La cicatriz de la tierra: pastizales, custodia y profecía del desierto

Diócesis de Jaén
Diócesis de Jaénhttp://diocesisdejaen.es/
La diócesis de Jaén es una iglesia particular española sufragánea de la archidiócesis de Granada. Sus sedes son la Catedral de la Asunción de Jaén y Catedral de la Natividad de Nuestra Señora de Baeza.

La tierra no habla con conceptos abstractos; se expresa con grietas. Cada hectárea de suelo fértil que sucumbe ante la aridez es una página arrancada del libro de la Creación, una hendidura en la piel del planeta que delata una quiebra mucho más profunda: la de nuestra propia conciencia. Por voluntad de la Asamblea General de las Naciones Unidas, desde 1994, cada 17 de junio se celebra el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía. La presente edición nos confronta con un espejo ineludible bajo el lema: “Pastizales: Reconocer. Respetar. Restaurar”. No estamos ante una mera efeméride ecologista, sino ante una vehemente interpelación que no puede dejarnos indiferentes.

En este 2026 la desertificación ya no es una amenaza remota que asedia las fronteras del mapa; es una realidad que muerde los talones del desarrollo humano. Frente a esta crisis, la Doctrina Social de la Iglesia emerge como un faro de perspicaz lucidez, que nos recuerda que la devastación de la naturaleza es el síntoma visible de un desierto interior que avanza silencioso en el corazón del hombre moderno.

Fue Su Santidad Benedicto XVI quien, con su precisión teológica e incisiva agudeza, advirtió en el arranque de su pontificado que “hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre. Los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores. Por eso, los tesoros de la tierra ya no están al servicio del cultivo del jardín de Dios, en el que todos puedan vivir, sino subyugados al poder de la explotación y la destrucción” (Homilía en el solemne inicio del ministerio petrino del Obispo de Roma, 24 de abril de 2005). Para el Papa la crisis ecológica no era un simple desajuste técnico de los ecosistemas, sino una crisis de sentido. Cuando el ser humano se encumbra a sí mismo como dominador absoluto y olvida su condición de custodio, la creación entera se desfigura. La aridez del suelo es la proyección física del utilitarismo desenfrenado. Al romper nuestra alianza original con el Creador, transformamos el jardín en una cantera y el pastizal en un páramo. El pensamiento de Ratzinger nos sacude con una verdad incómoda: la desertificación avanza porque la soberbia humana ha desecado las fuentes de la gratuidad y el respeto. No se puede sanar la tierra si no se purifica primero la mirada del hombre sobre ella. Si los pastizales hoy agonizan bajo el peso de la sobreexplotación, es porque hemos dejado de reconocer en ellos el diseño de un don compartido, reduciéndolos a meras variables de un balance financiero a corto plazo.

Allí donde Benedicto XVI diagnosticó la raíz del mal, Su Sucesor en la Cátedra de Pedro desplegó una hoja de ruta social y existencial a través de su encíclica Laudato si’. El Papa Francisco derribó los muros que separaban la ecología de la justicia social, acuñando el concepto vinculante de la ecología integral. No hay dos crisis separadas —una ambiental y otra social—, sino una única y compleja crisis socio-ambiental. “El desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral, pues sabemos que las cosas pueden cambiar” (LS, n. 13).

En esa misma dirección ha caminado León XIV con inaudita audacia: “Todos sabemos que debemos velar por la salud de la creación como velamos por la de nuestra propia casa, rechazando las tentaciones de poder y enriquecimiento vinculadas a prácticas que contaminan la tierra, el agua, el aire y la convivencia. Hemos de crear, paso a paso, pero rápidamente, una economía menos individualista, un sistema menos consumista. ¡Cuánto desperdicio, cuánto veneno ha generado un modelo de crecimiento que nos ha embrujado, dejándonos más enfermos y pobres! Aprendamos a ser ricos de otra manera: más atentos a las relaciones, más enfocados en promover el bien común, más apegados a la comunidad local, más agradecidos al acoger e integrar a quienes vienen a vivir con nosotros” (Discurso en la reunión con los alcaldes y fieles de los municipios de la “Tierra de fuegos”, 23 de mayo de 2026).

Queda entonces claro que cuando un pastizal se degrada y se convierte en polvo, no solo se desvanece la biodiversidad; se evapora el sustento de comunidades enteras, del pastoreo tradicional y de las familias campesinas que son expulsadas hacia los márgenes de las grandes ciudades. La sequía es la antesala del éxodo. Respetar los pastizales exige, por tanto, salvaguardar los derechos de quienes los habitan y los cuidan. El desprecio por los ecosistemas frágiles es, en el fondo, una forma refinada de desprecio por la vulnerabilidad humana.

El lema de esta jornada internacional para el año en curso resuena como un imperativo trinitario para la acción colectiva. Cada uno de estos verbos exige una conversión de la inteligencia y de las manos.

Reconocer: Significa despojarnos de la ceguera urbana. Los pastizales no son tierras baldías a la espera de ser urbanizadas o colonizadas por el monocultivo intensivo. Son inmensos pulmones, sumideros de carbono y guardianes del agua subterránea. Reconocer es el primer acto de justicia: devolver la dignidad estética y vital a lo que la prisa moderna ha invisibilizado.

Respetar: Implica detener la lógica de la rapiña. El magisterio de la Iglesia insiste en que la naturaleza no es un marco decorativo, sino un tejido de relaciones vivas. Respetar el pastizal es comprender sus ritmos, sus tiempos de barbecho, sus límites. Es transitar de la economía de la extracción a la cultura del cuidado.

Restaurar: Es la tarea suprema de nuestra generación. No basta con la conservación pasiva; es hora de la reparación activa. Restaurar la tierra es un acto de alta política y de profunda espiritualidad. Significa devolverle al suelo la capacidad de engendrar vida, cerrar las cicatrices de la erosión y reforestar no solo el paisaje, sino el tejido comunitario que la sequía ha desestructurado.

La desertificación no es un destino fatal inevitable; es una construcción humana y, por ende, puede ser revertida. La opinión pública no puede seguir asistiendo a la degradación de nuestro hogar común con la indolencia del espectador que contempla una tragedia ajena. La apatía es el peor de los desiertos.

Este 17 de junio de 2026 debe marcar un punto de inflexión. Necesitamos que las agendas gubernamentales dejen de tratar la sequía como una emergencia estacional y la asuman como un desafío estructural y geopolítico. La escasez de agua y la muerte del suelo fértil son las verdaderas amenazas a la paz global de este siglo. La paz social está íntimamente ligada a la paz con la creación. Avivar la conciencia pública no es propagar un catastrofismo estéril, sino encender la esperanza que se traduce en compromiso. Restaurar los pastizales es devolver la soberanía alimentaria a los pueblos, es mitigar el cambio climático y es, por encima de todo, honrar el legado que dejaremos a las generaciones venideras.

Que la conmemoración de este día mundial nos aleje de la parálisis. El veredicto de la historia dependerá de nuestra capacidad para transformar el desierto en jardín, la indiferencia en custodia y la explotación en respeto. La tierra sigue esperando que los seres humanos actúen, finalmente, como sus verdaderos guardianes.

Mons. Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

Contenido relacionado

Retiro de los miembros de Iglesia por el Trabajo decente

Inicio de la jornada: fe, trabajo y dignidad humana Entre cantos, oración,...

La Virgen de la Capilla volvió a congregar a los Cabildos en su día...

Un año más, Jaén ha renovado su fidelidad a la Virgen...

Los jóvenes de la Diócesis podrán hacer, este verano, el Camino Lebaniego

  Todavía resuenan en nuestros corazones los momentos vividos hace apenas unos...

Enlaces de interés

ODISUR
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.