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La parroquia de S. Pedro en Argual acoge los bienes de los templos de Todoque y La Laguna

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Las imágenes y la mayoría de los bienes y otro objetos litúrgicos de los templos de Todoque y La Laguna han sido trasladados a la parroquia de S. Pedro Apóstol y los Santos Mártires en Argual (Los Llanos de Aridane). Operarios municipales y voluntarios hicieron el traslado desde el templo de S.Isidro en La Laguna, zona que había sido desalojada ante el peligro de verse afectada por la lava del volcán de cumbre Vieja.

El templo ha sido totalmente vaciado. El Santísimo fue llevado por el propio párroco a la ermita de Retamar. Entre las viviendas desalojadas de la zona también se encuentra la propia Casa Parroquial. Los archivos parroquiales y otros documentos fueron llevados a la parroquia de Los Remedios, en los Llanos.

El párroco, Alberto Hernández, señaló a la agencia EFE que «tengo que agradecer las continuas manifestaciones de ánimo y apoyo que nos están llegando de todas partes de España y del mundo». «Son muchas las personas que se han solidarizado con nuestra comunidad y ofrecen su ayuda desinteresada».

El culto de la zona se realiza a la ermita de Retamar, donde ya este fin de semana se ha celebrado la eucaristía, sin que se descarte hacer una misa parroquial en el templo S. Pedro y los Santos Mártires.

El próximo martes 19 de octubre, el Obispo Álvarez volverá a La Palma, donde espera poder desarrollar distintos encuentros, entre ellos con el voluntariado y los profesionales de Cáritas que trabajan en esta emergencia, así como con el clero de la isla. Igualmente se ha convocado a los fieles a orar y celebrar la Misa a las 18 horas de ese día en distintos santuarios, concretamente en el de las Nieves, las Angustias y el  Pino, coincidiendo con el primer mes de la erupción volcánica. Al finalizar la Misa se realizará una procesión con las imágenes marianas repectivas, rezando el Rosario.

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Homilía del Obispo de Jaén en la apertura del Sínodo

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Queridos diocesanos:

Nos hemos reunido para vivir un acontecimiento excepcional e histórico. Convocados por el Papa Francisco, participamos, como pueblo de Dios en Jaén, en un Sínodo, en el que también estarán junto a nosotros la multitud de las Iglesias locales del mundo entero, con las que compartimos la fe en Jesucristo y constituimos la universal. Lo que hoy hacemos es una responsabilidad y un honor. Hay que decir, no obstante, que nunca hemos dejado de sentir con el Papa y de vivir en la comunión de la Iglesia. Pedro quiere escuchar el sentir de toda la Iglesia, quiere que intervengamos en las ocupaciones y preocupaciones del caminar del pueblo cristiano.

En este sínodo, que es sobre la Iglesia misma y su identidad, el Papa Francisco quiere que todo el pueblo de Dios en camino, – los laicos, a los consagrados, los presbíteros y los Obispos – participemos unidos. Lo iremos haciendo poco, a poco a medida que transcurra el Sínodo, que hoy comienza para nosotros, y que culminará en 2023. Nuestro lema es: Por una Iglesia sinodal: comunión, participación, misión. En la diversidad que nostramos y que verdaderamente somos, todos los que estamos unidos en nuestro Bautismo común caminaremos en la misma dirección.

Participaremos, activamente, en un sínodo que nos reafirmará en este modo de ser y de vivir como cristianos. “Nuestro caminar juntos es lo que mejor realiza y manifiesta la naturaleza de la Iglesia como pueblo de Dios peregrino y misionero”. “La sinodalidad nos remite a la esencia misma de la Iglesia, a su realidad constitutiva, y se orienta a la evangelización”. Participar en el Sínodo nos mostrará que todos somos necesarios en la común misión que Cristo nos encomendó, la de evangelizar.  “Caminar juntos, invocar al Espíritu, escuchar y acompañar van haciendo del discernimiento sinodal la clave de fondo que sugiere las acciones que realizar, en la doble escucha del Señor y de los deseos y gemidos de nuestros contemporáneos, con los que nos encontramos en la salida misionera” (Fieles el envío misionero, 4.1.)

Es necesario, por tanto, que todos entendamos que la sinodalidad es mucho más que la celebración de encuentros eclesiales y asambleas de obispos, o una cuestión de simple administración interna de la Iglesia; la sinodalidad indica la específica forma de vivir y obrar (modus vivendi et operandi de la Iglesia Pueblo de Dios que manifiesta y realiza en concreto su ser comunión en el caminar juntos, en el reunirse en asambleas y en el participar activamente de todos sus miembros en su misión evangelizadora) (Documento Sínodo 10). «Si no se cultiva una praxis eclesial que exprese la sinodalidad de manera concreta a cada paso del camino y del obrar, promoviendo la implicación real de todos y cada uno, la comunión y la misión corren el peligro de quedarse como términos un poco abstractos». (Papa Francisco, apertura del Sínodo)

Nuestra intención, por tanto, es ambiciosa, iremos juntos e ilusionados hasta donde nos lleve el Espíritu, que siempre rompe nuestros moldes y nos hace salir de nuestras inercias y perezas. “El Espíritu Santo posee una inventiva infinita, propia de una mente divina, que provee a desatar los nudos de los sucesos humanos, incluso los más complejos e impenetrables». El Espíritu es el artífice de la comunión y el que nos acompaña en cada paso del camino.

Participaremos en este sínodo para hacer que germinen sueños, se susciten profecías y visiones, para hacer florecer esperanzas, estimular la confianza, vendar heridas, entretejer relaciones, resucitar una aurora de esperanza, aprender unos de otros. Y crear un imaginario positivo, que ilumine las mentes, enardezca corazones, dé fuerza a las manos”. Como nos ha dicho el Papa, hacemos el sínodo para «ser una Iglesia de la cercanía», una Iglesia «que no se separa de la vida, sino que se hace cargo de las fragilidades y las pobrezas de nuestro tiempo, curando las heridas y sanando los corazones quebrantados con el bálsamo de Dios».

Ser sinodales hará crecer nuestro amor a la Iglesia, reforzará nuestro sentido de pertenencia, abrirá en horizonte de nuestra eclesialidad más allá de nuestros límites, no sólo geográficos sino humanos y religiosos. Os pregunto, queridos diocesanos: ¿Estamos dispuestos a la aventura del camino o estamos temerosos ante lo incierto y preferimos refugiarnos en las excusas del “no hace falta” y del “siempre se ha hecho así”? Si estáis dispuestos y dispuestas a esta aventura, id dándole vueltas en vuestro corazón cristiano y eclesial a esta pregunta: ¿Cómo realizar hoy, a diversos niveles (desde el local o universal) ese caminar juntos que permite a la Iglesia anunciar el Evangelio, de acuerdo a la misión que le fue confiada; qué pasos del Espíritu se nos invita a dar para crecer como Iglesia sinodal? (Documento Sínodo 2).

Ya se ha explicado detalladamente cómo haremos el camino. Una comisión estará permanentemente al servicio de todos; pero yo quiero recomendaros algo que considero esencial: Prestad permanentemente mucha atención a la Palabra de Dios y dejad que la oración predomine en todo cuanto suceda dentro de vosotros y en vuestros encuentros y diálogos. Antes, durante y después de la experiencia sinodal la escucha de la Palabra de Dios, la adoración y la oración han de tener un total protagonismo en todo cuanto hagamos.

Mi recomendación es la que nos ha propuesto la Palabra proclamada: Durante el camino sinodal miremos a Jesucristo, servidor de todos hasta el extremo de dar su propia vida. Este es el modelo siempre de nuestra existencia cristiana, orientar nuestra vida en el servicio generoso y humilde de Cristo, que ha aceptado el sufrimiento para comunicarnos la misericordia divina de un modo profundo, completo y perfecto.

Como hoy se nos ha aclarado en este episodio evangélico, nuestra tendencia es contraria a esos sentimientos y actitudes de Cristo; nosotros solemos ir por un camino ajeno al servicio. En cuanto se constituye un grupo, para lo que sea, enseguida surge la pregunta: ¿Quién es el primero? Santiago, Juan y los otros discípulos son una muestra evidente. Pero Jesús nos dice: “vosotros nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida por todos”. En definitiva, que nadie pretenda imponerse.

Estoy convencido de que lo haremos muy bien el camino sinodal poniendo servicio generoso y abnegado con estos tres verbos que nos ha señalado el Papa Francisco: ENCONTRAR, ESCUCHAR, DISCERNIR.

ENCONTRAR. El sínodo exige atención, disponibilidad para encontrarse con el otro y dejarse interpelar por su inquietud. No olvidemos que un encuentro, cuando Jesús está entre nosotros, puede cambiar la vida. En este camino sinodal estamos llamados a ser expertos en el arte del encuentro. Hemos de enfocarnos en la palabra y en el rostro del otro, encontrarnos cara a cara y fraternalmente con cada uno con quienes compartamos esta experiencia.

ESCUCHAR. Un verdadero encuentro sólo nace de la escucha. No hemos de tener miedo a escuchar con el corazón y no sólo con los oídos. Hemos de permitir a las personas que se expresen, aunque tengan recorridos de la vida difíciles. No insonoricemos el corazón, no nos blindemos dentro de nuestras certezas. Las certezas muchas veces nos cierran a los demás y malogran el encuentro.

DISCERNIR. El discernimiento nos llevará a interrogarnos sobre lo que Dios nos quiere decir en este tiempo y en que dirección quiere orientarnos. El sínodo es un camino de discernimiento espiritual y pastoral, un acontecimiento de gracia, un proceso de sanación guiado por el Espíritu.

Nuestro Sínodo será un cálido e ilusionante Pentecostés, si entre nosotros está María. Démosle siempre un espacio espiritual, pero también físico. Hagamos que siempre una imagen suya presida nuestros encuentros.

Catedral de Baeza, 17 de octubre de 2021

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

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Se abre la Fase Diocesana del Sínodo de los Obispos

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El obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández, ha celebrado la misa de apertura en la Santa Iglesia Catedral

La diócesis de Córdoba abre la Fase Diocesana del Sínodo de los Obispos con la celebración de la santa misa, en la Catedral de Córdoba, presidida por el Obispo, monseñor Demetrio Fernández. Una etapa para “encontrar, escuchar y discernir”, tal y como planteó el Papa Francisco el pasado domingo, en la misa de apertura del Sínodo de los Obispos 2021.

“Se trata de caminar juntos en la misma dirección, de ponernos a la escucha de las esperanzas de cada Iglesia, pueblo o nación”, explicó el Santo Padre exhortando a los obispos a abrir la primera de las tres fases que el proceso sinodal atravesará antes de llegar a la reunión de los padres sinodales en la XVI Asamblea General del Sínodo en Roma, en octubre de 2023.

En esta Fase Diocesana, que se centrará en las diócesis y sus comunidades cristianas (parroquias, movimientos, universidades, congregaciones, grupos de fieles y demás realidades), el obispo de Córdoba ha pedido trabajar unidos y en comunión. “Que el mes misionero nos haga entender este mensaje de Jesucristo y que el Sínodo que comenzamos en las diócesis, “Por una Iglesia sinodal”, nos vaya preparando para participar todos en la construcción de la Iglesia y en el testimonio que la Iglesia está llamada a dar en el mundo”. La diócesis de Córdoba ya tiene una fecha, el 26 de marzo, para una asamblea sinodal de laicos, sacerdotes y religiosos, ha anunciado el Obispo, “donde pongamos en común las pautas que nos van dando en este camino común para hacer q la Iglesia sea cada vez más un signo visible”.

En octubre de 2023, se celebrará el Sínodo de los Obispos, una reunión de una representación de los Obispos del mundo entero, donde se reflexionará sobre la importancia de que toda la Iglesia camine unida.

La celebración ha culminado con la oración del Sínodo, “Adsumus Sancte Spiritus”, una oración al Espíritu Santo que se utilizará durante el proceso sinodal y ha sido diseñada específicamente para el camino sinodal de la Iglesia de 2021 a 2023, atribuida a san Isidoro de Sevilla y utilizada tradicionalmente en concilios y sínodos.

Dos fases más

La segunda fase tendrá como protagonista a las Conferencias Episcopales y a los Sínodos de las Iglesias Orientales. En esa fase se recopilarán todas las aportaciones de la Fase Diocesana y se elaborará una síntesis como base de los trabajos del Encuentro Presinodal.

Del Encuentro Presinodal saldrá un primer Instrumentum Laboris, que guiará el proceso sinodal en su tercera fase, la Fase Continental. En ella, la Iglesia se reunirá en encuentros continentales, siete encuentros, uno por continente, y se redactarán siete Documentos Finales, de donde saldrá un segundo y definitivo Instrumentum Laboris.

Ese segundo instrumento de trabajo será el que guíe los debates de los Padres Sinodales en la Asamblea de octubre de 2023. Por último, los Padres Sinodales, en la conclusión de sus discusiones, consensuarán un Documento Final que le será entregado al Papa Francisco.

Acción de gracias por los Beatos mártires

La celebración ha sido además una acción de gracias por los Beatos mártires Juan Elías Medina y 126 Compañeros, solemnemente beatificados el sábado, en la Catedral.

En la homilía, el pastor de la Diócesis se ha mostrado agradecido con la solemne celebración vivida ayer en la Catedral de Córdoba, “experimentamos todos lo que hoy canta el Salmo: Que tu misericordia Señor venga sobre nosotros como lo esperamos de ti”. Y ha añadido que “en los mártires y en nosotros experimentamos la misericordia de Dios”. “Somos de barro, frágiles, débiles e incluso palpamos nuestro propio pecado, pero Dios tiene misericordia de nosotros y quiere llevarnos hasta la plenitud de la vida cristiana, la santidad”, ha afirmado asegurando que “el camino siempre es Jesucristo”.

Asimismo, ha pedido que el testimonio de nuestros mártires “nos ayude a seguir esa estela de santidad que ellos han dejado en la Iglesia, en nuestras familias y en nuestros ambientes”.

Al concluir la santa misa, se ha entonado el himno dedicado a los Beatos mártires, “La Victoria del Amor”.


































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Sínodo, “hacer el camino juntos significa vivir con una mano tendida”

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Homilía de D. Javier Martínez en la Eucaristía en la Catedral en el XXIX Domingo del Tiempo Ordinario, el 17 de octubre de 2021. Ese día se abrió la fase diocesana del Sínodo de los obispos 2021-2023, con el tema “Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión”.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo santo de Dios;
muy queridos sacerdotes concelebrantes;
queridos coro de jóvenes (ya no me atrevo a llamaros pueri cantores: pueri no sois ninguno. Sois jóvenes cantores del coro más bonito que tiene la Catedral de Granada);
muy queridos hermanos y amigos todos:

El Santo Padre ha llamado a la Iglesia -ya hace unos meses- y viene sonando ese mensaje de que el próximo Sínodo de los obispos será, precisamente, sobre el significado que tiene, para toda la Iglesia, la palabra “sínodo”, que es una palabra profundamente cristiana. Él inauguró el camino de preparación a ese Sínodo la semana pasada en Roma. Y ha pedido que los obispos inauguremos ese camino. Tenemos tres años para ir haciendo. Pero que tenemos que empezar con decisión y con ánimo y con muchas ganas de esa renovación que nos puede traer la conciencia de lo que significa la palabra y de lo que lleva consigo. La palabra, lo habéis oído en la monición de entrada, significa “camino en común”: caminar juntos. Es una palabra profundamente cristiana, porque las tendencias del mundo son, sencillamente, al aislamiento, a la dislocación, a la dispersión, a la atomización de la sociedad. Y eso ha sido incrementado muy radicalmente por el pensamiento de la Ilustración y sus consecuencias; por el pensamiento de la modernidad; por la política de la modernidad, donde, por una parte, a veces se habla todavía de la sociedad civil, pero la sociedad civil cada vez está más intervenida por las pretensiones del Estado de controlar todos los aspectos de la vida de las personas. Se suele decir en el lenguaje político, de los individuos, pero no somos individuos, somos personas, porque la palabra persona implica una relación que no implica la palabra individuo.

El caso es que nuestro mundo vuelve a ser como cuando dijo Jesús “Yo he venido a reunir a los hijos de Dios dispersos”. Los seres humanos hoy estamos dispersos. Hasta las naciones pierden su importancia en muchos sentidos, porque el capitalismo global hace que sea indiferente. El ser humano no es más que un punto; un punto individual, una aportación a la fuerza laboral, visto sólo en función del crecimiento económico, de la producción y del consumo, y dejando fuera todos los demás aspectos y, ciertamente, controlados cada vez más por una administración púbica que no para de crecer hasta absorber prácticamente dentro de sí lo que se llamaba hace unos años todavía la “sociedad civil”.

En ese contexto, la Iglesia, que es un pueblo, que no puede dejar de sentirse un pueblo, también se deshilacha. También estamos nosotros deshilachados. Y también aparecen dentro de la Iglesia focos de pertenencia o focos de atracción que generan unas pertenencias que se excluyen unas a otras. Por ejemplo, si uno es del Madrid, no puede ser del Barça al mismo tiempo. Pero, hasta dentro de la Iglesia, nos pasa un poco así: si pertenecemos a alguna realidad eclesial, a menos que estemos muy atentos al Espíritu de Dios, fácilmente despreciamos a las demás, fácilmente nos encerramos en nosotros mismos. Hasta en la parroquia eso puede suceder. Uno se encierra en el grupito de la comunidad cristiana, de los grupos parroquiales, de los matrimonios que están allí, perdemos el sentido misionero y perdemos el sentido de que nuestra unión sólo es verdadera cuando está dispuesta, como el Señor, a salir de uno mismo y a abrirse del horizonte del mundo entero: a los horizontes del trabajo, de la vida cotidiana, del compañerismo, del camino que compartimos con tantos amigos, unos de ellos creyentes y otros no creyentes en el camino de la vida.

El camino sinodal al que nos invita el Papa es, por lo tanto, un camino de conversión. De conversión a la esencia de nuestra fe. Si queréis, es un camino de asunción del Concilio Vaticano II, que lo hemos asumido para hacer algunos cambios en la liturgia, pero no lo hemos asumido verdaderamente para nuestro ser Iglesia, para nuestra conciencia como cristianos de lo que significa ser cristianos en medio de este mundo nuestro que necesita la esperanza, y la fe, y el amor, probablemente más que nunca en los veinte siglos de cristianismo que llevamos, porque nunca había surgido una cultura no cristiana con el poder y los medios de poder y de dominio que tiene la cultura en la que vivimos; y sin embargo, esa cultura destruye lo humano, deshace lo humano, hace extraordinariamente extraña y difícil la verdadera alegría. Sí que hay muchos modos de diversión, nunca ha habido tantos, pero la diversión no significa la alegría. En el fondo del corazón humano, se instala una soledad muy profunda, se instala una tristeza muy profunda y, frente a eso, no sólo tenemos que resistir, como cantábamos al comienzo de la pandemia, sino tenemos verdaderamente que construir un mundo alternativo; construir una sociedad, que no significa oponerse a nada ni a nadie en muchos sentidos verdaderamente. Significa ser portadores verdaderamente de un amor que es más grande que el pecado y que es más grande que la muerte.

Y eso es a lo que nos invita el camino sinodal, al que el Papa nos invita a todos y que hoy, de alguna manera, inauguramos en nuestra Diócesis. Yo hice ayer una llamada a todos los diocesanos a iniciar ese camino. Mañana y pasado voy a reunirme con los sacerdotes y vamos a tratar de tomarnos muy en serio el comienzo de ese camino. Pero yo invito a todas las realidades eclesiales, cofradías, comunidades, de un tipo o de otro, movimientos, congregaciones religiosas. Todos. A lo mejor, estamos muy lejos unos de otros. Cada uno embebido en el trabajo y en la misión que tenemos delante. No es que tengamos rabia a los demás, ni nada de eso. Simplemente, donde estamos nos absorbe la vida e ignoramos el resto de la Iglesia. No nos sentimos parte de una Iglesia de la que siempre decimos que es una. El primer rasgo de la Iglesia, y el único que hace posible, además, la fe de los hombres, según la oración de Jesús Padre, “que todos sean uno, como Tú estás en mí y yo en Ti. Yo Te suplico que todos sean uno, como Tú y Yo somos uno, para que el mundo crea que Tú me has enviado”. No se acercarán a la fe si no ven el milagro de nuestra unidad. Yo sé que ese milagro es ya un milagro en el seno del matrimonio. Y fijaros, Dios ha puesto atractivo entre el hombre y la mujer, de un modo o de otro, para que puedan ser uno, y aún ese ser uno del hombre y la mujer es un milagro. Lo sabéis todos. Lo vemos todos los días. Si hasta eso, que Dios lo ha ayudado tanto con la fuerza de la naturaleza, es un milagro, no os quiero decir nada cuando somos personas que no nos conocemos o personas que no convivimos en la vida ordinaria o que pertenecemos a instituciones que parece que nos llevan a Jesucristo y no necesitamos nada más que estar en esa institución y, a lo sumo, orar por los que no están en ella, por los demás o así.

Tenemos que acercarnos. Hacer el camino juntos significa vivir con una mano tendida, para que los demás puedan coger esa mano y no necesariamente hacerse de nuestro grupo o de nuestro movimiento, sino coger esa mano y saber que tú, donde tú estás, te acercas a Jesucristo; yo, donde yo estoy, me acerco a Jesucristo. Yo puedo aprender de ti; tú puedes aprender de mí. El Evangelio de hoy, en ese sentido, es tremendo: que el que quiera ser el primero entre vosotros que se haga el servidor de todos. Y eso tiene consonancias con ese otro tema del Evangelio también, donde el Señor dice que Él ha venido a servir y a dar su vida en rescate por muchos. O cuando dice, “si amáis sólo a los que os aman (a los de vuestro grupo), ¿qué mérito tenéis?”. Eso lo hacen los paganos. Eso lo hacen también los animales. Quieren a quienes les quieren. “Amad a vuestros enemigos. Orad por los que os odian. Bendecid a quienes os maldicen”.

Dios mío, ese es el Espíritu de Jesucristo y es el amor que Cristo ha manifestado en Su enseñanza, en Su Persona y en Su vida, y en su Pasión y en su muerte, en la sangre que ha derramado por todos y cada uno de los hombres, y que nos hace posible esperar (porque, entonces, habría algo más poderoso que el amor de Dios) “que ni uno solo se pierda”. Pero esa pasión la tenemos que llevar en nuestro corazón cada uno. Y como una verdadera pasión, como un anhelo, como un deseo, como un deseo justamente de que se cumpla nuestra vocación humana, porque somos imagen de Dios y sólo se cumple nuestra humanidad cuando nos parecemos más conscientemente, más plenamente a Dios, que hace llover sobre buenos y malos, que hace salir el sol sobre justos e injustos, y que llama especialmente y ama especialmente a los pecadores, dejando a las 99 en el desierto para irse a buscar la oveja perdida.

En ese camino sinodal esta misma semana, os señalo un hito precioso del que no puedo mas que dar gracias a Dios. La Iglesia de San Bartolomé, en el Albaicín, que ya hace casi un año o alrededor de un año, yo cedí al Patriarcado de Moscú, a la Iglesia ortodoxa rusa; vino el Exarca –la figura siguiente al Patriarca– hace unos días y celebró su primera Eucaristía en el rito ortodoxo ruso en esa Iglesia. Había una comunidad de unas sesenta personas. Es una liturgia bellísima y preciosa. Somos hermanos separados. Nuestra fe es prácticamente la misma, excepto que no aceptan o tienen dificultades en aceptar el culto a las esculturas, porque en Oriente las esculturas estaban vinculadas al mundo pagano, y ellos sólo dan veneración a los iconos y el Primado del Obispo de Roma, del Sucesor de Pedro. En esas dos cosas, cada vez estamos más cerca los unos de los otros. Cada vez nos damos más cuenta de cómo todos tenemos que aprender de todos. Como decía el Papa Juan Pablo II, “la Iglesia tiene que volver a respirar con sus dos pulmones”. Pero si los cristianos ortodoxos-rusos y nosotros… Todavía no podemos comulgar. Yo asistí como invitado y estuve allí, pero no podía comulgar. Y expresé que le suplico al Espíritu Santo que un día podamos comulgar, ellos en nuestra Eucaristía y nosotros en la suya, con un deseo de unidad. Pero ese deseo de unidad entre los que están más lejos hay que asumirlo también y hacer ese camino con los que estamos más cerca, donde debería de ser más fácil y, sin embargo, muchas veces es más difícil amar al prójimo que tienes todos los días al lado, al vecino o al del piso de arriba, que es cristiano de una manera un poco distinta a como lo soy yo, que amar a los cristianos separados que viven a muchos kilómetros de nosotros.

Que el Señor nos dé su Espíritu Santo para que podamos caminar en ese camino sinodal, acercándonos unos a otros, viviendo unos más cerca de los otros, aproximándonos unos a otros al menos en este camino, para que un día sea posible la comunión plena. Que nos sintamos todos miembros vivos del único Cuerpo de Cristo, que es la imagen más plena de la Iglesia; es la Esposa de Cristo que Cristo ha unido a Sí, y por eso yo saludo a la Iglesia siempre al comienzo de las homilías llamándola “Esposa de Nuestro Señor Jesucristo”; que el Señor la une a Sí en cada Eucaristía de tal manera que somos su Cuerpo. Él vive en nosotros con una unión que sólo Dios puede hacer, que no se hace en los matrimonios de este mundo, que no se hace en las uniones de los amigos de este mundo, que no se hace en ninguna unión humana, que sólo Dios puede hacer. Pero se ha unido a nosotros con un amor fiel e indivisible, hasta tal punto que somos portadores del amor de Cristo en nuestra vida. Que lo seamos. Que seamos portadores del amor y de la misericordia de Cristo en todas partes, en todos los lugares. Empezando por la realidad de nuestra propia Iglesia.

La otra cosa que os quería contar. Ayer se beatificaban 127 mártires de la persecución religiosa en España del siglo XX, en la diócesis de Córdoba. Y el cardenal que presidía la celebración en nombre del Papa contó una historia preciosa de un pueblo que está a la entrada de Galicia en el Camino de Santiago. Es un Cristo crucificado con una mano desclavada y apuntando hacia abajo, y abajo un pecador al que el sacerdote no le había querido perdonar los pecados -probablemente con motivo, según la legislación de la Iglesia-. Sólo que Cristo le dice al sacerdote, “¿cómo es posible que mi Sangre no pueda perdonar a este hijo mío que está tan lejos de Mí y por el que yo he dado mi vida?”.

Terminamos así. En cada Eucaristía pedimos por todos aquellos que han muerto en la Misericordia de Dios. ¿De quién podemos decir que no ha muerto en la Misericordia de Dios? De nadie! De nadie. Esperamos la salvación de todos y queremos contribuir con nuestra vida a la salvación y a la esperanza de este mundo entero; de este mundo que ha perdido la esperanza y ha perdido el secreto de la alegría.

Que así sea para todos, al menos para quienes estamos aquí y para quienes se unen a nosotros a través de los medios de comunicación.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

17 de octubre de 2021
S.I Catedral de Granada

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Comienza el tiempo de que «germinen sueños» y de «vendar heridas», iniciamos el camino hacia el Sínodo

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El obispo de Cartagena ha presidido esta mañana la celebración con la que da comienzo la fase de consulta diocesana para el Sínodo.

Junto al resto de las diócesis de todo el mundo, la Iglesia local de Cartagena ha iniciado hoy el tiempo de consulta diocesana para XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que tendrá lugar en Roma en octubre de 2023. Por delante, cuatro meses de trabajo sinodal diocesano para que la Diócesis se interrogue sobre su vida y misión.

«Hemos tomando conciencia de nuestra condición de Pueblo de Dios y de la invitación que nos ha hecho el Santo Padre para renovar nuestra vocación de Iglesia sinodal, llamados a la comunión, participación y misión, y nos ponemos en camino». Así iniciaba esta mañana su homilía el obispo de Cartagena, Mons. José Manuel Lorca Planes, en la celebración eucarística en la catedral con la que daba comienzo esta fase de consulta en la Diócesis de Cartagena. Acompañado por el obispo auxiliar, Mons. Sebastián Chico; el arzobispo emérito de Burgos, Mons. Francisco Gil; y una veintena de sacerdotes, Mons. Lorca Planes ha subrayado la sinodalidad (la identidad de la Iglesia como Pueblo de Dios en camino) de este proceso al que está invitada toda la Diócesis: sacerdotes, religiosos y laicos.

Un tiempo, este que comienza la Iglesia, que el obispo ha denominado como «un kairós» («un tiempo de Dios»), una oportunidad de renovación de la misión de la Iglesia: «Hermanos, somos el Pueblo de Dios en camino y estamos llamados a estar cerca de la gente, a desarrollar la cultura del cuidado de cada persona, pero no por obligación, no como un peso que nos desgasta, sino como una opción personal que nos llena de alegría y nos otorga identidad».

La consulta que se va a realizar en la Diócesis, y en toda la Iglesia universal, se basará en dos grandes interrogantes: ¿Cómo se realiza hoy en la Iglesia nuestro «caminar juntos» en la sinodalidad? Y ¿qué pasos nos invita a dar el Espíritu para crecer en nuestro «caminar juntos»? Mons. Lorca ha recordado las palabras del Papa Francisco, insistiendo en que la finalidad del Sínodo no es producir documentos, sino «hacer que germinen sueños, suscitar profecías y visiones, hacer florecer esperanzas, estimular la confianza, vendar heridas, entretejer relaciones, resucitar una aurora de esperanza, aprender unos de otros, y crear un imaginario positivo que ilumine las mentes, enardezca los corazones, dé fuerza a las manos».

Al finalizar la celebración, el obispo ha entregado una vela encendida, como símbolo de la misión que se inicia hoy en la Diócesis, a representantes de las ocho zonas pastorales, de los movimientos laicales, de la vida consagrada y del Equipo Sinodal Diocesano.

Para que las distintas parroquias, movimientos, comunidades religiosas y demás realidades eclesiales puedan trabajar los documentos para participar en esta consulta, se ha creado un espacio en la página web de la Diócesis (diocesisdecartagena.org) en el que se ofrecen materiales generales para que sirvan de ayuda.

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El Obispo en la Misa de Apertura de la fase diocesana del Sínodo: «el camino sinodal que emprendemos nos invita a dialogar con todos, pero es preciso partir del diálogo con Dios»

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El obispo de Huelva, Santiago Gómez, ha presidido esta mañana en la Santa Iglesia Catedral la Misa de Apertura de la fase diocesana del Sinodo 2021-2023, una Eucaristía concelebrada por el vicario general y los vicarios episcopales, miembros del Cabildo, el rector y formadores del Seminario y miembros del clero diocesano, a la que han asistido también seminaristas, religiosos y una representación de la comunidad diocesana de todos los arciprestazgos.

En su homilía, D. Santiago Gómez ha destacado que «la Eucaristía es la fuente de la espiritualidad de la comunión y escuela para la formación en el camino sinodal que emprendemos, porque sin conversión del corazón y de la mente todo este proceso se transformará en discusión ideológica sin corazón ni rostro. Sólo la espiritualidad de la comunión dará un alma a las estructuras sinodales».

Y ha señalado elementos específicos de la vida cristiana que se encuentran en la celebración eucarística «para ir asimilando la espiritualidad de comunión, necesaria para vivir la sinodalidad», como son «la confesión de nuestros pecados, la escucha de la Palabra de Dios, la comunión y la misión«.

En relación a la confesión, ha expresado que «la comunión empieza con la reconciliación con Dios y con los hermanos. El pecado es el camino de la división. Caminar juntos –sínodo– implica el reconocimiento de los propios pecados de pensamiento, palabra y omisión, y la petición de perdón. La reconciliación es el camino para vivir la sinodalidad. Para vivir la unidad entre todos los fieles que peregrinamos en esta Iglesia particular de Huelva, necesitamos conversión».

Asimismo, ha subrayado que «debemos coser sin desfallecer tres redes en las que vive el Pueblo de Dios: la red que constituyen las parroquias, vertebrando todo el territorio de nuestra iglesia particular; la red de la vida consagrada, con sus comunidades de monjas de clausura, comunidades de religiosos y religiosas, y otras formas de vida consagrada; y la red de los movimientos, asociaciones de fieles, nuevas comunidades e instituciones eclesiales. El espíritu sinodal no pretende uniformar la vida de todos, sino contemplarlos en la fraternidad recibida y en el trabajo misionero hecho en comunión que Huelva necesita».

En cuanto a la escucha de la Palabra de Dios, «antes de hablar de Dios, tenemos que escuchar su Palabra, aprender como discípulos de la Palabra hecha carne, discípulos del Señor Jesús. Este proceso sinodal nos invita a escucharnos unos a otros, pero antes los discípulos deben escuchar la Palabra. El camino sinodal que emprendemos nos invita a dialogar con todos, pero es preciso partir del diálogo con Dios«, ha destacado.

«Originada en Cristo mediante el Espíritu Santo, la comunión es participada por todos nosotros. Teniendo la misma dignidad de bautizados, recibimos del Padre y ejercemos con responsabilidad diversas vocaciones […] La convergencia de esta pluralidad en la unidad es lo que se desea fomentar en este proceso sinodal«, ha añadido.

El obispo de Huelva ha señalado además que «para ser misioneros tenemos que vivir intensamente la comunión eclesial, que se alimenta de la Eucaristía. Unidad experimentada dentro de todas y cada una de las comunidades cristianas, y unidad con la Iglesia local y universal. Donde se impone la diversidad de opiniones en cuestiones de fe o de moral, la Iglesia se desdibuja y pierde poder de convicción. No bastará la modernización de las estructuras sinodales de participación. Es preciso vivir intensamente una verdadera conversión a Dios y a los hermanos. Necesitamos unidad y fervor para evangelizar».

Por último, ha apuntado que «la comunión realizada por la Eucaristía impulsa hacia la misión. El que participa del Cuerpo de Cristo está llamado a compartir la alegre experiencia con todos. El acontecimiento sinodal que estamos inaugurando estimula a la Iglesia para que salga a evangelizar«.

Y ha terminado con la pregunta clave de la consulta sinodal, poniendo en manos de la Virgen este proceso: «¿Cómo podemos ser verdaderamente Iglesia sinodal viviendo “en salida” hacia todos para ir juntos hacia Dios?».

La celebración ha contado con el acompañamiento en el canto de la Coral Polifónica de la Catedral, dirigida por Sergio Lazo. En el presbiterio, se encontraba un lienzo de Pentecostés (s. XVIII) procedente de la parroquia de Trigueros, alusivo a la asamblea sinodal que comienza bajo la iluminación del Espíritu y a la protección de María. En las gradas del presbiterio se encontraba igualmente entronizada la Palabra de Dios con el evangeliario.

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Sínodo, “hacer el camino juntos significa vivir con una mano tendida”

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Homilía en la Eucaristía en la Catedral en el XXIX Domingo del Tiempo Ordinario, el 17 de octubre de 2021. Ese día se abrió la fase diocesana del Sínodo de los obispos 2021-2023, con el tema “Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo santo de Dios;

muy queridos sacerdotes concelebrantes;

queridos coro de jóvenes (ya no me atrevo a llamaros pueri cantores: pueri no sois ninguno. Sois jóvenes cantores del coro más bonito que tiene la Catedral de Granada);

muy queridos hermanos y amigos todos:

El Santo Padre ha llamado a la Iglesia -ya hace unos meses- y viene sonando ese mensaje de que el próximo Sínodo de los obispos será, precisamente, sobre el significado que tiene, para toda la Iglesia, la palabra “sínodo”, que es una palabra profundamente cristiana. Él inauguró el camino de preparación a ese Sínodo la semana pasada en Roma. Y ha pedido que los obispos inauguremos ese camino. Tenemos tres años para ir haciendo. Pero que tenemos que empezar con decisión y con ánimo y con muchas ganas de esa renovación que nos puede traer la conciencia de lo que significa la palabra y de lo que lleva consigo. La palabra, lo habéis oído en la monición de entrada, significa “camino en común”: caminar juntos. Es una palabra profundamente cristiana, porque las tendencias del mundo son, sencillamente, al aislamiento, a la dislocación, a la dispersión, a la atomización de la sociedad. Y eso ha sido incrementado muy radicalmente por el pensamiento de la Ilustración y sus consecuencias; por el pensamiento de la modernidad; por la política de la modernidad, donde, por una parte, a veces se habla todavía de la sociedad civil, pero la sociedad civil cada vez está más intervenida por las pretensiones del Estado de controlar todos los aspectos de la vida de las personas. Se suele decir en el lenguaje político, de los individuos, pero no somos individuos, somos personas, porque la palabra persona implica una relación que no implica la palabra individuo.

El caso es que nuestro mundo vuelve a ser como cuando dijo Jesús “Yo he venido a reunir a los hijos de Dios dispersos”. Los seres humanos hoy estamos dispersos. Hasta las naciones pierden su importancia en muchos sentidos, porque el capitalismo global hace que sea indiferente. El ser humano no es más que un punto; un punto individual, una aportación a la fuerza laboral, visto sólo en función del crecimiento económico, de la producción y del consumo, y dejando fuera todos los demás aspectos y, ciertamente, controlados cada vez más por una administración púbica que no para de crecer hasta absorber prácticamente dentro de sí lo que se llamaba hace unos años todavía la “sociedad civil”.

En ese contexto, la Iglesia, que es un pueblo, que no puede dejar de sentirse un pueblo, también se deshilacha. También estamos nosotros deshilachados. Y también aparecen dentro de la Iglesia focos de pertenencia o focos de atracción que generan unas pertenencias que se excluyen unas a otras. Por ejemplo, si uno es del Madrid, no puede ser del Barça al mismo tiempo. Pero, hasta dentro de la Iglesia, nos pasa un poco así: si pertenecemos a alguna realidad eclesial, a menos que estemos muy atentos al Espíritu de Dios, fácilmente despreciamos a las demás, fácilmente nos encerramos en nosotros mismos. Hasta en la parroquia eso puede suceder. Uno se encierra en el grupito de la comunidad cristiana, de los grupos parroquiales, de los matrimonios que están allí, perdemos el sentido misionero y perdemos el sentido de que nuestra unión sólo es verdadera cuando está dispuesta, como el Señor, a salir de uno mismo y a abrirse del horizonte del mundo entero: a los horizontes del trabajo, de la vida cotidiana, del compañerismo, del camino que compartimos con tantos amigos, unos de ellos creyentes y otros no creyentes en el camino de la vida.

El camino sinodal al que nos invita el Papa es, por lo tanto, un camino de conversión. De conversión a la esencia de nuestra fe. Si queréis, es un camino de asunción del Concilio Vaticano II, que lo hemos asumido para hacer algunos cambios en la liturgia, pero no lo hemos asumido verdaderamente para nuestro ser Iglesia, para nuestra conciencia como cristianos de lo que significa ser cristianos en medio de este mundo nuestro que necesita la esperanza, y la fe, y el amor, probablemente más que nunca en los veinte siglos de cristianismo que llevamos, porque nunca había surgido una cultura no cristiana con el poder y los medios de poder y de dominio que tiene la cultura en la que vivimos; y sin embargo, esa cultura destruye lo humano, deshace lo humano, hace extraordinariamente extraña y difícil la verdadera alegría. Sí que hay muchos modos de diversión, nunca ha habido tantos, pero la diversión no significa la alegría. En el fondo del corazón humano, se instala una soledad muy profunda, se instala una tristeza muy profunda y, frente a eso, no sólo tenemos que resistir, como cantábamos al comienzo de la pandemia, sino tenemos verdaderamente que construir un mundo alternativo; construir una sociedad, que no significa oponerse a nada ni a nadie en muchos sentidos verdaderamente. Significa ser portadores verdaderamente de un amor que es más grande que el pecado y que es más grande que la muerte.

Y eso es a lo que nos invita el camino sinodal, al que el Papa nos invita a todos y que hoy, de alguna manera, inauguramos en nuestra Diócesis. Yo hice ayer una llamada a todos los diocesanos a iniciar ese camino. Mañana y pasado voy a reunirme con los sacerdotes y vamos a tratar de tomarnos muy en serio el comienzo de ese camino. Pero yo invito a todas las realidades eclesiales, cofradías, comunidades, de un tipo o de otro, movimientos, congregaciones religiosas. Todos. A lo mejor, estamos muy lejos unos de otros. Cada uno embebido en el trabajo y en la misión que tenemos delante. No es que tengamos rabia a los demás, ni nada de eso. Simplemente, donde estamos nos absorbe la vida e ignoramos el resto de la Iglesia. No nos sentimos parte de una Iglesia de la que siempre decimos que es una. El primer rasgo de la Iglesia, y el único que hace posible, además, la fe de los hombres, según la oración de Jesús Padre, “que todos sean uno, como Tú estás en mí y yo en Ti. Yo Te suplico que todos sean uno, como Tú y Yo somos uno, para que el mundo crea que Tú me has enviado”. No se acercarán a la fe si no ven el milagro de nuestra unidad. Yo sé que ese milagro es ya un milagro en el seno del matrimonio. Y fijaros, Dios ha puesto atractivo entre el hombre y la mujer, de un modo o de otro, para que puedan ser uno, y aún ese ser uno del hombre y la mujer es un milagro. Lo sabéis todos. Lo vemos todos los días. Si hasta eso, que Dios lo ha ayudado tanto con la fuerza de la naturaleza, es un milagro, no os quiero decir nada cuando somos personas que no nos conocemos o personas que no convivimos en la vida ordinaria o que pertenecemos a instituciones que parece que nos llevan a Jesucristo y no necesitamos nada más que estar en esa institución y, a lo sumo, orar por los que no están en ella, por los demás o así.

Tenemos que acercarnos. Hacer el camino juntos significa vivir con una mano tendida, para que los demás puedan coger esa mano y no necesariamente hacerse de nuestro grupo o de nuestro movimiento, sino coger esa mano y saber que tú, donde tú estás, te acercas a Jesucristo; yo, donde yo estoy, me acerco a Jesucristo. Yo puedo aprender de ti; tú puedes aprender de mí. El Evangelio de hoy, en ese sentido, es tremendo: que el que quiera ser el primero entre vosotros que se haga el servidor de todos. Y eso tiene consonancias con ese otro tema del Evangelio también, donde el Señor dice que Él ha venido a servir y a dar su vida en rescate por muchos. O cuando dice, “si amáis sólo a los que os aman (a los de vuestro grupo), ¿qué mérito tenéis?”. Eso lo hacen los paganos. Eso lo hacen también los animales. Quieren a quienes les quieren. “Amad a vuestros enemigos. Orad por los que os odian. Bendecid a quienes os maldicen”.

Dios mío, ese es el Espíritu de Jesucristo y es el amor que Cristo ha manifestado en Su enseñanza, en Su Persona y en Su vida, y en su Pasión y en su muerte, en la sangre que ha derramado por todos y cada uno de los hombres, y que nos hace posible esperar (porque, entonces, habría algo más poderoso que el amor de Dios) “que ni uno solo se pierda”. Pero esa pasión la tenemos que llevar en nuestro corazón cada uno. Y como una verdadera pasión, como un anhelo, como un deseo, como un deseo justamente de que se cumpla nuestra vocación humana, porque somos imagen de Dios y sólo se cumple nuestra humanidad cuando nos parecemos más conscientemente, más plenamente a Dios, que hace llover sobre buenos y malos, que hace salir el sol sobre justos e injustos, y que llama especialmente y ama especialmente a los pecadores, dejando a las 99 en el desierto para irse a buscar la oveja perdida.

En ese camino sinodal esta misma semana, os señalo un hito precioso del que no puedo mas que dar gracias a Dios. La Iglesia de San Bartolomé, en el Albaicín, que ya hace casi un año o alrededor de un año, yo cedí al Patriarcado de Moscú, a la Iglesia ortodoxa rusa; vino el Exarca –la figura siguiente al Patriarca– hace unos días y celebró su primera Eucaristía en el rito ortodoxo ruso en esa Iglesia. Había una comunidad de unas sesenta personas. Es una liturgia bellísima y preciosa. Somos hermanos separados. Nuestra fe es prácticamente la misma, excepto que no aceptan o tienen dificultades en aceptar el culto a las esculturas, porque en Oriente las esculturas estaban vinculadas al mundo pagano, y ellos sólo dan veneración a los iconos y el Primado del Obispo de Roma, del Sucesor de Pedro. En esas dos cosas, cada vez estamos más cerca los unos de los otros. Cada vez nos damos más cuenta de cómo todos tenemos que aprender de todos. Como decía el Papa Juan Pablo II, “la Iglesia tiene que volver a respirar con sus dos pulmones”. Pero si los cristianos ortodoxos-rusos y nosotros… Todavía no podemos comulgar. Yo asistí como invitado y estuve allí, pero no podía comulgar. Y expresé que le suplico al Espíritu Santo que un día podamos comulgar, ellos en nuestra Eucaristía y nosotros en la suya, con un deseo de unidad. Pero ese deseo de unidad entre los que están más lejos hay que asumirlo también y hacer ese camino con los que estamos más cerca, donde debería de ser más fácil y, sin embargo, muchas veces es más difícil amar al prójimo que tienes todos los días al lado, al vecino o al del piso de arriba, que es cristiano de una manera un poco distinta a como lo soy yo, que amar a los cristianos separados que viven a muchos kilómetros de nosotros.

Que el Señor nos dé su Espíritu Santo para que podamos caminar en ese camino sinodal, acercándonos unos a otros, viviendo unos más cerca de los otros, aproximándonos unos a otros al menos en este camino, para que un día sea posible la comunión plena. Que nos sintamos todos miembros vivos del único Cuerpo de Cristo, que es la imagen más plena de la Iglesia; es la Esposa de Cristo que Cristo ha unido a Sí, y por eso yo saludo a la Iglesia siempre al comienzo de las homilías llamándola “Esposa de Nuestro Señor Jesucristo”; que el Señor la une a Sí en cada Eucaristía de tal manera que somos su Cuerpo. Él vive en nosotros con una unión que sólo Dios puede hacer, que no se hace en los matrimonios de este mundo, que no se hace en las uniones de los amigos de este mundo, que no se hace en ninguna unión humana, que sólo Dios puede hacer. Pero se ha unido a nosotros con un amor fiel e indivisible, hasta tal punto que somos portadores del amor de Cristo en nuestra vida. Que lo seamos. Que seamos portadores del amor y de la misericordia de Cristo en todas partes, en todos los lugares. Empezando por la realidad de nuestra propia Iglesia.

La otra cosa que os quería contar. Ayer se beatificaban 127 mártires de la persecución religiosa en España del siglo XX, en la diócesis de Córdoba. Y el cardenal que presidía la celebración en nombre del Papa contó una historia preciosa de un pueblo que está a la entrada de Galicia en el Camino de Santiago. Es un Cristo crucificado con una mano desclavada y apuntando hacia abajo, y abajo un pecador al que el sacerdote no le había querido perdonar los pecados -probablemente con motivo, según la legislación de la Iglesia-. Sólo que Cristo le dice al sacerdote, “¿cómo es posible que mi Sangre no pueda perdonar a este hijo mío que está tan lejos de Mí y por el que yo he dado mi vida?”.

Terminamos así. En cada Eucaristía pedimos por todos aquellos que han muerto en la Misericordia de Dios. ¿De quién podemos decir que no ha muerto en la Misericordia de Dios? De nadie! De nadie. Esperamos la salvación de todos y queremos contribuir con nuestra vida a la salvación y a la esperanza de este mundo entero; de este mundo que ha perdido la esperanza y ha perdido el secreto de la alegría.

Que así sea para todos, al menos para quienes estamos aquí y para quienes se unen a nosotros a través de los medios de comunicación.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

17 de octubre de 2021

S.I Catedral de Granada

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Homilía en la apertura del Sínodo

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Queridos diocesanos:

Nos hemos reunido para vivir un acontecimiento excepcional e histórico. Convocados por el Papa Francisco, participamos, como pueblo de Dios en Jaén, en un Sínodo, en el que también estarán junto a nosotros la multitud de las Iglesias locales del mundo entero, con las que compartimos la fe en Jesucristo y constituimos la universal. Lo que hoy hacemos es una responsabilidad y un honor. Hay que decir, no obstante, que nunca hemos dejado de sentir con el Papa y de vivir en la comunión de la Iglesia. Pedro quiere escuchar el sentir de toda la Iglesia, quiere que intervengamos en las ocupaciones y preocupaciones del caminar del pueblo cristiano.

En este sínodo, que es sobre la Iglesia misma y su identidad, el Papa Francisco quiere que todo el pueblo de Dios en camino, – los laicos, a los consagrados, los presbíteros y los Obispos – participemos unidos. Lo iremos haciendo poco, a poco a medida que transcurra el Sínodo, que hoy comienza para nosotros, y que culminará en 2023. Nuestro lema es: Por una Iglesia sinodal: comunión, participación, misión. En la diversidad que nostramos y que verdaderamente somos, todos los que estamos unidos en nuestro Bautismo común caminaremos en la misma dirección.

Participaremos, activamente, en un sínodo que nos reafirmará en este modo de ser y de vivir como cristianos. “Nuestro caminar juntos es lo que mejor realiza y manifiesta la naturaleza de la Iglesia como pueblo de Dios peregrino y misionero”. “La sinodalidad nos remite a la esencia misma de la Iglesia, a su realidad constitutiva, y se orienta a la evangelización”. Participar en el Sínodo nos mostrará que todos somos necesarios en la común misión que Cristo nos encomendó, la de evangelizar. “Caminar juntos, invocar al Espíritu, escuchar y acompañar van haciendo del discernimiento sinodal la clave de fondo que sugiere las acciones que realizar, en la doble escucha del Señor y de los deseos y gemidos de nuestros contemporáneos, con los que nos encontramos en la salida misionera” (Fieles el envío misionero, 4.1.)

Es necesario, por tanto, que todos entendamos que la sinodalidad es mucho más que la celebración de encuentros eclesiales y asambleas de obispos, o una cuestión de simple administración interna de la Iglesia; la sinodalidad indica la específica forma de vivir y obrar (modus vivendi et operandi de la Iglesia Pueblo de Dios que manifiesta y realiza en concreto su ser comunión en el caminar juntos, en el reunirse en asambleas y en el participar activamente de todos sus miembros en su misión evangelizadora) (Documento Sínodo 10). «Si no se cultiva una praxis eclesial que exprese la sinodalidad de manera concreta a cada paso del camino y del obrar, promoviendo la implicación real de todos y cada uno, la comunión y la misión corren el peligro de quedarse como términos un poco abstractos». (Papa Francisco, apertura del Sínodo)

Nuestra intención, por tanto, es ambiciosa, iremos juntos e ilusionados hasta donde nos lleve el Espíritu, que siempre rompe nuestros moldes y nos hace salir de nuestras inercias y perezas. “El Espíritu Santo posee una inventiva infinita, propia de una mente divina, que provee a desatar los nudos de los sucesos humanos, incluso los más complejos e impenetrables». El Espíritu es el artífice de la comunión y el que nos acompaña en cada paso del camino.

Participaremos en este sínodo para hacer que germinen sueños, se susciten profecías y visiones, para hacer florecer esperanzas, estimular la confianza, vendar heridas, entretejer relaciones, resucitar una aurora de esperanza, aprender unos de otros. Y crear un imaginario positivo, que ilumine las mentes, enardezca corazones, dé fuerza a las manos”. Como nos ha dicho el Papa, hacemos el sínodo para «ser una Iglesia de la cercanía», una Iglesia «que no se separa de la vida, sino que se hace cargo de las fragilidades y las pobrezas de nuestro tiempo, curando las heridas y sanando los corazones quebrantados con el bálsamo de Dios».

Ser sinodales hará crecer nuestro amor a la Iglesia, reforzará nuestro sentido de pertenencia, abrirá en horizonte de nuestra eclesialidad más allá de nuestros límites, no sólo geográficos sino humanos y religiosos. Os pregunto, queridos diocesanos: ¿Estamos dispuestos a la aventura del camino o estamos temerosos ante lo incierto y preferimos refugiarnos en las excusas del “no hace falta” y del “siempre se ha hecho así”? Si estáis dispuestos y dispuestas a esta aventura, id dándole vueltas en vuestro corazón cristiano y eclesial a esta pregunta: ¿Cómo realizar hoy, a diversos niveles (desde el local o universal) ese caminar juntos que permite a la Iglesia anunciar el Evangelio, de acuerdo a la misión que le fue confiada; qué pasos del Espíritu se nos invita a dar para crecer como Iglesia sinodal? (Documento Sínodo 2).

Ya se ha explicado detalladamente cómo haremos el camino. Una comisión estará permanentemente al servicio de todos; pero yo quiero recomendaros algo que considero esencial: Prestad permanentemente mucha atención a la Palabra de Dios y dejad que la oración predomine en todo cuanto suceda dentro de vosotros y en vuestros encuentros y diálogos. Antes, durante y después de la experiencia sinodal la escucha de la Palabra de Dios, la adoración y la oración han de tener un total protagonismo en todo cuanto hagamos.

Mi recomendación es la que nos ha propuesto la Palabra proclamada: Durante el camino sinodal miremos a Jesucristo, servidor de todos hasta el extremo de dar su propia vida. Este es el modelo siempre de nuestra existencia cristiana, orientar nuestra vida en el servicio generoso y humilde de Cristo, que ha aceptado el sufrimiento para comunicarnos la misericordia divina de un modo profundo, completo y perfecto.

Como hoy se nos ha aclarado en este episodio evangélico, nuestra tendencia es contraria a esos sentimientos y actitudes de Cristo; nosotros solemos ir por un camino ajeno al servicio. En cuanto se constituye un grupo, para lo que sea, enseguida surge la pregunta: ¿quién es el primero? Santiago, Juan y los otros discípulos son una muestra evidente. Pero Jesús nos dice: “vosotros nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida por todos”. En definitiva, que nadie pretenda imponerse.

Estoy convencido de que lo haremos muy bien el camino sinodal poniendo servicio generoso y abnegado con estos tres verbos que nos ha señalado el Papa Francisco: ENCONTRAR, ESCUCHAR, DISCERNIR.

ENCONTRAR. El sínodo exige atención, disponibilidad para encontrarse con el otro y dejarse interpelar por su inquietud. No olvidemos que un encuentro, cuando Jesús está entre nosotros, puede cambiar la vida. En este camino sinodal estamos llamados a ser expertos en el arte del encuentro. Hemos de enfocarnos en la palabra y en el rostro del otro, encontrarnos cara a cara y fraternalmente con cada uno con quienes compartamos esta experiencia.

ESCUCHAR. Un verdadero encuentro sólo nace de la escucha. No hemos de tener miedo a escuchar con el corazón y no sólo con los oídos. Hemos de permitir a las personas que se expresen, aunque tengan recorridos de la vida difíciles. No insonoricemos el corazón, no nos blindemos dentro de nuestras certezas. Las certezas muchas veces nos cierran a los demás y malogran el encuentro.

DISCERNIR. El discernimiento nos llevará a interrogarnos sobre lo que Dios nos quiere decir en este tiempo y en que dirección quiere orientarnos. El sínodo es un camino de discernimiento espiritual y pastoral, un acontecimiento de gracia, un proceso de sanación guiado por el Espíritu.

Nuestro Sínodo será un cálido e ilusionante Pentecostés, si entre nosotros está María. Démosle siempre un espacio espiritual, pero también físico. Hagamos que siempre una imagen suya presida nuestros encuentros.

Catedral de Baeza, 17 de octubre de 2021

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

 

 

El Papa a poderosos de la tierra: en nombre de Dios, cambien un sistema de muerte

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En un videomensaje dirigido a los participantes en el cuarto encuentro mundial de movimientos populares, Francisco lanza un fuerte llamamiento a los poderosos del planeta para que trabajen por un mundo más justo, solidario y fraterno. Pide la cancelación de la deuda de los países pobres, la prohibición de las armas, el fin de las agresiones y las sanciones, y la liberalización de las patentes para que todo el mundo tenga acceso a las vacunas.

Michele Raviart – Ciudad del Vaticano

Soñar juntos con un mundo mejor después de la pandemia, tratando de vencer las resistencias que impiden alcanzar «ese buen vivir en armonía con toda la humanidad, con toda la creación» que sólo se consigue con libertad, igualdad, justicia y dignidad. Cambiar «un sistema de muerte» pidiendo, en nombre de Dios, a los que tienen el poder político y económico, que cambien el statu quo y permitan que nuestros sueños se infiltren en «el sueño de Dios para todos nosotros, que somos sus hijos». Es lo que propone el Papa Francisco, en un largo videomensaje, a los representantes de los movimientos populares, reunidos por videoconferencia para su cuarto encuentro mundial organizado por el Dicasterio para el servicio del desarrollo humano integral.

Poetas sociales que crean esperanza

Los movimientos populares y las personas a las que representan y ayudan son los que más han sufrido la pandemia. El Papa los llama «poetas sociales» por su «capacidad y coraje” para crear esperanza y dignidad:

Verlos a ustedes me recuerda que no estamos condenados a repetir ni a construir un futuro basado en la exclusión y la desigualdad, el descarte o la indiferencia; donde la cultura del privilegio sea un poder invisible e insuprimible y la explotación y el abuso sea como un método habitual de sobrevivencia. ¡No! Eso ustedes lo saben anunciar muy bien.

Los más afectados por la pandemia

» La pandemia – reiteró Francisco – transparentó las desigualdades sociales que azotan a nuestros pueblos y expuso —sin pedir permiso ni perdón— la desgarradora situación de tantos hermanos y hermanas. Todos hemos «sufrido el dolor del encierro» y » Experimentamos cómo, de un día para otro, nuestro modo de vivir puede cambiar drásticamente » pero, aunque «en muchos países los Estados reaccionaron», «escucharon a la ciencia» y «lograron poner límites para garantizar el bien común», «a ustedes, como siempre, les tocó la peor parte»:

En los barrios que carecen de infraestructura básica (en los que viven muchos de ustedes y cientos y cientos y millones de personas) es difícil quedarse en casa, no sólo por no contar con todo lo necesario para llevar adelante las mínimas medidas de cuidado y protección, sino simplemente porque la casa es el barrio. Los migrantes, los indocumentados, los trabajadores informales sin ingresos fijos se vieron privados, en muchos casos, de cualquier ayuda estatal e impedidos de realizar sus tareas habituales agravando su ya lacerante pobreza.

El estrés de los jóvenes y la crisis alimentaria: los efectos ocultos del virus

Esta situación es tan evidente que no puede ser ocultada por «tantos mecanismos de post-verdad» y es también una expresión de la cultura de la indiferencia, como si » este tercio sufriente de nuestro mundo no reviste interés suficiente para los grandes medios y los formadores de opinión». Un mundo que permanece «escondido, acurrucado», como otros aspectos poco conocidos de la vida social que la pandemia ha empeorado. El estrés y la ansiedad crónicos de los niños, adolescentes y jóvenes, por ejemplo, agravados por el aislamiento y la falta de contacto real con los amigos. «La amistad es la forma en que el amor resurge siempre», recuerda el Papa, de hecho, y aunque está claro que la tecnología puede ser una herramienta para el bien, «nunca podrá suplantar el contacto». «No es noticia, no genera empatía», ni siquiera la crisis alimentaria, que podría generar más muertes anuales que Covid-19 en el futuro inmediato.

Este año, 20 millones de personas más se han visto arrastradas a niveles extremos de inseguridad alimentaria, ascendiendo a [muchos] millones de personas; la indigencia grave se multiplicó, el precio de los alimentos escaló un altísimo porcentaje. Los números del hambre son horrorosos, y pienso, por ejemplo, en países como Siria, Haití, Congo, Senegal, Yemen, Sudán del Sur pero el hambre también se hace sentir en muchos otros países del mundo pobre y, no pocas veces, también en el mundo rico. 

Sentir el dolor de los demás como propio

Sin embargo, en este contexto, los trabajadores del movimiento popular han sentido el dolor de los demás como propio. «Cristianos y no -dice el Papa- han respondido a Jesús, que dijo a sus discípulos frente al pueblo hambriento: ‘Denles ustedes de comer’”

Al igual que los médicos, enfermeros y el personal de salud en las trincheras sanitarias, ustedes pusieron su cuerpo en la trinchera de los barrios marginados. Tengo presente muchos, entre comillas, “mártires” de esa solidaridad sobre quienes supe por medio de muchos de ustedes. El Señor se los tendrá en cuenta. Si todos los que por amor lucharon juntos contra la pandemia pudieran también soñar juntos un mundo nuevo, ¡qué distinto sería todo!

Cambiar el sistema económico

El Papa reitera que nunca se sale igual de una crisis. De la pandemia » o se sale mejor o se sale peor, igual que antes, no». Por ello, para aprovechar una oportunidad de mejora es necesario «reflexionar, discernir y elegir», porque «retornar a los esquemas anteriores sería verdaderamente suicida», «ecocida y genocida». Para salir mejor parados, es » pero es imprescindible también ajustar nuestros modelos socio-económicos para que tengan rostro humano, porque tantos modelos lo han perdido». Modelos que se han convertido en «estructuras de pecado» que persisten y que estamos llamados a cambiar.

Este sistema con su lógica implacable de la ganancia está escapando a todo dominio humano. Es hora de frenar la locomotora, una locomotora descontrolada que nos está llevando al abismo. Todavía hay tiempo

«En nombre de Dios», el llamamiento del Papa a los poderosos de la tierra

De ahí el enérgico llamamiento al cambio dirigido nueve veces «en nombre de Dios» a quienes cuentan y tienen poder de decisión.

A los grandes laboratorios, que liberen las patentes. Tengan un gesto de humanidad y permitan que cada país, cada pueblo, cada ser humano tenga acceso a las vacunas. Hay países donde sólo tres, cuatro por ciento de sus habitantes fueron vacunados.

Quiero pedirles en nombre de Dios a los grupos financieros y organismos internacionales de crédito que permitan a los países pobres garantizar las necesidades básicas de su gente y condonen esas deudas tantas veces contraídas contra los intereses de esos mismos pueblos.

Quiero pedirles en nombre de Dios a las grandes corporaciones extractivas —mineras, petroleras—, forestales, inmobiliarias, agro negocios, que dejen de destruir los bosques, humedales y montañas, dejen de contaminar los ríos y los mares, dejen de intoxicar los pueblos y los alimentos.

Quiero pedirles en nombre de Dios a las grandes corporaciones alimentarias que dejen de imponer estructuras monopólicas de producción y distribución que inflan los precios y terminan quedándose con el pan del hambriento.

Quiero pedirles en nombre de Dios a los fabricantes y traficantes de armas que cesen totalmente su actividad, una actividad que fomenta la violencia y la guerra, y muchas veces en el marco de juegos geopolíticos que cuestan millones de vidas y de desplazamientos.

Quiero pedirles en nombre de Dios a los gigantes de la tecnología que dejen de explotar la fragilidad humana, las vulnerabilidades de las personas, para obtener ganancias, sin considerar cómo aumentan los discursos de odio, el grooming, las fake news, las teorías conspirativas, la manipulación política.

Quiero pedirles en nombre de Dios a los gigantes de las telecomunicaciones que liberen el acceso a los contenidos educativos y el intercambio con los maestros por internet para que los niños pobres también puedan educarse en contextos de cuarentena.

Quiero pedirles en nombre de Dios a los medios de comunicación que terminen con la lógica de la post-verdad, la desinformación, la difamación, la calumnia y esa fascinación enfermiza por el escándalo y lo sucio, que busquen contribuir a la fraternidad humana y a la empatía con los más vulnerados.

Quiero pedirles en nombre de Dios a los países poderosos que cesen las agresiones, bloqueos, sanciones unilaterales contra cualquier país en cualquier lugar de la tierra. No al neocolonialismo. Los conflictos deben resolverse en instancias multilaterales como las Naciones Unidas. Ya hemos visto cómo terminan las intervenciones, invasiones y ocupaciones unilaterales; aunque se hagan bajo los más nobles motivos o ropajes.

Apelación a los líderes políticos y religiosos 

A los gobiernos y políticos de todos los partidos, Francisco les pide que eviten «escuchar solamente a las elites económicas» y se conviertan en «servidores de los pueblos que claman por tierra, techo, trabajo y una vida buena», mientras que a los líderes religiosos les pide que nunca utilicen el nombre de Dios para fomentar guerras o golpes de Estado. En cambio, hay que construir puentes de amor.

Los samaritanos y el poder transformador de los pueblos

Los discursos populistas de intolerancia, xenofobia y aporofobia, continúa el Papa, son narrativas que conducen a la indiferencia y al individualismo, dividiendo a las personas para impedirles soñar juntas con un mundo mejor. En este desafío los movimientos populares actúan como «samaritanos colectivos». El buen samaritano, recuerda el Papa, lejos de ser ese «personaje medio tonto» representado por «cierta industria cultural» que quiere «neutralizar la fuerza transformadora de los pueblos y en especial de la juventud», es en realidad la representación más clara de una opción comprometida con el Evangelio.

¿Saben lo que me viene a la mente a mí ahora, junto a los movimientos populares, cuando pienso en el Buen Samaritano? ¿Saben lo que me viene a la mente? Las protestas por la muerte de George Floyd. Está claro que este tipo de reacciones contra la injusticia social, racial o machista pueden ser manipuladas o instrumentadas para maquinaciones políticas y cosas por el estilo; pero lo esencial es que ahí, en esa manifestación contra esa muerte, estaba el “samaritano colectivo” —¡que no era ningún bobeta! —. Ese movimiento no pasó de largo cuando vio la herida de la dignidad humana golpeada por semejante abuso de poder.

La Doctrina Social de la Iglesia molesta a muchos

El Papa Francisco propone algunos principios tradicionales de la Doctrina Social de la Iglesia, como la opción preferencial por los pobres, el destino universal de los bienes, la solidaridad, la subsidiariedad, la participación, el bien común.

A veces me sorprende que cada vez que hablo de estos principios algunos se admiran y entonces el Papa viene catalogado con una serie de epítetos que se utilizan para reducir cualquier reflexión a la mera adjetivación degradatoria. No me enoja, me entristece. Es parte de la trama de la post-verdad que busca anular cualquier búsqueda humanista alternativa a la globalización capitalista, es parte de la cultura del descarte y es parte del paradigma tecnocrático.

Francisco dice que se entristece cuando «algunos hermanos de la Iglesia se incomodan si recordamos estas orientaciones que pertenecen a toda la tradición de la Iglesia”, e invita a leer el Compendio de la Doctrina social de la Iglesia querido por San Juan Pablo II:

El Papa no puede dejar de recordar esta doctrina, aunque muchas veces le moleste a la gente, porque lo que está en juego no es el Papa sino el Evangelio.

Compromiso con el bien común y la libertad 

Francisco señala en particular dos principios: la solidaridad, entendida como «una determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común», y la subsidiariedad, que se opone a » cualquier esquema autoritario, cualquier colectivismo forzado o cualquier esquema estado céntrico». De hecho, subraya, el bien común «para aplastar la iniciativa privada, la identidad local o los proyectos comunitarios».

Salario mínimo y reducción de la jornada laboral

Es «tiempo de actuar» y el Papa propone algunas medidas concretas: un ingreso básico (o salario universal) y la reducción de la jornada de trabajo. De este modo, cada persona podría permitirse el acceso «a los más elementales bienes de la via».

Es justo luchar por una distribución humana de estos recursos. Y es tarea de los Gobiernos establecer esquemas fiscales y redistributivos para que la riqueza de una parte sea compartida con la equidad sin que esto suponga un peso insoportable, principalmente para la clase media —generalmente, cuando hay estos conflictos, es la que más sufre—.

Para el Papa, las ventajas de la reducción de la jornada laboral se encuentran en la historia:

En el siglo XIX los obreros trabajaban doce, catorce, dieciséis horas por día. Cuando conquistaron la jornada de ocho horas no colapsó nada como algunos sectores preveían. Entonces, insisto, trabajar menos para que más gente tenga acceso al mercado laboral es un aspecto que necesitamos explorar con cierta urgencia. No puede haber tantas personas agobiadas por el exceso de trabajo y tantas otras agobiadas por la falta de trabajo.

Escuchar la voz de las periferias

Por último, Francisco recuerda la importancia de escuchar a las periferias, el lugar desde donde «el mundo se ve más claro».

Hay que escuchar a las periferias, abrirle las puertas y permitirles participar. El sufrimiento del mundo se entiende mejor junto a los que sufren. En mi experiencia, cuando las personas, hombres y mujeres que han sufrido en carne propia la injusticia, la desigualdad, el abuso de poder, las privaciones, la xenofobia, en mi experiencia veo que comprenden mucho mejor lo que viven los demás y son capaces de ayudarlos a abrir, realísticamente, caminos de esperanza.

 

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