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Tierras del Espíritu Santo, un retrato de la tercera persona de la Santísima Trinidad

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La religiosa del Sagrado Corazón de Jesús Mariola López Villanueva reflexiona sobre el Espíritu Santo en vísperas de la fiesta de Pentecostés

Tierras del Espíritu

Mariola LÓPEZ VILLANUEVA, RSCJ

«Nos aguardan aspectos de la plenitud que apenas sospechamos» (1)

 Recibo un poema de Benedetti cuando estoy intentando escribir sobre el Espíritu. De pronto se me confirma, una vez más, que sólo la poesía puede presentir algo de aquello que, experimentándolo, no acabamos de saber nombrar porque se sitúa más allá de la tierra de las palabras. Hildegard von Bingen llamaba al Espíritu «vida de la vida de toda criatura». ¿Es acaso posible decir algo de aquello que está en nuestra raíz más honda, en el crecimiento de la más mínima célula y de su savia, y que es, a la vez, el impulso de la copa de nuestro árbol que aún desconocemos?

 De Jesús y del Padre se hacen muchas representaciones; con el Espíritu, más que hablar de él, invocamos la relación con él: «ven». Invitamos a venir a Aquel que está ya, al Hacedor de las transformaciones, al Posibilitador de toda relación; al Acrecentador de la vida. Me invitan a realizar un retrato sobre el Espíritu; difícil tarea, porque ¿cómo pintar al que es, en sí mismo, el Artífice secreto de todos los colores y texturas de la vida; de la belleza que conocemos y de la que aún nos aguarda?  

 Dice un proverbio africano: «todo lo que vive tiene un alma». De esa alma del mundo se trata, y ahí sólo podemos hacer aproximaciones, acercamientos, vislumbres. Reconocemos al Espíritu por los efectos que provoca: nos golpea y clama en el sufrimiento de los inocentes, en todas las manifestaciones que maltratan la vida, allí donde no se respeta la dignidad y el valor de las criaturas. Nos alcanza en el sabor fresco de un rostro, en la tonalidad de una voz, en una caricia de la naturaleza; sin saber de dónde viene ni poder prever adónde irá. El lenguaje que más nos acerca a su expresión es el poético, y de esto algo sabían los profetas, sobre todo Isaías. Por eso, voy a tomar de guía el poema de Mario Benedetti, «No te rindas», que me envía una amiga en esta tarde de Pentecostés en que ando, como Nicodemo, un poco perdida. Quisiera acercarme así a tantas personas que hacen experiencia de la vida en el Espíritu, que lo nombran y lo alumbran en múltiples registros alejados del ámbito explícitamente religioso y que beben de él, viven de él, sin saberlo. Que tienen abierta la mirada y que son para aquellos que se acercan motivo de contento y de sanación. Hombres y mujeres que aportan al tejido de la existencia humana un don único, un matiz de color y de calor con su presencia, que a veces es desconocido aun para ellos. También quisiera, en la Ligera Brisa, situarme junto a aquellos que atraviesan momentos de desánimo, de tristeza, de tocar fondo. Y poder escuchar allí adentro esa voz que no cesa: «no te rindas… aún hay fuego en tu alma».

1. No te rindas, aún estás a tiempo de alcanzar y comenzar de nuevo, aceptar tus sombras,  enterrar tus miedos, liberar el lastre,  retomar el vuelo.

          Cuando Jesús habla más abiertamente del Espíritu, después de decirle a Nicodemo que tiene que nacer de él para entrar en el Reino (Jn 3,5), es en el momento de su despedida. El evangelio de Juan nos muestra la vida interior de Jesús, aquella capacidad que le llevaba a amar lo no amable, a incluir a los que eran dejados fuera, a reconocer las huellas de Dios en lo humano. Nunca se atribuye a sí mismo ese poder sanador y generador de vida; lo recibe de Otro, y va a ser al final cuando lo dé a conocer: «pediré al Padre que os envíe otro Valedor que esté con vosotros siempre» (Jn 14,16). Como nuestra Maestra (o Maestro) Interior, que nos enseñará a dejarnos conducir hacia la bondad, hacia la donación, hacia la reconciliación y la alegría. El nombre que Jesús le da es el de Paráclito (en griego: el que mira por nosotros, el que defiende, el que auxilia, el que infunde ánimo, el que alienta; el que otorga valor y da confianza. El que nos susurra al oído: «no te rindas, aún estás a tiempo».

 En muchas situaciones de nuestra vida necesitamos oír esa voz cuando no sabemos cómo aceptar las sombras y las voces del miedo que se van agrandando dentro de nosotros. Creo que al principio de la vida piensa una que hay cosas que van a cambiar, que aquello que más nos molesta en nosotros podremos quitarlo con esfuerzo, con voluntad. Tapar lo que afea nuestra persona, esconder la cizaña, acallar los impulsos agresivos, como si una pudiera modelar su presencia, como hacen con el cuerpo, a golpe de bisturí, cortar y succionar aquello que sobra. También en la historia querríamos actuar de la misma manera. Pero no va por ahí la tarea del Espíritu. A él le gusta reunir, integrar, conciliar. Llevarnos a un lugar interior, a un centro de calma, donde todo tiene su lugar, donde todo encuentra su sitio. 

 Cuando el Espíritu está sobre un rostro, entonces el lobo y el cordero que habitan en su interior pueden estar increíblemente juntos y pacificados (Is 1,6). Sin dejar de ser lo que son, pueden convivir y acogerse en su diferencia. El uno contiene al otro, porque ambos forman parte de nuestro tejido humano y de su misterio. Dice el evangelio de Marcos que Jesús en el desierto convivía con las fieras (Mc 1,11), con aquello a lo que tenemos miedo porque lo sentimos como amenaza, con aquello de lo que nos alejamos y nos defendemos. El mismo Espíritu le había impulsado al desierto para enfrentar sus fieras interiores y para aprender a hacerse amigo de toda la realidad, incluyendo sus dimensiones más oscuras.  

 La tarea del Espíritu no es ayudarnos a «librarnos» de aquello que sentimos que hace opaca la existencia y nos atemoriza, sino que su acción nos lleva, suavemente, a tomarlo, a dejarlo ser, a abrazarlo. Su trabajo de transformación nos enseña a hacer amistad con zonas de nuestra vida, de la realidad, de los otros, de las que nos habíamos distanciado, de las que nos sentíamos separados. Nos lleva a descalzarnos, porque ya no tenemos miedo de que la tierra que pisamos dañe nuestros pies. De pronto, sentimos liberado el lastre que fuimos arrastrando durante tanto tiempo y, por unos instantes, nos atrevemos a vivir en el Viento.

 Eduardo Galeano tiene una hermosa historia sobre el vuelo del Albatros que bien podría ser una parábola sobre la vida conducida por el Espíritu:  

«Vive en el viento. Vuela siempre, volando duerme. El viento no lo cansa ni lo gasta. A los sesenta años, sigue dando vueltas y más vueltas alrededor del mundo.  

El viento le anuncia de dónde vendrá la tempestad y le dice dónde está la costa. Él nunca se pierde, ni olvida el lugar donde nació; pero la tierra no es lo suyo, ni la mar tampoco. Sus patas cortas caminan mal, y flotando se aburre.  

Cuando el viento lo abandona, espera. A veces el viento demora, pero siempre vuelve: lo busca, lo llama, y se lo lleva. Y él se deja llevar, se deja volar, con sus alas enormes planeando en el aire” (2).

2. No te rindas que la vida es eso, continuar el viaje, perseguir tus sueños, destrabar el tiempo, correr los escombros, y destapar el cielo.

 Todo viaje requiere un equipaje y un tiempo. El viaje de la existencia lo empezamos solos y lo acabamos solos, aún sabiendo que toda la travesía es para encontrar compañía. Se sucederán paisajes y se irá configurando ese entramado de relaciones que nos constituye. Y él estará allí silenciosamente, como Aquel que vincula y anuda, como Tejedora constante de redes que hacen crecer; como Reparadora de todos los tejidos que se desgarraron y se separaron un día, del paño único donde confluyen todos los hilos de la vida.

 Desde el momento en que acontecemos en el mundo, nacemos formando parte de una red de relaciones. Este tejido relacional se nos va ensanchando a lo largo del crecimiento y también, de otra manera, cuando llegue el tiempo de ser despojados. «Al final de mi vida –decía Casaldáliga avanzado ya su propio viaje– abriré mi corazón lleno de nombres». El Espíritu es el escribidor de los nombres que van conformando nuestra vida, en los que hemos hecho experiencia de qué significa eso que llamamos amor y que está grabado en nuestro origen y en nuestro destino, como nuestra hambre mayor y como nuestro don más preciado. En el secreto del viaje de nuestra vida, sólo vivimos para hacer experiencia de ese amor. Para ese amor «perseguimos sueños y destapamos cielos», para esa vibración del corazón, silenciada en cada piedra, en cada flor, en cada animal, en cada rostro humano que se abre ante nosotros. Sólo anhelamos dar y recibir esa vibración, esa voz. «Para que mi amor esté en vosotros» (Jn 17,26), decía Jesús; y él hablaba de aquel amor que ordena y sostiene el Universo, en el que somos convocados a nacer por segunda vez y hasta setenta veces siete.

3. No te rindas, por favor, no cedas, aunque el frío queme, aunque el miedo muerda,  aunque el sol se esconda, y se calle el viento: aún hay fuego en tu alma aún hay vida en tus sueños.

 El fuego y el viento, junto con el torrente de agua viva, son los símbolos más potentes con los que la Biblia intenta decir algo de esa Acción Posibilitadora de todo lo que vive, de su fuerza creadora, de su imprevisibilidad; de su capacidad para generar sabiduría, sanación y belleza. Son símbolos del movimiento constante y del fluir silencioso de los procesos que gestan la vida.

          El fuego de una persona se ve en sus ojos y en sus manos. El de Jesús era tremendamente cálido cuando miraba a aquel hombre excluido por la lepra, a la mujer condenada por adulterio, a la mujer con hemorragias, a Pedro después de que le abandonara. En las miradas que les regalaba pudieron ellos reencender sus vidas. «Era un fuego ardiente dentro de mis huesos –expresaba Jeremías muchos siglos antes que Jesús–, y aunque intentaba contenerlo, no podía» (Jr 20,9). Jesús lo dirá de otra manera: «he venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto desearía que ya estuviese ardiendo!» (Lc 12,49).

 Cuando nos toma el fuego, no tenemos nada que esconder, y precisamente aquellos materiales de nuestra vida que habríamos querido desalojar, los que considerábamos desechables, toda nuestra realidad más pobre, se convierte inesperadamente en el único material necesario para avivar la llama. Sólo prende en nuestro vacío y en nuestra desnudez.  

 Una vez prendidos, toda la tarea es del Fuego, y nuestro único trabajo es abandonarnos, no oponer resistencias. Entonces podremos entendernos con el otro, reverenciarlo en su realidad última, en lo que podemos ver y en aquello que siempre nos permanecerá desconocido… y se nos desvelará el amable don que guarda su vida. La diversidad nos parecerá hermosa y fecunda, y por unos instantes podremos vernos en aquella luz que no disecciona, que no excluye, que no clasifica. Una luz que abre en nosotros el ojo del corazón, el ojo del fuego, en el que podemos ver las cosas, asentir a ellas tal como son, y en el que hay un lugar para cada expresión de la vida.  

 ¿Podremos de verdad entendernos, reconocernos, hablando en mentalidades distintas, en registros espirituales distintos, en tonalidades opuestas…? (Hch 2,4). El relato de Pentecostés se abre para nosotros como un espacio de posibilidad, como un sueño realizable, un lugar hacia el que dirigirnos y que ya se nos regala pisar ligeramente. Tomados por el Fuego, podían oírse y entenderse, «no en el idioma único del imperio romano, sino con sus diversos idiomas propios. En un idioma de liberación, de relación y de unificación desde abajo» (3). Por eso, diálogo es hoy para nosotros otro de los muchos nombres del Espíritu.

4. Porque la vida es tuya, y tuyo también el deseo, porque lo has querido y porque te quiero, porque existe el vino y el amor, es cierto. Porque no hay heridas que no cure el tiempo.

 Me parece tan necesario escuchar, como mujeres, este verso de Benedetti: «que la vida es nuestra, y nuestro también el deseo». ¿Qué ocurriría si se nos preguntara por nuestros deseos dentro de nuestra Iglesia, por lo que soñamos, por aquello por lo que queremos brindar, por lo que amamos, por las heridas…? Y si, además de preguntarnos lo que deseamos y soñamos, nos dejaran vivirlo dentro de nuestra Iglesia: ¿qué ocurriría?, ¿cómo se transformaría su rostro?

 Hay un antiguo icono medieval, una pintura muy interesante que se encuentra en una Iglesia de Urschalling, en Alemania, que representa a la Trinidad, donde el Espíritu, entre las figuras masculinas del Padre y el Hijo, es representado con un rostro y un cuerpo de mujer. La Ruah, en hebreo, el aliento que posibilita la existencia, el suelo de todo lo que vive, es un término femenino: la Espíritu.

 Resulta significativo que la raíz antigua de donde proviene el término Ruah dé origen a otros dos sustantivos: Rewah (la distancia) y Reah (el espacio lleno de perfume).  

 En los relatos de la creación, la Ruah de Dios genera armonía del caos, poniendo la distancia justa entre cada criatura, dándole a cada una su lugar, el espacio que necesita para desplegar su ser. En esa relación adecuada, cada brizna de hierba, cada montaña, cada ser que vive, tiene su lugar y su sentido. «Un árbol da gloria a Dios siendo sencillamente el árbol que es», decía Merton. Irradiando su propio perfume.  

 Hoy somos conscientes y podemos agradecer esa presencia de la Espíritu en los perfumes que portan las mujeres. En sus tareas por la paz y la justicia, en los aportes del ecofeminismo a la integridad de la creación; en su complicidad con los ciclos que favorecen la vida. Desplegar la dimensión femenina que hombres y mujeres guardamos dentro es señal del movimiento de la Espíritu. Acoger en nosotros su potencial de ternura, de cuidado y de resistencia ante todas aquellas situaciones y fuerzas que vienen a desintegrar la vida; hacer de la colaboración, de la interdependencia, del diálogo y de la apertura a las distintas culturas y a las diversas tradiciones espirituales maneras nuevas y necesarias de situarnos en el mundo.  

 Los perfumes de las mujeres y los aromas estuvieron muy presentes en la vida de Jesús, en sus momentos de gozo y de dolor. El perfume revela y oculta a la vez, aviva el deseo, es la apertura al ámbito de una presencia. Jesús los recibió agradecido, y su propia vida tomó el símbolo figurado del frasco, precioso y caro, que se rompe para poder derramarse por muchos. También Jesús reconoció a la Espíritu en los sabores y en los olores. En sus comidas con pecadores y publicanos, en los aromas de las mujeres que lo ungen. Todos nuestros sentidos están preparados, están bien hechos para presentirla, cuando podemos disponerlos y silenciarlos.  

 La Dama Sabiduría, como Hildegard invocaba a esa relación vital con Dios, nos va regalando sus aromas. No son distintos del olor de la lavanda, del jazmín, de la tierra después de la lluvia, del olor del mar… del que nos deja el contacto con una persona sin necesidad de pronunciar palabras. Son los olores de la vida, también aquellos de los que nos alejamos, porque huelen mal; son señales de la necesidad de su Presencia y lo atraen como un imán. El olor que provoca la lepra en una piel, el olor de la exclusión y de la miseria, del cadáver de más de tres días, el intenso olor de un cayuco ignorado, de unas casas levantadas al borde de un vertedero…; y allí está, aleteando sobre el caos de esas realidades, para rescatarlas, para devolver a cada rostro, a toda la realidad, su propia integridad, su perfume original.  

 El perfume derramado sobre la piel sana es belleza y celebración, preparación para el abrazo y la intimidad. El perfume que se vierte sobre una piel herida es ungüento y bálsamo que alivia. Pasan los años, y hay heridas que permanecen y que ni el tiempo las cura, o al menos no sólo, si no es un tiempo tomado por el Espíritu. Emociona cuando el Señor Resucitado muestra las heridas de sus manos y su costado, curadas pero heridas, abiertas por esa hendidura, y lo hace antes de entregar el Don (Jn 20,22), el gran multiplicador de lo mejor de cada uno, el portador de las células madre de nuestra vida interior. Y en el ADN de ese mismo Espíritu que se desplegó en Jesús, dos polaridades que se atraen y que heredamos en nuestro equipaje genético. Cuando la Vida nos unge, estamos potencialmente equipados para anunciar buena noticia, liberación, luz, sanación. Acciones que abren plenitud en nosotros. En el otro polo, los pobres, los cautivos, los ciegos y los oprimidos, señalando el hacia dónde, mostrando sentido y dirección. Y en ese campo magnético de atracción se mueve la historia hacia Dios, vulnerable y amada, y nuestra pequeña vida. Jesús expresaba así esta atracción: «El Espíritu está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres…» (Lc 4,18-21).  

5. Abrir las puertas, quitar los cerrojos, abandonar las murallas que te protegieron, vivir la vida y aceptar el reto, recuperar la risa, ensayar un canto, bajar la guardia y extender las manos, desplegar las alas e intentar de nuevo  celebrar la vida y retomar los cielos.

 Cerrojos, murallas, defensas… En las primeras etapas de nuestro proceso humano vamos envolviéndonos en una coraza. Nacemos frágiles y necesitamos protegernos. Y esa misma protección es la que, llegado el tiempo de la maduración, tendremos que soltar. Nuestro modo de blindarnos, lo hemos necesitado para protegernos y salir adelante; es un modo que también nos endurece, nos crea rigideces y se queda impreso en la tensión de nuestros músculos y grabado en la forma de nuestro cuerpo. Y el día en que aprendemos que ser vulnerables es ser humanos, no sabemos bien cómo desacorazarnos. Cómo desarticular las fuerzas depredadoras del ego en nosotros. Cómo quitar los cerrojos y bajar la guardia y extender las manos.

 El Espíritu nos hace fuertes en nuestra debilidad y nos hace madurar cuanto más recuperamos la inocencia. Esta cualidad es uno de sus rasgos más paradójicos para nosotros. Su modo de protegernos es abriéndonos; su modo de defendernos es desarmándonos. ¿Podemos creernos algo así? ¿Podemos soltar nuestra necesidad de seguridad y abandonarnos totalmente al Espíritu para que pueda guiarnos? Jesús hacía experiencia de esto cuando decía: «nadie me quita la vida: yo la doy libremente». Y en su mayor despojo y pobreza, abría su cuerpo en la cruz a la Fuente Constante de un Amor que no Cesa y a una Alegría que nada le podrá quitar.

 A mayor desarme, a mayor indefensión, mayor transparencia y bienaventuranza. Recuperar la risa y desplegar las alas en los momentos más endurecidos de la realidad es señal inequívoca de su discreta Presencia. Que no nos extrañe que las personas más pobres y sencillas sean las más abiertas, las que pueden celebrar en medio de la adversidad, las que siguen esperando sin venirse abajo. Allí donde hay carencia, vacío, hay posibilidad.

 Allí donde nuestro ego decrece (y tenemos que tener inmensa paciencia y humor con nosotros mismos), allí el Espíritu toma el lugar que le pertenece desde el principio y para siempre. El Espíritu nunca habla en primera persona. Se manifiesta en nuestros cuerpos, como una señal, como un sello de pertenencia, cuando somos llevados de la depredación a la donación, de retener a ofrecer, de sentirnos escindidos a sabernos parte de la creación entera. Y entonces hacemos memoria, recordamos («el Espíritu os recordará todo», decía Jesús) lo que estaba grabado en el corazón de la vida humana y fuimos olvidando: «que provenimos de la misma fuente de vida y que todos los hilos de nuestra vida están interrelacionados» (4).

6. No te rindas, por favor, no cedas: aunque el frío queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se ponga y se calle el viento, aún hay fuego en tu alma, aún hay vida en tus sueños. Porque cada día es un comienzo nuevo, porque ésta es la hora y el mejor momento porque no estás solo, porque yo te quiero.

Hasta el final, el miedo y el frío se presentan como compañeros de viaje que vienen a apagar los sueños y las brasas. Me impacta comprobar cómo, en la secuencia del Espíritu, se nombra la realidad sobre la que clamamos su venida: tierra en sequía, corazón enfermo, hielo. Como si ésa fuera la tierra propicia donde el Espíritu actúa. Como si ninguna situación pudiera apartarnos de su visita; al contrario: a mayor desvalimiento, mayor proximidad. Toda tierra baldía es buena para el Espíritu. Es un buscador incansable de fragilidades y de intemperies. En el no-amor, en la no-existencia, en la no-posibilidad, viene como un «sí» imparable que comienza de nuevo a contarnos la historia: «en el principio fue la relación». En la callada voz del amor toda realidad queda bendecida: los demonios, los desiertos y sus fieras, los ladrones que saquean y matan… Hasta los infiernos de la realidad baja para encontrarnos y besar cada vida. Con su beso, una identidad nueva que era nuestra y habíamos perdido: nadie será ya extranjero ni enemigo, «nadie hará daño a nadie, porque la tierra estará llena del conocimiento del Señor como colman las aguas el mar» (Is 11,9).

 Hay una canción que dice: «al lugar donde has sido feliz deberías tratar de volver», y los años nos descubren –ojalá que lo hagan– que ese lugar no es un espacio físico ni está ubicado en el tiempo, sino que ese lugar está dentro, viene con nosotros allá adonde vamos. Son las tierras del Espíritu, y habitarlas es nuestra promesa. Aquellas tierras prometidas a nuestros padres y madres y a todos aquellos que no tienen casa ni pan. Hay que descalzarse para entrar en esas tierras, hacerse cada vez más ligeros, más humildes; no retener nada, y recoger para que no se pierda ni uno solo de los fragmentos de la vida, ni uno solo de los rostros más pequeños. Hasta llenar los cestos de la Realidad con inmensa gratitud, porque todos han podido saciarse de sus dones.

 Las tierras del Espíritu albergan miles de nombres. Se llaman esperanza para unos inmigrantes subsaharianos sin papeles ni cobijo. Se llaman amada paz para las mujeres y niñas de Afganistán que buscan con su rostro cubierto sobrevivir a tanta barbarie. Se llaman libertad para los secuestrados largos años en cárceles y en selvas. Toman el nombre de justicia para generaciones de africanos que mueren de hambre en su continente expoliado. Se llaman belleza, porque todo lo creado es bueno y precioso («las lámparas son diferentes, pero la luz es la misma», decía Rumi); y se llaman siempre humanidad.

 Igual que Jesús se encarnó, también nosotros nos hacemos hombres y mujeres, nos hacemos cada vez más humanos, por obra del Espíritu Santo. Él, Ella, nos hace presentir lo amados que somos, que en el Uno nunca estamos solos; «en el Uno estás siempre en casa» (5), y que ésta es la hora para cada uno de nosotros y el mejor momento.

          «No te rindas, aún estás a tiempo».

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NOTAS  

  1. Anita NAIR, El vagón de las mujeres, Alfaguara, Madrid 2002.

  2. Eduardo GALEANO, Bocas del tiempo, Siglo XXI, Madrid 2005, p. 202.

  3. «Ven, Espíritu Creador, y renueva la faz de la tierra», de Chung HYUNG-KYUNG.           (Se puede encontrar en [María José Arana [dir].] Recordamos juntas el futuro,          Publicaciones Claretianas, Madrid 1995.

  4. Chung HYUNG-KYUNG, op. cit.

  5. Dag HAMMARSKJÖLD, Marcas en el camino, Trotta, Madrid 2009, p.151.

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Los obispos dan tres claves para vivir el Corpus Christi

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El próximo 6 de junio se celebra la festividad del Corpus Christi. Este es el mensaje que han publicado los obispos de la Subcomisión Episcopal de Acción Caritativa y Social con motivo del Día de la Caridad.

Conmigo lo hicisteis”

“Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40).

En este tiempo de pandemia, con la convicción de que el Señor camina con nosotros, celebramos la Solemnidad del Corpus Christi, el Día de la Caridad, en el que estamos haciendo de las dificultades del momento una gran oportunidad para tocar las llagas de Cristo y descubrir que, detrás de sus heridas, encontramos el dolor y sufrimiento de nuestros hermanos abriéndonos al misterio de Cristo crucificado y resucitado donde resplandece la gloria de Dios.

Dios no deja jamás de estar a nuestro lado cumpliendo su promesa: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin de los tiempos” (Mt 28, 20). Estos “tiempos recios”, donde se necesitan amigos fuertes de Dios, invitan a recuperar el sentido de nuestra vida sabiéndonos frágiles y necesitados de salvación. Una necesidad que se hace concreta en la vida de cada día, en la projimidad, en la cercanía, en la fraternidad y en la esperanza cristiana que brotan de la Eucaristía.

En estos tiempos singulares en los que se están tomando iniciativas excepcionales para evitar y detener el contagio de un virus trágicamente mortal, todos percibimos cómo se hacen esfuerzos  en muchos lugares de nuestra sociedad para proteger a las personas, a las familias, incluso a las diversas realidades laborales, de los tragicos zarandeos que han herido especialmente a los vulnerables y más empobrecidos, abriendo, así, caminos a la esperanza. En todas esas acciones vamos aprendiendo a hacernos prójimos, hermanos y hermanas. Como discípulos queremos aprender de forma nueva que es a Cristo a quien se lo estamos haciendo, y Él siempre nos responde con su acogida e infinita misericordia.

Entrega

Estar cerca de los pobres, los más vulnerables, los niños, los enfermos, los discapacitados, los ancianos, los tristes y solos, los agobiados por la pesadumbre de la existencia nos cansa, bien por lo abrumador y desbordante de tantas situaciones, bien por la fragilidad que nos descubren en cada uno, bien porque nos enfrentan a nuestra debilidad. A este respecto encontramos aliento en las palabras de san Manuel González: “En la Eucaristía, está el Corazón incansablemente misericordioso, que a cada quejido de nuestros labios y a cada lágrima de nuestros ojos… responde – ¡estad ciertos! – con un latido de infinita compasión” (Un corazón hecho Eucaristía, n 107).

La Eucaristía nos ofrece el don de poder amasar de forma inseparable la caridad  y la vida de los pobres. ¿Cómo vivir la Eucaristía sin estar cerca de aquellos más hambrientos , de aquellos con quienes Cristo se identifica al tener hambre, sed, estar desnudo, enfermo o en la cárcel? (Mt 25, 31-46). En esta unión descubrimos la esencia de la dignidad humana que cobra sentido al enraizarse en el mismo Jesucristo.

Él, por medio del amor hecho servicio hasta el extremo, ofreciendo  su vida, ha llevado a plenitud el valor de la dignidad humana haciéndonos hermanos  y adentrándonos en el misterio de la donación. Esta caridad, corazón de nuestra fe y de la propia solemnidad del Corpus Christi, nos lleva a poner en las manos del Dios, que nos ha amado tanto que nos ha entregado a su propio Hijo, todo lo que somos y lo que tenemos, especialmente nuestras pobrezas y fragilidades y nos mueve al amor fraterno, pues “cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios” (Deus caritas est 16).

Ante el Cuerpo de Cristo tomamos conciencia de que es tiempo de potenciar la capilaridad en los pueblos, barrios y ciudades para cuidar y acompañar tanto sufrimiento. Así nos exhorta el papa Francisco: El servicio es, “en gran parte, cuidar la fragilidad. Servir significa cuidar a los frágiles de nuestras familias, de nuestra sociedad, de nuestro pueblo […] El servicio siempre mira el rostro del hermano, toca su carne, siente su projimidad y hasta en algunos casos la «padece» y busca la promoción del hermano” (Fratelli tutti 115).

Fraternidad

La pandemia está dejando tras de sí muchas vidas rotas y profundas heridas que, sin embargo, están siendo cicatrizadas gracias al fomento de los lazos de colaboración, ayuda mutua y redes comunitarias que brotan de la fraternidad en una comunidad que sostiene. “He ahí un hermoso secreto para soñar y hacer de nuestra vida una hermosa aventura. Nadie puede pelear la vida aisladamente […] Se necesita una comunidad que lo sostenga, que nos ayude y en la que nos ayudemos unos a otros a mirar hacia delante. ¡Qué importante es soñar juntos!” (Fratelli tutti 8).

De estas palabras del Papa son testigos, durante las veinticuatro horas del día, los discípulos misioneros de Jesucristo en Cáritas, las personas que hacen posible el servicio de la caridad en las parroquias o en otras instituciones caritativas de la Iglesia.

Los obispos reconocemos y agradecemos este servicio generoso, al tiempo que animamos a que sean muchos más los cristianos que se comprometan con los más pobres y excluidos de nuestra sociedad. Cáritas, con sus trabajadores y equipos de voluntarios, hace cada mañana que las fronteras y los muros se concreten en la dimensión universal de la caridad: “Al amor no le importa si el hermano herido es de aquí o es de allá. Porque es el amor que rompe las cadenas que nos aíslan y separan, tendiendo puentes; amor que nos permite construir una gran familia donde todos podamos sentirnos en casa […] Amor que sabe de compasión y de dignidad” (Fratelli tutti 62).

Creemos en el Dios que se hace carne y se presenta como compañero de viaje. Él atraviesa la vida de cada pueblo, ciudad, hospital, escuela o centro de trabajo. Y lo hace por medio de sus discípulos, de los pobres y víctimas de esta crisis. Aunque este año no salgamos por las calles acompañando al Señor sacramentado en procesión, proclamemos nuestra fe y hagamos de nuestras parroquias, comunidades, oratorios y de nosotros mismos, custodias del Cristo que comulgamos como expresión de nuestro amor agradecido y fuente de bendición para muchos.

Adoración

En el contexto de esta pandemia, el día del Corpus Christi, día de la Caridad, el Señor, con su Cuerpo entregado y su Sangre derramada, nos urge a la esperanza, que  “nos habla de una sed, de una aspiración, de un anhelo de plenitud, de vida lograda, de un querer tocar lo grande, lo que llena el corazón y eleva el espíritu hacia cosas grandes, como la verdad, la  bondad y la belleza, la justicia y el amor…la esperanza es audaz, sabe mirar más allá de la comodidad personal, de las pequeñas seguridades y compensaciones que estrechan el horizonte, para abrirse a grandes ideales que hacen la vida más bella y digna. Caminemos en esperanza” (Fratelli tutti 55).

Hoy, al adorar al Señor en el Pan Eucarístico, nos adentramos en el dinamismo del gozo, la alegría y la esperanza que necesita nuestro mundo. Una esperanza que brota de la presencia de Cristo en el mundo y entre nosotros, de sus salidas a los caminos de este mundo sufriente por los estragos del coronavirus para convocar a todos a la alianza del Espíritu.

Santa Teresa de Calcuta, con su vida entregada a los más pobres y su amor a la adoración del Santísimo, donde encontraba la fuerza para la caridad, nos enseña algo que ella experimentaba y alentaba su esperanza: “El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz”. En las palabras de la Santa tenemos de modo palpable, una concreción de lo dicho por el Señor: “Conmigo lo hicisteis”.

Hoy al adorar el cuerpo sacramental, nacido de la Virgen María, se aviva el dinamismo de nuestra fe, amor y esperanza; nos adentramos en la verdad y la novedad del testimonio apostólico que encuentra ánimo en las palabras del apóstol San Pablo: “Sed, pues, imitadores de Dios como hijos suyos muy queridos. Y haced del amor la norma de vuestra vida, a imitación de Cristo que nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros como ofrenda y sacrificio de suave olor a Dios” (Ef. 5, 1-5).

     Nos ponemos en las manos de la Sagrada Familia de Nazaret, Jesús, María y José, en ese hogar donde se fraguaba cada día la caridad, con pensamientos, palabras y obras y pedimos al Señor que nos encuentre dignos de su presencia por haber hecho con nuestro prójimo ejercicio creíble de la caridad.

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Mensaje del Papa para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2021: «Hacia un nosotros cada vez más grande»

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Mensaje del Santo Padre Francisco para la 107.ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2021, que tendrá lugar el 26 de septiembre de 2021 bajo el lema “Hacia un nosotros cada vez más grande”.

Mensaje completo aquí

Queridos hermanos y hermanas:

En la Carta encíclica Fratelli tutti expresé una preocupación y un deseo que todavía ocupan un lugar importante en mi corazón: «Pasada la crisis sanitaria, la peor reacción sería la de caer aún más en una fiebre consumista y en nuevas formas de autopreservación egoísta. Ojalá que al final ya no estén “los otros”, sino sólo un “nosotros”» (n. 35).

Por eso pensé en dedicar el mensaje para la 107.ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado a este tema: “Hacia un nosotros cada vez más grande”, queriendo así indicar un horizonte claro para nuestro camino común en este mundo.

La historia del “nosotros” 

Este horizonte está presente en el mismo proyecto creador de Dios: «Dios creó al ser humano a su imagen, lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer. Dios los bendijo diciendo: “Sean fecundos y multiplíquense”» (Gn 1,27-28). Dios nos creó varón y mujer, seres diferentes y complementarios para formar juntos un nosotros destinado a ser cada vez más grande, con el multiplicarse de las generaciones. Dios nos creó a su imagen, a imagen de su ser uno y trino, comunión en la diversidad.

Y cuando, a causa de su desobediencia, el ser humano se alejó de Dios, Él, en su misericordia, quiso ofrecer un camino de reconciliación, no a los individuos, sino a un pueblo, a un nosotros destinado a incluir a toda la familia humana, a todos los pueblos: «¡Esta es la morada de Dios entre los hombres! Él habitará entre ellos, ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos» (Ap 21,3).

La historia de la salvación ve, por tanto, un nosotros al inicio y un nosotros al final, y en el centro, el misterio de Cristo, muerto y resucitado para «que todos sean uno» (Jn 17,21). El tiempo presente, sin embargo, nos muestra que el nosotros querido por Dios está roto y fragmentado, herido y desfigurado. Y esto tiene lugar especialmente en los momentos de mayor crisis, como ahora por la pandemia. Los nacionalismos cerrados y agresivos (cf. Fratelli tutti, 11) y el individualismo radical (cf. ibíd., 105) resquebrajan o dividen el nosotros, tanto en el mundo como dentro de la Iglesia. Y el precio más elevado lo pagan quienes más fácilmente pueden convertirse en los otros: los extranjeros, los migrantes, los marginados, que habitan las periferias existenciales.

En realidad, todos estamos en la misma barca y estamos llamados a comprometernos para que no haya más muros que nos separen, que no haya más otros, sino sólo un nosotros, grande como toda la humanidad. Por eso, aprovecho la ocasión de esta Jornada para hacer un doble llamamiento a caminar juntos hacia un nosotros cada vez más grande, dirigiéndome ante todo a los fieles católicos y luego a todos los hombres y mujeres del mundo.

Una Iglesia cada vez más católica

Para los miembros de la Iglesia católica este llamamiento se traduce en un compromiso por ser cada vez más fieles a su ser católicos, realizando lo que san Pablo recomendaba a la comunidad de Éfeso: «Uno solo es el Cuerpo y uno solo el Espíritu, así como también una sola es la esperanza a la que han sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo» (Ef 4,4-5). 

En efecto, la catolicidad de la Iglesia, su universalidad, es una realidad que pide ser acogida y vivida en cada época, según la voluntad y la gracia del Señor que nos prometió estar siempre con nosotros, hasta el final de los tiempos (cf. Mt 28,20). Su Espíritu nos hace capaces de abrazar a todos para crear comunión en la diversidad, armonizando las diferencias sin nunca imponer una uniformidad que despersonaliza. En el encuentro con la diversidad de los extranjeros, de los migrantes, de los refugiados y en el diálogo intercultural que puede surgir, se nos da la oportunidad de crecer como Iglesia, de enriquecernos mutuamente. Por eso, todo bautizado, dondequiera que se encuentre, es miembro de pleno derecho de la comunidad eclesial local, miembro de la única Iglesia, residente en la única casa, componente de la única familia.

Los fieles católicos están llamados a comprometerse, cada uno a partir de la comunidad en la que vive, para que la Iglesia sea siempre más inclusiva, siguiendo la misión que Jesucristo encomendó a los Apóstoles: «Vayan y anuncien que está llegando el Reino de los cielos. Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, limpien a los leprosos y expulsen a los demonios. Lo que han recibido gratis, entréguenlo también gratis» (Mt 10,7-8).

Hoy la Iglesia está llamada a salir a las calles de las periferias existenciales para curar a quien está herido y buscar a quien está perdido, sin prejuicios o miedos, sin proselitismo, pero dispuesta a ensanchar el espacio de su tienda para acoger a todos. Entre los habitantes de las periferias encontraremos a muchos migrantes y refugiados, desplazados y víctimas de la trata, a quienes el Señor quiere que se les manifieste su amor y que se les anuncie su salvación. «Los flujos migratorios contemporáneos constituyen una nueva “frontera” misionera, una ocasión privilegiada para anunciar a Jesucristo y su Evangelio sin moverse del propio ambiente, de dar un testimonio concreto de la fe cristiana en la caridad y en el profundo respeto por otras expresiones religiosas. El encuentro con los migrantes y refugiados de otras confesiones y religiones es un terreno fértil para el desarrollo de un diálogo ecuménico e interreligioso sincero y enriquecedor» (Discurso a los Responsables Nacionales de la Pastoral de Migraciones, 22 de septiembre de 2017).

Un mundo cada vez más inclusivo

A todos los hombres y mujeres del mundo dirijo mi llamamiento a caminar juntos hacia un nosotros cada vez más grande, a recomponer la familia humana, para construir juntos nuestro futuro de justicia y de paz, asegurando que nadie quede excluido.

El futuro de nuestras sociedades es un futuro “lleno de color”, enriquecido por la diversidad y las relaciones interculturales. Por eso debemos aprender hoy a vivir juntos, en armonía y paz. Me es particularmente querida la imagen de los habitantes de Jerusalén que escuchan el anuncio de la salvación el día del “bautismo” de la Iglesia, en Pentecostés, inmediatamente después del descenso del Espíritu Santo: «Partos, medos y elamitas, los que vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, Ponto y Asia, Frigia y Panfilia, Egipto y la zona de Libia que limita con Cirene, los peregrinos de Roma, judíos y prosélitos, cretenses y árabes les oímos decir en nuestros propios idiomas las grandezas de Dios» (Hch 2,9-11).

Es el ideal de la nueva Jerusalén (cf. Is 60; Ap 21,3), donde todos los pueblos se encuentran unidos, en paz y concordia, celebrando la bondad de Dios y las maravillas de la creación. Pero para alcanzar este ideal, debemos esforzarnos todos para derribar los muros que nos separan y construir puentes que favorezcan la cultura del encuentro, conscientes de la íntima interconexión que existe entre nosotros. En esta perspectiva, las migraciones contemporáneas nos brindan la oportunidad de superar nuestros miedos para dejarnos enriquecer por la diversidad del don de cada uno. Entonces, si lo queremos, podemos transformar las fronteras en lugares privilegiados de encuentro, donde puede florecer el milagro de un nosotros cada vez más grande.

Pido a todos los hombres y mujeres del mundo que hagan un buen uso de los dones que el Señor nos ha confiado para conservar y hacer aún más bella su creación. «Un hombre de familia noble viajó a un país lejano para ser coronado rey y volver como tal. Entonces llamó a diez de sus servidores y les distribuyó diez monedas de gran valor, ordenándoles: “Hagan negocio con el dinero hasta que yo vuelva”» (Lc 19,12-13). ¡El Señor nos pedirá cuentas de nuestras acciones! Pero para que a nuestra casa común se le garantice el cuidado adecuado, tenemos que constituirnos en un nosotros cada vez más grande, cada vez más corresponsable, con la firme convicción de que el bien que hagamos al mundo lo hacemos a las generaciones presentes y futuras. Se trata de un compromiso personal y colectivo, que se hace cargo de todos los hermanos y hermanas que seguirán sufriendo mientras tratamos de lograr un desarrollo más sostenible, equilibrado e inclusivo. Un compromiso que no hace distinción entre autóctonos y extranjeros, entre residentes y huéspedes, porque se trata de un tesoro común, de cuyo cuidado, así como de cuyos beneficios, nadie debe quedar excluido.

El sueño comienza

El profeta Joel preanunció el futuro mesiánico como un tiempo de sueños y de visiones inspiradas por el Espíritu: «derramaré mi espíritu sobre todo ser humano; sus hijos e hijas profetizarán; sus ancianos tendrán sueños, y sus jóvenes, visiones» (3,1). Estamos llamados a soñar juntos. No debemos tener miedo de soñar y de hacerlo juntos como una sola humanidad, como compañeros del mismo viaje, como hijos e hijas de esta misma tierra que es nuestra casa común, todos hermanos y hermanas (cf. Fratelli tutti, 8).

Oración

Padre santo y amado,
tu Hijo Jesús nos enseñó
que hay una gran alegría en el cielo
cuando alguien que estaba perdido
es encontrado,
cuando alguien que había sido excluido, rechazado o descartado
es acogido de nuevo en nuestro nosotros,
que se vuelve así cada vez más grande.

Te rogamos que concedas a todos los discípulos de Jesús
y a todas las personas de buena voluntad
la gracia de cumplir tu voluntad en el mundo.
Bendice cada gesto de acogida y de asistencia
que sitúa nuevamente a quien está en el exilio
en el nosotros de la comunidad y de la Iglesia,
para que nuestra tierra pueda ser,
tal y como Tú la creaste,
la casa común de todos los hermanos y hermanas. Amén.

Roma, San Juan de Letrán, 3 de mayo de 2021, Fiesta de los santos apóstoles Felipe y Santiago.

Francisco

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Declaraciones de Mons. Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén

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Desgraciadamente, no es la primera vez, y me temo que ni siquiera la última, en la que tendremos que hacer frente a estas explosiones de violencia y guerra en Tierra Santa. Estos estallidos de violencia sólo dejarán más escombros, muertes, animadversiones y sentimientos de odio, pero no traerán ninguna solución. Veremos acusaciones mutuas sobre el uso del poder, probablemente recurriremos a los tribunales internacionales, acusándonos mutuamente, pero al final, todo será como antes, hasta la próxima crisis.

Hasta que no nos decidamos a afrontar realmente los problemas que afligen a estos países y a estos pueblos desde hace décadas, me temo que nos veremos obligados a asistir a más violencia y a otras desgracias.

Jerusalén es el corazón del problema y esta vez fue la chispa que incendió el país. Como es sabido, todo comenzó con la conocida cuestión de Shekh Jarrah, que se ha presentado como una cuestión jurídica. Sin embargo, como ya hemos reiterado en nuestra anterior declaración, también es evidentemente una decisión política para una mayor expansión de los asentamientos israelíes en Jerusalén Oriental. Es una decisión que cambia el ya muchas veces roto equilibrio entre las dos partes de la ciudad y esto crea tensiones y sufrimiento. Sin embargo, esta crisis indica que esta metodología no funciona y que no se puede imponer ninguna solución a Jerusalén. La solución sólo puede ser el resultado del diálogo entre israelíes y palestinos, que deberán hacer suya la vocación abierta, multirreligiosa y multicultural de la ciudad.

Lo que se ha dicho sobre Jerusalén puede extenderse a toda la cuestión israelí-palestina. El pueblo palestino lleva años esperando una solución digna, un futuro sereno y pacífico, en su tierra, en su país. Sin embargo, para ellos no parece haber lugar en el mundo y, antes de poder vivir con dignidad en su país, son continuamente invitados por las distintas cancillerías a esperar un futuro desconocido y continuamente aplazado.

Pero aún más preocupante ha sido la explosión de violencia en las ciudades mixtas de Israel, donde siempre han convivido judíos y árabes y de la que creo que se ha hablado poco en los medios de comunicación internacionales. Hemos sido testigos de la violencia, de las patrullas organizadas, de los intentos de linchamiento por parte de ambos bandos, judíos y árabes… una explosión de odio y rechazo al otro que probablemente se venía gestando desde hace tiempo y que ahora ha emergido violentamente y ha encontrado a todos desprevenidos y asustados.

Todo esto es el resultado de años de un lenguaje político violento, de una cultura y una política de rechazo al otro, de desprecio. Poco a poco, estas actitudes han creado una separación cada vez más profunda entre los dos pueblos, de la que quizá no nos hayamos dado cuenta hasta hoy. Llevará mucho tiempo reconstruir estas relaciones profundamente heridas. Tendremos que trabajar junto a muchas personas de todos los credos, que todavía creen en un futuro juntos y están comprometidos con él. Son muchos. Pero necesitan apoyo, alguien que pueda llevar su voz a todo el mundo.

Tendremos que empezar a reconstruir de nuevo las relaciones entre todos nosotros y, en este sentido, será prioritario partir del doloroso descubrimiento de estos días, es decir, del odio que albergaba sobre todo en el corazón de los jóvenes. No debemos cultivar ni permitir que se desarrollen sentimientos de odio. Debemos asegurarnos de que nadie, ya sea judío o árabe, se sienta rechazado. Tendremos que ser más claros a la hora de denunciar lo que divide. No podemos conformarnos con los encuentros interreligiosos por la paz, pensando que con esas iniciativas hemos resuelto el problema de la convivencia entre nosotros. Además de esto tendremos que hacer una opción real para que en nuestras escuelas, en nuestras instituciones, en los medios de comunicación, en la política, en los lugares de culto, resuene el nombre de Dios, del hermano y del compañero de vida. Tendremos que aprender a estar más atentos al lenguaje que utilizamos y tomar conciencia de que la reconstrucción de un modelo serio de relaciones entre nosotros requerirá mucho tiempo, paciencia y valor. Necesitaremos una nueva alianza entre personas de buena voluntad que, independientemente de la fe, la identidad y la visión política, sientan al otro como parte de sí mismos y deseen comprometerse a vivir con esta conciencia.

Esta crisis debe devolver al centro de la agenda internacional la cuestión entre Israel y Palestina, que últimamente parecía olvidada y superada, pero que, sin embargo, siempre ha seguido siendo una herida dolorosa. La herida sólo se cubrió, se ocultó, pero nunca se curó. Una vez retirada la venda que la cubría, volvió a ser visible y dolorosa, quizá incluso más que en el pasado.

Os invito a rezar por la Iglesia de Jerusalén, para que sea una Iglesia que vaya más allá de los muros y las puertas cerradas; que cree, anuncie y construya la paz, pero «no como la da el mundo» (Jn 14,27). De hecho, ya hemos sido testigos demasiadas veces de anuncios de paz traicionados y ofendidos. La Iglesia tendrá que construir la paz que es fruto del Espíritu, que da vida y confianza, siempre de nuevo, sin cansarse nunca.

Su Beatitud Mons. Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén

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Cáritas facilita la vacunación a personas sin hogar en La Línea de la Concepción

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El Centro de Día, que gestiona Cáritas Diocesana de Cádiz, para personas sin hogar de La Línea de la Concepción acogió, en el día de ayer, la vacunación de las personas participantes en el proyecto de atención social que se desarrolla en dicho centro. La vacunación ha sido posible llevarla a cabo gracias a la colaboración del Servicio Andaluz de Salud a través de dos enfermeros que son, además, voluntarios en el proyecto de calle «Café y Calor».

En total han sido 16 las personas que han recibido la vacuna. En concreto, la vacuna administrada ha sido la perteneciente al laboratorio Janssen por necesitar una única dosis, adaptándose mejor así a sus circunstancias personales. Los profesionales sanitarios que han llevado a cabo la vacunación, además, han informado a los participantes sobre los síntomas y efectos secundarios que podrían sentir y les han dado nociones básicas de seguridad para proteger su salud y la de las personas con las que se relacionen.

Hasta el momento se han vacunado la casi totalidad de las personas que acuden de forma regular al proyecto, aunque también tendrán la posibilidad de hacerlo los nuevos que puedan llegar gracias al compromiso del Centro de Salud al que pertenecen los dos sanitarios.

Con este acto de vacunación, el primero entre los centros sociales que atienden a personas sin hogar en La Línea de la Concepción, se avanza en la protección frente a la COVID19 de las personas sin hogar.

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LOS SEMINARISTAS DE LA DIÓCESIS NOS INVITAN A PARTICIPAR EN LA VIGILIA DE PENTECOSTÉS

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El próximo 22 de mayo a las 21hrs la Parroquia de Madre de Dios de Jerez de la Frontera el Seminario Diocesano celebrará la Vigilia de Pentecostés.

El próximo 22 de mayo a las 21hrs en la Parroquia de Madre Dios de Jerez de la Frontera, sede de la Diócesis, los Seminarios Diocesanos celebrarán la Vigilia de Pentecostés. Siguiendo las correspondientes medidas higiénico-sanitarias, esta celebración será el momento perfecto para orar y profundizar en torno a una tan importante para toda la Iglesia como la Solemnidad de Pentecostés.

Asimismo, como Iglesia Diocesana nos unimos para celebrar la llegada del Espíritu Santo y rezar por las vocaciones de nuestros seminarios, el corazón de la Diócesis, del que saldrán los futuros sacerdotes de nuestra parroquias y templos.

Por último, recordamos que el 23 de mayo D. Federico Mantaras, Administrador Diocesano de Asidonia-Jerez presidirá la Solemnidad de Pentecostés a las 19hrs en la Plaza de Toros junto a la Real Hermandad del Rocío de Jerez. Esta eucaristía podrán seguirla en directo a través de 7 TV y 8 TV.

PINCHA AQUÍ PARA VER EL VÍDEO SOBRE LA VIGILIA DE PENTECOSTÉS

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Ecología Integral Sevilla organiza el I Encuentro digital ´De Roma a mi parroquia´ en la semana Laudato Si

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Ecología Integral Sevilla organiza el I Encuentro digital ´De Roma a mi parroquia´ en la semana Laudato Si

El Grupo Ecología Integral Sevilla organiza el I Encuentro digital ´De Roma a mi parroquia´, este jueves 20 de mayo, como parte de las iniciativas propuestas para la Semana Laudato Si`, que celebra la Iglesia del 16 al 25 de mayo.

El encuentro será a las siete de la tarde y contará con la participación de Tebaldo Vinciguerra, miembro del Área de Ecología y Creación en el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral del Vaticano; Isabel Cuenca, secretaria de Justicia y Paz Sevilla y miembro del grupo de Ecología Integral; Isaac Sánchez y Enrique Belloso.

La sesión podrá seguirse en directo a través de la cuenta en instagram de Ecología Integral @ecologiaintegraljpsevilla

Sobre la Semana Laudato Si

Para celebrar el final del Año Especial de Aniversario de la Laudato Si’, el Papa Francisco invita a los 1.300 millones de católicos del mundo a participar con alegría en la Semana Laudato Si’ 2021, que se celebrará del 16 al 25 de mayo.

La celebración, patrocinada por el Vaticano, reunirá a los católicos para regocijarse con los grandes progresos realizados para llevar Laudato Si’ a la vida y para planificar una acción fuerte de cara a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Biodiversidad (COP15), la 26ª Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP26) y la década que empieza.

El tema de la semana de celebración es «porque sabemos que las cosas pueden cambiar» (Laudato Si’ 13).

El evento coincide con el sexto aniversario (24 de mayo) de la conclusión de la encíclica por parte del Papa Francisco. Laudato Si’ ha animado a las comunidades católicas de todo el mundo a trabajar contra la crisis ecológica y la emergencia climática.

Más información sobre la programa oficial aquí

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“Jesucristo ha venido para enseñarnos a vivir”

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Homilía en la Eucaristía del Sacramento de la Confirmación en la S.I Catedral el 19 de mayo de 2021.

Muy queridos hijos, los que os vais a confirmar:

Cómo le pido al Señor que pudiera transmitiros todo el gozo, toda la alegría, que hay en ser cristiano; todo el tesoro que significa poder vivir de la vida que Jesucristo ha venido para compartir con nosotros. Y, veréis, no es que Él haya venido para enseñarnos unas prácticas o unas cosas, que es lo que llamamos la vida cristiana. Jesucristo ha venido para enseñarnos a vivir, a ser hombres y mujeres capaces de afrontar la vida, no sólo con nuestras capacidades y con nuestras fuerzas, que sirven para lo que sirven, son útiles, son necesarias pero que tienen una utilidad limitada. Limitada para esta vida. Mientras que el don de la vida que el Señor nos ha dado ya al crearnos, nos ha dado una vida que está llamada a cumplirse en Dios.

Hay una frase de san Agustín que lo resume y que resume toda la visión del hombre, del ser humano, tanto hombre como mujer, pero que resume la condición humana en una frase muy sencilla: “Nos hiciste Señor para Ti y nuestro corazón anda inquieto hasta que descanse en Ti”. No es que la vida en Dios, o la vida eterna, sea una vida de descanso que nos resultaría muy aburrido y a veces, cuando nos imaginamos el Cielo lo imaginamos… es una plenitud de vida que no tiene resaca, que no genera fatiga, que no nos cansa, que no nos termina aburriendo, como nos terminan cansando y aburriendo todas las realidades de este mundo. Y siendo una fuente de gozo, pero también de fatiga, de insatisfacción, de inquietud, nuestro corazón está siempre inquieto porque está hecho para Dios. Para el Dios que es Amor. Estamos hechos para un amor que no tenga límites, que no tenga condiciones, infinito en definitiva. Ese amor infinito es Dios que nos ha creado y luego nos ha entregado a Su Hijo, para que Su Hijo nos comunique la vida de hijos de Dios. Eso que San Pablo describía con una frase también muy expresiva y significativa: “La libertad gloriosa de los hijos de Dios”. ¿Qué es esa libertad?, ¿la libertad de hacer lo que nos da la gana? No, porque eso normalmente conduce a la esclavitud con respecto a nuestros instintos, a nuestros movimientos más bajos, a la envidia, al egoísmo, a la violencia de unos con otros. La libertad de los hijos de Dios es la libertad de no depender de las circunstancias. Si queréis, no depender ni siquiera del afecto que me puedan tener o no tener los demás. No depender ni siquiera de la salud, porque la vida está construida sobre una roca que es el amor infinito de Dios, el amor eterno de Dios y nada es ni más grande, ni más poderoso que ese amor.

Ser cristiano es haber encontrado ese amor. Decía el Papa Benedicto XVI en uno de sus primeros textos: “El cristianismo no consiste en una serie de creencias, o en una serie de principios morales”. El cristianismo es haberse encontrado con Jesucristo. El encuentro con Jesucristo nos permite ser nosotros mismos en plenitud. El encuentro con Jesucristo fortalece nuestra persona, enriquece, hace florecer nuestra persona. Nos hace crecer como personas, crecer en nuestra capacidad de comprender la vida, no porque entendamos mejor la estructura del átomo, o porque entendamos mejor las distancias, o las realidades de las galaxias, sino porque entendemos mejor qué es lo que significa vivir y para qué estamos en la vida. Qué es, en definitiva, mucho más importante que todos los otros conocimientos.

Entendemos mejor qué es nuestro bien, qué es el bien de todos y qué es el mal. Entendemos mejor cuál es nuestro destino y nuestra vocación, que no es simplemente triunfar en este mundo y luego envejecer y morir, sino la vida eterna, la vida divina, la vida de Dios. Ese es nuestro destino. Eso es lo que hemos aprendido en Jesucristo. Eso es lo que nos ha dado al entregarSe a nosotros en la Pasión y en la muerte. Sembrando, por así decir, en nuestra tierra Su vida divina, para que pueda florecer en nuestra humanidad.

Pero Jesús no ha venido para enseñarnos unas prácticas, que son las prácticas de los buenos cristianos. Jesús ha venido para enseñarnos a vivir, a ser hombres y mujeres en plenitud, capaces justo de comprender mejor el por qué profundo, el significado profundo de la vida, de ser verdaderamente libres y de ser capaces de amar con un amor más parecido al que Dios nos ama, que es la tarea importante de la vida: aprender a quererse. La más importante. Aprender a querernos como Dios nos quiere a nosotros y de la manera más parecida a como Dios nos quiere a nosotros.

Jesucristo nos dio Su vida y nos dio Su Espíritu en el Calvario, en la cruz, cuando se entregó por entero a nosotros. Y triunfó sobre el pecado y sobre la muerte con Su amor sin límites, con un amor que es más fuerte que la muerte. Y ha dejado Su Espíritu en su Iglesia para comunicárnoslo a nosotros. Ha dejado ese amor Suyo en Su Iglesia para comunicárnoslo a nosotros. Y eso es lo que nos comunican los Sacramentos que son gestos de Jesucristo que Él confía a Su Iglesia a través de los cuales la vida nueva que Jesús nos ha obtenido, una vida de fe, de esperanza, de amor, o si queréis, como yo lo expresaba haciendo referencia a nuestras facultades humanas, conocimiento del significado de la vida, de libertad. Grandiosa la libertad que Cristo nos da, que tiene que ver también con la esperanza y la liberación del miedo, especialmente del miedo a la muerte, y de amor.

A través de los gestos de la Iglesia Jesús nos comunica esa vida y nos la ha comunicado ya en el Bautismo. Pero todos vosotros os bautizasteis cuando erais muy pequeños, porque vuestros padres, con buen sentido, querían que recibierais esa vida desde el primer momento; que pudierais tenerla y crecer ya, por así decir, en el seno de esta familia que es la Iglesia, y teniendo esta vida que es el conocimiento del Señor. Sin embargo, la Iglesia Católica Romana ha querido que se separe del Bautismo este gesto, que es la Confirmación, que es como una segunda firma, como un segundo sello que da el Señor a la Alianza de amor hecha con vosotros. Y lo pone en una edad en la que nosotros somos capaces de darnos cuenta que acoger al Señor en nuestras vidas es un regalo inmenso. Como todos los regalos llevan consigo una responsabilidad, pero yo no voy a insistir en la responsabilidad sino en el regalo. Basta que encuentres un buen amigo y si lo encuentras, lo normal es que tú respondas a esa amistad y tu corazón te pida responder a ella. Y, en cambio, si no encuentras un buen amigo, da lo mismo que te hablen mucho de las obligaciones que uno tiene para con los amigos… a mi me importa que conozcáis a Jesucristo, me importa que tengáis la experiencia del regalo que Jesucristo os hace de Su vida, y la responsabilidad sale casi sola, sin necesidad de que nos la recuerden demasiado. Si uno tiene algo precioso, lo protege, lo cuida. Y tener a Jesucristo es lo más precioso, lo más precioso que podéis tener en la vida, os lo aseguro. Y diréis: ¿para qué me sirve? Bueno, paciencia, lo iréis viendo. Iréis viendo que si uno tiene a Jesucristo, puede uno perderlo todo y no perder la paz, ni siquiera la alegría aun en medio de los dolores más grandes de perder a un padre, a una madre, a un ser querido; en medio de ese dolor puede uno tener la certeza de que nuestro destino no termina con la muerte, que la muerte no tiene la última palabra, nunca. Y no nos separa nunca para siempre.

En realidad, ni siquiera nos separa del todo. Sólo nos separa en un cierto aspecto y, en cambio, puede uno tener el mundo entero, puede uno tenerlo todo y si te falta Jesucristo, si te falta la gracia y el amor a Jesucristo, de que Él es fiel y no te deja, no te abandona, ni deja de quererte, de ser el mejor amigo. Si eso te falta, pues la vida se hace, a veces, muy pesada, casi siempre. Uno termina haciéndose escéptico, cínico y en el fondo fingiendo siempre que está muy contento, pero uno se da cuenta de que en un mundo en el que Dios falta, visiblemente, o la conciencia de la presencia de Dios falta en nosotros y en nuestra sociedad, la alegría verdadera es un bien cada vez más escaso, más ausente de la experiencia humana, hasta de la experiencia de las mismas familias, de los mismos matrimonios.

Por eso os decía yo, Le pido al Señor, con mi pobreza y toda la distancia de edad que hay con vosotros, poder deciros y grabar en vuestro corazón que haber conocido a Jesucristo es el bien más precioso, y que ser cristiano es lo más grande que a uno le puede pasar. Y que tener al Señor es un regalo inmenso que llena la vida de buen gusto, de alegría, de capacidad de darse y de ganas de vivir.

El Señor Se nos da –os decía- en los gestos de los Sacramentos. Y en la Confirmación es Él quien confirma la Alianza de amor que ha hecho con cada uno de vosotros en la cruz. El amor con el que el Señor os ama no proviene de la cruz, no proviene del día del Calvario, del Viernes Santo. Proviene de toda la eternidad. Cuando Dios dice te quiero, cuando Dios nos crea, ha pensado en nosotros desde toda la eternidad. Nos ha amado tal como somos desde toda la eternidad y nos amará para siempre. Nos quiere para siempre. Dios no se cansa. Y eso es lo que en esta tarde, Jesucristo, a través de mis pobres manos y pequeños gestos de la imposición de las manos y de la unción, os va a confirmar. Que Él estará con vosotros para siempre. Que nunca os faltará el Espíritu de Dios, para iluminar vuestro camino, para iluminaros en el camino de la vida, para acompañaros, para que nunca estéis solos, para que sepáis que Jesús está con vosotros; para que podáis llamar a Dios “Padre” y podáis abandonar vuestras vidas en las manos de ese “Padre”, que tiene hasta los cabellos de vuestra cabeza contados.

Vamos, pues, a vivir… Os decía que hemos venido a disfrutar en este momento. Vamos a vivir el Sacramento con sencillez, con gozo, recibiendo el regalo que el Señor nos da y pidiéndoLe que el Espíritu Santo, que os hace hijos de Dios y hermanos de Jesucristo, florezca y fructifique en vuestras vidas de una manera preciosa, para que vuestras vidas sean a su vez un regalo y un testimonio de la belleza de una vida llena de Cristo en medio de este mundo tan necesitado de Jesucristo y de la esperanza, de la alegría que nace de Jesucristo.

Comenzamos, pues, con la profesión de fe que no es la recitación de un ideario. Es algo que le decís al Señor. No me lo decís a mí; ni me lo decís a mí ni a la comunidad cristiana, se lo decís al Señor. Y es un “sí” en el que le decís al Señor que le conocéis, que esperáis de Él lo que sólo podéis esperar de un amor infinito, que es el perdón de los pecados, no de unos poquitos pecados, sino de todos los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Sólo un amor infinito y todopoderoso es capaz de dárnoslo. Entonces, Le decía al Señor: “Yo te conozco, sé que eres Padre de Jesucristo, te he conocido en Jesucristo, conozco el Espíritu de Tu Hijo que voy a recibir, y espero de Ti esos bienes inmensos, que son el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna”.

Y con esa condición pasamos al Sacramento de la Confirmación.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada
19 de mayo de 2021
S.I Catedral de Granada

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Finalizó la Visita Pastoral del Obispo a El Hierro

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La tarde del martes finalizaba la Visita Pastoral que el Obispo ha realizado a la isla de El Hierro. Entre el 8 y el 18 de mayo, el prelado nivariense ha podido acercarse a la vida y realidad pastoral de la isla del meridiano. En este sentido, celebró la eucaristía en las 8 parroquias existentes, en una de las cuales presidió la Misa de la llamada Primera Comunión, pudo encontrarse y dialogar con los agentes de pastoral, enfermos, responsables públicos, madres y padres, alumnos de Enseñanza Religiosa, sanitarios, personas mayores, personal de la Salvamar, catequizandos, y con cuantos quisieron participar en las distintas iniciativas planteadas.

La Visita fue preparada por el clero con servicio en la Isla y el consejo arciprestal. Fue precedida de un informe presentado al obispo y a la vicaría general con los datos actualizados de la vida socio-pastoral de los lugares en los que posteriormente se hace presente el pastor diocesano. Bernardo Álvarez ha mostrado su satisfacción por la oportunidad de pasar un tiempo más largo y reposado con las personas acompañando el devenir de la iglesia que vive y peregrina en la isla del meridiano.

La última Visita Pastoral la había realizado Bernardo Álvarez en 2013.

La iniciativa constituye una oportunidad para reanimar y, si es necesario, revitalizar las energías de las personas corresponsables en la obra evangelizadora de la Iglesia en sus distintos campos de acción. Es una oportunidad para agradecerles el trabajo y, también, para animarlos y consolarlos ante las dificultades y obstáculos. Asimismo, es una oportunidad para examinar el funcionamiento y la eficiencia de las iniciativas destinadas al servicio pastoral.

En suma,  se trata de  una acción apostólica que el obispo debe cumplir animado por la caridad pastoral, que lo presenta como principio y fundamento visible de la unidad y la comunión en la Iglesia particular. Para las comunidades e instituciones que la reciben, la visita ha de ser un evento de gracia y alegría que trata de hacer cercana la presencia de Jesucristo, el buen pastor.

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