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Descanse en paz D. Luis Sánchez Ontiveros

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Descanse en paz D. Luis Sánchez Ontiveros

El sacerdote granadino, D. Luis Sánchez Ontiveros, fallecido el pasado 7 de abril, Viernes Santo, era capellán del Convento de Nuestra Señora de la Piedad y Sancti Spiritus de Granada desde 2008.

D. Luis Sánchez Ontiveros nació en la localidad granadina de Domingo Pérez en 1927. Después de prepararse como seminarista para el sacerdocio, recibió la ordenación en nuestra diócesis en 1954.

Sus primeros destinos pastorales fueron en las parroquias de Tablones, Guájar Alto, Garnatilla-Puntalón y la Divina Pastoral de Motril. En 1957 comenzó su etapa como docente que desarrolló como profesor de latín en el Seminario Mayor San Cecilio. Posteriormente fue profesor de religión del Instituto Juan XXIII de Granada y profesor de castellano en el Saint Paul High School de Granada.

También fue párroco en la parroquia de la Encarnación de Benalúa de las Villas, en la parroquia de Santa María Micaela, en la de Cijuela, y en San Isidro-El Chaparral, donde desde 2008 era párroco emérito.

Damos gracias a Dios por la vocación y ministerio entregado al pueblo granadino de D. Luis Sánchez que desde el 11 de septiembre de 2008 era capellán del convento de Nuestra Señora de la Piedad y Sancti Spiritus de Granada.

Rogamos por su eterno descanso.

María José Aguilar
Secretariado de Medios de Comunicación Social

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“La capacidad comunicativa en la Iglesia. Sacerdotes: claves, retos y deficiencias”, ponencia de Alberto García Reyes dirigida al clero

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“La capacidad comunicativa en la Iglesia. Sacerdotes: claves, retos y deficiencias”, ponencia de Alberto García Reyes dirigida al clero

La Universidad de Curas de Sevilla y Hermandad de San Pedro Ad Vincula ha preparado para mañana martes, 11 de abril, un encuentro formativo que dará comienzo a las doce del mediodía y que se celebrará en la Casa Sacerdotal. La sesión correrá a cargo de Alberto García Reyes, director de ABC de Sevilla.

“La capacidad comunicativa en la Iglesia. Sacerdotes: claves, retos y deficiencias” es el título de la ponencia de García Reyes. Desde la Universidad de Curas de Sevilla se invita a los sacerdotes a participar en esta cita, ya que “nuestra misión pastoral y evangelizadora nos exige estar en constante comunicación, más aún cuando nuestro Dios se ha revelado comunicándose con el hombre”. “En cada momento estamos llamados a revisar nuestra capacidad de comunicación, y quizás, a buscar nuevas formas para servir a la Iglesia”, añaden. Alberto García Reyes ayudará a reflexionar sobre estas y otras cuestiones “que, seguro, nos ayudarán en nuestro ministerio”.

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Curso de capacitación para nuevos voluntarios del Proyecto Raquel el 14 y 15 de abril

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Curso de capacitación para nuevos voluntarios del Proyecto Raquel el 14 y 15 de abril

Esta formación está dirigida a las personas que deseen colaborar en ayuda de las personas que están en proceso de afrontar y sanar el dolor causado por la participación en un aborto. Para realizar la inscripción pincha aquí.

Los próximos 14 y 15 de abril se impartirá en la Casa diocesana de la Familia una nueva capacitación para quienes deseen colaborar y ser voluntarios en Proyecto Raquel, que aborda el proceso de sanación de las personas involucradas de alguna forma en un aborto (madres, padres, familiares y profesionales de la salud).

 

La formación, impartida por Spei Mater y organizada por la Pastoral Familiar de nuestra diócesis, se celebrará en la Casa diocesana de la Familia ubicada en la calle Gracia, nº48 y será el día 14 de abril, de 17 a 20 horas, y el 15 de abril de 10 a 20 horas.

Proyecto Raquel ofrece a las personas implicadas en un aborto procurado, una atención individualizada a través de una red diocesana de sacerdotes, consejeros, psicólogos, etc. Esta atención individualizada supone acompañar a la persona, en su integridad, en un proceso psicológico y espiritual de sanación así́ como de reconciliación.

Esta capacitación está especialmente dirigida a personas que quieran participar en esta tarea de la Iglesia, Sacerdotes y laicos que quieran formar parte del equipo del Proyecto, laicos que por su actividad profesional o apostólica necesiten formación sobre el síndrome post-aborto y el Proyecto Raquel, o sacerdotes que en el ejercicio de su ministerio encuentran cada vez más personas que han sufrido un aborto provocado.

Quienes deseen inscribirse podrán hacerlo rellenando el formulario disponible en el siguiente enlace o solicitar más información en la Casa diocesana de la Familia en el teléfono 682478600.

María José Aguilar
Secretariado de Medios de Comunicación Social

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Mons. Saiz: “El encuentro con Cristo resucitado es el fundamento para su nueva misión”

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Mons. Saiz: “El encuentro con Cristo resucitado es el fundamento para su nueva misión”

El arzobispo de Sevilla, monseñor Saiz Meneses, ha felicitado la Pascua a los fieles de la Archidiócesis a través de un vídeo difundido por los medios diocesanos. El pasaje del ángel que comunica a las mujeres la resurrección del Señor es el eje de un mensaje en el que el arzobispo explica el encuentro de los apóstoles con Cristo en Galilea: “Significa encuentro con Cristo y confirmación en la misión”.

Mons. Saiz afirma que “el encuentro con Cristo resucitado es el fundamento para su nueva misión”. “El Maestro se les acerca, los confirma en la misión y los envía a hacer discípulos a todos los pueblos”, añade.

Pero, ¿qué significa para nosotros “ir a Galilea”? El arzobispo de Sevilla destaca que, aquí y ahora, “significa renovar y actualizar el encuentro con Cristo, redescubrir nuestro bautismo como el inicio de una nueva vida, como una llamada a la santidad y al apostolado. Volver a Galilea significa reavivar el carisma, la gracia recibida que ha de fructificar, significa recrear la experiencia de encuentro con Cristo, que pasó por nuestro lado, se hizo el encontradizo en el camino, cambió radicalmente nuestra vida y nos llamó a anunciar la buena nueva del Evangelio, a construir una nueva humanidad, porque él hace nuevas todas las cosas”.

 

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Nuevos obispos auxiliares para Sevilla

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Nuevos obispos auxiliares para Sevilla

Rueda de prensa en la que se da a conocer el nombramiento de Teodoro León y Ramon Valdivia como obispos auxiliares de la Archidiócesis de Sevilla. Presidió el arzobispo, monseñor José Ángel Saiz.

 

 

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Carta Pastoral Pascua: «Ha resucitado y está con nosotros»

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«Lucharon vida y muerte
en singular batalla,
y muerto el que es la vida,
triunfante se levanta
».

Queridos fieles diocesanos:

Desde hace veinte siglos la Iglesia viene anunciando esta gran noticia: El que murió en una cruz, Jesús de Nazaret, que envuelto en lienzos fue sepultado, cumplió su palabra: «Resucitó al tercer día». Con gozo, celebramos la mayor de todas las fiestas que tenemos los cristianos, la Fiesta por excelencia en torno a la cual gira todo el año litúrgico.

Cristo, que ha querido redimirnos dejándose clavar en un madero, entregando su vida por amor, ha vencido a la muerte. Su muerte redentora nos ha liberado del pecado, y ahora, su resurrección gloriosa nos ha abierto el camino hacia el Padre. Este dogma de la Resurrección forma parte esencial del depósito de nuestra fe. Profesamos en el Credo: «al tercer día resucitó de entre los muertos…creo en la resurrección de la carne y la vida eterna». Por nuestro bautismo participamos del triunfo de Cristo Resucitado y un día, al final de los tiempos, participaremos de modo físico, pues nuestra materia no está llamada a desaparecer por completo.

Gracias a la muerte y resurrección de Jesús, Dios Padre nos ha dado su Espíritu Santo. El Espíritu de Dios, que resucitó a Jesús, nos resucitará también a nosotros. Conocemos por el Nuevo Testamento qué frutos produce en nosotros ese Espíritu: «amor, alegría, paz, tolerancia, afabilidad, generosidad, fidelidad, sencillez, dominio de sí» (Gal 5, 22 ss.). Estos frutos son señales de que vive en nosotros el Espíritu Santo, que resucita para la vida inmortal con Dios.

Así, el Señor de la Vida, venciendo la muerte, ha resucitado del sepulcro, ha iluminado el mundo y lo ha transformado, dando un nuevo rumbo a la historia humana; haciendo de nuestra vida una vida renovada.

Vidas renovadas por el Resucitado

Esta fue la experiencia de los primeros discípulos que se encontraron con el Resucitado. Los seguidores del Maestro, en el momento del arresto, del juicio y de la crucifixión, salieron corriendo. Casi todos tuvieron miedo. Pero la resurrección de Jesús les abre a una vida nueva. Los que vivían en el temor, reciben la paz. Los que se habían ocultado en una casa con las puertas cerradas, son enviados al mundo a predicar la Buena Nueva del Reino. La experiencia de la resurrección de Jesús cambió radicalmente la vida de los primeros discípulos. Durante cuarenta días, el Resucitado da muestras de que ha vencido a la muerte y ha inaugurado una vida nueva para Él y para nosotros.

Cuando María Magdalena (Jn 20,11-18) descubrió que el sepulcro de Jesús estaba abierto y vacío, temió que se hubieran llevado el cuerpo de su Señor. Él salió a su encuentro, la llamó por su nombre y se produjo en ella un profundo cambio: su desconsuelo y desorientación se transformaron en alegría y entusiasmo. De inmediato corrió para anunciar a los Apóstoles: «He visto al Señor».

También, Tomás, que no quiso creer lo que le contaban (Jn 20,19-31), tiene un encuentro con el Resucitado donde le ofrece su costado para que lo palpe, le enseña las manos y, mostrándole la cicatriz de sus heridas, sana la herida de su incredulidad y reconoce su verdadera y más profunda identidad: «¡Señor mío y Dios mío!». 

De igual modo, el Apóstol San Pablo cuando fue llamado por Jesús Resucitado, «alcanzado por Cristo Jesús» (Flp 3,12), su nueva luz transformó radicalmente su existencia. Desde su encuentro personal con Cristo, a quien perseguía en sus discípulos, el perseguidor puso ya todas sus fuerzas al servicio exclusivo de Jesucristo y de su Evangelio. Situó en el centro de su vida a Cristo y Él fue ya, hasta su martirio, su única identidad.

Lo mismo sucedió con aquellos dos discípulos, camino de Emaús (Lc 24,13-25) en la tarde de la Pascua, y así podríamos citar incontables nombres de cristianos transformados por la fuerza de la Resurrección. Es la fuerza del resucitado que supera todo tiempo y cálculos humanos. Una fuerza que también ha llegado hasta nuestros días, solamente tenemos que dejarnos alcanzar por ella.

Vidas que anuncian al Resucitado

En pleno siglo XXI, los cristianos seguimos siendo testigos de este hecho y proclamamos que el Señor Jesús está vivo y reina glorioso por los siglos, por su victoria sobre el pecado y sobre la muerte.

Jesús Resucitado encomendó a sus discípulos predicar su Evangelio, darlo a conocer por todo el mundo. Nos corresponde a los cristianos hacérselo llegar a los que todavía no lo conocen o se han alejado o huido de él. No es preciso hacer cosas extrañas ni extraordinarias para ello. Basta con vivir el estilo del Resucitado. Que nuestra conducta como laicos, consagrados, sacerdotes, padres y madres de familia, jóvenes… provoque preguntas esenciales en quienes nos conocen, como: ¿por qué situamos en el centro de nuestra vida a Jesucristo?; ¿por qué nos acercamos de igual a igual y con amor a los más pobres y necesitados?; ¿por qué defender y proteger la vida de una persona desde su concepción hasta su final?; ¿por qué luchar para que todos tengan una vida digna?; ¿por qué sabemos perdonar a los enemigos y a quienes nos insultan, calumnian y persiguen?… en una palabra, ¿por qué siendo en apariencia iguales a los demás existe otro sentir y otra esperanza?. La respuesta: porque amamos a Dios y seguimos al Resucitado.

Que seamos una Iglesia que vive en alegría pascual, que se renueva y comunica, en novedad y frescura, impulsados por su Espíritu. Una Iglesia que vive la vida nueva, que abre su Resurrección para el mundo y su historia, y que quiere correr hacia los desesperanzados para decirles: “El Señor vive y te quiere vivo”. Un mensaje de esperanza que nuestro mundo, tan necesitado, ansía oír aún sin saberlo; y sobre todo, lo espera ver en el amor y la alegría de quienes estamos llamados a ser testigos del amor del Señor.

La Virgen María, nuestra Madre Reina del Cielo, como la aclamamos en el cántico del Regina Coeli, nos acompañe en este camino de alegría pascual. Ella, que vivió con los apóstoles el gozo de la Resurrección y esperó con ellos la venida del Espíritu Santo, renueve nuestras fuerzas y nos conceda la esperanza de la vida nueva que ha comenzado con su Hijo Resucitado.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Sebastián Chico Martínez
Obispo de Jaén

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10 razones para marcar la «X» de la Iglesia

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1.Es una forma sencilla de colaborar con la Iglesia

ya que no supone trámites engorrosos, basta con marcar una ‘X’ en la casilla de la Iglesia. Si hemos recibido el borrador en casa, se debe comprobar que la casilla aparece marcada; de lo contrario, modificarlo es muy sencillo.

2.No te costará nada,

porque no te van a cobrar más por la declaración al marcarla ni te van a devolver menos.

3.Demuestra el compromiso a la Iglesia

y a la actividad que realiza.

4.Es de las pocas cosas que podemos decidir sobre nuestros impuestos.

Es decir, si la dejamos en blanco, es el Estado el que decide por nosotros sobre esa pequeña cantidad de dinero.

5.Demostramos a la sociedad que son muchos los que valoran la labor que realiza la Iglesia.

El perfil de las personas que marcan la ‘X’ de la Iglesia es muy diverso. Todos forman parte de la comunidad Xtantos.

6.Marcando la ‘X’ se ayuda a sostener a la Iglesia en el desarrollo de sus actividades:

mantenimiento del clero, anuncio del Evangelio, vivencia de la fe y una inmensa labor asistencial que desarrolla en España y en todo el mundo.

7.Supone decir “sí” a la libertad religiosa,

consagrada en la Constitución española y a su ejercicio pleno y efectivo en una sociedad plural y democrática.

8.Es una decisión libre y democrática que no perjudica a nadie.

Se pueden marcar simultáneamente las casillas de la Iglesia católica y la de fines sociales.

9.Es el dinero mejor invertido.

En la Memoria Anual de Actividades de la Iglesia, cada año se puede conocer en qué emplea ésta sus recursos.

10.Para los no católicos o no practicantes,

marcar la casilla supone también reconocer el papel que la Iglesia tiene en la sociedad española, especialmente con los más necesitados en este tiempo de dificultad.

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Mensaje “Urbi et Orbi” del Santo Padre Francisco

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Mensaje “Urbi et Orbi” del Santo Padre Francisco

Queridos hermanos y hermanas: ¡Cristo ha resucitado!

Hoy proclamamos que Él, el Señor de nuestra vida, es «la resurrección y la vida» del mundo (cf. Jn 11,25). Es Pascua, que significa “paso”, porque en Jesús se realizó el paso decisivo de la humanidad: de la muerte a la vida, del pecado a la gracia, del miedo a la confianza, de la desolación a la comunión. En Él, Señor del tiempo y de la historia, quisiera decirles a todos, con alegría en el corazón: ¡feliz Pascua!

Que sea para cada uno de ustedes, queridos hermanos y hermanas —en particular para los enfermos y los pobres, para los ancianos y los que están atravesando momentos de prueba y dificultad—, un paso de la tribulación a la consolación. No estamos solos, Jesús, el Viviente, está con nosotros para siempre. Que la Iglesia y el mundo se alegren, porque hoy nuestra esperanza ya no se estrella contra el muro de la muerte; el Señor nos ha abierto un puente hacia la vida. Sí, hermanos y hermanas, en Pascua el destino del mundo cambió; y hoy, que coincide además con la fecha más probable de la resurrección de Cristo, podemos alegrarnos de celebrar, por pura gracia, el día más importante y hermoso de la historia.

Cristo ha resucitado, verdaderamente ha resucitado, como se proclama en las Iglesias de Oriente: Christòs anesti! Ese verdaderamente nos dice que la esperanza no es una ilusión, ¡es verdad! Y que, a partir de la Pascua, el camino de la humanidad, marcado por la esperanza, avanza veloz. Nos lo muestran con su ejemplo los primeros testigos de la Resurrección. Los Evangelios describen la prisa con la que el día de Pascua «las mujeres corrieron a dar la noticia a los discípulos» (Mt 28,8). Y, después que María Magdalena «corrió al encuentro de Simón Pedro» (Jn 20,2), Juan y el mismo Pedro “corrieron los dos juntos” (cf. v. 4) para llegar al lugar donde Jesús había sido sepultado. Y después, la tarde de Pascua, habiendo encontrado al Resucitado en el camino de Emaús, dos discípulos “partieron sin demora” (cf. Lc 24,33) y se apresuraron para recorrer muchos kilómetros en subida y a oscuras, movidos por la alegría incontenible de la Pascua que ardía en sus corazones (cf. v. 32). Es la misma alegría por la que Pedro, viendo a Jesús resucitado a orillas del lago de Galilea, no pudo quedarse en la barca con los demás, sino que se tiró al agua de inmediato para nadar rápidamente hacia Él (cf. Jn 21,7). En definitiva, en Pascua el andar se acelera y se vuelve una carrera, porque la humanidad ve la meta de su camino, el sentido de su destino, Jesucristo, y está llamada a ir de prisa hacia Él, esperanza del mundo.   

Apresurémonos también nosotros a crecer en un camino de confianza recíproca: confianza entre las personas, entre los pueblos y las naciones. Dejémonos sorprender por el gozoso anuncio de la Pascua, por la luz que ilumina las tinieblas y las oscuridades que se ciernen tantas veces sobre el mundo.

Apresurémonos a superar los conflictos y las divisiones, y a abrir nuestros corazones a quien más lo necesita. Apresurémonos a recorrer senderos de paz y de fraternidad. Alegrémonos por los signos concretos de esperanza que nos llegan de tantos países, empezando de aquellos que ofrecen asistencia y acogida a quienes huyen de la guerra y de la pobreza.

Pero a lo largo del camino todavía hay muchas piedras de tropiezo, que hacen arduo y fatigoso nuestro apresurarnos hacia el Resucitado. A Él dirijamos nuestra súplica: ¡ayúdanos a correr hacia Ti! ¡Ayúdanos a abrir nuestros corazones!

Ayuda al amado pueblo ucraniano en el camino hacia la paz e infunde la luz pascual sobre el pueblo ruso. Conforta a los heridos y a cuantos han perdido a sus seres queridos a causa de la guerra, y haz que los prisioneros puedan volver sanos y salvos con sus familias. Abre los corazones de toda la comunidad internacional para que se esfuerce por poner fin a esta guerra y a todos los conflictos que ensangrientan al mundo, comenzando por Siria, que aún espera la paz. Sostiene a cuantos han sido afectados por el violento terremoto en Turquía y en la misma Siria. Recemos por cuantos han perdido familiares y amigos, y se quedaron sin casa; que puedan recibir consuelo de Dios y ayuda de la familia de las naciones.

En este día te confiamos, Señor, la ciudad de Jerusalén, primer testigo de tu Resurrección. Expreso mi profunda preocupación por los ataques de estos últimos días, que amenazan el deseado clima de confianza y respeto recíproco, necesario para retomar el diálogo entre israelíes y palestinos, de modo que la paz reine en la Ciudad Santa y en toda la región.

Ayuda, Señor, al Líbano, todavía en busca de estabilidad y unidad, para que supere las divisiones y todos los ciudadanos trabajen juntos por el bien común del país.

No te olvides del querido pueblo de Túnez, en particular de los jóvenes y de aquellos que sufren a causa de los problemas sociales y económicos, para que no pierdan la esperanza y colaboren en la construcción de un futuro de paz y fraternidad.

Dirige tu mirada sobre Haití, que está sufriendo desde hace varios años una grave crisis sociopolítica y humanitaria, y sostiene el esfuerzo de los actores políticos y de la comunidad internacional en la búsqueda de una solución definitiva a los numerosos problemas que afligen a esa población tan atribulada.

Consolida los procesos de paz y reconciliación emprendidos en Etiopía y en Sudán del Sur, y haz que cese la violencia en la República Democrática del Congo.

Sostiene, Señor, a las comunidades cristianas que hoy celebran la Pascua en circunstancias particulares, como en Nicaragua y en Eritrea, y acuérdate de todos aquellos a quienes se les impide profesar libre y públicamente su fe. Concede consuelo a las víctimas del terrorismo internacional, especialmente en Burkina Faso, Malí, Mozambique y Nigeria.

Ayuda a Myanmar a recorrer caminos de paz e ilumina los corazones de los responsables para que los martirizados Rohinyá encuentren justicia.

Conforta a los refugiados, a los deportados, a los prisioneros políticos y a los migrantes, especialmente a los más vulnerables, así como a todos aquellos que sufren a causa del hambre, la pobreza y los nefastos efectos del narcotráfico, la trata de personas y toda forma de esclavitud. Inspira, Señor, a los responsables de las naciones, para que ningún hombre o mujer sea discriminado y pisoteado en su dignidad; para que en el pleno respeto de los derechos humanos y de la democracia se sanen esas heridas sociales, se busque siempre y solamente el bien común de los ciudadanos, se garantice la seguridad y las condiciones necesarias para el diálogo y la convivencia pacífica.

Hermanos, hermanas, encontremos también nosotros el gusto del camino, aceleremos el latido de la esperanza, saboreemos la belleza del cielo. Obtengamos hoy la fuerza para perseverar en el bien, hacia el encuentro del Bien que no defrauda. Y si, como escribió un Padre antiguo, «el mayor pecado es no creer en la fuerza de la Resurrección» (San Isaac de Nínive, Sermones ascéticos, I,5), hoy creemos y «sabemos que Cristo verdaderamente resucitó» (Secuencia de Pascua). Creemos en Ti, Señor Jesús, creemos que contigo la esperanza renace y el camino sigue. Tú, Señor de la vida, aliéntanos en nuestro caminar y repítenos, como a los discípulos la tarde de Pascua: «¡La paz esté con ustedes!» (Jn 20,19.21).

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¡Ha resucitado!: el Domingo de Resurrección marca el inicio de la Pascua

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¡Ha resucitado!: el Domingo de Resurrección marca el inicio de la Pascua

El Domingo de Pascua, también conocido como Domingo de Resurrección, Domingo de Gloria o Domingo Santo, es la fiesta más importante para los cristianos de todo el mundo. Es tiempo de alegría y de gozo porque Jesús ha resucitado.

Con este Domingo comienza el Tiempo Pascual, los cincuenta días que van desde el Domingo de Resurrección hasta el Domingo de Pentecostés, que «se han de celebrar con alegría y júbilo, como si se tratara de un solo y único día festivo, como un gran domingo» (Normas Universales del Año Litúrgico, n 22).

Se renuevan por tanto los sacramentos de iniciación cristiana: el Bautismo y la Confirmación. De acuerdo con las Escrituras, se describe que en cuanto se hizo de día, tres mujeres van al sepulcro donde Jesús estaba enterrado y ven que no está su cuerpo. Un Ángel les comunica que ha resucitado. Este día da paso a una gran celebración para todos.

Materiales de reflexión para Pascua

En la web de la Conferencia Episcopal, en la sección Creemos, se ha preparado un especial titulado «Pascua» con materiales sobre el significado de este tiempo litúrgico. En tres apartados se pueden consultar cuales son los signos de Pascuapreguntas y respuestas de este tiempo tan importante para los cristianos y qué sentido tiene esta alegría que nos proporciona.

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El obispo de Huelva exclama el ‘Aleluya’ al que señala ser “el canto de una alegría exuberante”

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El obispo de Huelva exclama el ‘Aleluya’ al que señala ser “el canto de una alegría exuberante”

En la mañana de este domingo 9 de abril, Mons. Santiago Gómez ha presidido la Santa Misa de Resurrección del Señor, en la que han estado presentes miembros del Cabildo Catedralicio, el Consejo de Hermandades de Semana Santa de Huelva y una representación de las distintas hermandades de penitencia de la capital.

En las palabras de su homilía, D. Santiago ha querido señalar el entusiasmo con que toda la liturgia de hoy nos anuncia que Cristo ha resucitado, entusiasmo que se extiende de un modo especial durante toda la Octava de Pascua, a lo largo de los cincuenta días del tiempo de Pascua que va desde la Vigilia Pascual hasta el Domingo de Pentecostés, y en cada Misa Dominical y Eucaristía diaria. “Ha llegado la hora del aleluya, dígnate entonarlo”. Así el canto del Aleluya prepara la noticia más grande que tiene la Iglesia para este mundo, en palabras de la Secuencia, parafraseando el Evangelio: “¿Qué has visto de camino, María, en la mañana? A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!”.

“Si nos dejamos ganar -ha continuado el obispo- por este gran anuncio, si como el apóstol a quien Jesús amaba, siguiendo su carrera, a la vista que ofrecía la tumba vacía, tenemos su experiencia: “Vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos” (Jn 20,9); entonces escuchar y cantar ¡Aleluya! será para nosotros la expresión de un gozo que viene resonando por toda la tierra desde la mañana del primer domingo cristiano, y que se prolongará por toda la eternidad. Aleluya es el canto de una alegría exuberante, infinita, pues como escucharemos en el Prefacio antes de la consagración: “Por eso, con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría.”

Y es que exultar de alegría es entrar en una especie de éxtasis. Expresar la alegría que nos embarga es más que decir algo con palabras, es poner todo nuestro ser, simplemente, en un grito de júbilo; como cuando exclamamos con entusiasmo arrebatado: ¡viva!, ¡bravo!, ¡vamos! ¡así!, ¡más!

El entusiasmo y la alegría han inundado los rincones de la Santa Iglesia Catedral donde Santiago Gómez resaltaba que “éste es el canto que hoy nos propone la Iglesia con el ¡Aleluya! Esta palabra era en su origen un término hebreo, que significaba algo así como “alabad a Yahvé”. Pero en el uso de la liturgia de la Iglesia en la Pascua ese significado no importa mucho, por eso no se ha traducido. Aleluya es expresión de una alegría sin palabras, porque está por encima de todas ellas. Es el grito de júbilo del pueblo cristiano, que se ve tan desbordado por la sobreabundancia de la alegría que nos trae Cristo Resucitado, que ya no encuentra palabras, y entonces con el corazón rebosante de gozo canta ¡Aleluya! Es la expresión de un júbilo que ya no cabe en palabras. Cuando el corazón creyente se llena de la inmensidad del gozo que trae la gloria de Cristo Resucitado, no puede callar y rompe los límites de las palabras, exclamando: ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleluya!

Comentaba, además, el obispo de la Diócesis onubense, que el canto del Aleluya pascual es como “un adelanto de lo que algún día puede y debe pasar con nosotros: que todo nuestro ser quede inmerso en una única y gran alegría. El cántico del Aleluya en la pascua de la resurrección del Señor es nuestra participación anticipada en la alegría del cielo. En el libro del Apocalipsis, llamado por el papa Benedicto el Evangelio del Resucitado, leemos: “oí en el cielo como el vocerío de una gran muchedumbre que decía: “¡Aleluya! La salvación, la gloria y el poder son de nuestro Dios … y oí como el rumor de una muchedumbre inmensa, como el rumor de muchas aguas, y como el fragor de fuertes truenos, que decían: “¡Aleluya! Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo, alegrémonos y gocemos y démosle gracias” (Ap. 19,1.6-7). La fe en Jesucristo Resucitado nos permite anticipar algo de esa alegría infinita y eterna que expresan con el ¡Aleluya! los que gozan de la visión de Dios en el cielo ¡Qué futuro más hermoso! Entonces, como nos ha dicho san Pablo en la epístola: “buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra.” (Col 3,1-2).”

Por último el obispo ha querido recordar y citar al papa Francisco que asegura que vivimos en una sociedad que quiere construirse sin Dios y que, a veces, “incluso se empeña en destruir sus propias raíces cristianas. También la propia familia o el propio lugar de trabajo puede ser un ambiente árido y hostil para conservar la fe y tratar de irradiarla. Pero precisamente a partir de la experiencia de este desierto es cómo podemos descubrir nuevamente la alegría de creer en Cristo Vivo y su importancia vital para nosotros. En el mundo contemporáneo se necesitan sobre todo personas de fe que, con su propia vida, indiquen el camino hacia el cielo y de esta forma mantengan viva la esperanza. ¡No nos dejemos robar la esperanza! (Cf. Evangelii gaudium, 89). Mejor, dejémonos llenar de la gran alegría que irradia el Señor, para que podamos decir con todo nuestro ser: Este es el día que hizo el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo. ¡Aleluya!, ¡Aleluya!, ¡Aleluya!

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