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“Nosotros estamos hechos para vivir la vida de hijos de Dios”

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Homilía en la celebración de la Cena del Señor el Jueves Santo, el 14 de abril de 2022, en la S.I Catedral, concelebrada por el obispo emérito de Almería, Mons. Adolfo González-Montes.

En la Misa Crismal (esa Misa en la que se bendicen y se consagran los óleos que han de servir para el sacramento del Bautismo, de la Confirmación, para ungir a los enfermos; también el Santo Crisma, que es el que se usa en los sacramentos de la iniciación cristiana, pero también en la unción del sacerdote, del obispo, y en la que los sacerdotes renuevan sus compromisos sacerdotales al servicio del pueblo santo de Dios, para que crezca en él la vida de Cristo); yo decía que el Jueves Santo es como el día de los sacramentos. Es el día en que la Iglesia contempla las consecuencias, la fe y la vida, que han brotado del costado abierto de Cristo. Brotó el agua y la sangre -nos dice San Juan-. Y la Iglesia entendió siempre ahí el Bautismo y la Eucaristía. Pero es que de Cristo, de la muerte de Cristo, ha brotado una vida que no se agota, una fuente que no se acaba, que no se acabará hasta el fin del mundo.

Alguien me decía acerca de la Semana Santa que es una semana en la que tenemos que estar muy tristes porque Cristo ha muerto. Yo decía: “No, Dios mío, la Iglesia no enseña eso, no ha cantado eso nunca”. Al contrario, ha cantado que la muerte de Cristo es la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte. Por lo tanto, árbol fiel y noble entre todos, dulce combate en que la lanza te penetra a Ti, pero esa lanza que a Ti te penetra, abre para nosotros el Paraíso, que eres Tú, Dios mío. Él retira la lanza que había puesto en la puerta del Paraíso y nos ha abierto el Paraíso, la vida de Dios. ¿Cómo vamos a estar tristes?

Es verdad que somos indignos de tanto amor, claro que lo somos. Y nos damos cuenta de ello, pero no nos podemos quedar ahí, en que somos indignos. Tenemos que contemplar ese amor. Tenemos que mirar a Cristo, porque todo el significado de la vida de Cristo es revelar que Dios es Amor. Por amor, Dios nos ha creado. El Hijo de Dios, la Palabra de Dios. Dijo Dios: “Hágase la luz”. Dijo Dios: “Hagamos al hombre”. Nos creó por medio de su Palabra y su palabra eres Tú. Y Tú te hiciste carne por amor a nosotros. Y Tú has enseñado con paciencia al pueblo de Israel a lo largo de casi veinte siglos, desde Abraham hasta el nacimiento de Jesús, educando a ese pueblo para que pudiera entender que Dios no se correspondía con las imágenes que nosotros tenemos de Él; que el Dios verdadero, que el Dios vivo, el Dios que es verdaderamente, es un Dios más grande que las proyecciones de nuestra imaginación o que nuestros pensamientos. Revela Su grandeza, sobre todo en Su misericordia, sobre todo en Su amor fiel. Es ahí donde Dios se revela como el Dios vivo, como el Dios en quien nosotros podemos poner nuestra esperanza en Dios, que es nuestro refugio.

Hay dos libros del Antiguo Testamento que ponen muy de manifiesto quién es ese Dios que se acerca mucho al Nuevo Testamento. Uno, en el Libro de Oseas, donde Dios se enamora de una mujer infiel. Qué desastre. Qué fracaso en cualquier historia humana. Y Dios se irrita, se enfada con su mujer y dice: “Tus hijos no serán mis hijos”. Luego, un poco más adelante, Dios se arrepiente de su mal y de su cólera y dice: “La llevaré al desierto, como en los tiempos del origen de Israel, y le hablaré al corazón. La seduciré de nuevo y ella ya no me llamará ‘ídolo mío’, sino ‘Señor mío’, y yo le diré a sus hijos ‘hijo mío’”. El otro Libro es el Cantar de los Cantares, donde Dios también se pone de manifiesto como esposo y el pueblo de Israel como esposa. Se anhelan, se buscan, se enfadan. Sufren por estar lejos. Quieren unirse una y otra vez. Sueñan con esa unión. Esa unión se ha realizado en Jesucristo.

Todo el misterio de la vida, de la persona, todo el secreto de Jesucristo y todo el secreto de Dios que Jesucristo revela, iluminando así el verdadero secreto de nuestras vidas, hechos a imagen y semejanza de Dios, es que Dios es Amor. No es que tiene sentimientos de amor. No es que tiene compasión de unas pobres criaturas como nosotros, sino que es Amor. No hace otra cosa sino amar en cualquier circunstancia. Claro que nosotros podemos negarnos a ese amor. Lo negamos mil veces, Dios mío, pero cuando lo negamos somos nosotros los que nos envenenamos, somos nosotros los que morimos, somos nosotros los que nos empequeñecemos, no Dios, que sigue amándonos. La Buena Noticia del Evangelio es que la oveja perdida, el Señor la prefiere y la busca. Se lanza detrás de ella y la carga sobre sus hombros con más ternura, precisamente porque es el que más necesita, y así Dios se revela como el Dios verdadero. Aquel que es mayor que nada. El más grande, el más poderoso. Porque es el más poderoso el que puede hacerse pequeño. Quien no sabe hacerse pequeño es que no tiene poder, en realidad. Tiene complejos y necesita hacerse grande. Sólo el verdaderamente grande puede hacerse pequeño. Y el Dios verdadero es un Dios que es capaz de hacerse pequeño, precisamente porque es el Dios verdadero, porque es el Dios omnipotente.

Toda la Encarnación del Hijo de Dios y todos sus treinta años de vida oscura, pequeña, oculta, en Nazaret; todo lo que nos ha enseñado en el Evangelio; todo lo que culmina en estos días, en su Pasión y en el don de su vida en la cruz, es eso: el don de Su vida, la revelación suprema de que Dios es Amor. La contemplación de un amor tan grande puede hacernos llorar, pero no de tristeza. Hace llorar de arrepentimiento, llorar de cómo podemos perdernos un bien tan precioso, llorar de conmoción. Señor, con lo pequeño que yo soy, pequeño hasta para quererme a mí mismo, sin embargo, Tú me quieres, Tú nos quieres. Nos quieres y deseas que seamos un pueblo. Que seamos. Y vemos en la frente tu signo, el signo de la cruz gloriosa. Es el signo de que estamos hechos para el amor, el signo Tuyo de que queremos vivir en el camino del amor.

Hay tres cosas en la liturgia de esta tarde que se pueden meditar y contemplar. Una es la imagen del Cordero. El Cordero fue para Israel la sangre y el sacrificio que les libró del ángel exterminador a la salida de Egipto. Nosotros llamamos a Cristo “Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” y Su sangre nos lava de nuestros pecados. Su sangre nos purifica. Su sangre nos hace hijos de Dios. Él se da a la muerte para que yo viva. Él vino a compartir nuestra tierra de dolor, de sangre, de odios, envidias, de mezquindades, para que nosotros podamos vivir en la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

Ten piedad de nosotros, Cordero de Dios. Multiplica de nuevo el don de Tu vida y donde lo multiplicas, en la segunda imagen que es en la Eucaristía. Tu amor es una alianza nueva y eterna en Tu sangre. En la sangre de este Cordero que eres Tú, Dios mismo, que Te sacrificas. Como diremos en la noche pascual: “Para liberar al siervo, entregaste al Hijo”. Tú te entregas a la muerte para que yo pueda vivir como hijo de la vida, como hijo de Dios. Para que yo pueda vivir una vida resucitada, nueva. ¿En qué consiste esa vida nueva? Sobre todo, en algo muy sencillo y, al mismo tiempo, imposible. Los mandamientos que el Señor nos ha dado son dos, y los dos son probablemente lo que más desea nuestro corazón, en el fondo, en el fondo, en el fondo, cuando quitamos todas las cosas que nos distraen, que nos envenenan un poquito o mucho: y es ser amados y poder amar.

Ser amados y poder amar. Esa es la novedad. El mandamiento es: “Amarás al Señor, tu Dios, con todas tus fuerzas -decía el mandamiento de la ley antigua- como a vosotros mismos”. Y el Señor dice: “Como Yo os he amado”. Es decir, como Dios nos ha amado, sin límite. Amarnos sin límites. Eso lo desearíamos todos, por lo menos desearíamos ser amados sin límites. A lo mejor, somos muy conscientes de que no somos capaces de amar sin límites, pero desearíamos ser amados sin límite. Dios nos da ese amor. El Señor nos da ese amor, porque se ha quedado con nosotros, porque está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Se ofrece una y mil veces, millones de veces, para que nosotros podamos vivir contentos. “Yo he venido para que vuestra alegría sea completa, para que vuestra alegría llegue a plenitud y para que mi alegría esté en vosotros”.

Señor, para que podamos vivir contentos, Tú das tu sangre y sencillamente nos pides que hagamos lo mismo. Yo sé que es fácil hacerlo una tarde. No es fácil vivir amando como Tú nos amas. Nos es imposible si no estás Tú. Si Tú no renuevas una y otra vez nuestro corazón con el don de tu amor infinito, para que nosotros seamos capaces, a la medida de nuestra pobre pequeñez, de amar como Tú nos amas y aproximarnos más y más a amar como Tú nos amas. Eso hace la vida bonita. Eso hace la vida grande, bella y nos llena de una alegría que no es fabricada, que no hay que estirar para que dure, que nace de lo más íntimo de nosotros, porque corresponde a nuestro ser, a nuestro ser criaturas hechas imagen y semejanza de Dios.

Nosotros estamos hechos para vivir la vida de hijos de Dios. Eso es lo que se nos da esta tarde. Es lo que el Señor nos dio en el Calvario y renueva cada vez que celebramos la Eucaristía. Es alianza de amor nueva y eterna. Qué fuerte, eterna. Señor, ¿pero Tú sabes lo que dices? ¿Tú sabes quién soy? Tú conoces mi intimidad y pobreza, mi pequeñeces…. Nueva y eterna. Dios no miente. Dios nos ama siempre. Pase lo que pase en nuestra vida. No dejará de amarnos y siempre podremos volver a Ti. Y esa es la fuente de nuestra alegría. No el que vamos a ser tan buenos que desde ahora no vamos a pecar nunca más. No, sino que podemos volver a Ti y siempre Te encontraremos con los brazos abiertos, con el corazón abierto, con la vida dispuesta a poner la tuya a cambio de la nuestra. Qué gozo, qué alegría. Ojalá pudiéramos asomarnos un poquito a ese Misterio, que es el Misterio de Dios y es el misterio al mismo tiempo de nuestra vida.

Se lo pedimos a la Virgen. Sin duda, estuvo en la Última Cena. A lo mejor, la preparó, junto con aquellas otras mujeres que seguían a Jesús, que estaban cerca de Él y que estuvo ciertamente junto a Él, en la cruz también, entregando su vida con su Hijo por nuestra salvación, y que Jesús nos entregó como Madre nuestra en la cruz. Se lo pedimos a Ella. Te lo pedimos a Ti, Señor, que nos asomemos a ese Misterio de amor, y que ese Misterio de amor vaya siendo cada vez más la clave de nuestra vida.

Que así sea para todos nosotros y que podamos ser un pueblo que sea reconocido, tal vez no por los signos externos, pero sí porque vivimos de una manera que no tiene explicación mas que si hemos conocido el amor infinito de Dios en Jesucristo.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

14 de abril de 2022, Jueves Santo
S.I Catedral

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Palabras finales

Como ya me conocéis, no os extraña que haya dicho en la homilía que iba a hablar de tres cosas y he hablado de dos. He hablado sólo de un cordero y de la alianza nueva y eterna que Jesucristo hace para explicar su Pasión. Lo tercero era, evidentemente, su permanencia en la Eucaristía: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Porque el amor de Dios es fiel, no se limita a un momento, no se limitaba a un “hoy te quiero y luego me canso”, “hoy te quiero y me olvido hasta que tú vengas otra vez a decirme que me quieres”. No. Dios no nos abandona ni un segundo. Si estamos hechos de Él y para Él.

“Yo estoy con vosotros todos los días”. Y todos los días es todos los días. Los de sol y los de lluvia, los grises y los brillantes, los de pandemia, los de guerra, los de dolor, los de aflicción y los de gozo. En todos está el Señor.

Vamos a acompañar al Señor donde guardamos el reservado, que quedará ahí hasta mañana, para la celebración de la Pasión del Señor.

“El Acontecimiento de Cristo es el centro de la historia”

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Homilía en la Misa Crismal, celebrada el Jueves Santo, 14 de abril de 2022, en la S.I Catedral, en la que se bendijeron y consagraron el Santo Crisma y los Santos Óleos, así como la renovación de las promesas sacerdotales del clero granadino.

Queridísimo Pueblo de reyes, como hemos cantado en la entrada de esta celebración, al que todos pertenecemos y al que nos gloriamos de pertenecer también los sacerdotes, también yo; hoy especialmente, muy queridos sacerdotes.

El Jueves Santo celebra algo esencial a la vida de la Iglesia, y no sólo en la celebración de la Cena del Señor o en el lavatorio de los pies. La Iglesia desea que esta Misa se celebre el Jueves Santo o lo más cerca posible del Triduo Pascual. Por la gracia de Dios, en Granada se ha conservado la tradición del Jueves Santo, que a mí me parece un bien muy grande, porque nos ayuda a comprender la unidad de las celebraciones del Triduo Pascual.

El Jueves Santo se celebra algo que es esencial al hecho cristiano. Sin él, el hecho cristiano se deteriora. El Acontecimiento del Misterio Pascual de Cristo. Kierkegaard decía que sólo lo contemporáneo es capaz de conmovernos. Y tiene razón. Lo que la Iglesia celebra el Jueves Santo es que el “hoy” del que hablaba Jesús en la sinagoga de Nazaret, se repite hoy. Es igual de verdad hoy, en esta celebración y en este instante, que cuando Él lo dijo por primera vez allí: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. Hoy se cumplen las esperanzas de las naciones y las promesas hechas por los profetas a nuestros padres de Israel.

Yo me pregunto muchas veces si cuando yo celebro, cuando yo vivo mi vida cotidiana, soy consciente de ese “hoy” que permanece, soy consciente de que Cristo es el mismo. Puede haber pandemias, puede haber revoluciones, puede haber cambios; los imperios caen, el mundo cambia, sin embargo, “Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre”. Dicho con una palabra de nuestra tradición teológica, ¿qué es lo que celebramos el Jueves Santo?: la “sacramentalidad” del hecho cristiano, que hace contemporáneo lo que conmemoramos en la Palabra y lo hace contemporáneo en los Sacramentos. Pero no sólo en los Sacramentos. O quizá hay que ampliar extraordinariamente el concepto de Sacramento, para que no quede reducido a unos ritos hechos más o menos precipitadamente o sin demasiada conciencia del significado que tienen para el hombre, para la vida del hombre.

Cristo no ha venido a hacernos en un conventículo en medio del mundo que se llama Iglesia. Cristo ha venido para cambiar el modo de vivir los hombres en el mundo. Pero el Sacramento es esencial. Yo sé que hemos perdido un poco, hemos devaluado de muchas maneras -y no os creáis que sólo a lo mejor en el ambiente de los que llamamos progresistas. La categoría de Sacramento se ha devaluado como categoría esencial al hecho cristiano. Porque si el hecho cristiano es el recuerdo de una cosa que pasó hace 2000 años, por muchas procesiones que hagamos, al final las procesiones se nos quedarán en el elogio de las velas, del trono o del palio.

El Acontecimiento de Cristo es el centro de la historia. Su Encarnación y la consumación de la Encarnación en el Misterio Pascual es el centro de la historia humana. El centro también de nuestra historia como cristianos. Si Cristo murió por nosotros, y por nosotros murió y resucitó, es para que no vivamos ya para nosotros mismos, sino para Él, que por nosotros murió y resucitó. Eso no se refiere a los sacerdotes. Se refiere al cristiano, como también se refiere al cristiano cuando dice “el que se casa viva como si no se casara; el que posee, como si no poseyera; el que llora, como si no llorase…, porque la figura de este mundo pasa”. Sólo Cristo permanece y el don de su Espíritu permanece vivo, presente, actual. Permanece en cada uno de los Sacramentos, pero cada uno de los Sacramentos expresa parte del Misterio de Cristo. Un cristianismo que se reduce -y doy gracias a Dios de que hayamos recuperado la importancia de la Palabra, de la escucha y del seguimiento de la Palabra-, pero un cristianismo en el que la Palabra ocupe todo el espacio y no haya espacio para la categoría de sacramentalidad; una Iglesia reducida a la Palabra es una Iglesia que termina reduciendo el cristianismo a moral. Esa moral se transforma después en moralina, que es una cosa deleznable, y la moralina se transforma después en la aceptación o en la reducción del cristianismo a la defensa de los valores comunes que defienden todos los periódicos de todo el mundo, sean de la ideología que sean.

Entonces, ¿cuál es la misión de la Iglesia? ¿Qué significa la Iglesia? ¿Qué novedad añade Cristo a nuestra historia, a nuestra conciencia, nuestra vida, al mundo? La categoría de sacramento se extiende de manera extrema. Primero, la Iglesia es como un sacramento, lo ha dicho el Concilio. Por lo tanto, la Iglesia entera, el Pueblo santo entero, guiado por sus sacerdotes, es un sacramento, es un lugar de encuentro con Dios. Cada uno de los bautizados somos un lugar para el ser humano. Y para el ser humano roto y herido de nuestro siglo y de nuestro tiempo, somos un lugar de encuentro con Dios. Por eso también el pueblo es un pueblo de sacerdotes, porque sin ninguna necesidad de mediación, un cristiano es portador de Cristo. Cuando comulga, un cristiano es miembro del Cuerpo de Cristo y eso no son palabras bonitas, no son consideraciones piadosas. Es real, aunque no lo hayamos descubierto; aunque el pueblo cristiano no lo haya descubierto, y en parte por nuestra responsabilidad, porque no le permitimos experimentar que son el Pueblo santo de Dios, cuya vida en Cristo nosotros servimos. Alguien me decía hoy que su lema sacerdotal era “Siervo de vuestra alegría”. Os confieso que siempre, siempre, siempre he pensado que era una de las definiciones más bonitas que San Pablo hace del ministerio. “Siervo de la alegría de los hombres”, porque sin Cristo no hay alegría. No hay alegría verdadera, profunda, que nazca de las entrañas, y si no hay alegría, no hay esperanza. ¿Y de dónde nace la alegría? Pues, de saberse amado, de haber encontrado el amor infinito de Dios. Pero el amor infinito de Dios no lo encontramos nosotros, porque nosotros no tenemos acceso al Padre. El Hijo es el que está en el seno del Padre. Él nos lo ha contado y Él nos ha comunicado, a través de su Espíritu, a todo el pueblo de Dios y a nosotros de una manera especial -especial, no digo “más”, y soy perfectamente consciente de lo que digo. ¿Para qué? Pues, para el servicio de la vida de su pueblo de Dios, no para nuestro servicio. No para organizar una serie de cosas de las que los demás se benefician. No. Es para el servicio de la vida en Cristo en todo ser humano.

Yo me pregunto, y nos tenemos que preguntar hoy, si hacemos nuestro eso de “esta Escritura se ha cumplido hoy” en nuestra vida. Hemos recibido el Espíritu de Dios de una manera singular en el misterio del sacerdocio. De una manera preciosa, que cumple nuestra vida, que cumple nuestra humanidad. No hay hombre más pleno, y lo digo en el sentido pleno de la palabra y en el sentido hasta humano de la palabra, que un sacerdote que vive gozosamente su vocación. Yo sé que eso hay que pedirlo, que es un don de Dios, que tenemos que ayudarnos a vivirlo mejor cada día y unos a otros, pero es que no hay humanidad más plena que la del sacerdote, porque el sacerdote, justamente refleja, está poseído por Cristo, ha sido reclamado para pertenecer a Cristo de una forma especial, de forma que sea la presencia viva de Cristo en medio de su pueblo. Claro que sí, no hay sacramentos sin sacerdocio. Por eso, el Triduo Pascual yo sé que empieza esta tarde, pero en realidad su Espíritu empieza en la Misa Crismal. No hay sacramento del Bautismo, no hay Unción de los Enfermos, no hay ministerio sacerdotal, no hay sucesión apostólica sin los óleos que consagramos aquí. Nosotros, sacerdotes, cooperadores de Cristo, que es el único sacerdote. Igual que la Eucaristía, no hay más que una Eucaristía y es Cristo quien se la ofrece al Padre en el “hoy” que prolonga, constantemente y para el mundo entero, la ofrenda del Hijo de Dios por la Alianza nueva y eterna, para el perdón de los pecados.

Son muchas cosas las que se pueden subrayar y desmenuzar en la vida de cada uno. Yo quiero subrayar hoy especialmente dos. Una, la importancia que tiene el perdón de los pecados. Los hombres y mujeres de nuestro tiempo muchas veces no se dan cuenta, pero tienen necesidad de perdón y no experimentarán que Dios perdona si no encuentran en el sacerdote unos brazos abiertos para perdonar, y no me refiero sólo a la gente que viene a confesarse, que también. Una de las tareas principales de Jesús fue perdonar pecados. Probablemente, una de las razones más decisivas de su muerte es que perdonaba pecados. “¿Quién puede perdonar los pecados más que Dios?”, como le dicen en el episodio del paralítico. “Pues, para que veas que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados -le dice- toma tu camilla, levántate y vete a tu casa’”. Con qué autoridad lo dice. Pero esa autoridad, es la vuestra, es la mía, participada de la de Cristo!

La primera mención del Espíritu Santo después de la Resurrección es justamente la aparición a los discípulos donde les da el poder: “A quienes perdonéis, les quedan perdonados, y a quienes les retengáis, les quedan retenidos”. Pero cuidadito con lo de retener, mucho cuidadito con lo de retener, porque, como hemos sido educados en una perspectiva muy moralista, a veces pedimos que las personas no sólo tengan arrepentimiento, sino que sean santas ya, para venir a confesarse, lo cual hace superflua la confesión, porque si yo ya me he convertido, si yo ya soy santo, ¿la confesión es una bendición entonces que hago yo a mi santidad? No, por favor. Las heridas de los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, tienen a veces tal profundidad, son tan grandes… ¿O es que tenemos una fe en que la voluntad del hombre es idéntica a la voluntad de Dios, y que realiza inmediatamente aquello? Una persona que ha sido herida durante años, una mujer que ha sido humillada durante años, ¿vosotros creéis que con un gesto puede su vida cambiar? Desea cambiar. Basta. Ese pasaje de alguna novela que ha citado alguna vez el Papa, sobre un marino que no quería arrepentirse de sus pecados siendo su primera confesión. El marino se está muriendo y decía que “no, que no me arrepiento de mis pecados”. Le dice al sacerdote, “¿te arrepientas por lo menos de no estar arrepentido?”. Y él le contesta, “¡ah!, eso sí, padre”. Pues, “yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre…”. No es una banalización de la Confesión. Es una conciencia de que el perdón es perdón y no reconocimiento de la justicia del hombre. El perdón es perdón.

El Señor no le puso condiciones a la samaritana, ni a la adúltera. Le dijo con toda sencillez, con autoridad y de una manera humilde: “Vete y no peques más”. El perdón es perdón, no reconocimiento de una vida santa. Para eso no hace falta la Confesión y la gente, fuera de los Sacramentos, tiene que percibir en nosotros la mano tendida, ese corazón abierto, esa disponibilidad al abrazo de una humanidad rota. Es la imagen esa que usa tanto el Papa, somos un “hospital de campaña”. Claro que somos un hospital de campaña. Basta salir a la puerta y darse cuenta de que la gente, la que ves pasar, el 90% de las caras son caras tristes, con una tristeza profunda. La que nace de la desesperanza absoluta, de la imposibilidad de creer que hay una vida bonita, que se puede vivir. Que se puede vivir con alegría. Que hay una libertad auténtica que no nos la dan los gobiernos; que nos la da Cristo. El sacerdocio es una humanidad cumplida y los hombres tienen que ver vuestra alegría para poder reconocer que sois capaces de darles a ellos la alegría que no tienen.

En esa humanidad cumplida entra el celibato que vais a renovar. El celibato no es, ante todo, una renuncia. Perdonadme. No es ante todo un sacrificio. El sacrificio del celibato no es mayor que el que hace cualquier persona casada que también ha renunciado a todas las mujeres menos a la suya. El celibato no es un menos de amor. No es esa persona rancia, avinagrada, que con demasiada frecuencia los fieles encuentran en nosotros, sin alegría, sin gozo, sin amor para comunicar a nadie. El celibato es un más de amor que la vocación al matrimonio; un más y un amor de unas características muy especiales, que son las características del amor de Dios, del amor de Dios revelado en Jesucristo. Y eso tiene su aspecto de renuncia, pero, repito, no es una renuncia mayor que la de cualquier hombre casado. Claro que lo tiene, y una disciplina para poder cuidar la belleza del don que el Señor nos ha hecho del celibato. Pero, al mismo tiempo, es un amor más grande. Es un amor como el de Jesucristo. Y eso lo tenemos que pedir, porque es un don de Dios, que forma parte del don del sacerdocio. Sencillamente, si somos presencia de Cristo, nuestra mirada, nuestro modo de tratar, nuestro afecto, que es una cosa buena, tienen que tener las cualidades del afecto de Cristo, del amor de Cristo. A eso hay que educarse y eso lo tenemos que pedir.

Perdón de los pecados, capacidad de amar. La gente tiene que percibir no que somos unas personas frustradas porque no hemos podido amar, que a veces nos dicen o nos pintan. ¡No, qué va! ¿Frustrados? Todo lo contrario. Frustrados muchas veces quienes confunden el amor con el sexo y viven casados, pero no saben ni siquiera lo que es el matrimonio, porque no saben lo que es amar. La mayoría de los hombres hoy no saben lo que es amar, porque el amor tiene que ser una participación de Dios. Si es verdadero, y el nuestro tiene que ser una expresión, lo más transparente posible, lo más rica y matizada posible, de la infinitud y de la calidad del amor de Dios, del amor del Cielo. Como el amor de las vírgenes consagradas que anticipan el Cielo. Anticipan la vida de la Esposa, de la Jerusalén del Cielo, de la ciudad que ya no necesita luz ni lámpara por la noche, porque su luz es el Señor.

Último rasgo y no me detengo. La comunión. En los dos relatos de Pentecostés, el primero está ligado al perdón de los pecados y yo he ido añadiendo a lo del perdón esta especie de glosa sobre el celibato, porque me parece útil, y la comunión. Pentecostés es comunión. El Espíritu de Dios genera comunión. Es el diablo el que divide. Es el diablo el que crea a veces fisuras de un milímetro, pero son de una profundidad que sólo Dios puede salvarlas. Las dos cosas están relacionadas, porque para que haya comunión, tiene que haber perdón. No hay comunión si no nos perdonamos nunca. No hay comunión en un matrimonio si no son capaces de perdonar. La capacidad de perdonar es algo que a lo mejor tiene que ser cuidada muchas veces, para que pueda darse en la vida del matrimonio o en la vida de una familia, o de unos hijos que tienen que perdonar a sus padres, o de unos padres que tienen que perdonar a sus hijos. Y no tenemos que esperar al final del proceso para darles la absolución. Lo repito. Basta el primer resquicio. “Yo quisiera que mi familia viviera en paz”. Pues, “yo te absuelvo de tus pecados y vamos a ver qué camino tenemos que hacer desde aquí para eso”. Danos, Señor, el don de la comunión.

La guerra de Ucrania, evidentemente, es una tragedia inmensa de la que nos llegan a nosotros ecos muy fuertes. Pero doy gracias por la explosión pequeña – sin duda, una gota de agua en el océano- que el Señor ha generado en la diócesis, gracias a la apertura de tantas parroquias y de tantos lugares a recibir a personas, la mayoría mujeres ucranianas, con sus hijos o con sus padres. Esto no ha terminado. Esto va a continuar. Luego hay que cuidar a quienes han venido. Luego hay que cuidar a las familias que los han recibido, porque si no es sencilla la relación entre nosotros, entre dos clases sociales, imaginaros la relación entre dos mundos tan distintos como el ucraniano y el nuestro. Todo eso es misión de Cristo. Todo eso es aliviar heridas con aceite, con el aceite del amor más grande, con el aceite de la misericordia, con el aceite de una paciencia infinita, con el aceite del poder mirar a cada persona y a su destino como alguien que forma parte de mí. ¡Pero eso está pasando! A mí me ha conmovido ver el seminario lleno de cajas donde ya no cabían más, y hay que mandar un camión de 25 toneladas para que volviera a quedar espacio. Me han conmovido tantos gestos que habéis hecho en las parroquias.

No hemos hecho más que empezar, quiero que lo sepáis. Me lo decía ayer una persona que trabaja en Varsovia: los primeros que han salido son las personas más hábiles o que tenían más medios para cruzar la frontera. Quienes quedan por venir son los paralíticos, los lisiados, los enfermos, los que no tienen a nadie. Yo ahí he visto en este mes crecer en el mundo la conciencia de que sólo la Iglesia puede hacer ciertas cosas. El mundo tiene mucho más medios, muchas más organizaciones. Nosotros somos una panda de desarrapados y, además, muy anárquicos y muy anarquistas, por definición, porque somos cristianos y el mundo está muy organizado. Pero el mundo, al final, cuando se encuentra con una persona delante, no sabe qué hacer con ella y llama a la Iglesia, y dice “oiga, ¿pueden recibir a esta familia ucraniana que tenemos aquí y que no sabemos qué hacer con ella?”. Y eso va a pasar más y más. Yo creo que es una oportunidad de evangelización única, que no la hemos buscado, no la hemos programado, nos la ha puesto el Señor, que está cambiando muchos corazones. Os podría contar anécdotas sin parar. No lo voy a hacer, pero que seamos conscientes de que el Señor nos da hoy una oportunidad. Cuando el Papa hablaba de Iglesia en salida, cuando el Papa hablaba de la sinodalidad y de cómo tenemos que ayudarnos y ver a cristianos de cuatro o cinco realidades diferentes recogiendo cajas y organizando cajas con una mujer atea, con la comunidad evangélica de Santa Fe, con un par de curas y una mujer que tiene mucha experiencia de deportes, pero que no tiene mucha experiencia de lo que es la Iglesia, ni sabe distinguir un cura de un obispo… y los ves, dices “¿qué sinodalidad, qué sínodo?” ¿Vamos a hacer el Sínodo de la sinodalidad reunidos en una mesa camilla, hablando de qué es eso de la sinodalidad, cuando lo tenemos en la puerta de todas nuestras iglesias?

Lo de Ucrania es una ocasión, un kairós, una excusa, pero ese tendría que ser nuestro modo de vida. Y eso no necesita argumentos. Cuando la gente ve que la Iglesia vive así, de repente se pegan; se pegan como a una buena película, como a una buena lectura, como a un amigo, como a una madre. La primera niña ucraniana que yo vi, yo trataba de saludarla, y la niña estaba abrazada a la pierna a su madre todo el rato, y no la soltaba. Yo trataba de hacerle carantoñas y la niña se escondía detrás de la pierna de su madre. Pues eso somos nosotros, la Iglesia. Esos pobres que se agarran a la pierna, a nuestra madre Iglesia, pero que le decimos al mundo que ahí está el Señor. En nuestras pobres vidas está el Señor. En la de todos.

Pero, Dios mío, nosotros tenemos la misión más preciosa que hay en el mundo. Vamos juntos a darLe gracias a Dios y a pedirLe que nos ayude a vivirla con la alegría y el gozo con que Él quiere que la vivamos.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

14 de abril de 2022
S.I Catedral de Granada

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Mons. Martínez agradece a los granadinos los gestos de ayuda humanitaria en las parroquias por los refugiados ucranianos

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Mons. Martínez agradece a los granadinos los gestos de ayuda humanitaria en las parroquias por los refugiados ucranianos

Habla de una situación “que está cambiando muchos corazones”, mientras la Diócesis se prepara para ayudar y acompañar a los refugiados que ha traído a Granada y a las familias que los acogen.

En la celebración de la Misa Crismal, celebrada en la mañana del Jueves Santo en la S.I Catedral, nuestro arzobispo D. Javier ha expresado su agradecimiento a todas las personas que han colaborado, y continúan haciéndolo, para ayudar a los refugiados ucranianos. “Es una gota de agua en el océano que el Señor ha generado en la Diócesis para recibir a personas ucranianas refugiadas”, afirmó.

Mons. Martínez expresó también su conmoción por esos gestos en las parroquias, donde las personas han ido a llevar su ayuda humanitaria, así como en el Seminario Mayor, donde el aluvión de cajas con material, ropa y alimentos ha permitido fletar en distintas ocasiones autobuses y trailers con toneladas de esta ayuda con destino a Varsovia, que limita con el campo de refugiados en Ucrania.

Para D. Javier, junto al dolor de la guerra y el sufrimiento de las personas, esta situación está mostrando un lado humano del que todos tenemos necesidad. La ayuda llega desde todas partes de la diócesis, con independencia del credo que se profese, o su pertenencia o no a la Iglesia.

En medio de esta situación de sufrimiento que vive el pueblo ucraniano, D. Javier habló de una “oportunidad de evangelización única que nos pone el Señor”, una situación “que está cambiando muchos corazones”.

Por otra parte, nuestro arzobispo ha recordado que, además de traer a refugiados ucranianos, especialmente mujeres y niños, la Archidiócesis se prepara para “cuidar a los que han venido y las familias que los acogen”, para “aliviar las heridas con el aceite de la paciencia y el amor”.

Paqui Pallarés
Delegada de Medios de Comunicación Social

 

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La Misa Crismal en la S.I Catedral en imágenes

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La Misa Crismal en la S.I Catedral en imágenes

Realizadas por el Secretariado de Medios de Comunicación Social del Arzobispado.

La S.I Catedral acogió esta mañana la celebración de la Misa Crismal, en la que el clero diocesano renovó sus promesas sacerdotales y se consagraron y bendijeron el Santo Crisma y los Santos óleos de los enfermos y catecúmenos.

En una celebración única que puede realizarse en la S.I Catedral y presidida por el pastor de la Diócesis, el Secretariado de Medios de Comunicación del Arzobispado de Granada ofrece en imágenes los principales momentos vividos.

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Misa crismal, la celebración de la sacramentalidad del hecho cristiano

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En la consagración y bendición esta mañana, en la Misa Crismal.

En la mañana del Jueves Santo, el clero ha renovado sus promesas sacerdotales y se han bendecido y consagrado los Santos Óleos y el Santo Crisma, en la S.I Catedral.

Horas antes del inicio del Triduo pascual, el Jueves Santo, día en que Jesucristo instituyó la Eucaristía, la S.I Catedral acogió la Misa Crismal, en la que el clero diocesano ha renovado sus promesas sacerdotales y nuestro arzobispo ha bendecido y consagrado los Santos Óleos y el Santo Crisma que se utilizan para la administración de los Sacramentos.

“SIERVO DE LA ALEGRÍA DE LOS HOMBRES”
En su homilía, D. Javier Martínez se ha dirigido especialmente a los sacerdotes, de quienes ha dicho “el sacerdote es siervo de la alegría de los hombres, porque sin Cristo no hay alegría y la alegría viene de saberse amado por Cristo. Para el servicio de la vida en Cristo de todo ser humano”.

“El sacerdocio es una humanidad cumplida”, ha subrayado D. Javier, que se ha referido también al perdón de los pecados, especialmente en este tiempo en el que “los hombres y mujeres tienen necesidad de perdón”. Un perdón que no es sólo en el sacramento –ha explicado nuestro arzobispo- y que puedan encontrar en el sacerdote “unos brazos abiertos”.

“Danos, Señor, el don de la comunión”, que no es posible sin el perdón, señaló.

SACRAMENTO DEL HECHO CRISTIANO
En esta celebración, nuestro arzobispo ha hablado de la “sacramentalidad del hecho cristiano”, donde se hace “contemporánea la Palabra de Dios”; unos sacramentos que van más allá de unos ritos. “Cristo ha venido para cambiar el modo de vivir de hombres y mujeres en el mundo”. “El sacramento es una categoría esencial al hecho cristiano”, porque no fue algo del pasado que sucedió hace 2000 años.

“El Acontecimiento de Cristo y la consumación de la Encarnación en el Misterio Pascual es el centro de la vida humana y de nuestro ser cristiano”, explicó D. Javier, quien habló de la novedad que aporta Cristo a nuestra vida, a nuestra conciencia y al mundo. “Sólo Cristo permanece y el don de su Espíritu permanece vivo, actual, en cada uno de los sacramentos, que expresan cada uno e los Misterios de Cristo”.

Paqui Pallarés
Delegada de Medios de Comunicación Social

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Celebraciones del Triduo Pascual, en la S.I Catedral

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Celebraciones del Triduo Pascual, en la S.I Catedral

Jueves, Viernes y Sábado Santo, que podrán seguirse en directo también en VA Televisión (www.vatelevision.com).

La Archidiócesis de Granada vivirá, junto con la Iglesia Universal, en sus templos, iglesias y parroquias las celebraciones del Triduo Pascual, que comienzan en la tarde del Jueves Santo. En el caso de la Catedral, los Oficios de la Cena del Señor será a as 18:30 horas, en una Eucaristía que celebra el lavatorio de los pies y la institución de la Eucaristía del Señor en la Santa Cena.

El Viernes Santo es el único día del año que no se celebra la Eucaristía, porque es el día de la Pasión y muerte del Señor. Por ello, en la víspera, el Jueves Santo, se procederá a la reserva de la comunión consagrada ese día, para ser administrada a los fieles en la celebración del Viernes Santo. En esta celebración se vivirá uno de los momentos más intensos durante la adoración de la Santa Cruz.

La celebración del Viernes Santo será a las 17 horas en la S.I Catedral y la Vigilia pascual, que anuncia la Resurrección del Señor en la noche del sábado, a las 23 horas.

Estas celebraciones litúrgicas, así como la Eucaristía del Domingo de Resurrección, se retransmitirán en directo en la televisión diocesana por internet, en VA Televisión.

Paqui Pallarés
Delegada de Medios de Comunicación Social

 

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El Obispo anima los presos a no perder la esperanza

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En el día del amor fraterno, en el que los cristianos rememoran la institución de la Eucaristía, el Obispo de Jaén ha acudido, por primera vez, desde que llegara a Jaén, a la Prisión Provincial. Una cita que se ha hecho esperar a causa de la pandemia y a la que Monseñor Chico Martínez tenía muchas ganas de asistir, para, como señaló en su homilía de inicio de episcopado, estar con los “preferidos del Señor”.

Junto al Prelado jiennense han participado el Delegado de la Pastoral Penitenciaria, D. José Luis Cejudo; los capellanes de la Prisión, D. José González y Dª Carmen Fernández y una representación de los voluntarios de esta Pastoral de atención y acompañamiento a los privados de libertad.

A su llegada al Centro Penitenciario, el Prelado ha departido con los hombres y mujeres que gozan ya de régimen semiabierto. Allí, se ha interesado por sus situaciones personales y los ha animado en este último paso para gozar de la plena libertad, “sin perder la esperanza”.

Don Sebastián Chico Martínez, después de saludar a los funcionarios de prisiones y agradecerle su acogida, ha celebrado junto a los internos la Cena del Señor: una conmemoración en la que se recuerda la Última Cena, y en la que se repiten gestos que Cristo hizo con sus discípulos antes de la Pasión, como por ejemplo, el lavatorio de los pies. Un gesto, de servicio y de amor al prójimo, que este año no ha podido escenificarse por las medidas contempladas frente al COVID-19. Aunque el Delegado de la Pastoral Penitenciaria, D. José Luis Cejudo, ha querido recordar, a pesar de las restricciones frente a la pandemia, cómo el Papa Francisco ha lavado los pies en reiteradas ocasiones a los presos, y en años precedentes también lo hicieron los Obispos, Don Ramón del Hoyo López y Don Amadeo Rodríguez Magro, quienes en este día mandaban un cariñoso saludo a los internos.

Las lecturas de la Misa han estado participadas por los internos y el Evangelio, del pasaje evangélico de San Juan relataba la última cena y el lavatorio de los pies, proclamado por el sacerdote salesiano, D. José González.

En su homilía, el Obispo ha explicado, en un tono cercano y de forma dialogada con los propios presos, lo que significó, en la Última Cena, el gesto de humildad de Jesús de lavar los pies a sus apóstoles. “Dios se hizo hombre, se hizo el último de nosotros, para con su muerte poder liberarnos del pecado, ese es el gran gesto de humildad, que quiso Cristo poner de manifiesto con el lavatorio de los pies”, ha expresado Don Sebastián.

Del mismo modo, ha dado gracias por compartir la mañana del Jueves Santo en la Prisión provincial. “Estar con vosotros es estar más cerca del Señor, porque sois los preferidos de Dios. Y esta mañana me siento dichoso de estar en el lugar de una forma preferente donde está el Señor”. En este sentido ha incidido en la idea de que ese gesto se repite hoy con todo ser humano: “Hoy Jesús nos dice, déjame que a ti también te lave los pies”

Para finalizar sus palabras, Monseñor Chico Martínez ha puesto de relevancia la importancia de la Eucaristía en el día en el que se conmemora de su institución. “En la Última Cena, Jesús quiso quedarse presente, para siempre, en un trozo de pan y un poco de vino. Es la gran herencia, junto con la del mandamiento que encierra a todos los demás: amaos los unos a los otros”.

Al concluir la celebración de la Eucaristía, Don Sebastián se ha despedido de los internos, y les ha deseado una feliz Pascua de Resurrección.  Ha departido con alguno de ellos que le han pedido al Prelado que bendijeran algunos rosarios y artículos de oración y culto.

Esta tarde, el Prelado jiennense lavará los pies a 12 fieles, a las 19 horas en la Catedral, como parte del triduo Pascual en el que la Iglesia universal rememora la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, nuestro Señor. Mañana, Viernes Santo, los oficios que presidirá Don Sebastián tendrán lugar a las 17 horas en la Catedral.

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“Gracias, Jesús nazareno, porque nos llevas en tu corazón enamorado”

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“Gracias, Jesús nazareno, porque nos llevas en tu corazón enamorado”

Alocución del Vicario General, D. Francisco Javier Espigares Flores, en la estación de penitencia de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima de la Merced, el Miércoles Santo de 2022.

“Un pastorcico, solo, está penado, ajeno de placer y de contento, y en su pastora puesto el pensamiento, y el pecho del amor muy lastimado”. Ese pastorcillo eres tú, Nuestro Padre Jesús Nazareno y esa pastorcilla es la humanidad entera en la que tienes puesto tu pensamiento: en las guerras, en los enfermos, en los pobres, en los esclavos de tantas adicciones, en los pecadores,…en todos nosotros. Gracias, Jesús nazareno, porque nos llevas en tu corazón enamorado.

María Santísima de la Merced, haznos la merced de no olvidar ni ningunear el amor de tu Hijo, ayúdanos a unirnos a Él los domingos en la Eucaristía, en la oración diaria, en la vida cotidiana. Así podremos gustar y ved qué bueno es el Señor.

Francisco Javier Espigares Flores
Vicario General de la Archidiócesis de Granada
Miércoles Santo, 13 de abril de 2022

 

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La cruz, “tu trono de gloria que vas a levantar en el Calvario”

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La cruz, “tu trono de gloria que vas a levantar en el Calvario”

Alocución del Vicario General, D. Francisco Javier Espigares Flores, en la estación de penitencia de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús de las Tres Caídas y Nuestra Señora del Rosario en sus Misterios Dolorosos, el Miércoles Santo de 2022.

Nuestro Padre Jesús de las tres caídas, cuando cargas con la cruz la llevas como un trofeo, como tu trono de gloria que vas a levantar en el Calvario para atraer desde allí a toda la humanidad hacia ti, para reunir a los hijos de Dios dispersos. Y, aunque en tu travesía caigas, de nuevo te levantas, porque está en juego la voluntad decidida del Padre de que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

Nuestra Señora del Rosario en sus misterios Dolorosos, con tus ojos de madre y esposa contemplamos los misterios de tu Hijo cada vez que rezamos el rosario, la oración de los sencillos, para poder vivir cada día de lo que verdaderamente importa.

Francisco Javier Espigares Flores
Vicario General de la Archidiócesis de Granada
Miércoles Santo, 13 de abril de 2022

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“Gracias porque nunca das a nadie por perdido, porque tu paciencia es nuestra salvación”

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“Gracias porque nunca das a nadie por perdido, porque tu paciencia es nuestra salvación”

Alocución del Vicario General, D. Francisco Javier Espigares Flores, en la estación de penitencia de la Hermandad Sacramental del Apóstol San Matías y Cofradía de penitencia de Nuestro Padre Jesús de la Paciencia y María Santísima de las Penas, el Miércoles Santo de 2022.

Nuestro Padre Jesús de la Paciencia y Mª Santísima de las Penas. “Es mi amado un gamo, parece un cervatillo. Vedlo parado tras la cerca, mirando por la ventana, atisbando por la celosía. Habla mi amado y me dice: «Levántate, amada mía, hermosa mía y ven».

Ese amado eres tú, Señor enamorado, que sigues buscando a tu amada en cada alma, en cada hogar, en cada comunidad, en tu Iglesia Santa.

Con paciencia nos esperas, atado a la columna, para el desenlace amoroso, para celebrar tus bodas, las nupcias del Cordero. Gracias porque nunca das a nadie por perdido, porque tu paciencia es nuestra salvación.

Francisco Javier Espigares Flores
Vicario General de la Archidiócesis de Granada
Miércoles Santo, 13 de abril de 2022

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