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La Catedral de Cádiz acogió la solemne Vigilia Pascual

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«La vigilia de esta noche se ilumina con la Palabra de Dios»

La S.A.I. Catedral de Cádiz acogió la noche del Sábado Santo la Vigilia Pascual para celebrar la Resurrección. La celebración presidida por Mons. Rafael Zornoza, comenzó con el lucernario a las 23 horas, la Iglesia espera la Resurrección del Señor y la celebra con los sacramentos de la Iniciación Cristiana bautizando en esta ocasión, a tres catecúmenos adultos.

La bendición del fuego nuevo es un rito que se hace cada noche santa para dar luz a las tinieblas de esa noche. El cirio pascual es encendido con ese fuego y tras el acto, se encienden todas las velas repartidas a los fieles para dar luz al templo y comenzar así el canto del Pregón Pascual.

Tras la siete lecturas el prelado en su homilía señaló que «Es necesario dar gracias a Dios porque con Jesús, ha nacido la vida, con Cristo que ha resucitado, hemos vuelto a nacer.  Es tan grande la conciencia del pueblo de Dios y nuestra, de la infidelidad del hombre, que solamente desde Cristo que muere y resucita, por la fuerza de Dios, entendemos el valor de nuestro pecado. En esta noche se une el cielo y la tierra, lo humano y lo divino.

Por último se dirigió a los tres catecúmenos; «Esta noche es la noche del bautismo, hoy que recibís el santo bautismo, siempre recordaréis esta noche. En cada Pascua tenemos que volver a ese catecumenado largo para darnos cuenta de que ser cristianos es servir al Señor. Vosotras esta noche, vais a volver al Cielo. Es la realidad ontológica, viva y verdadera. Recibiréis hoy el don del Espíritu, el don de la confirmación y recibiréis por primera vez la comunión».

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Monseñor Rico Pavés preside la Eucaristía de Pascua en el primer templo de la Diócesis

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La Santa Iglesia Catedral ha acogido a las 11hrs la Eucaristía del Domingo de Resurrección.

Celebración del Domingo de Resurrección

En la jornada de hoy, tras la celebración de la Vigilia Pascual con la que se culmina el Triduo Pascual, la Santa Iglesia Catedral ha acogido esta mañana la Eucaristía del Domingo de Resurrección, presidida por Monseñor José Rico Pavés, Obispo de Asidonia-Jerez. En esta Santa Misa de Pascua han participado distintas autoridades eclesiásticas y civiles de Jerez de la Frontera. Asimismo, también ha estado presente la Hermandad del Resucitado, que realizaba su salida tras la celebración, y otras Hermandades que acompañan a Cristo Resucitado en su cortejo.

En la homilía, el Sr. Obispo de Asidonia-Jerez ha mencionado que la liturgia hoy nos propone la noticia de que Cristo ha resucitado, por ello debemos acordarnos de los sentimientos de aquellos que conocieron esta Buena Nueva y de esta forma vivir en nuestro corazón que Cristo ha vencido al pecado y recibir sus dones. Asimismo, ha recordado, que en este caminar de nuestra vida debemos dejarnos hacer por el Señor, ya que es luz para nuestro pasos.

En otro orden de ideas, el prelado haciendo mención a la Primera Lectura, ha recordado que debemos tener presente que todas las personas que quieran participar de la Pascua, deben hacerlo no sólo con sus palabras sino con sus hechos, convirtiéndose de esta forma en testigos de Cristo resucitado. Igualmente, ha destacado que San Pablo nos recuerda que el encuentro con Cristo debe significar el comenzar una nueva vida mirando siempre con esperanza.

Por último, destacar que el Vicario Episcopal para la Evangelización de Asidonia-Jerez, D. Luis Piñero, ha anunciado tras finalizar la Eucaristía que el próximo sábado 15 de abril se celebrará en la Santa Iglesia Catedral a las 12hrs una Eucaristía de acción de gracias por esta Semana Santa, además de tener como rogativa la lluvia, tan necesaria para los campos.

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Mensaje de Pascua del obispo de Málaga, Mons. Jesús Catalá

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¡Cristo ha resucitado! Alegrémonos y entonemos el cántico de la Pascua: ¡Aleluya! La Pascua es el paso del Señor de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz, del aniquilamiento a la resurrección, de la podredumbre a la regeneración. Es tiempo de gran alegría para la Iglesia y para toda la humanidad porque tiene lugar la salvación del género humano.

El Hijo de Dios, con su resurrección, no solo nos ha redimido, sino que nos ha divinizado. Cristo se ha hecho hombre para que los hombres compartamos su vida divina. Ser discípulos del Resucitado significa ser glorificados con Él.

El Señor Resucitado se apareció a María Magdalena (cf. Jn 20, 11-16), dándole a conocer que estaba vivo; y ella es la primera discípula que anuncia a los apóstoles la buena noticia (cf. Jn 20, 18). Los apóstoles salieron corriendo hacia el sepulcro, vieron los lienzos y el sudario (cf. Jn 20, 3-7) y creyeron en la resurrección del Señor (cf. Jn 20, 8).

El verdadero discípulo de Jesús comienza con un encuentro personal con el Resucitado. El Señor se nos aparece también a nosotros, porque Él está presente en nuestra vida mediante su resurrección; y lo hace de muchos modos: por medio de la oración, a través de los acontecimientos de la vida cotidiana, en la persona del prójimo, sobre todo de los más necesitados; en los sacramentos, de modo especial en la Eucaristía; y en la liturgia en general.

Somos discípulos de Cristo Resucitado; no lo somos de cualquier enseñante, maestro o gurú, sino del único Maestro, cuya resurrección avala su vida, su obra y su doctrina. Os invito a adentrarnos en este tiempo pascual meditando los primeros acontecimientos después de la Resurrección de Jesús: sus apariciones, sus encuentros con los discípulos, su presencia consoladora, sus explicaciones a quienes no entienden lo sucedido, su aliento a los decepcionados.

Nosotros, como discípulos de Cristo resucitado, también estamos llamados a dar testimonio de su vida y de su obra salvadora. Deseo con alegría desbordante este tiempo pascual. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

Homilía en la Misa Crismal

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Queridos hermanos del presbiterio, diácono, diáconos permanentes, queridos seminaristas, hermanas y hermanos de la vida consagrada, querida comunidad de esta Iglesia del Señor que camina en Almería. Querido Cyprian, hermano en el episcopado.

 

La misericordia de Dios nos concede un año más la oportunidad de sentir y celebrar los vínculos que nos unen a esta nuestra diócesis. Como siempre que celebramos la Eucaristía, Dios establece con cada uno de nosotros un diálogo personal. Dios entra en comunión con cada uno de nosotros, nos habla “al corazón” y renueva [y nosotros renovamos] su Alianza.

 

Todos nosotros que, algunas veces, vivimos cómodamente nuestra fe y los sacerdotes, que podemos hacer de nuestro ministerio un “modus vivendi”, sin riesgos notables, como los que tienen muchos bautizados… tendremos que preguntarnos esta tarde, ¿que entraña haber sido redimidos por la sangre de Cristo? como hemos escuchado en el Apocalipsis. La sangre, la vida entregada, se irá repitiendo día a día durante toda esta Semana Santa.

 

Todos, queridos sacerdotes, hemos nacido de la sangre derramada del costado de Cristo. Por eso concibo nuestro sacerdocio como una vida sacrificada, entregada, dada en alimento, para que todos tengan vida y la tengan en abundancia. ¡Qué gran verdad!

 

Podemos apoyarnos no sólo en la gracia, sino en el ejemplo de entrega y dedicación, sin límites, de muchos de nuestros sacerdotes mayores, algunos en edades muy avanzadas. Damos gracias a Dios y hoy también pedimos por ellos.

 

Os ruego que nos pongamos en las manos de nuestro venerable Cura Valera y aprendamos de él y de su entrega, hoy, en esta celebración, en el que renovamos nuestros compromisos sacerdotales, porque buscamos recobrar el amor primero. Demos gracias a Dios por el ministerio al que hemos sido llamados, a la vez que contemplamos nuestro ministerio mirando cara a cara a Cristo, el Pastor Bueno que nos precede y nos alienta en nuestra tarea pastoral.

 

Nuestra consagración está ligada a Cristo, víctima, para la salvación de los hombres, como nos preguntó, en último lugar del escrutinio (llamadas Promesas de los Elegidos), el obispo que nos ordenó. Y terminamos respondiendo: Sí, quiero, con la ayuda de Dios. Y después, de rodillas ante él, y con nuestras manos entre las suyas, le prometimos respeto y obediencia a él y a sus sucesores.

 

Si hermanos, quizás entre la pobreza, la castidad y la obediencia, el consejo evangélico más difícil de vivir sea la obediencia. Aunque yo pienso que los tres consejos van tan unidos que no se pueden separar. Porque todo es vencimiento de sí por el bien de los demás, de la vida comunitaria.

 

Un discernimiento en el espíritu, nos hará descubrir que vivir la pobreza sin la castidad y la obediencia no tiene sentido, que vivir la castidad sin la pobreza ni la obediencia, tampoco. Porque los consejos evangélicos tienen mucho que ver con la donación de sí mismo, y no es cuestión de voluntarismo, porque la voluntad se la hemos entregado a Dios y a la comunidad, el Pueblo Santo de Dios. ¿Estás dispuesto a apacentar el rebaño del Señor dejándote guiar por el Espíritu Santo? Este es el final de la primera pregunta que nos hicieron. Mi voluntad no para mi servicio, para mis intereses, sino dedicada a discernir el deseo de Dios.

 

Necesitamos mucha oración (sin desfallecer, es lo que prometimos) y mucha contemplación, mucho discernimiento, mucha capacidad de escucha al Pueblo Santo de Dios. Que también es el Cuerpo resucitado de Cristo. Necesitamos encontrarnos para salir de nuestros egoísmos, y sobre todo necesitamos caminar en comunidad.

 

A veces, se nos olvida vivir de la misericordia. Toda la comunidad, pero especialmente el obispo y sus sacerdotes: “en comunión imploren, Señor, tu misericordia por el pueblo que se les confía y en favor del mundo entero” oramos en la plegaria de ordenación, os lo repito: en comunión imploren, Señor, tu misericordia. Se nos escapa la verdadera espiritualidad sacerdotal por las rendijas de la vida, de nuestras ideologías, de los celos y las envidias de hermano mayor de la parábola, de la desgana y el cansancio, de psicologías rasgadas o rotas, de heridas no curadas… la vida comunitaria, que es el proyecto de Dios en Cristo, sana nuestras heridas, solo nuestro pecado, desgarra el amor, que es comunidad.

 

Pero el Señor nos ayudará, porque –como hemos proclamado en el salmo– nos promete la compañía de su Amor y de su Fidelidad, y entonces ¿qué más podemos pedir? ¿qué podemos temer? Hoy nos ponemos todos en manos de Dios, él sabe que somos débiles, que tenemos buenas intenciones, pero que muchas veces fracasamos. Confiar en él es nuestra salvación, incluso cuando NO sabemos comprender nuestra vida ni nuestra historia.

 

Queridos bautizados, queridos sacerdotes, cada Misa Crismal, pedimos por todos los que van a servirse durante todo este año de estos Santos Óleos y de este Santo Crisma y cada Misa Crismal renovamos nuestra unción. Por su sangre –otra vez su sangre, que es la vida– hizo de nosotros un reino de sacerdotes. Pero cuidado, los primeros versículos del Apocalipsis en la presentación lo dice de toda la comunidad de bautizados (no solo de los presbíteros). Nuestra misión es que la comunidad NO olvide que por la entrega de Cristo TODOS somos ese reino de sacerdotes. Son palabras mayores, que exigen nuestra propia entrega, según el modelo de Cristo Pastor Bueno, que da la vida por sus ovejas.

 

¡Revisémonos! A las personas ungidas se les nota. Desprenden el olor de la unción. Cuando alguien dice algo con “unción” las personas que le rodeamos sabemos que está expresando la verdad más íntima. Cuando un sacerdote celebra con unción, predica con unción y vive desprendidamente con unción… la gente sencilla lo reconoce como ungido. Y el buen olor de la unción no necesita de ningún tipo de aditamentos porque sobra todo. Desde la simplicidad, la humildad, el diálogo sincero y abierto, el gozo interior, el sentido orante, la palabra de la verdad, la entrega desinteresada, … todo esto fluye del corazón y llega al corazón de la persona que está a nuestro lado. Y así entregaremos día a día la vida.

 

Crezcamos todos en misericordia. ¡Ánimo y adelante!

 

+ Antonio, vuestro obispo

Testigos del Resucitado: mensaje de Pascua

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¡Cristo ha resucitado! Alegrémonos y entonemos el cántico de la Pascua: ¡Aleluya! La Pascua es el paso del Señor de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz, del aniquilamiento a la resurrección, de la podredumbre a la regeneración. Es tiempo de gran alegría para la Iglesia y para toda la humanidad porque tiene lugar la salvación del género humano.

El Hijo de Dios, con su resurrección, no solo nos ha redimido, sino que nos ha divinizado. Cristo se ha hecho hombre para que los hombres compartamos su vida divina. Ser discípulos del Resucitado significa ser glorificados con Él.

El Señor Resucitado se apareció a María Magdalena (cf. Jn 20, 11-16), dándole a conocer que estaba vivo; y ella es la primera discípula que anuncia a los apóstoles la buena noticia (cf. Jn 20, 18). Los apóstoles salieron corriendo hacia el sepulcro, vieron los lienzos y el sudario (cf. Jn 20, 3-7) y creyeron en la resurrección del Señor (cf. Jn 20, 8).

El verdadero discípulo de Jesús comienza con un encuentro personal con el Resucitado. El Señor se nos aparece también a nosotros, porque Él está presente en nuestra vida mediante su resurrección; y lo hace de muchos modos: por medio de la oración, a través de los acontecimientos de la vida cotidiana, en la persona del prójimo, sobre todo de los más necesitados; en los sacramentos, de modo especial en la Eucaristía; y en la liturgia en general.

Somos discípulos de Cristo Resucitado; no lo somos de cualquier enseñante, maestro o gurú, sino del único Maestro, cuya resurrección avala su vida, su obra y su doctrina. Os invito a adentrarnos en este tiempo pascual meditando los primeros acontecimientos después de la Resurrección de Jesús: sus apariciones, sus encuentros con los discípulos, su presencia consoladora, sus explicaciones a quienes no entienden lo sucedido, su aliento a los decepcionados.

Nosotros, como discípulos de Cristo resucitado, también estamos llamados a dar testimonio de su vida y de su obra salvadora. Deseo con alegría desbordante este tiempo pascual. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

+ Jesús Catalá
Obispo de Málaga

Domingo de Resurrección: “inundados de júbilo»

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Cuando se cerró el sepulcro ninguno de sus seguidores esperaban nada. Todo eran miedos, caras largas, discusiones y huidas. Las mujeres ya tenían preparado los ungüentos para embalsamar el cadáver. Acciones individuales que nos llevaban al vacío. Pero cuando cada uno de nosotros vivíamos en la tristeza estalló la vida, cuando estábamos incapacitados en nuestros encerramientos, nos cegó la luz, acostumbrados a vivir mirando ciegamente la oscuridad del sepulcro.

El júbilo, esa alegría intensa y comunitaria, aquello que inunda el corazón y no se puede expresar sólo con palabras, saltó por los aires y se difundió, como un desbordamiento de vida, en una explosión de aleluyas. En la liturgia cristiana conservamos como un tesoro tres palabras heredadas de la tradición judía: amén, hosanna y aleluya.

Halell, son los seis salmos del 113 al 118 que se rezan en la Pascua judía, los mismos que cantó Jesús con sus discípulos después de la Última Cena: ¨después de cantar el himno (halell) salieron para el monte de los olivos” (Mc 14, 26) y después la frustración, el fracaso, la injusticia, las heridas, las acusaciones, el individualismo, la vergüenza, el calvario, la soledad y una muerte ignominiosa.

Y el que yacía entre los muertos, el que había descendido a los infiernos, el que había frustrado las esperanzas terrenas de sus interesados seguidores, estalla como un almendro en flor. Primero nos prepara y nos cuestiona con la tumba vacía, luego pronuncia nuestro nombre ¡María!, y camina a nuestro lado ¡quédate con nosotros! y nos busca en el cenáculo, come con nosotros, deja que palpemos sus heridas, nos invita a echar la red al otro lado, y nos pregunta lo esencial: ¿me amas?

No es extraño que, como los primeros cristianos, en esta larga y sagrada tradición cantemos ¡Aleluya! es decir, ¡Alabad al Señor! Quizás debíamos caer en la cuenta cómo la resurrección nos unifica y nos hace buscarnos. Los que habíamos huido a nuestras tareas particulares volvemos al seno de la Iglesia congregada, los que teníamos un corazón arrugado o plegado sobre nosotros mismos, nos brota un cántico nuevo.

Tanta alegría no se puede callar, no es tiempo de silencios, aunque no podamos balbucearlo con palabras, nuestra vida expresa un gozo intenso que sobrepasa cualquier individualismo. Surge la vida comunitaria como una vida en Cristo y para los demás. El aleluya que cantamos nos recuerda que pertenecemos a un pueblo y hace que nos abracemos y saltemos de júbilo. El Amor de Dios se ha derramado y ha dado sentido a nuestra existencia.

A partir de la resurrección cobran sentido tantos plurales imperativos, como nuevos mandamientos: cantad, echad la red, mirad, corred, comed, salid, servid, buscad, alabad, amad… ¡nosotros! los del Padrenuestro. A partir de aquella mañana del primer día de la semana, adquiere sentido la vida comunitaria. A partir de aquella mañana el mandato es echad las redes y pescad… nada de encerraos en el cenáculo, no salgáis, no volváis de Emaús. A partir de ahora todas las semanas son santas.

¡Caminemos unidos! ¡El Señor, sale a nuestro encuentro y camina a nuestro lado! ¡Ánimo y adelante!

+ Antonio, vuestro obispo

La luz se abre paso entre la oscuridad, Cristo ha resucitado

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La Vigilia Pascual reunió a numerosos fieles en la Catedral de Jaén. Dio comienzo a las diez y media de la noche. La noche en la que la luz se abre paso entre la oscuridad. La noche en la que nuestro Señor Jesucristo pasa de la muerte a la vida.

El Obispo de la Diócesis, Don Sebastián Chico Martínez, se encontraba en la Puerta del Perdón el fuego nuevo que iba a bendecir. Posteriormente, tras la incisión de la cruz, del alfa y el omega y de los otros signos en el Cirio, incrustó los cinco granos de incienso, en recuerdo de las llagas del Señor. Culminaba el rito encendiendo el Cirio Pascual, símbolo de la vida y la resurrección.

Con el Cirio encendido, el Canónigo y Rector del Seminario, D. Juan Francisco Ortiz,  encabezó la procesión desde exterior hasta el presbiterio, con el templo totalmente a oscuras.  Lo seguía un seminarista con el báculo, el Obispo, algunos Canónigos de la Catedral, los seminaristas, los ministros y la niña que iba a recibir las aguas del bautismo, junto con sus padres y padrinos. Cerraba la comitiva los fieles reunidos en esta noche santa.

Uno a uno, todos los congregados encendieron sus velas, mientras daba comienzo la celebración eucarística. Una vez en el presbiterio, el Cirio se instalaba junto al ambón, mientras se encendían algunas luces del templo.

El Canónigo D. Emilio Samaniego fue el encargado de cantar el pregón Pascual. Le siguieron siete lecturas, con sus salmos. A continuación, con el canto del Gloria se encendieron todas las luces del templo y varios miembros de la Cofradía de la Buena Muerte vistieron la mesa del altar. Después, las campanas volteraron, anunciando que Cristo ha resucitado. Tras la lectura de la Epístola, se ha entonado el Aleluya. Finalmente, D. Juan  Francisco Ortiz proclamaba el Evangelio.

El Obispo quiso comenzar su predicación recordando que la Vigilia Pascual es la celebración más importante del año litúrgico. “En ella recordamos la larga espera de toda la creación hasta la noche gloriosa de la Resurrección de Jesucristo”. 

En este sentido Don Sebastián quiso  subrayar que para los cristianos la Resurrección es “la afirmación central de nuestra fe. Este es el acontecimiento que da sentido a nuestra fe. Si somos cristianos es por eso, porque Jesús no se quedó en el sepulcro, sino que la fuerza de Dios lo hizo pasar a su nueva existencia, en la que está para siempre, y desde la que se nos hace presente continuamente, sobre todo en la Eucaristía”.  Y añadió: A lo largo del año podremos vivir del resplandor de esta noche gloriosa, ella iluminará nuestros pasos, dirigirá nuestras decisiones, sostendrá nuestros esfuerzos, confirmará nuestra fe, fortalecerá nuestra esperanza y activará la eficacia de nuestro amor”.

El Pastor diocesano quiso culminar pidiendo a la Virgen María “que recibió como nadie en su corazón el gozo de la resurrección de su Hijo, que nos acompañe y nos ayude a vivir fortalecidos y santificados por el recuerdo de la resurrección de Jesucristo y la esperanza segura de llegar a participar un día en este triunfo definitivo de la bondad de Dios y de nuestra propia vida”.

Al término de las palabras del Prelado, D. Juan Francisco Ortiz portó el Cirio Pascual hasta la pila bautismal, donde Don Sebastián bendijo el agua. Allí se bautizó a la pequeña Martina.

A continuación, los fieles que estaban participando en la Vigilia Pascual renovaron las promesas bautismales. Finalmente, con las candelas encendidas, al igual que el día de su Bautismo, el Obispo fue asperjando a todos los presentes.

Las ofrendas fueron presentadas ante el Obispo por los familiares de la niña que había sido bautizada.

Además, Martina subió al Presbiterio junto a sus padres y padrinos que rezaron por ella el Padre Nuestro. Su primera vez como hija de Dios. Un precioso gesto que Don Sebastián quiso recalcar.

Tras la celebración eucarística y una foto de familia con la niña bautizada y los padres y padrinos, todos los fieles pudieron compartir un chocolate en la Sacristía.

Domingo de Pascua

El domingo de la Resurrección de Cristo también se ha celebrado con gran solemnidad en la Catedral de Jaén. A las 12 de la mañana comenzaba la celebración eucarística presidida por el Obispo y concelebrada por algunos miembros del Cabildo.

Tras la proclamación del Evangelio, por parte del Canónigo D. Emilio Samaniego, el Prelado del Santo Reino comenzó su homilía felicitando la Pascua a todos los que participaban en la Santa Misa.

Después quiso manifestar que Si vivimos con Jesús y como Jesús, “Dios nos resucitará también a nosotros y llegaremos a la vida eterna, junto con Cristo y con los Santos, en comunión de gozo y de vida con el Dios Trino. Esta es la afirmación central del cristianismo”.

Asimismo,  subrayó que la resurrección de Cristo “nos abrió las puertas de esta gran esperanza. Gracias a esta esperanza tenemos razones para vivir y para superar las dificultades y los sufrimientos de esta vida”. En este sentido, el Obispo continuó: Por eso hoy se nos pide algo más que recordar, que creer, que celebrar. Se nos pide que levantemos los ojos hacia el mundo de la resurrección para vivir en consecuencia, con libertad interior, con justicia, con piedad y generosidad, con confianza y con paz”.

Del mismo modo, Don Sebastián quiso alentar a los fieles a ser verdaderos testigos de Jesucristo, en medio de este mundo. Pidamos al Señor que, por la intercesión de la Virgen María, nos llene de la gracia del Espíritu Santo, para que lleguemos a ser testigos verdaderos de su resurrección, profetas de la bondad de Dios y de la vida eterna, mediante el testimonio de una vida santa, llena de buenas obras y de palabras verdaderas y convincentes”, culminaba.

Posteriormente, el pueblo fiel renovó sus promesas bautismales y el Prelado los asperjó con agua bendita, como símbolo del agua que recibieron en su Bautismo.

La celebración eucarística terminaba entonando el Regina Coeli.

Galería fotográfica: “Vigilia Pascual”

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“Cristo es nuestra vida, es nuestra resurrección”

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Homilía del arzobispo de Granada, D. José María Gil Tamayo, en la Eucaristía del Domingo de Resurrección, celebrada en la Catedral el 9 de abril de 2023.

Queridos hermanos, sacerdotes concelebrantes, querido diácono;
queridos seminaristas;
queridos hermanos y hermanas, queridos jóvenes y niños:

¡Feliz Pascua de Resurrección!

¡Cristo ha resucitado! No podemos buscar entre los muertos al que está vivo. Me han pedido que esta homilía sea breve, porque, si no, tendríamos esperando a las procesiones siguientes. Y así voy a hacerlo. Pero no quiero dejar de recordaros, y recordarme, la grandeza de este día.

Hemos escuchado en la Primera Lectura el hecho de cómo explican los apóstoles el hecho de la Resurrección del Señor. Jesús ha resucitado y ellos han sido testigos. Y nuestra fe se basa en ese testimonio. Ciertamente, en el sepulcro vacío, pero, también, y sobre todo, en el testimonio de aquellos que fueron los primeros seguidores de Jesús y que nos lo han contado.

Hemos escuchado el Evangelio, que nos muestra el hecho de la Resurrección del Señor y cómo las mujeres se convierten en anunciadoras de la mayor de las noticias cristianas: que Cristo ha resucitado, que Cristo ha vencido al pecado y a la muerte.

Y hemos escuchado también un texto de la Carta de San Pablo a los Romanos, donde nos invita cómo tiene que ser nuestra vida teniendo en cuenta que Cristo ha resucitado. No seguimos a un muerto ilustre, que se nos pierde en la noche de los tiempos. Cristo no es una idea. Cristo no está enterrado en ningún sitio. Cristo está vivo, ha resucitado.

Hemos escuchado también la secuencia, ese bello canto en que se le pide a María Magdalena “dinos, María, qué has visto en el camino”. “A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja. Resucitó, de verás, mi amor y mi esperanza”.

Pero, quiero deciros que estoy impresionado realmente por la Semana Santa de Granada. Ha sido una lección de fe encarnada en un pueblo, una fe viva entre nosotros, en vuestras familias y que hoy manifestáis trayendo a vuestros hijos y a los más pequeños, a los que he visto también en los desfiles procesionales. Con esa fe heredada de nuestros mayores, de nuestros mayores. Con esa fe que da sentido a la vida y que nos hace mirar la existencia con los ojos de Dios, con los ojos de Cristo Resucitado, con la misión cristiana de la existencia.

Queridas familias, queridos hermanos y hermanas, queridos fieles del Pueblo de Dios en Granada, no os dejéis arrebatar esa fe. Aunque tenemos miserias, aunque tenemos defectos, pero mantener a flote esa fe. Actualizadla y llevadla a la vida de manos de la religiosidad popular, que nuestras hermandades y cofradías ponen en alto.

He quedado impresionado por el acto en el Campo del Príncipe ante el Cristo de los Favores, que es Cristo Resucitado que está vivo y que nos escucha. Y que nos dice que cualquier cosa que pidamos al Padre en Su nombre nos la concederá. Si mantenemos esa fe, tenemos esperanza. Si mantenemos esa fe y se la transmitís a los más pequeños con vuestras costumbres, con vuestras peculiaridades, en vuestros hogares, transmitidles, llevad a vuestros hijos a Jesús. El Cristo Resucitado, el Verbo de Dios hecho hombre es la vocación suprema, es la plenitud del ser humano. No podemos darle a nadie mejor que a Cristo.

La evangelización, el Evangelio es el gran regalo al que nos invita Jesús y a vivirlo entre nosotros. Y eso nos hace tener esperanza que traspasa la muerte. Nos hace tener el recuerdo vivo de quienes nos han precedido en la fe y, al mismo tiempo, nos da fuerza para cambiar el mundo, para hacer un mundo mejor.

Queridos padres, queridas familias, queridos jóvenes y niños, quered a Jesús. Cristo está vivo. Cristo es nuestro amigo. Cristo es nuestra vida, es nuestra resurrección.

Vamos a seguir con esta celebración gozosa y que vivamos el gran don de la Pascua. La alegría y la paz en nuestros hogares, en nuestras familias, en nuestro pueblo.

Que Santa María, alegre, a la que el Pueblo cristiano felicita por la Resurrección: ¡Alégrate, María! Que Ella nos ayude y nos proteja. Y con nuestras amarguras, que son las suyas, que son las de Cristo, las alivie con Su presencia materna.

Así sea.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

9 de abril de 2023
Catedral de Granada

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Domingo I de Pascua. Ciclo A. 9 de abril de 2023

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Domingo I de Pascua. Ciclo A. 9 de abril de 2023

¡HA RESUCITADO!
La muerte de Jesús nos deja en el sepulcro, en la tristeza, sin un futuro y en la total derrota. Algo inesperado acontece y lo cambia todo, y llena de sentido todo lo sucedido días atrás.

Cristo ya no está en el sepulcro. Para unos será montaje y para otros, movidos por la fe, es la primera prueba de su resurrección.
A nosotros nos llega ese testimonio a partir de personas concreta y que fueron relevantes en la vida terrena de Jesús. Ellos se hacen testigos de lo que han experimentado y lo comparten, porque la fe nos hace descubrir tras realidades inexplicables pero ciertas.
Una mujer da el anuncio y Pedro y Juan, de gran influencia en la comunidad primitiva cristiana es a los que se les revela este misterio.
El amor a la vida es la forma que Dios deja en cada una de sus actuaciones, y el amor del Padre al Hijo lo demuestra la resurrección, porque el amor hace vencer a la muerte y convierte en alegría nuestra existencia, cambia nuestras vidas y llena nuestros corazones de un amor nuevo, el del Resucitado, que recupera a aquellos que la muerte les hizo alejarse.

DESARROLLO
La resurrección de Jesús es un misterio, y por lo tanto entra en el ámbito de la fe. Pero tenemos desde muy antiguo testimonios orales de aquellos que se encontraron la tumba vacía y varios de los encuentros con el Resucitado, con los que se expresa la fe en la resurrección.
El evangelista Juan destaca el estado en el que se encontraban las vendas y el sudario que envolvió al cuerpo de Jesús, para de esta manera desmontar el rumor de quienes en aquel momento afirmaban que todo había sido un montaje y un robo del cadáver.
El discípulo ideal para este evangelista es aquel que cree al fiarse del testimonio de la tumba vacía, sin embargo, otros, entre ellos Simón Pedro, necesitarán de las apariciones del Señor como la prueba irrefutable de su resurrección.
Es llamativo que el primer testigo de la tumba vacía y de la resurrección sea una mujer, María Magdalena. Esta mujer va al amanecer cuando todavía estaba oscuro, símbolo del comienzo de un nuevo día, de una nueva etapa, aunque la oscuridad por la falta de fe también está presente. Esta mujer, llevada por la tristeza que le ha dejado la muerte de Jesús también vive en una confusión por no entender lo sucedido.
La tumba vacía es la expresión de la victoria de la que es la Vida nueva y verdadera, porque el Padre lo ha resucitado a la vida eterna. El amor a la vida es la firma de Dios en sus grandes actuaciones, mientras que los seres humanos ponemos muerte, y usamos la muerte para dominar la vida.
El que fue días atrás crucificado como un malhechor y murió de esa manera tan horrible, como si el Padre lo hubiera rechazado y dado la espalda, hoy aparece devuelto a la vida por ese mismo Padre que se nos revela en su amor por Hijo y por todos sus hijos, pues la resurrección del Señor es nuestra resurrección.
La muerte supone un absurdo y un drama. Sin embargo, la resurrección es la que da sentido a esta vida terrena, pues no hemos nacido para morir sino para resucitar en una vida que se prolonga en la eternidad. Así, pues, la resurrección es alegría, la alegría de la fe y del amor, la alegría que pone esperanza en el dolor y sufrimiento que a diario también padecemos. Y esta es la buena noticia que no ha caducado: Cristo ha resucitado y desde entonces todo es diferente para quienes tenemos fe en él.

Emilio José Fernández, sacerdote
http://elpozodedios.blogspot.com/ 

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El obispo de Huelva resalta en la Vigilia Pascual que “con esta luz podemos encontrar el camino y la orientación de nuestra vida”

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El obispo de Huelva resalta en la Vigilia Pascual que “con esta luz podemos encontrar el camino y la orientación de nuestra vida”

En la Santa Iglesia Catedral el obispo de Huelva, Santiago Gómez Sierra, presidió la Vigilia Pascual en la Noche Santa de este 8 de abril acompañado por numerosos fieles que llenaron el templo.

La Vigilia Pascual se iniciaba con la liturgia de la luz, a las puertas de la Catedral, con la bendición del fuego y la bendición del cirio, bellamente embellecido y encendido del fuego nuevo para simbolizar la nube luminosa del Éxodo y el Cuerpo Glorioso de Cristo.

En este cirio que en esta noche representa al mismo Cristo, grabado el año 2023 entre el alfa y la omega, pues Cristo, que atraviesa todo el tiempo desde el principio hasta a su fin, vivo en nuestro presente para llenarlo de luz. Así fue experimentado en la procesión de entrada cuando la Luz de Cristo del Cirio Pascual inundó la oscuridad del templo, disipando las tinieblas del corazón y el espíritu, y abriéndonos al gran acontecimiento de la historia proclamado en el pregón pascual.

A continuación, fueron proclamadas las nueve lecturas que recorren la historia de la salvación, siete del Antiguo Testamento y dos del Nuevo: la Creación, pasando por el sacrificio de Abrahán, el paso del Mar Rojo, la nueva Jerusalén, la salvación gratuita y universal, la fuente de la sabiduría, el corazón y el espíritu nuevos, el Bautismo como sacramento pascual donde se nos comunica la salvación obrada por Dios en Cristo y el Evangelio con el relato pascual, precedido del canto solemne del aleluya, por primera vez desde el inicio de la Cuaresma, que resonó con una especial belleza en las voces del Coro de la Catedral.

En su homilía, Mons. Santiago Gómez resaltó la relevancia de la luz a lo largo de la historia. “La luz terrena es uno de los símbolos primigenios de la humanidad: “La tierra estaba informe y vacía; la tiniebla cubría la superficie del abismo …Dijo Dios: “Exista la luz”. Y la luz existió. Vio Dios que la luz era buena.” (Gén 1,2-3). La luz terrena es el reflejo más directo de la realidad divina. “Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna.” (1Jn 1,5).

La liturgia de esta Vigilia Pascual presenta simbólicamente el contraste entre la noche y la luz:

“En la noche del Sábado Santo -continuaba el obispo- , día de la sepultura de Jesús, las tinieblas han presentado su realidad más tenebrosa: la muerte. Después de un proceso judicial, del cual ha resultado que la verdad y el amor son culpables, al que ha dicho: “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8,12) le han empujado a la oscuridad del sepulcro. Pero la resurrección de Jesús acarrea el gran cambio: Esta es la noche en que rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo. ¡Qué noche tan dichosa en que se une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino! (Pregón Pascual). La luz ha vencido, vive a partir de ahora inmortal y glorioso, “es Cristo, tu Hijo resucitado, que, al salir del sepulcro, brilla sereno para el linaje humano” (Pregón Pascual).”

Sin embargo, recordaba Mons. Santiago Gómez, “el drama aún no ha terminado. Aún falta el final. Tendrá lugar cuando el Señor vuelva, entonces “ya no habrá más noche… porque el Señor Dios los iluminará” (Ap 22, 5). Todavía es de noche, pero ya está encendida la luz de Cristo.”

Recordaba el obispo de Huelva que, en la actualidad, la simbología de la luz y las tinieblas se ve representada tal y como comenzó la celebración en esta noche del Sábado Santo. “En este gran drama entre la oscuridad y la luz transcurre la historia de los hombres y nuestra propia vida. El templo a oscuras, tal como hemos empezado la celebración, cuando no se ve nada y se tropieza y se choca con los demás, ¿no es una imagen de nuestro mundo? A pesar de todos los conocimientos científicos y de todos los adelantos sociales sigue reinando una gran oscuridad. Los hombres sabemos mucho y, sin embargo, seguimos chocando unos con otros en esta noche universal, que con tanta frecuencia no solo oculta a Dios, sino también al más próximo, el prójimo.”

“En medio de la noche hemos encendido el Cirio Pascual, porque Dios ya ha encendido su Luz: “buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ¡ha resucitado! (Mt 28, 6). De verdad, podemos aclamar: Luz de Cristo. Demos gracias a Dios. Con esta luz podemos encontrar el camino y la orientación de nuestra vida, y nos ayuda a conocer al otro y a nosotros mismos”, señalaba.

“Con esta Vigilia Pascual -continuaba Mons. Santiago Gómez- estamos celebrando con el símbolo elocuente de la luz que disipa las tinieblas la Resurrección. También, el hecho de estar en vela durante estas horas de la noche nos recuerda debemos vivirla como preparación del regreso glorioso del Señor, “tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo” (Mt 25,1). Sí, vivamos esta noche con nuestras lámparas encendidas, como anticipación del banquete de bodas, con la alegría que debe invadirnos en esta noche santa.”

Concluía el obispo de Huelva preguntándose si “¿tendrá mi lámpara aceite para, cuando llegue el esposo, salir a su encuentro? Pensemos que el mundo puede estar a oscuras, pero una sola vela basta para iluminar la más profunda oscuridad. Y Dios me ha dado en el bautismo una vela y el fuego del Espíritu. En vez de lamentarnos de la noche de nuestros tiempos, vamos a encender la lucecita que Dios nos ha concedido con mi trabajo, paciencia, confianza y amor. Así podremos exclamar con verdad: Luz de Cristo. Demos gracias a Dios“, dando paso a la tercera parte de la Vigilia Pascual, la liturgia bautismal.

Este tercer momento se iniciaba con las letanías de los santos, que daba paso a la bendición del agua, un bellísimo resumen de la teología bautismal, y la renovación de las promesas bautismales, centro de nuestra vida cristiana. Finalmente, la celebración culminó con la liturgia Eucarística, elemento central de esta Vigilia y máxima expresión del Misterio Pascual, pues en ella se renueva la Muerte y Resurrección de Jesucristo.

La entrada El obispo de Huelva resalta en la Vigilia Pascual que “con esta luz podemos encontrar el camino y la orientación de nuestra vida” se publicó primero en Diócesis de Huelva.

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