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Los padres franciscanos de Vélez-Málaga recibieron al Obispo en su Convento de San Francisco

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En su Visita Pastoral al arciprestazgo de Axarquía Interior, el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, está visitando los templos parroquiales, los hogares de los enfermos, y también uno de los conventos de religiosos de la zona: los padres franciscanos del Convento de San Francisco, en Vélez-Málaga.

Con esta visita inició el calendario de la Visita Pastoral del mes de junio, el día 3. 

«La presencia de la comunidad franciscana está muy arraigada en la capital de la Axarquía», afirma el feligrés Antonio Reyes, «en sus inicios, el convento se encontraba en las periferias de la ciudad, pero hoy se encuentra en pleno casco histórico. No siendo parroquia, tiene mucha vida gracias a la labor de las cinco cofradías allí presentes: Soledad, Amor y Caridad, Humildad y Paz, Pobre y Esperanza, y Huerto y Desamparados, cuya Virgen de los Desamparados, Antigua Concepción, está en proceso de coronación canónica. Además de la Comunidad Franciscana Seglar y el Coro, cada vez más nutrido de personas, en ese afán de la comunidad por tener las puertas del Convento abiertas al pueblo de Vélez», añade.

Tras una presentación de los distintos grupos, el Obispo de Málaga se ofreció para administrar el sacramento del perdón a los fieles que se acercaron a recibirlo. Al ser jueves de Corpus Christi, dedicaron un tiempo especial de adoración al Santísimo, y también hubo espacio para el encuentro y el diálogo con los feligreses presentes, en el que «D. Jesús Catalá fue aclarando aquellas dudas y preguntas planteadas por los presentes», explica Antonio Reyes. 

La visita concluyó con la celebración de la Eucaristía, «concelebrada por el párroco de San José, en Vélez-Málaga, Wilfer Alzate;  el párroco de Arenas y vicario parroquial de San Juan Bautista, en Vélez-Málaga, (a cuya parroquia pertenece el convento) Wilmer Alfredo Vasquez; el párroco de La Viñuela, Manuel Jesús Robles; y los sacerdotes de la comunidad franciscana Vicente Prieto, OFM y Salvador Jiménez, OFM. El guardián del convento, José Antonio Naranjo OFM, condujo al coro seglar que animó la celebración», concluye Antonio Reyes.

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El Corpus Christi, el amor de Dios transformado en gracia

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La Catedral de Jaén ha acogido, en la mañana de este domingo que reluce más que el sol, la solemnidad del Corpus Christi, el día de la Caridad. Por segundo año consecutivo, sin procesión de la Custodia por las calles de las ciudades y pueblos de nuestra Diócesis, a causa de la pandemia,  pero sí con gran participación de los fieles.

En el primer templo de Jaén se han dado cita numerosas autoridades. Entre ellos miembros de la Corporación Municipal; la Subdelegada del Gobierno; el Comisario Provincial de la Policía Nacional; el Subdelegado de Defensa; Policía Local y miembros de la Universidad de Jaén, que cada años son fieles a su cita con Jesús Sacramentado. Del mismo modo, han estado presentes los representantes de la Cofradías de Pasión y Gloria de la ciudad de Jaén; la Agrupación de Cofradías, las Hermanas Eucarísticas de Nazaret y el flamante director de Cáritas diocesana de Jaén, Rafael Ramos, entre otros.

El Obispo de Jaén, Don Amadeo Rodríguez Magro, ha presidido la celebración acompañado por un nutrido grupo de canónigos y ha contado con el acolitado de los seminaristas.

Las lecturas han estado participadas por el Hermano Mayor de la Buena Muerte; el Presidente y la Vicepresidenta de la Agrupación de Cofradías. El Evangelio lo ha proclamado el canónigo, D. José López Chica. Las voces blancas de la Escolanía Catedral, bajo la batuta de Cristina García de la Torre y en el órgano, D. Alfonso Medina, han puesto la nota musical a la solemne celebración.

Homilía

Don Amadeo ha comenzado su predicación saludando a las autoridades que han acudido a la solemnidad del Corpus.

“Hoy rememoramos que en la muerte y en la resurrección de Cristo participamos todos”, ha afirmado el Obispo de Jaén. Para continuar diciendo, “La fe llega por Jesús. Y ese misterio nos lo regalo Jesús en la Eucaristía. Jesús regalo la Eucaristía sin la que los cristianos no podemos vivir. En ella se concentra el misterio de amor y de salvación de Dios al mundo”.

Del mismo modo, el Prelado del Santo Reino ha aseverado que hoy celebramos el corazón mismo de la fe. Celebramos la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Y esto responde a un deseo que no debemos olvidar nunca, el deseo de reconocer en nuestra vida y en el mundo que en medio de nosotros esta uno que hay que conocer y reconocer, Cristo Jesús”.

El Obispo ha explicado que “los creyentes reconocemos la presencia real de Cristo en la Eucaristía, en el Sagrario… Y siempre al acercarnos a Cristo tiene que haber una actitud fundamental, tiene que haber asombro ante un misterio insondable, maravilloso y cómo es posible q podamos participar de este don de Dios que es una nueva reencarnación de un Cristo que se hace nuestro”.

Desde el pasado miércoles, las reliquias del Beato Manuel Lozano Garrido están en el altar para conmemorar la clausura del Centenario de su nacimiento. El Beato Lolo era un hombre profundamente eucarístico y el Prelado lo ha querido tener presente en este día. “Lolo era uno de los que vivía en la Eucaristía, en medio de su vida marital. Vivió su infancia como un Tarsicio y pudo celebrar la Misa en su casa. Recuerdo hoy lo que nos dice de este día…’ El día huele a miga caliente y todo el aire se dorará cómo un gigantesco pan. Dios está en la calle. Hoy todo transpira amor, es el día de la ternura’”

Para finalizar, el Obispo ha expresado el poder de la Eucaristía en el hombre que transforma el Pan partido en el pan de los pobres. “Cuando Jesús nos hace comer su cuerpo se encarna en nosotros, se hace vida en nosotros. Se convierte en un Dios con nosotros y hace de nuevo la nueva alianza. Hoy debemos valorar el sentido de la comunión de Cristo que tiene una consecuencia social y espiritual, que es vivir la caridad. Lo que nos está diciendo es q nos hagamos también sacramentos de la caridad, pan partido. Vivamos la caridad como consecuencia de la adoración de Cristo”.

Sus últimas palabras han querido unir el día de la Caridad con el mensaje que el Papa Francisco quiere transmitir al mundo con su última encíclica, “Fratelli Tutti”, todos hermanos.

Al finalizar la comunión, se ha expuesto el Santísimo en la Custodia que ha sido llevada hasta la puerta del Perdón de la Catedral. Al salir, una lluvia de pétalos ha caído sobre Cristo sacramentado. Allí, el Obispo ha impartido la bendición al numeroso grupo de jiennenses que esperaban a la puerta del templo.  Después, el Obispo ha hecho lo propio con los que se encontraban dentro del templo, pidiendo, una vez más, el fin de la pandemia.

Cuando ha concluido la celebración, las autoridades, miembros de la universidad y de la organización de este día han entrado a la Sacristía para saludar al Obispo, quien les ha correspondido con un caluroso agradecimiento.

 

Galería fotográfica: «Corpus Christi 2021»

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El obispo coadjutor visita los altares del Corpus Christi

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Mons. Gómez Cantero ha dedicado la mañana de la Solemnidad del Corpus Christi a la visita de los altares que las distintas hermandades han realizado en torno a Jesús Eucaristía. Este año, por las restricciones sanitarias, no se ha realizado la tradicional procesión, pero la ciudad no ha querido dejar de adornar sus plazas para recordar el paso del Santísimo por sus calles.

Las hermandades que ha visitado son las de Soledad, Santo Sepulcro, Santa Cena, Angustias, Macarena, Pasión, Rosario del Mar y Prendimiento. Además, la Hermandad del Rocío ha elaborado una bella alfombra en la plaza de la Catedral. Con todos ha tenido un encuentro fraterno y un diálogo sencillo. A los jóvenes cofrades les ha animado a que sigan con la tarea y se han emplazado a seguir trabajando juntos en la evangelización.

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El Obispo preside el Corpus Christi en Huelva y bendice con el Santísimo Sacramento a los onubenses desde la puerta de la Catedral

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“Cristo está aquí, Dios está aquí. Lo podemos decir y así lo dice el pueblo cristiano cada vez que se pone ante la Eucaristía”. Estas son algunas de las palabras pronunciadas por el obispo de Huelva, Santiago Gómez, que ha presidido esta mañana de domingo, 6 de junio, en la Santa Iglesia Catedral, su primer Corpus Christi en Huelva, en una Eucaristía concelebrada con los miembros del Cabildo Catedral y con la participación del Seminario Diocesano y de la Coral Polifónica de la Catedral.

Como ocurriera el pasado año, la celebración se ha desarrollado atendiendo a las medidas de seguridad dictadas por las autoridades debido a la pandemia y sin procesión por las céntricas calles de la capital y ha contado con la presencia del alcalde de Huelva, Gabriel Cruz, y de otras autoridades civiles y militares, así como de una representación de asociaciones eucarísticas, de hermandades de la capital y de pastorales y movimientos diocesanos.

En esta Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo y Día de la Caridad, Mons. Gómez Sierra ha destacado también en su homilía que «permaneciendo en esa adoración y en esa mirada de fe al Señor bajo la apariencia de Pan podemos también nosotros seguir aprendiendo como discípulos los caminos de Dios en nuestra vida». En este sentido, ha señalado que como discípulos estamos en todo momento «mirando y adorando a Cristo en la Eucaristía e invitados, como siempre el Señor ha hecho a lo largo de toda su vida pública y lo sigue haciendo en su Palabra, a mirar a los pobres, a lo sencillo y saber que en esos signos habituales de nuestra vida, y particularmente, en las personas más pobres, es donde permanece con nosotros. La Eucaristía, en ese signo pobre del Pan, nos está enseñando a mirar en esa dirección». Además, ha recordado que «el mismo signo del Pan está siendo anticipo de la Pasión del Señor», de manera que el Pan eucarístico habla también de «esa dinámica pascual que Cristo nos enseña en la vida» de coger su cruz cada día y negarse a sí mismo y seguirle y, de esta manera, continuar «ese proceso natural que vemos en el grano de trigo que cae en tierra y muere para dar fruto». Así, «adorar al Señor presente en la Eucaristía, en su Cuerpo verdadero que adoramos en el Pan eucarístico, es recibir la invitación permanente a morir para dar vida».

Del mismo modo, ha apuntado que «contemplar el Pan Eucarístico es recordar la llamada y la obra de la unidad que la Eucaristía hace con todos nosotros», pero «solamente si somos capaces de vivir ese misterio pascual al que nos invita el Señor en la Eucaristía, podremos trabajar la unidad. Si cada uno busca su propio interés es imposible que la Iglesia viva la comunión y la unidad».

En el Día de la Caridad ha incidido en «mirar a los pobres, mirarlos como formando un solo cuerpo con nosotros; saber que estamos llamados a salir de nuestro interés para darnos a los otros. Cristo nos lleva a mirar a nuestros hermanos más pobres y necesitados».

Al término de la celebración el obispo de Huelva se ha dirigido a la puerta de entrada de la Catedral y ha bendecido con el Santísimo Sacramento a los onubenses, un gesto que fue realizado también el pasado año por el obispo emérito de Huelva, José Vilaplana. Igualmente este año, al no haber procesión, se han mantenido las misas parroquiales coincidentes con el horario de la celebración en la Catedral.

 

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“El que se enamora de Cristo en la eucaristía lo reconoce en los pobres”

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El Obispo de Córdoba ha presidido la  eucaristía en la Solemnidad del Corpus Christi en la Catedral de Córdoba. Tras la celebración solemne, ha tenido lugar la procesión de la Custodia de Arfe en el interior del Templo y el Patio de los Naranjos

El Obispo de Córdoba ha presidido en la Catedral la eucaristía en la solemnidad del Corpus Christi, concelebrada por el Cabildo Catedral de Córdoba y el clero de la ciudad.             En su homilía, el Obispo de Córdoba ha señalado que la eucaristía impulsa “un dinamismo como ningún otro en la historia de la humanidad” y ha subrayado que todo en la Iglesia gira en torno a la Eucaristía, por eso la celebración de la solemnidad del Corpus Christi “vale la pena, por dedicar un día solemne para rendir culto a Jesús Sacramentado, al misterio de la eucaristía” para detenernos a agradecer a Dios “ese precioso invento del sacramento a través del cual Él en persona, se hace presente con la frescura y energía de su resurrección”.

Día de la Caridad

En el día de la Caridad, monseñor Demetrio Fernández, ha explicado en su homilía como Cáritas Diocesana de Córdoba ha suscitado la generosidad de los cordobeses durante la pandemia y “la ciudad entera se ha puesto en pie de solidaridad “, una respuesta que obedece al bien que hace Cáritas al recordarnos “que tenemos que dar limosna”. El Obispo de Córdoba ha invitado al despojamiento, para que busquemos privarnos de algo a favor de los pobres, “porque la caridad cristiana viene dada por el mandato de amor Cristo, que “siendo Dios y siendo rico se despoja de todo para darnos hasta su cuerpo y su sangre”, ha dirigido a los fieles que ocupaban la Catedral, según el aforo previsto.

En su alocución, el Obispo de Córdoba, ha resaltado que en Córdoba existen barrios que están entre los cinco más pobres de España y eso “debe quemar a todos, a la Iglesia y a las autoridades, más, cuanto más cristianas”. En su reflexión sobre las necesidades de los cordobeses ha instado hoy al “compromiso del despojamiento” porque “si no ocurre así, nuestro cristianismo es de poco calibre”. “El que se enamora de Cristo en la eucaristía lo reconoce en los pobres”, ha proseguido monseñor Demetrio Fernández, que ha invitado a acercarnos al sacramento viviendo “en la originalidad del amor de Dios” y transformados para ser generosos, más solidarios, más capaces de compartir con los demás.

 

Para el Obispo de Córdoba, los cristianos no nos servimos “de nuestra religión, el mandamiento nuevo no es para provecho nuestro, sino para sacarnos de nosotros mismos: dar la vida a favor del otro”.

Tras la santa misa, ha tenido lugar la procesión claustral de la Custodia de Arfe en la que ha participado el alcalde de Córdoba, José María Bellido, representantes institucionales,  de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado y miembros de treinta hermandades de Córdoba. Cáritas diocesanas y de la Adoración Nocturna Cordobesa han participado en esta celebración que es prolongación del Jueves Santo.















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“Jesús en la Eucaristía nos contagia la caridad”

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El obispo de la Diócesis de Cádiz y Ceuta, Mons. Rafael Zornoza Boy, presidió, la mañana del domingo 6 de junio, en la Catedral de Cádiz, el Pontifical con motivo de la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Por segundo año consecutivo, debido a la pandemia de la Covid-19, no hubo cultos externos durante la celebración del Corpus Christi. En su lugar, y como ya ocurriera el pasado año, se celebró una procesión claustral con la custodia de Ana de Viya. Como novedad, pudieron verse varias capillas adornadas por distintas hermandades y cofradías. En una de ellas, estuvo presente la patrona de la ciudad, representada con una pequeña imagen de Nuestra Señora del Rosario, perteneciente al convento de Santo Domingo. Además, durante el cortejo, acompañando a la custodia, se estrenaron cuatro faroles de mano, recientemente restaurados.

Así, con un aforo limitado a 220 personas y cumpliendo todas las medidas higiénico-sanitarias, además de los fieles que asistieron, hubo representación de autoridades civiles y militares, sacerdotes y religiosos, Secretariado de Hermandades, Consejo de Hermandades, hermanos mayores, algunos estamentos e instituciones laicas y colegios religiosos.

Durante la ceremonia, que contó con el acompañamiento musical de la coral Virelay, Mons. Rafael Zornoza lamentó que un año más la presencia de fieles fuera limitada y que la custodia no recorriera las calles de la ciudad. “El Señor anima y bendice hoy nuestra fe, que no puede manifestarse por las calles con la belleza y la fantasía de otros años, pero sigue bendiciéndonos porque conoce nuestros dolores, empeños, trabajos… por perseverar como discípulos, por confesarle en público y en privado”.

El obispo diocesano hizo hincapié en la importancia de la participación en la Eucaristía. “La Eucaristía nos adentra en este acto oblativo de Jesús, que tiene un carácter social porque en la comunión sacramental yo quedo unido al Señor como todos los demás que comulgan, y así todos formamos un solo cuerpo. Es necesario experimentar cotidianamente que Jesús es el mediador de la nueva alianza. Es fundamental que se transmita en todo momento, sobre todo en los procesos catequéticos, que Cristo está verdaderamente presente en la Eucaristía. Es imprescindible educar en la celebración fructuosa de la Eucaristía, en la participación de la Santa Misa, para que el encuentro con el Resucitado dé sentido y fuerza a nuestra fe en la vida de cada día”.

En este día en el que también se celebra el Día de la Caridad, el obispo diocesano afirmó que “Jesús en la Eucaristía nos contagia la caridad. La Eucaristía es fermento de solidaridad en el mundo”. En este sentido, Mons. Zornoza puso de relieve la labor que está realizando Cáritas durante esta pandemia. “Cáritas llama nuestra atención sobre las necesidades concretas de nuestros hermanos pobres. La solidaridad de nuestros colaboradores y donantes nos ha permitido estar cerca de los desfavorecidos y más necesitados, sobre todo en los momentos más graves de la crisis”.

El prelado agradeció a “los misioneros de la caridad” los muchos esfuerzos que están haciendo por los necesitados a través de Cáritas, sus voluntarios y trabajadores, las cofradías y a todas aquellas asociaciones que están cerca de estas personas.

Tras la celebración eucarística, tuvo lugar la procesión claustral con el Santísimo en la Custodia de Ana de Viya. Durante la misma, representantes del clero, de las Hermandades y Cofradías, y autoridades civiles y militares, acompañaron a la custodia hasta la puerta principal del templo, donde Mons. Zornoza impartió la bendición hacia el exterior de la Catedral, para después hacer lo propio desde el altar mayor con el resto de asistentes a la ceremonia.

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“El Cuerpo de Cristo somos nosotros, es nuestra Comunión, es el Pueblo cristiano”

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Homilía en la Eucaristía de la Solemnidad del Corpus Christi, el 6 de junio de 2021, en la S.I Catedral.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa infinitamente amada de Jesucristo, Pueblo Santo de Dios;

muy queridos sacerdotes concelebrantes;

hermanos y amigos todos:

Nos unimos hoy a la celebración de prácticamente toda la Iglesia para celebrar el Corpus: el Cuerpo y la Sangre del Señor, la fiesta del Cuerpo de Jesucristo. Aunque nosotros lo hayamos celebrado el jueves, por ese privilegio de la Providencia divina de que coincida en nosotros la fiesta del Corpus con la fiesta mayor de la ciudad, y, aunque a lo largo de toda la Octava, todas las tardes como que se repite esa celebración del Corpus, con su pequeña procesión claustral, hoy nos unimos a la Iglesia entera que lo celebra.

Es una celebración bellísima, porque es como, terminado todo el Año Litúrgico, celebrar en un solo día, en una sola fiesta, en un solo momento, toda la acción redentora de Cristo. La acción redentora y Su Presencia permanente entre nosotros en el mundo. Me habéis oído citar muchas veces aquellas palabra últimas de Jesús en el Evangelio de San Mateo: “Yo estoy todos los días con vosotros hasta el fin del mundo”. Y esa Presencia, que tiene varias formas -la Comunión de la Iglesia, los distintos Sacramentos-, tiene su lugar especial y su forma más plena en la Eucaristía de la que la Tradición y el Concilio Vaticano II han dicho que es la fuente y el culmen de la vida de la Iglesia. En cada Eucaristía se renueva el Misterio Pascual de Cristo. En cada Eucaristía Cristo, viene a nosotros y se ofrece de nuevo al Padre para la salvación del mundo.

De hecho, también me habéis oído decir muchas veces que Cristo no ha venido principalmente para ser adorado, sino para transformar nuestras vidas, para transformar nuestro corazón y nuestro modo de vivir, nuestras relaciones, todas ellas. Y hasta nuestra cultura, en todas sus dimensiones. Y la adoración, cuando es verdadera, tiene conciencia de que esa es la meta y el designio y el deseo del Señor: nuestra transformación.

Celebramos hoy -y las tres Lecturas nos recuerdan- la Alianza que hizo primero el Señor con el Pueblo de Israel, allá en el Sinaí, todavía tomando muchos elementos de las culturas de alrededor y del entorno prácticamente pagano en el que vivían y cómo luego el Señor, a lo largo de esa historia de Alianza, ha ido purificando y educando a Su Pueblo, hasta culminar en esta nueva y eterna Alianza que Él realiza en su propia Sangre, en su propio Cuerpo, donde él es, al mismo tiempo, el sacerdote, la víctima, la ofrenda que se hace al Padre y el don de Comunión para Su Pueblo.

En esta Alianza, se consuma el designio de Dios. Nunca el hombre hubiera podido imaginar una proximidad tal por parte de Dios a nuestra propia existencia humana como la que el Señor ha querido vivir y ofrecernos en su Misterio Pascual, en su muerte y en Su triunfo sobre la muerte, sin el cual no hubiera podido decir, y ser verdad, “Yo estoy todos los días”. Por lo tanto, Su muerte es el don supremo de Dios al hombre y Su triunfo sobre la muerte es la verificación de ese don y la condición de la permanencia de ese don por todos los siglos, para todos los hombres, mientras el mundo exista. Y nosotros, sin mérito ninguno de nuestra parte, participamos de esa alianza, recibimos ese don, somos elegidos del Señor, para poder vivir esa proximidad y para que esa proximidad fructifique en nosotros en una vida nueva.

Dejadme subrayar un pensamiento que está ligado al nombre mismo de la fiesta. Yo sé que los carteles de la Fiesta del Corpus a veces son muy profanos y tienen muy poco que ver con lo que la Iglesia celebra, en realidad, con el sentido último y profundo de la fiesta. Se subrayan aspectos a veces tan exteriores o que no tienen tan poco que ver con ello y, sin embargo, el nombre de la fiesta es Corpus, reducido a la mínima expresión. Corpus significa Cuerpo y esa palabra choca profundamente con la manera que tiene el hombre moderno de entender la religión. Para el hombre moderno, la religión consiste en una serie de creencias, o si queréis, a lo sumo, en una serie de principios o de valores morales, dependiendo un poquito de la orientación que tenga el pensamiento o la educación que haya recibido cada uno. La religión sirve como sustento, estímulo y ocasión para cultivar esos valores morales que la mayor parte de la gente considera que es lo verdaderamente central en la vida del hombre, y central en la educación y la experiencia humana.

Una religión de creencias y de valores no necesita tener Cuerpo. Es verdad que están los ritos, pero los ritos son prácticas que sirven para inculcar esos valores. O para inculcar esas creencias que sustentan esos valores. No les da el mundo más valor, ni más consideración, ni más importancia que eso. Y luego, pues la belleza de unas cosas que provienen de un mundo que ya no existe y que nos sobrecoge a veces; como nos sobrecoge esta catedral, pero que no percibimos que eso tenga una importancia existencial para cada uno de nosotros, que sea algo que realmente toca las fibras más profundas de nuestro ser y de nuestra vida.

Creencias, valores, ritos no necesitan un Cuerpo. La Redención de Cristo es posible porque el Verbo de Dios se hizo carne. Por lo tanto, la infinitud de Dios fue acogida en el seno de la Virgen, nació del seno de la Virgen y se ha ofrecido a nosotros en una humanidad verdadera y plena, tan verdadera y tan plena que si uno provenía de la India o de Etiopía o Arabia, y pasaba por Jerusalén en los tiempos de Jesús, y no conocía su lenguaje, no podía entenderlo…, salvo que el Espíritu les diese la posibilidad de reconocer en aquel hombre algo que desbordaba su humanidad, que también sucedía.

Mis queridos hermanos, la forma en la que el Señor ha querido quedarse en medio de nosotros también es un Cuerpo. Pero nosotros en la Iglesia hablamos de Cuerpo y –repito-, la celebración del Corpus Christi resume, coge, abarca el conjunto de la Redención de Cristo, pero no es el único Corpus, no es el único cuerpo del que hablamos cuando hablamos en cristiano. El Corpus Christi, la Eucaristía, tiene una relación estrechísima. Yo os decía que la Tradición y el Concilio Vaticano II habían dicho que la Eucaristía es la fuente, el centro y el culmen de la vida de la Iglesia. Por lo tanto, la Eucaristía no es, por así decir, lo último. Lo último es el Cuerpo, que llamamos místico, de Cristo. Pero, fijaros, hasta el siglo XII, el Cuerpo místico de Cristo era la Eucaristía. Y a la Iglesia se le llamaba el “cuerpo real”, el “cuerpo histórico” de Cristo. La Eucaristía, que es el culmen de la vida de la Iglesia, que expresa el Misterio de la Iglesia, que expresa el amor infinito de Dios en Cristo por todos los hombres, por cada hombre y por cada mujer. Y el designio de salvación de Dios para toda la humanidad encuentra su realización en la vida de un pueblo nuevo, en una vida de relaciones nuevas que se llama “Iglesia”.

Desgraciadamente, la cultura en la que vivimos subraya tanto el carácter individualista, el carácter privado, además, de todo lo religioso, como para que eso quede tan en el trasfondo que muchas veces no tenemos conciencia. Dejadme decíroslo: el Cuerpo de Cristo es la Eucaristía, ¡claro que sí! No existiríamos. Pero el Cuerpo de Cristo somos nosotros, es nuestra Comunión, es el Pueblo cristiano. Y cuando digo el Pueblo cristiano en este sentido también lo digo en el sentido del Concilio, que abarca a todos los que formamos la Iglesia. Antes de los distintos ministerios y de los distintos estados de vida y vocaciones, yo formo parte del pueblo cristiano y nada me hace más orgulloso de sentirme parte de ese pueblo del que todos formamos parte. En el que todos participamos y desde el que todos decimos a Dios “Padre”, en la gran novedad que el Hijo de Dios ha querido compartir con nosotros, es decir, en la gran novedad de la vida divina que habita en nosotros y que permanece gracias a la Eucaristía y gracias a otro sacramento del Jueves Santo que es el sacerdocio, la sucesión apostólica, el primado de Pedro, el ministerio sacerdotal, gracias al cual la Eucaristía también llega a nosotros.

¡No separemos los dos cuerpos! Seamos conscientes de que celebrar el Cuerpo de Cristo es celebrar el Sacramento de la Eucaristía y Su Presencia en la Eucaristía, pero es también desear que esa Presencia llegue a nuestras vidas; que penetre las fibras más profundas de nuestra humanidad, de nuestro ser y cambie nuestro corazón, nuestros deseos, nuestros pensamientos, nuestras acciones. Y sobre todo, nos haga sentirnos parte de ese Cuerpo. ¡Cuántas veces los cristianos antiguos hablaban de cómo la Eucaristía está compuesta de muchos granos de trigos de distintos lugares y espigas, y aplicaban eso a la vida de la Iglesia! También nosotros venimos de distintas partes, de distintos orígenes, tal vez distintas historias. En el mundo en el que estamos, tal vez venimos de distintas naciones o de distintas culturas en la modernidad, y formamos un solo cuerpo. Y estamos llamados a vivir con la conciencia de que todos los demás son parte de nosotros como la conciencia que tienen los miembros de su Cuerpo de ser unos parte de los otros. Ningún cuerpo dice “bueno, no necesito de una mano, no puedo prescindir de ella”. Si tiene uno que prescindir de ella por un accidente, lo sufre, y lo sufre como una desgracia y te duele incluso la mano que falta, o el pie o la pierna que falta. Misteriosamente, pero le sigue doliendo a aquellos a quienes les ha sido amputado.

Que nos sintamos como miembros de ese Cuerpo. Que, al alimentarnos de la Eucaristía más y más, arraigue en nosotros el deseo de ser un pueblo nuevo, una humanidad nueva en medio de este mundo. Cuando tantas fuerzas en este mundo tratan de disgregarnos, de aislarnos, de que nos sintamos solos, de que estemos encerrados en nosotros mismos independientes e indiferentes en el fondo al destino de los demás…, y hasta en nuestra relación con Dios nos preocupamos de nosotros mismos, no solo lo primero, sino muchas veces lo único.

Mis queridos hermanos, damos gracias a Dios por el amor infinito de Dios Revelado y entregado a nosotros en Jesucristo. Claro que se las damos. La vida entera es demasiado corta para darle gracias por ese don que es Jesucristo y su Espíritu que nos hace hijos de Dios en Cristo Jesús. Hijos en el Hijo. Al mismo tiempo, le suplicamos que si somos hijos y tenemos la confianza y esperanza de ser herederos, que podamos vivir como hijos del mismo Padre; que podamos vivir como miembros del mismo Cuerpo y que el mundo pueda ver en nosotros una forma de vida que no se explica porque seamos simpáticos, o porque seamos creyentes, o porque tenemos esta manera de pensar, o porque tenemos este tipo de valores que ha inculcado el cristianismo a la cultura de Occidente, sino porque somos miembros los unos de los otros. Porque queremos que en el mundo brille esa novedad, que introduce la fraternidad, que introduce la amistad, que introduce el amor como categoría suprema de las relaciones humanas y como modalidad suprema de la existencia humana, a todos los niveles y en todo tipo de relaciones. También las comerciales, también las económicas, también las políticas. Los Papas han hablado muchas veces de la caridad política, es decir, del amor a un mundo que le llevó al Hijo de Dios a la cruz, conociendo perfectamente cuál era la situación de ese mundo, cuál era la situación, de la misma manera que hoy se nos da, conociendo perfectamente cuál es la condición de nuestro mundo.

Damos gracias y pedimos, Señor, Tú, que Te entregas por nosotros en una Alianza nueva y eterna, que ni siquiera nuestra mente es capaz de imaginar verdaderamente, hagas de nosotros ese otro milagro que es reunirnos a nosotros en un solo Cuerpo y vivir la realidad de nuestro ser Iglesia como Cuerpo de Cristo presente en la Historia, portador de esperanza y de amor para todos los seres humanos, para todos los hombres.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

6 de junio de 2021

S.I Catedral de Granada

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MEDITACIONES SOBRE LA CARIDAD EN LA FIESTA DEL DEL SEÑOR

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La fiesta del Corpus Christi prolonga la adoración del Señor presente en el sacramento de la Eucaristía en la atención a los hermanos más necesitados. La Iglesia ha elegido esta fiesta grande del Señor como jornada de Cáritas, que hoy adquiere una resonancia mayor a causa de la crisis económica y social que ha desencadenado la pandemia contra la que luchamos sin tregua. La crisis que estamos viviendo ha dejado desprotegidos a millones de seres humanos en todo el mundo, incluidos los países de la zona europea del bienestar como el nuestro. Los pobres se han multiplicado y las necesidades de familias enteras duran más tiempo que el esperado, a pesar de que los signos de recuperación vayan afianzándose en la sociedad, dando lugar a un tímido optimismo.

  1. Somos un solo cuerpo formado por hermanos

En este contexto social, la fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo nos devuelve al fundamento de nuestra fraternidad, razón de ser de la preocupación que sentimos por nuestros hermanos más necesitados: que, siendo distintos, formamos un solo cuerpo, pues si comparamos la Iglesia con el cuerpo humano, con san Pablo tenemos que decir: «Si todo fuera un solo miembro, ¿dónde quedaría el cuerpo? Por tanto, muchos son los miembros, pero uno solo el cuerpo. Y no puede el ojo decir a la mano: “¡No te necesito!”. Ni la cabeza a los pies: “¡No os necesito!” (…) Y si sufre un miembro, todos los demás sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los demás toman parte en su gozo» (1Cor 12,19-21.26).

Esta comparación del cuerpo social de la Iglesia con el cuerpo humano tiene una fuerza plástica tan contundente, que nos lleva a dar un paso más y preguntarnos por el origen de la unidad del cuerpo de Cristo, para responder que es el designio creador y redentor de Dios, en Jesús se ha revelado como Padre de todos los hombres. Esta afirmación contundente del Nuevo Testamento puede repetirse con san Pablo, que en la carta a los Efesios revela el dinamismo amoroso del designio divino, pues es el Dios creador el que nos ha perdonado y redimido haciéndonos hijos suyos, eligiéndonos antes de la fundación del mundo y destinándonos a vivir en su presencia con santidad y justicia «para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo conforme a su voluntad» (Ef 1,4-5).

Esta paternidad universal de Dios es la que nos hace hermanos, porque somos hijos en el Hijo de Dios estamos hechos a la medida del Hijo que entregó su vida por nosotros; y, en consecuencia, sólo el dinamismo benevolente de quien se abre al otro pone la convivencia al servicio integrador de los más necesitados de amor. Así lo sostiene con gran alcance para una civilización del amor el Papa Francisco, al poner de relieve el fundamento cristológico del dinamismo social de la fe cristiana: «El amor nos pone en tensión hacia la comunión universal. Nadie madura ni alcanza su plenitud aislándose. Por su propio dinamismo, el amor reclama una creciente apertura, mayor capacidad de acoger a otros, en una aventura nunca acabada que integra a todas las periferias hacia un pleno sentido de pertenencia mutua. Jesús nos decía: “Todos vosotros sois hermanos” (Mt 23,8)»[1].

El Papa, siguiendo la tradición del magisterio de los grandes maestros de la fe, se detiene en la dinámica del amor cristiano, que funda sociedades abiertas y benevolentes como fruto de la acción divina. Dice el Papa que este dinamismo es consecuencia de la caridad que Dios infunde, y apela al magisterio de Benedicto XVI, que se remite al criterio del amor como medida de valoración definitiva, positiva o negativa, de una vida humana, conforme a las palabras de Jesús sobre el amor como criterio de la decisión de Dios en el juicio final (cf. Mt 25,31-46)[2].

  1. La Iglesia, el cuerpo social por el que pasa el dinamismo de la acción divina generando comunión

Este magisterio prolonga y desarrolla la enseñanza permanente de la fe cristiana que da razón de la misma naturaleza de la Iglesia, cuerpo místico del Señor inseparable del cuerpo social que configura su realidad humana como comunión orgánica de personas que siguen a Jesucristo. Dios mismo ha querido hacer de la Iglesia «sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad del género humano»[3]. Es lo que explica que, entre las imágenes de la Iglesia que ayudan a comprender su misterio, el Vaticano II recuerde que la comunión eclesial es la que corresponde a una sociedad definida como pueblo de Dios. Una definición de la Iglesia que el Concilio justifica apelando a la voluntad de Dios que «quiso santificar y salvar a los hombres no individualmente como excluyendo su mutua conexión, sino hacer de ellos un pueblo para que le conociera de verdad y le sirviera con una vida santa»[4].

Recordar estas verdades de fe nos colocan ante la inevitable exhortación a los fieles cristianos a no sucumbir a la tentación de destruir la comunidad de la Iglesia con su conducta inmoral, dejando sin razón evangélica la llamada a la caridad con el prójimo y al servicio de los más necesitados. Si el cristianismo ha de fecundar la civilización del amor, la llamada a la fe que integra a quienes vienen a formar parte de la comunión eclesial mediante el bautismo sólo manifiesta el ser de la Iglesia si va acompañada de una vida que evidencie y respalde su misma naturaleza como cuerpo místico de Cristo, donde no haya oposiciones pecaminosas y perturbadoras que amenazan la comunión en Cristo sin destruir la diversidad de los miembros del cuerpo.

Con esta enseñanza Francisco nos recuerda también que nada es tan contrario a esta naturaleza de la Iglesia y de la comunión eclesial como el ejercicio impositivo y violento del poder sobre el cuerpo eclesial de quienes así quieren hacer triunfar su propia visión de la Iglesia y de la evangelización. Así a la definitividad de l amor como razón del juicio divino sobre una vida humana, agrega el Papa: «Sin embargo, hay creyentes que piensan que su grandeza está en la imposición de sus ideologías al resto, o en la defensa violenta de la verdad o en grandes demostraciones de fortaleza. Todos los creyentes necesitamos reconocer esto: lo primero es el amor, lo que nunca debe estar en riesgo es el amor, el mayor peligro es no amar (cf. 1Cor 13,1-13)» [5].

De ahí que quienes viven al margen de la comunión eclesial y apelan a ella sólo por motivos de interés ideológico, cuando estratégicamente creen que ha llegado su tiempo para imponer sobre el cuerpo eclesial sus propias ideas, sólo contribuyen a la destrucción del cuerpo social de la Iglesia. Desfiguran la naturaleza sacramental de la comunión eclesial, ya que apartados de esta última como estilo y talante de vida y de procedimiento constante en la Iglesia, cuando pretenden imponer su propia ley de plegaria y su propia forma de administrar la gracia divina, olvidan que la gracia de Dios es indisponible, no está a su merced porque no es manipulable, porque es imposible domesticar lo que la Iglesia es como obra de Dios. Incluso cuando algunos pastores pretender crear una Iglesia nueva, suponiendo que esa obra de sus manos será la Iglesia renovada que el mundo necesita, yerran gravemente en la fe al no concebir el misterio de la Iglesia como nos ha sido transmitido por la tradición apostólica de la fe, sino como un cuerpo discrecional.

  1. La caridad se realiza en la verdad

La caridad que viene de Dios sólo puede ejercerse en la verdad, porque sin la verdad no es caridad que Dios infunde, sino mera filantropía humana. La pretensión de separar la obra de Caritas de la Iglesia es obra de los adversarios de la Iglesia, porque en Caritas se manifiesta el dinamismo de la gracia de aquel que dio su vida por nosotros y está presente en la mesa del altar donde la Iglesia celebra el sacrificio eucarístico. Esta presencia de Cristo glorioso, que se ha llevado al cielo las marcas de su cruz redentora, alarga la mesa para que, el partir y compartir el pan de la caridad cristiana satisfaga el hambre de cuantos padecen las muchas maneras de pobreza que pueblan la tierra. Esta es la secreta y al mismo tiempo manifiesta verdad que encierra la Eucaristía como fundamento del dinamismo cristiano de la caridad.

Benedicto XVI, refiriéndose a la improcedencia de la “contraposición usual entre culto y ética” afirma que «en el “culto” mismo, en la comunión eucarística, está incluido a la vez el ser amado y el amar a los otros. Una Eucaristía que no comporte un ejercicio práctico del amor es fragmentaria en sí misma. Viceversa, el “mandamiento” del amor es posible sólo porque no es una mera exigencia: el amor puede ser “mandado” porque antes es dado»[6]. Jesús exhorta a sus discípulos a permanecer en el amor y les pide cumplir el mandamiento de amor recíproco, y extender su contenido de amor más allá de parientes y conocidos, e incluso más allá de la tierra de Israel, como amor universal a todos los hombres. Hay una relación intrínseca entre el amor a Jesús y el cumplimiento de los mandamientos de Jesús a sus discípulos que ellos han cumplir como Jesús ha cumplido los mandamientos de su Padre (cf. Jn 15,10). La Eucaristía que integra en el amor a Jesús se prolonga así en el cumplimiento de sus mandamientos.

  1. La Eucaristía desencadena y nutre el dinamismo de la caridad

Si los mandamientos se recapitulan en el amor a Dios y al prójimo (cf. Mt 22,36-40), el culto a la Eucaristía será inseparable del amor a los que padecen hambre y sed de justicia y a cuantos sucumben al hambre física que los convierte en indigentes en riesgo de enfermedad y de muer. Así, pues, el Señor nos dice: «Dadles vosotros de comer» (Lc 9,13).  Participar en el Pan de la vida eterna nos apremia a atender las situaciones de pobreza, porque «el alimento de la verdad nos impulsa a denunciar las situaciones indignas del hombre, en las que a causa de la injusticia y la explotación se muere por falta de comida y nos da nuevas fuerzas y ánimo para trabajar sin descanso en la construcción de la civilización del amor»[7].

Al rendir en el día del Corpus Christi la adoración que tributamos a Cristo presente en la Eucaristía, se nos concede renovar el compromiso de atención cuidado de cuantos necesitan de nosotros, colaborando con Caritas diocesana y haciendo posibles sus programas y proyectos en favor de los hermanos necesitados: unos, víctimas de la crisis económica; otros, abandonados a su suerte o refugiados en su soledad y en su enfermedad crónica; demasiados, portadores de las carencias que trae consigo la pérdida del empleo cotidiano; no pocos, inmigrantes en un país que necesita organizar su acogida… Por ello, al adorar la santísima Hostia donde Cristo se ha hecho presente para seguir siendo alimento de resucita y da vida eterna, en la fiesta grande del Señor, la fe eucarística nos ayudará a recordar que cuanto hicimos con uno de los peños hermanos lo hemos hecho con el mismo Señor.

Almería, a 5 de junio de 2021

Víspera de la solemnidad del Corpus Christi

+ Adolfo González Montes

[1] Francisco, Carta encíclica sobre la fraternidad y la amistas social Fratelli tutti [FT] (3 octubre 2021), n. 95.

[2] FT, n. 92, nota 71; cf. Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas est (25 diciembre 2005), n. 15.

[3] Vaticano II, Constitución sobre la Iglesia Lumen gentium [LG], n. 1.

[4] LG, n. 9.

[5] FT, n. 92

[6] Carta encíclica Deus caritas est, n. 14.

[7] Benedicto XVI, Exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis (22 febrero 2007), n. 90.

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Informe de Cáritas y Matriculaciones en el Centro de Estudios La Inmaculada, en el Iglesia noticia del 6 de junio

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Informe de Cáritas y Matriculaciones en el Centro de Estudios La Inmaculada, en el Iglesia noticia del 6 de junio

En el primer informativo diocesano, que cada domingo emite COPE Granada y COPE Motril, de este mes de junio hablamos sobre las matriculaciones abiertas en el Centro de Estudios Superiores La Inmaculada, tanto en su formación universitaria para Profesorado de Infantil y Primaria, como en sus Ciclos Formativos.

Hablamos también de la Memoria de actividades presentada esta semana de Cáritas Diocesana de Granada, en el que hace balance de su actividad en un año marcado por las consecuencias económicas y sociales provocadas por la pandemia. 

Entre otros temas, conocemos también la Orden de Predicadores en Granada, cuya Orden conmemora el 800 aniversario del fallecimiento de su fundador, santo Domingo de Guzmán.

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Baza celebra el Corpus con salida a la plaza Mayor de la custodia

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Baza celebra el Corpus con salida a la plaza Mayor de la custodia

La ciudad de Baza celebrará, un año más, la fiesta del Corpus Christi con solemnidad. Y lo hará en cada una de las parroquias, pero, de manera particular, con una Misa en la iglesia Mayor de Baza, a las 11 de la mañana. A la Misa no le seguirá, como otros años, la procesión con el Santísimo por las calles. Este año, a causa de la pandemia, se sustituirá la procesión por una salida de la custodia a la plaza Mayor, donde se realizará la bendición. Entre la Misa y la bendición, habrá un tiempo de exposición del Santísimo, que culminará, a las 12 del mediodía, con la salida de la custodia a la plaza y la bendición,

Antes de la Misa de las 11, habrá otra celebración e la Eucaristía a las 9,30 de la mañana, para evitar que se agrupen los fieles en una sola celebración.

Por la pandemia, se han suprimido las procesiones del Corpus en los pueblos y ciudades. También Baza. Lo único que se hará, será esa salida a la plaza Mayor, pero sin procesión. Allí se bendecirá a los asistentes y a la ciudad y, de nuevo, se volverá a meter en el templo. En otros lugares, donde la estructura de la iglesia lo permite, como las catedrales, se hará una procesión claustral, es decir, por el interior del templo, recorriendo las naves laterales. Eso sí, sin procesión de las personas, que permanecen en los bancos. Es lo que se va a hacer en la catedral de Guadix, el mismo domingo 6 de junio, tras la Misa Pontifical, que es a las 12 del mediodía.

Antonio Gómez

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