Carta Pastoral para la solemnidad del Corpus Christi: «De la Eucaristía a los pobres, de los pobres a la Eucaristía»

¡Qué acontecimiento tan enorme! Aunque todo suceda en algo tan básico y natural para la alimentación humana, en un trozo de pan y una copa de vino, lo que celebramos en la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor es tan asombroso, que tendríamos que evitar a toda costa usarlo mal y, por supuesto, reducirlo en su valor y en su significado. En realidad, si hablamos del Corpus y sólo nos referimos tangencialmente a sus consecuencias y no decimos por qué ese misterio asombroso lleva a la caridad, correríamos el riesgo de estar invitando a vivir la solidaridad humana sin situarla en su radical impulso.

Por eso, lo primero y fundamental en esta celebración del Corpus Christi es centrar adecuadamente ese gran misterio de nuestra fe. Si no lo hacemos, no veremos las consecuencias de bien que nos trae para nuestra vida y nuestra convivencia. ¿Qué es la Eucaristía? Empezaré por la afirmación más verdadera y más simple: es la presencia del Hijo de Dios en una Hostia. Es justamente esto lo que adoramos en esta celebración tan pública y callejera, aunque este año no nos sea posible por la pandemia. Lo más destacable de esta Solemnidad Altísima del Corpus Christi es que el Cuerpo de Cristo sale a la calle con todo esplendor, aunque su verdadera belleza está en que se acerca al pueblo cristiano y este le encuentra; porque en la Eucaristía Jesucristo se hace cercano, a nuestro lado y metido en nuestras vidas.

Si esto lo entendiéramos de verdad, el estupor humano sería tan tremendo que, a partir de ahí, el encuentro con Jesucristo tendría unas consecuencias tan grandes, que incluso nos harían capaces de renovar el mundo en el amor, la vida del hombre sería Reino de Dios. Hace unos días leí una cita sobre la Eucaristía, en la que se exponía el punto de vista de un ateo, que me impresionó sobremanera: “Si yo pudiera creer que en la Hostia esta verdaderamente el Hijo de Dios, como dicen los católicos, estoy convencido de que caería de rodillas, y ya no me levantaría y lo adoraría para siempre”. Exagerando o no, refleja muy bien lo que debería de ser para nosotros este admirable sacramento. El problema es que a veces estamos demasiado acostumbrados a tratar con Él.

Todo en la Eucaristía es un acto de amor; es el misterio que actualiza la muerte y la resurrección del Señor, que se realiza en el amor. Jesús cuidó en todos sus detalles cuando celebró la Eucaristía la primera vez con sus discípulos. Todo lo hizo para que los apóstoles vieran en el corazón de Dios y comprendieran lo que desea de nosotros a partir de esa muestra de amor.

Jesús, en la Eucaristía, hace de nosotros una estancia deseada, para comer la Pascua. Cuando Jesús se nos da, no sólo nos da a comer su cuerpo, sino que nos hace participar de ese acontecimiento suyo. En realidad, como dicen muy bien algunos autores, la Eucaristía tiene su punto de partida en la Encarnación. El Verbo se hace materia en el Pan y multiplica la encarnación, se hace “presencia física, histórica, corporal de Cristo en el mundo.” Se podría muy bien decir que la Eucaristía es un ulterior nacimiento de Jesucristo, que así se convierte en Dios con nosotros y en nosotros. Cuando en la comunión comemos ese cuerpo, todo el misterio de Cristo penetra en nosotros, de tal modo, que Dios y hombre, Dios y mundo, se convierten en uno.

Cuando el Verbo de Dios nos ofrece su Cuerpo y su Sangre, toda la vida de Jesús fluye por el mundo y se convierte en vida del hombre. En la Eucaristía Cristo quiere la perenne comunión con todo el dolor, con todo pecado, con todo deseo de eternidad de la carne y del alma del hombre. Descubrir esa presencia de Cristo con nosotros es lo primero que hemos de valorar en este día eucarístico del Corpus Christi. Vivir la comunión con Cristo es la clave esencial para descubrir y vivir la caridad cristiana.

Lo que os estoy queriendo decir lo afirma muy bien San Manuel González, el obispo de los Sagrarios abandonados, en esta cita que recogen los obispos para invitarnos a la caridad en este día del Corpus, en su espléndida reflexión: “Conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40). “En la Eucaristía está el corazón incansablemente misericordioso, que a cada quejido de nuestros labios y a cada lágrima de nuestros ojos… responde -estad ciertos – con un latido de infinita compasión (Un corazón hecho Eucaristía, n 107).

Si recordáis bien, al finalizar la cena eucarística de Jesús con sus discípulos en aquella pascua nueva en que todo comenzó para nosotros, el Maestro les dice a los Apóstoles: “Haced esto en conmemoración mía”. Y lo que les está diciendo es que se hagan sacramento de comunión: haceos pan partido y vino de la nueva alianza.

En la Eucaristía, Cristo nos recuerda que la enormidad del don que recibimos, se tiene que convertir en una enormidad de donación y de generosidad. Jesucristo Eucaristía nos recuerda que no vivimos solos en la historia, sino que hay un amor en nosotros, que es el que crea comunión. Ese amor está en el pan y está en el pobre: Esto es mi cuerpo”, “Conmigo lo hicisteis”. Dos claves perfectas para encontrar a Cristo en la comunión eucarística, para encontrarnos con Jesús Sacramentado. “De la Eucaristía a los pobres y de los pobres a la Eucaristía”, decía una sencilla mujer de la Vera, en Extremadura, que descubrió que la vida eucarística tiene esa ida y vuelta permanente. (Beata Matilde del Sagrado Corazón).

Y concluyo con la recomendación que nos hacen los Obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral Social para el Día de la Caridad 2021: nos invitan a celebrar el Misterio de la Presencia en el Pan y en el vino del Hijo de Dios, con tres actitudes esenciales: La adoración de Cristo, en el que se ve una nueva humanidad; la entrega para estar cerca de los más vulnerables, en los que está Cristo; y, por último, la fraternidad para soñar junto un mundo de hermanos.

Esto lo celebramos este año en nuestras comunidades parroquiales, aún privándonos de la manifestación pública de Cristo Eucaristía. Afortunadamente ya podremos celebrar (respetando el aforo) la Eucaristía en nuestros templos. Habitualmente, la procesión del Santísimo Sacramento concentraba a más Pueblo de Dios; pero, por ahora, lo hacemos participando en la Eucaristía.

Recomiendo, no obstante, como ya hice el año pasado, que, tras la Misa, se exponga el Santísimo Sacramento para la adoración de los fieles, que se mantenga expuesto hasta media tarde y que entes de la reserva se recen las Vísperas.

Que Jesucristo Sacramentado, nos santifique y nos haga crecer en la caridad

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

 

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