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“Que el Señor nos conceda el precioso don de acoger a Cristo en nosotros”

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Homilía en la Eucaristía en la fiesta del Bautismo del Señor, celebrada en la S.I Catedral el 9 de enero de 2022.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo santo de Dios;

queridos sacerdote y diácono concelebrante;

queridos amigos y hermanos todos:

Si uno tuviera que resumir la experiencia de los apóstoles, la experiencia de quienes conocieron a Jesús -la Virgen, los apóstoles, el grupo de mujeres que les acompañaban-, y en una sola frase, estaría en la Primera Carta de San Juan: “Dios es Amor”. “En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios -ni siquiera en la capacidad de amarnos o de querernos unos a los otros-, sino en que Dios nos amó primero”. Dios nos precede en el amor hasta en darnos esa capacidad de amar que tenemos como imagen de Dios y como seres creados a Su imagen y semejanza, y que revela de algún modo lo que en Él se da de una manera plena, incondicional e infinita.

Ese amor de Dios es lo que celebramos siempre en la liturgia, de una forma o de otra, con unas palabras o con otras. Es lo que hemos celebrado en Navidad. En Navidad celebramos que el Hijo de Dios viene a nosotros; que Dios nos ha comunicado en Su Palabra, en Su Hijo, todo lo que Él es, justamente Su amor sin límites; como que Dios ha querido compartir nuestra condición humana naciendo como un niño, llorando como un niño, teniendo necesidad de ser alimentado por los pechos de su madre, como un niño, vestido para protegerse del frío como un niño. Vivir nuestras necesidades y las realidades de nuestra condición humana, ¡hasta el ser perseguido!, y hasta ya no como un niño, sino como un hombre, sufrir las consecuencias de la mentira, de la envidia, del odio de los hombres y morir en la cruz.

Vienen unos pastores y unos paganos a adorarle. Y la fiesta del Bautismo del Señor es con la que se clausura litúrgicamente el tiempo de Navidad. Viene a exponer ese mismo movimiento. El movimiento por el que Dios sale de Sí mismo, justamente porque es Amor y se acerca a nuestra pequeña realidad.

Dios invisible -eso es lo que celebramos en la Epifanía- se hace visible en el cuerpo de ese niño pequeño que está en los brazos de María y que se alimenta de su leche, cuando es Él quien le da la leche para alimentarlo, cuando es Él quien le da todo Su Ser a Su Madre. Como decía Dante: “Hijo de tu hija”. O como decía también san Efrén: “Si José te pudo coger en brazos, es porque Tú le sostenías los brazos. Si tu madre te daba el alimento de su leche, es porque Tú se la dabas a ella y tú estabas pequeño en su seno, y desde su seno estabas construyendo los mundos, construyendo los cuerpos de todos los hombres, sosteniéndolos en su ser, construyendo las estrellas y las montañas, los ríos y los bosques”. Ese es el movimiento de amor que se nos revela. Como que consiste justamente en salir de uno mismo y en darse a los demás y en darse especialmente a quien es más pequeño, a quien es más necesitado, a quien es más pobre, a quien cuenta menos. Pensad que, cuando Dios se da a nosotros, no es porque espere nada de nosotros. Sería una pretensión tremenda, llena de orgullo, llena de pecado, en definitiva, el pensar que nosotros podemos darLe nada a Dios. Dios se nos da porque quiere dársenos, porque quiere comunicar su vida, porque no resiste no amar; porque es Amor, porque es el Amor. Y se nos da en todas las cosas, también en las circunstancias difíciles, también en los momentos donde a nosotros nos resulta más difícil verle, porque nosotros tenemos la mirada sólo puesta en nuestro interés inmediato. Dios, sin embargo, mira el destino de cada uno, el destino final de cada uno y el destino del mundo, y todo lo hace para nuestro bien.

En la fiesta del Bautismo del Señor, ese mismo movimiento de descenso de Dios que San Pablo explicaría diciendo “Jesucristo, el Hijo de Dios, no tuvo como una cosa digna de ser retenida el ser igual a Dios. Era igual a Dios. Sin embargo, asumió la condición de esclavo y pasó por uno de tantos, hasta someterse incluso a la muerte y a una muerte sumamente ignominiosa, como la muerte de cruz. Por eso, Dios lo ensalzó y le ha dado un nombre sobre todo nombre”. La grandeza del hombre está en Su capacidad de amar, porque somos imagen de Dios, y amar también a lo menos valioso, a lo que es menos importante, a los que, a los ojos del mundo, es más pequeño, a lo que es más pobre.

También en la Navidad está el movimiento de Dios, que se abaja, y el movimiento de la Creación, que retumba en alabanza y en acción de gracias. En la noche de Navidad son los pastores (una clase social sumamente despreciada, eran verdaderamente proscritos. El oficio de pastor era un oficio prohibido en el pueblo de Israel y quienes se hacían pastores eran como apóstatas, que no podían nunca volver a entrar en una sinagoga o en la casa de un buen judío, de una buena familia que diríamos nosotros); el Señor se abaja y el cielo se abre para anunciar la Buena Noticia a los pastores. Los pastores reciben de los ángeles el anuncio: “Un hijo nos ha nacido, un niño se nos ha dado”. Y corren. En los Reyes es lo mismo. El Hijo de Dios invisible se hace visible, a través del signo de una estrella, y aquellos magos de Persia se acercan a él guiados por un signo del cielo, que les hace reconocer en aquel niño al rey, al rey de los siglos.

En el Bautismo sucede también lo mismo. Será el mismo movimiento. Jesús se abaja. San Pablo decía: “Se hizo hombre en una carne semejante a la nuestra, en todo menos el pecado”. Pero Jesús se abajó hasta pagar con las consecuencias del pecado. Se abaja a recibir el Bautismo de penitencia que predicaba Juan. Y en ese abajarse a las aguas del abismo hay como un preanuncio de lo que será el descenso de Jesús al Sheol, al Hades, al lugar de los muertos, para rescatar a los muertos y llevarlos a la vida. Al recibir el Bautismo de penitencia, también es para levantarnos a nosotros.

Quisiera que, al celebrar el Bautismo, pensemos que Jesús bajó al Jordán para bajar al abismo que hay en cada uno de nosotros. Esas zonas de nuestra mente y de nuestro corazón que no han sido nunca evangelizados, que, a pesar de que hemos oído tantas veces el Evangelio y hemos participado tantas veces de la liturgia, pues están todavía llenas de ira, de envidia, de egoísmo o de orgullo, que nosotros conocemos y sabemos que están ahí. Por ese motivo, vivimos de alguna manera en esa mentira que es el pecado.

El Señor se abaja hasta nosotros y se abaja para subirnos a nosotros, para hacernos a nosotros hijos de Dios, por otro Bautismo. Es el que él instituiría cuando dice “id a todos los pueblos y bautizadlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Ese Bautismo nos hace a nosotros hijos de Dios. Es por la humillación de Cristo por la que nosotros somos ensalzados, de ser criaturas a ser hijos de Dios destinados a la vida eterna. A vivir en la libertad de los hijos de Dios, en la confianza de un amor que no se apaga jamás, que no se cansa, que no se fatiga, que no nos abandona, que no nos deja.

Quisiera que pudiéramos experimentar ese gozo de cómo Cristo se abaja, no a las aguas del Jordán, sino al abismo de mi mente, de mi corazón, de mis pasiones, de mi pequeñez. Se abaja para ensalzarme a mí, como ensalzó a la Virgen. Por eso, la Iglesia canta todas las tardes el Magnificat, haciendo suyas las palabras de la Virgen: “Mi alma proclama la grandeza del Señor, porque ha mirado la bajeza, la pequeñez, la pobreza de su esclava”. ¡Somos nosotros! El Señor se ha abajado hasta nosotros para ensalzarnos a nosotros hasta Él. También aquí, igual que en la noche de Navidad, igual que en el día de la llegada de los Reyes a Belén, Dios se abaja hasta el Bautismo de penitencia y se abren los cielos, y los cielos proclaman que ese que está siendo bautizado por Juan es el Hijo de Dios. “Este es mi Hijo, el predilecto, mi Hijo muy amado. Escuchadle”.

Señor, Tú que te has abajado hasta nosotros, que te abajas hasta nosotros y te abajas en cada Eucaristía, como cuando estamos recibiendo, en las aguas pantanosas de nuestras vidas, la luz resplandeciente de la vida divina. Esa luz quiere iluminar nuestras vidas, quiere iluminar nuestro mundo, quiere iluminar nuestro entorno, quiere iluminar nuestro corazón. Quieren empezar a iluminar nuestro mundo, comenzando por nuestro corazón.

Que el Señor nos conceda la gracia de escuchar a Jesús, porque escuchándoLe, sirviéndoLe, somos verdaderamente libres. Porque, prestando oído a Su Palabra,  alcanzamos lo que no podemos alcanzar con nuestro esfuerzo, ni con nuestras tácticas o con nuestros trucos para hacernos a nosotros mismos crecer.

No sé si habéis oído hablar algunos del barón de Münchhausen, que para crecer lo que hacía era tirarse de sus botas para arriba. Es también una parábola de nuestras vidas. Nosotros, claro que queremos crecer, claro que queremos ser grandes. Queremos vivir una vida hermosa, bella, resplandeciente, y tiramos de nuestras botas para arriba, como si eso nos sirviera de algo. Escuchando al Señor, escuchando a Jesús, prestando oído a Su Palabra, obedeciendo sus indicaciones, alcanzamos la libertad, alcanzamos la vida, alcanzamos la luz.

El Cielo se ha abierto para decirnos quién es Jesús. Pero el Cielo nos lo ha abierto Jesús para nosotros. La vida del Cielo no es simplemente una promesa para después de la muerte, es una posibilidad y un don que se nos da ya aquí, ahora, en la medida en que acogemos a Cristo en nuestras vidas.

Señor, que sepamos acogerTe como te acogió María. Tu voluntad no es algo que nos machaca, que nos empequeñece. Tu Voluntad nos engrandece. “Desde ahora me dirán dichosa todas las generaciones”. Y a la Iglesia, en la que permaneces Tú vivo, entregándoTe a nosotros cada día, nos dirán dichosos. Esta es la heredad que ha bendecido el Señor. Somos el pueblo que ha bendecido el Señor. Sean cuales sean las circunstancias de nuestra vida, tenemos al Señor. Somos los seres humanos más ricos del mundo y si nos faltas Tú, aunque tuviéramos el mundo entero, no tendríamos nada y perderíamos nuestra vida, nuestra razón de ser, nuestra alegría, nuestra esperanza.

Que el Señor nos conceda en esta Eucaristía este precioso don de acoger a Cristo en nosotros, para que el cielo se abra para cada uno de nosotros y pueda ser, ya desde ahora, un motivo de gozo incesante, dándoTe gracias siempre y en todo lugar.

Que así sea.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

9 de enero de 2022

S.I Catedral de Granada

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75 años de gracia en las parroquias de San Agustín y San Isidro de Almería

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El 4 de enero de 1947, el entonces Obispo de Almería D. Enrique Delgado firmaba el Decreto por el que creaba las parroquias de San Agustín y de San Isidro de Almería. 75 años después, el actual Obispo de Almería D. Antonio Gómez visitaba estas parroquias para celebrar la Eucaristía y dar gracias a Dios por este aniversario y por tantos años de vida de Dios repartida a tantas personas.

En la parroquia de San Agustín, el miércoles 4 de enero en su homilía el Obispo destacó “que la parroquia es una comunidad viva, que ha de llevar a Dios a todo el barrio, caminando juntos en la escucha de la Palabra, la celebración de los sacramentos y el compromiso de la caridad”, y recordó el agradecimiento a todos los que Dios ha puesto en nuestro camino para ayudarnos a crecer en la fe.

El sábado día 8 compartía la mesa del Pan y la Palabra en la parroquia de San Isidro Labrador. Tras hacer una breve reseña del recorrido histórico de la parroquia, animaba a la comunidad a no sentirse limitados por ser una parroquia joven: “Dios capacita y da la fuerza para anunciar su amor. De la misma forma que fortaleció a sus discípulos, así lo hace con nosotros para que vayamos a anunciar su palabra”.

En el día del Bautismo del Señor, el prelado subrayó “las tres Epifanías que contemplamos en la Sagrada Escritura: la Epifanía del anuncio a los pastores en la humildad, la Epifanía de los Magos en la sabiduría y la Epifanía del bautismo que libera de la limitación del pecado. Las tres nos fortalecen para ser misioneros de Dios entre nuestros hermanos y en el mundo en el que vivimos”.

Tras la celebración de la Eucaristía en ambas parroquias, el Obispo saludó a los numerosos fieles que vivieron con intensidad esta acción de gracias.

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El texto del evangelio del jueves 3 de febrero (Marcos 6, 7-13)

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NoticiaLiturgia

Publicado: 09/01/2022: 7

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En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.

Y añadió: «Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa.»
Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Marcos 6, 7-13

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Un grupo de sacerdotes cordobeses visitan la ciudad de Guadix para saludar al obispo y conocer la ciudad

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Un grupo de sacerdotes cordobeses visitan la ciudad de Guadix para saludar al obispo y conocer la ciudad

Los sacerdotes del arciprestazgo de Priego de Córdoba, de la diócesis cordobesa, vivieron una jornada de convivencia en la ciudad Guadix. Fue el viernes 7 de enero y con ella, además de conocer mejor la ciudad de Guadix, compartieron una jornada de descanso, después de los intensos días de celebraciones de la Navidad.

Que este grupo de sacerdotes cordobeses eligieran Guadix para esta jornada de descanso respondía a dos motivos: de una parte, saludar al obispo accitano, D. Francisco Jesús Orozco, que ha sido compañero en el presbiterio cordobés hasta que fue nombrado obispo de Guadix; y de otra parte, conocer la diócesis donde se ordenó y desempeñó sus primeros destinos sacerdotales José Enrique Alcalá Zamora y Burgos, que fue sacerdote de la diócesis accitana, y que ahora pertenece a ese arciprestazgo cordobés.
El grupo de sacerdotes ocuparon buena parte de la mañana en visitar la catedral y subir hasta su campanario, desde donde pudieron divisar toda la ciudad y su entorno. Además, compartieron buena parte de esa mañana con el obispo accitano.
Por la tarde, antes de regresar a Córdoba, visitaron el barrio de las Cuevas y otros lugares de la ciudad accitana. Como guía, contaron el sacerdote José Enrique Alcalá-Zamora, que fue cura de la diócesis de Guadix y que ahora es el párroco de Carcabuey, en la diócesis cordobesa.
Sin duda, para este grupo de sacerdotes del arciprestazgo de Priego de Córdoba, esta jornada de convivencia y descanso fue una buena manera de comenzar el año.

Antonio Gómez
Delegado diocesano de MCS. Guadix

 

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Inicio del centenario de la obra misionera del beato Tiburcio Arnaiz (Gibralgalia)

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Homilía pronunciada por Mons. Catalá en la Eucaristía celebrada en Gibralgalia con motivo del inicio del centenario de la obra misionera del beato Tiburcio Arnaiz

INICIO DEL CENTENARIO DE LA OBRA MISIONERA

DEL BEATO TIBURCIO ARNÁIZ

(Gibralgalia, 8 enero 2022)

Lecturas: 1 Jn 4, 7-10; Sal 71, 1-4.7-8; Mc 6, 34-44.

1.- Hoy es un hermoso día para dar gracias a Dios por la presencia durante cien años en nuestra Diócesis de las Misioneras de las Doctrinas Rurales; motivo también de alegría.

Las lecturas bíblicas de hoy nos ofrecen una reflexión que está sintetizada en la oración colecta, que hemos rezado, de la fiesta litúrgica del beato Tiburcio Arnáiz.

La primera lectura de la carta de san Juan nos habla del amor a Dios y a los hermanos. Y nos dice: «Queridos hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios» (1 Jn 4, 7).

Somos hijos de Dios por el bautismo. Y podemos ser hijos porque Cristo, el Hijo de Dios, se ha encarnado, se ha hecho hombre y ha asumido la naturaleza humana para divinizarla.

Quien ama conoce a Dios. «Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él» (1 Jn 4, 8-9).

Demos gracias a Dios por ser amados y que nos capacita para amar, que nos capacita para hacer lo que el Señor nos pide en nuestra vida.

2.- San Marcos, el evangelista, nos ha narrado: «Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas» (Mc 6, 34).

Esta visión del Buen Pastor, Cristo, la asumió el P. Arnáiz viendo que había personas que necesitaban el pastoreo de Jesús, que necesitaban escuchar la Buena Noticia de Cristo. Y que también necesitaban ser formadas a un mayor nivel, aprovechando la inteligencia y las potencias que el Señor regala al ser humano. Esta gran la inició el beato Tiburcio Arnáiz con las Misioneras de las Doctrinas Rurales.

Decía el P. Arnáiz: «Cuando Dios quiere una cosa, todo se hace posible; manda las personas y los medios; si Él lo quiere, esto se hará cuando Él lo tenga dispuesto». Y el Señor lo quiso, porque el P. Arnáiz fue el pastor que hacía presente al Buen Pastor, Jesús, preocupado por las buenas ovejas que necesitaban ser alimentadas, ser formadas y escuchar la Buena Noticia de Cristo que nos ha salvado.

3.- Esa es la gran obra que empieza aquí en la Sierra de Gibralgalia. Después, el P. Copado, jesuita también, sucede al P. Arnáiz en la dirección de las Misioneras cuando éste muere en 1926.

María-Isabel González, la cofundadora decía: «Pero qué unión tan perfectísima nos dará el Señor en el cielo a los que en la tierra quiso unir por su bondad en el mismo apostolado y en su caridad!».

El Espíritu Santo ha creado una gran familia de Misioneras. El fundador, la cofundadora, las hijas, las misioneras, unidos todos en la misma tarea apostólica de pastoreo, de amor a los hermanos. Hoy celebramos el centenario de esta familia y el inicio de esa labor pastoral tan preciosa.

4.- La misión de las Misioneras de las Doctrinas Rurales está el servicio al pueblo de Dios. El pastoreo es un servicio, una tarea, una misión que el Buen Pastor le da a unas personas para que lo ejerzan en su nombre.

En el evangelio de Marcos hemos escuchado cómo el mismo Jesús, el Buen Pastor, «cuando se hizo tarde y se acercaron sus discípulos a decirle: Estamos en despoblado y ya es muy tarde. Despídelos, que vayan a los cortijos y aldeas de alrededor y se compren de comer. Pero Él les replicó: Dadles vosotros de comer. Ellos le preguntaron: ¿Vamos a ir a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?» (Mc 6, 35-37).

5.- Las posibilidades y los recursos no son siempre abundantes, más bien, flojean. ¿Cómo vamos nosotros a darle de comer si no tenemos recursos?

«Él les dijo: ¿Cuántos panes tenéis? Id a ver. Cuando lo averiguaron le dijeron: Cinco y dos peces» (Mc 6, 38). Pues con esos recursos hay que dar de comer.

No sois muy numerosas las Misioneras; pero con pocos recursos se pueden hacer muchas misiones y mucha evangelización en este mundo que cada vez es menos rural.

Fijaros cómo vuestros fundadores, el P. Arnáiz y María-Isabel González del Valle, dieron respuesta a las pobrezas de entonces. Los lugares eran sitios medio despoblados, lugares de la Sierra y de pueblos pequeños.

Hoy estamos en otro contexto. Desde hace décadas hay una tendencia a aglutinarse en las grandes ciudades, pero la necesidad es la misma. La gente de hoy necesita a Dios, necesita que se le hable de Cristo como Salvador, necesita ser pastoreada, necesita ser amada, necesita que se les sirva.

6.- Ahora me refiero, como os he anunciado al principio, a la oración colecta que hemos rezado y que sintetiza todo esto: «Oh, Dios, que constituiste al beato Tiburcio, presbítero, en apóstol de las insondables riquezas del Corazón de tu Hijo –apóstol del Corazón de Cristo que ama y hay que amar como el Padre (cf. 1 Jn), apóstoles que aman como Cristo amó–, concédenos –y pide dos cosas– que, enardecidos por su mismo espíritu, te amemos a ti sobre todas las cosas –pedimos a Dios que lo amemos sobre todas las cosas, como Él nos ama– y –segunda petición– te sirvamos incansablemente en nuestros hermanos».

La devoción al Corazón de Jesús, propia de los jesuitas y por tanto propia del P. Arnáiz, ha sido el centro de su vida espiritual. La fuerza expansiva del amor de Cristo era su motor. Como él decía: “El que vive vida de mucha unión con Dios participa de los afectos de su Corazón”.

Recordaban, quienes lo trataron, que hasta su manera de pronunciar el nombre de Jesús hacía bien al alma, y que no había más que observarlo cuando celebraba Misa: entonces parecía que se transformaba y veía a Jesús en la Eucaristía. El amor a Jesús es la primera de las peticiones en la oración colecta.

7.- La segunda petición se refiere al servicio a los hermanos. Se ha dicho en la monición de entrada lo que son “Las Doctrinas Rurales”. Las primeras veces que empecé a escuchar este nombre me recordó a otra congregación que se llaman “Doctrineras”. Conforme vamos conociendo vuestra obra se entiende mejor el nombre.

¿Qué es una Doctrina? No es un momento de catequesis o de educación a la fe. Una “Doctrina” es la presencia de unas personas en un lugar entre las gentes, para estar con ellos y servir a los hermanos con el amor de Dios.

Y, ¿a quién hay que agradecer la primera “Doctrina”? Al grupo de María-Isabel con algunas mujeres más, que vinieron a vivir aquí entre la gente para amarles y servirles. Eso es una “Doctrina”. ¿El tiempo? El que sea necesario: tres meses, seis meses, un año, dos años.

8.- Queridas Misioneras, en este Centenario celebramos que en el curso 1921-1922 vuestros fundadores hicieron tres “Doctrinas”: Gibralgalia, Alozaina y Las Mellizas (Málaga). Celebramos tres Doctrinas, tres comunidades de fe de Misioneras que vivían pastoreando, amando y sirviendo el tiempo que sea necesario.

En el mismo curso pastoral en el que se inician las tres Doctrinas se realizan también unas “Misiones”, que es algo distinto de la “Doctrina”. El P. Arnáiz realizó unas misiones populares, de corta duración, en el Hospital de Málaga, en Fuengirola (Málaga), en la parroquia de Santo Domingo (Málaga), en la zona de los Portales de Chacón (Málaga), El Chorro (Málaga), El Valle (Málaga) y dos en Jaén, en Úbeda y en Alcaudete.

Esa fue la fecundidad de vuestros fundadores y de vuestras primeras hermanas de las Misioneras de las Doctrinas Rurales.

9.- Hoy damos gracias a Dios por esta gracia, este carisma novedoso para la época, que el Espíritu regaló a su Iglesia y que se ha mantenido durante cien años. Eso es lo que hoy queremos celebrar y dar gracias a Dios.

También agradecemos la presencia de las Misioneras en la Diócesis y en la Iglesia universal, puesto que estáis también en otras iglesias particulares; pero en Málaga es donde tiene origen vuestra comunidad.

Deseo terminar con unas palabras de María-Isabel González: «Vivamos nada más que para Él, para sufrir y hacer redención con Él, para decir a todos el Padre que tenemos»; es el Padre que tenemos y que nos invita a amar.

Le pedimos a la Santísima Virgen María que siga bendiciendo esta hermosa obra apostólica de las Misioneras de las Doctrinas Rurales. Amén.

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Cambio de número móvil de información y publicación de la Diócesis

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Diócesis de Canarias. Infomovil

Siguiendo con las novedades el Número Móvil de la Información y Publicación Diocesana (Infomovil, InfoWhatapp, Infoduelo, etc ) cambiará el próximo día 21 de Enero

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Homilía en la Epifanía del Señor

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El nombre litúrgico de la fiesta que estamos celebrando hoy, llamada popularmente “día de Reyes”, es la Epifanía del Señor. “Epifanía” es una palabra que significa “manifestación de la divinidad”. “La manifestación de la salvación de Dios en Cristo Jesús” es la idea central de hoy y las tres lecturas que hemos escuchado afirman rotundamente la universalidad de la salvación de Dios por Cristo, para todos los hombres y naciones.

San Mateo que escribe su Evangelio pensando en la sensibilidad del pueblo judío, les quiere decir que el Mesías esperado y nacido en Belén no es solo su Mesías, sino que es el salvador del mundo entero.

Los tres Magos de Oriente son quienes, con su peregrinación y sus ofrendas, nos muestran la significación y la misión universal del Niño nacido en Belén. Jesús no es sólo el Mesías de los judíos, sino el Enviado de Dios para ser guía, redentor y salvador de todos los hombres, de todos los pueblos y de todas las culturas. Ellos son los primeros de fuera de Israel, los iniciadores de esa peregrinación universal de todos los pueblos y razas hacia Cristo anunciada por Isaías, “caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora” (Is. 60, 3).

Contemplando las lecturas y la celebración de hoy, nos encontramos, en un primer momento, con que no podemos dejar pasar inadvertida la trascendencia de esta enseñanza de nuestra fe: Él es el centro de la creación, el punto de referencia definitivo de la humanidad entera; Él es el Primogénito de todas las creaturas, el nuevo Adán, principio y fundamento de una nueva humanidad, redimida, salvada y santificada por su encarnación, por su pasión, su muerte, su resurrección y glorificación junto al Padre.

 Pero, también, la celebración litúrgica nos invita a reflexionar sobre los misteriosos caminos de la fe. Unos hombres de buena voluntad van en busca del recién nacido a la luz temblorosa de una estrella. La historia de los Magos puede ser reflejo de nuestra propia historia. Es, también, la experiencia de la primera Iglesia… Contemplamos en este desarrollo histórico la revelación de los designios del Señor:

Dios llama a todos al conocimiento de su Hijo. Es el primer momento, paso de la fe. Son muchas las formas, las maneras, los medios, con los que Dios hace esa llamada.Tomar conciencia de esta llamada “universal” es especialmente importante, sobre todo cuando nos encontramos ante un mundo indiferente, materialista, reacio a la transmisión de la fe… Pero, sin embargo, los caminos de Dios pueden ser desconcertantes e inesperados.

¿Por qué los Magos (que eran paganos) se pusieron en camino? Porque ESPERABAN, estaban llenos de esperanza. Y porque esperaban sintieron en la estrella la llamada de Dios. Mientras el mundo “dormía”, el corazón de estos Magos ya estaba en camino. Esperaban como Simeón, que todas las tardes iba al templo porque esperaba.Ellos consultaban al cielo. “Los Magos enseñan que se puede comenzar desde muy lejos para llegar a Cristo. Son hombres ricos, sabios extranjeros, sedientos de lo infinito, que parten para un largo y peligroso viaje que los lleva a Belén” (PP. Francisco, Carta Apostólica El hermoso signo del pesebre),

Y se pusieron a buscar. No sabemos si el camino fue corto o largo, pero siempre es largo para todo el que avanza entre dudas y tinieblas. Sin embargo, cuando la fe de alguno de ellos se viniera abajo, los otros dos avivarían la llama de la confianza. El camino de fe, debemos hacerlo siempre acompañados,  por nuestra Madre la Iglesia.

Debieron sentirse liberados, cuando, al fin, Jerusalén apareció en el horizonte. Pero su corazón se debió de paralizar cuando les recibió una ciudad muerta y un hombre sediento de poder y de sangre, Herodes. Pero los que buscan a Dios terminan por encontrarlo.

Y lo encontraron. Los que buscan a Dios con sincero corazón terminan por encontrarle. Pero ¿qué encontraron? A un niño envuelto en pañales, un Dios que acepta un pesebre por trono. Nos dice el Papa Francisco en su Carta Apostólica sobre El hermoso signo del pesebre (1 de diciembre de 2019): “Él, el Creador del universo, se abaja a nuestra pequeñez. El don de la vida, siempre misterioso para nosotros, nos cautiva aún más viendo que Aquel que nació de María es la fuente y protección de cada vida. En Jesús, el Padre nos ha dado un hermano que viene a buscarnos cuando estamos desorientados y perdemos el rumbo; un amigo fiel que siempre está cerca de nosotros; nos ha dado a su Hijo que nos perdona y nos levanta del pecado”

Y cayendo de rodillas lo adoraron. Son adoradores de un misterio que aceptan, aunque tal vez no comprenden. Adorar es reconocer y aceptar la grandeza absoluta de Dios como origen y fin de todo. Los Magos habían comprendido bien que ante aquel niño sólo cabían dos posturas coherentes: o adorarle o intentar quitarlo de en medio.

Y abriendo sus cofres le hicieron regalos. El encuentro con el Señor, nos pide que le entreguemos lo más valioso que tenemos: nuestro corazón para amarle a Él como Padre y a los hombres como nuestros hermanos.

Y se marcharon a su tierra por otro camino. El que se ha encontrado con el Señor a través de la fe, le transforma su vida y siente el impulso misionero de regresar a su tierra para comunicar el tesoro que ha encontrado: El Amor de Dios para todos, la Salvación para todos.

Al igual que entonces, muchos hombres y mujeres sienten la inquietud, la necesidad, la esperanza de encontrar el bien, la verdad, la justicia, la libertad, la liberación humana… Y nosotros, los cristianos debemos ser esa estrella, esa llamada de Dios, que les conduzca a Él. Y lo debemos hacer con el testimonio de nuestra vida.

A veces los creyentes, con nuestras actitudes y conducta, velamos, más que revelamos, el genuino rostro de Dios. Sin embargo, debemos ser manifestación de Dios, “epifanías de la Salvación”. ¡Qué gran responsabilidad tenemos!

Dice el Papa Francisco en esa carta: “Contemplando esta escena en el belén, estamos llamados a reflexionar sobre la responsabilidad que cada cristiano tiene de ser evangelizador. Cada uno de nosotros se hace portador de la Buena Noticia con los que se encuentra, testimoniando con acciones concretas de misericordia la alegría de haber encontrado a Jesús y su amor”

Pidamos al Señor vivir con deseo este camino de la fe, contemplar su amor y su voluntad de vivir en su amor. Y seamos luz en medio del mundo que a cada uno le ha tocado vivir, para despertar en los demás la sed de Dios.

+ Sebastián Chico Martínez
Obispo de Jaén

Un motor económico llamado patrimonio

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Un motor económico llamado patrimonio

“Iglesia en Córdoba” profundiza a través del testimonio de diversos empresarios en la labor que la Iglesia realiza a favor del patrimonio y la economía de la ciudad

La Mezquita Catedral de Córdoba con sus miles de visitas turísticas al año “es el motor principal de la ciudad”. Así lo ponen de manifiesto reconocidos empresarios de la ciudad en esta edición de la revista de la diócesis de Córdoba, la cual ahonda en cómo influye el trabajo de la Iglesia en la economía de la ciudad, especialmente, desde la Santa Iglesia Catedral de Córdoba.

Asimismo, la revista refleja las citas que han marcado la actualidad semanal, destacando la apertura de la Puerta Santa del Año jubilar en La Rambla, donde se conmemora el cuarto centenario de la llegada de Jesús Nazareno a la localidad. Igualmente, Puente Genil está viviendo también otro Año jubilar con ocasión del cuatrocientos aniversario de la llegada de la imagen de Jesús Nazareno a la localidad.

Esta edición recuerda, a su vez, el XVII aniversario de la ordenación episcopal del Obispo, monseñor Demetrio Fernández y el nuevo proyecto para recuperar la Cruz de las Descalzas de Aguilar de la Frontera, entre otras noticias.

Adjuntamos la revista íntegra.

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En la tarea de caminar juntos Jesús nos manifiesta la grandeza de su amor

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En la tarea de caminar juntos Jesús nos manifiesta la grandeza de su amor. La Navidad concluye con tres referencias litúrgicas fundamentales para la vida cristiana, agrupadas bajo el mismo título de “la epifanía”, palabra de origen griego que significa “manifestación”.

La primera referencia nos lleva al testimonio sorprendente de los Magos venidos de Oriente. La salvación que el Niño Dios trae es para toda la humanidad, de todas partes y en todos los tiempos. Una estrella singular manifiesta a personas venidas de otros pueblos y culturas que Jesucristo es el Salvador de todos. De los Reyes Magos aprendemos la necesidad de arriesgar para buscar respuesta a los anhelos más profundos del corazón. Cuando nos postramos ante Jesús y ponemos a sus pies lo que somos y tenemos, descubrimos entonces sorprendidos que, en realidad, es Él el que nos regala lo que nuestro corazón reclama. La sed de Verdad, Bondad, Belleza y Comunión que distinguen al ser humano entre las criaturas desvelando su dignidad sólo se colma acudiendo a Aquel que a voz en grito proclama: El que tenga sed, que venga a mí y beba (Jn 7, 37).

La segunda referencia nos conduce al Jordán, donde Jesús recibe el bautismo de manos de Juan el Bautista y comienza su ministerio público. Ahí se manifiesta el misterio de la Trinidad Santa: el Padre en la voz, el Hijo en Jesús de Nazaret, el Espíritu Santo como en forma de paloma. El admirable intercambio anunciado en la Navidad ahora descubre su sentido último: el Hijo de Dios se ha hecho hombre para que el hombre llegue a ser hijo de Dios. Si recibimos a Jesús como el Mesías, el Hijo Amado del Padre, descubriremos nuestro origen y nuestra meta.

La tercera referencia nos lleva a Caná, donde Jesús, en el marco de una boda, realiza el milagro clave que permite desentrañar el alcance de su misión: para desposorio con la humanidad ha enviado el Padre al Unigénito. Acogiendo a Jesús en lo más íntimo nuestro recibimos lo suyo: capacidad de amar sin límites y de curar las heridas del corazón. Por eso, en la tarea de caminar juntos Jesús nos manifiesta la grandeza de su amor.

+ José Rico Pavés

Obispo de Asidonia-Jerez

 

Año Nuevo y el paso del tiempo

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Al comenzar un año nuevo tendemos espontáneamente a hacer balance. No perdamos de vista que nuestro tiempo es breve, pero parte muy importante de la herencia recibida de Dios, quizá nuestro mayor tesoro.

Debemos dar gracias a Dios por todos los beneficios recibidos durante el año. Los motivos de agradecimiento son siempre inmensos, en lo humano y en lo sobrenatural. Son incontables los cuidados de Dios para con nosotros, los méritos alcanzados al ofrecer nuestro trabajo o nuestro dolor por los demás, las numerosas ayudas que de otros hemos recibido, así como las mociones del Espíritu Santo, las gracias recibidas en el sacramento de la penitencia y en la comunión eucarística.

Si miramos cada uno de los días del año también tenemos motivos para pedir perdón al Señor, haciendo actos de contrición y de desagravio. Cada día hemos de pedir perdón, porque cada día perdemos oportunidades de mejorar, de ayudar a los demás y ofendemos a Dios en muchas cosas. Pedir perdón por todo esto, por nuestros errores y pecados cometidos en este año que termina, es también un modo de volver a empezar. Y dar gracias –como antes decía— por los muchos beneficios recibidos.

Ante un año que comienza lo lógico y sensato es hacer nuevos propósitos, puesto que somos peregrinos de la vida, como la Iglesia nos recuerda. Ella misma está presente en el mundo y, sin embargo, es peregrina. Se dirige hacia su Señor peregrinando “entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios” –como dijo San Agustín—. Nuestra vida es también un camino lleno de tribulaciones y de consuelos de Dios. Tenemos una vida en el tiempo, en la cual nos encontramos ahora, y otra más allá del tiempo, en la eternidad, hacia la cual se dirige nuestra peregrinación. El tiempo de cada uno es una parte importante de la herencia recibida de Dios; es la distancia que nos separa de ese momento en el que nos presentaremos ante nuestro Señor con las manos llenas o vacías. Sólo ahora, aquí, en esta vida, podemos enriquecernos para la otra. En realidad, cada día nuestro es un tiempo que Dios nos regala para llenarlo de amor a Él, de caridad con quienes nos rodean, de trabajo bien hecho, de ejercitar las virtudes, de obras agradables a los ojos de Dios. Ahora es el momento de reunir el tesoro que no envejece. Este es, para cada uno, el tiempo propicio, éste es el día de la salvación.

El tiempo del que cada uno de nosotros dispone es corto, pero suficiente para decirle a Dios que le amamos y para dejar terminada la obra que el Señor nos haya encargado a cada uno. Ya lo advertía San Pablo: “Andad con prudencia, no como necios, sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, pues pronto viene la noche, cuando ya nadie puede trabajar” (Ef 5,15-16). Verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para desagraviar. No es justo, por tanto, que lo malgastemos, ni que tiremos ese tesoro irresponsablemente por la ventana: no podemos desbaratar esta etapa del mundo que Dios confía a cada uno.

Cualquier año puede ser el mejor año si aprovechamos las gracias que Dios nos tiene reservadas y que pueden convertir en bien la mayor de las desgracias. Para este año que comienza Dios nos ha preparado todas las ayudas que necesitamos para que sea un buen año. No desperdiciemos ni un solo día.

Os deseo a todos un buen año: “¡feliz año nuevo!”. Que podamos ver nuestras manos llenas del trabajo ofrecido a Dios, apostolado, incontables muestras de caridad con quienes nos rodean, encuentros amistosos llenos de alegría y comprensión.  Que, con el Señor a nuestro lado, podamos convertir las derrotas en victorias, recomenzando de nuevo. La Virgen, Madre de Dios, a quien honra la Iglesia al comenzar el año, nos concederá la gracia de vivir bien este año que comienza.

+ Rafael Zornoza

Obispo de Cádiz y Ceuta

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