
En muchas ocasiones hay palabras que en determinados ámbitos se repiten hasta la saciedad. Aunque son las que más se repiten, también son las que corren mayor riesgo de quedar vacías de contenido. En la Iglesia somos expertos en desgastar conceptos. Comenzamos con la Iglesia Conciliar, continuamos con la Nueva Evangelización, tampoco se escapa el Primer Anuncio, seguimos con Procesos Sinodales o el famoso “hagan lío” del Papa Francisco. Distintas maneras de ir haciendo comprender cuál es la tarea de la Iglesia en cada momento, eslóganes reconocibles que terminan por no significar nada.
Actualmente está surgiendo con fuerza una nueva idea. En muchos ambientes eclesiales se habla de una cultura vocacional. Es cierto, no voy a mentir, que tengo un poquito de esperanza en esta idea. La cuestión es si sabremos desentrañarla, aprovechando todo lo que puede aportarnos o si seguiremos jugando a hacer lo de siempre.
Para no dejar vacía esta idea, que se presenta como un plan de acción para la Iglesia, es necesario que identifiquemos cuál es el núcleo de la misma. Alejándonos de campañas, actividades o estrategias orientadas a suscitar vocaciones hemos de promover el acompañamiento, asumiendo la paciencia de quien siembra y sin controlar los resultados.
Hay que tener claro que la vocación es ante todo una respuesta que surge desde lo más hondo de la persona. Un recorrido interior, muchas veces largo y lleno de dudas. En el que el acompañamiento ayuda a escuchar mejor. Un escollo es la incapacidad que tenemos para acompasarnos a la vida de los demás porque nos hemos dejado contaminar de la sociedad que busca resultados rápidos, producción y eficiencia.
En algún momento leí algo que me ayudó mucho a entender la importancia del tiempo en la vida de fe. Dios no tiene prisa, porque la eternidad es suya, somos nosotros los que desde nuestra limitación forzamos y quemamos etapas antes de que se produzca el tiempo oportuno. Por ello acompañar y ser acompañado en el proceso de la vocación, sea cual sea, requiere aprender a habitar el tiempo de otro modo.
¿Cuál sería el éxito de la cultura vocacional? La fidelidad de cada persona a su propio camino. Frente a la percepción de distancia o de rigidez que muchos tienen de la institución eclesial el acompañamiento nos ofrece una oportunidad. Puede mostrar un rostro creíble haciendo entender que la Iglesia escucha, acoge, te toma en serio y quiere ayudarte a que encuentres tu camino reconociendo tu vocación. Para ello no necesitamos reclutadores, sino compañeros de camino.
Jesús Martín Gómez
Párroco de Vera

