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El Papa, a quienes trafican y explotan a personas migrantes: «¡Deténganse! ¡Conviértanse!»

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Palabras de León XIV en el Encuentro con las iniciativas de integración de los migrantes en la «Plaza del Cristo de La Laguna»

Queridos hermanos y hermanas:

Es un gusto para mí compartir este momento con ustedes aquí, en San Cristóbal de La Laguna, sede de esta diócesis. Me ha llamado la atención lo que se ha dicho de esta ciudad: que es una ciudad sin murallas, una ciudad abierta.

Quizás este detalle nos ayude a comprender que las barreras más difíciles de derribar no son siempre de piedra. A veces están en la mirada, o en el miedo o en la indiferencia. El mar, que rodea estas islas, trae hasta nosotros historias que no siempre sabemos leer: historias de dolor, de esperanza y de búsqueda. En una ciudad sin murallas, también el corazón está llamado a ensancharse para acogerlas. Por eso necesitamos aprender el lenguaje de la cercanía, ese que se comprende más con las manos que con las palabras.

El braille y demás formas de escritura táctil nos recuerdan que la palabra puede abrirse camino también por medio del contacto. Del mismo modo, la integración exige aprender a leer de otra manera. Hay miradas que ven y, sin embargo, no reconocen; convierten un rostro en cifra, una historia en expediente y una diferencia en distancia. De ahí que el Evangelio nos eduque en una lectura más honda de la realidad: la que nace de la cercanía, de la paciencia y de unas manos capaces de socorrer, acompañar, orientar, enseñar y abrir caminos.

En las obras de integración de estos hermanos nuestros —como en toda obra de caridad— la Iglesia aprende a leer en la vida concreta de quienes sufren en el cuerpo o en el espíritu un signo vivo que remite a los santos Evangelios y que se vuelve legible a través del tacto y de la cercanía, cuando palpamos las heridas de los demás. Como Tomás ante el cuerpo glorioso del Resucitado, también la Iglesia aprende que las heridas, miradas desde la fe, pueden convertirse en lugar de reconocimiento: allí donde el dolor humano es tocado con amor, Cristo nos confirma que está presente en el hambriento, en el sediento, en el desnudo, en el enfermo, en el preso y en el forastero (cf. Mt 25,35-40). De esa fe que reconoce a Cristo vivo nace también el servicio del Padre Darwin y de tantas personas. La caridad cristiana brota del amor de Dios derramado en el corazón del creyente; por eso, ante el necesitado, la fe se hace concreta y el amor a Cristo se transforma en gestos.

Desde esta convicción, nuestra presencia quiere testimoniar que la solidaridad nace del reconocimiento de la dignidad humana y supera toda concesión secundaria o simple obra de filantropía. Está llamada a comprometerse y a tomar forma de proceso. La acogida abre la puerta; la integración ayuda a cruzar el umbral. La asistencia coloca bálsamo en la herida y la integración reconstruye el futuro.

Integrar no significa borrar la historia de quien llega ni exigirle que deje atrás todo lo que forma parte de su memoria. Tampoco significa crear mundos paralelos, cerrados unos a otros, donde las personas conviven sin encontrarse realmente. Integrar es un camino recíproco: quien llega aprende a habitar una tierra nueva, y quien recibe aprende a ensanchar su propia casa sin diluir su identidad ni cerrar el corazón al encuentro. A ustedes, queridos hermanos migrantes, les corresponde una parte noble y necesaria de este camino: abrirse con confianza a la comunidad que les recibe, aprender su lengua, respetar sus leyes, conocer sus costumbres, participar en la vida común y ofrecer con gratitud sus dones.

Toda sociedad que acoge tiene deberes hacia quienes llegan; y quien es acogido descubre también que la dignidad reconocida como derecho florece cuando se convierte en responsabilidad y deseo sincero de construir junto a los demás. Así, quien llegó como forastero puede reencontrar vínculos, reconstruir confianza y sentirse parte viva de una comunidad. Ésta es una forma preciosa de misericordia.

Hablamos, ante todo, de personas creadas a imagen y semejanza de Dios, antes que de categorías jurídicas o de problemas que administrar. Después de viajes difíciles y, en ocasiones, de varios intentos —como en el caso de Khalid—, buscan a alguien que les diga, con los gestos antes que con las palabras: tu vida no es un descarte, tu sufrimiento no es invisible, tu dignidad no ha quedado disuelta en las aguas que has atravesado —como nos expresaba Mbacke—. Pero buscan también algo más: una posibilidad concreta de recomenzar, de aprender, de trabajar, de servir, de participar, de no quedar encerrados para siempre en la condición de víctimas.

En este sentido, deseo agradecer las palabras de Mons. Santiago y, con ellas, el testimonio de una Iglesia que, aun con medios pobres, quiere “caminar con los que caminan”. Gracias a Cáritas diocesana, a la Delegación diocesana de Migraciones, a las parroquias y a tantas realidades eclesiales y civiles que van más allá del primer auxilio y acompañan procesos de protección, promoción e integración. Gracias por hacer posible que quien un día fue acompañado pueda convertirse —como nos recordaba Thalia— en puente para otros, devolviendo el amor recibido. Cuando quien necesitó una mano comienza a tender la suya, la caridad recibida se transforma en responsabilidad compartida.

Al mismo tiempo, no podemos olvidar a tantos migrantes que, provenientes de Latinoamérica, de Filipinas y de otras latitudes, forman ya parte viva de la comunidad y, con su fe, su trabajo y sus dones, ayudan a renovarla. Déjense también evangelizar por ellos, pues seguramente traen consigo regalos que la Providencia ha querido hacer llegar a ustedes a través de quienes se integran. Ellos recuerdan que integrar es abrir espacio para que una persona pueda sentirse corresponsable. Así, el extranjero de ayer puede ser el hermano y vecino de hoy.

A los católicos quiero pedirles algo más: que la integración no quede reducida a una tarea social, por necesaria que sea. Quien llega a nuestras parroquias necesita pan, techo, lengua, trabajo y protección; y también debe encontrar una comunidad capaz de ofrecer, con el testimonio de la vida y de la palabra, caminos para conocer a Jesucristo, respetando siempre la conciencia y la libertad de cada persona. Evangelizar es compartir con respeto y humildad el tesoro que sostiene nuestra acción y nuestra esperanza. Una Iglesia que acoge es también una Iglesia que anuncia, ofreciendo a Cristo sin imponerlo y que, al mismo tiempo, recibe el Evangelio de manos de los pobres.

Una conciencia humana, y más aún una conciencia cristiana, no puede permanecer indiferente ante las víctimas de los naufragios y de la falta de ayuda, ante esos cementerios del mar. Cada vida perdida en estas rutas es un fracaso para la familia humana. No obstante, existe también un naufragio silencioso después de la llegada: quedar solo en una ciudad, sin lengua, sin vínculos, sin trabajo, sin confianza y expuesto a quienes se aprovechan de la vulnerabilidad. Integrar es impedir ese segundo naufragio. Es ayudar a que quien llegó lastimado no quede fijado para siempre en su dolor, sino que pueda volver a ponerse en pie, reconocer sus dones y ofrecerlos a la comunidad.

Y desde esta plaza quiero dirigir una palabra clara a quienes se aprovechan de la desesperación; a quienes organizan rutas de muerte, trafican con personas, retienen documentos, explotan trabajadores, amenazan mujeres, engañan familias y convierten el sufrimiento ajeno en negocio. Deténganse. Conviértanse (cf. Mc 1,15). Las lágrimas y la sangre de estos hermanos claman a Dios y sus sufrimientos llegan hasta Él (cf. Gn 4,10; Ex 3,7-9). El dinero arrancado a la vulnerabilidad de los pobres no dará paz, ni honor, ni futuro (cf. Jr 22,13; St 5,1-6).

Por cada vida perdida, cada familia engañada, cada cuerpo sometido, cada mujer amenazada, cada trabajador explotado habrán de comparecer ante la justicia divina (cf. 2 Co 5,10). Rompan esas cadenas y liberen a quienes tienen bajo dominio (cf. Is 58,6). Devuelvan lo arrebatado y reparen cuanto puedan. Vuelvan mientras aún hay tiempo, porque la misericordia de Dios puede alcanzar incluso al pecador más endurecido, pero sólo entra por la puerta estrecha de la verdad, la justicia y la conversión (cf. Ez 33,11).

Hermanas y hermanos, la última palabra no puede tenerla el miedo, la indiferencia ni la violencia de quienes comercian con la vida humana. La última palabra pertenece a Cristo, que se identifica con el forastero, toca las heridas de la humanidad y nos llama a reconocerlo en cada hermano que necesita ser acogido, protegido, promovido e integrado. Alcemos la mirada hacia Él, sin apartarla de quienes sufren; miremos al Señor para aprender a mirar con sus ojos a nuestros hermanos.

La Sagrada Familia de Nazaret, que tuvo que migrar a Egipto para proteger la vida del Niño Jesús (cf. Mt 2,13-15), sigue siendo para todos los tiempos modelo y amparo de toda familia refugiada, de todo migrante y de toda persona que se ve forzada a dejar su tierra por miedo, persecución o necesidad (cf. Pío XII, Const. ap. Exsul Familia). Que ella sostenga el servicio que ustedes ofrecen y haga de esta tierra un lugar donde todos se reconozcan y se traten como hermanos. Que Dios les bendiga. Muchas gracias.

León XIV

En Tenerife: «las migraciones tienen una palabra importante que decir, porque pueden ser una ocasión de encuentro y enriquecimiento mutuo entre los pueblos»

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Palabras del Papa en el Encuentro con los migrantes del Centro «Las Raíces»

Queridos hermanos y hermanas: ¡Buenos días!

Agradezco las sentidas palabras que me ha dirigido la Sra. Ministra, así como el Director de este Centro.

Hoy en la Iglesia celebramos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, que es para los cristianos el amor misericordioso e infinito de Dios por cada ser humano. En este marco, es providencial que podamos encontrarnos, vernos y sobre todo saber que, más allá de nuestro lugar de proveniencia, el amor de Dios no conoce fronteras, no hace distinciones, se da a todos y nos congrega en la unidad.

Viendo sus rostros, escuchando sus testimonios, pienso también en sus corazones, heridos por tantas dificultades y también consolados por el amor recibido gracias a otros corazones abiertos, generosos y misericordiosos. El Corazón de Cristo sufrió y fue traspasado por amor, y también fue confortado por personas compasivas que se acercaron a aliviar su dolor.

Jesús, para explicar la universalidad del amor, puso como ejemplo el acto de servicio de un hombre de otro pueblo y de otra religión que se compadeció del herido y maltratado (cf. Lc 10,25-37). Motivados por ese amor de Dios, que nos ayuda a sanar las heridas y a ser caritativos con los que sufren, el santo Hermano Pedro y san José de Anchieta partieron desde estas tierras canarias para anunciar el Evangelio en América, abriendo nuevos horizontes misioneros. Ellos también fueron migrantes que se dirigieron hacia lo desconocido, llevando como principal equipaje la fe, la esperanza y la caridad.

En aquellas desconocidas tierras, los santos migrantes y misioneros supieron dar de lo que tenían y asimismo acoger lo nuevo que se les ofrecía. Les invito también a ustedes a ofrecer el tesoro de humanidad, de sueños y de cultura que han traído a estas islas, y a estar abiertos a recibir aquello que se les brinda. Este intercambio hemos de vivirlo también con responsabilidad, pensando en el futuro de las generaciones venideras, a quienes queremos legar el patrimonio de una civilización del amor, y donde las migraciones tienen una palabra importante que decir, porque «pueden ser una ocasión de encuentro y enriquecimiento mutuo entre los pueblos» (Magnifica humanitas, 81).

Queridos hermanos y hermanas, todos —de algún modo— somos migrantes, todos somos peregrinos en camino a la patria celestial. Ayudémonos a hacer de esta travesía un lugar más humano para todos, aportando lo que esté al alcance de cada uno. En este sentido, agradezco la colaboración por parte del Gobierno, de las diversas instituciones y de tantos hombres y mujeres de buena voluntad que hacen posible esta ayuda humanitaria concreta, que devuelve la esperanza y dignifica a tantas personas.

Me ha llamado la atención el nombre de este Centro de acogida, que se denomina “Las Raíces”. A mi Predecesor, el querido Papa Francisco, que tanto anheló poder estar con ustedes, le gustaba utilizar la imagen de las raíces para indicar la necesidad de no olvidar los orígenes, de permanecer unidos y de confiar en el Señor. «Porque el que confía en el Señor “es como un árbol plantado al borde de las aguas, que echa sus raíces en la corriente. No temerá cuando llegue el calor y su follaje estará frondoso” (Jr 17,8)» (Christus vivit, 133). Que esta imagen de las raíces también les ayude a ustedes a estar firmemente arraigados en el Señor (cf. Col 2,7), para que ninguna tormenta pueda alejarlos de su presencia, que fortalece y da vida.

Queridos amigos, les llevo en mi corazón y en el recuerdo de mis oraciones. Que Dios les bendiga, que bendiga a sus familias y a todos los que les hacen el bien. Y que la Bienaventurada Virgen María, Consuelo de los migrantes, les acompañe y auxilie siempre con su protección maternal.

Muchas gracias.

León XIV

Celebramos el Sagrado Corazón de Jesús

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Al día siguiente, el Inmaculado Corazón de María.

Como cada año, el viernes después del Corpus Christi, la Iglesia celebra la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Al día siguiente, tiene lugar la memoria del Inmaculado Corazón de María. Ambas devociones, estrechamente vinculadas, nos hablan del amor misericordioso de Dios por toda la humanidad.

La imagen del Sagrado Corazón que presidió la beatificación del P. Arnaiz en la Catedral saldrá en procesión extraordinaria desde la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús por las calles de la capital. Con este acontecimiento se cierran los actos programados para la Solemnidad, que este año se celebra el 12 de junio, precedida del solemne Quinario que predicarán los padres jesuitas desde el lunes día 8, todos los días, a las 19.30 horas.

La procesión será, concretamente, el sábado 13 de junio a las 19.30 horas. La imagen irá acompañada por la del padre Tiburcio Arnaiz S.J., con motivo del Jubileo por el centenario de la muerte del beato. El Corazón de Jesús fue el motor de la vida espiritual y apostólica del padre Arnaiz. Este sacerdote, cuyos restos son venerados en la propia iglesia de los jesuitas, revitalizó la devoción al Divino Corazón desde su llegada a Málaga en 1912, como director del Apostolado de la Oración en la Diócesis.

ACTO DE CONFIANZA EN EL CORAZÓN DE JESÚS

¡Oh Corazón de Jesús!

Pongo toda mi confianza en Ti.

De mi debilidad todo lo temo,

pero todo lo espero de tu bondad.

A tu Corazón confío… (petición).

¡Jesús mío!, yo cuento contigo,

me fío de Ti, descanso en Ti.

¡Estoy seguro en tu Corazón!

Antonio Moreno

La Escuela Teológica, nuevos diplomados y un adiós agradecido

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La Escuela Teológica San Manuel González clausura de curso en sus distintas sedes.

La Escuela Teológica San Manuel González ha celebrado el cierre del curso en estas semanas en sus distintas sedes. La de Málaga ciudad lo vivió el 29 de mayo, con la celebración de una Eucaristía en la capilla del CESET San Pablo y un ágape fraterno. El resto de sedes han clausurado en distintas fechas, añadiendo la entrega de diplomas a los que terminan sus estudios. El 19 de mayo fue la de la sede de Ronda, el 21 de mayo, la de Marbella; el 27 de mayo, en Antequera; el 5 de junio, en Torre del Mar; el 9 de junio, la sede de Alhaurín; el 12 de junio, la de Mijas Costa, y el 17 de junio, tendrá lugar en la Estación de Cártama.

Este curso, el 37º de su historia, han completado los tres años de formación de la escuela, en sus distintas sedes, 154 alumnos, 69 en modalidad presencial y 85 en la semipresencial. Como explica su director, el sacerdote diocesano José Emilio Cabra, «todos ellos cuentan cómo la Escuela les ha enriquecido, ayudado a profundizar en los contenidos de la fe y compartir con miembros de otras parroquias, cofradías, de otros ámbitos y mentalidades distintas». La Escuela, además, nos ayuda a abrir la mirada y comprobar que la Iglesia es más amplia que nuestra parroquia o nuestro movimiento; que el Evangelio se vive con estilos distintos; que la Palabra que compartimos o el tema que hemos estudiado admite muchos matices, aplicaciones distintas, propuestas que a mí no se nos habían ocurrido a cada uno personalmente… Es una satisfacción comprobarlo año tras año», expresa.

En la sede de Málaga, la clausura de este curso 2025-2026 ha incluido el agradecimiento a Loli Fernández, antigua alumna, secretaria y “alma” de esta escuela desde hace 35 años.

La matriculación para el próximo curso será en septiembre y los interesados encuentran información detallada y procedimiento en la web ceset.edu.es.

Aún puedes inscribirte para participar en la Asamblea Diocesana

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El sábado 20 de junio tiene lugar la Asamblea Diocesana. Inscríbete para participar.

El sábado 20 de junio tiene lugar la Asamblea Diocesana en el Colegio Maristas. Ante la limitación de aforo en el espacio elegido, asistirán 1.500 personas en representación de las diversas realidades diocesanas: parroquias, movimientos y asociaciones, comunidades de vida consagrada, delegaciones, misioneros digitales… Aún quedan plazas para inscribirse.

Aquellas personas que aún no se han inscrito y estén interesadas en participar, pueden inscribirse en este enlace hasta el 16 de junio, mientras queden plazas disponibles.

Esta Asamblea es un paso adelante dentro del proceso de implementación del Sínodo sobre la Sinodalidad. Desde las 10.00 de la mañana a las 6.00 de la tarde, los participantes compartirán una ponencia marco que recogerá los principales consensos de las aportaciones de los grupos a la recepción del Documento Final del Sínodo, una dinámica con la que se ahondará en el Plan Pastoral Diocesano y diversos talleres en los que se abordarán aspectos prácticos sobre cómo ser una Iglesia sinodal. La Asamblea concluirá con la celebración de la Eucaristía.

Todos los fieles están invitados a rezar por esta celebración, en la que se recoge el trabajo de cientos de grupos de la diócesis, y a seguirla a través de las informaciones de la web diocesismalaga.es y las redes sociales de la diócesis.

Encarni Llamas Fortes
Encarni Llamas

Lecturas del XI Domingo de Tiempo Ordinario (ciclo A)

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Lecturas del XI Domingo de Tiempo Ordinario (ciclo A)

Primera lectura

Lectura del libro del Éxodo 19, 2-6ª

Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa

En aquellos días, llegaron los hijos de Israel al desierto del Sinaí y acamparon allí, frente a la montaña.
Moisés subió hacia Dios. El Señor lo llamó desde la montaña diciendo:
«Así dirás a la casa de Jacob, y esto anunciarás a los hijos de Israel: “Vosotros habéis visto lo que he hecho con los egipcios y cómo os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mi. Ahora, pues, si de veras me obedecéis y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa”».

Salmo

Salmo 99, 2. 3. 5

R/. Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

– Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores.
– Sabed que el Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño.
– El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades.

Segunda lectura

Romanos 5, 6-11
Si fuimos reconciliados por la muerte del Hijo, ¡con cuánta más razón seremos salvados por su vida!

Hermanos:
Cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros. ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos del castigo! Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida! Y no sólo eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación.

Evangelio

Mateo 9, 36 – 10, 8
Llamó a sus doce discípulos y los envió

En aquel tiempo, al ver Jesús a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». Entonces dice a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies». Llamó a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia.
Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el de Caná, y Judas Iscariote, el que lo entregó. A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:
«No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis».

Comentario bíblico de Pablo Díez

Mateo muestra cuál es la raíz y el fundamento de la misión. Esta tiene su origen en la mirada de Jesús. No se trata de una observación neutra. Él capta lo que otros no ven. Las multitudes son visibles para todos, pero Jesús percibe su verdadera condición: aparecen agotadas y heridas por el estado espiritual en el que viven. Esta se expresa con la metáfora de las “ovejas sin pastor” que indica abandono, carencia de guía espiritual, desorientación religiosa, pero que alude también a la fragilidad y vulnerabilidad humana en sentido amplio. La imagen no describe simplemente a un grupo de individuos desorientados, sino al pueblo de Israel en su conjunto. Desde esta perspectiva, la mirada de Jesús no es solamente humana; es la manifestación de la mirada compasiva de Dios sobre Israel que se despliega en tres tiempos. En primer lugar, ve: “He visto la aflicción de mi pueblo” (Ex 3,7). La visión genera compasión: “Mi corazón se conmueve dentro de mí” (Os 11,8), y la compasión le mueve a actuar: “He bajado para librarlo” (Ex 3,8).

En Ex 19,4, la imagen de las alas de águila que acompaña, protege y sostiene a las crías cuando todavía no pueden valerse por sí mismas, expresa la acción de Dios que transporta a Israel desde una situación de total indefensión hacia la libertad y la comunión con Él. La iniciativa es completamente divina. Israel no se salva a sí mismo, sino que es llevado. En este sentido, Jesús posee una mirada mesiánica porque contempla la realidad desde la perspectiva divina, y actúa como el Dios de Israel con la invitación: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados” (Mt 11,28). Como el Dios del Éxodo que toma sobre sí la debilidad de su pueblo, Jesús se presenta como el lugar de descanso y amparo para quienes se encuentran agotados. Asume así la función propia de la sabiduría divina: no solo enseña el camino, sino que ofrece personalmente el descanso que Dios prometía a su pueblo (Jer 6,16).

El apóstol capta esto perfectamente. Cuando habla de la debilidad (Rom 5,6) no se refiere a una fragilidad física, sino a la incapacidad del ser humano para salvarse a sí mismo a causa del pecado. En la teología paulina, la debilidad expresa la condición de una humanidad agotada bajo el poder del pecado y de la muerte. Para Pablo, la muerte redentora de Cristo constituye la forma suprema de la acción salvadora que no abandona al hombre en su cansancio, sino que carga con él y le comunica el auténtico descanso, la vida nueva. El discípulo es enviado a mirar como mira Jesús. Quien ha experimentado la misericordia de Dios en su propia debilidad queda llamado a prolongarla entre los demás. La misión nace de la memoria agradecida de haber sido sostenido por Dios cuando uno mismo estaba cansado, agobiado y necesitado de salvación.

 

 

 

 

 

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Que brille nuestra “magnífica humanidad”

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Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

Quisiera animaros a profundizar en la primera encíclica del papa León XIV, Magnifica humanitas (Magnífica humanidad), dedicada a la «custodia de la persona humana en la era de la inteligencia artificial» (IA). Este documento, fruto de años de escucha, actualiza la tradición de las grandes encíclicas sociales iniciada por León XIII con Rerum Novarum (1891), que abordó los desafíos de la «revolución industrial», y continuada recientemente por Francisco con Laudato Si’ (2015), centrada en la «cuestión ecológica».

La Iglesia no es experta en cuestiones técnicas, pero aporta «una sabiduría sobre lo humano que nuestro tiempo necesita desesperadamente: cada persona es única e insustituible, un sujeto libre e inteligente dotado de conciencia, capaz de buscar a Dios, de servir a los demás y de cuidar de nuestra casa común». Con hondura teológica y realismo histórico, el Papa defiende la inviolable dignidad de la persona, el valor sagrado del trabajo y la urgencia de una justicia que proteja la libertad frente al poder de los algoritmos y los datos.

«Que esta encíclica y los discursos del Santo Padre en su visita a España nos ayuden a comprender el desafío de la Inteligencia Artificial, y a trabajar unidos para que siga resplandeciendo en el porvenir nuestra “magnífica humanidad”»
Lejos de rechazar el progreso técnico, la encíclica —inspirada en la rica tradición patrística y, de modo especial, en san Agustín— se presenta como una guía lúcida para orientar el debate sobre la IA con racionalidad, seriedad ética y esperanza. Su propósito es evitar que esta tecnología dé lugar a una nueva torre de Babel, que «sacrifica la dignidad de las personas en aras de la eficiencia y aspira a alcanzar el cielo sin la bendición de Dios», y promover, en cambio, una «civilización del amor» más humana y fraterna.

El Papa insiste en que el progreso tecnológico solo será auténticamente humano si permanece al servicio de la persona y del bien común. Por ello, lanza un llamamiento universal: «La IA requiere hoy ser desarmada, liberada de lógicas que la transforman en instrumento de dominio, de exclusión o de muerte, y puesta al servicio del bien común». Pero no basta con desarmar: es necesario «reparar los lazos, restablecer la confianza y despertar la esperanza en el futuro. Además, nadie reconstruye solo».

León XIV, citando a Gandalf, el mago de El Señor de los Anillos, nos invita a todos a aportar nuestro granito de arena para hacer crecer la civilización del amor: desarmar las palabras, practicar la justicia para encontrar la paz, asumir la mirada de las víctimas, discernir con realismo qué es posible lograr y qué pasos podemos dar, y ejercitar el diálogo en todos los niveles, desde las relaciones personales hasta las internacionales. Incluso propone una espiritualidad eucarística arraigada en la vida de los pobres.

Que esta encíclica y los discursos del Santo Padre en su visita a España nos ayuden a comprender el desafío de la IA, y a trabajar unidos para que siga resplandeciendo en el porvenir nuestra “magnífica humanidad”.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.

+ José Antonio Satué
Obispo de Málaga

Un beato cuya sangre bombeaba el Corazón de Jesús

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La procesión del Sagrado Corazón, en el Jubileo del P. Arnaiz, lleva a recordar la salida histórica de 1916.

El sábado 13 de junio, a las 19.30 horas, el centro histórico de Málaga se convertirá en el escenario «de un momento de profunda devoción», como lo describen las Misioneras de las Doctrinas Rurales, herederas de la obra del P. Arnaiz. Y es que la imagen del Sagrado Corazón de Jesús volverá a procesionar, de forma extraordinaria, acompañada de la del Beato, con motivo del Jubileo por el centenario de la muerte del Beato que se está viviendo en la diócesis.

Antes de la Solemnidad del Sagrado del Corazón de Jesús, que este año es el 12 de junio, se celebra un solemne quinario en el templo del mismo nombre donde reposan los restos del P. Arnaiz. Está predicado por los padres jesuitas y da comienzo, cada tarde, a las 19.30 horas.

Como explican las misioneras, «el Corazón de Jesús fue el motor de la vida espiritual y apostólica del Padre Arnaiz. Él, desde su llegada a Málaga en 1912, como director del Apostolado de la Oración en la Diócesis, revitalizó la devoción al Divino Corazón con tanto ardor que el número de los miembros de la Asociación se incrementó exponencialmente. El fervor con que se celebraba cada Primer Viernes de mes y sobre todo durante la Novena dedicada al Sagrado Corazón antes de su fiesta, fue aumentando cada año, hasta tal punto, que en 1915, a pesar del ambiente anticlerical que se respiraba en esos momentos, organizó la salida procesional de la imagen del Corazón de Jesús por las calles de la capital, que se había suspendido desde principio de siglo por una altercado entre un grupo revolucionario contra las personas que asistían a la procesión. Esta salida tuvo tal resonancia que se hicieron eco todos los periódicos de Málaga, reconociendo que el alma de aquella manifestación de fe había sido el P. Arnaiz. Desde entonces la procesión del Sagrado Corazón ha sido un referente en la piedad popular malacitana. Este año, el sábado siguiente a la solemnidad del Divino Corazón, volveremos a tener la oportunidad de manifestar nuestro amor públicamente al Dios, que nos amó hasta el extremo de dar su vida por nosotros y de cuyo Corazón traspasado por nuestros pecados, mana una fuente de vida que cura todas nuestras heridas. La imagen del P. Arnaiz, nos irá recordando, lo que tantas veces repitió en sus predicaciones: “El Corazón de Jesús… es una fuente de bondad y de gracias desconocida de muchos, quien la descubre encuentra la Vida”».

IMAGEN DEL PADRE ARNAIZ

La imagen del beato Tiburcio Arnaiz SJ que saldrá en procesión este sábado fue bendecida el 18 de julio de 2021. Es una imagen de cuerpo entero y se yergue sobre una sobria peana. La escultura, obra del imaginero malagueño Alejandro López (nacido en Vélez-Málaga en 1987), destaca por su porte sereno y recogido. El jesuita se muestra en actitud de oración, con la mirada fija en el horizonte, transmitiendo una profunda paz interior. Viste el clásico hábito talar jesuita de color negro y, sobre la cabeza, porta el tradicional bonete de la Compañía.

CRONICA DE OTRA SALIDA HISTÓRICA

Las misioneras, que durante todo este año están sumando sus fuerzas al impulso del P. Arnaiz por esta devoción, posibilitando numerosas consagraciones al Corazón de Jesús e impartiendo conferencias sobre la devoción y la encíclica Dilexit nos, comparten la salida histórica del Corazón de Jesús que realizó el Beato en 1916, y que recogen el diario malagueño La Defensa y el Boletín Oficial del Obispado de Málaga. Copiamos un trozo de esta crónica, en la que se narra la entrada de la imagen en el templo de S. Agustín de Málaga, regido entonces por los padres jesuitas, ya que la Iglesia del Sagrado Corazón actual no se inauguró hasta 1920. En estas líneas podemos ver al P. Arnaiz como el organizador y motor del acontecimiento:

“Momentos antes de entrar la imagen del Sagrado Corazón de Jesús en el templo, cuando Málaga entera le adoraba, cuando el pueblo enronquecía aclamando al Divino Corazón, a la Inmaculada y a Málaga Católica, el gran apóstol Rvdo. P. Arnaiz, elevado sobre la muralla de piedra que hay a las puertas de la iglesia, se dispuso a dirigir la palabra a la muchedumbre. A los atronadores vivas y a las entusiastas aclamaciones, siguió un gran silencio. Y entonces, el humilde y fervoroso jesuita, dijo: “Esto que acabáis de hacer, cantar a Dios Rey, es lo que se hace en el Cielo: tributar alabanzas al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Málaga ha dado una prueba de amor grande, de amor inmenso al Divino Rey, que hoy ha triunfado en las calles de esta ciudad. Por la misericordia de este amantísimo Corazón, los que ahora nos encontramos aquí aclamando a Jesús Rey Inmortal, continuaremos nuestras alabanzas a las tres personas de la Santísima Trinidad, como así lo deseo, a la vez que os doy mi bendición.” Después el celoso hijo de S. Ignacio gritó: “¡Viva el Sagrado Corazón de Jesús! ¡Viva Málaga Católica! ¡Viva la Adoración Nocturna! ¡Viva el Apostolado de la Oración! ¡Vivan todas las Congregaciones religiosas!” (…) Nuestra enhorabuena darnos a todos los malagueños, pero especialmente al Rvdo. P. Arnaiz, el Apóstol que no descansa un momento trabajando por la mayor honra y gloría de Dios Nuestro Señor, a la benemérita Compañía de Jesús y al Apostolado de la Oración.”

Para ellas, el deseo es que esta procesión «vuelva a ser una manifestación pública del amor de los malagueños y devotos del Padre Arnaiz al Divino Corazón de Jesús, y una oportunidad para enfervorizar los corazones y dar frutos de santidad en medio de nuestra sociedad».

León XIV en la vigilia del Sagrado Corazón: «Amar es connatural al hombre, más aún, es condición de plenitud de su misma existencia»

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Homilía del Papa en la Santa Misa en el Estadio de Gran Canaria

Queridos hermanos y hermanas, después de una jornada rica de encuentros y de compartir, ahora celebrando con ustedes esta Eucaristía, quiero antes que nada dar gracias al Señor por tanto bien que se hace aquí cada día, confiándole el compromiso de todos y al mismo tiempo los sufrimientos de los que esta tierra es testigo. Les invito también a rezar juntos, en esta Santa Misa, por los hermanos y las hermanas que han perdido la vida en el mar.

Todo lo llevamos al Altar junto con el pan y el vino, mientras nos introducimos, con la Celebración vespertina de la Vigilia, en la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, a quien toda España está consagrada. Pidamos al Señor que en este momento estén vivos en nosotros los mismos sentimientos de humanidad, misericordia y compasión del Corazón del Salvador.

Nos dejamos ayudar, en nuestra meditación, por las Lecturas que hemos escuchado.

En la primera, Dios recuerda a los israelitas la gratuidad con la que los amó. Los eligió no porque tuvieran privilegios, dotes o méritos particulares, sino por puro amor (cf. Dt 7,7-9), y seguirá amándolos siempre, aun cuando, por su corazón endurecido, no correspondan a sus sentimientos.

Esta es la caridad de Dios, en la que hunde sus raíces nuestra vocación al amor, que no está fundada en el cálculo, ni en el mero sentimiento, ni es reducible a simple filantropía, sino que invade todo nuestro ser: fuego para el alma, luz para la mente, impulso irresistible para la libertad, paz y al mismo tiempo tormento para el corazón, que late en sintonía con otros corazones, involucrando a toda la persona. Porque amar es connatural al hombre, más aún, es condición de plenitud de su misma existencia.

Así se nos muestra el amor en la humanidad del Salvador y en los movimientos de su Sacratísimo Corazón: inmutable y fiel aun frente a la incomprensión y al rechazo, al miedo, a la tristeza y a la resistencia humana (cf. Lc 22,39-46).

Y es en este rostro de Dios siempre “enamorado”, que anhela total y constantemente nuestro bien y nuestra felicidad plena, que nosotros reconocemos el camino de la vida, aprendiendo un nuevo modo de existir y de relacionarnos, un criterio diferente para evaluar las decisiones, un estilo renovado y estimulante de hacer comunión. A este respecto, el Papa Francisco, hablando de la caridad de Cristo, decía que «la mejor respuesta al amor de su Corazón es el amor a los hermanos» (Dilexit nos, 167) y agregaba: «no hay mayor gesto que podamos ofrecerle para devolver amor por amor» (ibíd.). “Devolver amor por amor”: este es el intercambio maravilloso, el «admirabile commercium» (cf. Primeras Vísperas de la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, primera antífona), del que el Evangelio nos invita a dejarnos atraer, traduciendo la medida infinita del amor de Dios en la generosidad con la que lo servimos, cada día, en los hermanos y en las hermanas que Él mismo pone en nuestro camino. Especialmente en aquellos más necesitados, indefensos, incapaces de devolver algo a cambio (cf. Lc 6,32-36). Precisamente como ocurre en esta isla, en la acogida, en el compartir, en el don desinteresado.

La gratuidad del Corazón de Cristo, sin embargo, no se detiene en esto. Va más allá, comprometiéndose en ayudar a cada uno no sólo a sobrevivir, sino también a recuperar la confianza y retomar el camino, para crecer y florecer plenamente en su unicidad, por el bien de todos. A este propósito, el Papa Benedicto XVI escribía que la caridad «de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida terrenal […] es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad» (Caritas in veritate, 1).

En la segunda Lectura, san Juan nos ha recordado que «Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él» (1 Jn 4,9). Sus palabras evocan las de Jesús, que dijo que había venido para que tuviéramos vida y vida en abundancia (cf. Jn 10,10), y que ordenó al paralítico sanado: «Levántate, coge la camilla y echa a andar» (Mc 2,9). En estas expresiones reconocemos la invitación a abrazar maternalmente al que sufre, pero al mismo tiempo a preparar y alentar al que está herido para que se levante y vuelva a ponerse en marcha, para una vida libre y digna.

Efectivamente, nuestra caridad no debe ser mero asistencialismo, sino integrar a las personas, para su plena realización —espiritual, intelectual y física— y su inserción digna y constructiva en la comunidad (cf. Fratelli tutti, 129). Sólo así nuestros encuentros, aun frente a acontecimientos difíciles y dolorosos, se convertirán en ocasión para esparcir semillas de esperanza en el camino de la humanidad hacia un futuro mejor.

Pero quisiera detenerme, a la luz de la Palabra de Dios que hemos escuchado, en una última característica del Corazón de Cristo: la humildad (cf. Mt 11,29). El Corazón de Jesús es humilde, y por eso no sienten sus latidos los “doctos”, los “sapientes”, es decir, aquellos que tienen la presunción de bastarse a sí mismos, de saberlo todo, de no necesitar ni a Dios ni a los demás. A estos, en efecto, aturdidos por los estruendos de un “yo” ampuloso, omnipresente y agitado, les falta el silencio necesario para escuchar en sí y en los hermanos el palpitar escondido del amor.

«No pocas veces, la riqueza nos vuelve ciegos, hasta el punto de pensar que nuestra felicidad sólo puede realizarse si logramos prescindir de los demás» (Dilexi te, 108). Jesús, en cambio, nos enseña lo contrario: para gustar la verdadera alegría de la vida, que reside en el amor, es necesario bajar de los pedestales de la arrogancia que divide, para encontrarnos en la humildad que nos hermana.

San Agustín decía: «donde está la caridad está la paz, y donde está la humildad, allí está la caridad» (Sobre la Primera Carta de San Juan a los Partos, Prólogo). Es así. Donde hay auténtica humildad hay amor, y donde hay amor hay paz, porque sólo en la humildad conocemos realmente quiénes somos y, por tanto, podemos amarnos, encontrarnos, entregarnos y perdonarnos en la verdad.

Queridos hermanos, hermanas, hoy adoramos el Sagrado Corazón de Jesús, un corazón que a menudo representamos coronado de espinas y encendido con una llama, según las visiones que tuvo santa Margarita María Alacoque. Recordemos que nosotros somos la presencia viva del Señor en el mundo (cf. Lumen gentium, 8). Por eso, mirémonos unos a otros, no sólo en esta jornada, sino siempre, con respeto y confianza, y renovemos, en esta conciencia, el compromiso de realizar en nosotros, en la caridad, lo que falta a los sufrimientos de Cristo, por el bien de la Iglesia (cf. Col 1,24). Encendidos por la caridad de su Corazón, seamos portadores de su misericordia y de su paz, para que en el mundo cesen las guerras y crezca a nuestro alrededor una nueva humanidad, reconciliada en el amor.

Antonio Moreno

«Cuando encuentren dificultades, alcen la mirada, y pidan al Espíritu Santo la gracia de vivir unidos en la fe, la esperanza y la caridad»

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Palabras del Papa León XIV en el Encuentro con los obispos, los sacerdotes, los diáconos, los religiosos, las religiosas, los seminaristas y los agentes pastorales en la Catedral de Santa Ana

Queridos hermanos obispos,
queridos sacerdotes y diáconos,
religiosos y religiosas,
seminaristas,
hermanos y hermanas todos en Cristo Jesús:

Es una gran alegría para mí poder compartir este encuentro con ustedes. Gracias por la cálida bienvenida, por su presencia afable y sus testimonios, que son el reflejo de una Iglesia viva, en cuyo corazón resuenan «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren» (Gaudium et spes, 1).

Vengo a estas islas como Padre y hermano en la fe: “con ustedes soy cristiano y para ustedes, Obispo” (cf. Primera Bendición “Urbi et Orbi, 8 mayo 2025). Cada uno de nosotros ha recibido diversos dones y ministerios para la edificación del cuerpo de Cristo, como hemos escuchado en la lectura de la Carta a los Efesios. Y esta es la llamada del Señor que hoy vibra nuevamente en nuestros corazones y confirma nuestra vocación y misión: construir juntos la Iglesia cimentados en Cristo, la “piedra angular” (cf. 1 P 2,6-8), edificar en el bien, armonizar nuestras diferencias y trabajar unidos en favor de todos (cf. Magnifica humanitas, 11-14).

Quisiera que reflexionemos juntos sobre dos actitudes de nuestra vida cristiana que hemos de tener en cuenta para ser “arquitectos sabios” en la construcción de la civilización del amor (cf. ibíd., 236).

Ustedes, canarios nativos o por adopción, Pueblo de Dios que peregrina en tierras rodeadas por el Atlántico, tienen el privilegio de gozar cada día de la presencia majestuosa del mar. Dicen que en los ojos de un isleño esa imagen —que tiene sabor a patria y a hogar— permanece grabada en sus pupilas de manera perenne, y que se echa mucho de menos al estar lejos, “tierra adentro”. Este sentimiento corresponde a una sana nostalgia de inmensidad, de cielo y de mar abiertos que se extienden en el horizonte, sin límites ni fronteras; y a un corazón sensible dispuesto a despedir con una lágrima a los que se van y a recibir con los brazos abiertos a los que llegan. En este sentido, el mar a veces puede ser también sinónimo de distancia y de separación, de desafío y de camino por recorrer.

A este propósito, nos dice san Agustín: «Si alguien divisara desde lejos su patria, pero un mar se interpusiera entre los dos: ve a dónde ir, pero ignora el camino. Así nos ocurre a nosotros: anhelamos alcanzar nuestra condición estable, […] pero está por medio el mar de este mundo […] para enseñarnos el camino, vino el mismo a quien queríamos ir. ¿Y qué hizo? Nos puso el leño con el que poder atravesar el mar. Nadie es capaz de pasar el mar de este mundo si no lo lleva la cruz de Cristo» (Comentario al Evangelio de San Juan, 2, 2). Esta es la primera actitud que nos orienta para navegar en las aguas de la vida y llegar al destino, a la patria celestial: abrazar la cruz de Cristo.

Queridos hermanos y hermanas, los santos experimentaron la nostalgia de Dios y, al tener que afrontar las tempestades de la existencia, supieron llevar a Jesús en sus barcas, confiaron en Él, abrazaron la cruz y calmaron así las olas de la incertidumbre y el temor (cf. Mt 8,23-27). Ejemplo de ello en estas benditas tierras, entre tantos otros, es el venerable Antonio Vicente González, sacerdote diocesano, también conocido como “el buen pastor canario”. Su vida, transfigurada por la gracia divina, nos estimula a cargar la cruz de Cristo y a seguirlo (cf. Mt 16,24), siendo testigos fieles del Evangelio en este nuevo tiempo de la historia, no exento de turbulencias y contradicciones, para llegar así a la meta prometida (cf. Jn 12,32).

La primera “pauta de navegación”, por tanto, es abrazar la cruz de Cristo; y ustedes lo hacen cotidianamente, por ejemplo, como cireneos, acompañando y ayudando a llevar las cargas de tantos hermanos y hermanas crucificados por los dramas de la vida. Les agradezco esta generosa labor de caridad y misericordia.

Quisiera destacar además otra actitud: cultivar una espiritualidad eucarística. Esto tiene relación con la antigua tradición que se conserva en esta hermosa catedral: la lluvia de pétalos de flores ante el Santísimo Sacramento que se realiza el día de la Ascensión, como signo de los bienes espirituales y celestiales que derrama el Señor al subir al cielo. Ese gesto de devoción de tantas generaciones a lo largo del tiempo posee un significado profundo: en nuestro peregrinar, la meta es el encuentro con Cristo; que es el centro de la vida cristiana, hacia quien se inclinan nuestras rodillas en adoración, en torno a quien nos reunimos formando un solo cuerpo y junto a quien nos ofrecemos como «sacrificio vivo, santo, agradable a Dios» (Rm 12,1).

Nos lo dice el Concilio: los fieles, «participando del sacrificio eucarístico, fuente y cumbre de toda la vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y se ofrecen a sí mismos juntamente con ella. Y así, […] muestran de un modo concreto la unidad del Pueblo de Dios» (Lumen gentium, 11). Por tanto, cultivar una espiritualidad eucarística es ahondar en «una espiritualidad de la unidad eclesial en el amor» (Magnifica humanitas, 234). Hagamos de nuestra vida una respuesta al deseo de Jesús: «Que todos sean uno […] para que el mundo crea» (Jn 17,21).

Una forma concreta para manifestar esta espiritualidad de comunión es la solidaridad cristiana, porque la «unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que él se entrega» (Deus caritas est, 14). Por eso, los animo a seguir ofreciendo a todos el amor que ustedes, a su vez, han recibido del Señor (cf. 1 Jn 4,19), amor que se hace alimento en la acogida, en la escucha, en la cercanía y en el cuidado de los más frágiles: «Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme» (Mt 25,35-36).

Querida Iglesia que peregrina en Canarias, siguiendo la estela de santidad de tantos hombres y mujeres que los han precedido, que han ofrecido sus vidas en comunión con el sacrificio de Cristo en la cruz y en el altar, les animo a seguir adelante fuertemente arraigados en Él, para seguir navegando con valentía en este nuevo tiempo de la historia. Cuando encuentren dificultades, alcen la mirada, y pidan al Espíritu Santo la gracia de vivir unidos en la fe, la esperanza y la caridad, virtudes que «son como tres estrellas que brillan en el cielo de nuestra vida espiritual para guiarnos hacia Dios» (S. Juan Pablo II, Audiencia, 22 noviembre 2000).

Que la Bienaventurada Virgen María, Stella maris, nos oriente en nuestra travesía, nos ayude a “remar mar adentro” (cf. Lc 5,1-11) y así lleguemos al puerto seguro del encuentro definitivo con su Hijo Jesucristo. ¡Gracias!

León XIV

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