arranca de la elección del pueblo de Israel alcanza su culmen en Cristo, que ha confiado a los apóstoles la misión de dar a conocer el misterio de Cristo: «misterio que en generaciones pasadas no fue dado a conocer a los hombres como ha sido revelado ahora a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa en Cristo Jesús por medio del Evangelio…» (Ef 3,5-6). Dios es uno en la trinidad de las divinas Personas y se da a conocer a la humanidad que es asimismo una en la diversidad de naciones, porque a todas otorga por medio de Cristo el Espíritu Santo para que todos tengan acceso al misterio del amor divino.

En esta fiesta de la Trinidad, la Iglesia encomienda en particular a las comunidades de vida contemplativa, que en los monasterios ofrecen su vida y su oración constante por la Iglesia y la salvación del mundo. Las vocaciones escasean en la vida apostólica, pero de manera especial en los monasterios de monjas de clausura, con comunidades muy disminuidas y envejecidas. Los cristianos de vida contemplativa escasean y, sin embargo, son una referencia para la Iglesia y el mundo del valor supremo y trascendente de Dios, origen y destino de la humanidad. Son un faro que da señales para que tomemos la dirección acertada que ha de conducirnos al puerto de la salvación que es Dios, meta de la humanidad. Como san Pablo dijo a los griegos «en Dios vivimos, nos movemos y existimo» (Hch 17,28), y no podemos soslayar el origen y el destino de nuestra vida sin perdernos para siempre.

Pidamos a la Reina de las Vírgenes, la inmaculada Virgen María que interceda por las personas de vida contemplativa y por sus comunidades, que oran intercediendo en la Iglesia por la salvación de todos.

Almería, a 29 de mayo de 2021

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

 

 

La vida contemplativa, cerca de Dios y del dolor del mundo

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Queridos hermanos todos:

El próximo domingo 30 de mayo, terminado el tiempo pascual e iniciado el tiempo ordinario, celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad, con la que los cristianos festejamos en la liturgia el misterio de Dios mismo, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Un misterio que los teólogos estudian para dar razones de nuestra fe y que los creyentes podemos contemplar a través de la oración, en el encuentro íntimo, profundo y personal con Dios Uno y Trino.

En este día rezamos por aquellos bautizados que dedican su vida a esta tarea contemplativa como respuesta a una vocación concreta, preciosa y tan necesaria en la Iglesia de hoy y de todos los tiempos. Estos hermanos nuestros, los consagrados contemplativos, monjes, monjas y eremitas retirados en sus monasterios y eremitorios, dedican su vida principalmente a la oración, para alabar y bendecir a Dios, rezando además por la Iglesia y por el mundo, viviendo la fidelidad a sus votos de pobreza, castidad y obediencia.

No siempre se comprende esta vocación y forma de vida. Podemos pensar que los consagrados contemplativos se evaden del mundo y de sus asuntos. Nada más lejos de la realidad, porque ellos forman parte de los acontecimientos que vivimos toda la humanidad y, mediante la oración, unidos a Dios, los ponen en el centro de su contemplación y se encarnan en los gozos y tristezas de los hombres de este mundo.

Este es el motivo por el que este año, en el que seguimos viviendo el dolor y el sufrimiento provocado por la pandemia en todos los rincones del mundo, donde hay tantas heridas humanas por la muerte, la enfermedad, el desempleo, el hambre, la pobreza, las guerras, la percusión religiosa, etc., la Conferencia Episcopal Española nos propone como lema para la Jornada Pro Orantibus  “La vida contemplativa, cerca de Dios y del dolor del mundo”.

Todos estamos siendo víctimas de la pandemia que ha cambiado y condicionado algunos aspectos de nuestra forma de vivir, que ha recortado nuestras libertades de movimiento y de actuación, que ha modificado nuestras agendas y frustrado algunos de nuestros proyectos, que nos ha hecho sentir la distancia de las personas que queremos por no poder visitarlas o abrazarlas. Una pandemia que durante un año muy duro nos ha hecho sentir el miedo humano a la muerte, la incertidumbre ante un futuro sin perspectivas claras y positivas, el dolor por la pérdida de seres queridos o conocidos, las carencias de tantas familias que han quedado sin trabajo y  el sufrimiento de los enfermos a los que el virus les ha dejado secuelas físicas y psicológicas importantes y crónicas. Todo unido a la imposibilidad de muchos cristianos de vivir en sus comunidades y parroquias la fe, especialmente los más mayores y vulnerables, que no han tenido el consuelo de Cristo en los sacramentos.

Podemos pensar que estar cerca de Dios nos privilegia de padecer estos sufrimientos o nos aleja de los que los experimentan. Y no es así, porque cuanto más cerca estamos de Dios, más cerca estamos de cada hombre y mujer, de sus angustias y heridas. Dios se ha encarnado y se ha hecho hombre en Jesucristo, por lo que el mismo Hijo de Dios se ha unido al dolor humano para siempre. Todo lo que tiene que ver con el hombre, lo ha asumido y redimido  Cristo en su encarnación, muerte y resurrección. Por eso, quien contempla a Dios, contempla también al Hijo unido al dolor que cada persona lleva en sus entrañas y en su corazón. Quien ama  a Dios, se acerca sensiblemente a todo sufrimiento humano e indescriptible y lo termina haciendo suyo, pero siempre con una mirada diferente a la del mundo, la de Dios, que es nuestro consuelo, nuestra fuerza y nuestra esperanza.

Los contemplativos viven en el silencio de la oración y de la clausura, pero no están callados ni ajenos al dolor de los hombres. Asumen en sus rezos y cantos, habiéndolos pasado antes por su corazón, el quejido, el llanto y el grito de toda una humanidad que sufre, para, acogiéndolos a través de la oración, ponerlos en la presencia de Dios, que no se desentiende de nosotros ni desoye nuestros lamentos.

En esta Jornada Pro Orantibus nosotros queremos recordar de manera agradecida a estas personas consagradas y contemplativas que sin conocernos piensan y rezan por cada uno de nosotros y por nuestras necesidades, como lo hacen también por la Iglesia y por el mundo. Hoy, ayudados con el lema de esta Jornada de la vida contemplativa, queremos  tomar conciencia de que el dolor no se soluciona sólo con una vacuna o una medicación, pues hay sufrimientos que entristecen y hasta desgarran el alma, para los que la oración es el mejor y único antídoto y la óptima medicina, el mejor bálsamo y aceite que sana y consuela las heridas.

Como obispo y pastor de la Diócesis de Guadix, en el día de hoy y una vez más, pongo en el Corazón de Jesús, al que seguimos conmemorando en la celebración de este Año Diocesano que le dedicamos, a todos los consagrados contemplativos de todo el mundo y, de manera especial, a los presentes en el territorio diocesano a través de las dos comunidades femeninas que tenemos: la comunidad de religiosas dominicas del Monasterio de la Santísima Trinidad, que recientemente ha comenzado una nueva etapa con el cambio de priora, y la comunidad de las religiosas Hijas de la Sagrada Familia, que hace unos meses llegó a nuestra diócesis y que se ha instalado en el antiguo Convento de la Merced. Ambas comunidades se encuentran en la ciudad de Baza. A todas estas religiosas consagradas y contemplativas agradezco su vocación, oración, fidelidad  y trabajos, muchas veces escondido, y que son un tesoro para la Iglesia universal y local. Por eso también nosotros tenemos que rezar por ellas y por el aumento de nuevas vocaciones, porque son necesarias para la Iglesia y el mundo. Entre todos tenemos que cuidarlas y ayudarlas en sus necesidades materiales, como una forma en la que nos ejercitamos en la caridad fraterna.

Antes de terminar, quisiera tener un recuerdo especial por los consagrados contemplativos que han fallecido a causa de la pandemia, y por esas comunidades que se han visto reducidas en sus miembros por la misma causa. Ello es una muestra más de que no viven sin padecer nuestros sufrimientos; y los suyos y los nuestros los ofrecen y presentan a Dios todos los días del año.  Ellos, a través de la oración, viven en amor a Dios, el Amigo del alma, y  en amor a nosotros, sus hermanos y amigos, como decía mi hermano en el episcopado y gran santo de la Iglesia: “Bienaventurado el que te ama a ti, Señor; y al amigo en ti, y al enemigo por ti, porque solo no podrá perder al amigo quien tiene a todos por amigos en aquel que no puede perderse” (Confesiones de San Agustín IV, 9, 14).

Mi felicitación a todos los consagrados de vida contemplativa en esta Jornada Pro Orantibus. Que Dios, nuestro Señor y Amigo del alma, nos mantenga unidos a todos en la oración y en el dolor de nuestros hermanos: cerca de Dios y del dolor del mundo.

Recibid mi afecto y mi bendición.

+ Francisco Jesús Orozco Mengíbar,

Obispo de Guadix

Carta Pastoral para la solemnidad del Corpus Christi: «De la Eucaristía a los pobres, de los pobres a la Eucaristía»

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¡Qué acontecimiento tan enorme! Aunque todo suceda en algo tan básico y natural para la alimentación humana, en un trozo de pan y una copa de vino, lo que celebramos en la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor es tan asombroso, que tendríamos que evitar a toda costa usarlo mal y, por supuesto, reducirlo en su valor y en su significado. En realidad, si hablamos del Corpus y sólo nos referimos tangencialmente a sus consecuencias y no decimos por qué ese misterio asombroso lleva a la caridad, correríamos el riesgo de estar invitando a vivir la solidaridad humana sin situarla en su radical impulso.

Por eso, lo primero y fundamental en esta celebración del Corpus Christi es centrar adecuadamente ese gran misterio de nuestra fe. Si no lo hacemos, no veremos las consecuencias de bien que nos trae para nuestra vida y nuestra convivencia. ¿Qué es la Eucaristía? Empezaré por la afirmación más verdadera y más simple: es la presencia del Hijo de Dios en una Hostia. Es justamente esto lo que adoramos en esta celebración tan pública y callejera, aunque este año no nos sea posible por la pandemia. Lo más destacable de esta Solemnidad Altísima del Corpus Christi es que el Cuerpo de Cristo sale a la calle con todo esplendor, aunque su verdadera belleza está en que se acerca al pueblo cristiano y este le encuentra; porque en la Eucaristía Jesucristo se hace cercano, a nuestro lado y metido en nuestras vidas.

Si esto lo entendiéramos de verdad, el estupor humano sería tan tremendo que, a partir de ahí, el encuentro con Jesucristo tendría unas consecuencias tan grandes, que incluso nos harían capaces de renovar el mundo en el amor, la vida del hombre sería Reino de Dios. Hace unos días leí una cita sobre la Eucaristía, en la que se exponía el punto de vista de un ateo, que me impresionó sobremanera: “Si yo pudiera creer que en la Hostia esta verdaderamente el Hijo de Dios, como dicen los católicos, estoy convencido de que caería de rodillas, y ya no me levantaría y lo adoraría para siempre”. Exagerando o no, refleja muy bien lo que debería de ser para nosotros este admirable sacramento. El problema es que a veces estamos demasiado acostumbrados a tratar con Él.

Todo en la Eucaristía es un acto de amor; es el misterio que actualiza la muerte y la resurrección del Señor, que se realiza en el amor. Jesús cuidó en todos sus detalles cuando celebró la Eucaristía la primera vez con sus discípulos. Todo lo hizo para que los apóstoles vieran en el corazón de Dios y comprendieran lo que desea de nosotros a partir de esa muestra de amor.

Jesús, en la Eucaristía, hace de nosotros una estancia deseada, para comer la Pascua. Cuando Jesús se nos da, no sólo nos da a comer su cuerpo, sino que nos hace participar de ese acontecimiento suyo. En realidad, como dicen muy bien algunos autores, la Eucaristía tiene su punto de partida en la Encarnación. El Verbo se hace materia en el Pan y multiplica la encarnación, se hace “presencia física, histórica, corporal de Cristo en el mundo.” Se podría muy bien decir que la Eucaristía es un ulterior nacimiento de Jesucristo, que así se convierte en Dios con nosotros y en nosotros. Cuando en la comunión comemos ese cuerpo, todo el misterio de Cristo penetra en nosotros, de tal modo, que Dios y hombre, Dios y mundo, se convierten en uno.

Cuando el Verbo de Dios nos ofrece su Cuerpo y su Sangre, toda la vida de Jesús fluye por el mundo y se convierte en vida del hombre. En la Eucaristía Cristo quiere la perenne comunión con todo el dolor, con todo pecado, con todo deseo de eternidad de la carne y del alma del hombre. Descubrir esa presencia de Cristo con nosotros es lo primero que hemos de valorar en este día eucarístico del Corpus Christi. Vivir la comunión con Cristo es la clave esencial para descubrir y vivir la caridad cristiana.

Lo que os estoy queriendo decir lo afirma muy bien San Manuel González, el obispo de los Sagrarios abandonados, en esta cita que recogen los obispos para invitarnos a la caridad en este día del Corpus, en su espléndida reflexión: “Conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40). “En la Eucaristía está el corazón incansablemente misericordioso, que a cada quejido de nuestros labios y a cada lágrima de nuestros ojos… responde -estad ciertos – con un latido de infinita compasión (Un corazón hecho Eucaristía, n 107).

Si recordáis bien, al finalizar la cena eucarística de Jesús con sus discípulos en aquella pascua nueva en que todo comenzó para nosotros, el Maestro les dice a los Apóstoles: “Haced esto en conmemoración mía”. Y lo que les está diciendo es que se hagan sacramento de comunión: haceos pan partido y vino de la nueva alianza.

En la Eucaristía, Cristo nos recuerda que la enormidad del don que recibimos, se tiene que convertir en una enormidad de donación y de generosidad. Jesucristo Eucaristía nos recuerda que no vivimos solos en la historia, sino que hay un amor en nosotros, que es el que crea comunión. Ese amor está en el pan y está en el pobre: Esto es mi cuerpo”, “Conmigo lo hicisteis”. Dos claves perfectas para encontrar a Cristo en la comunión eucarística, para encontrarnos con Jesús Sacramentado. “De la Eucaristía a los pobres y de los pobres a la Eucaristía”, decía una sencilla mujer de la Vera, en Extremadura, que descubrió que la vida eucarística tiene esa ida y vuelta permanente. (Beata Matilde del Sagrado Corazón).

Y concluyo con la recomendación que nos hacen los Obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral Social para el Día de la Caridad 2021: nos invitan a celebrar el Misterio de la Presencia en el Pan y en el vino del Hijo de Dios, con tres actitudes esenciales: La adoración de Cristo, en el que se ve una nueva humanidad; la entrega para estar cerca de los más vulnerables, en los que está Cristo; y, por último, la fraternidad para soñar junto un mundo de hermanos.

Esto lo celebramos este año en nuestras comunidades parroquiales, aún privándonos de la manifestación pública de Cristo Eucaristía. Afortunadamente ya podremos celebrar (respetando el aforo) la Eucaristía en nuestros templos. Habitualmente, la procesión del Santísimo Sacramento concentraba a más Pueblo de Dios; pero, por ahora, lo hacemos participando en la Eucaristía.

Recomiendo, no obstante, como ya hice el año pasado, que, tras la Misa, se exponga el Santísimo Sacramento para la adoración de los fieles, que se mantenga expuesto hasta media tarde y que entes de la reserva se recen las Vísperas.

Que Jesucristo Sacramentado, nos santifique y nos haga crecer en la caridad

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

 

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Carlos Manjón presenta su libro «La Corresponsabilidad Laical» en la Catedral de Jaén

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El pasado viernes, 28 de mayo, se presentaba, en el Coro de la Santa Iglesia Catedral de Jaén, el libro «La Corresponsabilidad Laical: Estudio histórico, magisterial y en la actualidad», de D. Carlos Manjón, Capellán Castrense de la Academia de Oficiales de la Guardia Civil de Aranjuez, (Madrid).

Durante la presentación estuvieron presentes el Ordinario Castrense de España, Carlos Jesús Montes Herreros; el Vicario General de la Diócesis de Jaén y Deán de las Catedrales de Jaén y Baeza, D. Francisco Juan Martínez Rojas; D. Manuel Gómez-Tavira Gómez-Tavira, Secretario General de la Facultad de Teología del Norte de España.; y Sergio Ramírez Pareja, Notario del Tribunal Eclesiástico. Asimismo, autoridades militares, hermanos sacerdotes, y amigos, quisieron acompañar al autor del libro en este acontecimiento tan importante.

El acto comenzaba con unas palabras de bienvenida de D. Francisco Juan Martínez Rojas, que agradeció que Carlos Manjón, escogiese el coro de la bella Catedral renacentista para la presentación de su libro. Minutos más tarde, D. Manuel López Cabezas, Guardia Civil de la 124º promoción y miembro del Coro de la Academia baezana, interpretó a la guitarra dos bellas piezas musicales que amenizaron el acto. Seguidamente, Sergio Ramírez, presentó la portada del libro que con maestría ha realizado en forma de grabado el pintor Francisco Galán Galán. Se trata de una escena que reinterpreta el magnífico grabado de Johan Sadeler (Bruselas 1550-Venecia, 1600), en el que se muestra a San Pablo en casa de Aquila y Priscila.

El Páter Carlos Manjón Requena, quiso agradecer a colaboradores y amigos que lo han acompañado en la aventura de la publicación de este libro, teniendo igualmente un recuerdo especial al Sr. Arzobispo Castrense de España, que falleció hace cuatro meses. Monseñor D. Juan del Río Martín lo animó a ampliar sus estudios cuando fue destinado a la Comandancia de la Guardia Civil de San Sebastián. Comenzó su presentación diciendo: “Se aproximan en la Iglesia, unos benditos tiempos en los que la palabra sinodalidad se convertirá en la columna vertebral de la eclesiología. Ya es hora de sincronizar nuestros relojes de la corresponsabilidad, y ponerlos a la misma hora eclesial del Papa Francisco. Sin corresponsabilidad laical, no puede haber sinodalidad en la Iglesia”.

Tras realizar un recorrido sobre el Magisterio de la Iglesia en lo referente al laicado, expresó cómo nació la idea de elegir este tema para su libro: “Este libro que hoy presento ante todos vosotros, es fruto de una idea que pasó por mi cabeza, mientras asistía en Vitoria a uno de los cursos del ciclo de licenciatura que impartía el Profesor Ángel María Unzueta, quien fue Vicario General de la Diócesis de Bilbao. De alguna manera tenemos que superar dos peligros: el clericalismo que bloquea a los laicos; y también tenemos que superar el laicado promocionado, que bloquea a otros laicos, acaparando servicios pastorales sin la debida renovación. Mi objetivo ha sido estructurar el libro en torno a diferentes miradas de la realidad del laicado: una teológica sobre la Historia, el Magisterio, y en la actualidad, con una serie de propuestas operativas”.

Para concluir, puso de relieve dos ejemplos de sinodalidad para la Iglesia: “Si tuviera que dar un nombre que sirviese de ejemplo de sinodalidad para la Iglesia Universal, e incluso de protector para el próximo Sínodo, sin dudarlo, diría que San Francisco de Sales. Y si tuviera que dar un nombre para la sinodalidad en la iglesia local, en este caso en España, sería el de Alberto Iniesta Jiménez, quien fue obispo auxiliar de Madrid”.

Posteriormente, tomó la palabra el autor del prólogo, D. Manuel Gómez Tavira, quien en su día fue el director de la Tesina de Licenciatura de D. Carlos Manjón para desgranar la estructura del libro; y recordar el esfuerzo del autor del libro por realizar sus estudios, atendiendo pastoralmente las Unidades militares de San Sebastián, y acudiendo a las clases que se impartían en la Facultad de Teología de Vitoria.

A continuación, D. Francisco Juan Martínez Rojas, que ha realizado el epílogo del libro, destacó la sinodalidad en un bello pasaje evangélico representado en una de las tablas del coro de la seo giennense, la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles. Destacó el trabajo del autor, animándolo a continuar con sus estudios y realizar una tesis doctoral.

Cerraba el acto Carlos Jesús Montes Herreros, que se mostró muy contento y orgulloso de la obra publicada por el Capellán Manjón, al igual que describía la Catedral con belleza y asombro, siendo su primera visita a la misma. Tras la entrega de recuerdos y la interpretación de una pieza musical, el acto culminaba con un emotivo aplauso. Como colofón, el Sr. Ordinario Castrense de España, acompañado del Deán de la Catedral, impartió la bendición a todos los presentes con la preciada reliquia del Santo Rostro, una tradición que se repite cada viernes en la ciudad de Jaén.

Sergio Ramírez Pareja
Notario Tribunal Eclesiástico Jaén

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Siete jóvenes reciben, de manos del Obispo, el Sacramento de la Confirmación

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La parroquia de San Juan de la Cruz de Jaén acogió, este viernes, la administración del Sacramento de la Confirmación a siete jóvenes de la citada comunidad parroquial.

El Obispo de Jaén, Don Amadeo Rodríguez Magro, fue el encargado de ungir con el santo crisma las cabezas de estos chicos que quieren confirmar su fe bajo la acción del Espíritu Santo.

El párroco de San Juan de la Cruz, D. Francisco de la Torre, acompañó al Prelado jiennense durante la celebración, y presentó ante la comunidad y el Obispo a los jóvenes que habían preparado durante tres años, por sus catequistas para recibir los dones del Espíritu.

Homilía

Don Amadeo comenzó su predicación haciendo alusión a las lecturas que se habían proclamado en la celebración eucarística. En este sentido afirmó, «El protagonista de la primera Iglesia es el Espíritu Santo. La iglesia empezó a andar por la acción del espíritu Santo».

Después explicó a los jóvenes cómo «Dios, desde el inicio de la creación mantuvo un diálogo con el ser humano, desde Adán y Eva. Los hombres, desde los primeros, tenemos dificultad para entender, aceptar y seguir la voluntad de Dios». En este sentido afirmó que «a través de la historia, Dios fue entablando un diálogo y fue preparando la venido de Jesucristo, su Hijo al mundo. Jesús vino para ser palabra», aseveró Don Amadeo.

San Juan lo dice muy bien. «La palabra se hizo carne y hábito entre nosotros. Una palabra que nos ha hablado definitivamente de Dios. Por eso nuestra fe se centra en conocer, amar, imitar y seguir a Jesucristo. Nosotros somos los discípulos de Jesucristo, desde el primer paso, que es el bautismo».

Después, el Obispo recordó cómo había ido desarrollándose su vida de fe desde que recibieron las aguas del bautismo: «Nosotros, poco a poco vamos conociéndole y tratándole desde la oración y la eucaristía y aprendiendo a vivir siendo felices a través de  las bienaventuranzas. Por eso el papá Francisco dice que con Cristo nace y renace la alegría».

En este sentido, Don Amadeo apeló a los confirmandos preguntándoles, «¿vosotros por qué creéis? Por vuestra vida de fe a través de vuestra familia, de vuestros catequistas. Si no dijerais que tenéis fe porque la ha puesto en vuestro corazón el Espíritu Santo, no habríais acertado. Se tiene fe por cómo se vive vuestro encuentro personal con Cristo, bajo la acción del Espíritu Santo».

El Prelado quiso explicarles a los que iban a recibir sus dones que «El Espíritu Santo os va a dar hoy sus dones, viene a hacer morada en vosotros y va a acompañaros y vais a coger esos dones y enriquecer vuestra vida con ellos. Y el Espíritu os va a pedir algo también, porque el Espíritu viene para poner en marcha la vida y la acción de la iglesia. Ahora viene a poner en marcha vuestra vida para que seáis testigos del Señor. Vuestra vida tiene que manifestar lo que somos. Por eso el Espíritu Santo nos pide que demos, según nuestras circunstancias, para que demos. Pedid al espíritu q os acompañe os fortalezca y os haga muy felices», concluyó Don Amadeo.

A continuación, y después de la confesión de fe de los siete confirmandos, impuso las manos sobre ellos  y los ungió con el santo crisma para recordarles que esos dos gestos son señal visible del don invisible. Un carácter indeleble que nos configura más plenamente con Jesús y nos da la gracia para difundir por el mundo el buen olor de Cristo.

Para concluir la celebración, uno de los chicos confirmados leyó, en su nombre y en el de sus compañeros, una precioso acción de gracias por el Sacramento que le había sido administrado.

Con un canto a María en el mes de las flores, concluyó la entrañable celebración.

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