
El inicio de la Cuaresma nos puede servir para revisar cuáles son las fuentes de nuestra propia espiritualidad. Al fin y al cabo, la Cuaresma es un retorno a lo esencial, un desierto en el que se hacen evidentes las principales verdades que dan fundamento a nuestra fe.
En la actualidad muchos gurús nos ofrecen una espiritualidad atractiva, reconfortante, inmediata, pero poco nutritiva para el alma. Paz sin conversión, solo para calmar la conciencia, una suerte de fast food espiritual. Más interesadas en hacernos sentir bien que en provocar el conflicto interior.
Mezclan autoayuda, psicología y cristianismo. Presentan el pecado como un bloqueo emocional. Su estilo de vida contrasta con el modelo de Cristo. La transformación rápida que nos ofrecen se contrapone al proceso de toda la vida que requiere la conversión cristiana.
La vida de fe no puede desvincularse de la condición humana, no puede quebrantar los tiempos, que son inherentes a nuestra fragilidad. El sufrimiento no se anestesia, se redime. El mal no se entierra, sino que se saca al descubierto. La espiritualidad no es solo experiencia subjetiva, sino también vida de Iglesia.
El combate cristiano no es autoafirmación, requiere reconocer el desorden interior, implica gracia divina y apertura humana. No es desprecio del mundo sino orden en el amor. Por eso Cristo no cede antes las tentaciones en el desierto cuyo motor es la tergiversación de la naturaleza humana, el abandono del camino del amor, el olvido de Dios.
Jesús Martín Gómez
Párroco de Vera

