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Homilía en la Misa Crismal

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Isaías 61, 1-9 Cambiaré el luto por el óleo de la alegría y os daré un perfume de fiesta; 

Salmo 88 Mi fidelidad y mi amor lo acompañarán; 

Apocalipsis 1, 4b-8  Por su sangre hizo de nosotros un reino de sacerdotes; 

San Lucas 4, 16-21 Hoy se cumple este pasaje que acabáis de oír

 

Queridos hermanos del presbiterio, diáconos permanentes, vida consagrada, seminaristas, hermanas y hermanos todos de esta Iglesia del Señor que camina en Almería.

Me gustaría hablaros al corazón y que todos hiciéramos un esfuerzo para entrar en el misterio y nos colocáramos en el momento de la Última Cena, cuando el Señor en ese gran momento de intimidad con sus amigos, cuando tan sólo le quedaban unas horas de estar en este mundo y anticipa el Sacrificio: esto es mi Cuerpo, esta es la Sangre de la Nueva Alianza; y lo articula entre el mandamiento del Amor y el Lavatorio de los pies. Nada es casual. ¡Qué pedagogía la de Cristo! Tres momentos inseparables que se apoyan uno en el otro y adquieren así su sentido completo.

Me gustaría hablaros al corazón y que todos hiciéramos un esfuerzo para entrar en el misterio y nos colocáramos en el momento de la Última Cena, cuando el Señor en ese gran momento de intimidad con sus amigos, cuando tan sólo le quedaban unas horas de estar en este mundo y anticipa el Sacrificio

Vivamos este acontecimiento desde una actitud de adoración y de confianza.

En este marco, en el ámbito del amor y del servicio, instituye el Señor la Eucaristía, de la todos tanto dependemos. Es el signo de la Nueva Alianza. La historia de la Salvación está plagada de alianzas: con Noé, Isaac, Jacob, Moisés… todas exigían su sacrificio. Normalmente un cordero.  Sacrificio no es una palabra negativa y mal vista, como solemos entenderla hoy casi todos. Sacrificio significa: hacer sagrado. Es decir que en la Alianza Dios nos pone a su nivel, y eso exige renunciar a todo lo que nos separe de él. En esta alianza definitiva, Jesús mismo es el sacrificio: “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

Y para que ni sus discípulos, ni nosotros hoy, equivoquemos su entrega sacrificial con otra cosa, tomó un trozo de pan y un cáliz lleno de vino… Las palabras pronunciadas por Jesús son anticipación de su muerte: “Esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros”. “Esta es mi sangre, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados”. Estas palabras convierten el hecho de la muerte en un suceso de amor.

Dejadme que os traiga a cuento una reflexión sensible que leí hace años: si tomas una forma sin consagrar en tus manos y contemplas ese trozo de pan y piensas ¿cómo podrá ver el Señor este trozo de pan? ¿Creéis vosotros que lo verá igual que un guijarro del río o un corderito? No. De ninguna manera, pues el trozo de pan es el resultado de una historia. Para que pueda tenerlo en mis manos fue necesario el trabajo del labrador, el sembrador, el segador, sin hablar de los que fabricaron los instrumentos de labranza y siega… después el molinero, el panadero y todos los artesanos y artesanas, después el vendedor y las monjas que hicieron las formas… Este pan somos la humanidad misma y Cristo se encarna de nuevo en nuestro trabajo para quedarse entre nosotros y ser alimento. (cfr. François Varillon, Joie de croire… Paris 1981 p. 279-294) ¿Hay expresión más grande que este sacramento?

Si nos comiésemos este pan sin consagrar la historia de la humanidad quedaría sin salida, permanecería tan solo humana… volveríamos a producir más pan… y moriríamos. Pero si llevamos este pan al altar, Cristo hace de él su propio Cuerpo y “cristifica” el trabajo y al mismo hombre y se abre la puerta de la humanidad hacia Dios, y comiendo su Cuerpo nos hacemos como él, portadores de eternidad. Como María puso su cuerpo para engendrar a Cristo, así nosotros ponemos toda nuestra vida para esta nueva y diaria encarnación: la presencia de Dios en medio de su pueblo. Esto, que os digo, es para todos los bautizados en Cristo, sacerdotes en él.

Y nosotros, los presbíteros, los que hemos sido llamados para este ministerio, seguimos poniendo nuestras pobres y pecadoras manos para tan gran misterio de redención. ¡Nos hacemos sacerdotes en Cristo! ¡Ofrecemos nuestra vida y el trabajo de las gentes! ¡Nos hacemos en Cristo alimento! Esclavos, servidores de todos, portadores, “cristóforos” de la humanidad hacia Dios. Y de esto, todos un poco.

Y nosotros, los presbíteros, los que hemos sido llamados para este ministerio, seguimos poniendo nuestras pobres y pecadoras manos para tan gran misterio de redención.

El sacerdocio de Cristo no puede ser comprendido como una dignidad, una promoción o un puesto de poder. Ni siquiera un ámbito para estar por encima de los demás. Y muchas veces hay sacerdotes que actúan así, con poder y autoritarismo, olvidando que han sido creados bajo el cimiento del lavatorio de los pies. El que quiera ser el primero que sea el servidor de todos.  El sacerdocio de Cristo implica, como dice el autor de la Carta a los Hebreos, asemejarse en todo a sus hermanos, a fin de ser misericordioso. No sigue el camino de la ambición, del lujo, de la soberbia y del poder. Jesús ha seguido el camino de la humillación, de la pobreza, del sufrimiento y de la muerte, como hemos escuchado en Isaías. Ha asumido nuestra naturaleza frágil y débil, de carne y de sangre, y ha afrontado la muerte.

El sacerdocio de Cristo no puede ser comprendido como una dignidad, una promoción o un puesto de poder. Ni siquiera un ámbito para estar por encima de los demás. Y muchas veces hay sacerdotes que actúan así, con poder y autoritarismo, olvidando que han sido creados bajo el cimiento del lavatorio de los pies.

Este es un sacerdocio nuevo: comprender a los débiles, ayudarles, descender a la fosa de los afligidos para rescatarlos, acercarse a los que carecen de esperanza para levantarlos, revelar el nombre y la gracia de Dios a cuantos andan en las tinieblas del mundo. Nadie puede decir “esto es mi cuerpo” y “éste es el cáliz de mi sangre” si no es en el nombre y en la persona de Cristo, único sumo sacerdote de la nueva y eterna Alianza (cf Hb 8-9).

Cristo ha tomado sobre sí nuestro destino: que incluye la muerte y el sufrimiento como consecuencia del pecado, y lleva a término nuestra vocación: amar para ser coronados de gloria y de honor. Pero no nos equivoquemos, su gloria no es la gloria de un rey o guerrero que ha vencido a su enemigo, o la de un ambicioso que ha cumplido sus proyectos: es la gloria del amor, de la misericordia, que restablece la comunión de los hombres con Dios y nos busca, y nos habla a cada uno por nuestro nombre, con nuestra propia originalidad.  ¡Él es el buen Pastor! Cuánto me duele cuando personas de una parroquia vienen a quejarse de su cura por soberbia, por imposición de su voluntad, por confundir autoridad, que nace del lavatorio de los pies, con autoritarismo. No seamos de este mundo, sed como el buen pastor que sacrifica su vida, 24 horas sobre 24, por sus ovejas. Desechad de vuestra boca y de vuestro corazón la expresión: el párroco soy yo. No debemos ser como los déspotas ilustrados. Todo por el pueblo, pero sin el pueblo. Se nos va pegando el lodo de la historia. No sea así entre vosotros.

Cuánto me duele cuando personas de una parroquia vienen a quejarse de su cura por soberbia, por imposición de su voluntad, por confundir autoridad, que nace del lavatorio de los pies, con autoritarismo.

Os invito a pedir a Dios la gracia de seguir también todos nosotros el dinamismo de ese sacerdocio. Ser compasivos con nuestros hermanos exige de nosotros vivir el sacerdocio según el Espíritu de Cristo, no según el espíritu de este mundo. Exige de cada uno de nosotros saber llevar a la humanidad hacia Dios, y muchas actitudes personales les pueden separar. Nuestro sacerdocio no es un oficio puramente temporal. Es para siempre. Pues el dinamismo del amor no se puede entender de otra manera. Todo pasará, el amor no pasa nunca.  El sacerdocio, como decía san Agustín, es amoris officium, es el oficio del buen pastor, que da la vida por las ovejas (Jn 10, 14-15).

Pidamos a María, Madre de la Iglesia, que interceda por todos nosotros para que nos presentemos con Cristo como ofrenda agradable a los ojos de Dios y descienda sobre nosotros la gracia que todo lo transforma, que todo lo eleva, que todo lo perfecciona y que todo lo glorifica. ¡Ánimo y adelante!

+ Antonio Gómez Cantero

Obispo de Almería

«Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz»

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El Cabildo Catedralicio, presidido por el obispo de Huelva, Santiago Gómez Sierra, ha celebrado esta mañana el rezo del Oficio de Lecturas y Laudes de la Sepultura del Señor, un momento de especial recogimiento en el que se contempla el Cuerpo muerto de Jesús y su descenso al lugar de los muertos en espera de su resurrección y en el silencio de quienes esperan el triunfo de la vida: Oh dolientes de la tierra, verted aquí vuestras lágrimas; en la gloria de este cuerpo serán bañadas.

Entre los textos litúrgicos leídos en el Oficio de Lectura de esta mañana se encuentra una antigua homilía anónima sobre el santo y grandioso Sábado de la Sepultura del Señor en el que se describe como Cristo desciende a la región de los muertes para buscar a nuestro primer padre, Adán, «como oveja perdida» y con el que mantiene un precioso diálogo: «Despierta, tú que duermes, y levántate de
entre los muertos y te iluminará Cristo… Levántate, vayámonos de aquí. El enemigo te hizo salir del paraíso; yo, en cambio, te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celestial.»

En su breve homilía, el Obispo ha recordado el sentido cristiano de la muerte «en una cultura hedonista, del placer y el bienestar, donde la muerte es un contratiempo que hay que censurar y ocultar. Así hemos hecho desaparecer costumbres propias como modo de vivir y sentir la pérdida de un ser querido; o preferir la muerte repentina, cuando los cristianos rezábamos unas preces en las que pedíamos ser librados de este tipo de muerte que era entendida como una desgracia porque no nos permitía disponernos sacramentalmente para el encuentro con el Señor; o incluso hemos hecho desaparecer el lugar físico del descanso de nuestros restos mortales… Pero nada de eso –ha continuado diciendo– nos quita la verdad de un trance que todos ciertamente hemos de pasar y que, de algún modo, vamos viendo a lo largo de toda la vida, especialmente cuando asistimos a la muerte de nuestros seres queridos. La muerte nos llama a vivir en permanente estado de vigilancia, como dice el salmo: Dame a conocer la medida de mis años para que adquiera un corazón sensato (Cfr. Salmo 89). Recordad cómo San Ignacio en sus Ejercicios Espirituales invita al ejercitante, a la hora de reformar la vida o tomar una opción vocacional, a situarse en la hora de la propia muerte y pensar cómo le gustaría haber vivido».

D. Santiago Gómez ha culminado sus palabras pidiendo al Señor «que aumente nuestra fe para vivir de frente a una realidad que forma parte de nuestra condición humana, el paso que nos lleva a la Casa del Padre de la mano de Jesucristo, vencedor de la muerte». Y ha invitado a «acompañar a la Virgen María en su soledad que, seguramente, como le dijera al ángel Gabriel en la Anunciación, hoy también se preguntará cómo será eso de la Resurrección del Señor y espera confiada en que para Dios nada hay imposible. Que, como María, también vivamos nosotros en esperanza nuestra vida y el paso por la muerte a la Vida definitiva».

Por error ha sido definido como un día alitúrgico, pues en él no está permitida la celebración de la Eucaristía. Si bien es cierto que no se celebra la Eucaristía, no existen los días alitúrgicos, pues la celebración de la Liturgia de las Horas del Sábado Santo es una expresión más de la litúrgica de la Iglesia. La Iglesia ayuna el sábado santo de la Eucaristía siguiendo una antiquísima tradición que llevaba a la Iglesia a un prolongado ayuno durante todo el sábado porque “el Esposo le ha sido arrebatado”. Este ayuno concluye con la celebración de la Vigilia Pascual que, en la Catedral, tendrá lugar esta noche a partir de las 23.00 h.

Más información

Horarios de las celebraciones litúrgicas de Semana Santa en la Catedral

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DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

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Lecturas:  Hch 10, 34a. 37-43: Hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos. Sal 117: Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo. Col 3, 1-4: Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, o bien: 1 Cor 5, 6b-8. Barred la levadura vieja para ser una masa nueva. Secuencia: Ofrezcan los cristianos. Jn 20, 1-9. Él había de resucitar de entre los muertos.

El filósofo alemán Martin Heidegger (1889-1976) afirmó que el ser humano no es alguien que muera, sino que en sí mismo es un ser–para-la-muerte. Con este concepto quiso transmitir que la muerte, más que una situación que encontraremos al final de nuestra vida, es una línea de meta a la que estamos avocados. Sitúa nuestro admirado filósofo la vida humana en un aterrador Viernes Santo, sin más horizonte que la permanente puesta del sol de la existencia. El evangelio de Juan apunta al primer día de la semana como un amanecer que revienta los parámetros de la lógica humana, cuando no tiene presente el poder del amor de Dios.

No son los verdugos los que tienen la razón, los que triunfan ignorando la sangre derramada, las lagrimas vertidas…los gritos amordazados. La Resurrección de Jesús es la respuesta de Dios a quienes quieren sembrar de cruces las dimensiones de la historia. La nueva humanidad nace de la muerte y resurrección de Jesús.

Quiero subrayar ciertas expresiones que nos ayudarán a adentrarnos en la profundidad del Evangelio que es expresión de la vivencia cristiana tras el encuentro con el resucitado. Aún estaba oscuro: la luz, que es un símbolo precioso del cuarto evangelio, es el mismo Cristo que los discípulos aún no ven. Nuestra osada María Magdalena acude convencida de la victoria de la muerte que agota toda esperanza. La losa quitada, genera en ella la desazón de la pérdida del recuerdo. La carrera de ambos discípulos concluye con la fe de uno y la aceptación de Pedro a pesar de las negaciones en el camino de Jesús. Las vendas no atan (como ataron a Lázaro). La muerte se ha alejado de Él. Jesús ha muerto, pero no es un cadáver. El sepulcro es pasado. La historia de Jesús no se cierra con su muerte. Todos estos domingos de Pascua serán experiencias de encuentro con el resucitado que se prolongan en la vida Litúrgica-Sacramental-Caritativa de la Iglesia. ¡Cristo resucitado vive con nosotros y nos llama a impulsar vida nueva para todos!

Ramón Carlos Rodríguez García

Rector del Seminario

 

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En espera de la Vigilia Pascual

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Según una antiquísima tradición, ésta es una noche de vela en honor del Señor, y la Vigilia que tiene lugar en la misma, conmemorando la noche santa en la que el Señor resucitó, ha de considerarse como “la madre de todas las santas Vigilias”. Toda la celebración debe hacerse durante la noche. Bernardo Álvarez preside en su sede la Solemne Vigilia Pascual a las 22 horas.

Por ello, durante el sábado, en los distintos templos se realiza su preparación para tan importante liturgia de modo que los mismos también expresen la alegría y el gozo de la Resurrección del Señor.

Las celebraciones de la primera parte del Triduo (misa vespertina del Jueves Santo y celebraciones del Viernes y Sábado Santo durante el día) son intensamente sobrias, en cambio la noche santa de la Resurrección es una fiesta rebosante de alegría. El paso de la tristeza al gozo, de la muerte a la vida se expresa en la misma Vigilia Pascual, la más importante celebración de los cristianos. Por ello,  la culminación del Triduo Pascual es la Vigilia Pascual en la que hacemos memoria sacramental de la resurrección del Señor.

La Vigilia se desarrolla en cuatro partes: el lucernario y el pregón pascual forman la primera parte de la celebración. En la segunda parte la santa Iglesia contempla a través de la liturgia de la Palabra, las maravillas que Dios ha hecho en favor de su pueblo desde los comienzos. En la tercera parte, tiene lugar la liturgia bautismal o, si no hay bautizos, la renovación de las promesas del bautismo. Finalmente, la comunidad es invitada a la mesa, preparada por el Señor para su pueblo, memorial de su Muerte y Resurrección, en espera de su nueva venida (cuarta parte).

Por otro lado, la Misa del día de Pascua, domingo,  se celebra también con el mayor gozo. El obispo Nivariense preside la solemne Eucaristía Pontifical de la Pascua a las 12 horas. En la misma impartirá la bendición papal en día tan singularmente alegre para todos los católicos de canarias unidos a los del mundo entero.

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“En Cristo sucede una nueva Creación, se abre un nuevo mundo”

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Homilía del arzobispo D. Javier Martínez en la Eucaristía de la vigilia pascual, el 16 de abril de 2022, en la S.I Catedral.

(…) Jesús resucitó hace alrededor de dos mil años. Una noche como ésta. La noche de Pascua. Lo que pasa es que eso no es una cosa que pasó y se acabó, sino que resucitó y vive para siempre. Desde aquella noche está vivo y nosotros, todos los años, recordamos que eso es lo más grande que ha pasado nunca, lo más grande de la historia humana, lo más importante que ha pasado nunca. ¿Y por qué? Pues, por una razón muy sencilla que vosotros vais a entender muy bien. Porque no es algo que le pasara a Él, sino que eso, que fue Su triunfo sobre la muerte, es algo que nos pasa a nosotros. No porque nosotros hayamos triunfado de la muerte, pero nos abre a nosotros el Cielo y la esperanza del Cielo. Nos quita el miedo a la muerte. Cristo en su muerte en cruz, en su Pasión y en su muerte, de hecho, en toda su vida, ha vencido siempre al mal, al pecado. Ha inaugurado con ello un mundo nuevo, pero ese mundo no iba a permitir el Enemigo que creciera y que naciera. Entonces, pensó en liquidar a Jesús; pensó en quitarlo de en medio y pensaba que de esa manera ese mundo nuevo nunca empezaría, nunca arrancaría. Pero estaba equivocado. Porque Jesús es más fuerte que el mal, más fuerte que el pecado, más fuerte que la muerte y más fuerte que Satán. Entonces, cuando Satán creía que estaban matando a Jesús para que no empezara ese mundo nuevo, resulta que lo que hizo fue lo contrario: hacer posible que ese mundo nuevo empezara, porque Jesús, que era el Hijo de Dios, quería dar Su vida. ¿Para qué? Para que nosotros, 2000 años después, podamos seguir viviendo la vida con alegría. Jesús lo dijo una vez: “Yo he venido para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”. La alegría a lo largo de la vida y frente a la enfermedad, el sufrimiento o la muerte, incluso a la vista del pecado, es imposible para el hombre. El paso de los años, las heridas que nos vamos haciendo a lo largo de la vida los hombres unos a otros, el mal que hay en nuestro corazón, a veces también el mal que sufrimos. Lo sufrimos, pero nos envenena y termina quitándonos la alegría. Sólo porque Cristo ha resucitado podemos estar contentos siempre. Y siempre es siempre, porque el amor de Jesucristo a nosotros que somos pecadores, todos, y que nos llevamos además el canto de un duro, entre los pecados de uno y de otro, entre los pecados de Judas Iscariote, y cualquiera de nosotros, el Señor los ha vencido; los ha cargado sobre sus espaldas en la cruz y, en su triunfo sobre la muerte, nos ha abierto a nosotros el camino de la Misericordia divina. La certeza de que Dios es Amor y no sabe hacer otra cosa más que amar y que el triunfo final pertenece al amor de Dios, ni al pecado, ni a la muerte, ni a nuestras pequeñeces. Quien triunfa es el amor de Dios.

En la Resurrección de Jesucristo se nos ha abierto a nosotros el camino del Cielo. Y con el camino del Cielo, la posibilidad de una alegría que no sea falsa, que no sea hipócrita, que no sea sencillamente fabricada por nosotros, sino que nace de la certeza de un amor que no se apaga nunca, que no nos abandona nunca, que no se aparta de nosotros nunca, ni siquiera cuando nosotros nos apartamos de Él. Al revés. Yo tengo en mi despacho un dibujo precioso de Cristo, un Buen pastor cargando sobre sus hombros la oveja perdida. La oveja perdida es la que está más cerca del corazón de Dios, porque tiene más necesidad de Dios. No se aparta de nosotros, no nos expulsa ni nos rechaza jamás. Y esa es la fuente de la alegría más verdadera, de la alegría cristiana. Llevamos tantos siglos de cristianismo que se nos ha olvidado lo que es la alegría cristiana. Un historiador norteamericano no creyente, pero fino hablando de los orígenes cristianos, decía sencillamente: “No nos podemos imaginar lo que en el mundo antiguo, en los tres primeros siglos, que son, al fin y al cabo, nueve generaciones, significó la explosión del cristianismo”. Fue una explosión de alegría, fue una explosión de esperanza. Y de esperanza no porque los hombres, a partir de Jesucristo, fuéramos mejores. No porque Jesucristo, a lo Harry Potter, nos haya hecho buenos, sino porque hemos aprendido, junto a Jesucristo, que el amor es más fuerte que el pecado. Hijitos míos, no pequéis. Pero si pecáis, tenemos a un abogado justo, lo suficientemente justo como para perdonarnos los pecados. Tremendo. No con la justicia de los hombres; con la Justicia de Dios, que es idéntica a su Misericordia y que nosotros no podemos nunca ejercer sobre los demás, sobre nadie. “No juzguéis y no seréis juzgados”, porque cuando nosotros juzgamos, nos equivocamos siempre, y siempre es siempre, lo diga quien lo diga. Nos equivocamos siempre. Jesús no puso excepciones al “no juzguéis” y no las pone a Su misericordia.

Es Jesucristo quien resucitó hace 2000 años y, desde entonces, vive para siempre. Pero, desde entonces, nosotros tenemos la certeza de que es la misericordia la que triunfa, de que es el amor misericordioso de Dios el que tiene la victoria sobre el mal. Si creyéramos que el maligno es más potente que Dios, ¿qué hacemos aquí esta noche? ¿Para qué celebramos la Pascua? Señor, déjanos entrar en tu Pascua, que es entrar en Tu Misericordia, precisamente porque eres misericordioso, infinitamente misericordioso, que eso es algo que apenas llegamos a intuir ni a entender por muchos años que llevemos en tu Iglesia. Infinitamente misericordioso. Sólo por eso, yo puedo estar contento y sólo por eso ninguno de vosotros podéis estar contentos. Y digo ninguno, porque las deudas que nosotros podemos tener o la diferencia que hay entre el más santo de nosotros y el más pecador de nosotros, son cien denarios y la deuda que nosotros tenemos con Dios son 10.000 talentos, y esa no la pagamos ninguno. Ni con diez años de camino, ni con cincuenta. Sólo los paga el Señor, los ha pagado el Señor a todos. Y por eso todos podemos estar contentos. Por eso esta noche diferente. Por eso la alegría pascual inunda la vida de un cristiano. Siempre que celebramos la Eucaristía es Pascua.

Yo sé que hay millones de hombres y mujeres que no celebran la Eucaristía, que no conocen al Señor, o que lo conocen mal, o que lo han conocido y lo han abandonado. Pero el Señor no les abandona a ellos y lo que tienen que poder reconocer, en nuestra alegría y en nuestro modo de vida, y en nuestro amor por los pecadores, a los que Jesús jamás les hizo ningún reproche, jamás, a diferencia de los fariseos, que se llevaron todos los reproches de Jesús; lo que hace posible nuestra alegría, lo que hace posible entrar en la Pascua es justamente esa certeza de que el amor y la misericordia de Dios triunfan. Y aquellos hombres que no la conocen, incluso aquellos que han apostatado. El otro día me encontraba yo por la calle un hombre que me dijo: “Oiga, señor obispo, venga para acá. Yo he apostatado pero fui educado en cristiano y ahora, entre la pandemia y la guerra de Ucrania, es como si llevara uno la fe en la sangre y no me la puedo quitar”. Yo le dije, “no temas”. Y repitiendo una frase que no es mía, pero que es la forma más cortita del mensaje cristiano que pronunció san Juan Pablo II, cuando dijo “aquello que la Iglesia quiere oír gritar al mundo es ‘Dios te ama, Cristo ha venido por ti’”. Sí, por el apóstata. Por Judas. ¿Está permitido rezar por Judas? No sólo está permitido, sino que sería sumamente deseable que alguna vez pensásemos que Judas es nuestro compañero de camino, y hay un hombre muy grande en el siglo XX, de quien han aprendido bastante los Papas, era un laico -no os voy a decir el nombre-, pero ofrecía Misas por un difunto, era un hombre muy conocido en Francia, y entraba en una parroquia y decía “¿puedo encargar una misa por un difunto?”, decían, “sí, ¿quién es? ¿un familiar suyo?”, “no, un amigo”. “Pues espera un momentito, pasamos al despacho y me dice usted en que día se la puedo celebrar. ¿Me dice, por favor, el nombre de su amigo?”. “Judas Iscariote”. Y el que no pueda identificarse como amigo de Judas Iscariote, y como infinitamente necesitado de la misericordia de Dios, no ha conocido a Cristo. Ha conocido algún ídolo al que llama Cristo, pero no a Cristo.

Hijos míos, siempre es posible la alegría, siempre. Justo porque Cristo ha resucitado y no porque nosotros seamos mejores porque hemos conocido a Cristo. Qué va. Sino sólo porque el amor de Cristo es infinito. Sólo porque el amor de Cristo es infinito, a diferencia del nuestro, que es así de cortito y que se nos acaba enseguida, que nos peleamos por nada. Esta noche es diferente, hijos míos.

Hijos míos, ¿me dejáis decirlo? Yo soy compañero de Judas, claro que lo soy, y puedo estar contento, no por ser compañero de Judas, sino porque el amor del Señor es infinitamente más grande que todas mis miserias, que todas mis pequeñeces, que todos mis pecados, y eso hace posible una alegría pura, verdadera, sencilla, sin presunciones, porque no hay nada de qué presumir nada más que del amor que el Señor nos tiene y de Su misericordia.

Os pido que abráis el corazón a esa alegría pura del Señor que nadie merecemos, y nadie es nadie, desde el Papa hasta el último de los paganos que jamás ha oído hablar del Señor, hasta el más grande de los pecadores. Nadie merecemos la misericordia de Dios. Los catecismos durante siglos decían y empezaban con una frase: “¿Eres cristiano? Sí, soy cristiano, por la Gracia de Dios”. Y nada más que por Gracia de Dios, no porque tenga el más mínimo de los méritos que puedan hacerme merecer el serlo. ¿Quién merece el Cuerpo de Cristo? Pero Cristo ha resucitado, hijos. Cristo ha resucitado y podemos vivir contentos. Y somos unos miserables, unos mezquinos, pero podemos vivir contentos, y hemos dicho al Señor “no”, mil veces. Disimuladamente, a veces descaradamente. Pero podemos vivir contentos y se lo seguiremos diciendo, a pesar de la túnica blanca y a pesar de veinte años, o treinta o cuarenta de Camino, como yo puedo decir a pesar de casi cincuenta años de ministerio sacerdotal, donde mi lema sacerdotal era además “Todo lo tengo por nada, con tal de alcanzar a Cristo”. Luego mi lema episcopal ha sido otro: “La verdad os hará libres”. Pero, a pesar de mis casi cincuenta años de sacerdocio, claro que soy un pecador. Claro que soy un sinvergüenza, y huyo mil veces y lo seguiré haciendo. Él lo sabe, pero esta noche es diferente a todas las demás noches del mundo.

A todas las demás noches de nuestro mundo personal, de nuestra historia personal, porque el Señor está vivo y quiere ser acogido en nuestro corazón. Sólo eso. Sólo para eso necesita el Señor nuestra libertad, y sólo para eso nos la ha dado, para ser acogido libremente y amado libremente, porque el Señor no quiere siervos. Éramos siervos antes de conocer a Jesucristo. Somos siervos en la medida en que el pecado, en todas sus formas, hace presa en nosotros. Pero Cristo quiere nuestra libertad. “Para ser libres nos ha liberado Cristo”. Para ser libres. Hay una libertad que viene con nuestro nacimiento, que es la libertad relativa de elegir, no la libertad que vende el mundo que es la de poder escoger entre diferentes marcas de coches, pero la libertad de elegir. Pero hay otra libertad que sólo es fruto del amor de Cristo: es la experiencia del perdón de Cristo, de la experiencia de nuestra indignidad ante el perdón de Cristo. Y ojalá nos conserve el Señor siempre esa conciencia de que “Señor, no soy digno de que entres en mi casa”. No soy digno ni con unos cincuenta años de sacerdote, ni lo podré seguir diciendo el día que vaya a despedirme de este mundo y vaya ante el Señor. No soy digno. Soy cristiano por la Gracia de Dios, pero yo soy un pobre pecador y lo seguiré siendo toda mi vida. Si me creo que no lo soy, entonces soy un hipócrita.

Señor, danos la alegría pura de saber que TU amor vence a todo; que Tu misericordia vence a todo; que eres Amor. No es que tengas amor o sentimientos de misericordia, eso lo piensan los musulmanes, pero no nosotros. Nosotros sabemos que Dios es Amor y eso significa que, en cualquier circunstancia, sea la que sea, en cualquier situación, sea la que se, Dios sólo sabe amar. Dios sólo sabe amar. Dios sólo sabe perdonar.

Mis queridos hermanos o mis queridos hijos, como queráis, que el Señor nos dé la alegría pura de Su Resurrección, que el Señor nos conceda ese don. Es posible que sea esta mi última Pascua de obispo con vosotros, pero precisamente por eso os subrayo esto, porque me parece esencial a la experiencia cristiana. Y cuando nos apartamos de esa luz, nos apartamos de Dios y empezamos a mezclar a Dios con las categorías de los hombres. Que Cristo ha resucitado sólo tiene un equivalente y es la Creación de la nada. ¿Por qué la liturgia de la Pascua empieza con la liturgia de la Creación? ¿Qué tiene que ver que Dios creara el cielo y la tierra con que Cristo haya resucitado? Tiene que ver todo, porque no tiene un paralelo la Resurrección de Cristo más que el hecho de la Creación. En Cristo sucede una nueva Creación, se abre un nuevo mundo. El nuevo mundo donde reina la misericordia de Dios, que es nuestra única esperanza para mí, para vosotros y para el mundo entero. Lo digo en tiempos de guerra y lo digo a las puertas de tiempos que vienen muy oscuros, mucho más oscuros y no sólo por las presiones de un mundo tan inestable en el que estamos, sino porque, efectivamente, vivimos en un mundo que se derrumba. No lo reconocerán nunca la televisión, pero vivimos en un mundo que se derrumba poco a poco, porque los mundos no se derrumban de un día para otro. A veces sí. En ese mundo hay una lucecita tan frágil como la de ese cirio pascual. Tan pequeña que parece tan, tan irrelevante para las cosas grandes del mundo, como la llama pascual. Pero esa llama de ese cirio cruza los siglos, atraviesa las edades, atraviesa los imperios, que caen. Y aquella piedrecita pequeña, no hecha por manos de hombre; esa lucecita pequeña, frágil, que un soplo puede apagar, vence al mal, vence todas las miserias de la Historia; ha abrazado desde Su cruz -que por eso es la Cruz gloriosa, porque ha triunfado en la Resurrección-, a toda la humanidad, y toda la humanidad es toda la humanidad.

Señor, concédenos vivir siempre a esa luz de la Pascua. Concédenos que nuestros días sean transfigurados, transformados por esa luz; que nuestras vidas sean de nuevo recreadas por esa novedad, siempre novedad de la Pascua. Que no nos acostumbremos nunca a ella. Que siempre sea para nosotros una nueva Creación. Yo eso se lo pido al Señor para mí y, porque os quiero mucho, mucho, lo pido para todos vosotros, lo pido para todo el mundo.

Ojalá todo el mundo pudiera reconocer que hay un amor más fuerte que el pecado y que la muerte; que es un amor que no tiene ningún mal del mundo el poder de derrotar, y ese amor que es el amor de Dios (que vencerá, os lo aseguro), que vence a pesar de todas nuestras miserias, que vence ya en el mundo; a pesar de todos los pecados de los hombres, Su abrazo es más fuerte. Si no, no hubiera nacido el Hijo de Dios. ¿O es que Él no sabía que el siglo XX iba a ser un siglo de destrucciones horribles y que los frutos del siglo XX son todavía de destrucciones mayores? Claro que lo sabía. Y sabía el pecado inmenso de la división en la Iglesia. Pero Cristo ha resucitado y esta noche es una noche de alegría pura y de una alegría que no nace de nosotros y de nuestra confianza en nuestras fuerzas, sino que nace solamente de la certeza del triunfo, de Tu amor gratuito, de Tu amor inmerecido, de Tu amor infinito, amor sin límites y sin condiciones.

Ese amor es lo que yo os deseo como vuestra única riqueza, vuestra única posesión. A vosotros, para mí. Esa es la única riqueza de la Iglesia. Para todos. Ojalá todos los hombres pudieran conocerlo y ojalá quienes están cerca de nosotros pudieran conocerlo a través de nosotros.

Que así sea, Señor, concédenoslo.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

16 de abril de 2022
Vigilia Pascual
S.I. Catedral de Granada

Escuchar homilía

Sábado Santo, esperanza junto a María

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Durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su Pasión y Muerte y esperando en oración su Resurrección.

No se celebra la Eucaristía, pero se recomienda la celebración del Oficio de Lectura y Laudes.

No se puede distribuir la sagrada comunión, a no ser en caso de viático (ante peligro de muerte). No se celebra el matrimonio, ni se administran otros sacramentos, excepto la penitencia y la unión de los enfermos.

El altar queda desnudo hasta después de la solemne Vigilia pascual.

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Por otro lado, durante este día, los templos de toda la diócesis, unidos a la Iglesia entera se preparan para celebrar la Vigilia Pascual.

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Por nosotros y por nuestra salvación

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La entrega de Cristo llega a su máxima expresión en la cruz alcanzando la vida nueva para la humanidad. esto es lo que se conmemora en «Celebración de la Pasión del Señor» cargada de emoción contenida, el Viernes Santo.

El Obispo Álvarez presidió la liturgia a mediodía en la Catedral. Ese día no se celebra la eucaristía, sino los cultos propios de esa jornada, los cuales se inician, en silencio. El celebrante se postra rostro en tierra, que es un rito propio de este día. A continuación, se proclama la Palabra de Dios. La lectura de la Pasión según San Juan fue cantada por tres personas.

«Por nosotros y por nuestra salvación» fue el hilo conductor de la homilía del prelado Nivariense que invitó a reflexionar sobre lo que la Pasión y Muerte de Jesús nos enseña también en este momento. En este sentido, subrayo tres aspectos, ya que ante la cruz somos también «culpables, partícipes, y beneficiados«.

«Hoy es un día para mirar a Cristo crucificado y reflexionar que «hemos contribuido a los padecimientos Cristo con nuestros pecados personales y sociales”. En este sentido recordó el pasaje del evangelio que afirma que lo que hacemos a los demás, sobre todo a los más vulnerables, a Cristo mismo se lo hacemos. Por eso el Viernes Santo es un día para pedir perdón a Dios por el mal que hemos hecho -indicó al referirse a la primera perspectiva.

Además, es una jornada para sentirse “partícipes” de su Pasión, ya que también en este tiempo, como padeció Cristo, hay sufrimientos que envuelven la vida. «Ante la experiencia del dolor, el cristiano une sus padecimientos a los de Cristo y los ofrece con El por la salvación del mundo».

Por último, invitó a experimentarse “beneficiados”, es decir, salvados por la Pasión de Cristo.  Por eso, «la celebración del Viernes Santo, es también un canto de alabanza y gratitud a Jesucristo: “Te adoramos ¡oh Cristo! y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo”. subrayó.

Otro momento central de la celebración es la adoración de la Cruz. La misma fue portada desde el fondo del templo por el diácono para, posteriormente, comenzar la singular oración universal de esta jornada que, en esta ocasión, incluyó una intención especial por los distintos conflictos y guerras que existen y por las víctimas de las mismas.

Después de la comunión, la liturgia acabó como empezó, en silencio, recordando, además, a los cristianos de Tierra Santa.

Por otro lado, en la tarde del Viernes Santo tuvo lugar la procesión Magna y en la noche, la del «silencio», desde la Catedral hasta el templo de Santo Domingo acompañada por las distintas hermandades y cofradías.

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Los jienenses miran a la Cruz en la solemne celebración del Viernes Santo

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Cada Viernes Santo se rememora la Pasión y Muerte de Cristo. Con una Catedral de Jaén en penumbra, el Obispo, Don Sebastián Chico Martínez, ha presidido la celebración de los Santos Oficios de este Viernes Santo. Una ceremonia solemne y marcada por la sobriedad en la ornamentación del presbiterio ante la muerte del Crucificado.

Don Sebastián ha estado acompañado el Obispo emérito Don Amadeo Rodríguez Magro, por miembros del Cabildo y por los seminaristas. Al llegar al presbiterio, los dos prelados se han postrado ante el altar desnudo.

Primero, la Liturgia de la Palabra ha sido leída por miembros de la Cofradía de la Buena Muerte. Después, el relato de la Pasión y Muerte de Cristo ha sido cantado por dos seminaristas y el canónigo, D. Emilio Samaniego ha hecho las veces de Jesús.

Homilía
El Prelado ha comenzado su homilía recordando que el Viernes Santo es «Es el día de la entrega, de la donación generosa de Jesús. El centro de nuestras miradas está en la Cruz del Señor. Y en cierto modo, de la humanidad entera, porque en la Cruz murió Cristo por la salvación de todos y asumió en sí mismo todo el dolor de la humanidad a lo largo de los siglos. En ella nos da la gran lección de su entrega generosa por los demás y nos comunica su perdón y su gracia».

Asimismo, ha hecho hincapié en que en el día en el que rememoramos la pasión y muerte de Cristo, «Queremos estar junto a la Cruz, nos sentimos sobrecogidos, con el espíritu abrumado por el misterio insondable que ella contiene. Queremos dar tiempo al asombro, a la gratitud, al arrepentimiento:¡El Hijo de Dios hecho hombre, el primogénito de la humanidad, maltratado, ajusticiado en una cruz!».

Don Sebastián Chico ha querido compartir con los fieles congregados en la Seo jiennense el sentido del sufrimiento, por lo que ha afirmado, «A muchas personas les cuesta trabajo entender el sentido del sufrimiento. El dolor del mundo les crea dificultades para creer en Dios. Jesucristo resolvió estas contradicciones haciendo suyo por amor el dolor de la humanidad. Con ello ha convertido el sufrimiento propio y el sufrimiento de los demás en un instrumento de purificación y de salvación. Para los cristianos la Cruz es el signo del amor de Dios que nos salva de todos los dolores. Es el signo de que podemos llegar hasta Él por el camino del sufrimiento vencido, por el camino de la paciencia, de la generosidad, de la esperanza, del servicio a los enfermos, a los pobres y necesitados de todas clases».

Finalmente,  ha querido referirse a la Virgen María dirigiéndose al Padre,  «Señor, queremos que la Virgen fiel, que estuvo junto a la Cruz en las horas terribles del Calvario, y que Tú nos pediste que acogiéramos en nuestra casa, en nuestro corazón, interceda por nosotros para que sepamos también estar a tu lado en los momentos difíciles del sufrimiento, de la tentación, de la cobardía».

Adoración de la Cruz

El momento de mayor recogimiento ha sido el de la adoración de la Cruz. El vicerrector del Seminario y dos seminaristas han portado El Cristo de la Misericordia, una talla de Gutierre Gierero del siglo XVI, desde el coro hasta el presbiterio, mientras repetía: “Mirad al árbol de la Cruz donde estuvo postrada la salvación del mundo”. Al posar el crucificado en el altar, el Obispo se ha descalzado y postrado ante la Cruz para adorarla, a continuación  el pueblo fiel  ha hecho lo propio ante el símbolo de la salvación.

Después se ha dado la Comunión de la reserva de ayer.

Al concluir la celebración Eucarística, se ha llevado a cabo una de las tradiciones de nuestra Iglesia de Jaén. El Obispo ha subido hasta los balcones de la Catedral para bendecir a los jienneses y los campos con el Santo Rostro, desde los cuatro puntos cardinales.

Mañana la Catedral acogerla la Vigilia Pascual a las 22.30 horas, presidida también, por el Obispo.

 

Galería fotográfica: «Viernes Santo 2022»

 

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Sobriedad litúrgica en la celebración de la Pasión del Señor

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En la tarde de este Viernes Santo, la Iglesia Catedral ha acogido la conmemoración de la Pasión y muerte del Señor, una celebración solemne y de sobriedad litúrgica que ha sido presidida por nuestro obispo, Santiago Gómez Sierra, y concelebrada por el vicario general, Emilio Rodríguez, el vicario para la administración de los bienes diocesanos y relaciones institucioneales, Jaime J. Cano, junto al canónigo Longinos Abengózar, el Rector y Formador del Seminario, y el Vicario Parroquial y el Diácono Colaborador de la Merced, auxiliados en el altar por los seminaristas y en el canto por la Coral de la Santa Iglesia Catedral.

El carácter salvífico del sacrificio de Cristo, síntesis del Misterio Pascual, es el centro de las lecturas que han sido leídas, donde destaca la proclamación de la Pasión y Muerte del Señor según san Juan. En su homilía, D. Santiago ha querido fijarse en la traición de Judas Iscariote, que desata de forma inmediata el drama la pasión de Jesús y de la que ha querido sacar una enseñanza central: «el dinero es el competidor de Dios en este mundo, pues cambia el objeto a las virtudes teologales. La fe y la esperanza ya no se ponen en Dios, sino en el dinero».

De este modo, aquel que «fue elegido desde la primera hora para ser uno de los doce, Judas Iscariote, llegó a ser traidor (Lc 6, 16); no lo era, ¿pero por qué llegó a serlo? Los Evangelios hablan de un motivo: el dinero». Así se ve en los evangelios como se le había confiado la bolsa común y como «con ocasión de la unción de Betania, el evangelista Juan hace notar cómo este se queja del derroche de dinero que estaba haciendo esta mujer en perfume cuando podía darse a los pobres, sin embargo, el evangelista muestra su verdadera intención: porque era ladrón, y como tenía la bolsa cogía lo que se echaba (Cfr. Jn 12, 6). Así, su propuesta a los jefes de los sacerdotes es explícita: ¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego? Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata (Mt 26, 15)».

«La traición de Judas –ha continuado explicando– continúa en la historia y el traicionado es siempre Jesús. Detrás de muchos males de nuestra sociedad está el dinero; porque el amor al dinero es la raíz de todos los males, y algunos, arrastrados por él, se han apartado de la fe y se han acarreado muchos sufrimientos. (Cfr. 1 Tm 6, 10). ¿Qué hay detrás del comercio de la droga que destruye tantas vidas humanas, de la explotación de la prostitución y la pornografía, de la corrupción política en la administración del dinero público, de la explotación laboral de los inmigrantes? Tampoco la Iglesia está exenta de esta corrupción. Y como todos los falsos dioses, el dinero es mentiroso: promete la seguridad y, sin embargo, la quita; promete libertad y, en cambio, la destruye».

Aún así, D. Santiago ha recordado que «el mayor pecado de Judas no fue haber traicionado a Jesús, recordemos que también Pedro lo negó; su gran pecado fue no volverse a su misericordia». De este modo, el Obispo ha recordado que en el sacramento de la reconciliación podemos encontrar «una experiencia segura de la misericordia de Cristo» y ha exhortado a aprovechar estos días para acercarse a este sacramento para «experimentar sobre nosotros lo que la Iglesia dice del pecado de Adán en el Pregón pascual: ¡Oh, feliz culpa, que nos mereció tal Redentor!, culpas que se convierten en ocasión de experimentar la misericordia y la ternura del Padre».

Finalmente, D. Santiago ha invitado a orar ante la Cruz de Jesús con la misma oración que el papa Francisco recoge en su exhortación Evangelii Gaudium (n.3): Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores.

Concluida la homilía, se ha llevado a cabo la oración universal que en el día de hoy ha tenido también un formato muy solemne y en la que se ha pedido por la Iglesia y la unidad de sus miembros, por la conversión y evangelización de los no cristianos, los gobernantes de las naciones y los atribulados, subrayando de esta manera que el fruto del sacrificio del Señor es universal. 

A continuación, se ha adorado la Cruz como signo del triunfo de la donación y del amor supremo de Jesús. Para ello, un grupo de hermanos de la conocida como Hermandad de los Judíos, cuya sede canónica es la parroquia de Ntra. Sra. de La Merced, han portado en hombros la sagrada imagen del Cristo de Jerusalén y Buen Viaje al canto del diánoco: «Mirad el Árbol de la Cruz donde estuvo clavado la Salvación del mundo, ¡venid a adorarlo!» Puesto a los pies del presbiterio, los fieles se han ido acercando con un gesto de adoración y depositando su donativo en la cesta a sus pies cuya colecta va dirigida, en esta tarde de Viernes Santo, para la Custodia de los Santos Lugares y los cristianos de Tierra Santa.

El altar, totalmente desnudo en el día de hoy, se ha vestido sencillamente con el mantel blanco para la comunión, trasladado el Santísimo desde el majestuoso monumento en el que se había hecho la reserva a la conclusión del santo oficio del Jueves Santo. 

La liturgia del Viernes Santo ha concluído con una bellísima bendición sobre el pueblo en la que se ha resaltado la participación del pueblo en la celebración de la muerte del Señor y la espera de su santa Resurrección, ya que ambos acontecimientos forman de manera inseparable el Misterio Pascual. 

Más información

Horarios de las celebraciones litúrgicas de Semana Santa en la Catedral

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Viernes Santo en la S.I Catedral, en imágenes

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Viernes Santo en la S.I Catedral, en imágenes

Galería de fotografías, en el segundo día del Triduo Pascual.

El Secretariado de Medios de Comunicación Social ha preparado una galería de fotografías, para acercar la liturgia celebrada y vivida en la tarde del Viernes Santo, segundo día del Triduo Pascual, en la Santa Iglesia Catedral.

En una celebración litúrgica austera, sin Eucaristía en el día que conmemoramos la pasión y muerte del Señor en la cruz, el centro ha sido la adoración de la cruz a la espera de la Resurrección del Señor. La colecta de hoy Viernes Santo, como en toda la Iglesia Universal, es para el sostenimiento de los Santos Lugares.

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