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Lina: «Tras la pandemia, en el equipo de Cáritas Álora vimos necesario renovarnos y formarnos»

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Encarni Llamas Fortes

Encarni Llamas Fortes es esposa y madre de tres hijos. Periodista que desarrolla su labor profesional en la Delegación de Medios de Comunicación de la Diócesis de Málaga. Es Bachiller en Ciencias Religiosas por el ISCR San Pablo y está realizando el Máster de Pastoral Familiar del Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II.

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COPE Málaga conecta con el párroco de Algatocín durante «las mañanitas»

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NoticiaPodcasts diocesanos

Publicado: 19/12/2022: 13

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Entrevista

El domingo 18 de diciembre, Domingo de la Esperanza, el pueblo de Algatocín vive en día central de sus «mañanitas». Los micrófonos de COPE Málaga se acercaron hasta allí de la mano de su párroco, Juan Manuel Caracuel, quien explicó la importancia de esta fiesta. Aquí pueden escuchar el podcast.

Encarni Llamas Fortes

Encarni Llamas Fortes es esposa y madre de tres hijos. Periodista que desarrolla su labor profesional en la Delegación de Medios de Comunicación de la Diócesis de Málaga. Es Bachiller en Ciencias Religiosas por el ISCR San Pablo y está realizando el Máster de Pastoral Familiar del Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II.

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“El hermano Bonifacio generó un movimiento de caridad en Córdoba”

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El obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández, abre la causa de beatificación del Hermano Bonifacio O.H. en la capilla de San Rafael del Hospital San Juan de Dios

El obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández, ha procedido esta tarde a la Sesión de Apertura de la causa de Canonización y Beatificación del Hermano Bonifacio, O.H. con la que comienza la Investigación Jurídica Diocesana de esta causa. En el acto jurídico, se ha constituido el tribunal formado por el Obispo, su delegado, el sacerdote Carlos Morales Fernández, el promotor de justicia, el sacerdote Juan Laguna Navarro, y el notario, el sacerdote Miguel Varona Villar. Junto al postulador y al vicepostulador de la causa, que representa a  la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, se ha celebrado la Sesión de Apertura de la Investigación de la causa de beatificación y canonización del Hermano Bonifacio Bonillo OH.

A partir de esta Sesión de Apertura, comienza la recogida de las pruebas que avalen la veracidad en la existencia de la fama de vida y virtudes atribuida al siervo de Dios Hermano Bonifacio. Las pruebas comprenden los documentos, escritos, testimonios e interrogatorios a testigos. El postulador ha presentado la lista de testigos y se ha señalado el lugar donde se practicarán las pruebas, todos los lunes de 10.00 a 14.00h, en la sede del Obispado de Córdoba. La primera sesión tendrá lugar el 9 de enero.

El obispo de Córdoba ha nombrado, además, una comisión de historiadores que auxiliará al tribunal en la recogida y análisis de estos documentos. Durante la fase diocesana nunca se juzgará sobre la existencia de la fama de santidad, que competerá al Dicasterio de las Causas de los Santos en Roma; comenzará entonces la fase romana de una causa de beatificación y canonización.

El pastor de la Diócesis se ha manifestado en la solemne apertura de esta causa de Canonización y Beatificación “profundamente conmovido porque desde niño he estado vinculado a los hermanos de San Juan Dios y no  podía imaginar este momento”. Monseñor Demetrio Fernández ha continuado explicando que desde que “llegué a Córdoba escuché a personas hablar de la caridad desbordada del hermano Bonifacio, al estilo de San Juan de Dios”  y ha indicado que “es una obra de caridad provocar la caridad de los demás”.

A lo largo de su visita pastoral, ha continuado el Obispo, ha podido comprobar como la fama de santidad del hermano estaba muy extendida y en muchos puntos de la Diócesis “el hermano Bonifacio desencadenó una corriente qué generó un movimiento de caridad en Córdoba”. Monseñor Demetrio Fernández ha destacado que “El hno. Bonifacio será un estímulo vivo para muchos cordobeses que se sentirán movidos a la caridad cristiana y promoverá vocaciones a la orden hospitalaria de San Juan de Dios, porque la caridad ha rejuvenecido continuamente a la Iglesia”.

El postulador general de la Orden de San Juan de Dios, Darío Vermi, ha afirmado en el acto de apertura que “la obra de Dios se manifestó en obras sencillas” del hermano Bonifacio y confirmó “nuestro deseo de honrar a nuestro hermano, a partir de ahora los testigos serán los que hablen de él para confirmar sus virtudes heroicas y entregarla a la Iglesia para que  reconozca su vida de santidad”.

El acto de constitución del tribunal ha terminado con la oración privada de intercesión al siervo de Dios Bonifacio Bonillo, previamente el Obispo ha pedido a todos los que “trabajáis en esta casa, pidáis un milagro por intercesión del hermano Bonifacio porque los milagros siguen sucediendo hoy, y si no suceden más es por la falta de fe “.

La huella del Hermano Bonifacio

El hermano Bonifacio Bonillo nació en Cañaveruelas (Cuenca), el 14 de mayo de 1899. Inició su camino en la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios en 1924, año en que ingresó como aspirante en el Sanatorio Psiquiátrico de Ciempozuelos. Dos años después emitió sus votos temporales y el 3 de junio de 1929 hizo la profesión solemne en la iglesia del Asilo San José de Carabanchel Alto (Madrid).

El 5 de mayo de 1935 fue destinado al Hogar y Clínica San Rafael de Córdoba (actual Hospital San Juan de Dios) con la tarea que desempeñó hasta su fallecimiento: ejercer de limosnero para sostener la atención y acogida de niños con polio y otras enfermedades óseas.

Esta labor, que realizó durante 43 años, lo convirtió en un personaje cercano y muy querido entre los cordobeses. El 10 de diciembre de 1972 le fue concedida la Gran Cruz de Beneficiencia. Falleció el 11 de septiembre de 1978 en Córdoba y sus restos fueron trasladados en 1999 a la Capilla del Hospital San Juan de Dios de esta ciudad, donde descansan en la actualidad.

Su labor sigue viva en el Hospital cordobés, donde continúa su misión solidaria a través de la Obra Social que lleva su nombre y que atiende cada mes a unas 500 familias en situación de vulnerabilidad.

El hermano José Ramón Pérez Acosta, O.H. es el vicepostulador de la causa de Beatificación y Canonización del Hermano Bonifacio. El comienzo de esta causa le permitirá hacer el retrato de un ser irrepetible, creador de una gran obra para atender a los niños más necesitados de la Córdoba de mediados del siglo pasado, cuando la pobreza y la enfermedad privaba a muchas familias de lo esencial. “Fue siempre un Hermano grande en humildad, alegre en su sentido de la responsabilidad y atento a destacar su opción por los pobres y su incondicional entrega a los más necesitados, sobre todo a los niños y a los más necesitados”, destaca al referirse a la personalidad del religioso, al que califica como “un hospitalario de profunda humildad y sencillez, capaz de llegar directamente al corazón de la persona”. Un rasgo distintivo en el que coincide el Hermano Amador Fernández, Superior Provincial de la Orden de San Juan de Dios España, quien asegura que el Hermano Bonifacio vivió su consagración como Hermano de San Juan de Dios desde la humildad y disponibilidad. “Lo recordamos sobre todo por la sencillez de su vida, totalmente orientada a Dios y al servicio de los Hermanos, siguiendo el ejemplo de nuestro Fundador. Para los Hermanos y Colaboradores de la Orden es sobre todo un testimonio vivo de hospitalidad misericordiosa”, ha asegurado.

También el periodista y escritor Francisco Solano Márquez tuvo la oportunidad de conocer al religioso, e incluso, de entrevistarlo. “El hermano Bonifacio era una persona cercana y afable,  tenía un aspecto parecido al del Papa Juan XXIII y alguna gente se lo decía por la calle. Era un hombre sencillo”, ha expresado recordando el día a día de este religioso que comenzaba la jornada recorriendo lugares como el Círculo Mercantil de la ciudad para pedirles a labradores y terratenientes trigo o garbanzos, o en los pueblos visitando fincas o terrenos donde poder conseguir donativos para mantener su hogar y clínica de “San Rafael”, un lugar en el que acogía a 60 o 70 niños, muchos de ellos discapacitados  a causa de la poliomielitis, y otros muchos tratados de manera ambulatoria.

Para la Orden Hospitalaria, el inicio de esta causa de beatificación es motivo “para animarnos a continuar la obra de San Juan de Dios, sobre todo, en Córdoba, una ciudad que está en el corazón de la Orden Hospitalaria por los vínculos que tenemos. Su santidad de vida es hoy una provocación a la esperanza”, afirma el vicepostulador de la Causa, José Ramón Pérez Acosta, O.H.

Por su parte, el Hermano Amador Fernández ha subrayado que la Orden Hospitalaria se siente feliz ante el inicio de la causa de beatificación del Hno. Bonifacio, ya que supone el primer paso hacia un reconocimiento de la santidad de un Hermano recordado por la Familia de San Juan de Dios y por muchas personas que lo conocieron “como un verdadero testigo del amor misericordioso de Dios hacia las personas más desfavorecidas”.
























































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El obispo visita el Llano de los Olleres para honrar a D. Domingo Fernández Navarrete

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La mañana del sábado, con motivo del V aniversario de la dedicación de la Iglesia Parroquial y Votiva de Nuestra Señora del Carmen, el Prelado almeriense celebró una Misa solemne y rindió un cálido homenaje a este querido sacerdote albojense recientemente jubilado.

Un solemne aniversario

Hace cinco años, el 17 de diciembre de 2017, fue dedicada y consagrada la Iglesia Parroquial y Votiva de Nuestra Señora del Carmen de la aldea albojense del Llano de los Olleres. Este templo, cuyos orígenes se remontan a un voto formulado por los aldeanos durante la epidemia de cólera de 1860, fue intensamente reformado y ornamentado con el tesón de sus feligreses. Un año después, en 2018, se erigió canónicamente la Mayordomía de Nuestra Señora del Carmen y, desde entonces, sus mayordomos continúan velando por el cuidadoso embellecimiento y el culto de este hermoso enclave mariano.

Aprovechando esta efeméride y con el objetivo de rendir un homenaje al sacerdote don Domingo Fernández Navarrete, natural de esta aldea y jubilado hace unos meses, se recibió la visita del Obispo don Antonio Gómez Cantero. Recibido con flores y con el cariño de los buenos aldeanos; presidió la solemne celebración de la Misa que, además del homenajeado, concelebraron el párroco, don Antonio Jesús María Saldaña Martínez y el párroco de Santa María, don Antonio José Romero Villegas. El Coro, dirigido por doña Julia Pardo Granados, interpretó las tradicionales melodías de las “Misas de Gozo” con coplas compuestas especialmente para la ocasión.

«Me siento como en casa»

Durante la entrañable homilía, que escuchó una amplia representación de las Cofradías y autoridades albojenses, el Obispo confesó feliz: «Me siento como en casa». Recordando su experiencia de la vida rural en Palencia, cantó la belleza de la vida de los pueblos y alabó el buen gusto de los vecinos a la hora de decorar tan primorosamente su templo. Pero, sobre todo, incidió en la misión de hacer comunidad en esta etapa sinodal de la vida de la Iglesia. Con gran ternura, glosó detalladamente el ministerio pastoral de don Domingo y pidió que su maravilloso ejemplo continúe suscitando vocaciones sacerdotales como hasta ahora.

Después, bendijo los nuevos retablos del Santísimo Cristo de la Salud y las Benditas Ánimas del Purgatorio. Ambos han sido realizados en los talleres lorquinos de don Juan Larios y han sido regalados por el propio don Domingo. También se bendijo la impresionante nueva cancela, con sus vidrieras de motivos marianos y su lámpara granadina.

«Intentaré volver para celebrar san Antonio»

El momento más emotivo se vivió en la acción de gracias que, entrecortada por las lágrimas, pronunció la Mayordoma Mayor doña Juana García Carmona. Haciendo memoria de todas las vivencias de estos últimos años, repartió diversos regalos y una especial distinción al joven artista don German Pardo Oller que había diseñado el original cartel de la convocatoria.

Especialmente gracioso fue cuando, tras verse obligado el Obispo a rechazar las fechas que le proponía para regresar a esta aldea; lo emplazó a festejar su onomástica en el Llano de los Olleres el mismo día de san Antonio de Padua.

Finalmente, en la Casa Mayordomía, se celebró una fraternal comida campestre de la que todos participaron y en la que no faltó la característica cuerva propia del laborioso campo albojense.

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21 DE DICIEMBRE: La luz de Belén llega a la catedral de la mano de los Scouts Católicos

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Todos los años por estas fechas, los Scouts Católicos de Almería, celebran en las parroquias donde nuestros grupos Scouts tienen sus sedes, un acto muy entrañable con motivo de la Navidad y la llegada a Almería de la Luz de la Paz de Belén. En Belén, en el lugar donde nació Jesús, permanece encendida una vela que nos recuerda que vino al mundo para ser luz entre nosotros. Esta luz viene viajando por todo el mundo desde Belén, distribuida por todos los Scouts Católicos del mundo. La Luz de la Paz de Belén es entregada como mensaje de Paz en las distintas diócesis de los Grupos Scouts , donde en una celebración eucarística es repartida a las distintas parroquias, grupos parroquiales, cofradías, residencias de ancianos, enfermos, pobres y desfavorecidos de la sociedad.

El movimiento Scout Católico participa en este proyecto desde el año 1999, con el propósito de llevar la Luz de la Paz y el mensaje de la Navidad a todas las personas que nos sea posible. Nuestro objetivo es animar a todos los Scouts como miembros de un movimiento internacional a ser trabajadores activos en el trabajo por la Paz.

Con este motivo, la Asociación de Scouts Católicos de Almería, os invita a que participéis con nosotros en la celebración eucarística que se celebrará el próximo 21 de diciembre de 2022, en la Catedral de Almería, a las 19:30 horas, para que recojáis la Luz de la Paz de Belén y la podáis distribuir por todos los hogares de Almería, preparando así el nacimiento de Jesús.

Si como grupo decidís acompañarnos ese día, por favor os pedimos que traigáis con vosotros portavelas y velas para poder recoger la luz. Hacerlo saber a cada miembro de vuestro grupo que lleven su vela y portavelas. “Que el amor y la luz de la Paz llenen nuestras vidas y cambie nuestro mundo. ” Para más información: https://scouts.es/pastoral-scout/la-luz-de-la-paz-de-belen/#1637241231157 -3376a147 -54bf

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Nueva hermandad de penitencia en Fuentes de Andalucía

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Nueva hermandad de penitencia en Fuentes de Andalucía

El Arzobispo de Sevilla, monseñor José Ángel Saiz, ha firmado el decreto de erección de una nueva hermandad de penitencia en la localidad de Fuentes de Andalucía.

La nueva corporación del Santísimo Cristo de la Paz en su gloriosa y triunfal entrada en Jerusalén, Nuestra Señora de la Esperanza y san Juan Evangelista hace estación de penitencia el Domingo de Ramos. Su director espiritual es el sacerdote José Antonio Rivera.

La hermandad cuenta con 350 hermanos y tiene como propuesta pastoral la atención y el acompañamiento a jóvenes. Este domingo 18 de diciembre, festividad de la Virgen de la Esperanza y fiesta de la Expectación al parto de la Virgen, recibieron de manos del delegado diocesano de Hermandades y Cofradías, el decreto de erección canónica de la hermandad.

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Encuentro de Familias Solidarias” en la parroquia de San Pio X del Zapillo

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En la Parroquia San Pio X de Almería y tras la celebración de la Eucaristía dominical del cuarto domingo de Adviento, se ha llevado a cabo la realización del I Encuentro de Familias Solidarias entre todas las familias del barrio del Zapillo de nuestra capital. En este acto y con la colaboración de Cáritas parroquial y de la Cofradía del Gran Poder, se ha procedido a la recogida de alimentos no perecederos y juguetes no bélicos que ayudarán a las familias más desfavorecidas de nuestro barrio.

El acto ha consistido en convocar a este evento a todas las familias de la comunidad parroquial a través de las niñas y niños que asisten a las catequesis pre-comunión y post-comunión, los cuales han cantado unos villancicos tradicionales, acompañados con la música de dos guitarras. Además, una academia de baile del barrio también ha querido colaborar llevando un grupo de niñas que han bailado un villancico flamenco.

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“Días de fraternidad, de la fraternidad nueva que nos trae Jesús”

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Homilía del arzobispo coadjutor en la Eucaristía del IV Domingo de Adviento, el 18 de diciembre de 2022, en la S.I Catedral.

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes;
querido diácono;
queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Estamos ya en el cuarto domingo de Adviento. A lo largo de estos domingos, la Palabra de Dios nos ha ido dando el tono, para que, realmente, sepamos prepararnos para vivir las fiestas que se acercan. El domingo pasado, domingo de la alegría, se nos invitaba a prepararnos, precisamente, con gozo, para esas fiestas que se llaman de alegría, de gozo, y Le pedíamos al Señor vivir la alegría como don de Dios. La alegría de tener al Señor cerca. A lo largo de estos domingos, hemos escuchado la voz de los profetas, especialmente del Libro de Isaías, que nos ha ido trayendo el eco de la esperanza de todo un pueblo –el pueblo de Israel- esperando el Mesías, el “Deseado de las Naciones”, el Mesías, el Salvador. Y hemos venido también, recogiendo esa fe que nos ha proclamado Juan el Bautista al decirnos que el Señor está próximo, que enderecemos nuestros caminos, que nos convirtamos, en definitiva, que preparemos al Señor un pueblo bien dispuesto, en nuestro caso, nuestro corazón. Juan el Bautista, el que Jesús dice que es el mayor de los nacidos de mujer; Juan el Bautista, que se pone al servicio de la misión, para la que el Señor le ha enviado: preparar los caminos ya próximos de Jesús, el Mesías Salvador.

Hoy llegamos al cuarto domingo de Adviento. Y nos trae dos figuras también, esenciales para vivir este tiempo. Y nos toma como oración, que dirige todas nuestras intenciones en este domingo, que es la oración que rezamos cuando oramos con el Ángelus. Le pedimos al Señor que “aquellos que hemos conocido por el anuncio del Ángel, la Encarnación de Jesucristo, por los méritos de su Pasión y Cruz, lleguemos a la Gloria de la Resurrección”, a la Encarnación. Ese es el gran Misterio de la Navidad. Y nosotros necesitamos quitar toda esa hojarasca, todo lo que nos ha camuflado la Navidad, con mucho sentimentalismo; si queréis con mucho costumbrismo. Pero será el Evangelio que hemos escuchado el que nos descubra el verdadero sentido, cuando se le desvela a aquel hombre justo que tiene por esposa el Misterio que alberga su mujer. En sus purísimas entrañas y por obra del Espíritu Santo, está, nada más y nada menos, que el Mesías esperado, el Redentor del mundo; Tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de los pecados. Y José, el hombre justo, hace lo que Dios le pide. Pero vemos también el Misterio de María, inserto, a lo largo de todo el Adviento, como está a lo largo de todo el Misterio cristiano; y el Misterio de María es hacer la Voluntad de Dios, hacer lo que Dios le pide. Ojalá nosotros también de cara a estas fiestas nos tomemos de la mano con María y con José, para que junto con ellos en el Misterio del Belén de nuestras casas contemplemos a Jesús en la pobreza, en la pequeñez, en la cátedra de Belén, quien es la Palabra Eterna y la Sabiduría de Dios. Y aprendamos la lección nosotros también, recuperando sencillez de que Dios se ha hecho hombre. Que Dios nos enseña el camino del Evangelio, el camino de Su doctrina, el camino de Su vida, para que Le sigamos. Que Dios se nos ha puesto tan cercano que se nos ha hecho imitable. Pidamos a María y a José con qué sentimientos vivirían ellos estos días por la proximidad del Nacimiento del Hijo de Dios.

Nosotros tenemos que tener sus sentimientos. Porque es la mejor manera de adentrarnos en el Misterio de la Navidad. Tomemos y aprendamos de estas dos figuras. De María, el hacer lo que Dios nos pide. El acoger con fe el Misterio de Dios. De ponernos a su servicio. De contemplar al Hijo de Dios en la pequeñez de un niño, para que nosotros aprendamos que la sencillez es el camino obligado para agradar a Dios y a los demás. Que la sencillez es el camino por el que el Señor nos escucha y nos atiende. Que la sencillez nos atrae en favor de Dios. Que aprendamos de María esa fe en medio de las dificultades para hacernos fuertes ante las contrariedades, sabiendo que Dios no nos deja, que Dios siempre está a nuestro lado, aunque parezca, nos parezca, que llega tarde, pero Dios llega en el momento oportuno. Esa fe, que es una fe sencilla y no llamativa; que es una fe como las de tantos ejemplos en el Evangelio de la mujer hemorroísa, que se acerca a Jesús y con sólo piensa tocarle el manto queda curada; con la fe de Jairo, que va a pedir la curación de su hija y cuando ella le dice que no moleste al maestro que ha muerto, sigue creyendo: “Creo, Señor, pero ayuda mi incredulidad”. O la fe del centurión, un hombre hecho al mando y que reconoce en Jesús el poder, esa fe de quien confía en Dios por encima de todo y que no nos va a dejar. Esa fe en que nos lleve a ver, en el Misterio de la pequeñez de Dios hecho hombre, la Salvación del mundo.

Ése es el camino que ha escogido Dios. No el camino del poder, no el camino de la fuerza, no el camino de la imposición, no el camino de la violencia. Cuando Jesús se presenta ante Pilato inerme, Pilato le pregunta: “¿Tú eres rey?”. “Tú lo has dicho, yo soy Rey. Para esto he venido al mundo. Todo el que es de la Verdad escucha mi voz”. Y Jesús se presenta en la humildad de la pobreza de su condición humana. Jesús no se presenta con poderío.

Que aprendamos de María todos esos rasgos de una fe fecunda, de una fe que acoge al Verbo en sus entrañas y mete a Dios en su vida y nos lo da. Que aprendamos de José, una fe laboriosa, una fe que sabe echarse a un lado, una fe del hombre justo, una fe que sabe cumplir en medio de las circunstancias del trabajo ordinario, de la vida de familia, de la vida sencilla de Nazaret: la confianza en el Señor. De ese Señor que se ha metido en sus vidas; que ha cambiado tantas cosas en ese hogar que él soñaría con María y que se ha convertido, los ha convertido Dios en modelo de toda familia humana, de toda familia cristiana. Esa fe que es acogida, en definitiva, del Misterio de Dios.

Pues, eso es lo que necesitamos para estas fiestas. Recuperar la fe, recuperar el sentido cristiano, recuperar nuestros ojos, la mirada limpia de la sencillez de los niños, pero, al mismo tiempo, de la fe profunda de quienes nos han antecedido, de nuestros mayores, de quienes establecieron esas costumbres tan arraigadas y que, por desgracia, el secularismo quiere ir borrando de nuestras manifestaciones públicas.

Vivamos esta fiesta con un verdadero sentido cristiano, porque sólo así sacaremos realmente el sentido de lo que es vivir estos días que se acercan. Y sentiremos la alegría precisamente de tener al Señor cerca. Qué buena disposición para estos días: prepararnos con la conversión, con un verdadero acto de penitencia, acudiendo al Sacramento de la Penitencia, para que el Señor nos perdone nuestros pecados, para que nosotros también tengamos un corazón dispuesto, que a pesar de la pobreza de nuestro pobre Belén, de nuestra pobre cueva, de nuestro pobre pesebre, podamos acoger la grandeza de Dios que se ha humillado y según se ha hecho humilde, se ha hecho uno de nosotros.

Que estos días, queridos hermanos, sean días de fraternidad, de la fraternidad nueva que nos trae Jesús, y ver en el otro el rostro de Dios también, especialmente quien es más pequeño, en quien es más pobre, quien es más necesitado, en quien está enfermo. Belén nos enseña otra manera de decir las cosas, nos enseña a mirar de otra manera la vida: con los ojos de Dios. Y al fin y al cabo, ¿qué es sino la fe? Mirar la vida, mirarnos a nosotros, mirar a Dios, mirar a los demás con los ojos mismos de Dios. Cuando no tenemos fe, cuando nuestra fe se debilita, entran los intereses humanos, la visión humana de las cosas, el pesimismo, el medir las fuerzas, el pensar sólo en los medios del tener. En cambio, cuando hay fe nos crecemos, pero no porque seamos más fuertes por nosotros mismos, sino porque nuestra fortaleza nos la da Dios. Nuestra fortaleza es prestada.

Que estas fiestas de la Navidad que ya nos preparan María y José, y ellos nos llevan de la mano, nos ayuden a vivir con una profundidad más cristiana nuestra existencia. Que la esperanza, junto con la fe y la caridad; que la esperanza en este día en que el pueblo cristiano tradicionalmente se dirige a la Virgen como Virgen de la Esperanza, que Ella sea para nosotros “vida, dulzura y esperanza nuestra”.

Que nos acerquemos al Misterio de Belén con la fe de los profetas, con la fe que proclama Juan el Bautista y con la fe de José, sencillo, humilde, laboriosa; con la fe de María, la Madre de Dios, la que precisamente es declarada bienaventurada, porque ha creído que se le ha dicho de parte del Señor.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo coadjutor

18 de diciembre de 2023
S.I Catedral de Granada

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Inauguración del Belén Convento de San Diego en Alhama y la Operación carretilla 2022 en Iglesia Noticia

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Inauguración del Belén Convento de San Diego en Alhama y la Operación carretilla 2022 en Iglesia Noticia

Podcast del programa emitido en COPE Granada y COPE Motril el 18 de diciembre, a las 09:45 horas.

En este nuevo programa de “Iglesia Noticia” les hablamos del Belén bíblico monumental Convento de San Diego en Alhama, uno de los más grandes de España, que podrá visitarse hasta el 15 de enero en la calle Cruz nº3 en horario de 17 a 20 horas todos los días.

Asimismo les informamos del pasacalles de recogida de juguetes, alimentos y donaciones de la Operación carretilla 2022 organizada por la Cofradía de la Humildad y las demás hermandades del Realejo.

También les contamos la campaña de calendarios de Adviento y mercadillo solidario que el Colegio Nuestra Señora de los Remedios en Vegas del Genil está llevando a cabo para la escolarización de 400 alumnos en Togo.

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PREGÓN DE NAVIDAD DE NUESTRO OBISPO D. ANTONIO

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“La vida es como montar un belén primero lo que la sustenta y después los pequeños detalles”.

Autoridades, Hermandades, Asociación Almeriense de los Amigos del Belén, Guardia de Dios, Hermanos Sacerdotes… Buenas Noches.

La verdad es que me gusta montar el belén (en el sentido estricto de la palabra) y mis recuerdos se pierden en mi primera infancia. Hoy, que la asociación almeriense de los amigos del belén me pide que haga el decimotercer Pregón de Navidad, no puedo por menos de mostrar el sentido de la Navidad a través del diseño y montaje de un nacimiento.

Es fácil dejarse llevar por la imaginación a la niñez, a las historias antiguas que vivimos y escuchamos de nuestros mayores. Eran navidades que se preparaban, dentro de la austeridad de aquellas vidas, con tanta ilusión y regocijo que se esperaban como un nuevo resurgir en medio del duro invierno, y me refiero a los de Castilla.

Nuestras casas olían a horno de pan, donde, desde una sencilla lumbre de carbón o leña, se hacían rosquillas y magdalenas para celebrar las Santas Fiestas. Esos días se juntaban las casas contiguas, se mataba el mejor pollo o conejo del corral (entonces todos eran de corral), y teníamos en cuenta a los vecinos que vivían con más dificultades que nosotros, ¡eran pobres, pero con dignidad!

A nuestros mayores, los camellos de los Reyes Magos les traían una naranja o un puñado de castañas. A nosotros, un juego de mesa, y si había suerte los Juegos Reunidos Geyper o la Caja de Magia Borrás. También lápices de colores “Alpino” y ropa interior, siempre ropa. En algunas casas sé que las muñecas volvían de año en año, transformadas con nuevos vestidos y abalorios para no ser identificadas y pasar desapercibidas en su segunda llegada, para una hermana más pequeña, y sobre el mes de marzo se volvían a perder. Las panderetas y las castañuelas salían de los baúles y los abuelos trasmitían a sus nietos villancicos populares para adorar al Niño Dios: “Madre, a la puerta hay un niño más hermoso que el sol bello y dice que tiene frio, pues el pobre anda en cueros…” me cantaba mi tía María, que a su vez lo había aprendido de su abuelita. Y yo me conmovía. Así fuimos creciendo y así nos fueron educando en la fe.

Antes, cuando decorábamos nuestras casas en Navidad, no había más que los nacimientos, con aquellas figurillas de barro y las ovejas con las patas de alambre, si es que les quedaba alguna.

En el corazón, muchas veces, se me anida la nostalgia. No la del dolor y el deseo, sino otra, que no sabría con qué palabra designar. Se acurruca, como lo hacía Chispas, el gato de mi casa, y ronronea en ese espacio que le dejo entre mi cuerpo y el reposabrazos mullido del sofá. Mi nostalgia está llena de bondad, de personas queridas y de recuerdos, de esos que construyen la vida, y uno se goza en la contemplación sosegada de la memoria. La nostalgia que yo digo no duele, reposa y recrea, y las antiguas imágenes reaparecen de nuevo dejando reavivar el fuego del recuerdo de las cosas buenas vividas con sencillez y pobreza de espíritu. Y no vienen solas, las acompañan siempre los sentimientos, aquellos que hacen que el corazón cambie de ritmo y entre en una quietud de bienestar y gozo. Y si todo esto lo pudieras compartir con otra persona, en una equilibrada charla en torno a una mesa y a una bebida caliente entre las manos, sería un sublime momento.

La Navidad no es un cuento, ya tiene este tiempo demasiados tópicos típicos para enzarzarme en uno de ellos. Lo único que intento es recrear la vida desde lo que he vivido, desde el andamiaje que me hace ser lo que creo ser. Quiero construir una parábola, es decir, el esfuerzo de poner en paralelo las cosas sencillas de la vida, que es lo que realmente le dan sustento y encontrar su esencia. Lo hago en honor a todos los belenistas, y a sus familias que aguantan el ajetreo de lo que significa montar un belén (es casi como una batalla incruenta que desbarata toda la casa). No recuerdo la edad que tenía cuando monté el primero, quizás 6 años. Este relato lo comencé a escribir hace unos años, cuando me pidieron un artículo para una revista sobre la Navidad y encontré el belén del que voy a hablar. El belén de mi infancia, con figuras heredades alguna supera el centenar de años, lo monté por última vez en una vitrina del Museo Diocesano de Teruel, allí al menos lo seguirán viendo los visitantes todos los días del año.

En vísperas de la pandemia, cuando ni sospechábamos lo que nos esperaba, por la festividad de Todos los Santos, volví a casa, a mi pequeña ciudad, Carrión de los Condes, que ya ni roza los dos mil habitantes, perdida en su sublime historia y en lo que antaño fue, pero que ahora comienza a naufragar en ese mar que llamamos España vaciada. Después de recorrer casi quinientos kilómetros, llegué cansado y me encontré con las calles solitarias y empapadas en una bruma húmeda y melancólica. La imagen exterior nos hace olvidar la vida real, pero aún están ahí las personas que avivan las luces y el fuego de sus casas encendido, las iglesias abiertas, algunos comercios y bares, incluso dos monasterios que luchan por mantenerse vivos y activos, aunque sean de vida contemplativa. Uno de ellos, el de Santa Clara tiene un museo con más de 2000 misterios, (no podía ser de otra manera, pues san Francisco inventó el belén).  En nuestros pueblos pequeños no debemos de fijarnos tanto en los números, sino en la vitalidad de las personas que los habitan.

Abrí la puerta de mi casa, y se me presentó fría y vacía, como tantas y tantas de mis vecinos, que solo se abren en verano para soportar el bullicio de unas fiestas más propicias a los tiempos que corren que al origen religioso de las que deben su nombre. Sabía que lo primero era buscar en el desván el nacimiento de figuras de barro de mi primera infancia, allá a los comienzos de los sesenta del siglo pasado. Chirrió la vieja puerta que me conduce a unas empinadas escaleras de madera, ya carcomidas por el paso del tiempo. El desván es el almacén de todo lo que sobra a lo largo de una vida, porque el uso o las modas lo desecharon en su momento. Sabía que tenía que estar ahí, entre sillas rotas, una cómoda y cajas de cartón cubiertas por el polvo del tiempo, algunas con libros que no volveré a leer.

En una lata de dulce de membrillo de Puente Genil, que en su tapa representaba los apóstoles de la famosa Última Cena de Leonardo da Vinci, dormían las figurillas de barro arropadas en aquellos recortes de papel de periódico de provincias de la época, donde se anunciaba la venta de ganado: “Vendo una oveja abocada a parir, razón…”. Estaban casi todas las que recordaba, y el precio a lápiz, en las bases de barro que las sustentan: 1 peseta con 30 céntimos. Sin querer abrí los ojos con esa sensación de la mañana de Reyes, cuando era aún un niño, y volví a revivir el bazar El Rayo, al lado de mi casa y a Isabelita, la dueña, que me dejaba entrar en la trastienda a ver todas las figuras encima de un viejo aparador, al que casi no llegaba, y me aupaba de puntillas. Mis ojos, al ras del horizonte, contemplaba una gran multitud de personajes de barro, que representaban, tal cual, la vida de mi pueblo, y se dirigían en filas hacia mí, como los guerreros de Xian. Un día cerró el bazar e ingresó en el Monasterio de Santa Clara, pasando a ser sor María Paloma de la Santísima Trinidad, así son ellas poniendo nombres, y allí entregó al Señor sus días. En una caja de cartón, al lado de la de dulce de membrillo, guardaba el portal, las casitas de corcho, una palmera de latón recortado y unos arbolitos que había construido con unas ramas y unos cuantos líquenes, ya totalmente ajados y descoloridos.

El día de la Inmaculada, como cuando era niño, me he puesto a montar mi viejo belén. Antes había una antigua tradición en que los pequeños de cada familia, el 8 de diciembre, después de Misa Mayor, poníamos el nacimiento en nuestras casas, que manteníamos hasta la tarde del 2 de febrero, el día de la Presentación de Jesús en el Templo, las candelas, decíamos. ¡Ah! eso sí, podía estar todo construido, pero el Niño Jesús no se colocaba en su cunita de pajas hasta el 24 de diciembre, cuando volvíamos de la Misa del Gallo, y cantábamos villancicos, y ronchábamos, por primera vez, un trozo de turrón duro, las peladillas y algún que otro mazapán, con un poco de sidra, que se nos subían las burbujas a la nariz y nos daba la risa. Todo esto era la felicidad.

Ahora he comprado papel de roca para formar las montañas. Antes guardábamos una vieja manta mulera, de un marrón manoseado, o sábanas de algodón, ya casi trasparentes por el uso, que sobre cajas vacías de zapatos y una banqueta vieja, daba forma, y después cubría de harina, por eso de la nieve. La calle de mi casa, la rúa de peregrinos, del Camino de Santiago, entonces bullía de vida: frente a mi casa la farmacia, la pastelería, la pescadería, el sastre, la chocolatería y la droguería… todas colindantes y detrás de los mostradores siempre una mujer. En mi acera hacia la izquierda, se encontraba la carnicería, una alpargatería, una zapatería y una tienda de telas.

Mientras arrugo el papel, pienso que el paisaje nos conforma. No es lo mismo criarse en la montaña que en la llanura, en el interior o en la orilla del mar, en un clima frío que, en otro cálido, en una ciudad que en una pequeña aldea. Las psicologías, las miradas, los sentimientos… se doblegan y se amoldan de alguna manera a las abruptas rocas o a los suaves senderos que recorren y dan forma a nuestra geografía personal.  A Jesús, también Nazaret, con sus pequeñas viviendas cueva, le debió de educar, como las orillas del lago de Galilea y sus pueblos, las colinas que lo rodean, las cárcavas que bajan a Jericó, las murallas de Jerusalén, el huerto de olivos, el río Jordán, la viña.

Nosotros en realidad, cuando montamos el belén, mimetizamos nuestros pueblos, en toda su ruralidad, y a sus gentes, aquellas del primer pesebre franciscano, allá en el año 1223 (haremos 800 años de belenes el próximo año). Aquellos aldeanos, como nuestras figuras de barro que, con sus antorchas y sus cestas, con la leña al hombro, o llevando una gallina en la mano, o seguidos de un par de ovejas, eran los habitantes de Greccio y alrededores, que se dirigían a la gruta que montó san Francisco, para adorar al niño. Se sabe que la primera empresa que fabricaba figuritas del belén se fundó en Paris en el año 1465. Y ya ha llovido mucho. Luego fuimos añadiendo otros pasajes del evangelio, fruto de las representaciones teatrales de la Navidad en las iglesias: la anunciación a los pastores, la llegada de los sabios de oriente, la matanza de los inocentes, el sueño de José… además, de otros personajes de los oficios de la vida cotidiana. Allí estamos todos, camino del pesebre. Qué bien lo han sabido representar en el belén los alumnos y profesores del colegio Virgen de la Chanca, llamado popularmente la Calamina, que visité y gocé ayer y hoy le ha sido otorgado el primer premio del ayuntamiento. San Francisco lo aprobaría. Está el barrio de la Chanca y Pescadería, con sus parroquias, la alcazaba y el puerto… y todos los oficios y el deambular de las gentes por las calles empinadas. Mi enhorabuena a ese hermoso trabajo hecho entre todos.

El paisaje de nuestros belenes infantiles tiene dos polos: la montaña y la llanura. En la montaña colocaba el castillo de Herodes y a sus pies, no podía ser de otra manera, las casitas de corcho que conforman el pueblo, en declive hasta la llanura. En el llano los caminos, el puente, los diversos oficios… la vida diaria, la rutina, que hace ruta, y se dirige hasta el otro extremo, al final del camino, al portal de Belén. Un dulce río de plata, de envoltura de tableta de chocolates, atraviesa el paisaje de un lado a otro. Mi portal de belén es un castillo en ruinas, todo de corcho, tiene muchas décadas, casi cien años, me lo regaló mi abuelita, además de tres figurillas: una mujer de largos faldones de lunares, acompañada de una niña vestida de verde y también un pequeño adorador, que tiene los brazos y las manos de plomo, colocadas hacia adelante como si ofreciera una oveja. Ese establo es pura teología. Cada vez que lo miro veo como el niño Dios nace entre las ruinas de todas nuestras torres de Babel, de nuestras bien programadas grandezas, que no nos han llevado más que a la destrucción y a la desolación. La simplicidad del pesebre, allí donde abrevan y comen los animales domésticos, nos hace grandes. ¡Vaya comienzo, para hablar de la salvación de Dios!

Desenvuelvo el primer papel. Bien enrollados aparecen, como en un baile sobre sí mismos, Herodes y un soldado, con su escudo y con su lanza, tenía dos soldados, pero el otro se habrá perdido en cualquier batalla. Recordaba muy bien aquella figura: aparece el Tetrarca con corona dieciochesca y sentado en un trono, que cuando era niño me enfadaba mucho, porque me parecía que se igualaba al del Sagrado Corazón de Jesús, entronizado en casa de mis abuelos. Y perdón por la comparación, pero esa era la cruda realidad. Con el tiempo descubrí que él era el que estaba bien emplazado y no precisamente el buen Jesús, vestido de emperador como si de un rey todopoderoso más se tratara. A veces, qué daño nos hace dejarnos llevar, incluso en la expresión artística, por las modas imperantes de este mundo y que poco hemos tenido en cuenta la verdad desnuda del Evangelio. ¿Por qué, -si su reino no era de este mundo-, nos empeñamos en vestirle y decorarle con la parafernalia y el boato de un monarca absolutista? Aún no hemos aprendido a expresar la grandeza en el sentido evangélico de la palabra. O quizá es que no comprendemos lo que es la verdadera grandeza y nos acomodamos a las imposiciones que no tienen que ver con las razones del corazón, que son las del amor. Nos perdemos en los sentimientos y la estética mata la ética.

Desde la altura de papel, mi Herodes está pensando, mientras apoya la cabeza sobre la mano derecha y mira hacia abajo. Los poderosos, los soberbios, siempre te miran desde arriba, solo los niños, los necesitados, miran desde abajo. El que es madre o padre, el que es buen pastor, se agacha y se pone a tu altura, o te alza y te pone a la suya, te mira a los ojos, te atrae con lazos humanos y te come a besos, que dice el profeta Oseas hablando de la ternura de Dios. Esto no iba con Herodes. El pobre, el sencillo, no necesita de un soldado guardaespaldas, pues no tiene nada que guardar, ni nadie de quien protegerse. Todo es un mundo abierto para él. El viejo castillo medieval de cartón duro ya no sé dónde puede estar. Ahora, para darle solemnidad, le he armado una fortaleza que le respalde, aunque todo sea parte de una tramoya efímera. Como tantas cosas en la vida misma.

Hay en la caja como un pequeño rectángulo envuelto, que no sé qué puede ser. Ni me acuerdo. Y por lo que presiento entre los dedos, está roto. Es lo que queda de la posada. Una fachada de arcilla partida trasversalmente, una puerta cerrada y una minúscula ventana, por donde se asoma, casi como un contorsionista imposible, medio cuerpo de un hombrecillo con una mano extendida, en donde en su día hubo un farol. Está vestido de blanco y con un gorro de dormir. Nada queda de José y María. Tampoco quedan luces que iluminen hoy a los que buscan posada. Y todos dormimos apaciblemente tras esa pequeña ventana, tan estrecha, que nos impide ver el mundo en su total plenitud. Pero nuestro hogar también se resquebraja, y nunca desaparecerán los que piden posada, y nosotros quedaremos encajados, mirando al vacío, sin la luz entre las manos.

Me abruma la inestabilidad de José y de María. Siempre por los caminos del abandono y de la inseguridad. Desde el principio todo son búsquedas, éxodos y vigilias. Desde lo del anuncio del Ángel, vivían en un sin vivir. María, a visitar a su prima; José, dando vueltas sin dormir. Después a Belén, luego al exilio, en algún lugar desconocido de Egipto, y otra vez en camino, esta vez a Nazaret, siempre perseguidos y protegiendo al niño indefenso. Estaban curtidos en la confianza en Dios, si no, quién puede aguantar tanta desnudez. Sólo la capacidad de escucha (incluso en sueños) les mantenía despiertos, pero vivían despojados, hasta su propia voluntad la habían dejado en manos de Dios, por eso guardaban todos los acontecimientos en el corazón, por eso los meditaban, para poder fraguar la seguridad en aquel que todo lo puede, para armarse de valor. Y claro, de tales padres tal hijo, que se abajó de tal manera, que se hizo uno de tantos, no de los de la altura sin cimientos que lo dominan todo, sino de los del final del camino, allá donde se termina todo, donde no se puede caer más bajo, siempre en las afueras para nacer y para morir. ¡En Él sí que cabemos todos!

Los pastores vienen juntos, envueltos como en un caramelo. Son cuatro, en diferentes actitudes. Siempre les he hecho una pequeña cueva para refugiarse, aunque ellos eran de los que pasaban la noche en la intemperie y vigilantes. De los cuatro pastores de mi belén uno duerme, otro está como ensimismado en el fuego de la hoguera y los otros dos miran al ángel. La pastora parece que avisa a todos haciendo una señal con el brazo extendido y el pastor, más anciano, hace visera con la mano sobre los ojos, para ver mejor. En realidad, son cuatro actitudes sobre la vida, mientras tanto, el perro, al lado de la hoguera, esperando a ver que se cuece en el puchero. La pastora parece que pregunta, el anciano, de barbas blancas, hace un esfuerzo por alargar la mirada y escrutar, y el otro como que meditara. Aquellos pastores parece que hubieran hecho un taller de discernimiento con los jesuitas.

Y es que hay que estar muy despiertos para poder recibir un anuncio de tal calibre. Espabilado es tener preparado el pábilo de la lámpara para poder iluminar. Si no, llega el momento y te pilla dormido, como el otro pastor, que tuvo la oportunidad de escuchar el anuncio, pero no lo hizo. Es verdad que se lo contarían los otros, pero no es lo mismo, no hay color. Vigilar, escuchar, escrutar, preguntar, pararse, mirar en profundidad y anunciar lo experimentado son actitudes esenciales para crecer, para creer y también para amar. Mi amigo y vecino, ha leído y lee muchos libros de autoayuda personal y hablando de ello, el otro día le dije: todo está en el Evangelio. No hay más que leer y que alguien te acompañe, como le pasó al eunuco etíope con Felipe en el camino de Gaza. Todos son caminos abiertos para el encuentro con Dios, pero he de estar vigilante. La superficie lo hemos convertido en algo superficial, aparente. Bajo los hechizos de la apariencia esta lo esencial, lo que realmente construye la vida y la da sentido.

Tengo algunas ovejas (si esto lo leyese Nietzsche), pero la mayoría sin patas, de esta manera, las que debían de formar parte de un nutrido rebaño en camino, se han quedado tumbadas para descansar en el falso musgo. Tan solo tres se mantienen en pie. Esta puede ser una verdadera imagen de los discípulos de Cristo, que descansamos en las falsas praderas y hemos renunciado, vete a saber por qué, a los cuidados del pastor. La grey, aparte de significar rebaño de ovejas, es también la asamblea cristiana, la imagen del Pueblo de Dios, quizás por esto nuestros belenes están llenos de ovejas, bueno y por los pastores. La oveja, para el común de los mortales, es un animal bondadoso y tozudo, no hecho a las peleas, come de lo que hay, no necesita salir de caza, desamparada frente a los depredadores, necesitada de alguien que la acoja, cobije y guíe. Para los seguros de sí, para los que les gusta el poder, para los estrategas de la intriga, la oveja es un animal demasiado necio, pero es la única que se acomoda en los hombros del Buen Pastor.

En el discurrir del río he colocado al pescador, a un lado del puente. Al pescador le falta un brazo. Está con su caña de alambre y un plateado pez al extremo, que se mueve cada vez que abro o cierro la puerta de la habitación. Yo, de niño, iba a pescar bogas (de río, no de mar) con mis amigos Pepe y Víctor. Pasábamos la tarde escarbando la tierra para sacar orugas para el cebo y pescando pacientemente en silencio. Algunas veces era nuestra cena. También cogíamos cangrejos. La paciencia del pescador es una virtud, y desde que vi la película El río de la vida, lo valoro más. Había una familia en mi pueblo que vivía de eso, de vender por las casas, según temporada, bogas, truchas, cangrejos, setas, caracoles, níscalos, berros, de las cristalinas aguas de los manantiales destrozados por la concentración parcelaria, alguna paloma torcaz, acederas silvestres, majuelas del espino albar, endrinas para hacer pacharán, también te vendían jilgueros y verdecillos cantarines para poner en una jaula a la puerta de casa o en el balcón. Muchas veces pienso en ellos, vivían como los pájaros del cielo, que ni siembran ni cosechan… pero no eran libres.

La paciencia del pescador es una llamada de atención ante la vida ajetreada y hormigueante de hoy en día. Gozar de la naturaleza, como don de Dios, esperar, dejar el corazón en calma, saborear los colores del río y del paisaje que lo contornea, – o nosotros aquí del desierto, los bosques, las rocas volcánicas y el mar- disfrutar con el canto de los pájaros, el revolotear nervioso de las libélulas, las libaciones de las abejas, los mosquitos zancudos que caminan sobre las aguas remansadas, observar las piedras del fondo, las varas del mimbral, los juncos rivereños, y las hojas que pasan flotando, como barquitas a la deriva, sobre la superficie de las aguas, todo es motivo suficiente para la alabanza. ¡Esto sí que es calidad de vida!

Al otro lado del puente, bajo un árbol, coloco siempre a la lavandera. Inclinada sobre su tajo, esa tabla ondulada sobre la que golpeaban la ropa incesantemente, y un gran cesto, que yo mismo fabriqué con juncos del río, y lo llené con diminutos retales de telas de colores. En las imágenes de la infancia recuerdo a las mujeres en fila, de rodillas sobre el río, comentando los acontecimientos de cada día, (era el Facebook de entonces) vigilando, mientras los niños nos bañamos y chapoteábamos frente a ellas. ¡Cuidado, no te metas tan dentro, que te vas a ahogar! Las lavanderas, engullidas por la lavadora, ya son una foto color sepia en nuestro imaginario, como tantos y tantos oficios. Aquellas mujeres que contaban cómo rompían el hielo del río en invierno para poder lavar la ropa, con las manos llenas de sabañones, gracias a Dios, pasaron a la historia y ahora permanece su recuerdo en esta pequeña figurilla de barro. Cuánto servicio aceptado, cuánta entrega, cuánto amor manifestado en las pequeñas cosas y tareas cotidianas, que veíamos como tan normales y nunca supimos valorar del todo. El amor no solo es afectivo sino también efectivo.

Los caminos, que como varillas de un abanico se dirigen al portal, se van poblando de personas, que manifiestan los distintos oficios en las ofrendas que llevan al Niño. No faltan pastores, con su oveja al hombro, o un corderito colgando de la cintura, mujeres y hombres con sus cestos cargados de hortalizas o frutas, el leñador con un manojo de ramas al hombro, una joven con una cesta de rosquillas en la cabeza, una señora con la lechera, un chiquillo con su burrito cargado con dos fardos de harina, un abuelo, de blancas barbas, lleva a hombros a su nieto a adorar al Niño. Me quedo con esta última imagen. Este buen hombre pasa el testigo a su pequeño. Así ha sido nuestra fe, la hemos heredado, junto al ADN, al carácter y los rasgos físicos de nuestros mayores. Un día, de los últimos, del año de 1994, en la Asamblea Internacional de la Acción Católica de los Niños, me reuní con un grupo de preadolescentes armenios, que se jugaban la vida por practicar públicamente su fe. Les pregunté, como buen fariseo, para ponerles a prueba, si valía la pena tanta exposición y tan peligrosa. ¡Se jugaban la vida por ir a misa el domingo! Uno de ellos, de unos profundos ojos negros, me respondió: la fe es la mejor herencia que hemos recibido de nuestros mayores. Cuando la intérprete me desveló sus palabras, fueron para mí una revelación. Y en los momentos de oscuridad o de vacío me lo repito con insistencia: ¡La fe, la mejor herencia!

Tengo tres reyes magos sobre tres caballos (uno blanco, otro negro y otro marrón, me refiero a los caballos, claro) El evangelio no dice más que unos sabios de oriente. Sólo en los evangelios apócrifos aparecen tres en diálogo con san José. La leyenda les hace representantes de las tres grandes razas humanas Sem, Cam y Jafet: Melchor, de cabello blanco y larga barba, representa a Jafet (Europa), y ofreció oro, que es signo de   realeza. Gaspar, joven, sin barba y rubio, es semita (Asia) y ofreció incienso, que simboliza la divinidad. Baltasar, negro y con amplia barba, representa a los camitas (África) y ofreció mirra, que significa la humanidad. La mirra es una sustancia resinosa que se utilizaba de ungüento para embalsamar cadáveres. Hace muchos años compré un cuento de navidad (que he debido regalar) que se llamaba El cuarto rey mago. No me refiero al cuento del mismo título del escritor norteamericano Henry Van Dike, que publicó en 1896. Mi cuarto rey mago era de América (central o del sur, ya lo he olvidado). También vio la estrella y se preparó para ir en busca del Salvador del mundo y adorarlo. Recuerdo que las ilustraciones le vestían de inca o azteca, ahora no se las diferencias, que sí las hay. Pero al cruzar el continente americano vio tanta pobreza que los regalos que llevaba consigo los fue repartiendo entre los necesitados, y tuvo que quedarse contemplando la estrella a orillas del Atlántico. Fue Jesús niño quien le hizo la visita, como mejor agradecimiento. ¡Me encanta esta historia! La Biblia –que nos habla de Dios y de nuestra relación con él– nos enseña en los sabios de oriente cómo debemos buscar a Dios a pesar de la oscuridad y de las trabas que otros nos ponen, como por ejemplo Herodes. Estamos ante la postura de los que piensan ganar y la del que piensa perder. Otra vez los poderes de este mundo. Ante cualquier dificultad no hay como volver por otro camino.

Al lado del pesebre, al lado de los adoradores, siempre he colocado una pareja que, cada uno, tocaba un pandero y una especie de trompeta y otra pareja bailando al son de la música. Cuando era niño me decían, están muy contentos porque ha nacido el Niño Dios. La chica del pandero, la que marcaba el ritmo, ya hace tiempo que se rompió en un descuido. Y la chica de la pareja de baile, perdió un brazo, con lo cual, cuando antes bailaban una especie de jota, para disimular la ausencia, los he puesto bien abrazados, como si bailasen un chotis. Cosas del destino.

Ya sé que los más importante son María, José y el Niño, incluso la mula, que siempre me recuerda el villancico, con el mismo nombre, que me enseñó mi sobrina cuando era niña y que muchas veces vuelvo a escuchar en YouTube: Tengo que andar con cuidado, piensa la mula… Tengo que darle mi aliento, piensa la mula, mientras que con la mirada no lo deja un momento. Pero mi figura preferida es una sin rostro, y a falta de una pierna. Se rompió allá por los setenta, pero siempre la he puesto, la primera, delante de todas, de espalda y con una mata de musgo disimulando la cojera, está frente por frente del Niño. Al principio lo hacía por compasión y ternura, hoy lo hago por dignidad. En esa figurilla pienso en la Iglesia frente al Señor, hecho niño, barro de nuestro barro, en unas condiciones pésimas, pero mi fe heredada y la historia me manifiestan que la Iglesia triunfa en el fracaso.

Ahora que estamos en tiempos de debilidad, la Navidad es un canto para recorrer los caminos de la humildad (como José y María), de la acogida (como los pastores que velaban en la intemperie de la noche), de la búsqueda (como aquellos Sabios de Oriente que caminaban buscando signos). Jesús nace en Belén, la más pequeña, la “casa del pan” significa en hebreo. ¡Qué curioso! La vida de Jesús está muy relacionada con el PAN. También para quedarse entre nosotros vivo y presente, eligió un trozo de pan: “Tomad y comed esto es mi cuerpo”.

La Navidad (al contrario de lo que intentamos) es una llamada para volver a la vida cotidiana y sencilla. ¿No será la vida diaria con sus pequeños detalles, más importante que los acontecimientos que la rasgan y la rompen? ¿Dónde se hilvana la seriedad y la hondura de una persona? ¿Es que la vida se mide por el valor de una acción o la vivencia de un día señalado, o lo que uno escriba o diga?

La apariencia rutinaria, que es lo que expresan nuestros belenes, oculta lo extraordinario. Lo rutinario encubre actitudes de mucho valor. Lo sencillo, lo no trascendental, es la calderilla de la vida. La rutina hace ruta y en este peregrinar manifestamos la fe y la caridad, tan unidas… y ellas alimentan la esperanza para seguir viviendo con dignidad, a pesar del sufrimiento.

Cuando salí de mi casa con la caja de cartón y la lata de dulce de membrillo con las figuritas, para llevarlas al maletero, estaban colocando las luces de navidad. Ya no eran velas, ni coronas de reyes, ni estrellas de belén, ni tan siquiera hojas de acebo… tan solo esferas y figuras geométricas de centelleantes luces de colores discotequeras, que te foguean de tal manera, que es imposible serenar el corazón. Sé, que al final, más tarde, en la Plaza Mayor construyen un portal con figuras de tamaño natural, que guardan cada año en el ayuntamiento. Mientras me acerco al coche, pienso que la vida es como montar un belén, primero lo que la sustenta y después los pequeños detalles.

He navegado, sobre el mar en calma de mi memoria, para disfrutar de aquella vida que me conforma, agradecido a todos aquellos, con nombres propios, que me han hecho descubrir que el belén es una pequeña cristología en imágenes de lo que debe ser la vida evangélica.  Contemplar cada día este misterio de barro, montado tan solo en una superficie de un metro por cincuenta centímetros, me hace revivir las palabras de Celano, (el primer biógrafo de San Francisco) hablando de la noche en que san Francisco montó el primer pesebre en la cueva de Greccio, con aquellas personas sencillas que fueron a celebrar con él la Navidad:

Allí la simplicidad recibe honor, la pobreza es ensalzada y se valora la humildad.

Simplicidad, pobreza y humildad: tres sustantivos clave para experimentar el paso de Jesús por nuestras vidas.

Pero aún nos queda mucha encarnación por vivir.

¡Feliz Natividad y Epifanía del Señor! ¡Ánimo y adelante!

+ Antonio Gómez Cantero

Obispo de Almería

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