Música litúrgica, un tesoro de la Iglesia

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El pasado martes, 22 de noviembre, se celebró la festividad de santa Cecilia, patrona de la Música. Un patronazgo que se sigue recordando con diversos conciertos y jornadas culturales, y que ha servido de argumento para que la Delegación diocesana de Liturgia explique algunas cuestiones relacionadas con el uso de la música en los cultos y celebraciones religiosas.

El sacerdote Luis Rueda dirige la Delegación de Liturgia, un organismo de la Curia diocesana en la que colaboran muy activamente cinco laicos. En los últimos años han puesto en práctica varias iniciativas con las que se intenta que cale una ‘cultura litúrgica’ entre los fieles. Ello es posible gracias, sobre todo, a la ampliación de la oferta formativa del Instituto Superior de Ciencias Religiosas, así como de otros proyectos puntuales en los que se abordan cuestiones más concretas relacionadas con la Liturgia. Una de ellas es la música.

Música para “llevarnos a Dios”

La música oficial de la Iglesia sigue siendo el gregoriano. Sus orígenes se remontan a las sinagogas judías y al canto de las primeras comunidades cristiana, y debe su nombre al papa Gregorio Magno –por cierto, amigo de San Leandro-, que gobernó la Iglesia en el siglo VI. “El gregoriano es un tesoro, hay que conservarlo, y a diferencia de otras músicas -subraya Luis Rueda- está hecha para llevarnos a Dios”. Cumple su razón de ser si subraya el texto que oramos, algo parecido a lo que ocurre con el flamenco. “Los quiebros de voz que hacen los cantaores son para subrayar o proclamar el texto que están cantando. Igual pasa con el gregoriano”, explica. El uso del latín se corresponde lógicamente con un tiempo, una época en la que el idioma común era el latín. La música, por tanto, estaba creada sobre la base del texto latino.

Podemos decir que la música gregoriana forma parte del patrimonio cultural de la Iglesia, de hecho debe a ella su permanencia a través de los siglos. El delegado diocesano de Liturgia destaca que la Iglesia “se ha quedado con las mejores piezas”, las ha hecho suyas, si bien no se trata de una apropiación sobrevenida ni de una adquisición residual, por abandono de terceros. Es parte del patrimonio eclesial, y forma parte de un bagaje cultural custodiado con esmero.

Hay grandes bibliotecas con partituras para himnos, “pero utilizamos las mejores”, apunta. “Igual que con las músicas modernas, nos quedamos con las mejores piezas y decimos que son un clásico. Con el gregoriano conservamos los mejores textos y composiciones”.

Lo moderno

Rueda aventura que a la mayoría de las nuevas creaciones musicales en castellano les va a pasar como a las gregorianas en su día: se pondrán de moda y terminarán pasando. Están hechas para que lleguen al corazón en una época, en un contexto temporal más vertiginoso, menos pausado, corren el riesgo de que pasado un corto período de tiempo “ese lenguaje ya no sirva”. El filtro será importante pero, al igual que sucedió con el canto gregoriano, nos quedaremos con aquellas piezas que destaquen del resto. Un ejemplo de ello es el Pueblo de reyes de Deiss, considerado en la actualidad como un clásico que ha sobrevivido a la selección natural. Las adaptaciones de la música a las corrientes contemporáneas podrán correr la misma suerte, “y como la música actual admite todo tipo de instrumentación, iremos progresando conforme los artistas vayan componiendo y las piezas se queden en el pueblo cristiano”, afirma Luis Rueda, que compagina su cargo en la Curia diocesana con la responsabilidad de cuidar la Liturgia en el primer templo de la Archidiócesis, la Catedral.

Criterios para la música litúrgica

No toda música sagrada se adapta a la celebración. Hay que distinguir entre música religiosa, música propiamente sagrada y composiciones que son directamente litúrgicas. Podrá componerse una ópera sobre tema religioso y, en nuestro entorno, se entenderá que una marcha de Semana Santa es religiosa porque acompaña a una imagen del Señor o la Virgen en una procesión, pero no es música litúrgica. La música litúrgica es la que se adapta a cada momento de la celebración, está en función del lugar que ocupa en la celebración “y, por tanto, la gente debería entender que no todas las músicas, por muy bonitas y rica en matices que sean, valen para una boda”, subraya Rueda.

Hay otros criterios para calificar una música como litúrgica: el texto y la evocación de otra situación. En el gregoriano el texto siempre eran salmos, y cuanto más cerca estén los textos de la Sagrada Escritura, mejor. Para explicar el criterio de ‘la evocación’ Luis Rueda acude a la música por sevillanas: “con ella rememoro una situación distinta de la celebración de la misa; me va a evocar la Feria o la romería de mi pueblo”. Se trata de que la música no abstraiga a la asamblea de la celebración en la que está y que, por su poder evocativo, nos introduzca mejor en ella. De ahí la tendencia a que la música litúrgica sea distinta de la profana, “para que el que esté celebrando sea consciente de que está allí y no en otro lado”.

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