
La Basílica de Nuestra Señora del Carmen Coronada acogió en la noche de ayer una multitudinaria y emotiva Santa Misa por las víctimas del terremoto de Venezuela, organizada por la Delegación Diocesana de Migraciones de Asidonia-Jerez. La celebración se convirtió en un auténtico abrazo de la Iglesia diocesana al pueblo venezolano residente en nuestra tierra, reuniendo a numerosos fieles que quisieron unirse en la oración, el consuelo y la esperanza.
La Eucaristía estuvo presidida por Fray Manuel, sacerdote carmelita que dedicó más de treinta años de su ministerio a Venezuela. Su presencia otorgó un significado muy especial a la celebración, ya que conoce de primera mano el sufrimiento que provocan este tipo de catástrofes. De hecho, recordó cómo, pocos meses después de llegar al país en 1967, vivió un terremoto que marcó profundamente su experiencia misionera.
Junto a él concelebró un sacerdote carmelita venezolano llegado desde Sevilla, compartiendo ambos una homilía que ayudó a los presentes a poner nombre al dolor, pero también a descubrir la esperanza que nace de la fe. Sus palabras hicieron que muchos venezolanos se sintieran especialmente acogidos y acompañados por la Iglesia en estos momentos de sufrimiento para su país.
Durante la celebración estuvo muy presente la Virgen de Coromoto, patrona de Venezuela, cuya imagen presidió la oración de los fieles por las víctimas, sus familias y todos aquellos que continúan padeciendo las consecuencias del seísmo. Al finalizar la Eucaristía, numerosos asistentes quisieron acercarse también a la imagen de Nuestra Señora del Carmen, manifestando la profunda devoción que el pueblo venezolano profesa igualmente a la Virgen bajo esta advocación.
La Delegada diocesana de Migraciones, María Dolores Martínez, destacó la extraordinaria acogida que tuvo la convocatoria y el profundo clima de unión vivido durante toda la celebración. La emoción estuvo presente en numerosos momentos, con lágrimas, abrazos y gestos de cercanía entre los asistentes, quienes agradecieron a la Delegación diocesana que hubiera querido hacerse presente en su dolor.
La celebración quiso hacer visible que la Iglesia no permanece indiferente ante el sufrimiento de los pueblos. Como expresó la Delegación Diocesana de Migraciones, la comunidad cristiana está llamada a acoger, consolar y acompañar, especialmente a quienes viven lejos de su tierra y atraviesan momentos de especial dificultad.
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