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DOMINGO DE RESURRECCIÓN: “INUNDADOS DE JÚBILO”, por Antonio Gómez Cantero

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Cuando se cerró el sepulcro ninguno de sus seguidores esperaban nada. Todo eran miedos, caras largas, discusiones y huidas. Las mujeres ya tenían preparado los ungüentos para embalsamar el cadáver. Acciones individuales que nos llevaban al vacío. Pero cuando cada uno de nosotros vivíamos en la tristeza estalló la vida, cuando estábamos incapacitados en nuestros encerramientos, nos cegó la luz, acostumbrados a vivir mirando ciegamente la oscuridad del sepulcro.

El júbilo, esa alegría intensa y comunitaria, aquello que inunda el corazón y no se puede expresar sólo con palabras, saltó por los aires y se difundió, como un desbordamiento de vida, en una explosión de aleluyas. En la liturgia cristiana conservamos como un tesoro tres palabras heredadas de la tradición judía: amén, hosanna y aleluya.

Halell, son los seis salmos del 113 al 118 que se rezan en la Pascua judía, los mismos que cantó Jesús con sus discípulos después de la Última Cena: ¨después de cantar el himno (halell) salieron para el monte de los olivos” (Mc 14, 26) y después la frustración, el fracaso, la injusticia, las heridas, las acusaciones, el individualismo, la vergüenza, el calvario, la soledad y una muerte ignominiosa.

Y el que yacía entre los muertos, el que había descendido a los infiernos, el que había frustrado las esperanzas terrenas de sus interesados seguidores, estalla como un almendro en flor. Primero nos prepara y nos cuestiona con la tumba vacía, luego pronuncia nuestro nombre ¡María!, y camina a nuestro lado ¡quédate con nosotros!  y nos busca en el cenáculo, come con nosotros, deja que palpemos sus heridas, nos invita a echar la red al otro lado, y nos pregunta lo esencial: ¿me amas?

No es extraño que, como los primeros cristianos, en esta larga y sagrada tradición cantemos ¡Aleluya! es decir, ¡Alabad al Señor! Quizás debíamos caer en la cuenta cómo la resurrección nos unifica y nos hace buscarnos. Los que habíamos huido a nuestras tareas particulares volvemos al seno de la Iglesia congregada, los que teníamos un corazón arrugado o plegado sobre nosotros mismos, nos brota un cántico nuevo.

Tanta alegría no se puede callar, no es tiempo de silencios, aunque no podamos balbucearlo con palabras, nuestra vida expresa un gozo intenso que sobrepasa cualquier individualismo. Surge la vida comunitaria como una vida en Cristo y para los demás. El aleluya que cantamos nos recuerda que pertenecemos a un pueblo y hace que nos abracemos y saltemos de júbilo. El Amor de Dios se ha derramado y ha dado sentido a nuestra existencia.

A partir de la resurrección cobran sentido tantos plurales imperativos, como nuevos mandamientos: cantad, echad la red, mirad, corred, comed, salid, servid, buscad, alabad, amad… ¡nosotros! los del Padrenuestro. A partir de aquella mañana del primer día de la semana, adquiere sentido la vida comunitaria. A partir de aquella mañana el mandato es echad las redes y pescad… nada de encerraos en el cenáculo, no salgáis, no volváis de Emaús. A partir de ahora todas las semanas son santas.

¡Caminemos unidos! ¡El Señor, sale a nuestro encuentro y camina a nuestro lado! ¡Ánimo y adelante!

+ Antonio, vuestro obispo

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¡Feliz Pascua de Resurrección!- Mensaje del Arzobispo de Sevilla

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¡Feliz Pascua de Resurrección!- Mensaje del Arzobispo de Sevilla

Monseñor José Ángel Saiz Meneses se dirige a toda la Iglesia en Sevilla con motivo de la Pascua de Resurrección del Señor.

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Celebración del Triduo Pascual en el primer templo de la Diócesis

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Monseñor José Rico Pavés, Obispo de Asidonia-Jerez, ha presidido el Triduo Sacro en la Santa Iglesia Catedral.

JUEVES SANTO, MISA CENA DEL SEÑOR

Misa de la Cena del Señor

El Jueves Santo la Santa Iglesia Catedral acogía el inicio del Triduo Santo con la celebración de la Cena del Señor, la cual estuvo presidida por Monseñor José Rico Pavés, Obispo de Asidonia-Jerez. Tras las distintas celebraciones litúrgicas propias de la Semana Santa como la Misa con bendición de ramos y palmas y la Misa Crismal, todo el Pueblo de Dios que peregrina en la Iglesia Asidonense estaba invitada a participar junto a nuestro pastor de la celebración en la que recordamos la Última Cena del Señor.

En la predicación, el Sr. Obispo de Asidonia-Jerez, recordó que el Triduo Pascual desde el punto de vista litúrgico son los tres días más importantes del año, ya que todo cuanto sostiene nuestra vida de fe, el hacer o recibir como cristianos tiene su punto de partida y de llegada en la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Asimismo, debemos ser dóciles al Espíritu Santo para vivir con delicadeza todo lo que con abundancia se nos regala a través de la liturgia y que se expresa también como una oportunidad preciosa de evangelización en las muestras de la piedad popular.

“¿Comprendéis lo que yo he hecho con vosotros?”. Con estas palabras de Cristo en la Última Cena, Monseñor José Rico Pavés nos indica que debe ser la que nos ayude a caminar en el Triduo Sacro y así responderla con las distintas lecturas que la liturgia nos propone. Asimismo, cabe recordar que todo comenzó con la preparación que nuestro corazón ha debido de vivir en el tiempo litúrgico de la Cuaresma que nos permitirá recibir el amor infinito que Cristo derrama.

En otro orden de ideas, el prelado nos destaca cuatro puntos de las distintas lecturas que escuchamos en la celebración de la Misa del Señor:

1 – De la Primera Lectura debemos tener presente que para comprender el gran misterio que se nos regala debemos pasar de lo visible a lo no visible.

2 – Del Salmo Responsorial debemos fijarnos en la siguiente pregunta, “¿cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?”, ya que nos ayudará a contemplar el misterio del sufrimiento de Cristo que carga con todas nuestra culpas y se entrega por todos nosotros. Asimismo, debemos a través del caminar del Triduo Sacro contestar a esta pregunta.

3 – De la Segunda Lectura debemos tomar de San Pablo el mandato que Cristo nos deja, la Eucaristía. Este Sacramento es el centro de la vida cristiana, donde el Señor se nos da como don y regalo para nosotros

4 – Del Evangelio sacamos ese amor hasta el extremo, ya que Cristo hasta el último aliento reaccionó amando y así debemos ver que la muerte no es el final sino la esperanza y el amor donde la vida adquiere sentido y nuestro corazón se ensancha. Asimismo, nos recuerda la Eucaristía, alimento para todos nosotros, sin olvidar también que nace el sacerdocio, personas que uniéndose a Él le hagan presente con su vida.

VIERNES SANTO, CELEBRACIÓN DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

Celebración de la Pasión del Señor

Tras el primer día del Triduo Sacro con la Misa de la Cena del Señor, llegaba el segundo día con la celebración de la Pasión, presidida por Monseñor José Rico Pavés, en la que el símbolo de la cruz y su adoración era la protagonista.

En la homilía, el Sr. Obispo de Asidonia-Jerez, recordó la invitación de silencio que nos pide la Iglesia, para así adorar a Cristo en la cruz. Asimismo, debemos tener fe, ya que mirando a Cristo muerto, descubriremos como el destello de la luz que viene de los alto nos ilumina, haciéndonos ir más allá de las cosas que captan nuestros sentidos y así entender para llegar a creer.

En otro orden de ideas, el prelado, mencionando la liturgia que nos trae el Viernes Santo, se nos invita a mirar con detenimiento cada momento y así nos lo muestra las distintas lecturas que escuchamos. Teniendo presente, en primer lugar que es día para aprender amar como Él ama, acordándonos de todas las personas, tanto las que creen como las que no creen. Igualmente, en segundo lugar, destacar la adoración que nos recuerda que debemos abrazar esa cruz sin vergüenza y ayudar a llevarla a los demás. Terminando con una palabra, humildad, la cual se muestra reconociendo nuestra verdadera estatura ante Él.

Por último, Monseñor Rico Pavés, destaca que tras esa adoración vivimos la comunión, momento que nos recuerda que debemos no sólo vivir lo externo sino también lo interno que es regalo de Dios y sin él nuestra vida se desmorona.

SÁBADO SANTO, VIGILIA PASCUAL

Vigilia Pascual

Tras la Pasión del Señor vivimos en el primer templo de la Diócesis la Vigilia Pascual, la celebración de la Resurrección de Cristo. Comenzábamos en la entrada a la Santa Iglesia Catedral, para una vez encendido el Cirio Pascual, todos los presentes junto al Sr. Obispo de Asidonia-Jerez, Monseñor José Rico Pavés, que presidía la Vigilia, entraban en el templo madre de la Diócesis para seguir con la liturgia de la celebración.

En la homilía, Monseñor Rico Pavés ha mencionado de nuevo la pregunta con la que comenzaba el Triduo Sacro, ¿comprendéis lo que yo he hecho con vosotros?, ya que en la Vigilia Pascual encontramos la respuesta que es lo que hemos vivido con la Resurrección, es decir, Cristo vence al pecado y la muerte para así llegar a la alegría y el amor. Asimismo, debemos dar gracias a dios por la fe, ya que es la luz que viene de lo alto que nos hace comprender el amor hasta el extremo que vemos en Cristo. De esta forma no tendremos miedo a la Pasión y Muerte, que es la oscuridad, ya que llegaremos a la Resurrección que es la luz que nos guía en el camino que Él nos marca y así ver como Cristo vería.

En otro orden de ideas, el prelado ha destacado la importancia de la Palabra de Dios, la cual es lámpara que guía nuestros pasos, siendo la palabra definitiva que esta anidada al corazón humano desde el origen de los tiempos y sólo con ella podemos llenarnos del amor de Cristo. Asimismo, ha subrayado la palabra “vida” la cual nos lleva al bautismo que es la primera Resurrección que vivimos en este mundo, el cual debemos tener presente para así ser coherentes en nuestra vida y vencer al pecado.

Por último, el Sr. Obispo de Asidonia-Jerez ha mencionado que Cristo es comunión siendo alimento necesario para todos nosotros, ya que de esta forma vamos preparando nuestro entendimiento, nuestra voluntad y nuestros afectos a Dios que es verdad, bondad, belleza y comunión.

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No busquéis entre los muertos al que vive: hoy es Domingo de Resurrección

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No busquéis entre los muertos al que vive: hoy es Domingo de Resurrección

Es Domingo de Resurrección, es día de fiesta en la Iglesia y en el mundo, porque Cristo resucitó y está vivo. Y lo mejor de todo, es que quiere que nos contagiemos de su vida, que trasmitamos esta gran alegría al mundo, que transformemos la realidad desde la vida, desde la alegría, desde la esperanza. Es lo que les encarga a aquellos a quienes se va apareciendo desde los primeros instantes: id y contádselo a los discípulos, y los discípulos a los demás. La alegría de la resurrección no se puede callar, no se nos ha dado para que la ocultemos, sino para que alumbre a todos.

Aquellos discípulos, que eran toscos para entender muchas cosas de Jesús, fueron diligentes para entender todo lo que suponía la resurrección del Señor. Del miedo pasaron a la alegría, a la confianza y a la fortaleza para comunicar semejante noticia. Y, desde entonces, hasta ahora. Eso sí, con la fuerza del Espíritu, que es el que ayuda a comunicar tanta vida.
Hoy la Iglesia celebra la resurrección del Señor. La liturgia se inunda de luz, que rompe la oscuridad de la muerte; se empapa de agua, que es vida; escucha la Palabra, que comunica que no debemos buscar entre los muertos al que vive; y participa de la presencia del Señor resucitado en el sacramento de la Eucaristía. Hoy es un día grande en la Iglesia, el que más.
Y es un día para vivir, para celebrar, para sentir y, sobre todo, para gozar. Frente a la cultura de la muerte y a quienes se empeñan en sembrar malestar por donde pasan, Cristo nos invita hoy a comunicar nuestra esperanza, a confiar en el Dios que también nos da la vida, a sembrar nuestro mundo de amor.
Cristo resucitó y esto tenemos que vivirlo y que contarlo. Celebremos este gran día y que su alegría se prolongue durante todo el año. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

Antonio Gómez
Delegado diocesano de MCS. Guadix

 

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Homilía del Domingo de Pascua de Resurrección (Catedral-Málaga)

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Homilía de Mons. Jesús Catalá en la Eucaristía del Domingo de Pascua de Resurrección 2023

DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN

(Catedral-Málaga, 9 abril 2023)

Lecturas: Hch 10, 34a.37-43; Sal 117, 1-2.16-17.22-23; Col 3, 1-4; Jn 20, 1-9.

Discípulos del Resucitado

1.- ¡Cristo ha resucitado! Alegrémonos y entonemos el grito de la Pascua: ¡Aleluya! Hoy inauguramos el tiempo de la Pascua, del paso del Señor de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz, del aniquilamiento a la resurrección, de la podredumbre a la regeneración.

Es tiempo de gran alegría para la Iglesia y para toda la humanidad; tiempo en el que culmina la salvación del género humano, que, como dicen los santos Padres, ha sido divinizado.

Al decir de san Basilio Magno: “Dios, iluminando a aquellos que se han purificado de toda mancha, los hace espirituales por medio de la comunión con él. Y como los cuerpos límpidos y transparentes, cuando un rayo los hiere, se convierten ellos mismos en brillantes y reflejan otro rayo, así las almas que llevan el Espíritu son iluminadas por el Espíritu; se hacen plenamente espirituales y transmiten a los demás su gracia. De ahí el conocimiento de las cosas futuras, la comprensión de los misterios… la semejanza con Dios; el cumplimiento de los deseos: convertirse en Dios” (De Spiritu Sancto 9, 23). A esto estamos llamados: a ser divinizados por Cristo resucitado y a transparentar su luz ante quienes nos contemplan.

2.- Queridos fieles, Dios en la Resurrección de su Hijo no solo nos ha redimido, sino que nos ha divinizado. Cristo ha tomado lo nuestro para darnos lo suyo; se ha hecho hombre para que los hombres compartamos la vida divina. El Maestro permite a sus discípulos colocarlos junto a sí; los eleva, los promociona y los diviniza.

Ser discípulos del Resucitado significa ser glorificados con Él. En Cristo nuestra humanidad ha sido ya glorificada y la gloria de Dios ha sido humanada. En Jesucristo brilla la esperanza de nuestra resurrección. El hombre está llamado a vivir con Dios y su deseo más profundo es ser eternamente feliz. ¿Quién no quiere ser feliz? Todos estamos llamados a vivir eternamente felices con Cristo resucitado. Éste es el gran regalo que Dios otorga en la Persona de su Hijo resucitado; y lo hace por puro amor a nosotros.

3.- En el Evangelio contemplamos a María Magdalena que acude al sepulcro buscando el cuerpo del Señor y ve la piedra removida (cf. Jn 20, 1); echando a correr fue donde estaban Simón Pedro y Juan y les comunicó la noticia: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto» (Jn 20, 2).

Los dos discípulos salieron corriendo hacia el sepulcro y vieron los lienzos y el sudario (cf. Jn 20, 3-7) y creyeron en la resurrección del Señor (cf. Jn 20, 8).

El Señor resucitado se apareció a la Magdalena, dándole a conocer que estaba vivo; ella es la discípula a la que primero se apareció el Señor resucitado. El verdadero discipulado comienza con el encuentro con Cristo resucitado.

4.- El Señor se nos presenta resucitado también a nosotros hoy. Y lo hace de muchos modos: por medio de la oración, a través de los acontecimientos de la vida cotidiana, en la persona del prójimo, sobre todo de los más necesitados; en los sacramentos, de modo especial en la Eucaristía; y en la liturgia en general. En esta Eucaristía del Domingo de Pascua estamos teniendo un encuentro con Cristo resucitado. ¡Ojalá salgamos de ella transformados, transfigurados y divinizados!

Muchos de los relatos de las apariciones de Jesús resucitado que escucharemos durante el tiempo pascual contienen signos que remiten a la Eucaristía, que es encuentro real con Jesús resucitado y vivo y momento privilegiado de contacto cualificado con el Señor. Cada Eucaristía, queridos fieles, debe ser un encuentro personal con Cristo resucitado.

Queridos hermanos, somos discípulos de Cristo resucitado; no lo somos de cualquier enseñante, maestro o gurú, sino del único Maestro, cuya resurrección avala su vida, su obra y su doctrina.

Hemos de adentrarnos en este tiempo pascual meditando los primeros acontecimientos después la Resurrección de Jesús: la Iglesia nos regala cincuenta días de Pascua para meditar y rezar estos acontecimientos: sus apariciones, sus encuentros con los discípulos, su presencia consoladora, sus explicaciones a quienes no entienden lo sucedido, su aliento a los decepcionados, su compañía a los peregrinos, a quienes salen desilusionados de Jerusalén hacia Emaús.

El Señor se nos aparece también a cada uno de nosotros, porque Él está presente en nuestra vida mediante su resurrección. ¡Que sepamos descubrir su compañía! Porque Él está con nosotros: nos enseña, nos amaestra, nos anima, no apoya, nos de fuerza, nos toma de la mano. No estamos solos, queridos hermanos.

5.- En el discurso en casa del centurión romano Cornelio, Pedro se presenta como testigo del Resucitado: «Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en el país de los judíos y en Jerusalén. A éste lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse» (Hch 10, 39-40).

Pedro y los apóstoles viven el discipulado dando testimonio de la resurrección del Señor y lo hacen en fidelidad a la misión que les confió: «Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos» (Hch 10, 42).

Nosotros, queridos hermanos, como discípulos de Cristo resucitado también estamos llamados a dar testimonio de su vida y de su obra salvadora. Nuestro discipulado es muy especial, porque tiene la certeza de la verdad de las enseñanzas del Maestro; porque su muerte y resurrección corroboran y confirman el valor y la bondad de su vida. Dios-Padre ratificó la obra de su Hijo, resucitándolo.

En este primer Domingo de Pascua de la resurrección, pedimos al Señor su gracia para alegrarnos de su victoria sobre la muerte y su fuerza para ser sus testigos, sus discípulos en esta sociedad pagana; la presencia de los cristianos en nuestra sociedad es importante y necesaria; de otro modo aún sería más tenebrosa de lo que es.

Y pedimos a la Santísima Virgen María, Madre del Resucitado, que nos cuide con su maternal solicitud y nos acompañe en el testimonio de Cristo resucitado. Amén.

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el Seminario Diocesano celebra el rezo de Laudes solemne y adoración

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La Capilla del Seminario Diocesano “San Juan de Ávila” acogerá mañana a las 9hrs el rezo de Laudes solemne y Adoración en vez de la tradicional Oración Vocacional.

Mañana, Domingo de Resurrección, la Capilla del Seminario Diocesano “San Juan de Ávila” acogerá a las 9 de la mañana el rezo de Laudes solemne y Adoración. Esta celebración en la que participarán todos los seminaristas de la Iglesia Asidonense se llevará a cabo por la tradicional Oración Vocacional que mañana no se celebrará. Este será el momento perfecto para orar por las presentes y futuras vocaciones del corazón de nuestra Diócesis, además de acordarnos de todos los sacerdotes

Desde el Seminario Diocesano se invita a participar para juntos orar y celebrar la Resurrección de Cristo, la cual celebraremos en la Santa Iglesia Catedral a las 11hrs presidida por Monseñor José Rico Pavés, Obispo de Asidonia-Jerez.

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Domingo de Pascua de Resurrección (Liturgia del 9-4-2023)

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Primera lectura

Hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos

Hechos de los apóstoles 10, 34a. 37‑43

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:

«Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan.  Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.  Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén. A este lo mataron, colgándolo de un madero.  Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse,  no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos.  Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos.  De él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados».

Salmo responsorial

Salmo 117, 1‑2. 16ab‑17. 22‑23 (R.: 24)

R. / Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo

  • Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia.
  • «La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa». No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor.
  • La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente.

Segunda lectura

Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo

Carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 1-4

Hermanos: Por tanto, si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios;  aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra.  Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios.  Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos, juntamente con él.

SECUENCIA

Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza

a gloria de la Víctima propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado que a las ovejas salva,

a Dios y a los culpables unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte en singular batalla,

y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta.

«¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?»

«A mi Señor glorioso, la tumba abandonada,

los ángeles testigos, sudarios y mortaja.

¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea, allí el Señor aguarda;

allí veréis los suyos la gloria de la Pascua.»

Primicia de los muertos,

sabemos por tu gracia que estás resucitado;

la muerte en ti no manda.

Rey vencedor,

apiádate de la miseria humana

y da a tus fieles parte en tu victoria santa.

Evangelio

Él había de resucitar de entre los muertos

El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.  Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».  Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro.  Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro;  e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos  y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.  Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.  Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Evangelio según san Juan 20, 1‑9

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Esta es nuestra alegría: ¡Cristo ha resucitado!

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Si hermanos y amigos, con el Salmo 125, podemos decir: “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”. Dios envió su Hijo al mundo, no para condenarnos, sino para que el mundo se salve por él (cf. Jn. 3,17).

En efecto, Cristo Resucitado es fuente de luz, de una luz reconfortante y positiva. La resurrección de Jesús muestra todo el valor de su pasión y muerte; demuestra que ésta no ha sido una derrota, sino una victoria, el triunfo del amor. El Buen Pastor ha dado su vida por las ovejas (cf. Jn. 10,11), y como el mismo dijo: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos” (Jn. 15,13).

Todo lo que Jesús hizo en este mundo, los hizo por nosotros y por nuestra salvación. Durante la Semana Santa hemos contemplado, no lo que nosotros hemos hecho, sino lo que Dios ha hecho por nosotros por medio de su Hijo Jesucristo, para liberarnos del pecado y de la muerte. Ciertamente: “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”. ¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!

Con San Pedro podemos decir: «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo que, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable y perpetua, reservada en el cielo a vosotros, que, mediante la fe, estáis protegidos con la fuerza de Dios» (1Pe.1, 3-5). Jesús Resucitado está lleno de poder, no para destruirnos por nuestras maldades, sino para concedernos la remisión de los pecados.

Es un poder de salvación, que no sólo perdona, sino que nos da la posibilidad de andar en una vida nueva (cf. Rom. 6,4). Así, renovados en la mente y en el espíritu, podemos caminar en adelante en justicia y santidad verdaderas (cf. Ef. 4,22-24). Todos estamos llamados a corresponder a esta gracia extraordinaria que hemos recibido. Como San Pablo, podemos decir: “Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo… Todo para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección” (Filp. 3,8.10).

Nos podemos preguntar: ¿Hemos resucitado con Cristo a una vida nueva? ¿Cómo saberlo? El apóstol San Juan nos da la respuesta cuando dice: “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte… En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos(1Jn. 3,14.16).

San Pablo, en la segunda lectura de la misa del Domingo de Resurrección nos dice: “Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra” (Col. 3,1-2). Debamos comprender bien las palabras de Pablo: “lo de allá arriba”, no son imaginaciones o tener la cabeza en las nubes, sino “valores espirituales”.

El apóstol quiere hacernos comprender que, si hemos resucitado con Cristo, si hemos renacido a una vida nueva, no debemos buscar sólo los bienes terrenos (tener pensamientos de codicia y de satisfacciones materiales), sino que debemos ser conscientes que nuestra vida toma todo su valor de la unión con Cristo en el amor.

Buscar “los bienes de allá arriba”, significa vivir en la fe y en unión con Cristo Resucitado. Significa vivir en la caridad, en el amor divino, que nos viene del corazón de Cristo. Las realidades de arriba que debemos buscar son realidades muy concretas. Significa vivir con generosidad, con espíritu de servicio, poniendo una gran atención a las necesidades del prójimo, vivir de una manera verdaderamente digna de Cristo, que dio su vida por nosotros.

Nos decía el papa Francisco, en la Vigilia Pascual del año pasado (2022):

“¡El Señor ha resucitado! ¡No nos detengamos en torno a los sepulcros, sino vayamos a redescubrirlo a Él, el Viviente! Y no tengamos miedo de buscarlo también en el rostro de los hermanos, en la historia del que espera y del que sueña, en el dolor del que llora y sufre: ¡Dios está allí!…

A esto somos llamados, a experimentar el encuentro con el Resucitado y a compartirlo con los demás; a correr la piedra del sepulcro, donde con frecuencia hemos encerrado al Señor, para difundir su alegría en el mundo. Resucitemos a Jesús, el Viviente, de los sepulcros donde lo hemos metido, liberémoslo de las formalidades donde a menudo lo hemos encerrado. Despertémonos del sueño de la vida tranquila en la que a veces lo hemos acomodado, para que no moleste ni incomode más.

Llevémoslo a la vida cotidiana: con gestos de paz en este tiempo marcado por los horrores de la guerra; con obras de reconciliación en las relaciones rotas y de compasión hacia los necesitados; con acciones de justicia en medio de las desigualdades y de verdad en medio de las mentiras. Y, sobre todo, con obras de amor y de fraternidad”.

Si, hermanos y amigos: Aceptemos que Jesús Resucitado entre en nuestra vida, acojámoslo con toda confianza: ¡Él es la vida! Si queremos, todos podemos ser partícipes del poder de la resurrección de Cristo. Dejemos que el dinamismo de la Pascua actúe en nosotros y seremos renovados y rejuvenecidos espiritual y moralmente. Cristo está vivo y también hoy pasa, transforma y libera. Así, a través de cada uno, podrá renacer un mundo nuevo en el que el amor va venciendo el odio, el perdón va anulando los deseos de venganza y la solidaridad va derribando los muros de la indiferencia ante el prójimo necesitado.

Sí, un mundo de hombres y mujeres nuevos es posible. Un mundo en el que, para bien todos, se va haciendo realidad el Reino de Dios: “El reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia; el reino de la justicia, el amor y la paz”.

¡Que la alegría y paz de Cristo Resucitado reboce en nuestros corazones!

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense

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“El enemigo te sacó del paraíso; yo te coloco ya no en el paraíso, sino en el trono celestial”

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“El enemigo te sacó del paraíso; yo te coloco ya no en el paraíso, sino en el trono celestial”

Santiago Gómez Sierra, obispo de Huelva, ha presidido en la mañana de este sábado 8 de abril, Sábado Santo, el rezo del Oficio de Lecturas y Laudes de la Sepultura del Señor, un momento de especial recogimiento en el que se contempla el Cuerpo muerto de Jesús y su descenso al lugar de los muertos en espera de su resurrección y en el silencio de quienes esperan el triunfo de la vida: Oh dolientes de la tierra, verted aquí vuestras lágrimas; en la gloria de este cuerpo serán bañadas.

Entre los textos litúrgicos leídos en el Oficio de Lectura de esta mañana se encuentra una antigua homilía antigua sobre el grande y santo Sábado de la Sepultura del Señor en el que se describe como Cristo desciende al abismo para buscar a nuestro primer padre, Adán, “como si fuera la oveja perdida” y con el que mantiene un hermoso diálogo: «Despierta, tú que duermes, levántate de
entre los muertos y Cristo será tu luz… Levántate, salgamos de aquí. El enemigo te sacó del paraíso; yo te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celestial.»

Por error ha sido definido como un día alitúrgico, pues en él no está permitida la celebración de la Eucaristía. Si bien es cierto que no se celebra la Eucaristía, no existen los días alitúrgicos, pues la celebración de la Liturgia de las Horas del Sábado Santo es una expresión más de la litúrgica de la Iglesia.

La Iglesia ayuna el Sábado Santo de la Eucaristía siguiendo una antiquísima tradición que llevaba a la Iglesia a un prolongado ayuno durante todo el sábado porque “el Esposo le ha sido arrebatado”. Este ayuno concluye con la celebración de la Vigilia Pascual que, en la Catedral, tendrá lugar esta noche a partir de las 23.00 h.

La entrada “El enemigo te sacó del paraíso; yo te coloco ya no en el paraíso, sino en el trono celestial” se publicó primero en Diócesis de Huelva.

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Evangelio del Domingo de Resurrección del Señor en Lengua de Signos Española

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Evangelio del Domingo de Resurrección del Señor en Lengua de Signos Española

Evangelio del Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor en Lengua de Signos Española (Juan 20, 1-9).

Signado por el director del Departamento de Pastoral del Sordo de la Archidiócesis de Sevilla, el sacerdote Gumersindo Melo.

Produce: Archidiócesis de Sevilla

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