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El obispo de Huelva exclama el ‘Aleluya’ al que señala ser “el canto de una alegría exuberante”

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El obispo de Huelva exclama el ‘Aleluya’ al que señala ser “el canto de una alegría exuberante”

En la mañana de este domingo 9 de abril, Mons. Santiago Gómez ha presidido la Santa Misa de Resurrección del Señor, en la que han estado presentes miembros del Cabildo Catedralicio, el Consejo de Hermandades de Semana Santa de Huelva y una representación de las distintas hermandades de penitencia de la capital.

En las palabras de su homilía, D. Santiago ha querido señalar el entusiasmo con que toda la liturgia de hoy nos anuncia que Cristo ha resucitado, entusiasmo que se extiende de un modo especial durante toda la Octava de Pascua, a lo largo de los cincuenta días del tiempo de Pascua que va desde la Vigilia Pascual hasta el Domingo de Pentecostés, y en cada Misa Dominical y Eucaristía diaria. “Ha llegado la hora del aleluya, dígnate entonarlo”. Así el canto del Aleluya prepara la noticia más grande que tiene la Iglesia para este mundo, en palabras de la Secuencia, parafraseando el Evangelio: “¿Qué has visto de camino, María, en la mañana? A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!”.

“Si nos dejamos ganar -ha continuado el obispo- por este gran anuncio, si como el apóstol a quien Jesús amaba, siguiendo su carrera, a la vista que ofrecía la tumba vacía, tenemos su experiencia: “Vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos” (Jn 20,9); entonces escuchar y cantar ¡Aleluya! será para nosotros la expresión de un gozo que viene resonando por toda la tierra desde la mañana del primer domingo cristiano, y que se prolongará por toda la eternidad. Aleluya es el canto de una alegría exuberante, infinita, pues como escucharemos en el Prefacio antes de la consagración: “Por eso, con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría.”

Y es que exultar de alegría es entrar en una especie de éxtasis. Expresar la alegría que nos embarga es más que decir algo con palabras, es poner todo nuestro ser, simplemente, en un grito de júbilo; como cuando exclamamos con entusiasmo arrebatado: ¡viva!, ¡bravo!, ¡vamos! ¡así!, ¡más!

El entusiasmo y la alegría han inundado los rincones de la Santa Iglesia Catedral donde Santiago Gómez resaltaba que “éste es el canto que hoy nos propone la Iglesia con el ¡Aleluya! Esta palabra era en su origen un término hebreo, que significaba algo así como “alabad a Yahvé”. Pero en el uso de la liturgia de la Iglesia en la Pascua ese significado no importa mucho, por eso no se ha traducido. Aleluya es expresión de una alegría sin palabras, porque está por encima de todas ellas. Es el grito de júbilo del pueblo cristiano, que se ve tan desbordado por la sobreabundancia de la alegría que nos trae Cristo Resucitado, que ya no encuentra palabras, y entonces con el corazón rebosante de gozo canta ¡Aleluya! Es la expresión de un júbilo que ya no cabe en palabras. Cuando el corazón creyente se llena de la inmensidad del gozo que trae la gloria de Cristo Resucitado, no puede callar y rompe los límites de las palabras, exclamando: ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleluya!

Comentaba, además, el obispo de la Diócesis onubense, que el canto del Aleluya pascual es como “un adelanto de lo que algún día puede y debe pasar con nosotros: que todo nuestro ser quede inmerso en una única y gran alegría. El cántico del Aleluya en la pascua de la resurrección del Señor es nuestra participación anticipada en la alegría del cielo. En el libro del Apocalipsis, llamado por el papa Benedicto el Evangelio del Resucitado, leemos: “oí en el cielo como el vocerío de una gran muchedumbre que decía: “¡Aleluya! La salvación, la gloria y el poder son de nuestro Dios … y oí como el rumor de una muchedumbre inmensa, como el rumor de muchas aguas, y como el fragor de fuertes truenos, que decían: “¡Aleluya! Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo, alegrémonos y gocemos y démosle gracias” (Ap. 19,1.6-7). La fe en Jesucristo Resucitado nos permite anticipar algo de esa alegría infinita y eterna que expresan con el ¡Aleluya! los que gozan de la visión de Dios en el cielo ¡Qué futuro más hermoso! Entonces, como nos ha dicho san Pablo en la epístola: “buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra.” (Col 3,1-2).”

Por último el obispo ha querido recordar y citar al papa Francisco que asegura que vivimos en una sociedad que quiere construirse sin Dios y que, a veces, “incluso se empeña en destruir sus propias raíces cristianas. También la propia familia o el propio lugar de trabajo puede ser un ambiente árido y hostil para conservar la fe y tratar de irradiarla. Pero precisamente a partir de la experiencia de este desierto es cómo podemos descubrir nuevamente la alegría de creer en Cristo Vivo y su importancia vital para nosotros. En el mundo contemporáneo se necesitan sobre todo personas de fe que, con su propia vida, indiquen el camino hacia el cielo y de esta forma mantengan viva la esperanza. ¡No nos dejemos robar la esperanza! (Cf. Evangelii gaudium, 89). Mejor, dejémonos llenar de la gran alegría que irradia el Señor, para que podamos decir con todo nuestro ser: Este es el día que hizo el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo. ¡Aleluya!, ¡Aleluya!, ¡Aleluya!

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La Catedral de Cádiz acogió la solemne Vigilia Pascual

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«La vigilia de esta noche se ilumina con la Palabra de Dios»

La S.A.I. Catedral de Cádiz acogió la noche del Sábado Santo la Vigilia Pascual para celebrar la Resurrección. La celebración presidida por Mons. Rafael Zornoza, comenzó con el lucernario a las 23 horas, la Iglesia espera la Resurrección del Señor y la celebra con los sacramentos de la Iniciación Cristiana bautizando en esta ocasión, a tres catecúmenos adultos.

La bendición del fuego nuevo es un rito que se hace cada noche santa para dar luz a las tinieblas de esa noche. El cirio pascual es encendido con ese fuego y tras el acto, se encienden todas las velas repartidas a los fieles para dar luz al templo y comenzar así el canto del Pregón Pascual.

Tras la siete lecturas el prelado en su homilía señaló que «Es necesario dar gracias a Dios porque con Jesús, ha nacido la vida, con Cristo que ha resucitado, hemos vuelto a nacer.  Es tan grande la conciencia del pueblo de Dios y nuestra, de la infidelidad del hombre, que solamente desde Cristo que muere y resucita, por la fuerza de Dios, entendemos el valor de nuestro pecado. En esta noche se une el cielo y la tierra, lo humano y lo divino.

Por último se dirigió a los tres catecúmenos; «Esta noche es la noche del bautismo, hoy que recibís el santo bautismo, siempre recordaréis esta noche. En cada Pascua tenemos que volver a ese catecumenado largo para darnos cuenta de que ser cristianos es servir al Señor. Vosotras esta noche, vais a volver al Cielo. Es la realidad ontológica, viva y verdadera. Recibiréis hoy el don del Espíritu, el don de la confirmación y recibiréis por primera vez la comunión».

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Monseñor Rico Pavés preside la Eucaristía de Pascua en el primer templo de la Diócesis

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La Santa Iglesia Catedral ha acogido a las 11hrs la Eucaristía del Domingo de Resurrección.

Celebración del Domingo de Resurrección

En la jornada de hoy, tras la celebración de la Vigilia Pascual con la que se culmina el Triduo Pascual, la Santa Iglesia Catedral ha acogido esta mañana la Eucaristía del Domingo de Resurrección, presidida por Monseñor José Rico Pavés, Obispo de Asidonia-Jerez. En esta Santa Misa de Pascua han participado distintas autoridades eclesiásticas y civiles de Jerez de la Frontera. Asimismo, también ha estado presente la Hermandad del Resucitado, que realizaba su salida tras la celebración, y otras Hermandades que acompañan a Cristo Resucitado en su cortejo.

En la homilía, el Sr. Obispo de Asidonia-Jerez ha mencionado que la liturgia hoy nos propone la noticia de que Cristo ha resucitado, por ello debemos acordarnos de los sentimientos de aquellos que conocieron esta Buena Nueva y de esta forma vivir en nuestro corazón que Cristo ha vencido al pecado y recibir sus dones. Asimismo, ha recordado, que en este caminar de nuestra vida debemos dejarnos hacer por el Señor, ya que es luz para nuestro pasos.

En otro orden de ideas, el prelado haciendo mención a la Primera Lectura, ha recordado que debemos tener presente que todas las personas que quieran participar de la Pascua, deben hacerlo no sólo con sus palabras sino con sus hechos, convirtiéndose de esta forma en testigos de Cristo resucitado. Igualmente, ha destacado que San Pablo nos recuerda que el encuentro con Cristo debe significar el comenzar una nueva vida mirando siempre con esperanza.

Por último, destacar que el Vicario Episcopal para la Evangelización de Asidonia-Jerez, D. Luis Piñero, ha anunciado tras finalizar la Eucaristía que el próximo sábado 15 de abril se celebrará en la Santa Iglesia Catedral a las 12hrs una Eucaristía de acción de gracias por esta Semana Santa, además de tener como rogativa la lluvia, tan necesaria para los campos.

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Mensaje de Pascua del obispo de Málaga, Mons. Jesús Catalá

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¡Cristo ha resucitado! Alegrémonos y entonemos el cántico de la Pascua: ¡Aleluya! La Pascua es el paso del Señor de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz, del aniquilamiento a la resurrección, de la podredumbre a la regeneración. Es tiempo de gran alegría para la Iglesia y para toda la humanidad porque tiene lugar la salvación del género humano.

El Hijo de Dios, con su resurrección, no solo nos ha redimido, sino que nos ha divinizado. Cristo se ha hecho hombre para que los hombres compartamos su vida divina. Ser discípulos del Resucitado significa ser glorificados con Él.

El Señor Resucitado se apareció a María Magdalena (cf. Jn 20, 11-16), dándole a conocer que estaba vivo; y ella es la primera discípula que anuncia a los apóstoles la buena noticia (cf. Jn 20, 18). Los apóstoles salieron corriendo hacia el sepulcro, vieron los lienzos y el sudario (cf. Jn 20, 3-7) y creyeron en la resurrección del Señor (cf. Jn 20, 8).

El verdadero discípulo de Jesús comienza con un encuentro personal con el Resucitado. El Señor se nos aparece también a nosotros, porque Él está presente en nuestra vida mediante su resurrección; y lo hace de muchos modos: por medio de la oración, a través de los acontecimientos de la vida cotidiana, en la persona del prójimo, sobre todo de los más necesitados; en los sacramentos, de modo especial en la Eucaristía; y en la liturgia en general.

Somos discípulos de Cristo Resucitado; no lo somos de cualquier enseñante, maestro o gurú, sino del único Maestro, cuya resurrección avala su vida, su obra y su doctrina. Os invito a adentrarnos en este tiempo pascual meditando los primeros acontecimientos después de la Resurrección de Jesús: sus apariciones, sus encuentros con los discípulos, su presencia consoladora, sus explicaciones a quienes no entienden lo sucedido, su aliento a los decepcionados.

Nosotros, como discípulos de Cristo resucitado, también estamos llamados a dar testimonio de su vida y de su obra salvadora. Deseo con alegría desbordante este tiempo pascual. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

Homilía en la Misa Crismal

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Queridos hermanos del presbiterio, diácono, diáconos permanentes, queridos seminaristas, hermanas y hermanos de la vida consagrada, querida comunidad de esta Iglesia del Señor que camina en Almería. Querido Cyprian, hermano en el episcopado.

 

La misericordia de Dios nos concede un año más la oportunidad de sentir y celebrar los vínculos que nos unen a esta nuestra diócesis. Como siempre que celebramos la Eucaristía, Dios establece con cada uno de nosotros un diálogo personal. Dios entra en comunión con cada uno de nosotros, nos habla “al corazón” y renueva [y nosotros renovamos] su Alianza.

 

Todos nosotros que, algunas veces, vivimos cómodamente nuestra fe y los sacerdotes, que podemos hacer de nuestro ministerio un “modus vivendi”, sin riesgos notables, como los que tienen muchos bautizados… tendremos que preguntarnos esta tarde, ¿que entraña haber sido redimidos por la sangre de Cristo? como hemos escuchado en el Apocalipsis. La sangre, la vida entregada, se irá repitiendo día a día durante toda esta Semana Santa.

 

Todos, queridos sacerdotes, hemos nacido de la sangre derramada del costado de Cristo. Por eso concibo nuestro sacerdocio como una vida sacrificada, entregada, dada en alimento, para que todos tengan vida y la tengan en abundancia. ¡Qué gran verdad!

 

Podemos apoyarnos no sólo en la gracia, sino en el ejemplo de entrega y dedicación, sin límites, de muchos de nuestros sacerdotes mayores, algunos en edades muy avanzadas. Damos gracias a Dios y hoy también pedimos por ellos.

 

Os ruego que nos pongamos en las manos de nuestro venerable Cura Valera y aprendamos de él y de su entrega, hoy, en esta celebración, en el que renovamos nuestros compromisos sacerdotales, porque buscamos recobrar el amor primero. Demos gracias a Dios por el ministerio al que hemos sido llamados, a la vez que contemplamos nuestro ministerio mirando cara a cara a Cristo, el Pastor Bueno que nos precede y nos alienta en nuestra tarea pastoral.

 

Nuestra consagración está ligada a Cristo, víctima, para la salvación de los hombres, como nos preguntó, en último lugar del escrutinio (llamadas Promesas de los Elegidos), el obispo que nos ordenó. Y terminamos respondiendo: Sí, quiero, con la ayuda de Dios. Y después, de rodillas ante él, y con nuestras manos entre las suyas, le prometimos respeto y obediencia a él y a sus sucesores.

 

Si hermanos, quizás entre la pobreza, la castidad y la obediencia, el consejo evangélico más difícil de vivir sea la obediencia. Aunque yo pienso que los tres consejos van tan unidos que no se pueden separar. Porque todo es vencimiento de sí por el bien de los demás, de la vida comunitaria.

 

Un discernimiento en el espíritu, nos hará descubrir que vivir la pobreza sin la castidad y la obediencia no tiene sentido, que vivir la castidad sin la pobreza ni la obediencia, tampoco. Porque los consejos evangélicos tienen mucho que ver con la donación de sí mismo, y no es cuestión de voluntarismo, porque la voluntad se la hemos entregado a Dios y a la comunidad, el Pueblo Santo de Dios. ¿Estás dispuesto a apacentar el rebaño del Señor dejándote guiar por el Espíritu Santo? Este es el final de la primera pregunta que nos hicieron. Mi voluntad no para mi servicio, para mis intereses, sino dedicada a discernir el deseo de Dios.

 

Necesitamos mucha oración (sin desfallecer, es lo que prometimos) y mucha contemplación, mucho discernimiento, mucha capacidad de escucha al Pueblo Santo de Dios. Que también es el Cuerpo resucitado de Cristo. Necesitamos encontrarnos para salir de nuestros egoísmos, y sobre todo necesitamos caminar en comunidad.

 

A veces, se nos olvida vivir de la misericordia. Toda la comunidad, pero especialmente el obispo y sus sacerdotes: “en comunión imploren, Señor, tu misericordia por el pueblo que se les confía y en favor del mundo entero” oramos en la plegaria de ordenación, os lo repito: en comunión imploren, Señor, tu misericordia. Se nos escapa la verdadera espiritualidad sacerdotal por las rendijas de la vida, de nuestras ideologías, de los celos y las envidias de hermano mayor de la parábola, de la desgana y el cansancio, de psicologías rasgadas o rotas, de heridas no curadas… la vida comunitaria, que es el proyecto de Dios en Cristo, sana nuestras heridas, solo nuestro pecado, desgarra el amor, que es comunidad.

 

Pero el Señor nos ayudará, porque –como hemos proclamado en el salmo– nos promete la compañía de su Amor y de su Fidelidad, y entonces ¿qué más podemos pedir? ¿qué podemos temer? Hoy nos ponemos todos en manos de Dios, él sabe que somos débiles, que tenemos buenas intenciones, pero que muchas veces fracasamos. Confiar en él es nuestra salvación, incluso cuando NO sabemos comprender nuestra vida ni nuestra historia.

 

Queridos bautizados, queridos sacerdotes, cada Misa Crismal, pedimos por todos los que van a servirse durante todo este año de estos Santos Óleos y de este Santo Crisma y cada Misa Crismal renovamos nuestra unción. Por su sangre –otra vez su sangre, que es la vida– hizo de nosotros un reino de sacerdotes. Pero cuidado, los primeros versículos del Apocalipsis en la presentación lo dice de toda la comunidad de bautizados (no solo de los presbíteros). Nuestra misión es que la comunidad NO olvide que por la entrega de Cristo TODOS somos ese reino de sacerdotes. Son palabras mayores, que exigen nuestra propia entrega, según el modelo de Cristo Pastor Bueno, que da la vida por sus ovejas.

 

¡Revisémonos! A las personas ungidas se les nota. Desprenden el olor de la unción. Cuando alguien dice algo con “unción” las personas que le rodeamos sabemos que está expresando la verdad más íntima. Cuando un sacerdote celebra con unción, predica con unción y vive desprendidamente con unción… la gente sencilla lo reconoce como ungido. Y el buen olor de la unción no necesita de ningún tipo de aditamentos porque sobra todo. Desde la simplicidad, la humildad, el diálogo sincero y abierto, el gozo interior, el sentido orante, la palabra de la verdad, la entrega desinteresada, … todo esto fluye del corazón y llega al corazón de la persona que está a nuestro lado. Y así entregaremos día a día la vida.

 

Crezcamos todos en misericordia. ¡Ánimo y adelante!

 

+ Antonio, vuestro obispo

Testigos del Resucitado: mensaje de Pascua

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¡Cristo ha resucitado! Alegrémonos y entonemos el cántico de la Pascua: ¡Aleluya! La Pascua es el paso del Señor de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz, del aniquilamiento a la resurrección, de la podredumbre a la regeneración. Es tiempo de gran alegría para la Iglesia y para toda la humanidad porque tiene lugar la salvación del género humano.

El Hijo de Dios, con su resurrección, no solo nos ha redimido, sino que nos ha divinizado. Cristo se ha hecho hombre para que los hombres compartamos su vida divina. Ser discípulos del Resucitado significa ser glorificados con Él.

El Señor Resucitado se apareció a María Magdalena (cf. Jn 20, 11-16), dándole a conocer que estaba vivo; y ella es la primera discípula que anuncia a los apóstoles la buena noticia (cf. Jn 20, 18). Los apóstoles salieron corriendo hacia el sepulcro, vieron los lienzos y el sudario (cf. Jn 20, 3-7) y creyeron en la resurrección del Señor (cf. Jn 20, 8).

El verdadero discípulo de Jesús comienza con un encuentro personal con el Resucitado. El Señor se nos aparece también a nosotros, porque Él está presente en nuestra vida mediante su resurrección; y lo hace de muchos modos: por medio de la oración, a través de los acontecimientos de la vida cotidiana, en la persona del prójimo, sobre todo de los más necesitados; en los sacramentos, de modo especial en la Eucaristía; y en la liturgia en general.

Somos discípulos de Cristo Resucitado; no lo somos de cualquier enseñante, maestro o gurú, sino del único Maestro, cuya resurrección avala su vida, su obra y su doctrina. Os invito a adentrarnos en este tiempo pascual meditando los primeros acontecimientos después de la Resurrección de Jesús: sus apariciones, sus encuentros con los discípulos, su presencia consoladora, sus explicaciones a quienes no entienden lo sucedido, su aliento a los decepcionados.

Nosotros, como discípulos de Cristo resucitado, también estamos llamados a dar testimonio de su vida y de su obra salvadora. Deseo con alegría desbordante este tiempo pascual. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

+ Jesús Catalá
Obispo de Málaga

Domingo de Resurrección: “inundados de júbilo»

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Cuando se cerró el sepulcro ninguno de sus seguidores esperaban nada. Todo eran miedos, caras largas, discusiones y huidas. Las mujeres ya tenían preparado los ungüentos para embalsamar el cadáver. Acciones individuales que nos llevaban al vacío. Pero cuando cada uno de nosotros vivíamos en la tristeza estalló la vida, cuando estábamos incapacitados en nuestros encerramientos, nos cegó la luz, acostumbrados a vivir mirando ciegamente la oscuridad del sepulcro.

El júbilo, esa alegría intensa y comunitaria, aquello que inunda el corazón y no se puede expresar sólo con palabras, saltó por los aires y se difundió, como un desbordamiento de vida, en una explosión de aleluyas. En la liturgia cristiana conservamos como un tesoro tres palabras heredadas de la tradición judía: amén, hosanna y aleluya.

Halell, son los seis salmos del 113 al 118 que se rezan en la Pascua judía, los mismos que cantó Jesús con sus discípulos después de la Última Cena: ¨después de cantar el himno (halell) salieron para el monte de los olivos” (Mc 14, 26) y después la frustración, el fracaso, la injusticia, las heridas, las acusaciones, el individualismo, la vergüenza, el calvario, la soledad y una muerte ignominiosa.

Y el que yacía entre los muertos, el que había descendido a los infiernos, el que había frustrado las esperanzas terrenas de sus interesados seguidores, estalla como un almendro en flor. Primero nos prepara y nos cuestiona con la tumba vacía, luego pronuncia nuestro nombre ¡María!, y camina a nuestro lado ¡quédate con nosotros! y nos busca en el cenáculo, come con nosotros, deja que palpemos sus heridas, nos invita a echar la red al otro lado, y nos pregunta lo esencial: ¿me amas?

No es extraño que, como los primeros cristianos, en esta larga y sagrada tradición cantemos ¡Aleluya! es decir, ¡Alabad al Señor! Quizás debíamos caer en la cuenta cómo la resurrección nos unifica y nos hace buscarnos. Los que habíamos huido a nuestras tareas particulares volvemos al seno de la Iglesia congregada, los que teníamos un corazón arrugado o plegado sobre nosotros mismos, nos brota un cántico nuevo.

Tanta alegría no se puede callar, no es tiempo de silencios, aunque no podamos balbucearlo con palabras, nuestra vida expresa un gozo intenso que sobrepasa cualquier individualismo. Surge la vida comunitaria como una vida en Cristo y para los demás. El aleluya que cantamos nos recuerda que pertenecemos a un pueblo y hace que nos abracemos y saltemos de júbilo. El Amor de Dios se ha derramado y ha dado sentido a nuestra existencia.

A partir de la resurrección cobran sentido tantos plurales imperativos, como nuevos mandamientos: cantad, echad la red, mirad, corred, comed, salid, servid, buscad, alabad, amad… ¡nosotros! los del Padrenuestro. A partir de aquella mañana del primer día de la semana, adquiere sentido la vida comunitaria. A partir de aquella mañana el mandato es echad las redes y pescad… nada de encerraos en el cenáculo, no salgáis, no volváis de Emaús. A partir de ahora todas las semanas son santas.

¡Caminemos unidos! ¡El Señor, sale a nuestro encuentro y camina a nuestro lado! ¡Ánimo y adelante!

+ Antonio, vuestro obispo

La luz se abre paso entre la oscuridad, Cristo ha resucitado

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La Vigilia Pascual reunió a numerosos fieles en la Catedral de Jaén. Dio comienzo a las diez y media de la noche. La noche en la que la luz se abre paso entre la oscuridad. La noche en la que nuestro Señor Jesucristo pasa de la muerte a la vida.

El Obispo de la Diócesis, Don Sebastián Chico Martínez, se encontraba en la Puerta del Perdón el fuego nuevo que iba a bendecir. Posteriormente, tras la incisión de la cruz, del alfa y el omega y de los otros signos en el Cirio, incrustó los cinco granos de incienso, en recuerdo de las llagas del Señor. Culminaba el rito encendiendo el Cirio Pascual, símbolo de la vida y la resurrección.

Con el Cirio encendido, el Canónigo y Rector del Seminario, D. Juan Francisco Ortiz,  encabezó la procesión desde exterior hasta el presbiterio, con el templo totalmente a oscuras.  Lo seguía un seminarista con el báculo, el Obispo, algunos Canónigos de la Catedral, los seminaristas, los ministros y la niña que iba a recibir las aguas del bautismo, junto con sus padres y padrinos. Cerraba la comitiva los fieles reunidos en esta noche santa.

Uno a uno, todos los congregados encendieron sus velas, mientras daba comienzo la celebración eucarística. Una vez en el presbiterio, el Cirio se instalaba junto al ambón, mientras se encendían algunas luces del templo.

El Canónigo D. Emilio Samaniego fue el encargado de cantar el pregón Pascual. Le siguieron siete lecturas, con sus salmos. A continuación, con el canto del Gloria se encendieron todas las luces del templo y varios miembros de la Cofradía de la Buena Muerte vistieron la mesa del altar. Después, las campanas volteraron, anunciando que Cristo ha resucitado. Tras la lectura de la Epístola, se ha entonado el Aleluya. Finalmente, D. Juan  Francisco Ortiz proclamaba el Evangelio.

El Obispo quiso comenzar su predicación recordando que la Vigilia Pascual es la celebración más importante del año litúrgico. “En ella recordamos la larga espera de toda la creación hasta la noche gloriosa de la Resurrección de Jesucristo”. 

En este sentido Don Sebastián quiso  subrayar que para los cristianos la Resurrección es “la afirmación central de nuestra fe. Este es el acontecimiento que da sentido a nuestra fe. Si somos cristianos es por eso, porque Jesús no se quedó en el sepulcro, sino que la fuerza de Dios lo hizo pasar a su nueva existencia, en la que está para siempre, y desde la que se nos hace presente continuamente, sobre todo en la Eucaristía”.  Y añadió: A lo largo del año podremos vivir del resplandor de esta noche gloriosa, ella iluminará nuestros pasos, dirigirá nuestras decisiones, sostendrá nuestros esfuerzos, confirmará nuestra fe, fortalecerá nuestra esperanza y activará la eficacia de nuestro amor”.

El Pastor diocesano quiso culminar pidiendo a la Virgen María “que recibió como nadie en su corazón el gozo de la resurrección de su Hijo, que nos acompañe y nos ayude a vivir fortalecidos y santificados por el recuerdo de la resurrección de Jesucristo y la esperanza segura de llegar a participar un día en este triunfo definitivo de la bondad de Dios y de nuestra propia vida”.

Al término de las palabras del Prelado, D. Juan Francisco Ortiz portó el Cirio Pascual hasta la pila bautismal, donde Don Sebastián bendijo el agua. Allí se bautizó a la pequeña Martina.

A continuación, los fieles que estaban participando en la Vigilia Pascual renovaron las promesas bautismales. Finalmente, con las candelas encendidas, al igual que el día de su Bautismo, el Obispo fue asperjando a todos los presentes.

Las ofrendas fueron presentadas ante el Obispo por los familiares de la niña que había sido bautizada.

Además, Martina subió al Presbiterio junto a sus padres y padrinos que rezaron por ella el Padre Nuestro. Su primera vez como hija de Dios. Un precioso gesto que Don Sebastián quiso recalcar.

Tras la celebración eucarística y una foto de familia con la niña bautizada y los padres y padrinos, todos los fieles pudieron compartir un chocolate en la Sacristía.

Domingo de Pascua

El domingo de la Resurrección de Cristo también se ha celebrado con gran solemnidad en la Catedral de Jaén. A las 12 de la mañana comenzaba la celebración eucarística presidida por el Obispo y concelebrada por algunos miembros del Cabildo.

Tras la proclamación del Evangelio, por parte del Canónigo D. Emilio Samaniego, el Prelado del Santo Reino comenzó su homilía felicitando la Pascua a todos los que participaban en la Santa Misa.

Después quiso manifestar que Si vivimos con Jesús y como Jesús, “Dios nos resucitará también a nosotros y llegaremos a la vida eterna, junto con Cristo y con los Santos, en comunión de gozo y de vida con el Dios Trino. Esta es la afirmación central del cristianismo”.

Asimismo,  subrayó que la resurrección de Cristo “nos abrió las puertas de esta gran esperanza. Gracias a esta esperanza tenemos razones para vivir y para superar las dificultades y los sufrimientos de esta vida”. En este sentido, el Obispo continuó: Por eso hoy se nos pide algo más que recordar, que creer, que celebrar. Se nos pide que levantemos los ojos hacia el mundo de la resurrección para vivir en consecuencia, con libertad interior, con justicia, con piedad y generosidad, con confianza y con paz”.

Del mismo modo, Don Sebastián quiso alentar a los fieles a ser verdaderos testigos de Jesucristo, en medio de este mundo. Pidamos al Señor que, por la intercesión de la Virgen María, nos llene de la gracia del Espíritu Santo, para que lleguemos a ser testigos verdaderos de su resurrección, profetas de la bondad de Dios y de la vida eterna, mediante el testimonio de una vida santa, llena de buenas obras y de palabras verdaderas y convincentes”, culminaba.

Posteriormente, el pueblo fiel renovó sus promesas bautismales y el Prelado los asperjó con agua bendita, como símbolo del agua que recibieron en su Bautismo.

La celebración eucarística terminaba entonando el Regina Coeli.

Galería fotográfica: “Vigilia Pascual”

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“Cristo es nuestra vida, es nuestra resurrección”

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Homilía del arzobispo de Granada, D. José María Gil Tamayo, en la Eucaristía del Domingo de Resurrección, celebrada en la Catedral el 9 de abril de 2023.

Queridos hermanos, sacerdotes concelebrantes, querido diácono;
queridos seminaristas;
queridos hermanos y hermanas, queridos jóvenes y niños:

¡Feliz Pascua de Resurrección!

¡Cristo ha resucitado! No podemos buscar entre los muertos al que está vivo. Me han pedido que esta homilía sea breve, porque, si no, tendríamos esperando a las procesiones siguientes. Y así voy a hacerlo. Pero no quiero dejar de recordaros, y recordarme, la grandeza de este día.

Hemos escuchado en la Primera Lectura el hecho de cómo explican los apóstoles el hecho de la Resurrección del Señor. Jesús ha resucitado y ellos han sido testigos. Y nuestra fe se basa en ese testimonio. Ciertamente, en el sepulcro vacío, pero, también, y sobre todo, en el testimonio de aquellos que fueron los primeros seguidores de Jesús y que nos lo han contado.

Hemos escuchado el Evangelio, que nos muestra el hecho de la Resurrección del Señor y cómo las mujeres se convierten en anunciadoras de la mayor de las noticias cristianas: que Cristo ha resucitado, que Cristo ha vencido al pecado y a la muerte.

Y hemos escuchado también un texto de la Carta de San Pablo a los Romanos, donde nos invita cómo tiene que ser nuestra vida teniendo en cuenta que Cristo ha resucitado. No seguimos a un muerto ilustre, que se nos pierde en la noche de los tiempos. Cristo no es una idea. Cristo no está enterrado en ningún sitio. Cristo está vivo, ha resucitado.

Hemos escuchado también la secuencia, ese bello canto en que se le pide a María Magdalena “dinos, María, qué has visto en el camino”. “A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja. Resucitó, de verás, mi amor y mi esperanza”.

Pero, quiero deciros que estoy impresionado realmente por la Semana Santa de Granada. Ha sido una lección de fe encarnada en un pueblo, una fe viva entre nosotros, en vuestras familias y que hoy manifestáis trayendo a vuestros hijos y a los más pequeños, a los que he visto también en los desfiles procesionales. Con esa fe heredada de nuestros mayores, de nuestros mayores. Con esa fe que da sentido a la vida y que nos hace mirar la existencia con los ojos de Dios, con los ojos de Cristo Resucitado, con la misión cristiana de la existencia.

Queridas familias, queridos hermanos y hermanas, queridos fieles del Pueblo de Dios en Granada, no os dejéis arrebatar esa fe. Aunque tenemos miserias, aunque tenemos defectos, pero mantener a flote esa fe. Actualizadla y llevadla a la vida de manos de la religiosidad popular, que nuestras hermandades y cofradías ponen en alto.

He quedado impresionado por el acto en el Campo del Príncipe ante el Cristo de los Favores, que es Cristo Resucitado que está vivo y que nos escucha. Y que nos dice que cualquier cosa que pidamos al Padre en Su nombre nos la concederá. Si mantenemos esa fe, tenemos esperanza. Si mantenemos esa fe y se la transmitís a los más pequeños con vuestras costumbres, con vuestras peculiaridades, en vuestros hogares, transmitidles, llevad a vuestros hijos a Jesús. El Cristo Resucitado, el Verbo de Dios hecho hombre es la vocación suprema, es la plenitud del ser humano. No podemos darle a nadie mejor que a Cristo.

La evangelización, el Evangelio es el gran regalo al que nos invita Jesús y a vivirlo entre nosotros. Y eso nos hace tener esperanza que traspasa la muerte. Nos hace tener el recuerdo vivo de quienes nos han precedido en la fe y, al mismo tiempo, nos da fuerza para cambiar el mundo, para hacer un mundo mejor.

Queridos padres, queridas familias, queridos jóvenes y niños, quered a Jesús. Cristo está vivo. Cristo es nuestro amigo. Cristo es nuestra vida, es nuestra resurrección.

Vamos a seguir con esta celebración gozosa y que vivamos el gran don de la Pascua. La alegría y la paz en nuestros hogares, en nuestras familias, en nuestro pueblo.

Que Santa María, alegre, a la que el Pueblo cristiano felicita por la Resurrección: ¡Alégrate, María! Que Ella nos ayude y nos proteja. Y con nuestras amarguras, que son las suyas, que son las de Cristo, las alivie con Su presencia materna.

Así sea.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

9 de abril de 2023
Catedral de Granada

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Domingo I de Pascua. Ciclo A. 9 de abril de 2023

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Domingo I de Pascua. Ciclo A. 9 de abril de 2023

¡HA RESUCITADO!
La muerte de Jesús nos deja en el sepulcro, en la tristeza, sin un futuro y en la total derrota. Algo inesperado acontece y lo cambia todo, y llena de sentido todo lo sucedido días atrás.

Cristo ya no está en el sepulcro. Para unos será montaje y para otros, movidos por la fe, es la primera prueba de su resurrección.
A nosotros nos llega ese testimonio a partir de personas concreta y que fueron relevantes en la vida terrena de Jesús. Ellos se hacen testigos de lo que han experimentado y lo comparten, porque la fe nos hace descubrir tras realidades inexplicables pero ciertas.
Una mujer da el anuncio y Pedro y Juan, de gran influencia en la comunidad primitiva cristiana es a los que se les revela este misterio.
El amor a la vida es la forma que Dios deja en cada una de sus actuaciones, y el amor del Padre al Hijo lo demuestra la resurrección, porque el amor hace vencer a la muerte y convierte en alegría nuestra existencia, cambia nuestras vidas y llena nuestros corazones de un amor nuevo, el del Resucitado, que recupera a aquellos que la muerte les hizo alejarse.

DESARROLLO
La resurrección de Jesús es un misterio, y por lo tanto entra en el ámbito de la fe. Pero tenemos desde muy antiguo testimonios orales de aquellos que se encontraron la tumba vacía y varios de los encuentros con el Resucitado, con los que se expresa la fe en la resurrección.
El evangelista Juan destaca el estado en el que se encontraban las vendas y el sudario que envolvió al cuerpo de Jesús, para de esta manera desmontar el rumor de quienes en aquel momento afirmaban que todo había sido un montaje y un robo del cadáver.
El discípulo ideal para este evangelista es aquel que cree al fiarse del testimonio de la tumba vacía, sin embargo, otros, entre ellos Simón Pedro, necesitarán de las apariciones del Señor como la prueba irrefutable de su resurrección.
Es llamativo que el primer testigo de la tumba vacía y de la resurrección sea una mujer, María Magdalena. Esta mujer va al amanecer cuando todavía estaba oscuro, símbolo del comienzo de un nuevo día, de una nueva etapa, aunque la oscuridad por la falta de fe también está presente. Esta mujer, llevada por la tristeza que le ha dejado la muerte de Jesús también vive en una confusión por no entender lo sucedido.
La tumba vacía es la expresión de la victoria de la que es la Vida nueva y verdadera, porque el Padre lo ha resucitado a la vida eterna. El amor a la vida es la firma de Dios en sus grandes actuaciones, mientras que los seres humanos ponemos muerte, y usamos la muerte para dominar la vida.
El que fue días atrás crucificado como un malhechor y murió de esa manera tan horrible, como si el Padre lo hubiera rechazado y dado la espalda, hoy aparece devuelto a la vida por ese mismo Padre que se nos revela en su amor por Hijo y por todos sus hijos, pues la resurrección del Señor es nuestra resurrección.
La muerte supone un absurdo y un drama. Sin embargo, la resurrección es la que da sentido a esta vida terrena, pues no hemos nacido para morir sino para resucitar en una vida que se prolonga en la eternidad. Así, pues, la resurrección es alegría, la alegría de la fe y del amor, la alegría que pone esperanza en el dolor y sufrimiento que a diario también padecemos. Y esta es la buena noticia que no ha caducado: Cristo ha resucitado y desde entonces todo es diferente para quienes tenemos fe en él.

Emilio José Fernández, sacerdote
http://elpozodedios.blogspot.com/ 

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