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Don Amadeo imparte el Sacramento de la Confirmación a 18 adolescentes y jóvenes en la parroquia de San Eufrasio de Jaén

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El Obispo, Don Amadeo Rodríguez Magro, ha impartido el Sacramento de la Confirmación a 18 adolescentes y jóvenes en la parroquia de San Eufrasio de Jaén. Muchos de estos llevaban tiempo esperando, pues la situación provocada por la pandemia hizo que se retrasara la celebración hasta en dos ocasiones.

Quienes han podido participar en la Eucaristía, con aforo limitado por las medidas sanitarias y las dimensiones del templo, han escuchado con atención las palabras de Don Amadeo, en un tono directo y cálido. Comenzó con un recuerdo para las abuelas destacando su importante papel en la familia como trasmisoras de la fe. Después refiriéndose al don del Espíritu que abrían de recibir los confirmandos afirmó que “es quien guía la vida de la Iglesia, quien la sostiene quien la alimenta y fortalece la fe de los cristianos”, y les dijo: “que el sacramento es una acogida personal interior e íntima en la vida, en el corazón de cada uno de nosotros del Espíritu Santo, que hace morada en nosotros para vivir, acompañarnos en todo, en lo bueno y en lo malo”.

A continuación, recordando el don del Bautismo recibido, se refirió al don precioso de la vida, que hay que cuidar y respetar “siempre, siempre, siempre… En el bautizo Dios nos dio cariño protección para la vida, Dios no se puede negar así mismo, aunque haya personas que no quieran a Dios, Él nos quiere siempre”.

Finalmente señaló cómo el Espíritu Santo nos compromete a vivir según Cristo y su Evangelio, y con vocación de santidad: “El sacramento de la confirmación recibimos al Espíritu Santo que nos acompañará el resto de nuestra vida, y nos da fuerza, nos ilumina, está siempre en nosotros ayudándonos a vivir, nos enseña a vivir, y nos ayuda a buscar en la vida lo más noble, los más justo, lo más digno, lo más bello; en definitiva, lo más santo. Pero para eso tenemos que abrir nuestro corazón no sólo hoy sino siempre. Él nos marcará el camino de la vida para ser santos, porque al final tu vocación será según el querer de Dios intentando cumplir la voluntad de Dios. Debemos apoyarnos en el Espíritu Santo para guiar nuestra vida en el bien, procurando el bien de los demás, trabajando cada uno de nosotros por un mundo mejor, más justo…, es tarea de todos, pero especialísima de los cristianos”.

Concluyó sus palabras invocando la intercesión del Santísima Virgen María, bajo su advocación de la Medalla Milagrosa, de San Eufrasio, patrono de la Diócesis, y san Félix de Cantalicio, cuya tradicional fiesta se celebró el día 18, animando a imitar su ejemplo de solicitud por los pobres y los últimos.

Una joven en nombre del todos los confirmados, dijo una oración de acción de gracias. Finalmente, el párroco, D. Rogelio Garrido, en nombre de los que recibieron el Sacramento de la Confirmación y de toda la Comunidad, agradeció al Obispo su gesto de visitar esta parroquia en un año especial por la celebración prolongada del 50 aniversario de su creación; viene como sucesor de los apóstoles y del primer evangelizador en nuestra tierra, el Obispo San Eufrasio, viene como Pastor de la Diócesis, cercano a sus fieles; al mismo tiempo manifestó la cercanía y adhesión de la toda Comunidad a su Obispo, destacando cómo su innegable y activa labor en Jaén, que nos ha puesto en constante dinamismo misionero, nos animaba también a nosotros a anunciar al Barrio de La Alcantarilla y sus alrededores la Buena Noticia de Jesucristo.

El Obispo Don Amadeo despidió la asamblea tras exhortar a ser “parroquia en salida, como nos pide el Papa Francisco”, y animó a los recién confirmados a formar el grupo “Kairós”, al igual que a fortalecer los distintos ámbitos de la vida parroquial, como la pastoral matrimonial, y la atención a los mayores y los débiles.

Parroquia de San Eufrasio de Jaén

Galería fotográfica: «Confirmaciones en la parroquia de San Eufrasio»

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El obispo visitó a los alumnos de los cursos de cocina y jardinería que imparte Cáritas en Guadix

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El obispo visitó a los alumnos de los cursos de cocina y jardinería que imparte Cáritas en Guadix

El obispo de Guadix, D. Francisco Jesús Orozco, ha visitado los dos cursos de formación que Cáritas diocesana está impartiendo actualmente en la ciudad accitana. La visita tuvo lugar el miércoles 19 de mayo, en las instalaciones del Centro Diocesano de Espiritualidad, donde los alumnos pueden hacer sus trabajos prácticos.

Los cursos que Cáritas Diocesana de Guadix está impartiendo en la ciudad son dos: uno de “Operaciones Básicas de Cocina” y otro de “Instalación y mantenimiento de jardines y zonas verdes”. Los alumnos utilizan las instalaciones del Centro Diocesano de Espiritualidad para su formación, las cocinas y los jardines, donde realizan las prácticas, tan necesarias para este tipo de cursos. El obispo compartió tiempo y experiencias con los alumnos y con el profesorado.

Además de estos dos cursos que se realizan en Guadix Cáritas imparte otro en la ciudad de Baza, de “Operaciones Básicas de Restaurante y Bar: Camareros”.

En cada uno de los cursos hay 10 alumnos, un número que ha tenido que ser más reducido de lo habitual por culpa de la pandemia. Han tenido clases en el Centro de Formación que Cáritas tiene en la ciudad y ahora realizan las prácticas en el Centro Diocesano de Espiritualidad. Cada curso tiene una duración de 370 horas y cuentan con la financiación del Fondo Social Europeo.

Los alumnos reciben una formación integral, pues además se les imparten cinco módulos adicionales: Derechos y deberes del trabajador, Medioambiente, Igualdad, Prevención de Riesgos Laborales y Alfabetización digital.

Además, desde Cáritas Diocesana de Guadix-Baza se sigue trabajando con los desempleados que no participan en estos cursos, a través de diversas actividades informativas, orientativas y formativas, dentro del Proyecto de “Itinerarios de Inserción Socio Laboral”; acompañando a los desempleados jóvenes y desempleados de larga duración, durante todo el proceso de adquisición de habilidades básicas para la consecución de un empleo, así como en su reciclaje profesional que les permita volver al mercado laboral.

Antonio Gómez

Caritas curso de formación obispo 2

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Campaña a favor de la matriculación en la clase de Religión Católica

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Campaña a favor de la matriculación en la clase de Religión Católica

Cada año, por estas fechas, es el momento de hacer las matrículas de los hijos de cara al próximo curso escolar. Y también es, por tanto, el momento en el que los padres que quieran que sus hijos cursen la asignatura de Religión, les hagan la matrícula en esta asignatura para que puedan recibirla el curso que viene. Para recordar todo esto, la delegación de Enseñanza, de la diócesis de Guadix, ha iniciado la campaña “Para aprender a cuidar. Apúntate a clase de Religión Católica”. Esta campaña se realiza junto a las demás delegaciones de Enseñanza de las diócesis de Andalucía.

La delegada de Enseñanza, Ana Caba, ha expresado que “este año la campaña se realiza con especial insistencia debido al posible cambio normativo que se avecina. La campaña anima a los padres a hacer uso del derecho que tienen a que sus hijos reciban la formación religiosa y moral católica en la escuela, según sus convicciones”.
Para animar a los padres a matricular a sus hijos en la asignatura de Religión, y para concienciar a los chicos y chicas, se ha editado un cartel dibujado por Fano, que recoge muy bien el sentido y el significado que tiene la asignatura de Religión en la educación escolar y en las circunstancias actuales de covid’19: educar es también aprender a cuidar el planeta, a nosotros mismos, a nuestras familias y a los que más sufren.
Además, se ha publicado una canción, creada por Unai Quirós, para la ocasión.
Las fechas de matriculación en los centros de enseñanza serán posiblemente:
– Infantil/Primaria: Primera semana de junio de 2021.
– Secundaria/Bachillerato: Primera semana de julio de 2021.
Finalmente, se ha creado un “#hashtag” que anime y potencie esta campaña en las redes sociales: #RELIenelSUR.
Antonio Gómez

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Pentecostés. Ven, dulce huésped del alma

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Celebramos este domingo la gran fiesta de Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo, que fue enviado en este día para renovar la faz de la tierra, renovando todos los corazones.

El Espíritu Santo, tercera persona de Dios Trinidad, es el amor que une al Padre y al Hijo. En la historia ya se cernía sobre las aguas en el comienzo de la creación. Ese Espíritu es el que ha convertido el caos inicial en cosmos, es decir, el desorden más absoluto lo ha convertido en la más preciosa armonía sinfónica de Dios en la creación. Es el Espíritu que ha alentado a los profetas, a los jueces, a los reyes en la esperanza del Mesías, el que venía a salvar al mundo y que había de ser ungido por ese mismo Espíritu Santo. Así se presenta Jesucristo, como el Ungido de Dios, el Ungido por el Espíritu Santo.

Este Espíritu Santo ha generado en el seno de María virgen la unión del Verbo con la carne humana, ha conducido la vida de Jesús, llevándolo al desierto para vencer al demonio, ha inspirado las palabras de Jesús, le ha dado el poder de los milagros, lo ha impulsado a entregar la vida en la Cruz y lo ha resucitado de entre los muertos. Ascendido a los cielos, Jesús nos ha prometido y nos ha enviado el Espíritu Santo. El día de Pentecostés ese Espíritu Santo ha venido sobre los apóstoles, reunidos en oración con María.

La Iglesia ha recorrido los caminos del Espíritu, en su nacimiento y en su despliegue misionero. El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia, la va conduciendo a la verdad plena, como prometió Jesús, la consuela y la fortalece en medio de las tribulaciones del mundo, va configurando a cada uno de sus hijos, según el modelo de Cristo. Los que se dejan mover por el Espíritu, ésos son hijos de Dios y herederos del cielo.

La fiesta de Pentecostés es el fruto maduro de la Pascua. Ven, Espíritu Santo, y renuévalo todo con tu amor. Es el Espíritu Santo el que ha sido derramado en nuestros corazones para que experimentemos que somos hijos de Dios y hermanos de todos los hombres. Él es el autor de nuestra vida espiritual, nuestra vida según el Espíritu. Nos va haciendo parecidos a Jesús, infunde en nosotros sus virtudes y su estilo. El Espíritu Santo nos llena de esperanza y de alegría. Nos hace vivir en gracia de Dios, es decir, en la amistad de Dios, que Cristo nos ha alcanzado por su redención. Las virtudes las alienta el Espíritu en nuestros corazones. Y los dones del Espíritu Santo vienen a perfeccionar todo el organismo espiritual de nuestras vidas. La fiesta de Pentecostés quiere darnos los frutos abundantes del Espíritu: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad (Gal 5, 22-23).

En este gran día de Pentecostés celebramos el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar. Tuvo origen en Pentecostés la misión de los hijos de la Iglesia, y particularmente de los laicos, para llevar al mundo entero la savia nueva del Evangelio. Este año el lema dice: “Los sueños se construyen juntos”, tomando referencia de la encíclica Fratelli tutti: “Nadie puede pelear la vida aisladamente. (…) Se necesita una comunidad que nos sostenga, que nos ayude y en la que nos ayudemos unos a otros a mirar hacia delante. ¡Qué importante es soñar juntos!” (n. 8).

Que el Espíritu Santo rompa nuestras cadenas, disipe nuestros miedos, nos abra a la esperanza de una santidad plena y de un mundo nuevo. No es una utopía, es una realidad que ya ha acontecido en Jesús y que él extiende a todos sus discípulos. La fiesta de Pentecostés es fiesta de Iglesia, de comunidad, de apostolado, de renovación profunda de nuestra vida personal y comunitaria. Dejemos que el Espíritu non inunde con su amor, y así renovará todas las cosas.

 

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

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Conferencia de monseñor Demetrio Fernández en Astorga

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Ha participado en el ciclo organizado con motivo de la beatificación de tres venerables siervas de Dios

El obispo de Córdoba ha participado en el ciclo que la diócesis de Astorga ha organizado con motivo de la beatificación de las tres enfermeras mártires Mª Pilar Gullón Yturriaga, Octavia Iglesias Blanco y Olga Pérez-Monteserín Núñez con una conferencia titulada “El valor del testimonio y del martirio hoy”. El prelado se mostró “admirador y devoto” de las tres siervas de Dios ya que le ha tocado ser ponente de su Causa delante del turno correspondiente como miembro de la Congregación para las Causas de los Santos. Monseñor Demetrio Fernández reconoció que le impresionó mucho el testimonio de las tres mártires de Astorga cuando estudió en profundidad la Causa de Beatificación.

Mª Pilar Gullón Yturriaga, Octavia Iglesias Blanco y Olga Pérez-Monteserín Núñez fueron asesinadas el 28 de octubre de 1936 en Pola de Somiedo, Asturias, después de estar diez días atendiendo enfermos en un hospital del bando nacional en la Guerra Civil Española. El Papa Francisco las reconoció venerables el 11 de junio de 2019 y la ceremonia de beatificación tendrá lugar el próximo 29 de mayo en la catedral de Astorga.

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Vicente Pablo Ortells, director de Cáritas Diocesana de Cádiz, recibe el alta médica tras cuatro meses de hospitalización por coronavirus

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Vicente Pablo Ortells fue diagnosticado de coronavirus el pasado mes de enero. Tras varios días confinado en su domicilio particular y, a causa de su empeoramiento, aquejado de una neumonía bilateral, tuvo que ser ingresado en la Clínica de San Rafael de Cádiz hasta el día de hoy que ha recibido el alta.

A las dos semanas de su ingreso fue preciso trasladarlo a la Unidad de Cuidados Intensivos de la referida clínica por su nuevo empeoramiento, teniendo que ser inducido al coma. Su situación era especialmente grave por haber sido, tres meses antes, intervenido de una operación a corazón abierto de la que ya se estaba recuperando. El trabajo delicado de vigilancia del personal sanitario, tanto de la UCI como de planta, durante las 24h del día, registrando cualquier dato, valor o reacción del paciente que le proporcionara información sobre su estado de salud y su fortaleza, ha contribuido notablemente a su recuperación. Recuperadas sus funciones pulmonares fue trasladado de la UCI a planta y un mes después ha recibido el alta.

Su familia refiere que ha luchado en todo momento sostenido por la fuerza de la fe y ha sido un gran ejemplo de superación para todos. Tanto Vicente Ortells como su familia dicen que «ha sido un milagro». Muchas personas, preocupadas por él, se han unido en oración por su recuperación tanto en España como fuera de ella. Ahora, una vez de vuelta a casa, queda un período de recuperación con tratamiento fisioterapéutico y deporte, para recuperar la parte física que, con la atención de su familia y su fuerza de voluntad, estamos seguros que pronto lo superará totalmente y volverá a ser el mismo.

Vicente P. Ortells Polo, capitán de Navío, natural de La Coruña, es muy conocido en la vida civil de nuestra provincia y diócesis ya que su trayectoria en la Armada ha estado casi siempre ligada a Cádiz. De hecho ha ejercido como subdelegado de Defensa en Cádiz y delegado de Historia y Cultura Naval y Conservador del Museo Naval en San Fernando.

Cuando fue nombrado director de Cáritas Diocesana en enero de 2020, Monseñor Zornoza Boy, obispo diocesano, le deseó que fuera un buen timonel en esta travesía, no fácil seguramente, que le había sido encomendada. No imaginaba que le tocaría enfrentarse a la pandemia sanitaria y social que hemos vivido y que además él ha vivido en primera persona sin dejar de estar preocupado por la salud de sus compañeros voluntarios de Cáritas.

Su familia quiere expresar su más sincero agradecimiento a Don José Manuel Pascual, Doña Maribel Lucero y al doctor Adolfo Bolea, así como a todos los médicos internistas e intensivistas, enfermeras, auxiliares, celadores y personal de limpieza por su enorme profesionalidad, la atención recibida, su cariño y comprensión. Así como familia, amigos, miembros de Cáritas, conocidos y desconocidos que en todo momento han estado a su lado y unidos en la oración.

Desde su familia de Cáritas Diocesana de Cádiz, le deseamos una pronta y total recuperación para poder volver a compartir con él nuestra labor a favor de los más pobres y excluidos.

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Visita Pastoral a la parroquia de Nuestra Señora de la Encarnación (Comares)

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Homilía de Mons. Jesús Catalá durante la Misa con motivo de la Visita Pastoral a la parroquia de Nuestra Señora de la Encarnación de Comares celebrada el 20 de mayo de 2021

VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA DE NUESTRA SEÑORA DE LA ENCARNACIÓN

(Comares, 20 mayo 2021)

Lecturas: Hch 22, 30; 23, 6-11; Sal 15, 1-2.5.7-11; Jn 17, 20-26.

(Tiempo Pascual – VII –B)

1.- Hemos escuchado el texto del libro de los Hechos en el que aparece Pablo ante el Sanedrín. El Sanedrín era la autoridad máxima en cada uno de los pueblos, como hoy sería el ayuntamiento. Tenía la autoridad civil y política.

Pablo, que era fariseo y, por tanto, tenía una fe estricta de sus antepasados, sabía que en ese grupo de autoridades tenían diferentes maneras de pensar, había dos grupos distintos: unos pensaban y aceptaban que podía haber resurrección, e incluso, apariciones de ángeles, este grupo eran los fariseos; y, los otros, los saduceos, que no querían saber nada de esto.

2.- Pablo sabe que lo juzgan por ser cristiano, por creer que Jesús había resucitado, que es el núcleo de su anuncio. Al llegar ante el Sanedrín desde la cárcel, dice: «Me juzgáis porque creo en la resurrección de los muertos» (cf. Hch 23, 6). Al oír esto se armó un gran revuelo porque unos estaban de acuerdo con él y el otro grupo estaba en contra. Al final, las autoridades tuvieron que sacarle para que no hubiera más contratiempos (cf. Hch 23, 10).

Fijaros cómo Pablo sabe aprovechar quién es su interlocutor para hablar de lo que él quiere. Si él conoce que hay un grupo que cree en la resurrección, pues habla de Jesús resucitado. El que no cree es problema suyo.

3.- Si recordáis, en otro pasaje de Pablo, en el Areópago de Atenas, es decir, en la plaza pública, en el lugar más concurrido donde todos acudían a vender sus productos, incluso allí acudían los filósofos y los que tenían teorías políticas y de todo tipo a exponer sus teorías; pues, en ese lugar Pablo pasa por distintos puestos y ve que hay una inscripción que dice: «Al Dios desconocido» (Hch 17, 23a). Los griegos, que eran religiosos, adoraban a distintos dioses, e incluso, habían puesto una especie de altar dedicado a un dios desconocido. Es decir, adoraban a los dioses que conocían y, por si acaso, por si había otro que existía pero que ellos desconocían, también lo adoraban.

Pablo al pasar por allí y ver ese templete con esa inscripción dice: «Vengo a hablaros de ese Dios que no conocéis» (cf. 17, 23b). Y aprovecha la cultura suya para explicarles la resurrección y presentarles al Dios cristiano. Allí ocurre lo mismo que ante el Sanedrín, le escuchan, habla de Jesús que muere en la cruz y que resucita al tercer día.

Cuando los griegos escuchan que les habla de la resurrección de un tal Jesús que ha muerto en la cruz, algunos le dicen que para escuchar la resurrección de los muertos ya le oirán otro día (cf. Hch 17, 32), porque no creían.

4.- El núcleo más importante de la predicación pública de Pablo es muy sencillo, es el kerigma: «Cristo ha muerto y ha resucitado», porque si no ha resucitado nuestra fe no tiene sentido. Si no hay resurrección de los muertos para qué vivir como vivimos. Ese es el núcleo. Y Pablo predica esto en cualquier contexto: ante el Sanedrín, en el Ágora, en la plaza pública, donde sea.

Ese es un ejemplo que nos ayuda a nosotros a ser avispados como Pablo y testigos como él: hablar de Jesús resucitado donde sea, en casa, en el trabajo, entre los amigos, donde sea.

5.- Esa es la gran noticia: Jesús ha muerto en la cruz, pero ha resucitado y estamos llamados a resucitar con Él. Eso es lo que quiere el Señor que prediquemos, hablemos, demos testimonio fuera. Yo os invito a dar ese testimonio.

La noche siguiente a la presencia de Pablo en el Sanedrín, el Señor se le apareció y le dijo: «¡Ánimo! Lo mismo que has dado testimonio en Jerusalén de lo que a mí se refiere, tienes que darlo en Roma» (Hch 23, 11). Pablo va encadenado de Jerusalén a Roma y en Roma sigue danto testimonio de lo mismo.

Estemos dónde estemos, en Comares, en Vélez, en Nerja, en Málaga, en Madrid o en París, somos cristianos, estemos donde estemos. Lo mismo que dais testimonio en Comares dadlo donde estéis.

6.- El texto del evangelio de hoy nos presenta la oración llamada «la oración sacerdotal de Jesús», que suele leerse el Jueves Santo por la noche, después de la misa, en las Horas Santas. Es una oración preciosa que Jesús hace con sus discípulos después de la Última Cena.

Fijaros lo hermoso de esta oración de Jesús que dice: «No solo por ellos ruego, –por los apóstoles, por los discípulos–, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos» (Jn 17, 20). ¡Esos somos nosotros!

¿Os habéis percatado que Jesús ha rezado por cada uno de nosotros? Jesús ha rezado al Padre por ti, por cada uno de nosotros: «ruego por los que creerán en mí a través de la palabra de los apóstoles». Nosotros creemos en Él a través de la palabra de los apóstoles. Jesús ha rezado por nosotros para que seamos fieles a Él. ¡Esto es una maravilla!

7.- ¿Cuál es el objetivo según esta oración de Jesús? «Para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros» (Jn 17, 21). Somos uno en Jesús y el Padre. ¿Nuestra comunidad parroquial, nuestro pueblo, nuestra ciudad vive realmente esa unidad de hermanos o tendríamos que pulir algunas cosas de tensiones, de comentarios, de no hablarse entre familias…?

Para que seamos uno como Jesús, el Padre y el Espíritu son uno. Eso es lo que reza Jesús por nosotros, para que seamos uno.

El objetivo de este ser uno, de la unidad, es: «para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21), para que el mundo sepa que Jesús es Hijo de Dios.

Si nuestra unión es una verdadera comunión en unidad con el Señor, con eso ya estamos dando un testimonio hacia los demás, hacia fuera. Con eso ayudamos a que los demás crean. Pero si nos ven divididos, metiendo cizaña, hablando mal unos de otros, dirán que para qué ser cristianos si somos iguales al del mundo.

Las lecturas son muy sabrosas porque son Palabra de Dios y nos ayudan a descubrir las cosas que el Señor nos pide.

8.- Hay otra idea en este evangelio es el tema del “Nombre de Jesús”. Hoy es san Bernardino de Siena, sacerdote que propagó y vivió en sí mismo la importancia del nombre de Jesús, porque se refería a la persona de Jesús.

Fijaros lo que dice Jesús a su Padre en la oración: «Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos» (Jn 17, 26).

¿Qué decimos al principio de rezar el Padrenuestro? Padre nuestro que estás en los cielos… (Continúan los fieles: santificado sea tu nombre). El nombre es la persona; seas santificado tú como persona. Si decimos: «santificado sea tu nombre» queremos alabar tu nombre, es decir, tú persona.

9.- En el caso de Jesús, cuyo nombre se lo pusieron sus padres, María y José cuando fueron a circuncidarlo le pusieron por nombre Jesús, que es como le había dicho el ángel a María (cf. Lc 1, 31). Jesús significa «Dios salva». Jesús es lo mismo que Salvador; Yeshua es «Dios salva».

Todo tiene una coherencia. Cuando recéis el Padrenuestro y digáis: «Santificado sea tu nombre», acordaos del nombre de Jesús. Acordaos que el nombre indica la persona. Nosotros hemos de dar a conocer su nombre a las naciones. Es decir, hemos de dar a conocer al Salvador o a Jesús como el salvador de los hombres. Eso es lo que nos pide el Señor.

10.- Estamos haciendo la Visita pastoral a esta comunidad parroquial de Comares en la que hemos dicho en el diálogo anterior que hemos de revisar cómo va nuestra vida, cómo celebramos nuestra fe, cómo nos formamos mejor y cómo somos buenos testigos, valientes testigos fuera.

Os felicito por mantener la fe en Comares, que no se apague. La recibisteis de vuestros antepasados y debéis transmitirla a las nuevas generaciones, a los jóvenes. No se puede apagar la fe en una comunidad como esta.

Es cierto que la población puede descender, que hay menos gente que habitualmente viene a misa o que expresa su fe de forma externa; pero hemos de promover la fe, sino se irá apagando como el fuego, que si no se reaviva se apaga y se convierte en cenizas. Procurad reavivar esa llama del amor, de la fe, de la esperanza cristiana. Eso es lo que deseo en este encuentro de Visita pastoral.

11.- Deseo felicitaros por la fe que vivís y animaros a vivirla cada día con mayor profundidad, con más alegría. Si la gente supiera la verdad de lo que es ser cristiano, de lo que es la Iglesia, se darían codazos para entrar en los templos. La pena es que ven lo más externo, ven nuestros fallos y debilidades que tenemos, pero se quedan con eso superficial. Lo más interno, lo más hermoso es la experiencia de amor.

Me gusta comparar la fe con el amor. El que vive una experiencia de amor, ya sea entre esposos, entre padres e hijos, o entre dos recién enamorados, ahí cambia la vida. El que lo ve desde fuera esa relación puede pensar: «¡Vaya dos “tortolitos”!». El que lo vive desde dentro no lo ve así. Imagino que todos habréis tenido experiencia de ese amor. ¿Qué es lo más importante? Lo que vivís dentro de vuestro corazón, que es lo que da sentido a vuestra vida y lo que da fuerza a la vida.

Le pedimos al Señor en esta eucaristía, por intercesión de la Virgen, vuestra titular, Nuestra Señora de la Encarnación, y también hoy por intercesión de san Bernardino, que nos ayuden a vivir mejor la fe con alegría, con gozo y a ser buenos testigos de la misma. Que así sea.

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Arciprestazgo Sur: Vigilia arciprestal de Pentecostés en el Templo Ecuménico (Maspalomas) el viernes, 21 de mayo de 2021 a las 20:30 h

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Pentecostes sur 21

Vigilia arciprestal de Pentecostés 2021 – Arciprestazgo Sur

Pentecostes sur 21

En el Templo Ecuménico El Salvador (Maspalomas), el viernes, 21 de mayo a las 20:30 h
Se podrá seguir en directo por los medios digitales.

 

Interparroquias Tarmo
Arciprestazgo Sur 

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El arciprestazgo de la Victoria peregrina al santuario de la patrona de la diócesis

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Con motivo del mes de mayo, como es tradición, las parroquias del arciprestazgo de Ntra. Sra. de la Victoria han celebrado la eucaristía en la basílica santuario de la patrona de nuestra diócesis, Santa María de la Victoria. A lo largo del mes de mayo, diferentes colectivos y comunidades cristianas están participado de esta tradición que supone visitar a la patrona de Málaga.

En la Eucaristía en la que han participado numerosos fieles y concelebrada por diferentes párrocos, el arcipreste Eddie Sunsin, ha destacado la necesidad de participar de la Eucaristía como fuente y espacio de unidad.  Así mismo, ha señalado que es necesario cuidar y cultivar devoción a la Madre de Dios, bajo la advocación de la Vicoria, para crecer como cristianos.

Desde la cuenta de Twitter de la Hermandad de Santa María de la Victoria @StaMVictoriaMLG se está dando cumplida cuenta del discurrir de este mes de mayo en el Santuario y de las diferentes celebraciones y encuentros que están celebrando entorno a la figura de la patrona de la diócesis malacitana.

LA VIRGEN DE LA VICTORIA

La imagen de Santa María de la Victoria es una tipología de imagen mariana de las denominadas «Theothocos» (Madre de Dios) o «Kiriotissa» (Trono de Dios), cuyo origen se encuentra en el Concilio de Éfeso de 431, extendiéndose el culto a la Madre de Jesús gracias a la figura de San Bernardo y la orden del Císter desde el siglo X. Dicha imagen está realizada en madera policromada y estofada, de autor anónimo. Existen algunos estudios que le atribuyen diferentes autores.

Por un lado se le hace referencia al origen alemán o austriaco, un regalo de Maximiliano I de Habsburgo a sus consuegros los Reyes Católicos; por otro lado, la consideran como imagen del círculo del escultor sevillano Pedro Millán, Juan de Figueroa o Jorge Fernández ‘El Alemán’, siendo realizada a finales del siglo XV al albur de la conquista de Málaga, en el año 1487. Se encuentra sentada en una rosa como un «Trono de Sabiduría», tiene en su semblante un carácter mayestático, bastante cercana a los postulados artísticos de las Vírgenes tardo – góticas, y de raigambre flamenca pero realizadas en España en la Edad Moderna. En cuanto a los ropajes de la Santísima Virgen, el estofado es la técnica principal de dichos aditamentos dotando a la imagen de una gracia en el vestir con la inclusión de elementos florales en la túnica o el manto.

La imagen del Niño Jesús es obra del escultor Adrián Risueño Gallardo, realizada en 1943 realizada para la Coronación de Santa María de la Victoria, que sustituía a la anterior del siglo XIX. Tras la llegada de Santa María de la Victoria en 1487 fue considerada como patrona de la ciudad de Málaga.

Un Decreto Apostólico de Pío IX incluía la disposición de que en cada diócesis se dispusiese solo de un patrón principal, designado en este caso desde la Santa Sede. Por lo tanto, el entonces Obispo de la diócesis, Don Juan Nepomuceno Cascallana y Ordóñez, solicitó a la Santa Sede el deseo de que Santa María de la Victoria fuese declarada como Patrona principal de Málaga y su Diócesis.

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Tierras del Espíritu Santo, un retrato de la tercera persona de la Santísima Trinidad

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La religiosa del Sagrado Corazón de Jesús Mariola López Villanueva reflexiona sobre el Espíritu Santo en vísperas de la fiesta de Pentecostés

Tierras del Espíritu

Mariola LÓPEZ VILLANUEVA, RSCJ

«Nos aguardan aspectos de la plenitud que apenas sospechamos» (1)

 Recibo un poema de Benedetti cuando estoy intentando escribir sobre el Espíritu. De pronto se me confirma, una vez más, que sólo la poesía puede presentir algo de aquello que, experimentándolo, no acabamos de saber nombrar porque se sitúa más allá de la tierra de las palabras. Hildegard von Bingen llamaba al Espíritu «vida de la vida de toda criatura». ¿Es acaso posible decir algo de aquello que está en nuestra raíz más honda, en el crecimiento de la más mínima célula y de su savia, y que es, a la vez, el impulso de la copa de nuestro árbol que aún desconocemos?

 De Jesús y del Padre se hacen muchas representaciones; con el Espíritu, más que hablar de él, invocamos la relación con él: «ven». Invitamos a venir a Aquel que está ya, al Hacedor de las transformaciones, al Posibilitador de toda relación; al Acrecentador de la vida. Me invitan a realizar un retrato sobre el Espíritu; difícil tarea, porque ¿cómo pintar al que es, en sí mismo, el Artífice secreto de todos los colores y texturas de la vida; de la belleza que conocemos y de la que aún nos aguarda?  

 Dice un proverbio africano: «todo lo que vive tiene un alma». De esa alma del mundo se trata, y ahí sólo podemos hacer aproximaciones, acercamientos, vislumbres. Reconocemos al Espíritu por los efectos que provoca: nos golpea y clama en el sufrimiento de los inocentes, en todas las manifestaciones que maltratan la vida, allí donde no se respeta la dignidad y el valor de las criaturas. Nos alcanza en el sabor fresco de un rostro, en la tonalidad de una voz, en una caricia de la naturaleza; sin saber de dónde viene ni poder prever adónde irá. El lenguaje que más nos acerca a su expresión es el poético, y de esto algo sabían los profetas, sobre todo Isaías. Por eso, voy a tomar de guía el poema de Mario Benedetti, «No te rindas», que me envía una amiga en esta tarde de Pentecostés en que ando, como Nicodemo, un poco perdida. Quisiera acercarme así a tantas personas que hacen experiencia de la vida en el Espíritu, que lo nombran y lo alumbran en múltiples registros alejados del ámbito explícitamente religioso y que beben de él, viven de él, sin saberlo. Que tienen abierta la mirada y que son para aquellos que se acercan motivo de contento y de sanación. Hombres y mujeres que aportan al tejido de la existencia humana un don único, un matiz de color y de calor con su presencia, que a veces es desconocido aun para ellos. También quisiera, en la Ligera Brisa, situarme junto a aquellos que atraviesan momentos de desánimo, de tristeza, de tocar fondo. Y poder escuchar allí adentro esa voz que no cesa: «no te rindas… aún hay fuego en tu alma».

1. No te rindas, aún estás a tiempo de alcanzar y comenzar de nuevo, aceptar tus sombras,  enterrar tus miedos, liberar el lastre,  retomar el vuelo.

          Cuando Jesús habla más abiertamente del Espíritu, después de decirle a Nicodemo que tiene que nacer de él para entrar en el Reino (Jn 3,5), es en el momento de su despedida. El evangelio de Juan nos muestra la vida interior de Jesús, aquella capacidad que le llevaba a amar lo no amable, a incluir a los que eran dejados fuera, a reconocer las huellas de Dios en lo humano. Nunca se atribuye a sí mismo ese poder sanador y generador de vida; lo recibe de Otro, y va a ser al final cuando lo dé a conocer: «pediré al Padre que os envíe otro Valedor que esté con vosotros siempre» (Jn 14,16). Como nuestra Maestra (o Maestro) Interior, que nos enseñará a dejarnos conducir hacia la bondad, hacia la donación, hacia la reconciliación y la alegría. El nombre que Jesús le da es el de Paráclito (en griego: el que mira por nosotros, el que defiende, el que auxilia, el que infunde ánimo, el que alienta; el que otorga valor y da confianza. El que nos susurra al oído: «no te rindas, aún estás a tiempo».

 En muchas situaciones de nuestra vida necesitamos oír esa voz cuando no sabemos cómo aceptar las sombras y las voces del miedo que se van agrandando dentro de nosotros. Creo que al principio de la vida piensa una que hay cosas que van a cambiar, que aquello que más nos molesta en nosotros podremos quitarlo con esfuerzo, con voluntad. Tapar lo que afea nuestra persona, esconder la cizaña, acallar los impulsos agresivos, como si una pudiera modelar su presencia, como hacen con el cuerpo, a golpe de bisturí, cortar y succionar aquello que sobra. También en la historia querríamos actuar de la misma manera. Pero no va por ahí la tarea del Espíritu. A él le gusta reunir, integrar, conciliar. Llevarnos a un lugar interior, a un centro de calma, donde todo tiene su lugar, donde todo encuentra su sitio. 

 Cuando el Espíritu está sobre un rostro, entonces el lobo y el cordero que habitan en su interior pueden estar increíblemente juntos y pacificados (Is 1,6). Sin dejar de ser lo que son, pueden convivir y acogerse en su diferencia. El uno contiene al otro, porque ambos forman parte de nuestro tejido humano y de su misterio. Dice el evangelio de Marcos que Jesús en el desierto convivía con las fieras (Mc 1,11), con aquello a lo que tenemos miedo porque lo sentimos como amenaza, con aquello de lo que nos alejamos y nos defendemos. El mismo Espíritu le había impulsado al desierto para enfrentar sus fieras interiores y para aprender a hacerse amigo de toda la realidad, incluyendo sus dimensiones más oscuras.  

 La tarea del Espíritu no es ayudarnos a «librarnos» de aquello que sentimos que hace opaca la existencia y nos atemoriza, sino que su acción nos lleva, suavemente, a tomarlo, a dejarlo ser, a abrazarlo. Su trabajo de transformación nos enseña a hacer amistad con zonas de nuestra vida, de la realidad, de los otros, de las que nos habíamos distanciado, de las que nos sentíamos separados. Nos lleva a descalzarnos, porque ya no tenemos miedo de que la tierra que pisamos dañe nuestros pies. De pronto, sentimos liberado el lastre que fuimos arrastrando durante tanto tiempo y, por unos instantes, nos atrevemos a vivir en el Viento.

 Eduardo Galeano tiene una hermosa historia sobre el vuelo del Albatros que bien podría ser una parábola sobre la vida conducida por el Espíritu:  

«Vive en el viento. Vuela siempre, volando duerme. El viento no lo cansa ni lo gasta. A los sesenta años, sigue dando vueltas y más vueltas alrededor del mundo.  

El viento le anuncia de dónde vendrá la tempestad y le dice dónde está la costa. Él nunca se pierde, ni olvida el lugar donde nació; pero la tierra no es lo suyo, ni la mar tampoco. Sus patas cortas caminan mal, y flotando se aburre.  

Cuando el viento lo abandona, espera. A veces el viento demora, pero siempre vuelve: lo busca, lo llama, y se lo lleva. Y él se deja llevar, se deja volar, con sus alas enormes planeando en el aire” (2).

2. No te rindas que la vida es eso, continuar el viaje, perseguir tus sueños, destrabar el tiempo, correr los escombros, y destapar el cielo.

 Todo viaje requiere un equipaje y un tiempo. El viaje de la existencia lo empezamos solos y lo acabamos solos, aún sabiendo que toda la travesía es para encontrar compañía. Se sucederán paisajes y se irá configurando ese entramado de relaciones que nos constituye. Y él estará allí silenciosamente, como Aquel que vincula y anuda, como Tejedora constante de redes que hacen crecer; como Reparadora de todos los tejidos que se desgarraron y se separaron un día, del paño único donde confluyen todos los hilos de la vida.

 Desde el momento en que acontecemos en el mundo, nacemos formando parte de una red de relaciones. Este tejido relacional se nos va ensanchando a lo largo del crecimiento y también, de otra manera, cuando llegue el tiempo de ser despojados. «Al final de mi vida –decía Casaldáliga avanzado ya su propio viaje– abriré mi corazón lleno de nombres». El Espíritu es el escribidor de los nombres que van conformando nuestra vida, en los que hemos hecho experiencia de qué significa eso que llamamos amor y que está grabado en nuestro origen y en nuestro destino, como nuestra hambre mayor y como nuestro don más preciado. En el secreto del viaje de nuestra vida, sólo vivimos para hacer experiencia de ese amor. Para ese amor «perseguimos sueños y destapamos cielos», para esa vibración del corazón, silenciada en cada piedra, en cada flor, en cada animal, en cada rostro humano que se abre ante nosotros. Sólo anhelamos dar y recibir esa vibración, esa voz. «Para que mi amor esté en vosotros» (Jn 17,26), decía Jesús; y él hablaba de aquel amor que ordena y sostiene el Universo, en el que somos convocados a nacer por segunda vez y hasta setenta veces siete.

3. No te rindas, por favor, no cedas, aunque el frío queme, aunque el miedo muerda,  aunque el sol se esconda, y se calle el viento: aún hay fuego en tu alma aún hay vida en tus sueños.

 El fuego y el viento, junto con el torrente de agua viva, son los símbolos más potentes con los que la Biblia intenta decir algo de esa Acción Posibilitadora de todo lo que vive, de su fuerza creadora, de su imprevisibilidad; de su capacidad para generar sabiduría, sanación y belleza. Son símbolos del movimiento constante y del fluir silencioso de los procesos que gestan la vida.

          El fuego de una persona se ve en sus ojos y en sus manos. El de Jesús era tremendamente cálido cuando miraba a aquel hombre excluido por la lepra, a la mujer condenada por adulterio, a la mujer con hemorragias, a Pedro después de que le abandonara. En las miradas que les regalaba pudieron ellos reencender sus vidas. «Era un fuego ardiente dentro de mis huesos –expresaba Jeremías muchos siglos antes que Jesús–, y aunque intentaba contenerlo, no podía» (Jr 20,9). Jesús lo dirá de otra manera: «he venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto desearía que ya estuviese ardiendo!» (Lc 12,49).

 Cuando nos toma el fuego, no tenemos nada que esconder, y precisamente aquellos materiales de nuestra vida que habríamos querido desalojar, los que considerábamos desechables, toda nuestra realidad más pobre, se convierte inesperadamente en el único material necesario para avivar la llama. Sólo prende en nuestro vacío y en nuestra desnudez.  

 Una vez prendidos, toda la tarea es del Fuego, y nuestro único trabajo es abandonarnos, no oponer resistencias. Entonces podremos entendernos con el otro, reverenciarlo en su realidad última, en lo que podemos ver y en aquello que siempre nos permanecerá desconocido… y se nos desvelará el amable don que guarda su vida. La diversidad nos parecerá hermosa y fecunda, y por unos instantes podremos vernos en aquella luz que no disecciona, que no excluye, que no clasifica. Una luz que abre en nosotros el ojo del corazón, el ojo del fuego, en el que podemos ver las cosas, asentir a ellas tal como son, y en el que hay un lugar para cada expresión de la vida.  

 ¿Podremos de verdad entendernos, reconocernos, hablando en mentalidades distintas, en registros espirituales distintos, en tonalidades opuestas…? (Hch 2,4). El relato de Pentecostés se abre para nosotros como un espacio de posibilidad, como un sueño realizable, un lugar hacia el que dirigirnos y que ya se nos regala pisar ligeramente. Tomados por el Fuego, podían oírse y entenderse, «no en el idioma único del imperio romano, sino con sus diversos idiomas propios. En un idioma de liberación, de relación y de unificación desde abajo» (3). Por eso, diálogo es hoy para nosotros otro de los muchos nombres del Espíritu.

4. Porque la vida es tuya, y tuyo también el deseo, porque lo has querido y porque te quiero, porque existe el vino y el amor, es cierto. Porque no hay heridas que no cure el tiempo.

 Me parece tan necesario escuchar, como mujeres, este verso de Benedetti: «que la vida es nuestra, y nuestro también el deseo». ¿Qué ocurriría si se nos preguntara por nuestros deseos dentro de nuestra Iglesia, por lo que soñamos, por aquello por lo que queremos brindar, por lo que amamos, por las heridas…? Y si, además de preguntarnos lo que deseamos y soñamos, nos dejaran vivirlo dentro de nuestra Iglesia: ¿qué ocurriría?, ¿cómo se transformaría su rostro?

 Hay un antiguo icono medieval, una pintura muy interesante que se encuentra en una Iglesia de Urschalling, en Alemania, que representa a la Trinidad, donde el Espíritu, entre las figuras masculinas del Padre y el Hijo, es representado con un rostro y un cuerpo de mujer. La Ruah, en hebreo, el aliento que posibilita la existencia, el suelo de todo lo que vive, es un término femenino: la Espíritu.

 Resulta significativo que la raíz antigua de donde proviene el término Ruah dé origen a otros dos sustantivos: Rewah (la distancia) y Reah (el espacio lleno de perfume).  

 En los relatos de la creación, la Ruah de Dios genera armonía del caos, poniendo la distancia justa entre cada criatura, dándole a cada una su lugar, el espacio que necesita para desplegar su ser. En esa relación adecuada, cada brizna de hierba, cada montaña, cada ser que vive, tiene su lugar y su sentido. «Un árbol da gloria a Dios siendo sencillamente el árbol que es», decía Merton. Irradiando su propio perfume.  

 Hoy somos conscientes y podemos agradecer esa presencia de la Espíritu en los perfumes que portan las mujeres. En sus tareas por la paz y la justicia, en los aportes del ecofeminismo a la integridad de la creación; en su complicidad con los ciclos que favorecen la vida. Desplegar la dimensión femenina que hombres y mujeres guardamos dentro es señal del movimiento de la Espíritu. Acoger en nosotros su potencial de ternura, de cuidado y de resistencia ante todas aquellas situaciones y fuerzas que vienen a desintegrar la vida; hacer de la colaboración, de la interdependencia, del diálogo y de la apertura a las distintas culturas y a las diversas tradiciones espirituales maneras nuevas y necesarias de situarnos en el mundo.  

 Los perfumes de las mujeres y los aromas estuvieron muy presentes en la vida de Jesús, en sus momentos de gozo y de dolor. El perfume revela y oculta a la vez, aviva el deseo, es la apertura al ámbito de una presencia. Jesús los recibió agradecido, y su propia vida tomó el símbolo figurado del frasco, precioso y caro, que se rompe para poder derramarse por muchos. También Jesús reconoció a la Espíritu en los sabores y en los olores. En sus comidas con pecadores y publicanos, en los aromas de las mujeres que lo ungen. Todos nuestros sentidos están preparados, están bien hechos para presentirla, cuando podemos disponerlos y silenciarlos.  

 La Dama Sabiduría, como Hildegard invocaba a esa relación vital con Dios, nos va regalando sus aromas. No son distintos del olor de la lavanda, del jazmín, de la tierra después de la lluvia, del olor del mar… del que nos deja el contacto con una persona sin necesidad de pronunciar palabras. Son los olores de la vida, también aquellos de los que nos alejamos, porque huelen mal; son señales de la necesidad de su Presencia y lo atraen como un imán. El olor que provoca la lepra en una piel, el olor de la exclusión y de la miseria, del cadáver de más de tres días, el intenso olor de un cayuco ignorado, de unas casas levantadas al borde de un vertedero…; y allí está, aleteando sobre el caos de esas realidades, para rescatarlas, para devolver a cada rostro, a toda la realidad, su propia integridad, su perfume original.  

 El perfume derramado sobre la piel sana es belleza y celebración, preparación para el abrazo y la intimidad. El perfume que se vierte sobre una piel herida es ungüento y bálsamo que alivia. Pasan los años, y hay heridas que permanecen y que ni el tiempo las cura, o al menos no sólo, si no es un tiempo tomado por el Espíritu. Emociona cuando el Señor Resucitado muestra las heridas de sus manos y su costado, curadas pero heridas, abiertas por esa hendidura, y lo hace antes de entregar el Don (Jn 20,22), el gran multiplicador de lo mejor de cada uno, el portador de las células madre de nuestra vida interior. Y en el ADN de ese mismo Espíritu que se desplegó en Jesús, dos polaridades que se atraen y que heredamos en nuestro equipaje genético. Cuando la Vida nos unge, estamos potencialmente equipados para anunciar buena noticia, liberación, luz, sanación. Acciones que abren plenitud en nosotros. En el otro polo, los pobres, los cautivos, los ciegos y los oprimidos, señalando el hacia dónde, mostrando sentido y dirección. Y en ese campo magnético de atracción se mueve la historia hacia Dios, vulnerable y amada, y nuestra pequeña vida. Jesús expresaba así esta atracción: «El Espíritu está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres…» (Lc 4,18-21).  

5. Abrir las puertas, quitar los cerrojos, abandonar las murallas que te protegieron, vivir la vida y aceptar el reto, recuperar la risa, ensayar un canto, bajar la guardia y extender las manos, desplegar las alas e intentar de nuevo  celebrar la vida y retomar los cielos.

 Cerrojos, murallas, defensas… En las primeras etapas de nuestro proceso humano vamos envolviéndonos en una coraza. Nacemos frágiles y necesitamos protegernos. Y esa misma protección es la que, llegado el tiempo de la maduración, tendremos que soltar. Nuestro modo de blindarnos, lo hemos necesitado para protegernos y salir adelante; es un modo que también nos endurece, nos crea rigideces y se queda impreso en la tensión de nuestros músculos y grabado en la forma de nuestro cuerpo. Y el día en que aprendemos que ser vulnerables es ser humanos, no sabemos bien cómo desacorazarnos. Cómo desarticular las fuerzas depredadoras del ego en nosotros. Cómo quitar los cerrojos y bajar la guardia y extender las manos.

 El Espíritu nos hace fuertes en nuestra debilidad y nos hace madurar cuanto más recuperamos la inocencia. Esta cualidad es uno de sus rasgos más paradójicos para nosotros. Su modo de protegernos es abriéndonos; su modo de defendernos es desarmándonos. ¿Podemos creernos algo así? ¿Podemos soltar nuestra necesidad de seguridad y abandonarnos totalmente al Espíritu para que pueda guiarnos? Jesús hacía experiencia de esto cuando decía: «nadie me quita la vida: yo la doy libremente». Y en su mayor despojo y pobreza, abría su cuerpo en la cruz a la Fuente Constante de un Amor que no Cesa y a una Alegría que nada le podrá quitar.

 A mayor desarme, a mayor indefensión, mayor transparencia y bienaventuranza. Recuperar la risa y desplegar las alas en los momentos más endurecidos de la realidad es señal inequívoca de su discreta Presencia. Que no nos extrañe que las personas más pobres y sencillas sean las más abiertas, las que pueden celebrar en medio de la adversidad, las que siguen esperando sin venirse abajo. Allí donde hay carencia, vacío, hay posibilidad.

 Allí donde nuestro ego decrece (y tenemos que tener inmensa paciencia y humor con nosotros mismos), allí el Espíritu toma el lugar que le pertenece desde el principio y para siempre. El Espíritu nunca habla en primera persona. Se manifiesta en nuestros cuerpos, como una señal, como un sello de pertenencia, cuando somos llevados de la depredación a la donación, de retener a ofrecer, de sentirnos escindidos a sabernos parte de la creación entera. Y entonces hacemos memoria, recordamos («el Espíritu os recordará todo», decía Jesús) lo que estaba grabado en el corazón de la vida humana y fuimos olvidando: «que provenimos de la misma fuente de vida y que todos los hilos de nuestra vida están interrelacionados» (4).

6. No te rindas, por favor, no cedas: aunque el frío queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se ponga y se calle el viento, aún hay fuego en tu alma, aún hay vida en tus sueños. Porque cada día es un comienzo nuevo, porque ésta es la hora y el mejor momento porque no estás solo, porque yo te quiero.

Hasta el final, el miedo y el frío se presentan como compañeros de viaje que vienen a apagar los sueños y las brasas. Me impacta comprobar cómo, en la secuencia del Espíritu, se nombra la realidad sobre la que clamamos su venida: tierra en sequía, corazón enfermo, hielo. Como si ésa fuera la tierra propicia donde el Espíritu actúa. Como si ninguna situación pudiera apartarnos de su visita; al contrario: a mayor desvalimiento, mayor proximidad. Toda tierra baldía es buena para el Espíritu. Es un buscador incansable de fragilidades y de intemperies. En el no-amor, en la no-existencia, en la no-posibilidad, viene como un «sí» imparable que comienza de nuevo a contarnos la historia: «en el principio fue la relación». En la callada voz del amor toda realidad queda bendecida: los demonios, los desiertos y sus fieras, los ladrones que saquean y matan… Hasta los infiernos de la realidad baja para encontrarnos y besar cada vida. Con su beso, una identidad nueva que era nuestra y habíamos perdido: nadie será ya extranjero ni enemigo, «nadie hará daño a nadie, porque la tierra estará llena del conocimiento del Señor como colman las aguas el mar» (Is 11,9).

 Hay una canción que dice: «al lugar donde has sido feliz deberías tratar de volver», y los años nos descubren –ojalá que lo hagan– que ese lugar no es un espacio físico ni está ubicado en el tiempo, sino que ese lugar está dentro, viene con nosotros allá adonde vamos. Son las tierras del Espíritu, y habitarlas es nuestra promesa. Aquellas tierras prometidas a nuestros padres y madres y a todos aquellos que no tienen casa ni pan. Hay que descalzarse para entrar en esas tierras, hacerse cada vez más ligeros, más humildes; no retener nada, y recoger para que no se pierda ni uno solo de los fragmentos de la vida, ni uno solo de los rostros más pequeños. Hasta llenar los cestos de la Realidad con inmensa gratitud, porque todos han podido saciarse de sus dones.

 Las tierras del Espíritu albergan miles de nombres. Se llaman esperanza para unos inmigrantes subsaharianos sin papeles ni cobijo. Se llaman amada paz para las mujeres y niñas de Afganistán que buscan con su rostro cubierto sobrevivir a tanta barbarie. Se llaman libertad para los secuestrados largos años en cárceles y en selvas. Toman el nombre de justicia para generaciones de africanos que mueren de hambre en su continente expoliado. Se llaman belleza, porque todo lo creado es bueno y precioso («las lámparas son diferentes, pero la luz es la misma», decía Rumi); y se llaman siempre humanidad.

 Igual que Jesús se encarnó, también nosotros nos hacemos hombres y mujeres, nos hacemos cada vez más humanos, por obra del Espíritu Santo. Él, Ella, nos hace presentir lo amados que somos, que en el Uno nunca estamos solos; «en el Uno estás siempre en casa» (5), y que ésta es la hora para cada uno de nosotros y el mejor momento.

          «No te rindas, aún estás a tiempo».

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NOTAS  

  1. Anita NAIR, El vagón de las mujeres, Alfaguara, Madrid 2002.

  2. Eduardo GALEANO, Bocas del tiempo, Siglo XXI, Madrid 2005, p. 202.

  3. «Ven, Espíritu Creador, y renueva la faz de la tierra», de Chung HYUNG-KYUNG.           (Se puede encontrar en [María José Arana [dir].] Recordamos juntas el futuro,          Publicaciones Claretianas, Madrid 1995.

  4. Chung HYUNG-KYUNG, op. cit.

  5. Dag HAMMARSKJÖLD, Marcas en el camino, Trotta, Madrid 2009, p.151.

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