«Conocí a un sacerdote de cerca y comenzó a despertarse en mi interior un querer ser como él»

Diócesis de Cartagena
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La diócesis de Cartagena es una sede episcopal dependiente de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la catedral de Santa María, situada en la ciudad de Murcia.

Jesús López Huéscar se ordenará sacerdote este domingo en Ceutí.

La Parroquia Santa María Magdalena de Ceutí acogerá este domingo 5 de julio, a las 19:00 horas, la ordenación sacerdotal de Jesús López Huéscar, presidida por el obispo de Cartagena, Mons. José Manuel Lorca Planes. Al día siguiente, a las 20:00 horas, será la misa de acción de gracias en la misma parroquia.

A continuación, compartimos el testimonio vocacional de Jesús:

Me llamo Jesús López, soy de Ceutí y crecí en el seno de una familia creyente, aunque no muy practicante.

Mi testimonio vocacional no es algo fantástico, ni un momento exacto en el que yo lo viese todo claro. Mi vocación ha sido algo que he ido descubriendo a lo largo de los años. Ha tenido también sus momentos concretos, pero ha sido un proceso en el tiempo lo que me hizo descubrir que el Señor me estaba pidiendo algo más.

Todo empezó desde muy pequeño, aunque no fui consciente de ello hasta ser mayor, cuando uno se para a pensar, a analizar el rumbo de su vida, y te das cuenta de cómo el Señor ha ido moviendo todos los hilos de tu vida y te ha ido acercando cada día más a la Iglesia. Es algo que vas viviendo en el día a día sin darte cuenta, pero cuando haces un alto en el camino y miras hacia atrás descubres cómo el Señor te ha ido llevando de su mano.

Ya desde muy pequeño sentía una atracción hacia la Iglesia, me llamaba la atención todo lo que estaba relacionado con ella. Siempre me gustó todo lo relacionado con la Semana Santa, la imaginería, el arte sacro en general. Así que recuerdo con gran vivacidad que cuando mi abuela o mi madre iban a misa, yo siempre me ofrecía a acompañarlas. Realmente con esa edad no sabía qué se estaba celebrando, pero había algo ahí que me atraía. Ya empezaba a descubrir en mi interior un deseo por lo sobrenatural.

Cuando fui creciendo comencé a dar mis primeros pasos en el mundo de las cofradías, donde tuvo lugar uno de los momentos claves de mi vocación. Fue en una comida de jóvenes cofrades de mi pueblo donde, por primera vez, conocí a un sacerdote de cerca y comenzó a despertarse en mi interior un querer ser como él. En aquel momento tenía diecisiete años, me había apuntado a Confirmación y en una de las catequesis el párroco nos invitó a asistir a misa los domingos y a formar parte activa de la parroquia. Así, comencé a introducirme en la parroquia colaborando en todo lo que podía desde limpiar el templo, hasta llevar la Comunión a los enfermos.

De este modo, integrado en la parroquia, fui descubriendo cómo es la vida sacerdotal y se me fueron cayendo todos los esquemas que tenía acerca de los sacerdotes. Comencé a interesarme por la vida de oración, me enseñaron a rezar Laudes y Vísperas, fui descubriendo un mundo que desconocía y que saciaba y calmaba mi corazón. Al mismo tiempo cursaba bachillerato y me preguntaban a qué me quería dedicar, pero a mí no me atraía nada de lo que atraía a los demás. Ya se me pasaba por la cabeza la idea del sacerdocio, pero no lo veía para mí.

Hecha la selectividad, no me atraía ninguna carrera, por lo que decidí buscar unos estudios que de alguna manera estuviesen relacionados con la Iglesia. Así decidí echar mi solicitud de estudios a Bellas Artes, creyendo que mi camino podía ser el arte sacro que, de alguna manera, está relacionado con la Iglesia. Y cuando parecía tenerlo todo claro, mi párroco, tras ver mi interés por todo lo relacionado con la Iglesia, me propuso que estudiara alguna asignatura suelta de los estudios teológicos. Esta propuesta junto con las preguntas que en mi interior no encontraban respuesta me hizo pensar, y mucho. Y tras rezarlo y pedirle luz al Señor decliné mi pensamiento de estudiar Bellas Artes y comencé los estudios eclesiásticos en el ITM.

Ante este cambio de planes mis padres se preguntaban por qué quería estudiar teología. No lo entendían. Normal. Yo llevaba mi pensamiento, pero no les decía nada a ellos. Tan solo, para ser profesor de Religión. Aun así, ellos me insistían en que esta carrera no tenía mucha salida, pero no se opusieron a que la hiciese, siempre me apoyaron en estudiar lo que a mí me gustase.

Cuando ya cursaba mi segundo año en el ITM parecía que ya tenía mi vocación un poco más clara, había ido trabajándola con mi párroco, y este me animó a hacer el preseminario. Pero el miedo y la inseguridad me superaban y no me veía muy preparado para hacerlo, por lo que continué sin decidirme a dar el paso hasta finales del primer cuatrimestre que decidí ir un fin de semana a probar y ver qué pasaba.

El periodo de estudios antes de entrar al seminario me ayudó mucho vocacionalmente, me hizo descubrir realidades eclesiales que desconocía y encontré testimonios de vida que me impactaban y despertaban aún más preguntas en mi interior, a la vez que me animaban a querer yo también dar algo más.

Pero antes de dar el paso, de comenzar el preseminario, llegaba el momento de comunicarlo a mis padres. Mi madre dijo que se lo esperaba. Pero a partir de aquel momento empezaron las preguntas: ¿Eso te gusta? ¿Tú estás seguro? ¿Te ves de cura? Y aunque en un principio era algo extraño fueron asimilándolo unos más rápidos que otros, con más o con menos alegría, pero siempre respetando mi decisión.

Y tras la pandemia comencé el preseminario, un tiempo en el que fui sintiendo más de cerca a Dios, clarificando mi vocación, conociendo a los seminaristas, la vida en comunidad, un periodo en el que fui confirmando mi llamamiento para dar el paso de entrar al Seminario Mayor San Fulgencio.

Una vez dado el paso, todo se empieza a ver un poco más claro, aunque también hay tiempos de oscuridades, pero una vez que te lanzas, que te fías plenamente del Señor y te crees que la obra realmente es suya y la lleva Él, todo va sobre ruedas, aunque esto no es fácil. Quizás, para mí, el momento más difícil fue el de dejar mi casa, mi familia, mis amigos… pero una vez que te has fiado se cumple lo que dice Jesús en el evangelio: «Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más».

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