
El 2 de noviembre vuelve a convocar a los hijos de la Iglesia en una conmemoración litúrgica que les pone ante el sentido escatológico de la vida cristiana, que es una peregrinación hacia la Patria, donde no hay llanto, ni luto, ni dolor (cf. Ap. 21, 4 ). Pero como dice el Catecismo los “que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo… La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados.” (1030 y 1031 del CEC).
















