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10 razones para marcar la «X» de la Iglesia

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1.Es una forma sencilla de colaborar con la Iglesia

ya que no supone trámites engorrosos, basta con marcar una ‘X’ en la casilla de la Iglesia. Si hemos recibido el borrador en casa, se debe comprobar que la casilla aparece marcada; de lo contrario, modificarlo es muy sencillo.

2.No te costará nada,

porque no te van a cobrar más por la declaración al marcarla ni te van a devolver menos.

3.Demuestra el compromiso a la Iglesia

y a la actividad que realiza.

4.Es de las pocas cosas que podemos decidir sobre nuestros impuestos.

Es decir, si la dejamos en blanco, es el Estado el que decide por nosotros sobre esa pequeña cantidad de dinero.

5.Demostramos a la sociedad que son muchos los que valoran la labor que realiza la Iglesia.

El perfil de las personas que marcan la ‘X’ de la Iglesia es muy diverso. Todos forman parte de la comunidad Xtantos.

6.Marcando la ‘X’ se ayuda a sostener a la Iglesia en el desarrollo de sus actividades:

mantenimiento del clero, anuncio del Evangelio, vivencia de la fe y una inmensa labor asistencial que desarrolla en España y en todo el mundo.

7.Supone decir “sí” a la libertad religiosa,

consagrada en la Constitución española y a su ejercicio pleno y efectivo en una sociedad plural y democrática.

8.Es una decisión libre y democrática que no perjudica a nadie.

Se pueden marcar simultáneamente las casillas de la Iglesia católica y la de fines sociales.

9.Es el dinero mejor invertido.

En la Memoria Anual de Actividades de la Iglesia, cada año se puede conocer en qué emplea ésta sus recursos.

10.Para los no católicos o no practicantes,

marcar la casilla supone también reconocer el papel que la Iglesia tiene en la sociedad española, especialmente con los más necesitados en este tiempo de dificultad.

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Mensaje “Urbi et Orbi” del Santo Padre Francisco

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Mensaje “Urbi et Orbi” del Santo Padre Francisco

Queridos hermanos y hermanas: ¡Cristo ha resucitado!

Hoy proclamamos que Él, el Señor de nuestra vida, es «la resurrección y la vida» del mundo (cf. Jn 11,25). Es Pascua, que significa “paso”, porque en Jesús se realizó el paso decisivo de la humanidad: de la muerte a la vida, del pecado a la gracia, del miedo a la confianza, de la desolación a la comunión. En Él, Señor del tiempo y de la historia, quisiera decirles a todos, con alegría en el corazón: ¡feliz Pascua!

Que sea para cada uno de ustedes, queridos hermanos y hermanas —en particular para los enfermos y los pobres, para los ancianos y los que están atravesando momentos de prueba y dificultad—, un paso de la tribulación a la consolación. No estamos solos, Jesús, el Viviente, está con nosotros para siempre. Que la Iglesia y el mundo se alegren, porque hoy nuestra esperanza ya no se estrella contra el muro de la muerte; el Señor nos ha abierto un puente hacia la vida. Sí, hermanos y hermanas, en Pascua el destino del mundo cambió; y hoy, que coincide además con la fecha más probable de la resurrección de Cristo, podemos alegrarnos de celebrar, por pura gracia, el día más importante y hermoso de la historia.

Cristo ha resucitado, verdaderamente ha resucitado, como se proclama en las Iglesias de Oriente: Christòs anesti! Ese verdaderamente nos dice que la esperanza no es una ilusión, ¡es verdad! Y que, a partir de la Pascua, el camino de la humanidad, marcado por la esperanza, avanza veloz. Nos lo muestran con su ejemplo los primeros testigos de la Resurrección. Los Evangelios describen la prisa con la que el día de Pascua «las mujeres corrieron a dar la noticia a los discípulos» (Mt 28,8). Y, después que María Magdalena «corrió al encuentro de Simón Pedro» (Jn 20,2), Juan y el mismo Pedro “corrieron los dos juntos” (cf. v. 4) para llegar al lugar donde Jesús había sido sepultado. Y después, la tarde de Pascua, habiendo encontrado al Resucitado en el camino de Emaús, dos discípulos “partieron sin demora” (cf. Lc 24,33) y se apresuraron para recorrer muchos kilómetros en subida y a oscuras, movidos por la alegría incontenible de la Pascua que ardía en sus corazones (cf. v. 32). Es la misma alegría por la que Pedro, viendo a Jesús resucitado a orillas del lago de Galilea, no pudo quedarse en la barca con los demás, sino que se tiró al agua de inmediato para nadar rápidamente hacia Él (cf. Jn 21,7). En definitiva, en Pascua el andar se acelera y se vuelve una carrera, porque la humanidad ve la meta de su camino, el sentido de su destino, Jesucristo, y está llamada a ir de prisa hacia Él, esperanza del mundo.   

Apresurémonos también nosotros a crecer en un camino de confianza recíproca: confianza entre las personas, entre los pueblos y las naciones. Dejémonos sorprender por el gozoso anuncio de la Pascua, por la luz que ilumina las tinieblas y las oscuridades que se ciernen tantas veces sobre el mundo.

Apresurémonos a superar los conflictos y las divisiones, y a abrir nuestros corazones a quien más lo necesita. Apresurémonos a recorrer senderos de paz y de fraternidad. Alegrémonos por los signos concretos de esperanza que nos llegan de tantos países, empezando de aquellos que ofrecen asistencia y acogida a quienes huyen de la guerra y de la pobreza.

Pero a lo largo del camino todavía hay muchas piedras de tropiezo, que hacen arduo y fatigoso nuestro apresurarnos hacia el Resucitado. A Él dirijamos nuestra súplica: ¡ayúdanos a correr hacia Ti! ¡Ayúdanos a abrir nuestros corazones!

Ayuda al amado pueblo ucraniano en el camino hacia la paz e infunde la luz pascual sobre el pueblo ruso. Conforta a los heridos y a cuantos han perdido a sus seres queridos a causa de la guerra, y haz que los prisioneros puedan volver sanos y salvos con sus familias. Abre los corazones de toda la comunidad internacional para que se esfuerce por poner fin a esta guerra y a todos los conflictos que ensangrientan al mundo, comenzando por Siria, que aún espera la paz. Sostiene a cuantos han sido afectados por el violento terremoto en Turquía y en la misma Siria. Recemos por cuantos han perdido familiares y amigos, y se quedaron sin casa; que puedan recibir consuelo de Dios y ayuda de la familia de las naciones.

En este día te confiamos, Señor, la ciudad de Jerusalén, primer testigo de tu Resurrección. Expreso mi profunda preocupación por los ataques de estos últimos días, que amenazan el deseado clima de confianza y respeto recíproco, necesario para retomar el diálogo entre israelíes y palestinos, de modo que la paz reine en la Ciudad Santa y en toda la región.

Ayuda, Señor, al Líbano, todavía en busca de estabilidad y unidad, para que supere las divisiones y todos los ciudadanos trabajen juntos por el bien común del país.

No te olvides del querido pueblo de Túnez, en particular de los jóvenes y de aquellos que sufren a causa de los problemas sociales y económicos, para que no pierdan la esperanza y colaboren en la construcción de un futuro de paz y fraternidad.

Dirige tu mirada sobre Haití, que está sufriendo desde hace varios años una grave crisis sociopolítica y humanitaria, y sostiene el esfuerzo de los actores políticos y de la comunidad internacional en la búsqueda de una solución definitiva a los numerosos problemas que afligen a esa población tan atribulada.

Consolida los procesos de paz y reconciliación emprendidos en Etiopía y en Sudán del Sur, y haz que cese la violencia en la República Democrática del Congo.

Sostiene, Señor, a las comunidades cristianas que hoy celebran la Pascua en circunstancias particulares, como en Nicaragua y en Eritrea, y acuérdate de todos aquellos a quienes se les impide profesar libre y públicamente su fe. Concede consuelo a las víctimas del terrorismo internacional, especialmente en Burkina Faso, Malí, Mozambique y Nigeria.

Ayuda a Myanmar a recorrer caminos de paz e ilumina los corazones de los responsables para que los martirizados Rohinyá encuentren justicia.

Conforta a los refugiados, a los deportados, a los prisioneros políticos y a los migrantes, especialmente a los más vulnerables, así como a todos aquellos que sufren a causa del hambre, la pobreza y los nefastos efectos del narcotráfico, la trata de personas y toda forma de esclavitud. Inspira, Señor, a los responsables de las naciones, para que ningún hombre o mujer sea discriminado y pisoteado en su dignidad; para que en el pleno respeto de los derechos humanos y de la democracia se sanen esas heridas sociales, se busque siempre y solamente el bien común de los ciudadanos, se garantice la seguridad y las condiciones necesarias para el diálogo y la convivencia pacífica.

Hermanos, hermanas, encontremos también nosotros el gusto del camino, aceleremos el latido de la esperanza, saboreemos la belleza del cielo. Obtengamos hoy la fuerza para perseverar en el bien, hacia el encuentro del Bien que no defrauda. Y si, como escribió un Padre antiguo, «el mayor pecado es no creer en la fuerza de la Resurrección» (San Isaac de Nínive, Sermones ascéticos, I,5), hoy creemos y «sabemos que Cristo verdaderamente resucitó» (Secuencia de Pascua). Creemos en Ti, Señor Jesús, creemos que contigo la esperanza renace y el camino sigue. Tú, Señor de la vida, aliéntanos en nuestro caminar y repítenos, como a los discípulos la tarde de Pascua: «¡La paz esté con ustedes!» (Jn 20,19.21).

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¡Ha resucitado!: el Domingo de Resurrección marca el inicio de la Pascua

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¡Ha resucitado!: el Domingo de Resurrección marca el inicio de la Pascua

El Domingo de Pascua, también conocido como Domingo de Resurrección, Domingo de Gloria o Domingo Santo, es la fiesta más importante para los cristianos de todo el mundo. Es tiempo de alegría y de gozo porque Jesús ha resucitado.

Con este Domingo comienza el Tiempo Pascual, los cincuenta días que van desde el Domingo de Resurrección hasta el Domingo de Pentecostés, que «se han de celebrar con alegría y júbilo, como si se tratara de un solo y único día festivo, como un gran domingo» (Normas Universales del Año Litúrgico, n 22).

Se renuevan por tanto los sacramentos de iniciación cristiana: el Bautismo y la Confirmación. De acuerdo con las Escrituras, se describe que en cuanto se hizo de día, tres mujeres van al sepulcro donde Jesús estaba enterrado y ven que no está su cuerpo. Un Ángel les comunica que ha resucitado. Este día da paso a una gran celebración para todos.

Materiales de reflexión para Pascua

En la web de la Conferencia Episcopal, en la sección Creemos, se ha preparado un especial titulado «Pascua» con materiales sobre el significado de este tiempo litúrgico. En tres apartados se pueden consultar cuales son los signos de Pascuapreguntas y respuestas de este tiempo tan importante para los cristianos y qué sentido tiene esta alegría que nos proporciona.

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El obispo de Huelva exclama el ‘Aleluya’ al que señala ser “el canto de una alegría exuberante”

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El obispo de Huelva exclama el ‘Aleluya’ al que señala ser “el canto de una alegría exuberante”

En la mañana de este domingo 9 de abril, Mons. Santiago Gómez ha presidido la Santa Misa de Resurrección del Señor, en la que han estado presentes miembros del Cabildo Catedralicio, el Consejo de Hermandades de Semana Santa de Huelva y una representación de las distintas hermandades de penitencia de la capital.

En las palabras de su homilía, D. Santiago ha querido señalar el entusiasmo con que toda la liturgia de hoy nos anuncia que Cristo ha resucitado, entusiasmo que se extiende de un modo especial durante toda la Octava de Pascua, a lo largo de los cincuenta días del tiempo de Pascua que va desde la Vigilia Pascual hasta el Domingo de Pentecostés, y en cada Misa Dominical y Eucaristía diaria. “Ha llegado la hora del aleluya, dígnate entonarlo”. Así el canto del Aleluya prepara la noticia más grande que tiene la Iglesia para este mundo, en palabras de la Secuencia, parafraseando el Evangelio: “¿Qué has visto de camino, María, en la mañana? A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!”.

“Si nos dejamos ganar -ha continuado el obispo- por este gran anuncio, si como el apóstol a quien Jesús amaba, siguiendo su carrera, a la vista que ofrecía la tumba vacía, tenemos su experiencia: “Vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos” (Jn 20,9); entonces escuchar y cantar ¡Aleluya! será para nosotros la expresión de un gozo que viene resonando por toda la tierra desde la mañana del primer domingo cristiano, y que se prolongará por toda la eternidad. Aleluya es el canto de una alegría exuberante, infinita, pues como escucharemos en el Prefacio antes de la consagración: “Por eso, con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría.”

Y es que exultar de alegría es entrar en una especie de éxtasis. Expresar la alegría que nos embarga es más que decir algo con palabras, es poner todo nuestro ser, simplemente, en un grito de júbilo; como cuando exclamamos con entusiasmo arrebatado: ¡viva!, ¡bravo!, ¡vamos! ¡así!, ¡más!

El entusiasmo y la alegría han inundado los rincones de la Santa Iglesia Catedral donde Santiago Gómez resaltaba que “éste es el canto que hoy nos propone la Iglesia con el ¡Aleluya! Esta palabra era en su origen un término hebreo, que significaba algo así como “alabad a Yahvé”. Pero en el uso de la liturgia de la Iglesia en la Pascua ese significado no importa mucho, por eso no se ha traducido. Aleluya es expresión de una alegría sin palabras, porque está por encima de todas ellas. Es el grito de júbilo del pueblo cristiano, que se ve tan desbordado por la sobreabundancia de la alegría que nos trae Cristo Resucitado, que ya no encuentra palabras, y entonces con el corazón rebosante de gozo canta ¡Aleluya! Es la expresión de un júbilo que ya no cabe en palabras. Cuando el corazón creyente se llena de la inmensidad del gozo que trae la gloria de Cristo Resucitado, no puede callar y rompe los límites de las palabras, exclamando: ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleluya!

Comentaba, además, el obispo de la Diócesis onubense, que el canto del Aleluya pascual es como “un adelanto de lo que algún día puede y debe pasar con nosotros: que todo nuestro ser quede inmerso en una única y gran alegría. El cántico del Aleluya en la pascua de la resurrección del Señor es nuestra participación anticipada en la alegría del cielo. En el libro del Apocalipsis, llamado por el papa Benedicto el Evangelio del Resucitado, leemos: “oí en el cielo como el vocerío de una gran muchedumbre que decía: “¡Aleluya! La salvación, la gloria y el poder son de nuestro Dios … y oí como el rumor de una muchedumbre inmensa, como el rumor de muchas aguas, y como el fragor de fuertes truenos, que decían: “¡Aleluya! Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo, alegrémonos y gocemos y démosle gracias” (Ap. 19,1.6-7). La fe en Jesucristo Resucitado nos permite anticipar algo de esa alegría infinita y eterna que expresan con el ¡Aleluya! los que gozan de la visión de Dios en el cielo ¡Qué futuro más hermoso! Entonces, como nos ha dicho san Pablo en la epístola: “buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra.” (Col 3,1-2).”

Por último el obispo ha querido recordar y citar al papa Francisco que asegura que vivimos en una sociedad que quiere construirse sin Dios y que, a veces, “incluso se empeña en destruir sus propias raíces cristianas. También la propia familia o el propio lugar de trabajo puede ser un ambiente árido y hostil para conservar la fe y tratar de irradiarla. Pero precisamente a partir de la experiencia de este desierto es cómo podemos descubrir nuevamente la alegría de creer en Cristo Vivo y su importancia vital para nosotros. En el mundo contemporáneo se necesitan sobre todo personas de fe que, con su propia vida, indiquen el camino hacia el cielo y de esta forma mantengan viva la esperanza. ¡No nos dejemos robar la esperanza! (Cf. Evangelii gaudium, 89). Mejor, dejémonos llenar de la gran alegría que irradia el Señor, para que podamos decir con todo nuestro ser: Este es el día que hizo el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo. ¡Aleluya!, ¡Aleluya!, ¡Aleluya!

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La Catedral de Cádiz acogió la solemne Vigilia Pascual

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«La vigilia de esta noche se ilumina con la Palabra de Dios»

La S.A.I. Catedral de Cádiz acogió la noche del Sábado Santo la Vigilia Pascual para celebrar la Resurrección. La celebración presidida por Mons. Rafael Zornoza, comenzó con el lucernario a las 23 horas, la Iglesia espera la Resurrección del Señor y la celebra con los sacramentos de la Iniciación Cristiana bautizando en esta ocasión, a tres catecúmenos adultos.

La bendición del fuego nuevo es un rito que se hace cada noche santa para dar luz a las tinieblas de esa noche. El cirio pascual es encendido con ese fuego y tras el acto, se encienden todas las velas repartidas a los fieles para dar luz al templo y comenzar así el canto del Pregón Pascual.

Tras la siete lecturas el prelado en su homilía señaló que «Es necesario dar gracias a Dios porque con Jesús, ha nacido la vida, con Cristo que ha resucitado, hemos vuelto a nacer.  Es tan grande la conciencia del pueblo de Dios y nuestra, de la infidelidad del hombre, que solamente desde Cristo que muere y resucita, por la fuerza de Dios, entendemos el valor de nuestro pecado. En esta noche se une el cielo y la tierra, lo humano y lo divino.

Por último se dirigió a los tres catecúmenos; «Esta noche es la noche del bautismo, hoy que recibís el santo bautismo, siempre recordaréis esta noche. En cada Pascua tenemos que volver a ese catecumenado largo para darnos cuenta de que ser cristianos es servir al Señor. Vosotras esta noche, vais a volver al Cielo. Es la realidad ontológica, viva y verdadera. Recibiréis hoy el don del Espíritu, el don de la confirmación y recibiréis por primera vez la comunión».

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Monseñor Rico Pavés preside la Eucaristía de Pascua en el primer templo de la Diócesis

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La Santa Iglesia Catedral ha acogido a las 11hrs la Eucaristía del Domingo de Resurrección.

Celebración del Domingo de Resurrección

En la jornada de hoy, tras la celebración de la Vigilia Pascual con la que se culmina el Triduo Pascual, la Santa Iglesia Catedral ha acogido esta mañana la Eucaristía del Domingo de Resurrección, presidida por Monseñor José Rico Pavés, Obispo de Asidonia-Jerez. En esta Santa Misa de Pascua han participado distintas autoridades eclesiásticas y civiles de Jerez de la Frontera. Asimismo, también ha estado presente la Hermandad del Resucitado, que realizaba su salida tras la celebración, y otras Hermandades que acompañan a Cristo Resucitado en su cortejo.

En la homilía, el Sr. Obispo de Asidonia-Jerez ha mencionado que la liturgia hoy nos propone la noticia de que Cristo ha resucitado, por ello debemos acordarnos de los sentimientos de aquellos que conocieron esta Buena Nueva y de esta forma vivir en nuestro corazón que Cristo ha vencido al pecado y recibir sus dones. Asimismo, ha recordado, que en este caminar de nuestra vida debemos dejarnos hacer por el Señor, ya que es luz para nuestro pasos.

En otro orden de ideas, el prelado haciendo mención a la Primera Lectura, ha recordado que debemos tener presente que todas las personas que quieran participar de la Pascua, deben hacerlo no sólo con sus palabras sino con sus hechos, convirtiéndose de esta forma en testigos de Cristo resucitado. Igualmente, ha destacado que San Pablo nos recuerda que el encuentro con Cristo debe significar el comenzar una nueva vida mirando siempre con esperanza.

Por último, destacar que el Vicario Episcopal para la Evangelización de Asidonia-Jerez, D. Luis Piñero, ha anunciado tras finalizar la Eucaristía que el próximo sábado 15 de abril se celebrará en la Santa Iglesia Catedral a las 12hrs una Eucaristía de acción de gracias por esta Semana Santa, además de tener como rogativa la lluvia, tan necesaria para los campos.

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Mensaje de Pascua del obispo de Málaga, Mons. Jesús Catalá

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¡Cristo ha resucitado! Alegrémonos y entonemos el cántico de la Pascua: ¡Aleluya! La Pascua es el paso del Señor de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz, del aniquilamiento a la resurrección, de la podredumbre a la regeneración. Es tiempo de gran alegría para la Iglesia y para toda la humanidad porque tiene lugar la salvación del género humano.

El Hijo de Dios, con su resurrección, no solo nos ha redimido, sino que nos ha divinizado. Cristo se ha hecho hombre para que los hombres compartamos su vida divina. Ser discípulos del Resucitado significa ser glorificados con Él.

El Señor Resucitado se apareció a María Magdalena (cf. Jn 20, 11-16), dándole a conocer que estaba vivo; y ella es la primera discípula que anuncia a los apóstoles la buena noticia (cf. Jn 20, 18). Los apóstoles salieron corriendo hacia el sepulcro, vieron los lienzos y el sudario (cf. Jn 20, 3-7) y creyeron en la resurrección del Señor (cf. Jn 20, 8).

El verdadero discípulo de Jesús comienza con un encuentro personal con el Resucitado. El Señor se nos aparece también a nosotros, porque Él está presente en nuestra vida mediante su resurrección; y lo hace de muchos modos: por medio de la oración, a través de los acontecimientos de la vida cotidiana, en la persona del prójimo, sobre todo de los más necesitados; en los sacramentos, de modo especial en la Eucaristía; y en la liturgia en general.

Somos discípulos de Cristo Resucitado; no lo somos de cualquier enseñante, maestro o gurú, sino del único Maestro, cuya resurrección avala su vida, su obra y su doctrina. Os invito a adentrarnos en este tiempo pascual meditando los primeros acontecimientos después de la Resurrección de Jesús: sus apariciones, sus encuentros con los discípulos, su presencia consoladora, sus explicaciones a quienes no entienden lo sucedido, su aliento a los decepcionados.

Nosotros, como discípulos de Cristo resucitado, también estamos llamados a dar testimonio de su vida y de su obra salvadora. Deseo con alegría desbordante este tiempo pascual. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

Homilía en la Misa Crismal

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Queridos hermanos del presbiterio, diácono, diáconos permanentes, queridos seminaristas, hermanas y hermanos de la vida consagrada, querida comunidad de esta Iglesia del Señor que camina en Almería. Querido Cyprian, hermano en el episcopado.

 

La misericordia de Dios nos concede un año más la oportunidad de sentir y celebrar los vínculos que nos unen a esta nuestra diócesis. Como siempre que celebramos la Eucaristía, Dios establece con cada uno de nosotros un diálogo personal. Dios entra en comunión con cada uno de nosotros, nos habla “al corazón” y renueva [y nosotros renovamos] su Alianza.

 

Todos nosotros que, algunas veces, vivimos cómodamente nuestra fe y los sacerdotes, que podemos hacer de nuestro ministerio un “modus vivendi”, sin riesgos notables, como los que tienen muchos bautizados… tendremos que preguntarnos esta tarde, ¿que entraña haber sido redimidos por la sangre de Cristo? como hemos escuchado en el Apocalipsis. La sangre, la vida entregada, se irá repitiendo día a día durante toda esta Semana Santa.

 

Todos, queridos sacerdotes, hemos nacido de la sangre derramada del costado de Cristo. Por eso concibo nuestro sacerdocio como una vida sacrificada, entregada, dada en alimento, para que todos tengan vida y la tengan en abundancia. ¡Qué gran verdad!

 

Podemos apoyarnos no sólo en la gracia, sino en el ejemplo de entrega y dedicación, sin límites, de muchos de nuestros sacerdotes mayores, algunos en edades muy avanzadas. Damos gracias a Dios y hoy también pedimos por ellos.

 

Os ruego que nos pongamos en las manos de nuestro venerable Cura Valera y aprendamos de él y de su entrega, hoy, en esta celebración, en el que renovamos nuestros compromisos sacerdotales, porque buscamos recobrar el amor primero. Demos gracias a Dios por el ministerio al que hemos sido llamados, a la vez que contemplamos nuestro ministerio mirando cara a cara a Cristo, el Pastor Bueno que nos precede y nos alienta en nuestra tarea pastoral.

 

Nuestra consagración está ligada a Cristo, víctima, para la salvación de los hombres, como nos preguntó, en último lugar del escrutinio (llamadas Promesas de los Elegidos), el obispo que nos ordenó. Y terminamos respondiendo: Sí, quiero, con la ayuda de Dios. Y después, de rodillas ante él, y con nuestras manos entre las suyas, le prometimos respeto y obediencia a él y a sus sucesores.

 

Si hermanos, quizás entre la pobreza, la castidad y la obediencia, el consejo evangélico más difícil de vivir sea la obediencia. Aunque yo pienso que los tres consejos van tan unidos que no se pueden separar. Porque todo es vencimiento de sí por el bien de los demás, de la vida comunitaria.

 

Un discernimiento en el espíritu, nos hará descubrir que vivir la pobreza sin la castidad y la obediencia no tiene sentido, que vivir la castidad sin la pobreza ni la obediencia, tampoco. Porque los consejos evangélicos tienen mucho que ver con la donación de sí mismo, y no es cuestión de voluntarismo, porque la voluntad se la hemos entregado a Dios y a la comunidad, el Pueblo Santo de Dios. ¿Estás dispuesto a apacentar el rebaño del Señor dejándote guiar por el Espíritu Santo? Este es el final de la primera pregunta que nos hicieron. Mi voluntad no para mi servicio, para mis intereses, sino dedicada a discernir el deseo de Dios.

 

Necesitamos mucha oración (sin desfallecer, es lo que prometimos) y mucha contemplación, mucho discernimiento, mucha capacidad de escucha al Pueblo Santo de Dios. Que también es el Cuerpo resucitado de Cristo. Necesitamos encontrarnos para salir de nuestros egoísmos, y sobre todo necesitamos caminar en comunidad.

 

A veces, se nos olvida vivir de la misericordia. Toda la comunidad, pero especialmente el obispo y sus sacerdotes: “en comunión imploren, Señor, tu misericordia por el pueblo que se les confía y en favor del mundo entero” oramos en la plegaria de ordenación, os lo repito: en comunión imploren, Señor, tu misericordia. Se nos escapa la verdadera espiritualidad sacerdotal por las rendijas de la vida, de nuestras ideologías, de los celos y las envidias de hermano mayor de la parábola, de la desgana y el cansancio, de psicologías rasgadas o rotas, de heridas no curadas… la vida comunitaria, que es el proyecto de Dios en Cristo, sana nuestras heridas, solo nuestro pecado, desgarra el amor, que es comunidad.

 

Pero el Señor nos ayudará, porque –como hemos proclamado en el salmo– nos promete la compañía de su Amor y de su Fidelidad, y entonces ¿qué más podemos pedir? ¿qué podemos temer? Hoy nos ponemos todos en manos de Dios, él sabe que somos débiles, que tenemos buenas intenciones, pero que muchas veces fracasamos. Confiar en él es nuestra salvación, incluso cuando NO sabemos comprender nuestra vida ni nuestra historia.

 

Queridos bautizados, queridos sacerdotes, cada Misa Crismal, pedimos por todos los que van a servirse durante todo este año de estos Santos Óleos y de este Santo Crisma y cada Misa Crismal renovamos nuestra unción. Por su sangre –otra vez su sangre, que es la vida– hizo de nosotros un reino de sacerdotes. Pero cuidado, los primeros versículos del Apocalipsis en la presentación lo dice de toda la comunidad de bautizados (no solo de los presbíteros). Nuestra misión es que la comunidad NO olvide que por la entrega de Cristo TODOS somos ese reino de sacerdotes. Son palabras mayores, que exigen nuestra propia entrega, según el modelo de Cristo Pastor Bueno, que da la vida por sus ovejas.

 

¡Revisémonos! A las personas ungidas se les nota. Desprenden el olor de la unción. Cuando alguien dice algo con “unción” las personas que le rodeamos sabemos que está expresando la verdad más íntima. Cuando un sacerdote celebra con unción, predica con unción y vive desprendidamente con unción… la gente sencilla lo reconoce como ungido. Y el buen olor de la unción no necesita de ningún tipo de aditamentos porque sobra todo. Desde la simplicidad, la humildad, el diálogo sincero y abierto, el gozo interior, el sentido orante, la palabra de la verdad, la entrega desinteresada, … todo esto fluye del corazón y llega al corazón de la persona que está a nuestro lado. Y así entregaremos día a día la vida.

 

Crezcamos todos en misericordia. ¡Ánimo y adelante!

 

+ Antonio, vuestro obispo

Testigos del Resucitado: mensaje de Pascua

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¡Cristo ha resucitado! Alegrémonos y entonemos el cántico de la Pascua: ¡Aleluya! La Pascua es el paso del Señor de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz, del aniquilamiento a la resurrección, de la podredumbre a la regeneración. Es tiempo de gran alegría para la Iglesia y para toda la humanidad porque tiene lugar la salvación del género humano.

El Hijo de Dios, con su resurrección, no solo nos ha redimido, sino que nos ha divinizado. Cristo se ha hecho hombre para que los hombres compartamos su vida divina. Ser discípulos del Resucitado significa ser glorificados con Él.

El Señor Resucitado se apareció a María Magdalena (cf. Jn 20, 11-16), dándole a conocer que estaba vivo; y ella es la primera discípula que anuncia a los apóstoles la buena noticia (cf. Jn 20, 18). Los apóstoles salieron corriendo hacia el sepulcro, vieron los lienzos y el sudario (cf. Jn 20, 3-7) y creyeron en la resurrección del Señor (cf. Jn 20, 8).

El verdadero discípulo de Jesús comienza con un encuentro personal con el Resucitado. El Señor se nos aparece también a nosotros, porque Él está presente en nuestra vida mediante su resurrección; y lo hace de muchos modos: por medio de la oración, a través de los acontecimientos de la vida cotidiana, en la persona del prójimo, sobre todo de los más necesitados; en los sacramentos, de modo especial en la Eucaristía; y en la liturgia en general.

Somos discípulos de Cristo Resucitado; no lo somos de cualquier enseñante, maestro o gurú, sino del único Maestro, cuya resurrección avala su vida, su obra y su doctrina. Os invito a adentrarnos en este tiempo pascual meditando los primeros acontecimientos después de la Resurrección de Jesús: sus apariciones, sus encuentros con los discípulos, su presencia consoladora, sus explicaciones a quienes no entienden lo sucedido, su aliento a los decepcionados.

Nosotros, como discípulos de Cristo resucitado, también estamos llamados a dar testimonio de su vida y de su obra salvadora. Deseo con alegría desbordante este tiempo pascual. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

+ Jesús Catalá
Obispo de Málaga

Domingo de Resurrección: “inundados de júbilo»

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Cuando se cerró el sepulcro ninguno de sus seguidores esperaban nada. Todo eran miedos, caras largas, discusiones y huidas. Las mujeres ya tenían preparado los ungüentos para embalsamar el cadáver. Acciones individuales que nos llevaban al vacío. Pero cuando cada uno de nosotros vivíamos en la tristeza estalló la vida, cuando estábamos incapacitados en nuestros encerramientos, nos cegó la luz, acostumbrados a vivir mirando ciegamente la oscuridad del sepulcro.

El júbilo, esa alegría intensa y comunitaria, aquello que inunda el corazón y no se puede expresar sólo con palabras, saltó por los aires y se difundió, como un desbordamiento de vida, en una explosión de aleluyas. En la liturgia cristiana conservamos como un tesoro tres palabras heredadas de la tradición judía: amén, hosanna y aleluya.

Halell, son los seis salmos del 113 al 118 que se rezan en la Pascua judía, los mismos que cantó Jesús con sus discípulos después de la Última Cena: ¨después de cantar el himno (halell) salieron para el monte de los olivos” (Mc 14, 26) y después la frustración, el fracaso, la injusticia, las heridas, las acusaciones, el individualismo, la vergüenza, el calvario, la soledad y una muerte ignominiosa.

Y el que yacía entre los muertos, el que había descendido a los infiernos, el que había frustrado las esperanzas terrenas de sus interesados seguidores, estalla como un almendro en flor. Primero nos prepara y nos cuestiona con la tumba vacía, luego pronuncia nuestro nombre ¡María!, y camina a nuestro lado ¡quédate con nosotros! y nos busca en el cenáculo, come con nosotros, deja que palpemos sus heridas, nos invita a echar la red al otro lado, y nos pregunta lo esencial: ¿me amas?

No es extraño que, como los primeros cristianos, en esta larga y sagrada tradición cantemos ¡Aleluya! es decir, ¡Alabad al Señor! Quizás debíamos caer en la cuenta cómo la resurrección nos unifica y nos hace buscarnos. Los que habíamos huido a nuestras tareas particulares volvemos al seno de la Iglesia congregada, los que teníamos un corazón arrugado o plegado sobre nosotros mismos, nos brota un cántico nuevo.

Tanta alegría no se puede callar, no es tiempo de silencios, aunque no podamos balbucearlo con palabras, nuestra vida expresa un gozo intenso que sobrepasa cualquier individualismo. Surge la vida comunitaria como una vida en Cristo y para los demás. El aleluya que cantamos nos recuerda que pertenecemos a un pueblo y hace que nos abracemos y saltemos de júbilo. El Amor de Dios se ha derramado y ha dado sentido a nuestra existencia.

A partir de la resurrección cobran sentido tantos plurales imperativos, como nuevos mandamientos: cantad, echad la red, mirad, corred, comed, salid, servid, buscad, alabad, amad… ¡nosotros! los del Padrenuestro. A partir de aquella mañana del primer día de la semana, adquiere sentido la vida comunitaria. A partir de aquella mañana el mandato es echad las redes y pescad… nada de encerraos en el cenáculo, no salgáis, no volváis de Emaús. A partir de ahora todas las semanas son santas.

¡Caminemos unidos! ¡El Señor, sale a nuestro encuentro y camina a nuestro lado! ¡Ánimo y adelante!

+ Antonio, vuestro obispo

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