
“Es un escándalo que todavía haya hambre y malnutrición en el mundo”. Estas palabras del Papa Francisco, en su mensaje con ocasión de la Jornada Mundial de la Alimentación del año 2013, cobran mayor fuerza y actualidad en nuestros días, a la luz de cuanto se lee en un reciente informe, rubricado por cinco grandes agencias del sistema de Naciones Unidas. Me refiero al publicado el pasado 15 de septiembre en la sede de la FAO en Roma, bajo el título “El estado de la seguridad alimentaria y la malnutrición 2017”. Los resultados que aparecen en este extenso documento nos ponen frente a un panorama simplemente cruel, absurdo y paradójico: a pesar de que se ha acrecentado la producción de alimentos, se estima que en 2016 el número de personas aquejadas de subalimentación crónica en el mundo aumentó hasta los 815 millones (en comparación con los 777 millones de 2015). Muchos de los que no tienen nada que comer son, por desgracia, niños menores de cinco años.