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La Misa Crismal centró las celebraciones del Martes Santo en la diócesis de Guadix

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La Misa Crismal centró las celebraciones del Martes Santo en la diócesis de Guadix

 

La mañana del Martes Santo se viste de fiesta en la diócesis de Guadix con la celebración de la Misa Crismal. Es una Eucaristía muy especial, que congrega a todos los sacerdotes de la diócesis, junto a su obispo, y que cuenta con la participación de consagrados y consagradas y, por supuesto, los fieles que quieran asistir. Se celebra en la Catedral y, en esta Misa, se bendicen los Óleos y se consagra el Crisma, que va a ser utilizado a lo largo del año en la administración de los sacramentos. También los sacerdotes renuevan sus promesas sacerdotales, recordando el compromiso que asumieron cuando recibieron la ordenación.

La Misa Crismal, según la liturgia, se celebra en la mañana del Jueves Santo. Pero, para facilitar la asistencia de los sacerdotes, se traslada todos los años a la mañana del Martes Santo. Y así se ha hecho este año. Han asistido todos los sacerdotes, que han contado, además, con una charla-meditación antes de la Misa.

La meditación tuvo lugar una hora antes de la Misa, en la iglesia del Sagrario. Allí, el sacerdote Gerardo José Rodríguez presentó a los sacerdotes algunas claves para vivir su sacerdocio hoy, con autenticidad y compromiso, a pesar de las dificultades. Y todo esto desde la fraternidad sacerdotal, no desde el individualismo y la soledad, sino desde la fraternidad, como presbiterio de hermanos que comparten una misma vida, un mismo compromiso. Gerardo José es un sacerdote de Nicaragua, expulsado de su país por la represión que se vive allí, que ejerce, mientras le llega la oportunidad de volver a su tierra, como sacerdote en la diócesis de Guadix. Aquí lleva ya dos años y, en la actualidad, es el párroco de Graena, Cortes y Los Baños.

Tras la meditación, se celebró la Eucaristía en la Catedral, presidida por el obispo, monseñor Francisco Jesús Orozco. En la homilía habló de lo que representan los Óleos y el Crisma para la vida de los cristianos a lo largo del año. Con ellos se administran sacramentos como el Bautismo, la Confirmación, el Orden Sacerdotal y la Unción de los Enfermos; sacramentos que son presencia de Dios y vida para los cristianos.

También habló el obispo a los sacerdotes, animándolos a vivir su ministerio con dedicación, alegría y compromiso. Y, recordando las recientes palabras del papa Francisco al presbiterio de la archidiócesis de Madrid, los invitó a que, ante las dificultades del presente y la secularización, haya una renovación espiritual que fomente la unidad y la fraternidad sacerdotal.

Al finalizar la Eucaristía, los sacerdotes recogieron los Óleos y el Crisma para llevarlos a sus pueblos y poder administrar, así, los sacramentos. Terminó la mañana con una comida fraterna en la Residencia Sacerdotal.

Antonio Gómez
Delegado diocesano de Medios de Comunicación Social. Diócesis de Guadix

 

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MIÉRCOLES SANTO: “¿SOY YO ACASO, MAESTRO?”, Por Antonio Jesús Martín Acuyo

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En este día, termina la Cuaresma. Cuarenta días de este tiempo de gracia y misericordia que comenzó el miércoles de ceniza. Han sido días en los que mirando la Cruz del Redentor, en comunidad y de modo personal, nos hemos puesto en camino para dejar nuestra vida alejada de Dios y retomar el deseo de seguir a Cristo, con un espíritu renovado como hijos de Dios. Esto nos ha llevado a amar con más intensidad y mayor amor a Cristo, pero quizá te ha parecido que has hecho poco, o más bien nada.

Pues mira a Cristo. Va a comenzar “su hora” (cf. Jn 12,23), va a llegar a plenitud su paso por este mundo, va a llegar a culmen el sentido de su Encarnación, y “ardientemente ha deseado comer esta Pascua” (cf. Lc 22,15). Lo quiere, quiere dar su vida por cada uno de nosotros, por la humanidad. Y lo quiere hacer junto con los doce. Sí, con los doce. A pesar de que, los eligió personalmente para estar con Él (cf. Mc 3,13), entre ellos está quien lo va a entregar, quien lo va a traicionar, quien ha cerrado su corazón antes las palabras que Cristo en estos tres años de predicación. Judas Iscariote, ha sido de testigo de su predicación, de sus curaciones, de sus milagros… pero nada de esto ha transformado su corazón.

Con frecuencia, juzgamos a este apóstol sin misericordia. Nos duele su traición, su cerrazón de corazón… porque eso ha llevado a la muerte, y una muerte de Cruz al Redentor. Pero, de nuevo el Señor nos da una lección, invitando al mismo traidor a la Última Cena, poniéndolo junto a Él, para darle la posibilidad de cambiar lo que había de hacer, pero viendo su negativa, Jesús le ofrece de su cuerpo, le invita a hacer lo que ha de hacer con prontitud.

Nosotros que contemplamos esta escena en el pórtico de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, hemos de aprender de ella. Convenía, así estaba establecido que fuera… para nuestra salvación. A ti, como a mí, nos cuesta entender muchas veces la voluntad de Dios en los momentos duros de nuestra vida.

En este día de Miércoles Santo, te invito a acompañar a Jesús junto con los doce en los preparativos de la Pascua. Pídele que prepare tu corazón para afrontar esos duros momentos, que Dios permite para cumplir así su voluntad. Abre tu corazón a sus enseñanzas y déjate transformar por su acción salvadora. No cierres tu corazón al Corazón de Dios en el que encontramos el ejemplo, el modelo y el sentido de nuestra vida.

Antonio Jesús Martín Acuyo

Párroco de la Virgen del Carmen de Aguadulce

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UNA FIDELIDAD QUE GENERA FUTURO, por Antonio Gómez Cantero

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Querida comunidad: laicado y vida consagrada, seminaristas, servidores del altar de distintas parroquias, pero especialmente hoy, queridos hermanos sacerdotes y diáconos, que celebramos como una familia de hermanos la MISA CRISMAL.

Antes de escribir una homilía, doy vueltas, medito, escribo y borro, pienso y contemplo a los que debo dirigirme, pero sobre todo le digo al Señor, ilumina mi corazón y mi pensamiento para que seas tú y no yo quien se comunique. Y creo que este es el camino, muchas veces costoso, de la homilía, para que no sean palabras huecas e intranscendentes. Y esto el Pueblo Santo de Dios lo intuye. Las palabras que os trasmito también van dirigidas a mí, no puede ser de otra manera.

  1. La verdadera sabiduría

Este año hemos vivido, con intensidad espiritual, la beatificación de nuestro Cura Valera, que debe suponer un antes y un después en nuestra vida de clero diocesano. Para ello debemos marcar un camino pautado y revisable que nos lleve a vivir la comunión sacerdotal, entre unos y otros, poniendo al servicio de todos nuestra vida y nuestra misión. Este año celebramos el 11 de mayo en Huércal-Overa el día de nuestro patrón, con los sacerdotes de Cartagena y Guadix, que desean unirse a nosotros. Vendrá a acompañarnos el cardenal François-Xavier Bustillo, de Ajaccio, en Córcega.

Cuando contemplo la vida del beato Salvador Valera Parra, releo lo que nos dice San Pablo, que nadie ande presumiendo, pues no pasamos de ser seres humanos. No nos engañemos, si alguno de vosotros presume de ser un sabio, según los criterios de este mundo, que se convierta en necio para alcanzar la verdadera sabiduría. Dios sabe qué vacíos son los pensamientos de los sabios, -y continúa con fuerza- a nosotros la gente nos ha de considerar como lo que somos: servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Y a un administrador lo único que se le pide es que sea fiel.  Cfr. 1Cor 3,18-4,2. Esta es nuestra primera tarea apostólica, buscar e integrar en nuestra vida la verdadera sabiduría de Dios. Y esto nos exige, a todos, una conversión del corazón.

  1. Vivir como ungidos

En lo que llevamos de este curso hemos tenido la gozosa bendición de tres nuevos presbíteros y un diácono, para nuestra Iglesia Diocesana.

Durante la homilía de la ordenación de los presbíteros, recordaba cómo podemos ser otros Cristo: reiterando lo que significa ser ungidos.

¡Cuántas veces hemos reflexionado sobre la caridad pastoral! Nuestra ganancia está sólo en ser otros Cristo. Porque ser ungidos como Cristo, no como los poderosos de este mundo, significa asumir un servicio para los demás y este servicio de donación, nos expropia de nosotros mismos y nos pone de por vida a la disposición del otro, especialmente de aquel que más necesidad tenga: ya sea espiritual, corporal o del tipo que sea. Recordad las obras de misericordia.

Jesús, el Mesías, el Ungido, en los evangelios aparece cómo le ungen los pies, con perfume y con lágrimas Lc 7, 36-50 / Jn 12, 1-8. He dado muchas vueltas a este doble pasaje. ¿Tendrá que ver esta unción con el tipo de mesianismo elegido por el Señor? Como un cordero llevado al matadero, no desde el poder sino desde la humildad y la misericordia. En el salmo 88 vemos como David era ungido con aceite sagrado para darle la fuerza. Pero Jesús es ungido por los pies, Jesús el que lava los pies como un siervo, Jesús y los pies del mensajero que por los montes anuncia la paz.

A nosotros nos han ungido las manos: manos de bautismo, de eucaristía, de perdón, de ayuda, de gestos de ternura. ‘Haced esto en memoria mía’ engloba el lavatorio de los pies, la institución de la eucaristía (cuerpo y sangre entregados) y el mandamiento del amor. Son caminos de misericordia.

Estos caminos de misericordia, en este mundo, no son más convulsos que los de la primera predicación evangélica, son los únicos que nos pueden llevar a Cristo y llevar a Cristo a los demás. Las diatribas en la familia, en la calle, en las redes sociales e incluso en las parroquias y en nuestros grupos y hermandades, entre nosotros mismos, en la Iglesia, nos llevarán al enfrentamiento, pero nunca a la conversión del corazón, pues estos enfrentamientos nacen del orgullo y de posicionamientos ideológicos, no solo políticos sino incluso religiosos, que nos conducirán a la destrucción y al sectarismo más radicalizado. Qué tienes que decir contra los cargos que presentan contra ti, -le preguntaba Pilatos- pero Jesús callaba. Mt 26, 62-63. Como cordero llevado al matadero no abría la boca, profetizó Isaías. Del Cura Valera, no recordamos sus palabras, pero permanece viva su vida entregada.

Y continué diciendo en el día de la ordenación de los nuevos presbíteros. Para empezar, nosotros no somos los puros, y el que diga lo contrario o intente disimularlo, se desliza por sendas farisaicas. Para nosotros es un peligro andar por estas sendas de la autocomplacencia, la falsa sabiduría, o la connivencia con los poderes de este mundo buscando nuestro propio prestigio. Nosotros, somos los humildes amigos del Señor, sus hermanos, con nuestras carencias y nuestros pecados y un mandato, que lavemos los pies, que nos partamos y repartamos, como su Cuerpo, que nos amemos, como él nos ha amado, que seamos uno, para eso hemos sido elegidos. He descubierto que los grandes maestros espirituales fueron misericordiosos con los demás y muy exigentes consigo mismos. Que todos se convenzan por vuestra vida, ahí radica la verdadera autoridad. Una buena conducta –y lo vemos en el Cura Valera- vale más, y permanece en la historia, más que un gran sermón.

  1. Alimentados de la Palabra

El día 28 de febrero, los seminarios de Almería y Cartagena, con otros tantos, pudimos visitar al Papa, convocados por él. Sus palabras dedicadas a los seminaristas, y también a los sacerdotes, nos llegaron al corazón. Lo comentaban los seminaristas cuando salimos. Nos decía: podemos hacer prácticas intrínsecamente buenas, la oración, el estudio, las celebraciones, la vida comunitaria… pero interiormente pueden estar vacías, pues las desnaturalizamos convirtiéndolas en un mero cumplimiento.  Y citando el Papa a Alejandro Casona, añadió: se dice que los árboles mueren de pie, erguidos, conservan la apariencia, pero por dentro ya están secos. Algo semejante puede ocurrir en la vida de un seminarista —y más tarde también en la de un sacerdote— cuando se confunde la fecundidad con la intensidad de muchas actividades, o con el cuidado meramente exterior de las formas. La vida espiritual no da fruto por lo que se ve, sino por lo que está profundamente arraigado en Dios. Cuando esa raíz se descuida, todo acaba secándose por dentro, hasta que, silenciosamente, se termina por morir de pie. Quizás eso nos puede ocurrir a todos a base de repeticiones, como árboles muertos al lado del arroyo de agua viva, conservando, tan solo, la apariencia.

Cuando pensamos en claves mundanas, el ministerio se confunde con un derecho personal, un cargo distribuible, una función burocrática, una justificación para mí mismo, no para el servicio a la comunidad. Y nos olvidamos que el maestro llamó a los que él quiso para que estuvieran con él Mc 3,13-14. No nos creamos que somos importantes si no servimos de corazón.

  1. Padre, que todos sean uno

La Carta Apostólica de nuestro Papa León XIV “Una fidelidad que genera futuro”, un título cargado de esperanza, con motivo el 60 aniversario de los decretos conciliares sobre el sacerdocio: Optatan Totius y Presbyterorum Ordinis, nos puede ayudar a trazar un camino juntos. Os invito a leerla o releerla, si ya lo habéis hecho, y refrescar nuestros compromisos.

Es una pequeña y profunda carta de tan solo 29 párrafos numerados. El párrafo 14, el eje de la carta, es en el que me voy a parar, porque nos invita a custodiar y hacer crecer la vocación. Una tarea que nunca se acaba, custodiar y hacer crecer. El mismo texto nos dice que es un camino y un recorrido ¡os dáis cuenta, otra vez la unción de los pies! Camino y recorrido de conversión y de fidelidad, pero no es una peregrinación individual, pues la misma ordenación nos compromete a trabajar juntos y a cuidarnos unos a otros, si no fuera así nos llevaría al narcisismo y al egocentrismo. Si actuamos solos, individuamente, la comunión, la sinodalidad y la misión, no podrían realizarse, pues el ensimismamiento, que es como un fuego fatuo, nos impediría la escucha y el servicio a los demás.

Todo nuestro servicio está enraizado en Cristo, por Cristo y con Cristo. Por favor, si alguna vez notáis que yo mismo, o alguno de nosotros, nos salimos de este camino, que me busco solo a mi mismo y mi prestigio, que me mundanizo con los poderes de este mundo que tiene tantos rostros, tantos como la pobreza, si veis que no hablo con la unción del servidor fiel y prudente, que me predico a mí mismo, que huyo del servicio callado y humilde, que busco halagos y vanaglorias, que me enredo con mis propios intereses del tipo que sean, que he olvidado mis compromisos de sacerdote de Cristo, por favor avisadme, corrijámonos unos a otros con caridad fraterna, por nuestro bien y por el bien de nuestra Iglesia, que camina peregrina por estas tierras de Almería.

Que Nuestra Señora, en cada una de nuestras queridas advocaciones, Madre de Dios y Madre nuestra, interceda por todos y cada uno de nosotros para que crezcamos todos juntos en el amor de Dios y nos esforcemos por irradiarlo a los demás.  Amén.

+ Antonio Gómez Cantero, vuestro obispo

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La Misa Crismal reúne al presbiterio diocesano en torno a su Obispo para la renovación de las promesas sacerdotales

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La Misa Crismal reúne al presbiterio diocesano en torno a su Obispo para la renovación de las promesas sacerdotales

Presidida por el obispo diocesano, Monseñor José Rico Pavés, la Santa Misa Crismal ha tenido lugar hoy, 31 de marzo, a las 11:00 horas en la Santa Iglesia Catedral.

Esta celebración, una de las más significativas del calendario litúrgico, ha reunido al presbiterio diocesano en torno a su Obispo para vivir momentos especialmente relevantes, como la consagración del Santo Crisma y la bendición del Óleo de los enfermos y el Óleo de los catecúmenos. Asimismo, durante la Eucaristía, los sacerdotes han renovado sus promesas sacerdotales, signo de comunión y fidelidad en el ejercicio de su ministerio.

En la homilía, el prelado se dirigió a la familia diocesana —seglares, personas consagradas, seminaristas, diáconos y sacerdotes—, teniendo un recuerdo especial para los presbíteros que atraviesan la enfermedad o el sufrimiento, y por quienes se elevó la oración.

Monseñor Rico Pavés subrayó que «no hay misión sin unción», recordando que Jesucristo, enviado por el Padre y ungido por el Espíritu Santo, inicia su misión para llevar a cabo la obra de la redención. En este sentido, explicó que todos los bautizados participan de esta unción, siendo constituidos en sacerdotes, llamados a ofrecer su vida como culto agradable a Dios; en reyes, viviendo el servicio a los demás; y en profetas, anunciando la Palabra que lleva esperanza al mundo.

Asimismo, señaló que cada vocación en la Iglesia nace del bautismo y se concreta en la misión que cada uno recibe, recordando que no es posible anunciar el Evangelio sin vivir desde esta identidad que el Señor ha regalado.

En el contexto de la celebración de la Semana Santa, invitó a contemplar el misterio de la redención desde la unción del Espíritu Santo, pasando del inicio de la misión de Cristo a su entrega en la cruz y su victoria en la resurrección, reconociendo en ello la presencia de todos los fieles.

A partir de la enseñanza de san Juan de Ávila, propuso meditar la «triple mirada» de Cristo en la cruz. En primer lugar, la mirada al Padre, que permanece incluso en medio del sufrimiento, manifestando su amor y obediencia. En este sentido, animó a vivir con la mirada puesta en Dios para encontrar sentido en las dificultades, recuperar el ánimo y confiar siempre en su amor.

En segundo lugar, destacó la mirada de Cristo sobre sí mismo, cargando con el sufrimiento y la debilidad humana. Invitó así a reconocer la propia fragilidad sin temor, recordando que el Señor cuenta con la debilidad del hombre para llevar adelante su misión y que el cansancio y las dificultades, vividos en fidelidad, forman parte del camino cristiano.

Finalmente, subrayó la mirada de Cristo hacia los demás, una mirada de misericordia que no da a nadie por perdido y que está siempre dispuesta a acoger y socorrer. En este sentido, recordó que el pastor ha de caminar con su pueblo, acompañando, guiando y sosteniendo a todos.

El Sr. Obispo animó especialmente a los sacerdotes a renovar sus promesas con esta misma mirada de Cristo, recordando que han sido llamados a ser instrumentos suyos para llevar el Evangelio al mundo, confiando plenamente en el Señor que se entrega sin reservas.

Concluyó señalando que esta triple mirada conduce a ser verdaderos testigos de la redención, poniendo como ejemplo a la Virgen María, en quien se encuentra la pureza de la mirada que reconoce la bondad en todos.

Tras esta celebración, la Iglesia diocesana se dispone a iniciar el Triduo Santo con la celebración del Jueves Santo, centro del año litúrgico.

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El presbiterio diocesano renueva sus promesas en la Misa Crismal presidida por el obispo de Huelva en la Catedral de la Merced

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La Santa Iglesia Catedral de la Merced ha acogido en la mañana de este 31 de marzo, Martes Santo, a las 11.00 horas, la solemne celebración de la Misa Crismal, presidida por el obispo de Huelva, Mons. Santiago Gómez Sierra, y concelebrada por numerosos sacerdotes de toda la diócesis.

Se trata de una de las celebraciones más significativas del año litúrgico, en la que el obispo, junto a su presbiterio, bendice los óleos de los catecúmenos y de los enfermos, y consagra el Santo Crisma, que será utilizado a lo largo del año en la administración de los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y el Orden Sacerdotal, así como en la dedicación de iglesias y altares.

Durante la celebración, los sacerdotes renovaron también sus promesas sacerdotales, manifestando públicamente su compromiso de servicio al Pueblo de Dios y su fidelidad a la misión recibida. Este gesto expresa la comunión del presbiterio con su obispo y fortalece los vínculos de unidad en la Iglesia diocesana.

En su homilía, Mons. Santiago Gómez Sierra invitó a los presentes a volver al origen de la vocación sacerdotal, a ese “Nazaret” donde cada presbítero fue llamado por el Señor, subrayando la importancia de vivir el ministerio desde la cercanía al Pueblo de Dios, la fraternidad sacerdotal y la fidelidad a la unción recibida. Asimismo, recordó que todo el pueblo cristiano participa del sacerdocio de Cristo, y animó a los fieles a sostener a sus sacerdotes con la oración y el afecto.

La celebración contó con la participación de fieles laicos, miembros de la vida consagrada y representantes de distintas realidades eclesiales, que quisieron unirse a este momento central de la Semana Santa, signo de la vida sacramental y de la unidad de la diócesis.

Al término de la Eucaristía, los óleos bendecidos fueron distribuidos a las parroquias para su uso durante el año, prolongando así en cada comunidad parroquial la gracia de esta celebración.

Homilía íntegra de Mons. Santiago Gómez Sierra

Esta mañana, el Evangelio según san Lucas nos lleva a Nazaret, donde Jesús se había criado (cf. Lc 4,16). Allí lo vemos presentarse por primera vez ante los suyos, reunidos en la sinagoga. Lee el pasaje del profeta Isaías y, después, comienza a hablar mientras todos lo miran con atención.

Esta escena nos invita a mirar también nuestra propia historia. Es bueno volver con el corazón a aquel momento en que Dios nos llamó. Recordar esta Catedral o la iglesia donde fuimos ordenados, cuando el obispo nos impuso las manos, o aquella primera Misa Solemne celebrada con emoción en nuestra parroquia. Ese fue nuestro “Nazaret”: el lugar donde comenzamos a presentarnos ante los demás como sacerdotes, llamados de entre los hombres y enviados a ellos. Hoy, al renovar nuestras promesas sacerdotales en esta Misa Crismal, todos esos recuerdos se hacen presentes y damos gracias por nuestro nacimiento sacerdotal. Y con el salmista podemos decir: Cantaré eternamente las misericordias del Señor (Sal 88, 2ª).

En esta Misa Crismal, resuena con una fuerza especial la Palabra que hemos escuchado: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido» (cf. Is 61,1; Lc 4,18). Jesús se presenta como el Ungido de Dios, el Cristo, que actúa como enviado del Padre y en la unidad del Espíritu Santo y, de esta manera, dona al mundo una nueva realeza, un nuevo sacerdocio, un nuevo modo de ser profeta.

Recordemos, también, que fue en el bautismo cuando todos fuimos ungidos por primera vez con el Santo Crisma, para que entres a formar parte de su pueblo y seas para siempre miembro de Cristo, sacerdote, profeta y rey (Ritual del Bautismo). El libro del Apocalipsis nos lo ha recordado: «Nos ha hecho reino y sacerdotes para Dios, su Padre» (Ap 1,6).

La liturgia de hoy nos sitúa en el corazón del misterio: Cristo es el Ungido, el único Sacerdote, y nosotros participamos de su sacerdocio de dos modos inseparables: el sacerdocio común de todos los fieles y el sacerdocio ministerial. Todo el pueblo es sacerdotal. Y, sin embargo, en medio de ese pueblo, algunos hemos sido ungidos de un modo particular, para servir, para edificar, para hacer presente sacramentalmente a Cristo Cabeza y Pastor. No son dos realidades contrapuestas, sino profundamente unidas, como dos modos de participación en la única vida de Cristo.

En nuestra ordenación sacerdotal las palmas de nuestras manos fueron ungidas con el sagrado crisma para santificar al pueblo cristiano y para ofrecer el sacrificio (Ritual de Ordenación de los presbíteros). El Señor quiere nuestras manos para que, en el mundo, se transformen en las suyas. Quiere que transmitan su toque divino, poniéndose al servicio de su amor. Quiere que sean instrumentos para servir a los hermanos.

Pongamos hoy de nuevo nuestras manos a su disposición y pidámosle que vuelva a tomarlas siempre y nos guíe en nuestra vida ministerial. Para que la rutina diaria no estropee algo tan grande y misterioso, necesitamos volver al momento en que Él nos hizo partícipes de su unción. La unción, queridos hermanos, se reconoce cuando la gente reconoce que el evangelio es predicado por un sacerdote con unción, cuando hemos rezado con las cosas de su vida cotidiana, con sus penas y alegrías, con sus angustias y sus esperanzas. Cuando estamos en esta relación con Dios y con su Pueblo, y la gracia pasa a través de nosotros, somos sacerdotes, mediadores entre Dios y los hombres.

Como recordaba el papa León en la ordenación de presbíteros el pasado 31 de mayo de 2025, nuestra identidad, por tanto, no se entiende fuera de esta relación: somos sacerdotes dentro del pueblo, procedentes del pueblo y enviados al pueblo, y la alegría del ministerio es proporcional a los vínculos que vivimos con el Pueblo de Dios. No hay sacerdocio sin pueblo, ni pueblo plenamente vivo sin el servicio humilde del ministerio sacerdotal.

De esta verdad brota hoy un sentimiento profundo: la gratitud y la humildad.

Gratitud, porque hemos sido llamados a servir a un pueblo totalmente sacerdotal, en el que el Espíritu actúa mucho más allá de lo que vemos o controlamos. ¡Cuántas veces el Señor nos precede en la fe sencilla de los fieles, en los pobres, en los pequeños, en los que sufren!

Y humildad, porque permanecemos dentro de ese pueblo. No estamos por encima, sino en medio. Solo así nuestro testimonio será creíble. No somos perfectos, pero estamos llamados a ser creíbles: cercanos, compasivos, sencillos, como Cristo, decía también el Santo Padre.

Vivir vinculados es también el camino de nuestra fraternidad sacerdotal: sabernos hermanos, no aislados; unidos al obispo, sostenidos por la comunión del presbiterio. Solo unidos a Cristo y entre nosotros podremos dar fruto.

Entre los hermanos sacerdotes, cultivando la fraternidad real, cuidando los vínculos y venciendo el aislamiento. Y con la porción del Pueblo de Dios que se nos ha confiado: escuchar, acoger, discernir juntos, reconocer los carismas, dando espacio a todos los fieles, promoviendo la implicación de todos en la tarea misionera de la Iglesia.

El crisma que hoy consagraremos nos lo recuerda. Con él fueron ungidos los fieles en el Bautismo: todos participan de la dignidad sacerdotal de Cristo. Con él son ungidas nuestras manos: no para apropiarnos de la gracia, sino para servirla, para derramarla, para bendecir. Ungidos para construir la unidad en la caridad.

Queridos fieles, acompañad a vuestros sacerdotes con el afecto y la oración, para que sean siempre Pastores según el corazón de Dios.

Queridos sacerdotes, que Dios Padre renueve en nosotros el Espíritu de Santidad con que hemos sido ungidos, que lo renueve en nuestro corazón de tal manera que la unción llegue a todos y puedan recibir a través de nuestras palabras y obras ese óleo de alegría que les vino a traer Jesús, el Ungido.

Y por esto hoy queremos también renovar las promesas con que nos vinculamos a Cristo el día de nuestra ordenación mediante este sacramento.

Pidamos a la Virgen María, Madre de la Iglesia, que nos enseñe a vivir así nuestro ministerio: dentro del pueblo, al servicio del pueblo, con un corazón configurado con el de Cristo.

Amén.

La diócesis invita a todos los fieles a vivir con intensidad estos días santos, participando en las celebraciones litúrgicas y acompañando al Señor en su Pasión, Muerte y Resurrección.

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MISA CRISMAL: “No somos los puros, sino los humildes amigos del Señor”

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En la mañana del Martes Santo, a las 12:00 horas, la diócesis de Almería celebró la Misa Crismal, adelantada respecto a su ubicación litúrgica habitual en la mañana del Jueves Santo. En torno a nuestro obispo, D. Antonio, se congregó una amplia representación del Pueblo de Dios: sacerdotes, religiosos, laicos y también varios sacerdotes estudiantes que, durante estos días, colaboran en las parroquias ante el aumento de celebraciones propias de la Semana Santa.

Durante la celebración se bendijeron los óleos sagrados —de los enfermos, de los catecúmenos y el santo crisma— que serán distribuidos posteriormente a todas las parroquias de la diócesis para su uso en los sacramentos. La Eucaristía estuvo acompañada musicalmente por el cuarteto Anacrosa, que contribuyó a realzar la solemnidad del momento.

En su homilía, nuestro obispo se dirigió de manera especial a los sacerdotes, recordando la reciente beatificación del Cura Valera como modelo también para los presbíteros del siglo XXI. En sus palabras, destacó: “A nosotros nos han ungido las manos. Manos de bautismo, de perdón, de gestos de ternura… estos caminos de misericordia son los únicos que pueden llevar a Cristo y llevar a Cristo a los demás”.

El obispo subrayó que del Cura Valera no recordamos tanto sus palabras como su entrega generosa al pueblo, invitando a los sacerdotes a vivir desde la humildad: “No somos los puros, sino los humildes amigos del Señor, con nuestras carencias y pecados, llamados a vivir el mandamiento del amor y la unidad”. Asimismo, recordó que “una buena conducta vale más que un buen sermón”.

En otro momento, evocó también unas palabras del papa León dirigidas a seminaristas de Murcia y Almería, en las que advertía sobre el peligro de una vida espiritual vacía: “Podemos realizar prácticas intrínsecamente buenas, como la oración o el estudio, pero interiormente pueden estar vacías. La vida espiritual no da fruto por lo que se ve, sino por lo que está arraigado en Dios. Si se descuida, silenciosamente morirá de pie”.

Tras la homilía, los sacerdotes renovaron sus promesas sacerdotales ante el obispo y la comunidad reunida. Antes del rezo del Padrenuestro se bendijo el óleo de los enfermos; después de la comunión, el de los catecúmenos; y finalmente el santo crisma, al que se añadió perfume antes de su consagración, signo de la plenitud del Espíritu.

Al concluir la celebración, el deán de la catedral, Juan José Martín Campa, dio gracias a Dios por los óleos bendecidos y por el cariño que el Pueblo de Dios muestra a sus pastores. En este contexto, se destacó también un gesto significativo: el compositor Don Luis Craviotto hizo entrega al archivo de la catedral de la partitura de la misa titulada “Vosotros que habéis creído”, interpretada durante la celebración. En nombre del presbiterio se le agradeció este generoso regalo, a lo que el autor respondió con sencillez: “Gracias por vuestra vida de sacerdotes”.

Posteriormente, los óleos fueron llevados para su adecuada conservación, desde donde serán distribuidos a todas las parroquias de la diócesis. La jornada concluyó con una comida fraterna en la casa sacerdotal.

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Semana Santa en la Catedral

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La Catedral de Canarias ha presentado el programa de la Semana Santa 2026, que se celebrará entre finales de marzo y comienzos de abril.ca

El calendario incluye los actos principales del Domingo de Ramos, el Triduo Pascual —con Jueves, Viernes y Sábado Santo— y el Domingo de Resurrección, con celebraciones como la Cena del Señor, la Pasión, la Vigilia Pascual y procesiones destacadas como el Santo Entierro y la del Encuentro.

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