En la Solemnidad de la Santísima Trinidad

Lecturas bíblicas: Dt 4,32-34.39-40; Sal 32,4-5.39-40 (R/. «Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad»); Rm 8,14-17; Versículo: Ap 1,8 («Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo…»); Evangelio: Mt28,16-20.

 

Queridos hermanos y hermanas:

Pasada la fiesta grande de Pentecostés, celebramos hoy la solemnidad de la Santísima Trinidad, cumpliéndose así el ciclo litúrgico que nos devuelve al Tiempo ordinario del año. La imagen de Dios revelada en Cristo alcanza en la liturgia de este día la luz esplendorosa que se desprende de la belleza del Dios que es Amor (cf. 1Jn 4,8). El amor divino se ha revelado en la entrega que el Padre hace de su Hijo para salvación del mundo. En su muerte y resurrección Dios ha revelado su amor por la humanidad que creo en Cristo y que en Cristo la redimió.

Dios nos creó a su imagen y semejanza (cf. Gn 1,26-27) y, aunque Dios no es una ninguna de las realidades que están en el mundo, animadas e inanimadas, Dios ha dejado en el mundo creado la huella de su existencia y de su presencia misteriosa y real en el mundo, tal como dice el apóstol san Pablo en la carta a los Romanos, afirmando que «lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad…» (Rm 1,20). Tenemos, pues, capacidad natural para conocer a Dios en aquello que podemos conocerlo. A esto hemos de añadir que Dios ha tenido en cuenta nuestra situación en el mundo marcada por nuestra debilidad y el pecado que acompaña la historia de la humanidad desde el principio, situación que nos impide un conocimiento de Dios libre de todo ofuscamiento y prejuicio, ha querido manifestarse en la historia de nuestra salvación, llegando a su culmen en la persona y misión de Jesucristo. La carta a los Hebreos dice cómo Dios se reveló a lo largo de los tiempos por medio de los profetas; y añade que «en estos tiempos últimos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo el universo; siendo el Hijo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, llevada a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas…» (Hb 1,3).

Según la Escritura, Dios no sólo existe y está presente en su creación, además se ha manifestado por medio de una historia de salvación que le ha mantenido en permanente relación con la humanidad perdida por el pecado, a la que Dios ha buscado desde el origen recuperar y salvarla de su perdición. Esta experiencia de Dios como creador y redentor de la humanidad se ha dado de manera propia en la historia particular de la relación de Dios con el pueblo elegido, al cual constituyó en su principal interlocutor. Consciente de su relación singular con Dios, el pueblo de Israel se ha gozado siempre en esta divina presencia que constituye su mayor privilegio, a pesar de sus muchos sufrimientos. Por eso, hemos escuchado este discurso de Moisés, , en el que se recogen estas preguntas del gran caudillo de Israel: «¿Hay algún pueblo que haya oído la voz del Dios vivo… y haya sobrevivido? ¿Algún Dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre otras, por medio de pruebas, signos, prodigios y guerra… como todo lo que el Señor vuestro Dios hizo con vosotros en Egipto?» (Dt 4,32-34). La liberación de Israel de la esclavitud egipcia revela la compasión de Dios por la humanidad oprimida y, al mismo tiempo, anuncia la misericordia de Dios con los que son esclavizados por el pecado. Toda la historia de la salvación revela progresivamente el fin al que tiende: la redención de la humanidad pecadora liberada del pecado y de la muerte en Jesucristo. En el Hijo de Dios se manifiesta el Padre como aquel en quien todo tiene su origen, porque sólo Dios es Creador del mundo universo, y al mismo tiempo se manifiesta que todo ha sido creado por Dios Padre por medio de Jesucristo su Hijo, que es la palabra poderosa de Dios, mediante la cual todo fue creado «por él y para él, y él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia» (Col 1,16-17).

Jesús vino para abrir a la humanidad el acceso a Dios y descubrir a los hombres que Dios es Padre universal, lleno de misericordia, que sus entrañas maternales son inmensas. Dios habla por medio del profeta y pregunta al pueblo elegido si acaso «puede una mujer no compadecerse del hijo de sus entrañas», para responder: «Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré» (Is 49,15). Alejados de Dios por el pecado, en Jesús entregado por nosotros a la muerte, hemos sido perdonados y reconciliados con Dios (cf. Col 1,21-22); y glorificado Cristo Jesús por su resurrección de entre los muertos, «nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en los cielos con él» (Ef 2,6); y «ha derramado el Espíritu Santo prometido» (Hch 2,33), el Espíritu que, como rezamos en el Credo procede del Padre y del Hijo y, recibiendo una misma adoración y gloria, nos ayuda a invocar a Dios como Padre. El Espíritu Santo es quien infunde la fe por medio de la cual obtenemos la condición de «hijos adoptivos de Dios» (Rm 8,15). Es lo que expone san Pablo en la carta a los Romanos, tal como hemos escuchado en la segunda lectura del día: el Espíritu que todo el que cree recibe en nombre de Jesús «se une a nuestro espíritu para dar testimonio concorde de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo» (Rm 8,16-17).

La experiencia de la fe en Dios como Padre es inseparable para el cristiano de la fe en la divinidad de Jesús como Hijo de Dios hecho hombre. Esta experiencia se convierte en la oración en diálogo confiado con Dios gracias a la moción interior en nosotros del Espíritu Santo que nos lleva a invocar a Dios con la libertad de loa hijos que se dirigen a él como ¡Abbá, Padre! (Rm 8,15).         Alcanzamos en esta experiencia aquel conocimiento de Dios que es revelación del misterio de amor que es la vida de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, porque en Dios hay tres personas, unidad en Dios en cuanto las tres personas distintas de única naturaleza, como canta el prefacio de esta solemnidad. Invocamos, bendecimos y alabamos a aquel que es «un solo Dios, un solo Señor: / no en la singularidad de una sola Persona, / sino en la Trinidad de una sola naturaleza. // Y lo que creemos de tu gloria / porque tú lo revelaste, / lo afirmamos sin diferencia / del Hijo y del Espíritu Santo» (Misal Romano: Prefacio de la Trinidad).

Existe la tentación de separar a las personas divinas (Padre, Hijo y Espíritu Santo) cayendo en la tentación de imaginar tres dioses, pero la fe cristiana afirma un solo Dios que es comunión de amor interpersonal, relación de personas en tal manera unidas por su misma naturaleza divina que no son tres dioses, sino un solo Dios, un solo Señor. Esta es la imagen trinitaria de Dios, la imagen cristiana que nos diferencia de otras religiones monoteístas como el judaísmo o el islam. Por eso, siendo mucho lo que tenemos en común somos en verdad religiones distintas. Tenemos que potenciar en un diálogo amistoso y sincero fundado en la común la fe en un Dios Padre común, sin caer en la confusión de la identidad de nuestra fe en la Santa Trinidad de Dios. Tenemos la misión de anunciar al mundo al Dios que hemos conocido en Cristo Jesús como misterio trinitario de amor que Dios mismo es, a cuya imagen el hombre ha sido creado como un ser de relaciones personales. No estamos solos ni nos bastamos a nosotros mismos, el hombre que Dios ha creado es comunidad de amor y no puede caer en el individualismo egoísta y autosuficiente, porque hemos sido creados para Dios y para los demás.

Por eso el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer revela este misterio interpersonal del Dios que es amor y ha creado al hombre a su imagen y semejanza; y del mismo modo la condición comunitaria y social del hombre que da fundamento a la amistad y a la fraterna solidaridad de los grupos humanos se fundamenta en el origen común en Dios fundamento de la concordia y la paz social. Jesús resucitado no sólo lleva a plenitud nuestro destino en Dios al elevar nuestra naturaleza hasta la glorificación en Dios, sino que envía a sus discípulos a anunciar el misterio de Dios revelado en su muerte y resurrección. Toda la historia de salvación que arranca de la elección del pueblo de Israel alcanza su culmen en Cristo, que ha confiado a los apóstoles la misión de dar a conocer el misterio de Cristo: «misterio que en generaciones pasadas no fue dado a conocer a los hombres como ha sido revelado ahora a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa en Cristo Jesús por medio del Evangelio…» (Ef 3,5-6). Dios es uno en la trinidad de las divinas Personas y se da a conocer a la humanidad que es asimismo una en la diversidad de naciones, porque a todas otorga por medio de Cristo el Espíritu Santo para que todos tengan acceso al misterio del amor divino.

En esta fiesta de la Trinidad, la Iglesia encomienda en particular a las comunidades de vida contemplativa, que en los monasterios ofrecen su vida y su oración constante por la Iglesia y la salvación del mundo. Las vocaciones escasean en la vida apostólica, pero de manera especial en los monasterios de monjas de clausura, con comunidades muy disminuidas y envejecidas. Los cristianos de vida contemplativa escasean y, sin embargo, son una referencia para la Iglesia y el mundo del valor supremo y trascendente de Dios, origen y destino de la humanidad. Son un faro que da señales para que tomemos la dirección acertada que ha de conducirnos al puerto de la salvación que es Dios, meta de la humanidad. Como san Pablo dijo a los griegos «en Dios vivimos, nos movemos y existimo» (Hch 17,28), y no podemos soslayar el origen y el destino de nuestra vida sin perdernos para siempre.

Pidamos a la Reina de las Vírgenes, la inmaculada Virgen María que interceda por las personas de vida contemplativa y por sus comunidades, que oran intercediendo en la Iglesia por la salvación de todos.

Almería, a 29 de mayo de 2021

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

 

 

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