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La luz se abre paso entre la oscuridad, Cristo ha resucitado

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La Vigilia Pascual reunió a numerosos fieles en la Catedral de Jaén. Dio comienzo a las diez y media de la noche. La noche en la que la luz se abre paso entre la oscuridad. La noche en la que nuestro Señor Jesucristo pasa de la muerte a la vida.

El Obispo de la Diócesis, Don Sebastián Chico Martínez, se encontraba en la Puerta del Perdón el fuego nuevo que iba a bendecir. Posteriormente, tras la incisión de la cruz, del alfa y el omega y de los otros signos en el Cirio, incrustó los cinco granos de incienso, en recuerdo de las llagas del Señor. Culminaba el rito encendiendo el Cirio Pascual, símbolo de la vida y la resurrección.

Con el Cirio encendido, el Canónigo y Rector del Seminario, D. Juan Francisco Ortiz,  encabezó la procesión desde exterior hasta el presbiterio, con el templo totalmente a oscuras.  Lo seguía un seminarista con el báculo, el Obispo, algunos Canónigos de la Catedral, los seminaristas, los ministros y la niña que iba a recibir las aguas del bautismo, junto con sus padres y padrinos. Cerraba la comitiva los fieles reunidos en esta noche santa.

Uno a uno, todos los congregados encendieron sus velas, mientras daba comienzo la celebración eucarística. Una vez en el presbiterio, el Cirio se instalaba junto al ambón, mientras se encendían algunas luces del templo.

El Canónigo D. Emilio Samaniego fue el encargado de cantar el pregón Pascual. Le siguieron siete lecturas, con sus salmos. A continuación, con el canto del Gloria se encendieron todas las luces del templo y varios miembros de la Cofradía de la Buena Muerte vistieron la mesa del altar. Después, las campanas volteraron, anunciando que Cristo ha resucitado. Tras la lectura de la Epístola, se ha entonado el Aleluya. Finalmente, D. Juan  Francisco Ortiz proclamaba el Evangelio.

El Obispo quiso comenzar su predicación recordando que la Vigilia Pascual es la celebración más importante del año litúrgico. “En ella recordamos la larga espera de toda la creación hasta la noche gloriosa de la Resurrección de Jesucristo”. 

En este sentido Don Sebastián quiso  subrayar que para los cristianos la Resurrección es “la afirmación central de nuestra fe. Este es el acontecimiento que da sentido a nuestra fe. Si somos cristianos es por eso, porque Jesús no se quedó en el sepulcro, sino que la fuerza de Dios lo hizo pasar a su nueva existencia, en la que está para siempre, y desde la que se nos hace presente continuamente, sobre todo en la Eucaristía”.  Y añadió: A lo largo del año podremos vivir del resplandor de esta noche gloriosa, ella iluminará nuestros pasos, dirigirá nuestras decisiones, sostendrá nuestros esfuerzos, confirmará nuestra fe, fortalecerá nuestra esperanza y activará la eficacia de nuestro amor”.

El Pastor diocesano quiso culminar pidiendo a la Virgen María “que recibió como nadie en su corazón el gozo de la resurrección de su Hijo, que nos acompañe y nos ayude a vivir fortalecidos y santificados por el recuerdo de la resurrección de Jesucristo y la esperanza segura de llegar a participar un día en este triunfo definitivo de la bondad de Dios y de nuestra propia vida”.

Al término de las palabras del Prelado, D. Juan Francisco Ortiz portó el Cirio Pascual hasta la pila bautismal, donde Don Sebastián bendijo el agua. Allí se bautizó a la pequeña Martina.

A continuación, los fieles que estaban participando en la Vigilia Pascual renovaron las promesas bautismales. Finalmente, con las candelas encendidas, al igual que el día de su Bautismo, el Obispo fue asperjando a todos los presentes.

Las ofrendas fueron presentadas ante el Obispo por los familiares de la niña que había sido bautizada.

Además, Martina subió al Presbiterio junto a sus padres y padrinos que rezaron por ella el Padre Nuestro. Su primera vez como hija de Dios. Un precioso gesto que Don Sebastián quiso recalcar.

Tras la celebración eucarística y una foto de familia con la niña bautizada y los padres y padrinos, todos los fieles pudieron compartir un chocolate en la Sacristía.

Domingo de Pascua

El domingo de la Resurrección de Cristo también se ha celebrado con gran solemnidad en la Catedral de Jaén. A las 12 de la mañana comenzaba la celebración eucarística presidida por el Obispo y concelebrada por algunos miembros del Cabildo.

Tras la proclamación del Evangelio, por parte del Canónigo D. Emilio Samaniego, el Prelado del Santo Reino comenzó su homilía felicitando la Pascua a todos los que participaban en la Santa Misa.

Después quiso manifestar que Si vivimos con Jesús y como Jesús, “Dios nos resucitará también a nosotros y llegaremos a la vida eterna, junto con Cristo y con los Santos, en comunión de gozo y de vida con el Dios Trino. Esta es la afirmación central del cristianismo”.

Asimismo,  subrayó que la resurrección de Cristo “nos abrió las puertas de esta gran esperanza. Gracias a esta esperanza tenemos razones para vivir y para superar las dificultades y los sufrimientos de esta vida”. En este sentido, el Obispo continuó: Por eso hoy se nos pide algo más que recordar, que creer, que celebrar. Se nos pide que levantemos los ojos hacia el mundo de la resurrección para vivir en consecuencia, con libertad interior, con justicia, con piedad y generosidad, con confianza y con paz”.

Del mismo modo, Don Sebastián quiso alentar a los fieles a ser verdaderos testigos de Jesucristo, en medio de este mundo. Pidamos al Señor que, por la intercesión de la Virgen María, nos llene de la gracia del Espíritu Santo, para que lleguemos a ser testigos verdaderos de su resurrección, profetas de la bondad de Dios y de la vida eterna, mediante el testimonio de una vida santa, llena de buenas obras y de palabras verdaderas y convincentes”, culminaba.

Posteriormente, el pueblo fiel renovó sus promesas bautismales y el Prelado los asperjó con agua bendita, como símbolo del agua que recibieron en su Bautismo.

La celebración eucarística terminaba entonando el Regina Coeli.

Galería fotográfica: “Vigilia Pascual”

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“Cristo es nuestra vida, es nuestra resurrección”

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Homilía del arzobispo de Granada, D. José María Gil Tamayo, en la Eucaristía del Domingo de Resurrección, celebrada en la Catedral el 9 de abril de 2023.

Queridos hermanos, sacerdotes concelebrantes, querido diácono;
queridos seminaristas;
queridos hermanos y hermanas, queridos jóvenes y niños:

¡Feliz Pascua de Resurrección!

¡Cristo ha resucitado! No podemos buscar entre los muertos al que está vivo. Me han pedido que esta homilía sea breve, porque, si no, tendríamos esperando a las procesiones siguientes. Y así voy a hacerlo. Pero no quiero dejar de recordaros, y recordarme, la grandeza de este día.

Hemos escuchado en la Primera Lectura el hecho de cómo explican los apóstoles el hecho de la Resurrección del Señor. Jesús ha resucitado y ellos han sido testigos. Y nuestra fe se basa en ese testimonio. Ciertamente, en el sepulcro vacío, pero, también, y sobre todo, en el testimonio de aquellos que fueron los primeros seguidores de Jesús y que nos lo han contado.

Hemos escuchado el Evangelio, que nos muestra el hecho de la Resurrección del Señor y cómo las mujeres se convierten en anunciadoras de la mayor de las noticias cristianas: que Cristo ha resucitado, que Cristo ha vencido al pecado y a la muerte.

Y hemos escuchado también un texto de la Carta de San Pablo a los Romanos, donde nos invita cómo tiene que ser nuestra vida teniendo en cuenta que Cristo ha resucitado. No seguimos a un muerto ilustre, que se nos pierde en la noche de los tiempos. Cristo no es una idea. Cristo no está enterrado en ningún sitio. Cristo está vivo, ha resucitado.

Hemos escuchado también la secuencia, ese bello canto en que se le pide a María Magdalena “dinos, María, qué has visto en el camino”. “A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja. Resucitó, de verás, mi amor y mi esperanza”.

Pero, quiero deciros que estoy impresionado realmente por la Semana Santa de Granada. Ha sido una lección de fe encarnada en un pueblo, una fe viva entre nosotros, en vuestras familias y que hoy manifestáis trayendo a vuestros hijos y a los más pequeños, a los que he visto también en los desfiles procesionales. Con esa fe heredada de nuestros mayores, de nuestros mayores. Con esa fe que da sentido a la vida y que nos hace mirar la existencia con los ojos de Dios, con los ojos de Cristo Resucitado, con la misión cristiana de la existencia.

Queridas familias, queridos hermanos y hermanas, queridos fieles del Pueblo de Dios en Granada, no os dejéis arrebatar esa fe. Aunque tenemos miserias, aunque tenemos defectos, pero mantener a flote esa fe. Actualizadla y llevadla a la vida de manos de la religiosidad popular, que nuestras hermandades y cofradías ponen en alto.

He quedado impresionado por el acto en el Campo del Príncipe ante el Cristo de los Favores, que es Cristo Resucitado que está vivo y que nos escucha. Y que nos dice que cualquier cosa que pidamos al Padre en Su nombre nos la concederá. Si mantenemos esa fe, tenemos esperanza. Si mantenemos esa fe y se la transmitís a los más pequeños con vuestras costumbres, con vuestras peculiaridades, en vuestros hogares, transmitidles, llevad a vuestros hijos a Jesús. El Cristo Resucitado, el Verbo de Dios hecho hombre es la vocación suprema, es la plenitud del ser humano. No podemos darle a nadie mejor que a Cristo.

La evangelización, el Evangelio es el gran regalo al que nos invita Jesús y a vivirlo entre nosotros. Y eso nos hace tener esperanza que traspasa la muerte. Nos hace tener el recuerdo vivo de quienes nos han precedido en la fe y, al mismo tiempo, nos da fuerza para cambiar el mundo, para hacer un mundo mejor.

Queridos padres, queridas familias, queridos jóvenes y niños, quered a Jesús. Cristo está vivo. Cristo es nuestro amigo. Cristo es nuestra vida, es nuestra resurrección.

Vamos a seguir con esta celebración gozosa y que vivamos el gran don de la Pascua. La alegría y la paz en nuestros hogares, en nuestras familias, en nuestro pueblo.

Que Santa María, alegre, a la que el Pueblo cristiano felicita por la Resurrección: ¡Alégrate, María! Que Ella nos ayude y nos proteja. Y con nuestras amarguras, que son las suyas, que son las de Cristo, las alivie con Su presencia materna.

Así sea.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

9 de abril de 2023
Catedral de Granada

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Domingo I de Pascua. Ciclo A. 9 de abril de 2023

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Domingo I de Pascua. Ciclo A. 9 de abril de 2023

¡HA RESUCITADO!
La muerte de Jesús nos deja en el sepulcro, en la tristeza, sin un futuro y en la total derrota. Algo inesperado acontece y lo cambia todo, y llena de sentido todo lo sucedido días atrás.

Cristo ya no está en el sepulcro. Para unos será montaje y para otros, movidos por la fe, es la primera prueba de su resurrección.
A nosotros nos llega ese testimonio a partir de personas concreta y que fueron relevantes en la vida terrena de Jesús. Ellos se hacen testigos de lo que han experimentado y lo comparten, porque la fe nos hace descubrir tras realidades inexplicables pero ciertas.
Una mujer da el anuncio y Pedro y Juan, de gran influencia en la comunidad primitiva cristiana es a los que se les revela este misterio.
El amor a la vida es la forma que Dios deja en cada una de sus actuaciones, y el amor del Padre al Hijo lo demuestra la resurrección, porque el amor hace vencer a la muerte y convierte en alegría nuestra existencia, cambia nuestras vidas y llena nuestros corazones de un amor nuevo, el del Resucitado, que recupera a aquellos que la muerte les hizo alejarse.

DESARROLLO
La resurrección de Jesús es un misterio, y por lo tanto entra en el ámbito de la fe. Pero tenemos desde muy antiguo testimonios orales de aquellos que se encontraron la tumba vacía y varios de los encuentros con el Resucitado, con los que se expresa la fe en la resurrección.
El evangelista Juan destaca el estado en el que se encontraban las vendas y el sudario que envolvió al cuerpo de Jesús, para de esta manera desmontar el rumor de quienes en aquel momento afirmaban que todo había sido un montaje y un robo del cadáver.
El discípulo ideal para este evangelista es aquel que cree al fiarse del testimonio de la tumba vacía, sin embargo, otros, entre ellos Simón Pedro, necesitarán de las apariciones del Señor como la prueba irrefutable de su resurrección.
Es llamativo que el primer testigo de la tumba vacía y de la resurrección sea una mujer, María Magdalena. Esta mujer va al amanecer cuando todavía estaba oscuro, símbolo del comienzo de un nuevo día, de una nueva etapa, aunque la oscuridad por la falta de fe también está presente. Esta mujer, llevada por la tristeza que le ha dejado la muerte de Jesús también vive en una confusión por no entender lo sucedido.
La tumba vacía es la expresión de la victoria de la que es la Vida nueva y verdadera, porque el Padre lo ha resucitado a la vida eterna. El amor a la vida es la firma de Dios en sus grandes actuaciones, mientras que los seres humanos ponemos muerte, y usamos la muerte para dominar la vida.
El que fue días atrás crucificado como un malhechor y murió de esa manera tan horrible, como si el Padre lo hubiera rechazado y dado la espalda, hoy aparece devuelto a la vida por ese mismo Padre que se nos revela en su amor por Hijo y por todos sus hijos, pues la resurrección del Señor es nuestra resurrección.
La muerte supone un absurdo y un drama. Sin embargo, la resurrección es la que da sentido a esta vida terrena, pues no hemos nacido para morir sino para resucitar en una vida que se prolonga en la eternidad. Así, pues, la resurrección es alegría, la alegría de la fe y del amor, la alegría que pone esperanza en el dolor y sufrimiento que a diario también padecemos. Y esta es la buena noticia que no ha caducado: Cristo ha resucitado y desde entonces todo es diferente para quienes tenemos fe en él.

Emilio José Fernández, sacerdote
http://elpozodedios.blogspot.com/ 

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El obispo de Huelva resalta en la Vigilia Pascual que “con esta luz podemos encontrar el camino y la orientación de nuestra vida”

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El obispo de Huelva resalta en la Vigilia Pascual que “con esta luz podemos encontrar el camino y la orientación de nuestra vida”

En la Santa Iglesia Catedral el obispo de Huelva, Santiago Gómez Sierra, presidió la Vigilia Pascual en la Noche Santa de este 8 de abril acompañado por numerosos fieles que llenaron el templo.

La Vigilia Pascual se iniciaba con la liturgia de la luz, a las puertas de la Catedral, con la bendición del fuego y la bendición del cirio, bellamente embellecido y encendido del fuego nuevo para simbolizar la nube luminosa del Éxodo y el Cuerpo Glorioso de Cristo.

En este cirio que en esta noche representa al mismo Cristo, grabado el año 2023 entre el alfa y la omega, pues Cristo, que atraviesa todo el tiempo desde el principio hasta a su fin, vivo en nuestro presente para llenarlo de luz. Así fue experimentado en la procesión de entrada cuando la Luz de Cristo del Cirio Pascual inundó la oscuridad del templo, disipando las tinieblas del corazón y el espíritu, y abriéndonos al gran acontecimiento de la historia proclamado en el pregón pascual.

A continuación, fueron proclamadas las nueve lecturas que recorren la historia de la salvación, siete del Antiguo Testamento y dos del Nuevo: la Creación, pasando por el sacrificio de Abrahán, el paso del Mar Rojo, la nueva Jerusalén, la salvación gratuita y universal, la fuente de la sabiduría, el corazón y el espíritu nuevos, el Bautismo como sacramento pascual donde se nos comunica la salvación obrada por Dios en Cristo y el Evangelio con el relato pascual, precedido del canto solemne del aleluya, por primera vez desde el inicio de la Cuaresma, que resonó con una especial belleza en las voces del Coro de la Catedral.

En su homilía, Mons. Santiago Gómez resaltó la relevancia de la luz a lo largo de la historia. “La luz terrena es uno de los símbolos primigenios de la humanidad: “La tierra estaba informe y vacía; la tiniebla cubría la superficie del abismo …Dijo Dios: “Exista la luz”. Y la luz existió. Vio Dios que la luz era buena.” (Gén 1,2-3). La luz terrena es el reflejo más directo de la realidad divina. “Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna.” (1Jn 1,5).

La liturgia de esta Vigilia Pascual presenta simbólicamente el contraste entre la noche y la luz:

“En la noche del Sábado Santo -continuaba el obispo- , día de la sepultura de Jesús, las tinieblas han presentado su realidad más tenebrosa: la muerte. Después de un proceso judicial, del cual ha resultado que la verdad y el amor son culpables, al que ha dicho: “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8,12) le han empujado a la oscuridad del sepulcro. Pero la resurrección de Jesús acarrea el gran cambio: Esta es la noche en que rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo. ¡Qué noche tan dichosa en que se une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino! (Pregón Pascual). La luz ha vencido, vive a partir de ahora inmortal y glorioso, “es Cristo, tu Hijo resucitado, que, al salir del sepulcro, brilla sereno para el linaje humano” (Pregón Pascual).”

Sin embargo, recordaba Mons. Santiago Gómez, “el drama aún no ha terminado. Aún falta el final. Tendrá lugar cuando el Señor vuelva, entonces “ya no habrá más noche… porque el Señor Dios los iluminará” (Ap 22, 5). Todavía es de noche, pero ya está encendida la luz de Cristo.”

Recordaba el obispo de Huelva que, en la actualidad, la simbología de la luz y las tinieblas se ve representada tal y como comenzó la celebración en esta noche del Sábado Santo. “En este gran drama entre la oscuridad y la luz transcurre la historia de los hombres y nuestra propia vida. El templo a oscuras, tal como hemos empezado la celebración, cuando no se ve nada y se tropieza y se choca con los demás, ¿no es una imagen de nuestro mundo? A pesar de todos los conocimientos científicos y de todos los adelantos sociales sigue reinando una gran oscuridad. Los hombres sabemos mucho y, sin embargo, seguimos chocando unos con otros en esta noche universal, que con tanta frecuencia no solo oculta a Dios, sino también al más próximo, el prójimo.”

“En medio de la noche hemos encendido el Cirio Pascual, porque Dios ya ha encendido su Luz: “buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ¡ha resucitado! (Mt 28, 6). De verdad, podemos aclamar: Luz de Cristo. Demos gracias a Dios. Con esta luz podemos encontrar el camino y la orientación de nuestra vida, y nos ayuda a conocer al otro y a nosotros mismos”, señalaba.

“Con esta Vigilia Pascual -continuaba Mons. Santiago Gómez- estamos celebrando con el símbolo elocuente de la luz que disipa las tinieblas la Resurrección. También, el hecho de estar en vela durante estas horas de la noche nos recuerda debemos vivirla como preparación del regreso glorioso del Señor, “tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo” (Mt 25,1). Sí, vivamos esta noche con nuestras lámparas encendidas, como anticipación del banquete de bodas, con la alegría que debe invadirnos en esta noche santa.”

Concluía el obispo de Huelva preguntándose si “¿tendrá mi lámpara aceite para, cuando llegue el esposo, salir a su encuentro? Pensemos que el mundo puede estar a oscuras, pero una sola vela basta para iluminar la más profunda oscuridad. Y Dios me ha dado en el bautismo una vela y el fuego del Espíritu. En vez de lamentarnos de la noche de nuestros tiempos, vamos a encender la lucecita que Dios nos ha concedido con mi trabajo, paciencia, confianza y amor. Así podremos exclamar con verdad: Luz de Cristo. Demos gracias a Dios“, dando paso a la tercera parte de la Vigilia Pascual, la liturgia bautismal.

Este tercer momento se iniciaba con las letanías de los santos, que daba paso a la bendición del agua, un bellísimo resumen de la teología bautismal, y la renovación de las promesas bautismales, centro de nuestra vida cristiana. Finalmente, la celebración culminó con la liturgia Eucarística, elemento central de esta Vigilia y máxima expresión del Misterio Pascual, pues en ella se renueva la Muerte y Resurrección de Jesucristo.

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DOMINGO DE RESURRECCIÓN: “INUNDADOS DE JÚBILO”, por Antonio Gómez Cantero

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Cuando se cerró el sepulcro ninguno de sus seguidores esperaban nada. Todo eran miedos, caras largas, discusiones y huidas. Las mujeres ya tenían preparado los ungüentos para embalsamar el cadáver. Acciones individuales que nos llevaban al vacío. Pero cuando cada uno de nosotros vivíamos en la tristeza estalló la vida, cuando estábamos incapacitados en nuestros encerramientos, nos cegó la luz, acostumbrados a vivir mirando ciegamente la oscuridad del sepulcro.

El júbilo, esa alegría intensa y comunitaria, aquello que inunda el corazón y no se puede expresar sólo con palabras, saltó por los aires y se difundió, como un desbordamiento de vida, en una explosión de aleluyas. En la liturgia cristiana conservamos como un tesoro tres palabras heredadas de la tradición judía: amén, hosanna y aleluya.

Halell, son los seis salmos del 113 al 118 que se rezan en la Pascua judía, los mismos que cantó Jesús con sus discípulos después de la Última Cena: ¨después de cantar el himno (halell) salieron para el monte de los olivos” (Mc 14, 26) y después la frustración, el fracaso, la injusticia, las heridas, las acusaciones, el individualismo, la vergüenza, el calvario, la soledad y una muerte ignominiosa.

Y el que yacía entre los muertos, el que había descendido a los infiernos, el que había frustrado las esperanzas terrenas de sus interesados seguidores, estalla como un almendro en flor. Primero nos prepara y nos cuestiona con la tumba vacía, luego pronuncia nuestro nombre ¡María!, y camina a nuestro lado ¡quédate con nosotros!  y nos busca en el cenáculo, come con nosotros, deja que palpemos sus heridas, nos invita a echar la red al otro lado, y nos pregunta lo esencial: ¿me amas?

No es extraño que, como los primeros cristianos, en esta larga y sagrada tradición cantemos ¡Aleluya! es decir, ¡Alabad al Señor! Quizás debíamos caer en la cuenta cómo la resurrección nos unifica y nos hace buscarnos. Los que habíamos huido a nuestras tareas particulares volvemos al seno de la Iglesia congregada, los que teníamos un corazón arrugado o plegado sobre nosotros mismos, nos brota un cántico nuevo.

Tanta alegría no se puede callar, no es tiempo de silencios, aunque no podamos balbucearlo con palabras, nuestra vida expresa un gozo intenso que sobrepasa cualquier individualismo. Surge la vida comunitaria como una vida en Cristo y para los demás. El aleluya que cantamos nos recuerda que pertenecemos a un pueblo y hace que nos abracemos y saltemos de júbilo. El Amor de Dios se ha derramado y ha dado sentido a nuestra existencia.

A partir de la resurrección cobran sentido tantos plurales imperativos, como nuevos mandamientos: cantad, echad la red, mirad, corred, comed, salid, servid, buscad, alabad, amad… ¡nosotros! los del Padrenuestro. A partir de aquella mañana del primer día de la semana, adquiere sentido la vida comunitaria. A partir de aquella mañana el mandato es echad las redes y pescad… nada de encerraos en el cenáculo, no salgáis, no volváis de Emaús. A partir de ahora todas las semanas son santas.

¡Caminemos unidos! ¡El Señor, sale a nuestro encuentro y camina a nuestro lado! ¡Ánimo y adelante!

+ Antonio, vuestro obispo

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¡Feliz Pascua de Resurrección!- Mensaje del Arzobispo de Sevilla

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¡Feliz Pascua de Resurrección!- Mensaje del Arzobispo de Sevilla

Monseñor José Ángel Saiz Meneses se dirige a toda la Iglesia en Sevilla con motivo de la Pascua de Resurrección del Señor.

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Celebración del Triduo Pascual en el primer templo de la Diócesis

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Monseñor José Rico Pavés, Obispo de Asidonia-Jerez, ha presidido el Triduo Sacro en la Santa Iglesia Catedral.

JUEVES SANTO, MISA CENA DEL SEÑOR

Misa de la Cena del Señor

El Jueves Santo la Santa Iglesia Catedral acogía el inicio del Triduo Santo con la celebración de la Cena del Señor, la cual estuvo presidida por Monseñor José Rico Pavés, Obispo de Asidonia-Jerez. Tras las distintas celebraciones litúrgicas propias de la Semana Santa como la Misa con bendición de ramos y palmas y la Misa Crismal, todo el Pueblo de Dios que peregrina en la Iglesia Asidonense estaba invitada a participar junto a nuestro pastor de la celebración en la que recordamos la Última Cena del Señor.

En la predicación, el Sr. Obispo de Asidonia-Jerez, recordó que el Triduo Pascual desde el punto de vista litúrgico son los tres días más importantes del año, ya que todo cuanto sostiene nuestra vida de fe, el hacer o recibir como cristianos tiene su punto de partida y de llegada en la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Asimismo, debemos ser dóciles al Espíritu Santo para vivir con delicadeza todo lo que con abundancia se nos regala a través de la liturgia y que se expresa también como una oportunidad preciosa de evangelización en las muestras de la piedad popular.

“¿Comprendéis lo que yo he hecho con vosotros?”. Con estas palabras de Cristo en la Última Cena, Monseñor José Rico Pavés nos indica que debe ser la que nos ayude a caminar en el Triduo Sacro y así responderla con las distintas lecturas que la liturgia nos propone. Asimismo, cabe recordar que todo comenzó con la preparación que nuestro corazón ha debido de vivir en el tiempo litúrgico de la Cuaresma que nos permitirá recibir el amor infinito que Cristo derrama.

En otro orden de ideas, el prelado nos destaca cuatro puntos de las distintas lecturas que escuchamos en la celebración de la Misa del Señor:

1 – De la Primera Lectura debemos tener presente que para comprender el gran misterio que se nos regala debemos pasar de lo visible a lo no visible.

2 – Del Salmo Responsorial debemos fijarnos en la siguiente pregunta, “¿cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?”, ya que nos ayudará a contemplar el misterio del sufrimiento de Cristo que carga con todas nuestra culpas y se entrega por todos nosotros. Asimismo, debemos a través del caminar del Triduo Sacro contestar a esta pregunta.

3 – De la Segunda Lectura debemos tomar de San Pablo el mandato que Cristo nos deja, la Eucaristía. Este Sacramento es el centro de la vida cristiana, donde el Señor se nos da como don y regalo para nosotros

4 – Del Evangelio sacamos ese amor hasta el extremo, ya que Cristo hasta el último aliento reaccionó amando y así debemos ver que la muerte no es el final sino la esperanza y el amor donde la vida adquiere sentido y nuestro corazón se ensancha. Asimismo, nos recuerda la Eucaristía, alimento para todos nosotros, sin olvidar también que nace el sacerdocio, personas que uniéndose a Él le hagan presente con su vida.

VIERNES SANTO, CELEBRACIÓN DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

Celebración de la Pasión del Señor

Tras el primer día del Triduo Sacro con la Misa de la Cena del Señor, llegaba el segundo día con la celebración de la Pasión, presidida por Monseñor José Rico Pavés, en la que el símbolo de la cruz y su adoración era la protagonista.

En la homilía, el Sr. Obispo de Asidonia-Jerez, recordó la invitación de silencio que nos pide la Iglesia, para así adorar a Cristo en la cruz. Asimismo, debemos tener fe, ya que mirando a Cristo muerto, descubriremos como el destello de la luz que viene de los alto nos ilumina, haciéndonos ir más allá de las cosas que captan nuestros sentidos y así entender para llegar a creer.

En otro orden de ideas, el prelado, mencionando la liturgia que nos trae el Viernes Santo, se nos invita a mirar con detenimiento cada momento y así nos lo muestra las distintas lecturas que escuchamos. Teniendo presente, en primer lugar que es día para aprender amar como Él ama, acordándonos de todas las personas, tanto las que creen como las que no creen. Igualmente, en segundo lugar, destacar la adoración que nos recuerda que debemos abrazar esa cruz sin vergüenza y ayudar a llevarla a los demás. Terminando con una palabra, humildad, la cual se muestra reconociendo nuestra verdadera estatura ante Él.

Por último, Monseñor Rico Pavés, destaca que tras esa adoración vivimos la comunión, momento que nos recuerda que debemos no sólo vivir lo externo sino también lo interno que es regalo de Dios y sin él nuestra vida se desmorona.

SÁBADO SANTO, VIGILIA PASCUAL

Vigilia Pascual

Tras la Pasión del Señor vivimos en el primer templo de la Diócesis la Vigilia Pascual, la celebración de la Resurrección de Cristo. Comenzábamos en la entrada a la Santa Iglesia Catedral, para una vez encendido el Cirio Pascual, todos los presentes junto al Sr. Obispo de Asidonia-Jerez, Monseñor José Rico Pavés, que presidía la Vigilia, entraban en el templo madre de la Diócesis para seguir con la liturgia de la celebración.

En la homilía, Monseñor Rico Pavés ha mencionado de nuevo la pregunta con la que comenzaba el Triduo Sacro, ¿comprendéis lo que yo he hecho con vosotros?, ya que en la Vigilia Pascual encontramos la respuesta que es lo que hemos vivido con la Resurrección, es decir, Cristo vence al pecado y la muerte para así llegar a la alegría y el amor. Asimismo, debemos dar gracias a dios por la fe, ya que es la luz que viene de lo alto que nos hace comprender el amor hasta el extremo que vemos en Cristo. De esta forma no tendremos miedo a la Pasión y Muerte, que es la oscuridad, ya que llegaremos a la Resurrección que es la luz que nos guía en el camino que Él nos marca y así ver como Cristo vería.

En otro orden de ideas, el prelado ha destacado la importancia de la Palabra de Dios, la cual es lámpara que guía nuestros pasos, siendo la palabra definitiva que esta anidada al corazón humano desde el origen de los tiempos y sólo con ella podemos llenarnos del amor de Cristo. Asimismo, ha subrayado la palabra “vida” la cual nos lleva al bautismo que es la primera Resurrección que vivimos en este mundo, el cual debemos tener presente para así ser coherentes en nuestra vida y vencer al pecado.

Por último, el Sr. Obispo de Asidonia-Jerez ha mencionado que Cristo es comunión siendo alimento necesario para todos nosotros, ya que de esta forma vamos preparando nuestro entendimiento, nuestra voluntad y nuestros afectos a Dios que es verdad, bondad, belleza y comunión.

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No busquéis entre los muertos al que vive: hoy es Domingo de Resurrección

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No busquéis entre los muertos al que vive: hoy es Domingo de Resurrección

Es Domingo de Resurrección, es día de fiesta en la Iglesia y en el mundo, porque Cristo resucitó y está vivo. Y lo mejor de todo, es que quiere que nos contagiemos de su vida, que trasmitamos esta gran alegría al mundo, que transformemos la realidad desde la vida, desde la alegría, desde la esperanza. Es lo que les encarga a aquellos a quienes se va apareciendo desde los primeros instantes: id y contádselo a los discípulos, y los discípulos a los demás. La alegría de la resurrección no se puede callar, no se nos ha dado para que la ocultemos, sino para que alumbre a todos.

Aquellos discípulos, que eran toscos para entender muchas cosas de Jesús, fueron diligentes para entender todo lo que suponía la resurrección del Señor. Del miedo pasaron a la alegría, a la confianza y a la fortaleza para comunicar semejante noticia. Y, desde entonces, hasta ahora. Eso sí, con la fuerza del Espíritu, que es el que ayuda a comunicar tanta vida.
Hoy la Iglesia celebra la resurrección del Señor. La liturgia se inunda de luz, que rompe la oscuridad de la muerte; se empapa de agua, que es vida; escucha la Palabra, que comunica que no debemos buscar entre los muertos al que vive; y participa de la presencia del Señor resucitado en el sacramento de la Eucaristía. Hoy es un día grande en la Iglesia, el que más.
Y es un día para vivir, para celebrar, para sentir y, sobre todo, para gozar. Frente a la cultura de la muerte y a quienes se empeñan en sembrar malestar por donde pasan, Cristo nos invita hoy a comunicar nuestra esperanza, a confiar en el Dios que también nos da la vida, a sembrar nuestro mundo de amor.
Cristo resucitó y esto tenemos que vivirlo y que contarlo. Celebremos este gran día y que su alegría se prolongue durante todo el año. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

Antonio Gómez
Delegado diocesano de MCS. Guadix

 

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Homilía del Domingo de Pascua de Resurrección (Catedral-Málaga)

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Homilía de Mons. Jesús Catalá en la Eucaristía del Domingo de Pascua de Resurrección 2023

DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN

(Catedral-Málaga, 9 abril 2023)

Lecturas: Hch 10, 34a.37-43; Sal 117, 1-2.16-17.22-23; Col 3, 1-4; Jn 20, 1-9.

Discípulos del Resucitado

1.- ¡Cristo ha resucitado! Alegrémonos y entonemos el grito de la Pascua: ¡Aleluya! Hoy inauguramos el tiempo de la Pascua, del paso del Señor de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz, del aniquilamiento a la resurrección, de la podredumbre a la regeneración.

Es tiempo de gran alegría para la Iglesia y para toda la humanidad; tiempo en el que culmina la salvación del género humano, que, como dicen los santos Padres, ha sido divinizado.

Al decir de san Basilio Magno: “Dios, iluminando a aquellos que se han purificado de toda mancha, los hace espirituales por medio de la comunión con él. Y como los cuerpos límpidos y transparentes, cuando un rayo los hiere, se convierten ellos mismos en brillantes y reflejan otro rayo, así las almas que llevan el Espíritu son iluminadas por el Espíritu; se hacen plenamente espirituales y transmiten a los demás su gracia. De ahí el conocimiento de las cosas futuras, la comprensión de los misterios… la semejanza con Dios; el cumplimiento de los deseos: convertirse en Dios” (De Spiritu Sancto 9, 23). A esto estamos llamados: a ser divinizados por Cristo resucitado y a transparentar su luz ante quienes nos contemplan.

2.- Queridos fieles, Dios en la Resurrección de su Hijo no solo nos ha redimido, sino que nos ha divinizado. Cristo ha tomado lo nuestro para darnos lo suyo; se ha hecho hombre para que los hombres compartamos la vida divina. El Maestro permite a sus discípulos colocarlos junto a sí; los eleva, los promociona y los diviniza.

Ser discípulos del Resucitado significa ser glorificados con Él. En Cristo nuestra humanidad ha sido ya glorificada y la gloria de Dios ha sido humanada. En Jesucristo brilla la esperanza de nuestra resurrección. El hombre está llamado a vivir con Dios y su deseo más profundo es ser eternamente feliz. ¿Quién no quiere ser feliz? Todos estamos llamados a vivir eternamente felices con Cristo resucitado. Éste es el gran regalo que Dios otorga en la Persona de su Hijo resucitado; y lo hace por puro amor a nosotros.

3.- En el Evangelio contemplamos a María Magdalena que acude al sepulcro buscando el cuerpo del Señor y ve la piedra removida (cf. Jn 20, 1); echando a correr fue donde estaban Simón Pedro y Juan y les comunicó la noticia: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto» (Jn 20, 2).

Los dos discípulos salieron corriendo hacia el sepulcro y vieron los lienzos y el sudario (cf. Jn 20, 3-7) y creyeron en la resurrección del Señor (cf. Jn 20, 8).

El Señor resucitado se apareció a la Magdalena, dándole a conocer que estaba vivo; ella es la discípula a la que primero se apareció el Señor resucitado. El verdadero discipulado comienza con el encuentro con Cristo resucitado.

4.- El Señor se nos presenta resucitado también a nosotros hoy. Y lo hace de muchos modos: por medio de la oración, a través de los acontecimientos de la vida cotidiana, en la persona del prójimo, sobre todo de los más necesitados; en los sacramentos, de modo especial en la Eucaristía; y en la liturgia en general. En esta Eucaristía del Domingo de Pascua estamos teniendo un encuentro con Cristo resucitado. ¡Ojalá salgamos de ella transformados, transfigurados y divinizados!

Muchos de los relatos de las apariciones de Jesús resucitado que escucharemos durante el tiempo pascual contienen signos que remiten a la Eucaristía, que es encuentro real con Jesús resucitado y vivo y momento privilegiado de contacto cualificado con el Señor. Cada Eucaristía, queridos fieles, debe ser un encuentro personal con Cristo resucitado.

Queridos hermanos, somos discípulos de Cristo resucitado; no lo somos de cualquier enseñante, maestro o gurú, sino del único Maestro, cuya resurrección avala su vida, su obra y su doctrina.

Hemos de adentrarnos en este tiempo pascual meditando los primeros acontecimientos después la Resurrección de Jesús: la Iglesia nos regala cincuenta días de Pascua para meditar y rezar estos acontecimientos: sus apariciones, sus encuentros con los discípulos, su presencia consoladora, sus explicaciones a quienes no entienden lo sucedido, su aliento a los decepcionados, su compañía a los peregrinos, a quienes salen desilusionados de Jerusalén hacia Emaús.

El Señor se nos aparece también a cada uno de nosotros, porque Él está presente en nuestra vida mediante su resurrección. ¡Que sepamos descubrir su compañía! Porque Él está con nosotros: nos enseña, nos amaestra, nos anima, no apoya, nos de fuerza, nos toma de la mano. No estamos solos, queridos hermanos.

5.- En el discurso en casa del centurión romano Cornelio, Pedro se presenta como testigo del Resucitado: «Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en el país de los judíos y en Jerusalén. A éste lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse» (Hch 10, 39-40).

Pedro y los apóstoles viven el discipulado dando testimonio de la resurrección del Señor y lo hacen en fidelidad a la misión que les confió: «Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos» (Hch 10, 42).

Nosotros, queridos hermanos, como discípulos de Cristo resucitado también estamos llamados a dar testimonio de su vida y de su obra salvadora. Nuestro discipulado es muy especial, porque tiene la certeza de la verdad de las enseñanzas del Maestro; porque su muerte y resurrección corroboran y confirman el valor y la bondad de su vida. Dios-Padre ratificó la obra de su Hijo, resucitándolo.

En este primer Domingo de Pascua de la resurrección, pedimos al Señor su gracia para alegrarnos de su victoria sobre la muerte y su fuerza para ser sus testigos, sus discípulos en esta sociedad pagana; la presencia de los cristianos en nuestra sociedad es importante y necesaria; de otro modo aún sería más tenebrosa de lo que es.

Y pedimos a la Santísima Virgen María, Madre del Resucitado, que nos cuide con su maternal solicitud y nos acompañe en el testimonio de Cristo resucitado. Amén.

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el Seminario Diocesano celebra el rezo de Laudes solemne y adoración

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La Capilla del Seminario Diocesano “San Juan de Ávila” acogerá mañana a las 9hrs el rezo de Laudes solemne y Adoración en vez de la tradicional Oración Vocacional.

Mañana, Domingo de Resurrección, la Capilla del Seminario Diocesano “San Juan de Ávila” acogerá a las 9 de la mañana el rezo de Laudes solemne y Adoración. Esta celebración en la que participarán todos los seminaristas de la Iglesia Asidonense se llevará a cabo por la tradicional Oración Vocacional que mañana no se celebrará. Este será el momento perfecto para orar por las presentes y futuras vocaciones del corazón de nuestra Diócesis, además de acordarnos de todos los sacerdotes

Desde el Seminario Diocesano se invita a participar para juntos orar y celebrar la Resurrección de Cristo, la cual celebraremos en la Santa Iglesia Catedral a las 11hrs presidida por Monseñor José Rico Pavés, Obispo de Asidonia-Jerez.

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